Ghost Love: Muerte
Suavemente, se movió entre las sábanas con suma flojera sin intenciones de abrir sus hermosos ojos. Sentía su cuerpo cansado y desorientado, ignorando totalmente cuánto tiempo había dormido. Bostezó estirando los brazos y sus joyas violáceas se abrieron lentamente enfocando el techo de la blanca habitación. Estaba solo.
Por alguna extraña razón, se sentía raro. Su cuerpo dolía un poco, pero no lograba darle una explicación. Trató de rememorar lo que había sucedido o, por lo menos, recordar cómo había llegado ahí, sin embargo, las últimas imágenes que llegaban a su cabeza, eran de sí mismo, tomando el té en su estudio. El resto era oscuridad. ¿Qué le había pasado? ¿Se habría desmayado? ¿Por qué no lograba recordar nada?
Se quitó de encima las sábanas que lo cubrían y se sentó a la orilla de la cama. Llevaba su ropa puesta, tal como lo recordaba y su sombrero de media copa estaba sobre el velador. Justo en el momento en que se prestaba para tocar la campanilla y así llamar a un sirviente, James, el mayordomo, apareció en el umbral de la puerta.
Veo que ya despertó, Mi Señor. ¿Se encuentra bien?- preguntó amablemente, acercándose al joven amo
¿Qué me pasó, James? No lo recuerdo- preguntó el pelirrosa con la voz áspera, mientras se sobaba la cabeza
Se desmayó, Mi Señor. El joven Yuki lo encontró tirado en el suelo de su despacho y lo trajo hasta acá.- le explicó el anciano
Ya veo… Recuerdo que Yuki me llevó el té y bebí un poco… Después no recuerdo nada.
Hace un rato llamé al doctor, pero aún no ha llegado, así que le recomiendo que se quede aquí hasta que llegue. Necesita descansar.
Gracias… Tráeme un té… Y algo para comer.
Yes, My Lord- el hombre hizo un reverencia y enseguida se retiró, dejando al pequeño pelirrosa con un mar de confusiones en su cabecita.
En otro lado del castillo, Yuki había vuelto como si nada a su trabajo en el invernadero, recordando satisfactoriamente y con una amplia sonrisa en el rostro, el hermoso regalo que le había arrebatado a su amor platónico.
Aún podía escuchar los suaves y sonoros gemidos de su amado pelirrosa, retorciéndose de placer bajo su cuerpo, quejándose a la vez de su brutalidad mientras rogaba por más contacto. Había sido el momento más glorioso y esperado de su vida, aunque se arrepentía de haberlo tomado a la fuerza y sin que su amado estuviera presente con sus cinco sentidos.
Se regañó a sí mismo por haber sido tan bruto con el pequeño, pero asimismo se excusaba pensando en que el deseo que Shuichi despertaba en él hacía aflorar su lado más animal. Para su suerte, había logrado calmar casi en su totalidad los deseos carnales que sentía y se había abstenido de marcar como suya la blanca y tersa piel del Duque, por lo que nadie se daría cuenta de lo que había ocurrido.
Precisamente, se había encargado de tapar todos los indicios que pudieran llevarlo a la culpabilidad del hecho, sin dejar rastro alguno de lo que había sucedido en la habitación.
A esas alturas, Lord Shuichi ya se debería estar recuperando de los efectos alucinógenos del hongo y lo mejor, es que no se acordaría de nada.
Ahora, sólo tenía que esperar para hacer su siguiente jugada.
Entada la noche, cuando el joven amo se prestaba para ir a dormir, Sir Winchester volvió de su viaje al centro de Londres. Había tenido que hacer algunas investigaciones para la Reina, respecto a un tráfico clandestino de esclavos que se transaba en el bajo mundo a los alrededores de la capital, lo que le había ocupado gran parte del día y retrasado su llegada.
James lo recibió con un rostro preocupado, informándole enseguida de la desmejorada salud del joven amo, relatándole de forma resumido los sucesos ocurridos durante su ausencia.
Cuando el rubio marqués cruzó la puerta de su dormitorio, contempló a Shuichi simulando estar dormido, acurrucado entre las sábanas en busca de calor. Tomó asiento a su lado y le acarició los suaves cabellos rosados, tratando de no despertarlo, pero al sentir el contacto, Shuichi despertó sobresaltado.
¿Klaude?- preguntó en tono asustado contemplando con anhelo y necesidad los profundos ojos azules del rubio, abalanzándose a sus brazos buscando su protección. El mayor, confuso y asustado por la reacción del pequeño, le acogió entre sus brazos y rodeó su espalda con ellos, acercándolo con fuerza hacia su pecho para brindarle con ese acto todo el amor que sentía por él- Te extrañé tanto…- articuló entre diminutos sollozos aferrándose a la blanca camisa del rubio, mientras escondía el rostro entre su cuello.
Descuide, My Lord. Ya estoy contigo, no va a pasar nada- habló de forma conciliadora en un intento por calmar los espasmos del menor
No vuelvas a dejarme solo…
Tranquilo, Shuichi. Voy a estar contigo siempre ¿Pasó algo mientras no estuve?- Shuichi meditó la pregunta tratando de buscar la forma correcta para comunicarle a su esposo ciertos sucesos extraños que le habían ocurrido, pero por alguna razón, prefirió omitirlo y quedarse callado.
No… Sólo me desmayé y me trajeron a la habitación. El doctor me revisó y dijo que era normal que me desvaneciera de repente por la enfermedad- explicó sin separarse del rubio.
Bueno… Supongo que debe ser así… Deberías descansar más y no pasearte tanto por la casa. No estás en condiciones de hacer mucha fuerza o ajetrearte tanto…
Lo sé, pero ya sabes que soy muy inquieto y me aburre estar encerrado- explicó con voz infantil, separándose de Klaude para poder atrapar sus labios entre los suyos.
El rubio rodeó sus brazos por la espalda del menor y profundizó el beso introduciendo su lengua lentamente en la boca de su esposo, quien la dejó entrar mientras aferraba sus manos a la camisa de seda. Se besaron apasionadamente dejando que sus lenguas se entrelazaran en una lenta y armoniosa danza que parecía no querer acabar, pero que la naturaleza decidió terminar para poder recuperar el aire que habían dejado de respirar.
Las mejillas de Shuichi se tiñeron de un leve y tierno carmín, sus labios entre abiertos lucían hinchados y su respiración se volvió rápida. Era una visión divina, un ángel caído del cielo a punto de ser corrompido que rogaba misericordia. Estar con Shuichi era como comer de la fruta prohibida, era un ser que incitaba al pecado a cualquier persona que estuviera junto a él. No existía nadie en el mundo que pudiera resistirse a sus encantos.
Klaude contempló extasiado la irresistible imagen que el pequeño le ofrecía, sintiéndose agradecido de ser el único que poseía a ese hermoso ángel.
Suavemente lo recostó sobre la cama y se acomodó sobre él abriéndole las piernas, para luego, acercarse hasta su rostro y besarlo nuevamente. Sus grandes y expertas manos recorrieron con agilidad la delgada y frágil figura del lord, acariciando por sobre la tela aquella piel delicada y suave, que tanto le gustaba tocar.
Shuichi se dejó hacer dedicándose a disfrutar plenamente de esas caricias que tanto extrañaba, rodeando al rubio con sus brazos y piernas para acercarlo más hacia él. El roce entre sus cuerpos los fue excitando poco a poco hasta que llegó un momento en el que no pudieron resistir más.
La camisa que el pelirrosa usaba para dormir, fue arrojada lejos de la cama dejando a la vista, en un instante, el hermoso y perlado cuerpo del duque.
Sir Winchester repartió besos a lo largo de todo su cuello y pecho, dejando un pequeño rastro de saliva en su camino, el cual se iba secando conforme seguía avanzando. Con una de sus manos acarició el sexo del menor y lo masajeó de arriba a bajo, aumentando el ritmo paulatinamente, mientras se deleitaba con los suspiros y gemidos que empezaban a escaparse de los carnosos labios de Shuichi.
Todo iba marchando bien, a la perfección, pero cuando el rubio introdujo un primer dedo ensalivado a la estrecha entrada del menor, éste comenzó a desesperarse. Dolía y mucho, como si algo desgarrara sus entrañas y eso le parecía sumamente raro, pues claramente no era su primera vez. ¿Por qué dolía? Sin que Klaude lo advirtiera, el ano del pequeño comenzó a sangrar levemente, dejando salir unos delgados hilillos de sangre que apenas escurrían por su espesor.
Un cúmulo de imágenes indescifrables apareció de la nada en la mente de Shuichi, quien mantenía los ojos cerrados con fuerza, mientras veía pasar las imágenes como si estuviera viendo fotos o como si fuera una grabación a alta velocidad cuadro por cuadro. Eran ilustraciones confusas de situaciones que no recordaba haber vivido y que al parecer eran recientes, pero que no comprendía de dónde habían salido.
En ellas aparecía Yuki con su habitual sonrisa y sus amadas flores, pero también aparecía alguien muy similar a Klaude que abusaba de él sexualmente de forma despiadada.
En un raro instinto de autodefensa, tratando de impedir que aquel hombre irreconocible llevara a acabo su cometido, forcejeó con él repartiendo patadas y manotazos, mientras gritaba cosas como "Déjame", "No me toques" o "Suéltame". Tanta fue su desesperación y confusión, que terminó por acertarle un golpe a Klaude en la cara.
Sorprendido por lo que había hecho, abrió los ojos y vio a su amado rubio con una mano sobre la mejilla lastimada, con los ojos llenos de confusión y una mente que buscaba una respuesta lógica para el accionar de su niño.
Shuichi quiso pedir disculpas y ayudar a Klaude para ver si el golpe había sido muy fuerte, pero no tuvo tiempo de hacerlo, debido a que el rubio le propinó una fuerte bofetada en su mejilla derecha. Klaude estaba enojado.
¡¿Qué es lo que te pasa?- dijo exigiéndole una respuesta con tono autoritario, dejando que de él emanara un aura negativa en la cual canalizaba todo la rabia que sentía en ese momento. ¿Cómo era posible que se atreviera a levantarle la mano cuando él lo único que hacía era preocuparse por su salud?
Perdóname… Yo no quise hacerlo- se disculpó entre sollozos acariciándose lastimeramente la mejilla golpeada. Ambos estaban totalmente confundidos por lo que habían hecho, extrañándose de sí mismos, sin lograr comprender cómo era que habían llegado a golpearse mutuamente.
Se miraron por unos minutos tratando de buscar la respuesta en los ojos de otro, intentando descubrir en ellos el porqué de su actuación.
Shuichi volvió a rememorar las raras imágenes en las que aparecía siendo poseído por aquel enigmático rubio de pelo largo y coleta, dándose cuenta de que por ello, pensó inconscientemente que Klaude lo intentaba violar y que por eso había reaccionado pegándole para que lo dejara, dándose cuenta luego, de que su mente le había jugado una mala pasada. ¿Cómo le explicaría ahora a su amado esposo lo que realmente había pasado?
Su ángel bueno le pedía de rodillas que le contara a Klaude sobre las imágenes de esa violación, para así poder esclarecer el porqué venían esas imágenes a su mente y poder saber quien era aquella persona. Sin embargo, su ángel malo le recomendaba que no lo hiciera, explicándole que si le llegaba a contar al rubio lo que veía, cabía la posibilidad de que sencillamente lo creyera loco, porque, después de todo, esas imágenes sólo eran producto de su imaginación o quizás, fueran síntomas de su enfermedad. ¿Verdad?
Klaude se recriminó a sí mismo por haber sido capaz de cometer semejante bestialidad contra aquel hermoso querubín que lo único que hacía era amarlo incondicionalmente, auto-convenciéndose de que la reacción de Shuichi podría deberse a las hierbas que el médico le había recetado, de las cuáles, seguramente, alguna tendría una especie de efecto sedante.
Así, totalmente arrepentido, se disculpó con su niño y le prometió que nunca en su vida volvería a ponerle una mano encima bajo ninguna circunstancia, dejando al pelirrosa más tranquilo. Por lo menos podría estar seguro de que Klaude jamás lo violaría.
Con el paso de los días, el joven Lord parecía estar mejor de salud. Había retomado sus compromisos para con la Reina e, incluso, había asistido al concurso de cacería para apoyar a su amado esposo.
Todas las mañanas, salía a pasear al jardín, buscando perderse en la inmensidad de aquel lugar, mientras vagaba sin rumbo dentro del laberinto hasta llegar sin querer a su lugar secreto.
Inconscientemente evitaba estar muy cerca de Yuki o pasar mucho tiempo con él, por lo que sus visitas al invernadero habían disminuido considerablemente, pues algo en su interior le advertía del peligro que significaba aquella persona, aunque su simpatía hacia el jardinero no había disminuido.
Para no levantar sospechas, Yuki no había vuelto a mezclar los hongos en el té o en la comida del Lord, porque primero estaba ideando un plan para no ser descubierto antes de tiempo. No quería que nadie se diera cuenta de sus enfermizas intenciones con el niño, porque de lo contrario sólo le bastaría dar un paso en falso para que lo corrieran de su trabajo.
Afortunadamente, la sirvienta que había mezclado los hongos en la primera oportunidad, había sido despedida por Sir Klaude porque la que muy estúpida había roto un valioso, mejor dicho, un invaluable jarrón de la familia Roseville, que había pasado de generación en generación durante siglos y cuyo valor sentimental y pecuniario era simplemente incalculable. Con ello, Yuki tenía el camino libre para llevar a cabo su plan, pues aquella mujer era la única posible delatora que podría tener y para su fortuna ya no estaba.
Así, después de estar varias semanas sin atreverse a seguir con su plan, volvió a la carga administrándole al pelirrosa una dosis pequeña de hongos, que mezcló meticulosamente y sin que nadie se diera cuenta, en la comida servida durante la cena. Esa noche, Sir Winchester estaba en casa, lo que impedía que Yuki se acercase a Shuichi, pero precisamente era esa la idea que tenía contemplada. Sería el Marqués quien tendría que afrontar los síntomas que la droga le provocaría al pequeño.
Esa noche, la cena transcurrió con suma normalidad, lo sirvientes se fueron a dormir temprano, y rápidamente los señores de la casa quedaron solos. Subieron al cuarto que compartían dirigiéndose miradas cómplices y furtivas, llenas de amor y deseo que iban aflorando poco a poco a medida que se acercaban a la habitación que compartían.
A penas hubieron entrado en el dormitorio, las ropas que cubrían el cuerpo del pelirrosa desaparecieron por arte de magia y fueron a dar al suelo en un abrir y cerrar de ojos, quedando cubiertas sólo sus partes íntimas. Entre besos y risas, cayeron sobre la cama, acomodándose rápidamente en ella, mientras se repartían caricias mutuamente, a medida que Shuichi quitaba con cierta dificultad, la ropa que su esposo llevaba puesta.
La temperatura de sus cuerpos iba aumentando poco a poco, así como también aumentaba el ritmo de sus respiraciones. La necesidad de tocarse, de unirse y de sentirse amados, se notaba a leguas, pues su vida de pareja había decaído notablemente tras el descubrimiento de la enfermedad del Lord. Era momento de recuperar el tiempo perdido.
Sin embargo, de pronto, el pelirrosa comenzó a sentirse mal. Su visión se tornó borrosa y la percepción de su alrededor se vio distorsionada por fuertes y brillantes colores. Otra vez habían aparecido esos raros síntomas y, aquella sensación de desorientación, le hizo sentirse mareado. Trató de disimular esas sensaciones para no alertar ni menos preocupar a su amado esposo, pensando en que los síntomas sólo eran pasajeros. Quiso creer que todo era producto de su imaginación y gracias a la gran cantidad de placer que sentía en aquel momento, logró sobrellevar los raros síntomas.
No podía distinguir con claridad el rostro de Klaude, todo era borroso y daba vueltas, pero sin duda, se sentía bien, no era una sensación desagradable. Por alguna razón, se sentía eufórico, tenía ganas de gritar, pero por sobre todo, un exquisito calor que subía y bajaba por su cuerpo, lo tenía vuelto loco. Estaba tan excitado, tan ardiente que lo único que deseaba en ese momento era sentir a aquel hombre, que le besaba apasionadamente, en su interior.
Por su parte, Klaude notó rápidamente un cambió en su amado, pues de la nada, su Shuichi se había vuelto bastante osado y fogoso. Se sintió confundido por el radical cambio de actitud de su niño, pues el pelirrosa solía ser bastante sumiso e inocente a la hora del sexo. ¿Le habría pasado algo?
El joven Lord a esas alturas había perdido totalmente la consciencia sobre sus actos. No tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo ni de lo que sucedía a su alrededor, sólo deseaba sentir placer y más placer. Aquel hombre que se asemejaba tanto al que recordaba en esas extrañas imágenes, le brindaba una sensación indescriptible que lentamente le hacía alcanzar el cielo. ¿Acaso serían la misma persona?
Lentamente sintió que llegaba al clímax y después de que ello ocurriera, todo se volvió oscuridad.
Así, la primera parte del plan de Yuki se había realizado satisfactoriamente y, en vista de que el Marqués no había prestado mucha atención a los efectos de la droga, siguió con su plan.
De forma sagrada, suministraba a Shuichi una dosis baja de hongos una vez por semana estuviera o no Sir Winchester, de tal manera que investigaba qué días el rubio se iba de viaje, para saber cuándo podía drogar al pequeño. Así, una semana le tocaba a Klaude afrontar los efectos de la droga y, a la semana siguiente se aseguraba de hacerlo un día en el que el rubio no estuviera, para poder drogar al pelirrosa sin problemas y asimismo aprovecharse de él.
Con el paso de los días, los extraños recuerdos de las violaciones de Yuki y las noches de amor con Klaude, se fueron mezclando en la cabecita de Shuichi al punto de confundirlo tanto que todos los recuerdos parecían conformar uno solo. Para el pequeño, no había dos personas, sólo una que lo violaba y que al mismo tiempo le brindaba noches llenas de dulzura. Los efectos de la droga sólo habían logrado empeorar el estado psicológico del pequeño, de tal forma que había comenzado a rasgar sus brazos con objetos filosos, para escapar de la realidad con ayuda del dolor.
Aquellas sensaciones extrañas se comenzaron a presentar con mayor frecuencia y ahora, aquel hombre rubio de cabellos largos no sólo lo violaba, sino que también lo golpeaba. Shuichi ya no sabía que pensar, pues quería creer que Klaude no era aquella persona, pero le parecía imposible que fuese Yuki. Entonces, ¿quién?
Rápidamente, Shuichi cayó en cuenta que la aparición de esos síntomas traía consigo la aparición de su violador, por lo que cada vez que comenzaba a sentirse raro, un terror indescriptible se apoderaba de él y lo peor era que no se atrevía a contárselo a nadie por temor a que lo creyeran loco o a quedar en ridículo.
Se sentía solo e indefenso y con el paso de los días, empezaba a temer por su vida. ¿Cómo podría saber quien era aquella persona?
Por otro lado, Klaude había comenzado a sospechar de las extrañas actitudes de su niño, sin lograr encontrarle una explicación razonable. No entendía qué había pasado con su alegre y juvenil esposo, pero trataba de autoconvencerse de que la enfermedad que le aquejaba tenía toda la culpa. Sin embargo, cuando comenzaron a aparecer los primeros vestigios de maltratos, como golpes y moretones varios, la intriga invadió al rubio por completo e intentó explicarse el origen de los golpes.
Ya tenía más que sabido que el pequeño se cortaba las muñecas con cierta frecuencia, pero eso no explicaba que tuviera moretones en los brazos, torso y piernas. Había intentado preguntarle a Shuichi en varias ocasiones sobre el origen de ellos, pero el muchacho sólo respondía con un "Me caí". En conclusión, el origen de los golpes era un completo misterio ¿Podría ser que alguien golpeara a su esposo durante sus ausencias? Pero… ¿Quién podría ser?
Así, con la intriga y la preocupación a flor de piel, Sir Klaude se vio en la obligación de viajar a Irlanda a atender unos asuntos muy importantes relacionados con su familia, lo cual tardaría alrededor de dos semanas. Lamentablemente no podía llevar al pelirrosa consigo y, con el dolor de su alma, tuvo que dejarlo en Roseville durante todo ese tiempo, sin imaginar siquiera la gran tragedia que estaba por venir, sintiéndose mal por tener que abandonarlo justo en el momento en que más lo necesitaba.
Shuichi despidió a su amado con lágrimas en los ojos, queriendo rogarle que no le dejara solo o que por último lo llevara con él, pero Klaude se negó al no querer exponer al pelirrosa aún viaje tan largo tomando en cuenta su estado de salud. Shuichi debía descansar y alimentarse lo mejor posible y, eso no lo lograría en un viaje que duraría días.
El carro en el que iba su esposo se comenzó a alejar lentamente, dejando atrás a un compungido y destrozado pelirrosa, sintiéndose débil y a merced de algo desconocido, todo esto bajo la atenta mirada de cierto rubio que desde la oscuridad contemplaba con satisfacción la triste escena, mientras una sonrisa maquiavélica se apoderaba de su rostro. Todo estaba saliendo a la perfección.
Fue un día de esos, en los que Lord Shuichi paseaba por los alrededores del castillo, que el joven jardinero puso en marcha la última parte de su plan. El amor enfermizo, casi obsesivo, que sentía por el pelirrosa, presionaba su pecho de manera tal que cada vez que se cruzaba con su amado, le costaba aguantarse las ganas de hacerle saber todo lo que sentía por él. Necesitaba declararle a Shuichi su amor, llegando al punto de imaginarse aquel momento un sin fin de veces a toda hora del día.
Podía escuchar en su mente, las bellas palabras llenas de afecto y ternura con las que Shuichi aceptaría sin reparos su amor incondicional, aventurándose a tener un idílico romance a escondidas de todo el mundo. Su mente desequilibrada daba forma a una imagen idealizada de aquel instante, imaginándose al pelirrosa aferrándose a su pecho diciéndole que él también lo amaba, para después sellar el momento con un beso.
Yuki ya no podía más, no podía seguir escondiendo aquel amor que sentía. Tenía que contárselo por fin… Necesitaba sentirse querido… Necesitaba sentirse correspondido… ¿Qué haría si su amado pelirrosa le rechazaba? Muchas veces había pensado en esa posibilidad, pero siempre había considerado una mayor probabilidad de aceptación que de rechazo, ahora bien, si lo pensaba con detenimiento, no permitiría que Lord Shuichi le rechazara… Aquel ángel pelirrosa sólo podía pertenecerle a él, a nadie más… Si no era correspondido, Shuichi Roseville tendría que atenerse a las consecuencias… Nada ni nadie en el mundo, podría separarlo de su amado. No lo permitiría.
Mi señor- le llamó el rubio acercándose alegremente al joven amo, quien olía con una agradable sonrisa, la gama de rosas rojas, lilas y amarillas, que se agolpaban a la orilla del macetero central del invernadero.
Yuki… No te había visto- se disculpó con una sonrisa nerviosa ¿Por qué, desde hace un tiempo, se sentía incómodo cuando el jardinero estaba tan cerca de él?
Veo que hoy está de muy buen ánimo
Sí… Hoy me he sentido bien…- sonrió
Yo… Quería decirle que he estado muy preocupado por usted. Me alegra que ya se siente mejor- dijo sonriente tratando de ser amable, siendo que por dentro, las ganas de apresarlo entre sus brazos y hacerle saber todo el amor que sentía por él, le devoraban las entrañas. ¿Cuánto tiempo más podría aguantar esa situación?
Gracias, Yuki- Shuichi hizo ademán de irse, pues por alguna razón sentía náuseas, pero la mano de Yuki lo detuvo. Había llegado el momento.
My Lord… Yo… Hay algo que desde hace tiempo he querido decirle, pero… no había tenido el valor de hacerlo- el jardinero observó con deseo los bellos ojos amatistas que le miraban confundidos.
¿Qué cosa? Puedes decirme- Shuichi sonrió cálidamente, intentando darle al rubio la confianza suficiente para que se confesara.
Mi señor… Yo… Estoy enamorado de usted desde la primera que le vi. No me imagino mis días sin poder observar su bella sonrisa y sin escuchar su dulce voz. Usted es el amor de mi vida… Jamás pensé volver a amar a alguien de esta manera… Lo amo más que a nada en el mundo, más que mi propia vida. Desearía… por un momento estar en el lugar de Sir Klaude- los ojos del pelirrosa se abrieron de par en par sin dar crédito de lo que escuchaba, viendo como al rubio le brillaban los ojitos con sólo verle.
Yo no sé qué decirte…- pronunció con la voz débil tratando de salir de su desconcierto- Me pillaste desprevenido…- Yuki le miró expectante esperando escuchar aquellas palabras que tantas veces se había imaginado, sin embargo, pronto llegó la desilusión más grande de su vida- Agradezco lo que sientes por mi, Yuki, pero… estoy casado con Klaude y lo amo con toda mi alma… Lamento no poder corresponder tus sentimientos. Lo siento, lo nuestro puede ser…- dijo con la voz acongojada, arrastrando algunas palabras, mientras le dirigía una mirada triste y compasiva al jardinero, quien se encontraba en un choque emocional, mostrando en el rostro una expresión de incredulidad tal, que le impidió detener al pelirrosa cuando éste comenzaba a alejarse hasta salir del invernadero.
Aquellas palabras suaves y aparentemente inocuas, habrían causado un daño irreversible en el corazón del rubio, el cual se había roto en miles de millones de pedacitos que difícilmente se volverían a unir. Por segunda vez habían despedazado su corazón y roto sus ilusiones, por segunda vez, sus esperanzas de ser amado se habían ido al carajo. Pero esta vez, no lo permitiría. Está vez nada ni nadie le arrebataría lo que más amaba en el mundo, porque Lord Shuichi sólo podía ser de él. Nadie le separaría de su amado Shuichi. NADIE…
Furioso, con los ojos desorbitados y con una maléfica sonrisa en el rostro, hizo añicos el rosal que más le gustaba a Shuichi y, en seguida, se dedicó a arrancar las rosas mientras juntaba los pétalos en una caja de madera. En un estado de completa manía y confusión, cuando ya no podía ser consciente de sus actos, arrancó con fuerza la última cosecha de hongos alucinógenos que quedaba, pues había llegado la hora del acto final, en vista de que el plan A no había dado los resultados esperados.
Shuichi, aún consternado por la repentina confesión del rubio, subió a su habitación a descansar. Era hora de la siesta.
Los tres primeros días sin Klaude pasaron sin novedades, sin contar la declaración de amor. Shuichi había estado muy tranquilo al respecto, sobre todo porque le pareció que al rubio no le había afectado tanto como esperaba, su rechazo. Hablaban en varias ocasiones de cosas triviales sin volver a tocar aquel tema prohibido, intentando forjar una especie de amistad. Pero, poco a poco se acercaba lo inevitable…
Un día de aquellos, cuando ya había pasado una semana desde que Klaude había partido a Irlanda, Yuki dio marcha a su plan.
Poco antes de la cena, sin que nadie lo advirtiera, se escabulló en la cocina y preparó los hongos para mezclarlos con la comida que le sería servida al pelirrosa, asegurándose de que las setas se confundieran con el resto de los ingredientes.
Las dos sirvientas de la casa, prepararon la mesa para el señor y sin demora, sirvieron la cena, sin darse cuenta de que la comida había sido ligeramente alterada.
Yuki tenía preparado absolutamente cada detalle y, ya que las dos sirvientas y el mayordomo estorbaban en sus planes, también había ideado algo para deshacerse de ellos. El jardinero sabía que los tres sirvientes antes de irse a dormir bebían el té, y gracias a ello, se le había ocurrido la genial idea de buscar en el mercado de París alguna sustancia que pudiera mezclar en el agua para hacerlos dormir. Su idea había sido estupenda, incluso se había alabado por ello, pues un día que fue a la plaza a comprar unas semillas para plantar, se le ocurrió pasar a preguntar en el herbolario si tenían alguna sustancia para dormir, yendo con la excusa de que padecía insomnio.
Ahora, sólo debía mezclar el líquido que venía en el frasquito y el resto, se haría solo. Según el hombre que le había vendido la sustancia, una vez que se la bebiera no despertaría con nada, por lo menos durante unas cinco horas, tiempo suficiente para llevar a cabo su maléfico propósito.
Ajeno a cualquier estrategia maligna, el pequeño pelirrosa subió a su cuarto tras la cena, con la esperanza de leer un poco antes de dormir. Se quitó la ropa y cogió su camisa para dormir, yendo luego en busca de un libro y su amado diario de vida. Abrió la cama y, metiéndose en ella, se acomodó para leer, abriendo el libro en la última página que había leído.
Todo era tan tranquilo y silencioso que el pequeño jamás pensó que sus horas estaban contadas, hasta que después de unos minutos, los hongos empezaron a surtir efecto y, Shuichi entró en pánico.
Si todo daba vueltas, sentía náuseas, empezaba a ver borroso o veía luces de colores brillantes, a escuchar voces extrañas, entre otras cosas; sólo podía significar una cosa, la cual el pequeño ya tenía más que identificada: en cualquier momento haría aparición su agresor… aquel hombre inidentificable, muy parecido a Klaude, que lo agredía y lo violaba…
En otro lado del castillo, Yuki se alistaba para la escena final. Se quitó sus prendas andrajosas, se dio un baño y, luego, se vistió para la ocasión con un conjunto de ropa carísima con bordados en hilo de oro, que había sustraído del guardarropa de Sir Klaude, durante la tarde, cuando el pelirrosa andaba de paseo por el jardín y las sirvientas preparaban el almuerzo. Peinó sus cabellos con cuidado, recogiéndolos en una coleta, para después aromatizar su cuerpo con un perfume que también se había robado de la habitación de los amos y, que pertenecía al Marqués.
Ya estaba listo, ahora sólo le faltaba verificar que la chusma estuviese durmiendo. Salió de su habitación y caminó por el pasillo, yendo puerta por puerta para ver si los sirvientes ya dormían. Para su suerte, todo estaba tranquilo y en silencio. Había llegado la hora fatal.
Bajó las escaleras con cuidado tratando de no hacer mucho ruido y, así se dirigió a la habitación central: el dormitorio de Lord Shuichi.
El pequeño pelirrosa, al ser totalmente consciente del aumento progresivo de los característicos síntomas, cogió su diario y se escondió al lado de la cama, para plasmar con rapidez los últimos pensamientos que llegaban a su mente de forma lúcida, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas producto de la desesperación por no poder escapar de su triste destino. Sus sentidos extremadamente alterados y sensibles, le permitían escuchar a lo lejos, los pasos lentos y armoniosos de su agresor acercándose hasta él, haciéndole saber con impotencia que pronto estaría a merced de aquel sujeto.
La puerta se abrió con parsimonia justo en el momento en que Shuichi terminaba de escribir, metiendo el diario debajo de la cama, lo más lejos que pudo para que no fuera encontrado. Intentó ponerse de pie para encarar al sujeto, pero se sentía tan débil y mareado, que a lo sumo, pudo recostarse sobre la cama. Sus sentidos estaban tan bloqueados por los efectos alucinógenos del hongo, que ya no podía distinguir nada ni ser consciente de lo que pasaba a su alrededor.
Sólo sintió las manos de su agresor sobre su cuerpo, abrazándolo con fuerza, mientras llenaba su cuello de besos necesitados y lujuriosos. Trató de resistirse a las caricias, pero no podía hacer nada, sus extremidades respondían escasamente. Rindiéndose, dejó de luchar y apoyó su cabeza en el pecho del hombre desconocido, sintiendo un aroma familiar que jamás confundiría… El perfume de Klaude… ¿Acaso su amado había vuelto sin que él se enterara?
Los pensamientos desorganizados que llegaban a su cabeza, no le permitían generar frases coherentes o análisis más profundos, sólo podía identificar vagamente, la ropa, el cabello y el perfume de su amado Klaude. Si en ese momento alguien le hubiera dicho que no era él, probablemente pensaría que era imposible… Ésa persona frente a él, sólo podía ser Klaude ¿verdad?
Yuki tomó en brazos el lánguido cuerpo del pelirrosa y, lo arrastró hasta el invernadero, llevándolo a un lugar desconocido que él había descubierto por casualidad hace un par de días. Era una especie de mazmorra… un lugar que Yuki tenía casi asegurado de que nadie conocía su existencia. Allí dejaría que el cuerpo del pelirrosa se consumiera lentamente.
Con las fuerzas totalmente debilitadas por la droga, Shuichi se dejó hacer sin protestar ni resistirse, sólo deseaba sumirse en la inconsciencia para no ser testigo de su trágico destino. A duras penas sintió que era arrojado contra el frío suelo de cemento y, luego sus muñecas eran apresadas en la pared por unos enormes grilletes de metal, impidiéndole la movilidad de sus brazos. ¿Cuál sería su destino?
El cansancio y la tristeza fueron ganando terreno en su actuar y, lentamente, el pequeño pelirrosa se dejó guiar a los brazos de Morfeo, en una búsqueda por escapar de su horrible presente, sin embargo, un fuerte golpe en su mejilla que le hizo sangrar, lo obligó a abrir los ojos y contemplar con terror y aflicción la figura difusa de su futuro victimario.
Esta vez no te dormirás, Mi Amado Shuichi… Hoy serás mío y debes estar consciente para recordarlo el resto de tu vida- dijo en tono desquiciado riéndose de forma burlona, mientras acariciaba la misma mejilla que segundos antes había herido- No intentes resistirte… sino… te irá mucho peor…
En un abrir y cerrar de ojos, el pijama del pequeño fue rasgado de punta a punta dejando al descubierto la blanca y tersa piel de su cuerpo, el cual se estremeció ante el frío que inundaba aquella mazmorra.
El rubio comenzó a acariciar su pecho, mientras llenaba de besos su cuello y comenzaba a bajar lentamente por su cuerpo, hasta atrapar uno de los pezones del pelirrosa. Lo succionó con fuerza y lo tiró, dejando marcados sus dientes en la frágil piel, reclamando como suya aquella pequeña parte del cuerpo bajo él.
Shuichi gimoteó debido al dolor causado, agitando sus manos en vano, en un intento por liberarse. Con asco sintió unas manos recorrer sus piernas hasta llegar a su sexo, el cual fue masajeado de forma rápida y efectiva, aunque el pequeño intentara mover sus piernas para evitar las caricias en esa zona. Otro golpe en su rostro le hizo desistir de sus intentos y se entregó completamente a su agresor, aunque aún pensaba en la pequeña posibilidad de deshacerse de él.
Deseó no excitarse con aquellas caricias, trató de dormirse y no ser partícipe de su horrible destino, pero los efectos de los hongos no le ayudaban en nada. Su pene fue apresado por unos labios, siendo acariciado por una suave lengua, en un lento y agonizante vaivén, que lo llevaba al éxtasis que tanto deseaba evitar.
Cerró sus ojos violáceos y dejó caer una lágrima solitaria, esperando ilusamente que toda esa tragedia fuera un mal sueño.
Llegó al clímax sin darse cuenta siquiera y, luego sintió unos labios sobre los suyos que dejaban en su boca un sabor entre amargo y agridulce. Dejó besarse por unos segundos y, luego reunió las últimas fuerzas que le quedaban y, así, mordió vigorosamente, el labio inferior de su agresor haciéndolo sangrar a mares.
Yuki se alejó con espanto del muchacho y llevó su mano al labio herido, constatando con horror que sangraba y, mucho. Furibundo y, totalmente, fuera de sí, cegado por la furia y la demencia, cogió con sus manos el delgado cuello de Shuichi y aplicó en él toda la fuerza que la rabia contenida le brindaba, estrangulándolo lenta y dolorosamente, mirándolo fijo a los ojos, regocijándose del espanto y la congoja que aquellos ojos violáceos transmitían. Sus manos se cerraron totalmente en el terso cuello del pelirrosa, hasta que su pecho dejó de subir y bajar, hasta que el aire dejó de entrar en sus pulmones.
Temeroso, alejó sus manos y contempló su bestial obra… Esta vez, no sólo había sido rechazado hasta el final por la persona que más amaba en el mundo, sino que además, había acabado con la luz de su vida. Él había asesinado con sus propias manos, al ser que amaba con todo su corazón… igual como su padre lo hizo con su madre, cuando él era a penas un niño. ¿Acaso estaba condenado a repetir la historia? ¿Acaso jamás en su vida encontraría la felicidad? ¿Por qué lo había hecho?
Cuando la razón volvió a su cabeza, y cayó en cuenta de su brutal acción, incontables lágrimas rodaron por su rostro, cegándole completamente. ¿Qué había hecho?
La desesperación, el remordimiento y la culpa, comenzaron a devorar sus entrañas, obligándole a buscar una salida, para detener esa gama de sensaciones que se agolpaban en su pecho y que no deseaba sentir.
Salió de la mazmorra, cerrando de inmediato el pasaje oculto que conducía a ella. Fue a la cocina para conseguir un papel y una pluma. Garabateó unas cuantas frases y se echó el papel en el bolsillo. Luego, se dirigió al sótano en busca de una soga, haciendo un nudo en ella que calzara a la perfección en su cuello.
En un estado de consternación total y con el alma en un hilo, subió las escaleras hasta llegar al pasillo. Ató un extremo de la soga a la baranda, acomodó el otro extremo en su cuello y, sin dudar siquiera un segundo, se lanzó al vacío.
Al día siguiente, cuando los sirvientes despertaran, descubrirían la enorme tragedia…
Continuará…
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