Ghost Love: Vida
Roseville… Un famoso castillo a las afueras de Londres… Una adinerada y antigua familia emparentada con la Reina María, había ordenado su construcción hace 30 años atrás…Esa misma familia hace casi tres años, había muerto en un terrible accidente, dejando a un niño de 15 años como el único heredero de la inmensa fortuna que ostentaban: Shuichi Roseville.
A su corta edad y por ser el nuevo representante de la familia, adquirió el título de Duque de Roseville por ser familiar directo de la Reina, tomando bajo su poder muchas de las responsabilidades que su padre llevaba. Sin embargo, por no tener edad suficiente, James, el mayordomo de la mansión, se convirtió en su tutor y confidente.
El simple hecho de haber heredado una gran fortuna y de ser a penas un adolescente, había creado la necesidad de casar al Duque con alguna o algún importante miembro de la nobleza, para que llevara las obligaciones del Señor y así agrandar aún más la importancia de la familia entre la nobleza de Inglaterra.
Así, en busca de un buen partido para su persona, el joven Shuichi asistía con mucha frecuencia a los banquetes que se ofrecían en el palacio real, hasta que por fin pudo dar con alguien que robó su corazón. Se trataba del Marqués de Irlanda Sir Klaude Winchester, un hombre perteneciente a una de las familias más antiguas de Irlanda y, aunque su fortuna había disminuido considerablemente en extrañas circunstancias, seguía haciendo gala de una ostentosa presencia.
Era 15 años mayor que Shuichi, pero eso no impidió que terminaran casándose bajo el amparo de los Reyes al poco tiempo de haberse conocido. El heredero de Roseville cumplía a penas los 17 años…
Eran un matrimonio feliz y, aunque no podían tener hijos, siempre pensaron en la posibilidad de adoptar un niño para que la casa tuviera al menos un heredero y así conservar el nombre de ambas familia, pero Shuichi se negó a tener niños mientras no cumpliera al menos los 18 o los 20 años.
Sin embargo, el tiempo y las circunstancias dirían otra cosa…y Lord Shuichi con suerte alcanzó a cumplir los 18 años…
Hace 300 años… Años 1709-1710
La luz del sol se colaba juguetonamente entre las altas ventanas de la sala de música. Allí, un hermoso joven de 17 años, cabellos rosas y unos intensos ojos violáceos, rozaba con sus delgados dedos las blancas teclas del piano de cola, que se encontraba en medio de la sala. Las notas que tocaba, formaban una lenta melodía que inundaba cada rincón del lugar, acompañando la música con el suave tono de su voz.
Cerca de allí, un hombre, algunos años mayor, de cabellos largos y rubios tomados en una coleta y dueño de unos llamativos ojos azules; contemplaba extasiado aquella majestuosidad con que su joven esposo paseaba sus delicadas manos sobre el instrumento musical, dándole una imagen angelical y apolínea. Estaba allí, esperando pacientemente a que el muchacho terminara de tocar la pieza musical, pues no quería interrumpirle y hacerle enojar.
Si había algo que le molestaba a ese bello ángel ojivioleta, era que le interrumpieran cuando dedicaba su valioso tiempo a crear acordes celestiales dignos de la gracia de Dios. Absolutamente nada se podía interponer entre su amado piano y él, ni siquiera los asuntos importantes de los cuales debía hacerse responsable como Lord. Su hora musical era sagrada.
Cuando la suave melodía acabó, el hombre mayor aplaudió a su anfitrión llamando su atención, quien asustado, volteó a mirar a su oyente.
Klaude, me asustaste- regañó a su espectador con voz infantil
Lo siento, My Lord. No quise interrumpir- se disculpó haciendo una reverencia
¿Pasó algo, amor?- el muchacho se acercó a su esposo y le rodeó por la cintura, acercándose a su rostro para besarle.
Quiero presentarte a alguien- el pelirrosa le miró sin entender- ¿Recuerdas que el otro día te quejaste porque el invernadero estaba seco?
Sí… Eso fue cuando bajé a buscar unas cosas de mi padre… Ese lugar me trae muchos recuerdos de mis padres- dijo con nostalgia mientras sus ojitos se aguaban
Entonces, te encantará conocer a esta persona. Ven- Klaude cogió el brazo de Shuichi con suavidad y, así lo llevó hasta el hall, para mostrarle al nuevo sirviente de la mansión.
En la entrada al castillo, un hombre de unos 25 años, estaba de pie contemplando el enorme lugar en el cual comenzaría a trabajar. Tenía el cabello largo de un castaño claro recogido en una coleta al igual que Klaude, sus ojos pardos contemplaban como niño pequeño su alrededor y, su cuerpo, largo y esbelto, estaba cubierto con andrajosos ropajes. James le acompañaba y le daba algunas indicaciones mientras esperaban que los señores aparecieran.
Cuando Shuichi lo divisó, le vio con algo de desconfianza al notar que aquella persona provenía de una familia pobre, pues él siempre había pensado que los indigentes sólo eran una manada de ladrones desafortunados.
El joven notó la presencia de sus patrones e inmediatamente se volvió hacia ellos para mostrar sus respetos, quedando impactado por la presencia de cierto pelirrosa. Acababa de confirmar que los ángeles sí existían.
Mi Señor, le quiero presentar a Yuki Kitazawa. Él será el nuevo jardinero- dijo el mayordomo, a lo que Shuichi formó en sus labios una sonrisa forzada.
Bienvenido a Roseville- saludó el pelirrosa
Muchas gracias, My Lord. Es un gusto para mí trabajar para usted- el muchacho hizo una torpe reverencia en forma de saludo
Siéntete a gusto. Está será tu nueva casa- Shuichi continuó con su falsa sonrisa sintiéndose altamente incómodo con la mirada del castaño sobre su persona- James, muéstrale su habitación y el lugar en donde trabajará- El anciano asintió y, los señores se retiraron hacia el despacho para hablar de ciertos asuntos, después tendrían la oportunidad de conocer mejor al jardinero.
¿Qué te pareció?- le preguntó el rubio una vez que estuvieron solos
No sé… Es guapo pero hay algo en él que no me agrada, deber ser idea mía- Shuichi se sentó en su escritorio y empezó a revolver los papeles que habían encima
Debe ser porque el muchacho es de origen pobre… Es difícil confiar en los plebeyos, pero no tienes porqué ser prejuicioso. Dale una oportunidad, hace un excelente trabajo- Sir Klaude tomó asiento frente al pelirrosa
¿Por qué confías tanto en él?- inquirió mirándole fieramente hacia los ojos
Un amigo me lo recomendó… Además, parece un buen chico y al igual que usted, perdió a sus padres- Shuichi le miró sorprendido y con algo de tristeza e inmediatamente, prefirió cambiar de tema
Por otro lado, James llevó a Yuki a recorrer los alrededores del castillo, le mostró su habitación, el invernadero, los jardines delanteros y el sótano en donde estaban sus herramientas de trabajo, pidiéndole que se pusiera a trabajar a penas terminará de acomodar sus cosas.
Así, el joven jardinero se instaló en el lujoso castillo con sus escasas pertenencias, ocultando un triste pasado que intentaba borrar formando una nueva vida lejos de aquellos lugares llenos de pobreza y depravación.
Su desafortunada vida había sido un completo asco del cual deseaba olvidarse y enterrarlo en lo más profundo de su consciencia, y ahora, que había conocido a ese ángel de ojos violetas, todo cobraba sentido.
Maldijo su vida al darse cuenta de su triste realidad. Ese bello doncel era completamente inalcanzable para él, un plebeyo de la más baja calaña, con un horroroso pasado y sin un lugar en donde caerse muerto. Pero… ¿Podría vivir con ese amor platónico una vez más?
Suspiró cansado… ¿Qué había hecho para sufrir tanto?
Cogió su ropa de trabajo y se cambió sin ánimos de trabajar. Amaba lo que hacía tanto como amó a esa persona, él había sido su maestro y por eso, la convivencia con las flores y las plantas en general le servía para recordarle y a la vez para olvidarle.
Bajó en busca de las herramientas de jardinería para comenzar las faenas en el desaliñado invernadero que mucho antes de su llegada había sido un lugar esplendoroso y lleno de vida, esperando cumplir el sueño de aquel adonis pelirrosado.
Al cabo de unos meses en los cuales laboró intensamente, el invernadero se llenó de color y de un exquisito aroma a flores, quedando completamente diferente a cómo estaba cuando llegó. El piso y las paredes brillaban reflectando la luz que entraba por las relucientes ventanas y el viento juguetón que entraba por ellas, mecía con gracia las diversas variedades de flores que se cultivaban en los maceteros de mármol.
Yuki se sentía feliz porque el mismísimo ser que acaparaba todos sus pensamientos, le había felicitado por su buen trabajo y diariamente entraba al invernadero, para saludar a las flores y encantarse con su dulce aroma. La sonrisa infantil que Shuichi siempre mostraba había vuelto junto con el recuerdo de sus padres, encantando inconscientemente, a aquel joven de ojos pardos.
Hola, preciosa- saludó alegremente acariciando los pétalos de una violeta. Yuki le contempló desde lejos intentando que el Duque no se fijará en su mirada, poniendo atención disimuladamente a la rosa que estaba podando- Hoy estás muy linda, veo que Yuki te está cuidando muy bien- Shuichi le sonrió a la planta y enseguida la dejó de lado para seguir mimando a sus "niñas".
Buenos días, Joven amo- saludó el castaño haciendo una reverencia.
Buenos días, Yuki. ¿Trabajando tan temprano?
Sí, señor. Es la mejor hora para dedicarles tiempo- Yuki le sonrió amistoso, contemplando con anhelo y deseo contenido aquellos inocentes ojos violáceos que parecían penetrar con su luz, en lo más oscuro del alma.
Curioso… Mi padre decía lo mismo… Klaude me dijo… que no tienes familia. ¿Es verdad?- preguntó intentando algún tema de conversación, pues cada vez que estaba junto al jardinero se sentía intranquilo.
Es algo de lo que no me gusta hablar… Yo… Mi pasado es tan triste…
A veces hace bien desahogarse… ¿Por qué no me cuentas? Me gusta saber sobre mis sirvientes… No quiero tener extraños trabajando aquí, porque… ahora somos tu nueva familia- dijo de forma conciliadora dedicándole una fraternal sonrisa capaz de expiar los pecados más espantosos del mundo. Ése simple acto inconsciente, desató en Yuki una furiosa pasión que no podía contener y que le estaba prohibido demostrar, enamorándose perdidamente de ese hermoso serafín.
Gracias… Yo… Soy huérfano… Mi padre mató a mi madre… Yo estuve ahí- recordó con voz quebrada tratando de no mostrarse débil ante su amo. Shuichi quedó sorprendido por su confesión y no supo qué hacer ni qué decir. ¿Qué se debía hacer en estos casos? Eso le pasaba por metiche- Pero… No recuerdo bien porque era un niño y… después viví en un orfanato hasta que me adoptaron pero… desafortunadamente, ellos murieron hacen poco de viruela.
¡Qué triste!- exclamó consternado- Debes estar muy afectado…
No se preocupe, My Lord. Ya lo estoy superando…- trató de sonreír para no preocupar a esa bello narciso, pues había notado un dejo de tristeza en su mirada.
Yo también perdí a mis padres hace un par de años… Los extraño mucho- los ojitos de Shuichi se aguaron al recordar a sus padres, pues aunque ya habían pasado más de dos años desde aquel desafortunado incidente, la herida aún seguía latente, siendo extremadamente dolorosa. Yuki entendió su sufrimiento y sintió enormes ganas de abrazar y consolar a ese querubín que le inducía al pecado, pero no podía, el maldito protocolo se lo prohibía, la estúpida segregación social se lo impedía.
No se angustie, Joven amo. Estoy seguro de que ellos siempre están a su lado cuidándole…- Shuichi le sonrió restregándose los ojos para no llorar, pero por alguna razón, cuando se quitó las manos del rostro, todo su alrededor dio vueltas y se sintió desfallecer- ¿Se siente bien, My Lord?- preguntó preocupado al ver que el Duque se balanceaba y parecía estar ido.
No es nada sólo… un mareo- alcanzó a decir antes de desmayarse en los brazos del castaño.
Desde hace algún tiempo, Lord Shuichi venía presentando síntomas de una rara enfermedad. Nadie sabía de ello, pues él se había dedicado a ocultar los síntomas tanto a sus sirvientes como a su propio esposo. Llevaba varios días sintiéndose mal y aunque no mostraba deterioro alguno, tampoco presentaba mejorías, pero el joven noble, creyendo que sería algo pasajero, decidió no consultarle a un médico.
Dolores de cabeza, mareos y dificultades para respirar en ciertas ocasiones, eran algunos de los síntomas que le afectaban a menudo y que exitosamente, había logrado ocultarle al mundo hasta ese día en el que se desmayó frente a Yuki.
Preocupado por el bienestar de su amado esposo, Klaude acudió a los desesperantes llamados del jardinero y con su ayuda logró llevarlo a la recámara, indicándole a James que se contactara inmediatamente con el médico de la familia.
Hace tiempo que Sir Winchester se había percatado de las extrañas actitudes de su niño. No había que ser adivino para darse cuenta de que el pequeño ocultaba algo y cada vez que intentaba preguntarle sobre qué era aquello que le molestaba, el pelirrosa cambiaba de tema.
El médico no tardó en llegar y tras revisar al joven Duque de pies a cabeza por casi una hora, concluyó que sólo se trataba de un desmayo normal, pero su diagnóstico respecto a lo que causó el desmayo fue lapidario e inquietante: enfermedad desconocida.
Una vez que el pelirrosa recuperó el conocimiento y pudo contarle al médico algunos detalles de sus síntomas, el sabio no supo a ciencia cierta qué tipo de enfermedad le aquejaba así que decidió hacerle unos cuantos exámenes, que en sí no sirvieron de mucho, salvo uno.
Pensando en la posibilidad de una enfermedad sanguínea, el galeno pinchó el dedo índice de Shuichi con un delgado alfiler. Un pequeño punto rojo apareció en seguida y tras ejercer un poco de presión, la sangre se esparció por el dedo en forma lenta.
Inmediatamente, el hombre notó algo raro. El color escarlata que caracteriza al líquido era más oscuro de lo normal y, no sólo eso, la sangre parecía ser más espesa. Era la primera vez que el anciano médico era testigo de algo como eso.
¿Qué tengo doctor?- preguntó con miedo al ver la expresión preocupada del sabio
No sabría decirle, My Lord. Su enfermedad… es algo que nunca había visto- dijo con tono sombrío- Tal vez se trate de un nuevo tipo de anemia o algo parecido…
¿Y eso es grave?- Shuichi estaba entrando en pánico, pensando en que moriría. Sus ojos violáceos se aguaron y un nudo se le formó en la garganta.
No creo… Si es un tipo de anemia bastará con que tome té de romero una vez al día y, para evitar los mareos y desmayos, una infusión de jengibre- el sabio guardó sus instrumentos y se despidió del muchacho dejándole una nota en donde le indicaba qué té tomar y cuántas veces al día debía hacerlo.
Aunque no pudo saber qué enfermedad tenía ni a qué se debía, se sintió un poco más tranquilo con las recomendaciones del médico, pero aún así estaba preocupado. ¿Qué tan grave podía ser? ¿Podría morir? Su cabecita se llenaba de preguntas sin respuestas mientras sus ojitos se llenaban de lágrimas… Su sueño de vivir muchos años se había visto truncado por la cruda realidad…
Con el paso de los días y gracias al té que tomaba a diario de forma sagrada, su ánimo se levantó y los síntomas eran cada vez más suaves, aunque su dificultad para respirar seguía igual. Además, dos nuevos síntomas habían aparecido y aunque el médico le había recetado nuevas infusiones, la enfermedad avanzaba irremediablemente y Shuichi ya se había resignado a morir por su culpa.
Como todas las mañanas después del desayuno, Sir Winchester iba a la ciudad para cumplir con las obligaciones de la familia en vista de que su joven esposo estaba muy aproblemado con su enfermedad y por ello, no se encontraba en condiciones de asistir a las reuniones con los nobles, ni menos realizar los deseos y/o pedidos de la Reina.
Así, como esposo y tutor del Duque, debía cumplir con las obligaciones que el menor no podía realizar y debido a esto solía ausentarse durante todo el día o, semanas si la situación lo requería.
Shuichi pasada todo el día en la mansión ya sea leyendo, tocando música o admirando el invernadero. Sus sirvientes eran la única compañía que tenía, en especial, Yuki Kitazawa, con el cual pasaba horas y horas hablando sobre la vida y las flores. Extrañaba la compañía de su esposo aunque entendía su ausencia, así que intentaba suplir su falta con la compañía del jardinero.
A pesar de los primeros prejuicios, el Duque se había dado cuenta de que las palabras de Klaude eran ciertas, ya que había descubierto que Yuki era una buena persona. Tenía un pasado bastante triste y solitario, pero siempre estaba de buen humor para hablar con el Lord y hacerle compañía.
¿Por qué sería que Yuki siempre estaba dispuesto a atenderle? La respuesta era muy simple, porque se había enamorado de él… Así es… El pobre plebeyo se había enamorado de un noble y, no de uno cualquiera, sino que de ni más ni menos que el Duque de Roseville… Por segunda vez se conseguía un amor imposible, pues, aunque Shuichi fuese amable con él, no significaba que sintiera algo más allá de una relación amo-sirviente.
Dime, Yuki. ¿Alguna vez te has enamorado?- preguntó Shuichi con curiosidad y cierta inocencia, sin imaginar las consecuencias que aquella pregunta generaría.
¿Por qué la vida tenía que ser así? Yuki se sintió incómodo. Jamás habría pensado que aquel ángel le haría esa clase de pregunta. ¿Por qué le interesaba? Si tenía más que claro que el Lord no sentía y nunca sentiría algo por él. ¿A qué venía esa pregunta? ¿Por qué lo torturaba de esa manera? Pensó por un momento en declarársele y hacerle saber a Shuichi todos los sentimientos que despertaba en él, así se sentiría más tranquilo, pero sabía que le rechazaría… Estaba conciente de ello y, lo que menos quería era que lo volvieran a rechazar. Eso sería doloroso…
Hace mucho tiempo… Yo tenía más o menos su edad y él… Él era jardinero como yo. Por él aprendí todo sobre las plantas, fue él mismo quien me enseñó todo lo que sé- contó con expresión soñadora, recordando con nostalgia a aquel hombre que alguna vez robó su corazón- Siempre le amé, pero… Él no me correspondía
¡Qué triste!- exclamó acongojado sintiéndose mal por haber formulado una pregunta que le traía recuerdos tan dolorosos.
Yo lo amé tanto y… Él me rechazó. Recuerdo que lloré mucho… Puede que parezca masoquista el ejercer la misma profesión que él, pero me ha ayudado mucho a superar esa pena- Yuki contempló con tristeza el rosal que tenía frente a él.
Shuichi se quedó en silencio mirando la triste expresión del castaño, sintiéndose muy arrepentido por lo que había provocado. No había sido su intención sacar a la luz recuerdos dolorosos, pero esa confesión le había servido mucho para entender un poco más la personalidad del jardinero. Sentía lástima por él…
Intentó una disculpa, quizás, darle algunas palabras de aliento, pero la entrada de una sirvienta, le impidió llevar a cabo sus propósitos. Era la hora del té.
Salió del invernadero diciéndole a la mujer que le llevara el té a su despacho, así podría leer un poco. Se lamentó por no haberle pedido disculpas a Yuki y pensó en la posibilidad de hacerlo más tarde. Ya tendría tiempo.
Sinceramente, echaba de menos a Klaude y más porque no lo vería hasta el día siguiente, pues tenía una reunión muy importante al otro lado de Londres y no alcanzaría a volver el mismo día. Odiaba estar solo.
Mientras el joven amo buscaba un libro para leer, Yuki, quien se había quedado en el invernadero, cortó unos cuantos hongos que había plantado hace unas semanas, y se encaminó hasta la cocina. Tenía pleno conocimiento de que a esa hora, el joven Duque tomaba su té medicinal y este simple hecho le había ayudado a maquinar un plan macabro.
Su inmenso amor por Lord Shuichi, quien, claramente, no le correspondía, había despertado en él un fuerte odio hacia Klaude. Por un lado, envidiaba la felicidad de ambos, pero en sí, lo que más odiaba era que el maldito rubio pudiese poseer el cuerpo de Shuichi y él no.
Había decidido que tenía que separarlos a como diera lugar y ya tenía varias ideas en mente. Shuichi Roseville tenía que ser suyo, SUYO y de nadie más. Pero, si no conseguía que aquel delicioso ángel fuese de su propiedad, sencillamente tampoco sería de nadie. Lord Shuichi sólo podía tener un dueño o, en su defecto, ninguno.
"Si no eres mío, My Lord, tampoco serás de él. Te lo juro"- pensaba mientras iba de camino hacia la cocina, cruzando los dedos para que la sirvienta aún no tuviera listo el té.
Entró con rapidez a la habitación justo en el momento en que la sirvienta preparaba el té, acabando de poner unas hojitas de romero en el agua hirviendo. Yuki se acercó a ella y le preguntó si acaso podría agregar a la infusión los hongos que había arrancado del invernadero, excusándose diciendo que había sido el mismísimo Lord quien se lo había pedido.
La muchacha aceptó despreocupadamente y, confiando en las palabras de Yuki, cogió el ramillete que le había entregado y, enseguida escogió unos cuantos que fueron arrojados a la olla.
En cosa de cinco minutos, el dicho té estaría listo…
Una sonrisa macabra se apoderó del rostro del castaño, mientras su mente daba marcha a un siniestro y maléfico plan que a todas luces no conduciría a nada bueno y que posiblemente llevaría sus vidas a un trágico final.
Un suave aroma inundó la cocina, dándole entender a la sirvienta de que el agua estaba lista.
Había llegado la hora, la hora en que Shuichi Roseville sería despojado poco a poco de su cordura, la hora en que su frágil cuerpo sería mancillado por las toscas manos de un plebeyo, la hora en que su inocencia quedaría enterrada en lo más profundo de su corazón…
La mujer vertió un poco de té en la fina taza de porcelana que tenía preparada de antemano, agregó un poco de azúcar y, a continuación, dejó la taza sobre una bandeja.
El castaño le preguntó si ya estaba listo el té y le pidió amablemente que dejara que él se lo llevara al Lord, inventando una excusa para que la mujer aceptara.
Cuando ésta se descuidó, cogió los hongos cocidos y los molió para luego agregarlos a la infusión, intentando que éstos pasaran desapercibidos
Así, tomó la bandeja y salió rumbo al despacho de Shuichi, sonriendo satisfactoriamente durante el camino, sin poder creer que fuese tan fácil engañar a la sirvienta. Sus planes estaban saliendo a la perfección.
El pequeño amo se encontraba detrás de su escritorio ojeando un libro distraídamente. Llevaba un sombrero de media copa de un color carmesí con retazos de tul negro, el cual hacía la combinación perfecta entre su camisa de seda negra y su carísimo traje de color rojo sangre. Tenía la mirada perdida entre las palabras de cada hoja, paseando sus ojos con suma calma por cada línea. Su expresión seria le daba un cierto aire de madurez, pero sus expresivos ojos amatistas iluminaban su rostro juvenil con un suave toque de inocencia.
La puerta se abrió dejando ver al castaño sosteniendo una bandeja, sin lograr acaparar la atención del menor, pues estaba demasiado sumido en su lectura. Se acercó a paso lento, posicionándose frente al escritorio, a la vez que dejaba sobre él la bandeja de plata y alzaba la taza de té para acercarla al pelirrosa.
Espero que sea de su agrado, My Lord- dijo con un suave tono cargado de amabilidad y una falsa sonrisa para esconder sus oscuras intenciones. Shuichi alzó la mirada confundido al darse cuenta que el mismísimo Kitazawa le servía su té, hecho que le incomodó de cierta manera. ¿Por qué no era su sirvienta la que lo hacía como era de costumbre?
¿Qué haces aquí?- preguntó cogiendo con recelo la pieza de porcelana, acercándola a su nariz para oler el suave aroma de las hierbas.
Lilium me pidió que viniera a dejarle su té, mientras ella terminaba de limpiar- mintió a modo de excusa, justificando así su inusual labor, cruzando los dedos para que el pequeño se la creyera.
Tiene un olor raro…- reflexionó agudizando su olfato para distinguir mejor los aromas- Parece que le agregó otra hierba… ¿Qué es eso?- preguntó al observar en el agua unas pequeñas cositas que flotaban
Son unos hongos que planté hace poco en el invernadero. Los conseguí en el mercado hace algunas semanas y el vendedor me dijo que cura todo tipo de enfermedades… Es una seta traída de América, allá la usan como medicina. Pensé que sería útil para usted, mi Señor- contó sonriente y con tono amable, ocultando a la perfección su sonrisa maléfica bajo una falsa careta de preocupación.
Mmm…- Shuichi pareció pensar en la información recibida, tratando de encontrar algo que impidiera tomar aquel néctar. Confiaba en Yuki, pero en contadas ocasiones se sentía raro cuando estaba cerca de él y, ésa era una de esas ocasiones- Espero que sea tan maravillosa como dices- Shuichi le dio un sorbo al agua de hierbas, saboreando gustosamente la dulce textura del té, como si fuera el más exquisito néctar.
El castaño fijó su mirada en él sonriendo de forma satisfactoria. La primera parte del plan ya estaba lista.
Shuichi le pidió amablemente que se retirase para poder seguir leyendo, sintiéndose extrañamente incómodo ante la presencia del rubio. Por un momento, su mirada se tornó borrosa y sin querer alcanzó a ver al jardinero cuando salía de la habitación.
Mirado desde atrás, Yuki guardaba cierto parecido con su amado Klaude, aunque tal vez podría tratarse de una confusión o una mala jugada de su mente, producto de su disminuida visión y sus inmensas ganas de ver a su amado. Por nada del mundo confundiría a su tierno marqués, pero si lo pensaba con detenimiento, tanto Yuki como Klaude traían el pelo recogido en una cola, eran de la misma estatura y complexión y, sus voces eran algo similares.
Bebió un poco más de té y, haciendo caso omiso a las locas ocurrencias que llegaban a su cabecita, continuó su lectura como si nada, hasta que un horrible mareo le invadió de pies a cabeza. Su visión se tornó borrosa y la percepción de su entorno se vio alterada por distorsiones y colores brillantes, casi psicodélicos. No entendía que le estaba pasando, se sentía confuso y desorientado. ¿Qué había tomado? ¿Sería otro síntoma de su enfermedad?
Extrañamente se sintió eufórico y excitado, mientras todo le daba vueltas. Dejó el libro sobre el escritorio y trató de pararse clamando por ayuda.
La puerta se abrió y el jardinero entró a ver qué pasaba, encontrándose a Shuichi agachado a un lado del escritorio agarrándose la cabeza con fuerza, dejando que sus manos hicieran presión sobre sus sienes a la vana espera de que el mareo acabara. Estaba a punto de desfallecer.
¡Shuichi!- exclamó simulando preocupación, acercándose con rapidez al pelirrosa para luego cogerlo por los hombros y volverlo hacia él- ¿Qué te pasa, Shuichi? ¿Qué tienes?- Shuichi alzó la mirada tratando de identificar a la persona que le estaba ayudando. No podía ver ni oír bien, su visión era borrosa y los sonidos llegaban distorsionados a sus oídos. No podía saber con claridad quién era aquella persona, pues divisaba una silueta algo fornida, unos cabellos claros recogidos y una tez blanquecina.
¿Eres tú… Klaude?- preguntó con voz débil y suave, tratando de asegurarse que sus ojos veían bien. El hombre sonrió.
Tranquilo, mi pequeño. Vas a estar bien…
¿Qué me pasa? Me siento mal…- susurró con la voz afligida
Son los efectos del hongo que te dí…- susurró con voz siniestra. Shuichi se sorprendió
Tú no eres Klaude… ¿Qué quieres? ¿Qué me diste?- comenzó a preguntar desesperado, forcejeando con el hombre que le sostenía con fuerza. Estaba aterrado. El castaño sonrió desquiciado.
A ti… Ahora eres mío…- Shuichi comenzó a temblar, negando con miedo a cada palabra que el hombre le decía.
¿Quién era? Sus sentidos estaban tan agobiados y desorientados que no estaba seguro de lo que veía, ni de lo que escuchaba o sentía. Todo era tan raro que ni siquiera podía entender por qué aquel hombre se parecía tanto a su esposo. ¿Era Yuki o era Klaude? ¿Era un mal sueño o la realidad?
Sintió que alguien lo jaló hacia la salida. Perdió el conocimiento por unos minutos y, cuando volvió en sí, estaba desnudo y amarrado sobre su cama y, ahí, junto a él, el hombre de cabellos claros que aún no podía identificar con claridad. Sea lo que fuese que haya tomado aún se encontraba bajo sus efectos…
Continuará…
