Acto II: Reflexión

Primero era el olor a túnicas. ¿Ahora esto?

En honor a la verdad, no entiendo cómo mierda funciona todo esto de la magia. Un nuevo olor se está inmiscuyendo en mi vida, pero éste es más agradable que el anterior y no lo siento en cada rincón del castillo. Es más intenso cada vez que paso cerca del dormitorio de las chicas y me pregunto si tendrá alguna relación con ellas. Jamás me he molestado en cortejar a una chica, menos coquetear con una. Pienso que el coqueteo requiere de un tacto y una sutileza que yo, dicho lisa y llanamente, no poseo. Me considero un paradigma del género masculino. Con eso lo digo todo.

El almuerzo del día siguiente a mi epifanía de la negación trae a colación mis nuevos pensamientos. Digo, siempre me han gustado los postres basados en coco, pero nada lo hace más relevante que ahora. Y, de nuevo, sentí ese mismo aroma en esa fatídica clase de Pociones. Normalmente yo lucharía contra esta nueva sensación que viene a atormentarme, pero el precedente que tengo con este fruto tropical me frena en mi escabroso camino hacia la negación.

Estoy de acuerdo en que no elegí ser adicto al olor de las túnicas, pero sí elegí, en cierto modo, mi predilección por el coco, aunque no de manera consciente. Mi padre me dijo que era bueno para la salud, y así lo tomé yo. Desde ese momento en adelante, lo que yo consideré en su tiempo una obligación —y mis padres me obligaban a hacer un montón de cosas—, ahora es un gusto adquirido. ¿Esa pócima sabe, de algún modo que está fuera de mi limitado entendimiento, que a mí me gusta el coco? Y si era cierto, ¿cómo?

¿Era la Amor-como-se-llame un brebaje inteligente? Me disculparán, pero no pongo mucha atención en las clases de Pociones porque, para ser franco, me aburren hasta la médula. Da igual que el profesor sea jefe de nuestra casa, jamás voy a tomar en serio una asignatura que se asemeja a lo que me han dicho de un laboratorio de química muggle.

Pero eso no me arrancó de la noción que esa pócima "sabe" que a mí me gusta el susodicho coco. Mientras pienso, tomo una cuchara pequeña y la lleno con helado, con uno de color blanco, que bien podría ser piña. Pero no lo era. Porque cuando me lo llevo a la boca y lo saboreo, una sensación muy especial me invade. Alguien me dijo que los alimentos se saboreaban con la nariz antes que con la lengua. Tiene razón. Con decir que no resistí el impulso de llenar otra cucharada y probar de aquella dulce tentación era suficiente.

—Eres raro Terence —observa un confundido Theodore mientras me mira devorar cucharada tras cucharada de helado de coco sin ninguna educación—. Ayer estabas tenso y compungido y ahora estás contento.

—No soy una chica para que me andes con tonterías —respondo, apelando a mi lado machista para evitar responder de manera directa. Quizá soné más agresivo de lo que tenía presupuestado, porque Theodore me miró con el entrecejo fruncido.

—A veces te comportas como una —me espeta antes de reanudar su conversación con ese déspota engreído de Draco Malfoy. Agradezco ser ignorado nuevamente, porque tengo mucho en lo que pensar, sobre todo después de tragar una fuente completa de helado de coco.

Una cosa tengo por segura. Reflexionar sobre un problema en concreto no siempre es fácil. La razón es simple: no tienes forma de saber que lo que estás reflexionando es en realidad un problema. A veces puedes estar ahogándote en un vaso de agua sin siquiera darte cuenta.

O en este caso, en una montaña de helado de coco.