Capítulo 24: La profeta

Todo se volvió muy confuso entonces. Mankar apenas se dio cuenta de que estaba tirado en el suelo, apoyándose con los brazos temblorosos extendidos a sus espaldas. Percibió el pánico de Vax y muchas emociones se juntaron en él también. Respiraba a tal velocidad que creyó estar cerca de perder el conocimiento.

¿Qué hago, Mankar? —exclamó horrorizado Vax, y al parecer mentalmente y con su voz.

«No sé... ¡no sé! ¡No puede ser! ¡Se... se mató!». A Mankar poco le importaba que los estudiantes que pasaban por ahí lo vieran en ese estado.

Transcurrieron varios minutos antes de que alguno de los dos se atreviera a hablar nuevamente.

¡Tengo que avisarle a alguien!

«¡No! ¿Cómo se te ocurre? ¡Verán que no eres humano, te culparán de su muerte!», respondió Mankar.

¡Shit! ¡Pero no puedo dejarlo así!

«Pero, ¿tú crees que van a creer que se suicidó? ¡Por favor, Vax! ¡Te han visto, saben que duermes allí! ¡Empezarán a hacer muchas preguntas!». El pánico no lo dejaba pensar con claridad.

¿Qué hago? —repitió Vax.

«Tienes... tienes la gorra de invisibilidad, ¿verdad? —preguntó Mankar. Vax ni siquiera lo corrigió, sólo asintió—. Póntela. Espera a que llegue alguien. Voy a ver a Gaby. No hagas nada más.»

Vax se limitó a asentir nuevamente e intentó serenarse, sin mirar el cuerpo que yacía frente a él, asegurándose de no tocar nada.

Mankar subió al séptimo piso nuevamente, jadeando y sin poder organizar sus pensamientos. Vaciló al llegar al pasillo donde se encontraba el despacho de Vito, y entonces Vax volvió a hablar.

Mankaú, por favor, no puedo seguir aquí. Tengo que avisarle a alguien.

«¡No! Si se enteran que estás involucrado, podrías meternos en problemas a Juanma y a mí. ¡Él también sabe de tu existencia! ¡Imagínate lo que dirán si se enteran que yo no estaba en la Torre de Astronomía durante clases, justo cuando esto ocurre! Tienes que esperar a que yo vea a Gaby. Tengo un plan. No salgas del dormitorio.»

Vax empezaba a irritarlo. Mankar avanzó hasta el fondo del pasillo y se detuvo frente a la gárgola.

«¿Cómo era la contraseña?», se preguntó, y revisó en el bolsillo el pergamino que le había dado el muchacho con el que habían enviado la razón de que necesitaban a Mankar.

—Caluga de... manjar —pronunció.

La gárgola, instantáneamente, se hizo a un lado para dejar al descubierto una escalera de caracol que ascendía a la oficina de Vito, muy similar a la de Hogwarts, como era costumbre en Harrylatino.

—Dulces chilenos —refunfuñó mientras subía.

Tocó la puerta, una gran puerta de madera oscura con formas onduladas grabadas en ella, que tenía una extraña aldaba con forma de elefante. Una voz masculina le indicó que pasara, y él abrió.

Mankar se encontró en una altísima sala de forma peculiar, con las paredes repletas de libros y más libros hasta el techo. Había una mesita con algunos libros y pergaminos desordenados, y en ellas también podían verse curiosos artefactos de colores. De la parte inferior de las onduladas paredes, que estaban libres, colgaban planos, cuadros y fotos de paisajes sobrecogedores. No había ni un pensadero ni un fénix, pero sí un Sombrero Seleccionador que descansaba en una vitrina de honor, en una pared cerca de la mitad de la sala.

Al fondo, una mujer pelirroja se había dado la vuelta desde una silla acomodada en sentido contrario, y frente a ella, separado por un escritorio, se hallaba el director de Harrylatino.

—Por fin llegaste —dijo Gaby, aunque su voz no sonó alegre.

—Perdón, abue... Estaba en clase de Astronomía. Buenas noches —saludó a Vito con timidez.

—Bienvenido —saludó Vito con entusiasmo.

Gaby se puso de pie y abrazó al niño. Luego, se separó de él y lo miró a los ojos con desconcierto. Mankar la miró con la boca abierta, el corazón todavía latiéndole muy rápido y respirando con dificultad.

—Cada vez que te veo estás más blanco —comentó Gaby—. ¿Te ocurre algo? ¿Has comido bien?

Mankar intentó asentir con naturalidad.

—Excepto lo... lo que ya sabes...

Gaby no respondió. En realidad, él no le había dicho a nadie (y nunca lo haría por lechuza) la transformación que había sufrido. Al ver a la mujer allí, tan seria, Mankar no fue capaz de decir nada. Y seguramente ella ya lo sabía, ¿no?

El silencio prolongado obligó a Vito a tomar la palabra, y los invitó a sentarse. Mankar nunca había tenido antes trato con el director del colegio, pero no se detuvo a pensar en eso, ya tenía bastantes motivos para temblar de pies a cabeza.

El chico forzó una sonrisa e intentó responder a todo lo que le hablaban como lo habría hecho en situaciones normales.

—Mankar, Gaby viene en representación del Ministerio de Magia para interrogarte.

El chico los miró a ambos con los ojos desorbitados. ¿Su abuela? ¿Qué podía decirle a ella para convencerla de que él no participó en la muerte de Callahan? ¿Acaso ella dudaba de ello?

—Sé lo que piensas —dijo Gaby, con un poco de dureza. Se detuvo un instante, buscando las palabras correctas—. ¡Todo esto es tan confuso! Ni siquiera yo sé la verdad. Por favor, necesito que me lo digas con sinceridad. Yo te creeré y seguiré defendiéndote a ti y a Merlín.

Mankar no captó la mitad del mensaje, pues su mente se hallaba en la torre de Ravenclaw. Pero se limitó a asentir.

«Ahora, Vax —dijo, con el corazón todavía palpitándole muy rápido—, tienes que hacer alboroto, para que encuentren el... el cuer... encuentren a Arkadios.»

¿Alboroto? ¿Cómo? —La voz de Vax era débil.

«Como quieras.»

—Mankar, ¿qué te ocurre? —insistió Gaby.

—Nada —respondió el chico, negando con la cabeza.

—Bueno, ¿puedes contarme, primero, qué sabes de la muerte de Beatriz Callahan?

Mankar tardó unos segundos en empezar, pero contó todo exactamente como había pasado: la profesora había muerto antes de que él hubiera terminado la prueba del Torneo del León Escarlata y, muy seguramente, los Guardianes de Nurmengard habían relatado la misma historia varias veces.

—Pero, ¿qué hay de cierto en que desapareciste del lugar donde descubrieron que el cuerpo de la profesora estaba sin vida? Dicen que no han vuelto a verte desde entonces.

Mankar la miró extrañado.

—Claro que sí me vieron. Yo fui a la Sala Común de inmediato.

—¿Quién te vio?

Los ojos de Gaby vieron cómo los de Mankar se abrían de la impresión. Él no estaba viéndola a ella realmente, pues lo que hacía Vax en ese momento ocupó su atención:

—¡SONORUS! —gritó Vax—. ¡AAAAAAAAH!

Empezó a gritar con todas sus fuerzas. Mankar notó muchas cosas dentro de sí. Vax sufría. Llevaba mucho tiempo deseando desquitarse con algo. Notó que, mientras su conciencia gritaba, ésta pensaba en el momento en que fue transformado en vampiro, en la infinita tristeza que le producía el hecho de que, la noche que tanto había ansiado que llegara, la primera noche en que podía tener un cuerpo propio, se viera arruinada por su descuido, porque una desquiciada vampira lo mordió, cambiándolo para siempre. Sufrió porque no tenía a nadie que lo comprendiera, nadie excepto Mankar, pero quería a una familia, a un grupo de amigos; quería aprender, competir... Quería su propia vida. Y quizás lo había tenido todo siempre, dentro de Mankar, pero, ¿acaso ahora no estaba cada uno en su propio cuerpo? ¿Por qué tenía que seguir privado de todo? ¿Y ahora tendría que cargar con la culpa de una muerte, por no decir la impresión que le produjo presenciarla?

Cada segundo que duró el grito se sentía mejor. Los ojos se le empañaban de lágrimas, pero nadie podía verlas, ni aunque alguien entrara, pues nadie podía ver a quien tuviera una gorra de invisibilidad puesta.

Pronto, comenzó a sentirse estúpido gritando. Calló, y luego sólo dijo «Ah. Ah. Ah» repetidas veces, y Mankar no pudo evitar sonreír al imaginar lo graciosa que sería la cara de Vax mientras lo hacía.

Sentía culpa. No sabía que su conciencia sufría tanto. Pero Gaby no esperó hasta que Vax terminara de desahogarse, pues no sabía que Mankar estaba atento a otro lugar.

—¿No lo recuerdas?

Mankar volvió a su realidad.

—No... Pero Haher me vio.

—¿Haher? —preguntó Vito.

—Mi hijo, Haher Roha Weasley —explicó Gaby.

—Pero nadie ha afirmado verte —replicó Vito—. Se ha interrogado a todo el colegio y nadie recuerda haberte visto después de que muriera la profesora.

—¡Eso no puede ser! ¡Yo estuve hablando con él! Salí de la Sala Común a caminar por el castillo, porque necesitaba respirar. ¡Se acababa de cambiar de casa! ¡Hablamos sobre eso!

Los adultos lo miraron sin decir nada. Vito sugirió que llamaran a Haher, pero Gaby se negó: a Mankar lo habían llamado porque estaba en clase, pero Haher estaba durmiendo seguramente. Esperarían al día siguiente.

Mientras hablaban, Mankar vio que Jorge Lupin entró al dormitorio donde estaba Vax. Con pasos lentos, buscó el origen de los gritos, pero no vio nada que se lo indicara. Entonces encontró a Arkadios tirado en el suelo. Se acercó a él para ver si estaba bien. Le habló varias veces y empezó a zarandearlo. Vax no lo resistió y salió por la puerta del dormitorio, y corrió directo a la Sala de Clubes. Mankar suspiró.

Vito y Gaby siguieron interrogándolo. Así fue como Mankar comenzó a relatar su llegada al Bosque de la Tinta, siempre procurando ocultar la existencia de Vax. Especialmente en ese momento era de vital importancia que nadie la conociera. Así, Mankar olvidó por un segundo lo que había ocurrido en el dormitorio de Arkadios, sumergido en su historia.

No iba en la mitad, cuando un estrépito sonó afuera de la oficina de Vito.

—¡Profesor, por favor! —gritó alguien desde afuera, golpeando con inquietud. El director apuntó con su varita a la puerta y ésta se abrió, empujada por un niño pequeño que tenía la túnica de Ravenclaw.

—¿Qué ocurre, pequeño? —preguntó Vito, levantándose de su asiento.

—La... la profesora Fairy Black me ha pedido que viniera a avisarle —decía Jorge Lupin en voz bastante alta, sin poder ocultar sus nervios—. ¡Encontraron muerto a un estudiante!

Vito se quedó helado. Gaby ahogó un grito. Mankar se echó para atrás. Los demás salieron corriendo detrás de Jorge Lupin, y él los siguió apenas consciente de lo que ocurría. Vax estaba oculto en el club de Mankar, a salvo, con las manos cubriéndole la cara, sentado en un sillón.

Jorge los condujo hasta la Sala Común de Ravenclaw. El retrato de una mujer vestida de azul les pidió una contraseña, y los dejó pasar a todos excepto a Mankar, ya que el chico era de Gryffindor.

—Quédate aquí, por favor —le pidió Gaby—. O regresa a clase, si lo prefieres. Esto va a llevarnos tiempo.

El retrato se cerró detrás de ella, y Mankar entró en pánico. Contaba con poder entrar y ver lo que ocurría.

«Regresa a la Sala Común, por favor —le pidió a Vax—. Necesitamos saber qué ocurre»

No puedo, Mankaú... No me obligues...

«¡Es importante! ¡Usa la gorra de invisibilidad! ¡Por Dios, Vax, déjate de estupideces!»

Se dio cuenta que el miedo le estaba haciendo perder la razón, e intentó disculparse con Vax. Pero éste ya iba camino de regreso a la Sala Común, sollozando. Un numeroso grupo de estudiantes se agolpaba a la puerta del dormitorio. Vax estuvo a punto de quitarse la gorra para poder abrirse paso entre ellos, pero en ese momento todos comenzaron a atravesarse unos a otros y fue como si no hubiera nadie más. Ahora que la snitch acababa de ser soltada nadie sabría que había alguien allí, pues todo el mundo lo atravesaba como a un fantasma.

En ese momento llegaron por el pasillo curvo Gaby y Vito. Vax se asomó en la puerta e intentó escuchar. Adentro, Fairy hablaba con ellos dos con lágrimas en los ojos. Vax tuvo que entrar, pues no entendía una sola palabra, a pesar del silencio sepulcral que lo rodeaba entre aquella multitud.

—¿Qué quieres decir con que desapareció el cuerpo?

—¡Pues eso, Gabriela! —chilló Fairy—. El niño que me dijo no se atrevió a entrar, y cuando comprobé que el joven Black estaba muerto, fui a buscarlo para que avisara al director. Regresé y no había rastro del cuerpo.

—No puede ser —dijo Vito, sentándose a una cama, poniendo la cara entre sus manos.

Mankar vio a los profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras llegar corriendo por el pasillo junto a Tourniquet Wood, un chico de Ravenclaw cuyo club Mankar había visitado en algunas ocasiones. Mientras Gaby y los demás hablaban arriba, Juanma y Bea Gryffindor entraron a la Sala Común sin apenas dirigirle un saludo. Bea tenía los ojos bañados en lágrimas.

En ese momento, Vax los vio llegar por el pasillo y entraron al dormitorio. La profesora no saludó:

—¿Dónde está? —chilló.

—No lo sabemos —intentó explicar Vito.

—¡¿Cómo es eso? —replicó ella furibunda, sin dejarlo hablar—. ¡¿Cómo me pueden decir que encontraron muerto a mi niño, y ahora que desapareció?

Empezó a sollozar y Juanma la abrazó. Vax no pudo evitar mirarla con pena, y se sintió conmovido.

—Pero, ¿están seguros de que murió? ¿No estará jugando al Laberinto o algo así? —preguntó Juanma.

Labenthium —susurró Vito con la varita en la mano, pero no ocurrió nada.

—Sí, yo lo vi con mis propios ojos —dijo Fairy, sentada también.

Hubo un instante de silencio, y nadie se atrevió a pronunciar palabra, hasta que el llanto de la profesora Gryffindor empezó a detenerse.

—¡Esto tiene que ser obra del mismo animal que mató a la profesora Callahan! —gritó sin embargo, desconsolada.

—¡No! —respondió inmediatamente Gaby—. Eso no lo sabemos.

—¡Por supuesto que sí! ¿O me vas a negar que no hay pruebas de que ese tal Weasley lanzó maldiciones imperius a los estudiantes de Harrylatino?

Gaby lanzó una mirada asesina, pero le dio la espalda enseguida a Bea, y empezó a registrar el lugar. No tardó mucho en encontrar la varita de Arkadios debajo de su camarote.

—Prueba a ver cuál fue el último hechizo —pidió Juanma.

La auror tomó su varita y juntó su punta a la de la varita de Arkadios.

Priori incantatem —susurró Gaby.

De la unión de ambas varitas surgió una figura diminuta de color gris. Era la sombra de Arkadios. Miró a su alrededor con expresión seria y melancólica, y desapareció enseguida.

—Murió con su propia varita —dijo Vito.

El llanto de Bea y de Fairy se intensificó.

—Pero, ¿quién iba a ser capaz de... de hacerlo? —preguntó Gaby—. Debe haber alguien infiltrado, o algo... Un estudiante no podría, no a esa edad.

—Bea, tú le estabas enseñando las maldiciones imperdonables a tus alumnos.

Todas las miradas se posaron en la mujer.

—¡Por supuesto que eso no es verdad! ¡Sólo Arkadios iba un poquito más adelantado! Él necesitaba prepararse...

—¿Por qué, Bea? ¿Cómo pudiste haberle enseñado eso? —preguntó Vito con mucha seriedad.

—Arkadios era un excelente alumno... —susurró Fairy.

—El chico estaba sufriendo mucho —dijo Juanma—. Estaba obsesionado con ese Laberinto, con los puntos, con ser el mejor de la clase.

—Yo sólo... yo sólo lo quería ayudar a ser el mejor... ¡Tenía que ser el mejor! —gritó Bea, ahora con ira—. ¡Estúpido niñito! ¡Terminaste muerto por débil!

—Cálmese, profesora Gryffindor, por favor —pidió Vito.

Ella lo miró histérica.

—¡No me diga lo que...! —Estuvo a punto de lanzársele encima, pero Juanma la retuvo—. ¡Suéltame! —Forcejeó durante unos instantes, y la ira volvió a convertirse en llanto—. ¡Todo esto es mi culpa! —sollozó—. ¡No debí exigirle tanto! Tenía mucha presión encima... él...

—No —la interrumpió Juanma—. No creo que se haya suicidado. Arkadios estaba compartiendo esta habitación con un vampiro. Lo trajo Mankar Weasley.

¡Qué maldito traidor estúpido! —escuchó Vax a Mankar vociferar, e incluso en voz alta.

—¿De qué hablas? —inquirió Gaby.

—Mankar volvió al bosque ése, en el cual, según él, pasó los tres meses que estuvo desaparecido, y trajo a un vampiro aparentemente civilizado. Creo que era un niño de Ravenclaw que también terminó allá, pero que fue transformado en vampiro, porque podía entrar a esta Sala Común.

—Es cierto —dijo Fairy—. Yo vi a ese niño alguna vez. No lo había visto antes.

—¿Y por qué no habían dicho nada? —preguntó Vito enojándose cada vez más.

—Porque le creí —dijo Juanma—. Es mi culpa.

—No —interrumpió Bea—. Lo han matado con una varita.

—Pero, ¿dónde está su cuerpo? —preguntó Vito—. ¿Cómo explicas que desapareciera? Si es cierto lo del vampiro, no dudo que se lo haya llevado, para... bueno...

Un visible escalofrío sacudió a más de uno, Vax incluido. El chico dio un paso atrás. No podía creer que estuviera escuchando esa conversación. Ahora que Juanma los había traicionado, no sólo creían que él era el culpable, sino que Mankar también estaba implicado.

—¿Entonces está suelto por el castillo ese monstruo? —preguntó Fairy, usando una palabra que hirió a Vax.

—Quizás el chico Weasley sepa dónde está —insinuó Bea.

—Mankar estaba con nosotros cuando ocurrió —dijo Gaby inmediatamente.

—De eso no estamos seguros Gaby... —comentó Vito—. Además, recuerda que Mankar tardó bastante en llegar al despacho...

—Hay que hablar con el niño que lo encontró —respondió ella.

—Él no sabe nada más, Gabriela —dijo Fairy secamente—. Y está demasiado impresionado por lo que ocurrió. Lo único que sabe es que él y sus amigos vieron a Arkadios llegar a la Sala Común bastante tarde, y se dirigió a los dormitorios sin mirar a nadie más; probablemente acababa de llegar del Laberinto.

—Por eso —insistió Gaby—. Si el chico murió aquí, Mankar no pudo hacerlo, porque él no puede entrar a esta Sala Común.

—Pero pudo planearlo con el vampiro —dijo Juanma.

—No hay forma de probar...

—Yo creo que sí —intervino Vito, quien había susurrado un hechizo hacía un momento y, al parecer, había visto algo—. Mankar ganó el último Laberinto.

Vito esperó a la reacción de todos antes de continuar. Gaby se llevó las manos a la boca.

—Lo cual quiere decir —siguió diciendo—, que él no fue directamente a mi despacho, sino que fue a jugar al Laberinto y, muy probablemente, ha visto a Arkadios.

—Ese niño... —dijo Bea con voz débil—. Ese niño es el que una adivina dijo que terminaría causando la muerte de Arkadios.

—¿Qué? —saltó Gaby.

—Él me lo contó. Se conocieron en el local de una profeta, en el Wizentro. Y esa mujer lo pronosticó.

Todos intercambiaron miradas sombrías. Probablemente ninguno admitiría que creía en eso, pero la expresión de cada uno decía lo contrario.

—Lo que es seguro —dijo Gaby— es que el chico murió por obra de esta varita, y que alguien se llevó su cuerpo. Hay que buscarlo en el castillo.

Vax consideró que había escuchado lo suficiente. Los adultos se quedaron callados y él se apresuró en retirarse, antes de que terminara el efecto de la snitch.

Te acompañaré al bosque. No hay problema si tienes la gorra puesta —le propuso Mankar.

Su conciencia no respondió. Se dirigió a la Sala de Clubes y se metió en el primero que vio abandonado.

Algunos de los adultos no tardaron en bajar por la puerta de la Sala Común, y Mankar se vio acorralado por ellos. Él procuró decir la verdad a todas las preguntas, y no tuvo más opción que admitir que había entrado al Laberinto antes de ir al despacho de Vito, pero prefirió decir que no estaba seguro si había visto a Arkadios. Gaby no tardó en preguntarle por el vampiro, y él deseó que Juanma hubiera estado allí para lanzarle una mirada asesina, mientras decía:

—Es cierto. Yo lo traje. Es absolutamente inofensivo y no sabe usar magia.

Todos lo miraron impresionados. Quizás volvía a su mente la idea de que se había suicidado. La cara de Bea Gryffindor se transformaba ante lo que seguramente era esa posibilidad. Y es que no podía ser de otra forma: ella no sólo había ejercido toda esa presión en su hijo adoptivo, sino que le había dado las herramientas para suicidarse, le había enseñado a matarse, y a hacer muchas cosas que no eran propias de su edad. En ese momento, Mankar se dio cuenta de que ella dijo que «Todos pueden aprender lo mismo por igual», sin importar la edad o la experiencia, y por eso Arkadios estaba en clase de segundo curso, pero era el único estudiante de primero que estaba adelantado.

—Pero, ¿sabes dónde está? —preguntó Vito.

—No. Quizás escapó al ver al chico muerto. Tiene debilidad por la sangre...

—Seguramente tanta que se ha llevado el cuerpo —dijo Bea.

Mankar fingió sorpresa.

—¿Cómo así?

—Pues que el cuerpo de Arkadios desapareció —explicó Gaby— y no hay rastro suyo, ni del vampiro.

—¿Arkadios? ¿Arkadios Black?

En realidad, Mankar lo hacía lo mejor que podía, pero sus nervios lo delataban, y no dudaba que estuvieran sospechando de él.

—¡Es terrible! —continuó—. ¿No pueden usar un giratiempo para recuperarlo? Tan sólo era un chico...

Gaby negó con la cabeza, frunciendo los labios con lástima.

—No existen los giratiempos, mi niño. Son un invento de Rowling —explicó con tranquilidad. A Mankar le sentaron pésimo esas palabras—. Juanma está registrando la escena del crimen. Me uniré a él después, pero primero necesito que me cuentes todo lo que sabes, y así podremos buscar a esa bestia.

—Él no es una bestia —se atrevió a decir Mankar—. Si lo es, yo lo soy más. Soy menos humano que él.

Gaby bajó la mirada. Mankar no se sentía así, pero entendía si alguien pensara de él de esa forma. De todas formas, nadie sabía, y su abuela seguramente no lo rechazaría por ese motivo, ni mucho menos. Pero ahora no sentía confianza para contarle nada relacionado con la garra de los vampiros, pues no estaba frente a su abuela, sino a una auror que pondría en duda hasta la última sílaba de lo que dijera. Pero pensó que Juanma no tardaría en revelarlo, así que le contó cuanto sabía, y le explicó que la garra había desaparecido. Gaby era la única que ponía atención; Vito había ido a despertar a los demás profesores y escribir a los aurores.

—Y Juanma estuvo de acuerdo con que Vax se quedara en la Sala Común de Ravenclaw, e incluso nos propuso lanzar encantamientos desmemorizadores si era necesario —concluyó Mankar.

—Nadie sabía la gravedad del asunto —dijo Gaby, más para sí misma—. ¿Y dices que la garra también se perdió?

—No me extrañaría que, quien la hubiera robado, esté detrás de la muerte de Arkadios y la desaparición de su cuerpo y de mi amigo —dijo Mankar, convincentemente.

—¿No sabes quién puede ser el causante?

—¿Y tú quién crees? —dijo Mankar con sarcasmo. Aunque lo cierto era que no sólo sabía que Devil no tenía nada que ver, sino que seguía sin pruebas de que tuviera alguna de las garras, y no sabía para qué podría alguien quererlas. Pero acababa de dar en el clavo, y Gaby había sufrido mucho la traición de Devil.

Cuando Gaby terminó de interrogar a Mankar (o más bien, cuando la conversación se convirtió en una tediosa repetición de explicaciones), le pidió al chico que fuera a dormir a su Sala Común, y que tuviera mucho cuidado. Él, por supuesto, obedeció.

Charló con Vax toda la noche. Decidieron que mantenerse invisible era el modo más seguro de ocultarse, pues la única forma de salir del castillo era atravesando su Sala Común o al Laberinto, y no dudaban que en ambos lugares sobraba la vigilancia.

No hubo nadie que al día siguiente no supiera que había desaparecido un alumno nuevamente y que corría el rumor de que había sido encontrado muerto. Aquello sembró la alarma entre los estudiantes; la noticia causó mucha más impresión que la desaparición de Mankar o Gastón, quizás porque a ellos no los conocían tanto como al Rey del Laberinto o porque todo el mundo estaba agitado con la muerte de Callahan. Pero lo que indignó a Mankar era que nadie parecía estar triste o sentir lástima por ello; al contrario, muchos celebraban que por fin estarían libres de ese fastidioso chico que no dejaba ganar un Laberinto a nadie.

A Mankar le partió el corazón ver a Atena, la hermana de Arkadios, llorando amargamente por él en más de una ocasión. Andrea Delacour intentaba consolarla, pero lo cierto es que ambas estaban muy dolidas, por ser cercanas a él.

Un equipo de aurores llegó a Harrylatino para investigar lo ocurrido. Gaby trabajaba con ellos arduamente, pero no encontraron mayor pista que las que ya sabían. Entre interrogatorios, inspecciones y discusiones, no quedó tiempo para absolutamente nada más, y el caso del padre de Mankar quedó congelado nuevamente.

De todas formas, el chico estaba más bien concentrado en ocultar a Vax hasta la luna llena, noche en la que contaba con que ambos regresarían al Bosque de la Tinta. Su conciencia no podría quedarse allí, pero Mankar esperaba poder volver a hacer que Vax entrara a su mente, al menos para que dejara de esconderse y pudiera estar más tranquilo, pues dormir solo en un club lleno de telarañas era deprimente.

Lo bueno era que, desde la muerte de Arkadios, sólo quedaban tres días para la luna llena. Aún así, fueron días bastante duros. Pero al parecer a nadie se le había pasado por la cabeza que el viernes siguiente Mankar sufriría la transformación propia de su condición.

En esta ocasión, Mankar prefirió no contarle nada a Boggart. No quería que la información lo alterara, y creyó que era mejor esperar a que las cosas se calmaran un poco. Por eso, la noche del viernes Mankar y Vax entraron solos al bosque, contentos por fin de estar en un lugar en el que no fueran espiados y que pudieran hablar con tranquilidad, viéndose las caras que una gorra invisible había ocultado hasta el momento.

No buscaron el refugio que Mankar y Boggart habían construido. Confiaban en que no lo necesitarían. Además, no serían capaces de pasar una noche entera atrapados bajo tierra. Intentaron seguir el sendero para no encontrarse en el nido de alguna criatura peligrosa.

No sabían si funcionaba así, pero antes de que caminaran al menos lo que estaban acostumbrados a recorrer, la luna se llenó.

El dolor encegueció a Mankar nuevamente. Lo único que deseó fue que se acabara, o hubiera preferido morir. Era una tortura insoportable. Su visión se tiñó de rojo mientras sentía que su ropa se desgarraba, y se maldijo por olvidar cambiársela.

Cuando volvió a reconocer su entorno con la ayuda de sus sentidos, todo se hizo muy confuso. Le dolían mucho las extremidades y la columna. Intentó colocarse a cuatro patas, pero no pudo evitar sorprenderse de lo largos y peludos que eran sus brazos de licántropo.

Había visto ese lugar antes... Era allí a donde pertenecía. No podía desear estar en otra parte: libre de problemas y con las personas que más quería. O bueno, al menos así era en uno de los extremos del Bosque de la Tinta, pues en Bloody Swamp ni siquiera lo conocían; a ése lugar debía pertenecer Vax.

Y ahora que pensaba en Vax, se dio cuenta de que había una peste muy cercana a él. No le producía asco, era una sensación que iba más allá: desprecio, odio, repulsión.

Se dio la vuelta y vio, bajo la luz blanca de la luna, a un vampiro alto con cara de niño, con ojos de color escarlata, y una sonrisa burlona. No pudo evitar gruñir y mostrar los colmillos.

Vax dio un respingo y cerró los ojos con fuerza, durante un instante, como si acabara de despertar de un trance. Su expresión cambió de inmediato: ahora fruncía los labios y, con la cabeza ligeramente hacia atrás, su mirada reflejaba miedo, o más bien, valentía al enfrentar un miedo.

Mankar, por su parte, dio un paso atrás.

—¿Mankaú? —preguntó Vax con timidez.

Como respuesta sólo recibió un gruñido.

—Te prometí que me controlaría —dijo Vax, dando un paso al frente—. Llevo un mes sin poder oler nada, por culpa del maleficio ése de la nariz tapada.

Mankar no suavizó la mirada, y un vago gruñido seguía escapándose de su hocico.

—¡Reacciona, Mankaú!

El licántropo empezó a ladrar y se lanzó encima de Vax. Éste lo esquivó gracias a que sus reflejos mejoraban con la luna llena.

Vax apuntó a Mankar con su varita, y susurró:

Langfradium.

Una llama de fuego, larga y anaranjada, salió disparada hacia el hombre lobo, atándole cada par de extremidades.

—Lo siento, Mankaú...

Pero Mankaú comenzó a aullar. Tristeza, impotencia y rabia se mezclaban en una aguda nota que resonó por todo el bosque. Vax no pudo evitar entrar en pánico.

—Los estás llamando —dijo con el terror en su voz.

Se quedó un instante mirando a Mankar con incredulidad. Pero lo entendía: él no era él mismo esa noche. Éste le devolvió la mirada, con los peludos y rojizos párpados muy abiertos.

—¡Espera! —ladró; su voz era un poco más gruesa pero en el fondo podía reconocerse la de Mankar—. ¡No era mi intención!

Por fin había reaccionado.

«Eso, o es una sucia trampa de licántropo hambriento», se dijo Vax.

—¿Blanco?

—Negro —respondió Mankar—. ¿Puedes entrar a mi mente?

—Lo intentaré.

Vax cerró los ojos y arrugó la frente, intentando concentrarse. Alargó una mano y la posó sobre la cabeza de orejas puntiagudas de Mankar. Éste sintió picazón y tuvo que resistirse a pedirle que se las rascara.

—Rápido, no deben tardar los licántropos —lo apremió Mankar.

—No sé hacerlo, Mankaú —respondió Vax con cierta impaciencia—. Déjame intentar algo.

Dio unos tres pasos atrás para tomar impulso y se lanzó corriendo hacia el licántropo. Saltó en el aire como si se estuviera zambullendo en una piscina, intentando caer justo en la cabeza de Mankar. Éste se quitó de inmediato del camino, y Vax cayó pesadamente sobre la hierba.

—¿Estás loco o no tienes un gramo de cerebro? —preguntó Mankar exasperado.

—¡No sé qué más probar! —se disculpó Vax.

—Creo que sólo puedes regresar si soy humano y estoy en el Bosque de la Tinta. Y ambas cosas no pueden pasar a la vez... a menos que recuperáramos una llave y viajáramos aquí de día.

—No puede ser —se dijo Vax, cerrando los ojos con amargura.

—Tienes que irte —pidió Mankar—. Prométeme que estarás lejos de Bloody Swamp.

Vax asintió.

«¿Puedes escucharme mentalmente?», pensó Mankar.

Esperaba escuchar un «No», pero su conciencia no pareció darse cuenta que Mankar se estaba comunicando con él. Se lo dijo con palabras, y supusieron que era un efecto más de estar transformados en seres que habían sido enemigos eternos.

Se despidieron y, muy a pesar de ambos, Mankar se dirigió a Greeman Place, para que los licántropos no encontraran a Vax y poder mantenerlos ocupados mientras tanto. Y había alguien con quien quería hablar.

Fue corriendo a Greeman Place, ladrando con fuerza para llamar la atención, y así alejarlos a todos del claro, donde estaba su conciencia. El camino no se le hizo muy largo: lo que a un humano le costaba medio día, para un licántropo hiperactivo era cuestión de menos de una hora.

Pero no se encontró con la bienvenida que esperaba. Llevaba un mes sin ver a sus amigos licántropos, pero no había nadie a las puertas de Greeman Place. Desde lejos, el pueblo se veía solitario y fantasmal. Mankar aceleró la marcha porque tuvo un mal presentimiento.

Llegó al pueblo y sus sospechas incrementaron cuando vio que no había nadie en las calles. Ladró y aulló con fuerza pero no obtuvo respuesta. Corrió hacia la Mansión Courtcastle antes que a ningún otro lugar, pues le urgía llegar allí. Las luces de la gran casa estaban encendidas, pero no se detuvo a contemplar el jardín que hacía más de tres meses no atravesaba. También ignoró las estatuas de los hipogrifos que flanqueaban la entrada, y por primera vez hizo caso omiso de la aldaba y la perilla con forma de serpiente que había en la puerta.

—¿Renzo? —llamó a viva voz—. ¿Vila? ¿Laurita?

No recibió respuesta. Sin embargo, un ruido en la cocina le indicó que no estaba solo allí.

Entró sigilosamente y vio a una figura peluda de espaldas, vestida con lo que al parecer era ropa verde desgarrada. No era bastante alta, y Mankar sintió curiosidad, porque no era un hombre lobo como ninguno que hubiera visto antes. Era muy delgado, y los hombros no le sobresalían tan imponentemente, aunque sí eran alargados.

—Tardaste menos de lo que creí —dijo, y Mankar se sorprendió al escuchar no la voz de un feroz lobo, sino de una muchacha.

—Señora Courtcastle —saludó Mankar.

—Llámame Vila, Mankanu —respondió ella, dándose la vuelta y mostrando una sonrisa.

O bueno, parecía ser una sonrisa. Era la primera vez que Mankar veía una mujer lobo (le parecía una falta de respeto llamarla licántropo hembra), y notó con claridad las diferencias entre los géneros. Además de lo que ya había notado, vio que sus orejas no eran tan largas y puntudas como las de Renzo y los demás hombres, sino que eran más pequeñas y delicadas. Su hocico también era mucho más corto, quizás no medía ni siquiera la mitad que el de un macho, y eso le daba la seductora apariencia de un cruce entre felino, canino y mujer. Y quizás era por ser un licántropo que Mankar podía apreciar esas características y considerarlas bellas. O tal vez porque simplemente ese ser seguía siendo Vila.

Pensando en todo ello, tardó un segundo de más en entender el significado de lo que acababa de decirle.

—¿Mankanu? Nunca me habías llamado así.

«Es más, no sabía que supieras mi apellido. O mi nombre», completó mentalmente.

—Bueno, ahora eres de los nuestros, y mereces ser tratado como tal.

—Ah... gracias —respondió Mankar con incredulidad.

Vila se recostó contra la alacena y se quedó mirando al vacío. Mankar echó un vistazo a la cocina, esperando un tiempo prudente para hacer la pregunta que no quería formular sin parecer grosero.

—Hacía pocas horas que me había enterado que vendrías.

—¿Ah, sí?

—Renzo me dijo que ya sabes que puedo ver el futuro.

—Ah... sí —Mankar se sintió tonto por no saber qué decir—. Pero, ¿hasta ahora te enteras? Yo sabía desde hace semanas... Es que en mi mundo la luna no es igual todas las noches, sólo cuando se vuelve totalmente redonda, como la de aquí, es que me transformo.

—Ya sabía lo de las fases de la luna —dijo Vila con amabilidad—. A lo que me refiero es que vendrías aquí, a la Mansión Courtcastle.

—Pero, si puedes ver el futuro, ¿por qué no lo sabías desde mucho antes?

La sonrisa de Vila se convirtió en una mueca de decepción, y Mankar estuvo a punto de disculparse, pero ella habló primero.

—Ven, acompáñame —le dijo, y salió de la cocina por entre las puertas dobles.

Mankar la siguió guardando silencio al principio. Subieron por la escalera al segundo piso, y el pasillo de alfombra verde, a juego con los tapices desgarrados y la ropa de Vila, los recibió exactamente igual como Mankar recordaba haberlo recorrido la última vez.

—¿Dónde está Renzo?

Vila suspiró.

—Tenemos entendido que los vampiros planean hacer una incursión en Greeman Place —explicó—. Últimamente hemos tenido que hacer guardia todas las noches, recorriendo todos los territorios que nos pertenecen. Yo no participo de ella, más que nada porque ellos no quieren que me involucre, pues tengo habilidades que necesitan. Y porque me quieren, por supuesto.

Vila se detuvo frente a las puertas de la biblioteca y las abrió. Mankar volvió a hablar, mientras entraba tras ella. Caminó en línea recta al fondo de la habitación.

Mankar miró a su alrededor con la extraña sensación de encontrarse en un lugar especial. Es que, de hecho, era la primera vez que le permitían explorar más allá de la primera estantería.

—Nosotras no podemos controlar lo que vemos —dijo la licántropa—. Es algo un poco difícil de explicar. No podemos ver nada si no tenemos una vaga idea de lo que queremos ver. Por eso tenemos una visión de nuestros terrenos. No es algo tan poderoso como tener la garra —sacó un par de libros, y miró el sencillo dibujo de una planta mientras terminaba la frase—, pero lo hemos desarrollado lo suficiente para saber pequeños detalles, especialmente los que tienen que ver con nuestro pueblo.

—Pensé que podían saberlo todo —dijo Mankar, ocultando casi por completo la decepción.

—Bueno, la primera vez que llegaste al bosque, Kalli lo supo antes que yo. Incluso te estuvo espiando mientras cruzabas el pueblo. Yo tardé un poco más en darme cuenta que el acompañante de Renzo no era de los nuestros, porque lo último que me imaginaba era que traería un forastero. Kalli lo supo al intentar saber cómo estaban ustedes.

—Pero tú sabías que Javier había desaparecido.

—¿Que había qué? —preguntó, mirándolo a los ojos.

—Es que esa noche Javier se había perdido...

—Ah... Sí, lo sabía. Pero es un poco complicado encontrar algo en el bosque. Nuestro poder sólo nos permite saber que está perdido, no saber dónde buscarlo.

—Y entonces por eso pensaron que los vampiros habían secuestrado a los Guardianes de Nurmengard... a cinco niños —explicó—. Lo creyeron porque los escucharon hablar con él, y él hablaba de otros cuatro niños.

—Sí... no estábamos seguras. Pero lo que vimos nos pareció más que suficiente. Lo que pasa es que, si bien no podemos controlar lo que vemos, siempre llegan a nosotras visiones de lo que necesitamos ver. Si algo amenazara la seguridad del pueblo, nos enteraríamos. Cuando Cami, Kalli y yo nos juntamos, las visiones que tenemos se hacen más nítidas y podemos escucharlo todo con claridad.

Encontró por fin el libro que estaba buscando y lo abrió. Mientras pasaba las páginas, Mankar preguntó:

—¿Y con eso basta? Renzo me dio a entender que su habilidad compensaba los poderes de la garra.

—Podría decirse. Pero no creas que son inútiles nuestras visiones, sólo porque no es un poder tan asombroso como creías. Hay cosas que puedo ver; por ejemplo, sé que Renzo llegará después de que salga el sol.

—Es decir que no lo veré esta noche.

—Además, nosotras tenemos otros poderes: Cami es una excelente deportista y nunca siente cansancio físico, Kalli tiene dentro de sí una sabiduría admirable, y quien escuche mi risa será sanado de las heridas que tenga.

—¿Como el canto del fénix?

—Algo así —No pudo evitar reír, y Mankar sintió esa calidez que sentía cada vez que escuchaba su risa—. Mira. —Vila le extendió el libro—. En este libro está todo lo que me querías preguntar esta noche.

—¿Preguntarte?

—Terminarías haciéndolo, pero en este caso mi visión no se cumplió, porque te respondí antes de que preguntaras.

—Pero es que no sé de qué me hablas —respondió Mankar con una risita, mirando el libro con curiosidad.

—¿No querías hablar conmigo para saber un poco más de tu poder de ver el futuro?

—Bueno, sí, pero...

—Pero crees que ya has perdido esa habilidad —completó Vila—. No hay que creer mucho en las predicciones. Siempre pueden ser malinterpretadas.

—En mi mundo hay mucha gente que dice ser profeta. Pero muchas veces enterarse de una predicción es lo que hace que se cumpla.

—Eso también ocurre aquí —dijo Vila riendo.

—Sí, pero aquí todos te creen, porque dices la verdad.

Vila sólo sonrió.

—La magia que me permite ver el futuro no es la misma que la tuya. Yo la adquirí por herencia, desde que mis antepasados fueron hechizados por Greenman. Dudo que pueda enseñarte a controlar la tuya... Pero quizás te gustaría leer ese libro: lo tiene todo al respecto.

—¡Genial! —exclamó Mankar, que veía las ilustraciones de Greenman con interés.

El tiempo allí adentro se extendió sin que se dieran cuenta. Mankar lamentó no haber podido ver a Renzo esa noche y tener que esperar un mes más para hacerlo. Pero disfrutó mucho compartir esas horas con Vila. Aprendió bastante y, por primera vez, se sintió completamente a gusto en el hogar de los licántropos.

• • •

Vax deambuló por el bosque cerca del límite del territorio de los vampiros, sin salir de ellos. Sabía que estaba a salvo porque no lo encontrarían si no tenían la garra. Obviamente, no iría a Bloody Swamp para que lo torturaran todavía el resto de la noche.

Habían pasado ya varias horas desde que Mankar se había ido. Le molestaba que, por fin de regreso en el bosque, tuviera que esconderse de todo el mundo. ¿Cuál era entonces su lugar? ¿Prisionero en la mente de otra persona? En ese momento prefería eso, pero ni siquiera tenía idea de cómo volver a entrar a la mente de Mankar. E imaginarse pasando el resto de su vida escondido, mientras el otro chico tenía una vida normal, era un pensamiento atormentador.

Pero no tardó en percibir un sonido. Era una voz muy, muy, lejana. Cuando descubrió de dónde provenía, intentó acercarse a ella. Era una voz infantil que sollozaba.

«Javi», pensó Vax.

Siguió caminando en busca del origen del llanto, y en un momento llegó a un claro, mucho más estrecho que el Claro Negro, pero bastante largo, bañado por la luz blanca de la luna.

Allí, acurrucada contra el árbol, estaba la figura que lloraba. Pero no era el hermano de Renzo.

—¿Te encuentras bien?

La criatura se sobresaltó y miró a Vax espantada. Era una niña de ardientes ojos rojos. Se secó las lágrimas mientras decía atropelladamente:

—Sí... yo sólo... es que...

—¿No eres Annie Markings?

Ella asintió.

—Pero yo no te... Ah... el humano que convirtieron la vez pasada. Te acusaron de robar la garra. —Annie se levantó y su cabello liso cayó a sus espaldas, y luego intentó arreglárselo con un moño.

—Vax Callahan. Pero no robé nada.

—¿Y entonces por qué desapareciste?

—No estaría aquí si quisiera —explicó él—. Pero la magia de este lugar me obliga a venir una vez al mes.

—Bueno, de todas formas ellos ya no buscan la dichosa garra —dijo Annie. Le hacía bien cambiar el tema, y pronto se había calmado. Vax no quiso hacer preguntas que le recordaran el motivo de su llanto.

—¿Cómo que ya no la buscan?

—Se enteraron que los licántropos no tienen ni siquiera la de ellos.

—¡¿Que qué?

—Sí, y bueno... se están preparando para una excursión en busca de las llaves.

Vax levantó una ceja.

—¿Crees que me volverán a aceptar en el pueblo?

—Por supuesto que sí. Mi abuela dijo que ya no valía la pena seguir sufriendo por no tener una garra, si después de todo duramos siglos sin saber de ella. Sabe un poco de eso y decidieron no culparte.

—¡Qué buena noticia!

Annie era la nieta de Natis Dumbledore, que Vax sólo conocía de vista, pero nunca había hablado con ella. Estuvieron charlando un buen rato y Vax se sintió contento de poder compartir tiempo con alguien distinto a Mankar que no le tuviera miedo. Terminó contándole algunas cosas de su mundo, e incluso le mencionó la muerte de Arkadios. Annie estaba muy sorprendida.

Por su parte, ella le contó acerca de su familia, y el motivo por el que se encontraba allí. Un muchacho vampiro la había llevado hasta ese lugar y la había abandonado para jugarle una broma de muy mal gusto; ella no sabía regresar al pueblo.

Pero ahora ninguno de los dos estaba triste: se sonreían el uno al otro y habían olvidado por un instante todo lo demás.

De repente, ambos se dieron bruscamente la vuelta hacia la misma dirección. No habían escuchado ningún sonido, pero habían percibido un olor nauseabundo similar al estiércol.

Cuando el licántropo supo que lo habían descubierto, salió de su escondite, avanzando con la lengua afuera y a pasos muy lentos.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó Annie indignada.

—Patrullando —dijo el licántropo con sarcasmo. Era Renzo.

—Usted no tiene nada que hacer en este lugar. Por favor váyase. Está en territorio vampiro.

—Hoy tengo un poco de hambre. ¿No tengo derecho a divertirme un poco? —Renzo se relamió el hocico con su larga lengua.

—¿De qué estás hablando? ¡Vete de aquí! —exclamó Vax indignado.

Renzo sólo mantuvo su mueca que se asemejaba a una sonrisa burlona. Se puso a cuatro patas y se lanzó hacia los vampiros. Ellos corrieron para esquivarlo, pero él volvió a saltar y los acorraló.

—¿Qué te ocurre, Renzo? —preguntó Vax furioso, mirándolo a los ojos e ignorando sus colmillos afilados.

—Ocurre que cuando una bestia asquerosa como ésta —dijo una voz por detrás— simplemente tiene ganas, pierde toda su capacidad de raciocinio.

¡Crucio! —exclamó otra voz.

Renzo comenzó a retorcerse y a aullar con fuerza, en el mismo lugar en el que se encontraba.

—Sólo es un animal y sólo sigue su instinto —dijo Natis—. No es capaz de pensar que es obvio que una niña vampira sola en el bosque es una carnada.

Jenn soltó una carcajada, y dejó de apuntar al licántropo con su varita.

—Escúchame maldita basura —dijo Natis en voz baja—. No te quiero volver a ver en este lugar, ¿me entiendes? Porque así como tú quieres divertirte un poco para calmar tus ganas de comer, a nosotros no nos temblará la mano para atacarte.

Natis le dio una patada.

—O si te parece mejor —continuó Jenn—, le haremos lo mismo a tu familia. A tu hermanito menor. ¡Lárgate de aquí!

Renzo no se lo pensó dos veces y escapó corriendo a cuatro patas. Vax no podía creer lo que acababa de presenciar. Pero sabía que los licántropos eran hombres-bestia, y cuando se transformaban en luna llena no eran capaces de pensar.

—Gracias, señoras —dijo Vax.

—No me llames señora —dijo Jenn con una mirada cómplice.

—Como guste, Princesa de las Tinieblas, Reina de la Oscuridad, Ama de la Maldad, Emperatriz del Caos.

Jenn rió de nuevo.

—¡Eso me gusta más! ¡Me encanta!

—¿Tienes la garra, Vax? —preguntó Natis, como si nada hubiera pasado.

—No... no. La verdad es que me la robaron.

—Entonces intentaré regresar a tu mundo de otro modo para recuperarla —dijo Natis con sencillez—. Lamento haberte tratado así la otra noche.

—Está bien... Pero todo está hecho un caos en el ministerio desde que te fuiste —dijo Vax, quien seguía mirando al lugar donde desapareció el licántropo.

—Acompáñanos a Bloody Swamp, ya casi amanece.

Vax caminó con ellas y fue sometido a un interrogatorio, aunque no era tan intenso como los que Mankar recibía en Harrylatino. Cuando llegó la hora de preguntar, no dejó pasar la oportunidad:

—¿Cómo pueden estar tú y Jenn en cuerpos separados a veces, y otras veces no?

—¿Quieres crear a tu conciencia también? —respondió Jenn—. Es muy sencillo, dividirse...

—No, me refiero a que tú entras al cuerpo de Natis cuantas veces quieras, y eres corpórea al salir —explicó Vax.

Natis lo miró extrañada, pues no sabía que Vax supiera tanto al respecto.

—Bueno, es muy sencillo, si hay un poco de práctica —dijo Jenn.

—En realidad es como usar la magia —intervino Natis—, pero ambas debemos estar muy concentradas. Al principio se debía a nuestras emociones, como la magia accidental que causan los pequeños magos de tu mundo. Jenn viaja conmigo al otro mundo cuando yo lo hago, pues no nos podemos separar. Y allá no puede entrar o salir de mi mente.

Aquello demostró las teorías que Mankar y Vax se habían planteado.

No habían caminado muchos minutos más cuando el primer rayo de sol se asomó por detrás de las montañas en un cielo cada vez más anaranjado. Vax se encontró viajando a una velocidad altísima en medio de una luz roja, y se sintió mal al no haberlo previsto para poder despedirse.

Percibió en Mankar el inmenso dolor que le provocaba la transformación en humano, y supo que era el momento idóneo para volver a su cuerpo, según lo que le había dicho Natis.

Mankar se encontró tirado en el suelo, con sólo un pantalón puesto, que más bien parecía un trapo. Buscó a Vax con la mirada y, después de dedicar unos minutos para reponer sus fuerzas, se levantó y lo llamó con la mente.

«¿Vax? ¿Dónde estás?»

Aquí.

«¿Dónde es aquí?»

Donde tú lo dices.

«¿Ah?»

Funcionó.