PARTE 1
NACIMIENTO
A través de la oscuridad buscó,
El Sagrado Dios Izanagi, Hacedor y Padre.
A su amada perdida; la gran Dama Izanami,
Madre de Todas las Cosas.
En las profundidades de la negrura de Yomi,
con las penas colgadas del cuello,
Siguió buscando a su amada.
Y aun así, lo que encontró,
tras kilómetros y suplicios indecibles,
Lo dejó atrás.
El libro de los diez mil días
Prólogo
La cosa que había dentro de su madre quería salir.
Hinchada y pesada como una piedra, la Diosa del Sol se zambulló por el horizonte en los océanos que la esperaban. Achill siguió su descenso, enroscado en las sombras de la montaña, avanzando sigilosamente hacia la polvorienta granjita y sus campos marchitos. En el viento flotaba el frío seco y cortante del invierno que se acercaba; el vapor de las tierras baldías se removía como un amante ante su tacto, estremecido por el sonido de los gritos de la madre de los niños. Tetsuo e Hikita estaban acuclillados juntos en el suelo de tierra, todo caras mugrientas y andrajos raídos. Los niños habían huido de la casa cuando ya no pudieron soportar más el ruido. Los gritos de agonía de su madre habían hecho llorar al pequeño Tetsuo, e Hikita cogió la mano de su hermano pequeño y se lo llevó afuera, a la oscuridad y el silencio. Hikita sabía que debía ser fuerte. Ahora él era el hombre de la casa. Sus delgaduchos hombros de solo diez primaveras cargaban con el peso de su familia y el peso del mundo entero. Su vecina había llegado con la partera y ahora las mujeres se afanaban alrededor de la cama mientras madre gemía; solo salían para vaciar cubos de agua roja sobre la tierra agrietada o para escurrir trapos ensangrentados entre sus dedos. Hikita aprovechaba para observarlas, con los ojos escondidos tras unos cristales manchados de hollín, negros y vacíos como el anochecer por encima de sus cabezas. Sabía lo que otra boca significaba para su familia. Sabía que, el año que viene, a su penosa propiedad no le quedaría suficiente tierra buena para alimentar a tres, no digamos a cuatro. Pero, quisiera o no, el bebé estaba en camino. No tenía ningún otro sitio al que ir, después de todo. Tetsuo hurgaba en la tierra cenicienta con un palo. La cosecha de loto de sangre a su alrededor ondulaba y se mecía; voces susurraban entre las hojas secas y descascarilladas.
—¿Crees que será otro niño?
—Solo el Hacedor lo sabe —contestó Hikita.
—A mí me gustaría tener una hermanita.
—A mí me gustaría que el canalla que le hizo ese bebé estuviese a su lado. Me gustaría que padre aún estuviera vivo. —Hikita frunció el ceño y se puso en pie—. Pero lo que nos gustaría no tiene nada que ver con la vida.
Se quedó mirando las montañas Tōnan al oeste; escarpados puños levantados contra el sol de poniente. Entre los pies de Hikita y esas raíces de piedra, kilómetros de tierras baldías se extendían hacia la oscuridad, grietas de seis metros de profundidad cortaban la tierra, envueltas en una neblina asfixiante. Entre los humos, podía distinguir una carreta rota aquí, un granero colapsado allá. Ruinosas granjas abandonadas, engullidas por la negrura que se extendía desde la Mancha. Sabía que en alguna parte de esas montañas se alzaba imponente la Primera Casa, el alma del poder del Gremio en Shima. Los que alimentaban el loto con la sangre de los ojos redondos, o eso decía la radio a veces. Los que estaban chupando la sangre de esta tierra solo para lograr más combustible y flores. A veces, cuando las naves voladoras pasaban por encima de sus cabezas, las ventanas vibraban y tintineaban, y el pequeño Tetsuo se despertaba de su sueño, creyendo que había demonios manando de los infiernos. Pero Hikita sabía que los onis tenían cosas mejores que hacer que importunar el sueño de dos niños tontos. Los hijos de Última moraban bajo tierra, en las profundidades del inframundo Yomi. Eran hombres quienes manchaban las nubes con sus rugientes máquinas. Hombres quienes hacían que el cielo fuera rojo, convertían la tierra en cenizas, la lluvia en agua negra.
No demonios. No dioses. Simplemente hombres.
Un grito tembloroso atravesó el anochecer como un cuchillo, era madre chillando, la garganta en carne viva. Hikita volvió a fruncir el ceño, se retiró el pañuelo de la boca y escupió. Hermano o hermana, no importaba. Odiaría a ese niño. Le odiaría como odiaba a su padre, con su hablar amable y su sonrisa aún más amable. Un perro que se había aprovechado de la soledad de una viuda, que la había dejado deshonrada, con un bastardo en las entrañas. Le mataría si volviera a verle. Le demostraría que, aunque vivían al borde de la Mancha, en las tierras más pobres de las siete islas de Shima, todavía pertenecían al clan Ryu. La sangre de los Dragones aún fluía por sus venas.
Las ventanas empezaron a vibrar y traquetear, Hikita alzó la vista, esperaba ver una nave voladora del Gremio surgiendo pesadamente del anochecer. Pero el cielo estaba vacío, de un rojo apagado, moteado de nubes de tormenta. El traqueteo se intensificó, la tierra temblaba tan violentamente que el niño cayó de rodillas. Tetsuo gateó por la tierra que se sacudía, un gran retumbar de tripas doloridas bajo ellos. Los hermanos se abrazaron mientras la isla temblaba, Tetsuo chillaba de miedo.
—¿Otro terremoto?
El quinto en otras tantas semanas. Los temblores se debilitaron, ahogándose despacio, hasta que los terrones de tierra putrefacta cayendo en las fisuras de la tierra baldía eran el único ruido a su alrededor. Un débil llanto brotó del interior de la casa; la primera súplica desconcertada de un recién nacido al ser arrastrado de la calidez ensangrentada a este mundo de hombres. Pataleando y chillando.
—¡Ya está aquí! —gritó Tetsuo, olvidando de golpe todos sus temores. Se escurrió de entre los brazos de Hikita y entró corriendo en la casa, sus talones sucios golpearon la terraza como tambores.
Hikita se puso de pie despacio, escuchaba los gritos de hambre de su boca más reciente. Podía oír a su madre llorar, la alegría en su voz mientras le llamaba para que fuera a conocer a su nueva hermana. Y el chico sacudió la cabeza y se chupó las cenizas de los labios, miró a través de los altos tallos de loto de sangre a la desolación que se extendía a los pies de la montaña.
Parpadeó. Guiñó los ojos en la penumbra.
Luces diminutas. Rojo sangre. Un par, brillaban entre las plantas de loto. El crujido de unos piececitos sobre hojas muertas y tierra aún más muerta. Hikita escudriñó la oscuridad; el llanto de su nueva hermanita llenaba sus oídos. Los vapores de las tierras baldías eran una sombra tan espesa como el aceite, rielaban como agua negra. Los tallos de loto se doblaron suavemente, algo se movía entre las plantas, y las diminutas luces titilaron, una vez, dos, hicieron un guiño, como las estrellas de antaño en los cielos por encima de su cabeza.
No, no era un guiño, pensó.
Parpadeaban.
Una figura salió arrastrando los pies de entre los tallos, cubierta de tierra negra y cenizas. Medía poco más de medio metro, pero sus brazos colgaban hasta el suelo, la espalda encorvada mientras avanzaba con cautela y olisqueaba el aire. Sus ojos eran escarlatas, proyectaban una luz sanguinolenta sobre sus pesadas cejas, cráneo calvo, labios protuberantes. Vio al niño y separó los labios en una sonrisa idiota, como un niño pequeño que acabara de encontrar a un nuevo compañero de juegos. Pero sus dientes eran colmillos amarillentos, otros más largos brotaban de su mandíbula inferior, e Hikita se dio cuenta de que bajo la máscara de tierra y cenizas, su piel era de un azul de medianoche.
—Uh-uuhhhhhhhh —dijo, estirando los brazos.
Hikita tenía los ojos fijos en las garras que tenía al final de aquellos dedos ávidos, afiladas como katanas.
—Gn-uhhhhh…
—Un oni —musitó—. Dios Izanami, sálvame.
El demonio se estremeció al oír el nombre del Dios Hacedor, se le abrieron mucho los ojos y empezaron a refulgir. Avanzó dando grandes zancadas, arrastrando los nudillos por la tierra. Un aullido furioso se escapó de entre sus torcidos colmillos. Hikita chilló. Chilló a la par que su hermana, aquí en el día de su nacimiento, a la sombra de esos riscos irregulares, entre la podredumbre que reptaba como un cáncer por la piel de la isla. Chilló como si fuera su último aliento. Como si fuera todo lo que era y todo lo que iba a ser jamás.
Como si el mundo mismo se estuviera acabando.
