Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo únicamente traduzco.
Un funeral por Kagome
No quería estar aquí.
No quería estar con esta gente.
Sin duda, no quería pasar un segundo más en presencia del chico que afirmaba haber sido el amor de la infancia de Kagome. Aquellas chicas habladoras y él habían estado ayer en el velatorio y le habían molestado tanto como le estaban molestando ahora. Tuvo que recordarse que estaban allí porque les importaba Kagome. Como su madre le había recordado tantas veces amablemente. Muchas veces por minuto, para ser exactos. Uno por uno, estos extraños habían pasado al lado de su féretro, ofreciendo incienso y una plegaria. Le irritaba que todos recibiesen pequeños regalos al irse. Sobre todo, le irritaba porque era él quien los repartía y tenía que oír a la gente hablando de Kagome como si la hubieran conocido.
Pero no la conocían.
Ninguno de ellos la conocía.
No sabían lo fuerte que era. No sabían el extraordinario ser humano que era. ¿Qué otra mujer adopta a un demonio zorro huérfano o elige a un demonio perro híbrido como compañero? ¿Qué otra mujer viaja a través del tiempo y lucha contra demonios para defender a humanos desagradecidos que la desprecian cuando descubren su relación con un hanyou? La veían débil y frágil. Una persona de la que apiadarse.
Feh.
El vejestorio había pedido que Kagome tuviera un funeral tradicional. Inuyasha no estaba cómodo con eso. Lo hacía parecer todo demasiado real.
—Relájate, Inuyasha —susurró la mujer que estaba a su lado y se parecía tanto a Kagome—. Pronto terminará todo.
Varias personas pusieron flores al lado de la urna y de la foto de Kagome. Le supuso un gran esfuerzo no sacudir a los que no le dejaron una. Souta le dijo que a Kagome no le gustaría que hiciera eso. Tuvo que contentarse con mirarlos con el ceño fruncido. Lo único que hacía esto algo remotamente soportable era el hecho de que el oficio tenía lugar en el templo familiar.
Una vez más, le recordaron a Inuyasha que diera las gracias a los invitados mientras les entregaba sus pequeños regalos. Masculló algo que podrían haber sido palabras de agradecimiento mientras empujaba el pequeño objeto envuelto en el siguiente par de manos avariciosas. No sentía que debieran recibir un regalo si no podían dejarle ni una mísera florcita.
—Paciencia, Inuyasha.
Paciencia. Para ella era fácil decirlo. La ropa que le habían obligado a ponerse era terriblemente incómoda. Por supuesto, no era tan torturadora como los zapatos que le habían obligado a ponerse en los pies. Y ni eso no era tan malo como tener que mantener sus orejas clavadas a su cabeza, ya que no se le permitía llevar sombrero en su funeral. Le habían colocado el pelo para ayudar a taparlas lo mejor posible y lo llevaba recogido en la base de su cuero cabelludo para añadir más protección. Pero era estresante tener que ser tan consciente de sus orejas. Tenía muchas ganas de que estas personas se fueran para poder soltarse el pelo y arrancarse los zapatos. Echaba de menos su propia ropa.
Por supuesto, incluso con sus orejas sujetas, aún podía oír los susurros. Le echaban la culpa por la muerte de Kagome. La dulce y amable Kagome se había relacionado con las personas equivocadas. Un vándalo. Un gamberro. Un imbécil infiel. Una oveja negra. Ellos no sabían que era un hanyou, pero sabían que no era bueno. Por lo menos, eso parecía ser lo que todos pensaban.
Ojalá Kagome se hubiera mantenido lejos de tan mala influencia, entonces a lo mejor habría vivido.
Ojalá Kagome hubiera tenido más salud, entonces seguro que se habría dado cuenta de que el chico no era bueno para ella.
Ojalá Kagome hubiera tenido más sentido común para no relacionarse con un delincuente.
Ojalá Kagome se hubiera quedado con Hojo, entonces aún estaría hoy aquí.
Ojalá, ojalá, ojalá. Estaba harto de oírlo. Kagome había tomado sus propias decisiones. Cuando se habían conocido, había intentado quitarle esa decisión para mantenerla a salvo, pero nadie podía evitar que Kagome hiciera lo que realmente quería hacer. Kagome eligió su camino en la vida. Kagome lo eligió a ÉL.
Aunque intentó mantener los ojos apartados del altar, estos lo buscaban constantemente. Era una urna muy bonita, y la foto que habían expuesto mostraba a Kagome sonriendo ampliamente con amor y alegría iluminando todo su rostro. Inuyasha casi sonrió al recordar cuándo se sacó esa foto. De hecho, él había sacado esa foto justo la semana pasada. Varios meses atrás, Kagome sacado un álbum de fotos y les había enseñado fotos de su familia. Recordaba que una vez se habían hecho fotos en un fotomatón y que había preguntado cómo podía caber tanta gente ahí. Ella le enseñó una cámara, luego le enseñó a sacar fotos. Había algo en lo de hacer fotos que le fascinaba. Era como coger un instante del tiempo y congelarlo, permitiéndote guardarlo para siempre. Kagome debía de haber sentido su interés, porque de repente tuvo su propia cámara digital nueva.
Simplemente parecía tan erróneo. No la foto, sino dónde estaba la foto y el porqué.
Finalmente, la gente empezó a irse de la casa y del patio. Tendría que seguir mirándolos hasta que el último de ellos desapareciera de la vista. ¿Esta gente no tenía casas a las que irse? Podía oír las conversaciones que mantenían los rezagados y ninguna de ellas era sobre Kagome. Se preguntó si a su madre le importaría si los echaba. Miró a la mujer que tenía los ojos llorosos y decidió que no quería arriesgarse a volver a desencadenar las lágrimas.
La familia reunida se quedó de pie y se despidió con la mano de sus últimos amigos. Todos suspiraron al mismo tiempo.
—Tengo hambre —se quejó Souta—. ¿Inuyasha se va a quedar a cenar?
—Tengo que hacerlo —contestó—. Por si viene alguien más a presentar sus respetos. —Le dirigió una mirada esperanzadora a la madre de Kagome—. ¿Va a haber ramen para cenar? ¿Y para desayunar?
—¡Oh, Inuyasha! Claro que sí. ¿Estás seguro de que no preferirías comer tortitas para desayunar?
—Nah, el ramen está bien.
Se sacó los zapatos en el patio y se encaminó a su árbol. Con un salto potente, brincó sobre la rama que estaba justo fuera de la ventana de Kagome. Sólo estaba ligeramente entreabierta, así que tuvo que inclinarse para deslizar el cristal. Pensó en ser sigiloso, pero el día había sido demasiado agotador como para hacer nada más que entrar en la habitación lo más rápido que pudiera. Estuvo dentro de la habitación con un salto y se sentó de manera poco elegante en la cama de ella.
Inhalando, se permitió rodearse de su aroma. Era tranquilizador, justo lo que necesitaba.
—¿Qué tal fue?
Inuyasha abrió un ojo ante el sonido de su voz. Kagome lo estaba observando asomada desde detrás de la puerta de su armario. Le tiró su traje a Inuyasha y se quedó dándole la espalda mientras él empezaba a despojarse de la ropa. Estaba demasiado cansado como para ponerse más que su hakama antes de volver a tirarse en la cama.
—Tienes amigos irritantes.
Pero con ella en la habitación con él, a salvo y viva, Inuyasha no parecía volver a tener ningún sentimiento de irritación. En cambio, emitió un gruñido para atraer su atención, luego abrió los brazos hacia ella. Kagome se acostó a su lado y él cerró los ojos una vez más cuando sus brazos la rodearon y pudo sentir el latido de su corazón. El funeral le había afectado más de lo que quería admitir.
—Pero al menos se ha acabado —suspiró ella mientras se estiraba y le quitaba amablemente las horquillas del pelo que mantenían sus orejas en su sitio. Le alborotó el pelo y le rascó las orejas, haciendo que se le levantase el pelaje.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
La pregunta le costó un golpecito en las costillas.
—Un poco tarde para echarse atrás, ¿sabes? Ya estoy muerta.
La atrajo más hacia él y susurró contra su pelo:
—No digas eso. —La idea de su muerte lo ponía enfermo. Asistir a su funeral… había dolido.
—En lo referente a todos, lo estoy. Tengo que estarlo. La gente va a empezar a darse cuenta de que he dejado de envejecer. Ahora que mi vida está atada a la tuya. —Dejó que su cuerpo se relajara contra el suyo y se estremeció cuando él rozó sus labios contra su clavícula—. Para ser sincera, olvidé adónde quería llegar con eso. Me distrajiste.
Él sonrió contra su piel. Tan pronto como se terminase la cena y estuvieran de vuelta al otro lado del pozo, tendría la oportunidad de distraerla de verdad. Hasta entonces… suspiró y se apartó. El orgullo masculino hinchó su pecho ante su gemido de decepción.
—Tu familia —le recordó.
—Feh —bufó ella.
—Tu madre lloró. Mucho. —La acurrucó a su lado y puso su cabeza sobre la de ella—. No es como si estuvieses muerta de verdad.
Kagome se estiró y le acarició un mechón de su cabello, haciéndole sentir calidez y un estremecimiento, y deseando que hubiera pasado la cena para que pudieran volver a su hogar en el pasado. Su propio hogar. Estaba orgulloso de la cabaña que habían construido juntos. Sango y Miroku se habían ofrecido a ayudar, diablos, media aldea se había ofrecido a ayudar, pero había sido importante para él y para Kagome que fuera algo que hicieran por ellos mismos. Juntos. La mejor parte de ello, sonrió, era que estaba muy, muy lejos de todos. Sólo con promesas de visitas frecuentes a sus amigos de la aldea de Kaede y visitas ocasionales y furtivas a su familia en su propia época consiguió que Kagome estuviese de acuerdo con la bastante remota ubicación.
—Cierto, pero sabe que estaré fuera mucho más a menudo. Y que el templo ya no es mi hogar, sino sólo un lugar que visitamos. Y está triste porque no podrá reconocer a sus propios nietos en público. Porque tendrán que ser un secreto. Además, tendremos que mantenernos alejados varios meses, por si acaso viene gente a traer buenos deseos, no queremos que se topen accidentalmente conmigo.
—¡¿Nietos!?
Le dio un manotazo en el brazo.
—No suenes tan horrorizado, Inuyasha. Nos aseguraremos de volver a casa después de cenar.
—De desayunar. Dije que nos quedaríamos a desayunar.
Kagome puso los ojos en blanco.
—¿Ramen?
—Mmm.
Mientras Kagome empezaba a hacer una lista de todas las cosas que necesitaba llevarse consigo, cosas que no fueran a provocar un escándalo si se encontraban un día en una excavación arqueológica, Inuyasha empezó a pensar en aquellos nietos para la madre de Kagome. Sería de buena educación cumplirle su deseo, dado que siempre era muy amable dándole de comer ramen… Inuyasha sonrió mientras su esposa salía disparada a buscar lápiz y papel para su lista.
Ahora que en esta época Kagome Higurashi estaba muerta, su compañera por fin podría vivir.
Su Kagome.
