Acto III: Aceptación

Y tengo otro problema.

De acuerdo, no es exactamente un problema, pero es algo que me tiene como indeciso. Hace tiempo que he querido acercarme a una chica en concreto, pero siempre pasa una de dos cosas: o digo una estupidez o no soy capaz de pronunciar palabra alguna. No sé por qué mierda me pasa eso. ¿Seré muy machista? ¿O soy muy hombre para admitir que me gusta una chica? El orgullo masculino, si bien es algo que me gusta poseer, es al mismo tiempo, algo que no entiendo. ¿O será que pienso mucho antes de hacer algo?

Y, nuevamente, fue esa clase de Pociones la que me arrojó a este nuevo drama con los olores. Pero tengo que admitir que éste me gusta más que los anteriores, porque es el menos frecuente de todos y siempre lo siento en presencia de una persona, una chica para ser exactos.

Es una aroma floral el que me atrae a esa alumna, y un poco de investigación me ayuda a precisar de qué es.

No oculté mi sorpresa cuando me di cuenta que la alumna más atractiva de Slytherin le gustaba usar perfume de lirios. Y aun cuando no lo usara, para mí siempre olía como si lo hiciese. Es un aroma divino, y en esto no quiero ni usar la palabra "negación", porque es tan avasalladora la atracción que siento por esa fragancia que cualquier cosa que haga para refutar aquella aseveración es una monumental pérdida de tiempo, y un contrasentido de los gordos.

Entiendo mi rechazo a aceptar que me gustan las túnicas, aunque las usara asiduamente; puedo analizar mis ganas de comer una montaña de helado de coco sin siquiera vacilar, pero simplemente no puedo luchar contra esta atracción que me está volviendo loco. Daphne Greengrass me está volviendo loco de remate, y es como dos años menor que yo. No sé qué mierda hacer: si ir en plan suicida a declararle mi amor, o mi atracción, qué se yo acerca de estas cosas, o hacer como que no existo para ella. No hubo que hacer mucho trabajo mental para entender que ninguna de las dos me conduciría a un final feliz.

La única forma de tener una oportunidad con ella era arriesgarme, dejarme llevar por mis instintos, aceptar que la Amortentia tiene razón completa en este punto, porque mi razón no sirve para nada en asuntos del corazón, o al menos eso es lo que dice la sabiduría femenina.

Busco a Daphne frenéticamente por todo el castillo, sólo deteniéndome cuando tengo que asistir a alguna clase, sólo para reanudar mi búsqueda. Recorro desde el primero hasta el séptimo piso en el castillo, y en el cuarto, cuando estoy que saco la lengua del cansancio, la encuentro dialogando con su hermana Astoria. Espero a que terminen su intercambio mientras recupero el aire.

Finamente, mi oportunidad llega. Trato de no dejar que mi cerebro se rebele en mi contra y arruine mis intenciones. Me la voy a jugar toda por Daphne.

—Hola Daphne —saludo, tratando con todas mis fuerzas de dejar fuera de la conversación a mi razón.

Ella me mira con un poco de curiosidad.

—¿Por qué te ves tan agitado Terence?

¡Rayos! ¿Por qué siempre las chicas hacen las preguntas más incómodas? Mi cerebro me dice que le conteste con la verdad, de todas formas, a las chicas les gusta que los chicos sean honestos con ellas.

—Bueno, es que estoy con un nuevo programa de ejercicio e iba a tomar un pequeño descanso cuando me encontré contigo —dije con toda la calma que pude reunir. No iba a cambiar mi respuesta aun cuando mi cerebro me dijera "mentiroso" hasta la náusea. Por fortuna, Daphne no mostró signos de sospecha.

—Vaya. No sabía que fueses así.

—Ahora voy en camino al Gran Salón a comer algo. ¿Quieres venir conmigo?

—Si tienes una anécdota digna de contar, te sigo —me dijo ella, sin coquetería, sin flirtear ni nada por el estilo. No me molestó. Si tengo que trabajar a paso lento para ganarme su corazón, que así sea.

—Tengo una que te va a encantar —le digo y Daphne me muestra una sonrisa que habla a las claras que está interesada en una amistad.

Bueno, por algo se empieza.