Hola, lamento haber tardado con este capítulo, pero que les guste ^^
Ghost Love: El cadáver y la profecía
Después de aquella agitada noche de bodas, las cosas en el castillo volvieron a la relativa calma. La inesperada presencia de Sir Winchester mantenía a todos alerta, pues algunos tenían miedo de que sólo hubiese vuelto para hacerles la vida imposible.
Hiro estaba encantado con su regreso, aunque le apenaba el que los demás supieran de su furtivo y prohibido idilio con el espíritu, ya que aún le costaba aceptar sus sentimientos por Klaude. Es decir, él le gustaba, era recíproco, pero de ahí a estar perdidamente enamorado, la diferencia era mucha, así que, podría decirse que Hiro sólo se daría una oportunidad con el fantasma. Después de todo, estaba claro que Klaude aún amaba a Shuichi, aunque ese amor solamente había cambiado de forma.
Las faenas para encontrar los restos de Lord Shuichi, continuaron durante toda la mañana, movilizando a medio castillo, claro que, cabe destacar, que los recién casados no se hicieron parte del trabajo. Estuvieron gran parte del día acurrucados en la cama, haciendo quizás qué cosas, por lo que sólo se les vio a ratos y durante la cena. Ninguno de los huéspedes se vio interesado en saber que hicieron durante todo el día.
Ahora que recuerdo, en la biblioteca hay unos planos del castillo— dijo Tatsuha haciendo memoria del lugar en donde los había dejado.
¡Eso es cierto! Tat-chan y yo los vimos en la biblioteca— exclamó el peliverde avalando lo dicho por el otro.
¿Y para qué queremos los planos del castillo?— preguntó Suguru poniendo cara de confundido, ya que no entendía las intenciones del moreno.
Ya veo, ¡Qué inteligente eres, Black Boy!— Sir Winchester le dio una palmada en el hombro al menor de los Uesugi. Al parecer, él había sido el único que había entendido el porqué necesitaban los planos, pues los demás, miraban confundidos la escena.
Yo tampoco entiendo para qué nos sirven los planos— dijo el pelirrojo
It's simple, My Little Ghostbusters. Recuerdo que Shucihi una vez me comentó que en el castillo habían muchos pasadizos secretos. Si los restos de Shuichi están en algún lado del castillo, deben estar en alguno de esos lugares escondidos. ¡Qué mejor que tener los planos de Roseville para encontrarlos!— explicó emocionado, sintiendo que toda su existencia adquiría sentido, mientras los otros le miraban con los ojos brillosos y esperanzados, pensando que el fantasma era un genio por llegar a semejante conclusión.
¡Genial!— dijeron al unísono, admirando al fantasma.
¡Entonces, vamos a buscar los planos, na no da!
Ryuichi fue el primero en salir del invernadero rumbo a la biblioteca, llevándose de paso, a Tatsuha, pues lo tenía agarrado fuertemente de un brazo. Así, la tropa de "buscadores de cadáveres"- como les había apodado el propio Tatsuha-, subió las escaleras rápidamente para echarle una miradita al "mapa" del castillo, con la esperanza de encontrar en ellos, los innumerables pasadizos secretos que escondía el lugar.
Aquí no hay nada— se quejó Noriko, luego de un largo rato de extenuante búsqueda. Habían revuelto toda la dichosa biblioteca y los famosos papeles que buscaban, no estaban en ningún lado.
Estoy seguro de que los vi por aquí…— reflexionaba el moreno forzando insistentemente a su memoria, a recordar el lugar exacto en donde habían dejado los planos.
¿Tat-chan?— le llamó Ryuichi—. Kumagoro recordó que vimos los planos en el despacho de tu papá— informó, observando al conejo rosado que tenía en las manos.
El rostro de Tatsuha se iluminó como si le hubiesen revelado el gran secreto de la humanidad, haciendo memoria al instante de aquel momento en que junto al peliverde cazafantasmas, habían descubierto esos papeles, siendo incapaz de ocultar su sonrojo, al recordar además, lo que había sentido al estar tan cerca de Ryuichi. Rápidamente, se escabulló dentro del despacho de su padre bajo la expectante mirada de sus intrépidos ayudantes, saliendo de allí a los pocos segundos, trayendo en sus manos un rollo de papel. Efectivamente y de acuerdo a lo dicho por Ryuichi, los planos estaban sobre el escritorio que había pertenecido a su padre.
Dame eso— le exigió el rubio fantasma, arrebatándole los papeles de un solo tirón, para luego, alejarse de él y poner los planos sobre la mesa de la biblioteca
Curiosos, uno a uno, los "buscadores de cadáveres" se acercaron hasta el mesón para observar los mapas, los cuales detallaban cuidadosamente cada habitación del castillo.
Tatsuha y el fantasma, identificaron una a una las habitaciones que conocían, marcándolas con un lápiz que Hiro había encontrado. Una vez que dicha actividad fue completada, procedieron a inspeccionar los lugares a los cuales no tenían acceso conocido o, en su defecto, simplemente desconocían su existencia. Así, encontraron cuatro lugares que de alguna u otra manera, estaban ocultos completamente.
Bien, hay cuatro lugares en total, de los cuales desconocemos su acceso— dijo Tatsuha explicándole la situación a sus ayudantes—. Si los restos de Lord Shuichi se encuentran en el castillo, estarán en una de estas cuatro habitaciones— continuó, observando como los muchachos le escuchaban atentos.
Lo más acertado por ahora, es que nos dividamos en dos grupos. —Klaude intervino para hacer su aporte—. En el primero, estarán Tatsuha, Ryuichi y Noriko y, en el segundo, Suguru, Hiro y yo— indicó mientras sus oyentes asentían levemente con la cabeza.
Entonces, las cuatro habitaciones parecieran tener un acceso oculto en los siguientes lugares: el invernadero, la sala de estar, el sótano y el salón de baile— comunicó indicando en los planos los lugares a los que se refería—. Ryuichi, Noriko y yo, revisaremos el invernadero y el salón de baile. Ustedes, encárguense del sótano y la sala de estar— ordenó.
¡Sí, señor!— exclamaron al unísono los tres ayudantes, cuadrándose como si fueran militares.
¡Manos a la obra!— exclamó satisfactoriamente, enrollando los planos para dejarlos en el lugar en el que habían sido encontrados, para luego, disponerse a bajar, en busca de los lugares secretos, seguido por sus fieles ayudantes.
Al pie de las escaleras, se separaron en los grupos indicados, dirigiéndose en primer lugar, al sótano y al salón de baile.
Con la ayuda de Williams, Hiro, Suguru y Klaude, pudieron ingresar al sótano, ya que la puerta de acceso se encontraba cerrada con un grueso candado. Como si nada, el anciano abrió el candado con la llave que estaba en su posesión y así, el trío pudo ingresar al frío y oscuro lugar.
A un costado de la puerta, se encontraron con el interruptor de la luz. Tanteándolo, Suguru, el más valiente de los tres, lo apretó y el lugar se alumbró como por arte de magia, mostrándoles una panorámica bastante desagradable. Se notaba que desde hace siglos nadie entraba al sótano. Era un paisaje desolador.
El asqueroso olor a encierro y a humedad, les obligó a taparse la nariz, para poder ingresar. Montañas de polvo y telas de arañas cubrían los enseres que yacían abandonados desde hace siglos, siéndoles dificultoso el poder descifrar que objetos había allí. A paso lento y vacilante caminaron por el lugar tratando de no pisar las cosas regadas por el suelo y, aunque les causaba repulsión todo el panorama que tenía frente a ellos, tuvieron que ensuciarse las manos y empezar a remover todo lo que allí había, con la esperanza de encontrar la puerta del pasadizo secreto.
¡Este lugar apesta!— se quejó el pelirrojo.
Ni lo menciones— le reprochó Suguru con cara de desagrado.
No sean tan llorones y pónganse a trabajar mientras yo los miro. — Klaude se instaló, con aire de líder, en una mesa que estaba al rincón del sótano.
Claro que no, Señor Fantasma, digo, Klaude— dijo Hiro corrigiéndose a sí mismo—. Ya que puedes atravesar las paredes, lo mínimo que puedes hacer por nosotros es buscar el lugar en el que está la dichosa habitación escondida— le regañó.
Pero…
Nada de peros, te lo ordeno. —Hiro miró al fantasma desafiante. Sus ojos refulgentes de los cuales casi salían llamas de fuego, intimidaron a la pobre alma, al punto de resignarse a cumplir los deseos de su lindo pelirrojo.
Está bien— aceptó a regañadientes, volando hacia las paredes con el fin de atravesarlas y así encontrar lo que buscaban.
Mientras tanto, el grupo que investigaba el salón de baile, ya había dado vuelta el lugar buscando una entrada que los llevara a la habitación secreta, y francamente no había nada. Cansados de buscar, Ryuichi, Tatsuha y Noriko se sentaron a orillas del escenario, contemplando con frustración la inmensidad de aquella sala.
Jamás encontraremos el dichoso pasadizo— se quejó la mujer, suspirando resignada.
Este lugar es demasiado grande, el acceso puede estar en cualquier parte.
¡Sigamos buscando, no da! ¿Qué tal si nos dividimos para buscar?— sugirió
Eso estábamos haciendo— dijeron Noriko y Tatsuha al unísono, mirando al peliverde con cara de pocos amigos.
Entonces, continuemos— exclamó con tono infantil, cogiendo a Kumagoro para dar vueltas con él por el salón, mientras sus compañeros le miraron resignados.
Una vez comenzaron a buscar por el salón la dichosa entrada, pero esta vez, al líder se le había ocurrido una genial idea. Mientras sus compañeros buscaban, Tatsuha fue en busca de los planos con la sensación de que en éstos pudiese encontrar el lugar en el cual podría estar el acceso al pasadizo. Así, cuando volvió al salón y verificó que sus ayudantes no habían tenido éxito en la busca, decidió abrir los planos y examinarlos.
Veamos… Estamos en el salón de baile— dijo en tono pensativo, apuntando el lugar en el mapa—. El cuarto secreto está aquí—indicó en el papel—, entonces… el acceso debería estar… ¡En el escenario!— exclamó de pronto, con evidente emoción. Sus ojitos grises se iluminaron como si hubiese encontrado el sentido de su vida, mirando a sus acompañantes con un aire de satisfacción indescriptible.
Con una muda orden, Ryuichi y Noriko corrieron al escenario para inspeccionarlo, mientras Tatsuha dejaba de lado los planos y corría a ayudarles. Así, luego de varios minutos de búsqueda incansable y, gracias a la torpeza del peliverde, una misteriosa compuerta se abrió en el suelo del escenario.
Pero cómo…—susurró el moreno estupefacto, viendo como algunas tablas de la madera del escenario eran removidas por arte de magia, para dar lugar a un oscuro orificio—. ¿Qué hiciste?— preguntó con la voz temblorosa.
Sólo jalé esta palanca, no da— explicó Ryuichi en tono infantil, indicando una manivela escondida dentro de una caja.
Miren, hay una escalera— dijo Noriko, quien se había acercado al borde del lugar para contemplar lo que había. En efecto, la compuerta había dado lugar a una escalera que posiblemente conducía a un subterráneo, lo que hizo dudar al moreno sobre si acaso ése era el pasadizo que buscaban.
¡Bajemos, no da!— exclamó animado cogiendo una linterna que nadie supo de dónde la sacó, para, así, ser el primero en bajar por la escalera.
Noriko y Tatsuha se miraron inseguros y reticentes, pero en vista de que Ryuichi ya había bajado, no les quedó de otra que hacer lo mismo.
Así, se encontraron frente a un oscuro y estrecho pasillo que expedía un horroroso aroma a encierro. Tratando de hacer caso omiso de ese pequeño detalle, se adentraron por el lugar lentamente, siguiendo los pasos del autodenominado "Guía Kumagoro", quien iba delante de ellos alumbrando el camino.
Sin darse cuenta, caminaron por varios minutos, hasta que por fin llegaron frente a una puerta. Se detuvieron delante de ella y Tatsuha se acercó a abrirla. La puerta estaba atorada, así que entre los tres la empujaron hasta lograr derribarla.
Mientras tanto, en el sótano, Klaude ya había encontrado el lugar en el que se encontraba el pasadizo, sin embargo, aún no podían hallar el acceso.
¿Y si derribamos la muralla?— sugirió Hiro.
No creo que sea algo viable de realizar— dijo Suguru analizando la situación.
Tranquilo, My Little Ghostbusters. Debe haber alguna manera de entrar allí— dijo acariciando el hombro del pelirrojo, mientras le dedicaba una suave sonrisa.
Entonces, sigamos buscando—dijo desanimado, alejándose del fantasma y de su amigo para buscar por su cuenta, mientras éstos le siguieron silenciosamente.
Con cuidado, Suguru y Klaude removieron los muebles deshechos y unas herramientas de jardinería que obstaculizaban el paso hacia el lugar en donde se encontraba la entrada al pasadizo, para poder buscar en los alrededores, algún mecanismo que activara la apertura de la muralla. Dieron vuelta toda la habitación buscando alguna palanca, un botón o algo similar, pero no dieron con nada.
Ya no sé dónde podamos buscar— se quejó Suguru apoyando su mano en la muralla, mientras Hiro tomaba asiento en el suelo y el fantasma se paseaba por la habitación con un aura negra y deprimida.
De pronto, el bloque de ladrillo en el que el cazafantasmas estaba apoyado, cedió, seguido de un estruendoso crujido que asustó a los tres, obligándoles a mirar hacia el lugar en donde lentamente, se abría un pasaje. Suguru alejó su mano del muro, mirando estupefacto, el ladrillo que yacía hundido.
¡Eres un genio!— exclamó el pelirrojo, poniéndose de pie para felicitar a su amigo.
¡Pero si no hice nada!— alegó.
¡Qué importa! ¡Encontramos la entrada al cuarto secreto!— dijo animado, abrazando a su amigo con euforia, para luego caminar junto a él hacia la entrada del pasadizo. Klaude se acercó a ellos.
Andando, muchachos. —El fantasma los empujó para que se adentraran en el pasillo, en vista de que ninguno de los dos se movía.
Así, comenzaron a caminar por el oscuro corredor, escasamente alumbrado por la tenue luz que emanaba del fantasma. Tras unos segundos, llegaron frente a una puerta. La abrieron lentamente, sin problemas e, ingresaron uno por uno con suma cautela. Aquella habitación a la que habían llegado, yacía a oscuras. La luz no se filtraba por ningún lado, pues no tenía ventanas, así que rápidamente, buscaron por las paredes algún interruptor de luz. Estaban en eso, cuando del otro lado de la habitación divisaron una luz blanca circular, proveniente de una linterna.
¿Quién anda ahí?— preguntó Klaude mirando hacia la fuente de luz.
¿Sir Winchester?— preguntó la voz juvenil de un hombre—. ¿Qué hacen ustedes aquí?
Señor Tatsuha— exclamaron al unísono, Suguru y Hiro, quienes luego, fueron alumbrados por la linterna.
El pasadizo que encontramos en el sótano nos trajo hasta aquí. Al parecer, a ustedes les pasó lo mismo— concluyó el fantasma.
Entonces, el cuarto secreto está conectado a ambos lugares… Pero en el plano no salía nada— reflexionó el moreno, acercándose con su grupo hacia los otros.
Tal vez, esta habitación no figuraba en los planos del castillo. Seguramente, se construyó después…— Klaude sobrevoló el lugar, investigándolo; encendiendo la luz, de paso.
Ante los ojos de todos, se extendió una habitación extraña, llena de curiosos utensilios cuya utilidad era inimaginable. Parecía el laboratorio de un alquimista o de un científico. Frente a ellos había un largo mesón, en el cual había una fila de tubos de ensayo, probetas, jarrones y líquidos extraños, además de papeles y libros. El resto de las mesas de la habitación lucían igual. Las paredes no estaban decoradas y las pocas sillas que había, estaban frente a los mesones.
¿Qué clase de lugar es este?— se preguntó el moreno acercándose a una mesa para inspeccionar.
Veo libros de química y alquimia… Y también hay unos que hablan sobre la cábala y sobre demonología…— dijo Noriko hojeando un libro sobre cómo invocar demonios.
Tengo entendido que el padre de Shuichi gustaba de las ciencias y el ocultismo— habló el fantasma recordando lo que sabía sobre los Roseville—. Desde antes que me casara con Shuichi, se decía que el castillo estaba maldito, incluso había rumores de que el señor Roseville tenía un pacto con el demonio; claro que sólo eran rumores, nunca se comprobó si eran ciertos— dijo con voz sombría.
Con razón todo Londres tiene miedo de este lugar— exclamó Tatsuha, haciendo memoria de aquel día en que ningún taxista los quiso traer al castillo.
Así es. Cuando me casé y me vine a vivir aquí, tenía miedo de los rumores. Pensé que era verdad que el castillo estaba maldito, pero al tiempo, deseché los rumores— recordó.
Entonces… ¿Esta habitación perteneció al padre de Shu?— preguntó.
Es posible— Klaude miró su alrededor como buscando una pista que le permitiera afirmar lo que había dicho.
Bueno, no hay nada que ver aquí. Sigamos con los dos cuartos que faltan— ordenó el moreno dirigiéndose hacia una de las salidas.
Mientras los demás se disponían a salir, Noriko aún inspeccionaba una de las mesas. Recién, algo había llamado su atención, así que aprovechó que Tatsuha y Klaude hablaban, para ella poder investigar ese algo. Se trataba de una extraña tabla circular, con símbolos raros y partes móviles. Era algo así como una tabla Ouija, sólo que tenía forma de disco, no estaba el abecedario y, a cambio, estaban escritos los días, meses y años. La mujer nunca en su vida había visto algo similar y, tampoco le encontró utilidad al artefacto, por lo que, aunque le causaba curiosidad, decidió dejarlo de lado.
Aún intrigada por la dichosa tabla, salió del cuarto en busca de sus amigos, quienes ya estaban al pie de las escaleras, decidiendo qué harían ahora. En vista de lo sucedido anteriormente, Tatsuha decidió que tal vez era mejor que todos fueran en busca de los otras dos habitaciones secretas, pero debido a que el almuerzo ya estaba listo, tuvieron que dejar las exploraciones para después.
¿Eiri y Shuichi no bajarán a comer?— preguntó Tatsuha al mayordomo.
Así es, señor. El joven Eiri pidió que le llevaran el almuerzo a la habitación— respondió amablemente, mientras servía el vino.
Ya me imagino que estarán haciendo esos dos— dijo con voz burlona, imaginándose todas las perversiones que, seguramente, Eiri estaba llevando a cabo con el fantasma.
Joven Tatsuha—llamó Suguru—, ¿será necesario que vayamos todos a inspeccionar la sala de estar? ¿No deberíamos seguir con el plan original? Así avanzaremos más rápido.
Lo sé, pero si vamos todos juntos tal vez encontremos los accesos de forma más rápida, ¿no crees?— Suguru asintió no muy convencido, pero ya que eran las órdenes del jefe, no le quedaba de otra más que acatar su decisión.
Sir Winchester— le llamó Noriko—, ese día en que nos contó su pasado, usted dijo que Lord Shuichi se le aparecía. ¿Podría contarnos de nuevo esa parte?— preguntó—, es que no la recuerdo muy bien y creo que tal vez nos pueda brindar alguna pista.
Descuida, no hay problema— respondió de forma coqueta—. Verás, lo que recuerdo es que solía ver a Shuichi yendo hacia el invernadero. Él me llamaba en la noche para que yo saliera a perseguirle. Todas las noches durante varios días, salía al pasillo e iba detrás del fantasma de Shu. —Los comensales posaron sus miradas sobre el rubio fantasma, poniendo atención a sus palabras—. Bajaba las escaleras y lo seguía hasta el invernadero… Él me miraba y me sonreía desde el umbral de la puerta, para luego adentrarse en la habitación.
Y cuando entrabas al invernadero, Shuichi ya había desaparecido— completó Noriko. Klaude asintió levemente.
Algunas veces, cuando entraba al invernadero, podía ver algo así como una estela que se esfumaba cerca de la maceta central. Creo que esa estela era Shuichi…— concluyó con la voz apagada, siendo observado atentamente y en completo silencio.
Noriko se quedó pensativa analizando la información obtenida, mientras que los demás continuaban comiendo. Algo en su cabeza había echo clic y, de repente, tanto la historia de Shuichi como las palabras de Klaude, cobraban sentido. Hasta el momento nadie se había dado cuenta, pero el fantasma le acababa de dar una pista muy importante. Noriko ya tenía una idea de dónde podrían estar los restos de Shuichi.
Al terminar de almorzar, se dirigieron en grupo hacia la sala de estar. Ni Suguru ni Noriko estaban muy contentos con la idea, pues, el primero creía que era mejor separarse para buscar y; la segunda, estaba segura de que encontrarían lo que buscaban en el invernadero. Tatsuha no prestó atención a ninguno de los dos, era tan terco como su hermano, así que obligó a sus asistentes a buscar en la sala. Al final, lo único que lograron encontrar, fue una sala de juegos escondida detrás de un estante.
Bien… Eso nos deja el invernadero como última opción— dijo Tatsuha con voz cansada, arrojándose sobre el sillón de la sala.
Te lo dije— le regañó la mujer—. Era casi obvio que el invernadero es el lugar que buscamos— exclamó enojada.
No sé… ¿Has pensado en la posibilidad de que ni siquiera esté allí?— le preguntó desesperanzado.
Yo estoy segura… Algo me dice que allí encontraremos a Shuichi…— Los hombres y el fantasma le miraron desconfiados—. Digamos que es intuición femenina.
¡Está bien! Vamos a buscar— Tatsuha le sonrió con cierto aire de agradecimiento, sintiendo que necesitaba algo así como unas palabras de aliento, para continuar.
En manada, se dirigieron al invernadero, pero en el camino se encontraron con ciertos acaramelados esposos.
¿Qué rayos andan haciendo?— preguntó el rubio con mal humor, tomado de la mano de Shuichi.
¡Andamos en una misión secreta, no da!— exclamó el peliverde, mientras Kumagoro iba aferrado a su cabeza.
¡¿Misión secreta?— exclamó emocionado el fantasma pelirrosa, mirando a Ryuichi con los ojitos vidriosos de alegría— ¡Yo también quiero ir!— Eiri le dirigió a su esposo una mirada descolocada, preguntándose mentalmente en qué momento se había rodeado de tanta gente chiflada.
Mejor no. Tú y mi hermano tienen que disfrutar su primer día de esposos— reflexionó esperando convencer al fantasma—. Déjanoslo a nosotros y si pasa algo interesante, les avisamos. —La carita de Shuichi entristeció y, aunque Tatsuha se sintió mal por ello, creía que no era conveniente involucrarlo en la búsqueda de su propio cadáver.
Luego de deshacerse de los recién casados, llegaron al invernadero. Entraron con cuidado, observaron el lugar y, tras examinarlo, Noriko tuvo una sensación extraña. Ella era una medium experta, podía dejar que los espíritus se apoderaran de su cuerpo, podía comunicarse con ellos, pero también podía sentir otras cosas.
Mientras sus amigos removían objetos, escarbaban en la tierra de las macetas y observaban el panteón familiar desde la puerta de vidrio, Noriko se paseó lentamente por la habitación. A cada tanto, posaba sus manos en algo que estuviera al alcance y trataba de sentir, de encontrar algún indicio, alguna señal que le avisara del lugar que buscaban. Con sus ojos cerrados, inspiró hondo y exhaló con calma, siendo invadida por una sensación extraña, indescifrable.
Una ola de frío recorrió su espalda, como si de la nada, la temperatura hubiese bajado a su alrededor. Su mano, tocó un rosal marchito y, de repente, unas imágenes pasaron por sus ojos como una película en cámara lenta. Se quedó inmóvil por unos momentos. ¿Qué era aquello? En esas imágenes, Shuichi sonreía, Shuichi cantaba, Shuichi hablaba, Shuichi lloraba, Shuichi rogaba. Y el paisaje tras el rostro del fantasma, era el mismo: la maceta central del invernadero.
Como si se tratara de una revelación, Noriko se dirigió al lugar que había visto, aquella maceta árida y sin vida, que en el centro tenía un pilar de hierro bañado en oro y una pequeña manilla con forma de rosas. Apenas puso sus pies allí, la atmósfera a su alrededor cambió, como si de repente, el día se hubiese nublado. Algo había en ese lugar que lo hacia diferente.
Aquí es…— susurró perpleja— Este es el lugar…— Sus manos acariciaron el costado de la maceta y, nuevas imágenes llegaron a ella. Shuichi era arrastrado por su victimario hacia un oscuro lugar, pudo identificar una especie de roca de concreto que se movía y que, luego, dejaba ver unas escaleras.
Noriko, ¿te sientes bien, no da?— preguntó Ryuichi con tono preocupado, acercándose a ella lentamente— ¿Sentiste algo?— No recibió respuesta. La mujer se quedó quieta en el mismo lugar bajo la intensa y preocupada mirada de su amigo, mientras ella buscaba la manera de acceder a las escaleras que vio.
Es aquí…— susurró. Sus ojos admiraron el pilar dorado y su mirada se posó sobre la manilla— Es hermosa…— Ryuichi también dirigió su vista hacia la manilla.
¡Es cierto, es preciosa!— exclamó.
Como si estuviera hipnotizada, Noriko sintió la tentación de palpar la exquisita joya, llevando su mano hasta ella lentamente. Sus dedos rozaron la superficie e inmediatamente, un dolor agudo se apoderó de su pecho. Su grito de dolor alertó a los demás, quienes acudieron hasta ella para saber qué sucedía. Ella sólo sentó en el suelo y con su respiración agitada, intentó dar señales de lo que sabía.
¿Esta bien, Noriko?— preguntó Ryuichi asustado, abrazándola.
¿Qué pasó?— dijo el moreno con voz urgente.
No lo sé, Tat-chan. Noriko sólo tocó la rosa del pilar y de repente gritó— explicó el peliverde, mientras, de inmediato, las miradas de todos se posaban sobre la dichosa manilla de oro.
Es aquí, Tatsuha. Aquí está Shuichi… Debajo de eso— explicó apuntando la maceta, bajo la mirada incrédula del moreno.
¿Estás segura?
Sí, lo vi. Tuve una visión cuando me acerqué aquí— explicó sintiendo que su pecho aún dolía—. Esa manilla, tiene algo raro. Tal vez…
Sea lo que nos llevará a Shuichi— completó el fantasma con voz seria, acercándose al pilar. Su mano cogió la rosa de metal y apretándola con fuerza, la movió.
Un estruendo tan potente como el rugido de una bestia, inundó el invernadero, haciendo tiritar los innumerables vidrios del lugar. La enorme maceta comenzó a moverse de forma pausada, dando paso, poco a poco, a una especie de subterráneo, del cual apenas eran distinguibles unos peldaños.
Boquiabiertos e incrédulos, los "buscadores de cadáveres" observaron cómo la masa de concreto se movía y sintieron que de repente, el aire alrededor de ellos se volvía pesado. El ruido cesó, la maceta dejó de moverse y ante ellos apareció un hueco con unas escaleras que conducían a un piso inferior.
Lo encontramos…— susurró el moreno, aún atónito por lo que había presenciado.
Al final de estas escaleras, encontraremos a Shuichi…— susurró el fantasma apenado, reticente a bajar. Tenía miedo de no encontrar a su ex-esposo, pero también tenía miedo de lo que pasaría si lo encontraban.
Kumagoro tiene una linterna, no da— exclamó, sacando una linterna de sus bolsillos.
Bien… Bajemos…— Indeciso, Tatsuha tomó la linterna que su conejito le ofrecía y, caminó hasta el comienzo de las escaleras.
Déjame ir primero— pidió el fantasma.
Él sentía la necesidad, el deber de ser el primero en ver los restos de su amado, sabiendo que aquello le partiría el corazón y le haría recordar aquellos angustiosos instantes de su vida sin saber en dónde estaría su esposo. Con un leve movimiento afirmativo, Tatsuha dejó que Klaude se adentrara escaleras abajo, siguiendo sus pasos con temor, mientras los demás, esperaraban arriba por noticias suyas, cruzando los dedos esperanzados para que por fin aquella alma perdida pudiera descansar en paz.
Aquel pasadizo era un lugar estrecho, pero lo suficientemente grande como para que una persona pudiese arrastrar a otra hasta abajo. Olía a humedad, pero no sólo eso, olía a muerte… Un aroma intenso y putrefacto llegó hasta a las fosas nasales del moreno, quien llevándose la mano libre a la boca intentó aguantarse las ganas de vomitar. Sin duda, aquel hedor era similar al de un cuerpo en descomposición, aunque a esas alturas, era posible que sólo encontraran un par de huesos.
Al llegar abajo, se encontraron con que el camino se dividía en dos pasillos, al final de los cuales, había una puerta. Aquel lugar era como una mazmorra, una especie de celda de castigos. Tatsuha no logró dilucidar el motivo por el cual aquellos cuartos estaban ahí, ya que lo más importante era encontrar a Shuichi o lo que quedara de él. No tuvo tiempo para preguntarse la razón por la que en un castillo tan suntuoso como Roseville, hubiera una especie de cárcel. ¿Para qué la utilizarían?
Tras la primera puerta, al final del pasillo derecho, sólo encontraron un lugar vacío. Allí, había una cama de piedra y unos grilletes adheridos a la pared, pero no había rastros de que hubiese habido un cuerpo. Decepcionados, regresaron sobre sus pasos y tomaron el camino del pasillo izquierdo, llegando a la otra puerta. Tras ella debiese estar el cadáver de Shuichi, sí o sí.
Con temor y nerviosismo, Tatsuha giró la manilla de la puerta y la empujó con suavidad, mientras cerraba sus ojos para no ver lo que había detrás. ¿Qué pasaría si ese lugar estuviese vacío igual que el anterior? ¿Qué harían?
Sus párpados se abrieron lentamente, dejando que la luz entrara en ellos. Su corazón se desgarró, sintiendo que su pecho se comprimía de dolor, de angustia. Sus ojitos grisáceos se llenaron de lágrimas, su respiración se detuvo y sólo un pequeño quejido escapó de sus labios, el cual no se hizo audible debido a que su mano tapaba su boca.
Klaude se quedó en silencio e inmóvil, pero no porque no supiera qué decir o hacer; sino porque estaba estupefacto. Su alma se había destrozado a tal punto que no tenía ánimos para nada, era como si hubiese vuelto a morir. Aquel paisaje desolador era lo que tanto habían buscado, aquello que durante siglos había permanecido oculto, pero que en ese momento, Sir Winchester hubiese preferido no encontrar jamás. Una especie de lágrimas rodaron por sus mejillas, cientos de ellas que simbolizaban el enorme dolor que sentía y que de cierta manera, le servían para acallar la enorme rabia que le invadía.
Allí, en esa fría y húmeda celda, lejos de la cama de piedra, en el lugar en donde estaban los grilletes se apreciaban unos huesos regados en el suelo. Un cráneo con restos de lo que parecían ser cabellos, se encontraba cerca de la pared; los huesos de lo que era un antebrazo, colgaba de un grillete; un par de fémures yacían esparcidos en el suelo; y el resto sólo eran un par de huesos irreconocibles.
Tatsuha sintió que sus piernas flaqueaban y, sin tener intenciones de seguir admirando ese paisaje aterrador, retornó sobre sus pasos tambaleantes, hasta llegar a la superficie. Arriba, sus ayudantes le esperaban con evidente ansiedad, pues estaban deseosos por saber qué habían encontrado escaleras abajo; aunque eso fuera algo obvio. Sin embargo, el moreno estaba tan sumido en sí mismo, impactado por lo que había visto, inmerso en una especie de mutismo crónico como si su voz se hubiese apagado, que fue incapaz de dar una idea de lo que habían encontrado.
Sir Winchester apareció tiempo después, viéndose tan abatido como el moreno, incluso su semblante parecía mucho peor. No tenía ganas de nada, ni siquiera de bromear o de coquetear con Hiro. Ahora sí parecía un alma en pena, con una fría aura gris rodeándole.
Intrigados por el estado de choque de los "jefes de la expedición", uno a uno, los ayudantes bajaron a las profundidades del funesto calabozo para encontrarse cara a cara con la cruel realidad. Desmoralizados y abatidos, regresaron al exterior, con el semblante pálido y conmocionado, aunque por una parte, estaban felices de haber cumplido con la misión. Aquella panorámica los había tomado por sorpresa, pero en sí, lo terrible no era haber contemplado los restos de Lord Shuichi, sino que, el verdadero drama, era lo que se avecinaba… La inminente partida de esa adorable alma de pelo rosa…
Iré a buscar a mi hermano— susurró dirigiéndose al fantasma, quien aún sumido en sus pensamientos, no hizo caso a sus palabras.
Como si fuese un alma en pena, recorrió el castillo buscando a su hermano y a la pelusa rosada que le acompañaba. Preguntó a los sirvientes en dónde los podía encontrar y, así, llegó al comedor, donde allí, Eiri y Shuichi disfrutaban de una suerte de "última cena", como antesala de lo que pronto ocurriría.
¿Te paso algo, Tatsuha?— preguntó—. Luces horrible— agregó en tono preocupado.
Eiri… Se acabó…— susurró
¿Qué se acabó, Tat-chan?— Shuichi le miró confundido, intentando desentrañar el significado de aquella frase.
La búsqueda se acabó. Lo encontramos. —Su voz apagada y su aspecto de funeral, sumado a lo que acaba de decir, fue suficiente para que el rubio se pusiera de pie impresionado, mientras Shuichi miraba a los hermanos con gesto encaprichado, no entiendo a lo que se referían.
¿Dónde está? ¿Dónde lo encontraron?— pidió con urgencia, sintiendo que su corazón se saldría de su pecho debido a la rapidez con que latía.
Su respiración se volvió errática y una rara sensación de angustia se apoderó de su ser. Por fin había llegado el día en que todo el misterio sería resuelto, por fin había llegado el momento en el que los fantasmas de Roseville podrían descansar en paz. Pero tenía miedo. En ese preciso momento, Eiri hubiese preferido que ese día no llegara… jamás. ¿Por qué tenía que pasar ahora que era tan feliz con Shuichi? ¿Por qué?
¡No! Se resistía a creer que todo había acabado, se resistía a la idea de que en unos minutos más, Shuichi, ¡SU SHUICHI!, se iría para siempre de su lado. Tenía que ser un sueño, una mala pesadilla de la que quería despertar; pero no era un sueño, era la cruda realidad. Su lindo pelirrosa se iría al más allá en el momento en que vieran su restos… o tal vez, en el momento en que éstos fuesen enterrados. De uno u otra manera se iría… para siempre.
La aterradora idea de no volver a ver al amor de su vida, contradijo fuertemente su anterior pensamiento de dejar que su esposo descansara en paz. Aunque fuese un ser que no pertenecía a este mundo, no estaba dispuesto a dejarlo ir. Ahora que se enfrentaba a la realidad, se arrepintió de aquellos pensamientos que firmemente le impulsaban a que dejase que Shuichi volviese al mundo de los muertos. No quería, no quería perder a Shuichi. ¡Tenía que haber una forma de que su esposo se quedara con él! ¡La vida no podía ser tan injusta!
Con el alma en un hilo, Eiri apenas escuchó de los labios de su hermano, el nombre del lugar que tanto habían buscado, saliendo enseguida del comedor. "Invernadero", era la palabra que se repetía en la mente del rubio mientras caminaba hacia ese lugar, sin darse cuenta siquiera, que su lindo esposo le seguía en silencio, aún preguntándose qué había pasado y por qué Eiri se había puesto tan alterado. Shuichi ni siquiera intuía de qué se trataba el asunto, ni una corazonada, ni un presentimiento. Nada le avisó lo que estaba por suceder.
Ingresaron al invernadero y vieron a los ayudantes sentados en el suelo, esparcidos por diferentes lugares, con el rostro apagado y triste. Parecía un campo de batalla, después de una ardua guerra en la que todos resultaban perdedores.
Conmocionado y con el corazón oprimido, Eiri contempló el hueco en el suelo, divisando las escaleras que conducían al calabozo. Por un tiempo, se quedó inmóvil, dudoso de bajar, con miedo de lo que encontraría, batallando con sus sentimientos encontrados, contradictorios. ¿Bajar o no bajar? Esa era la gran pregunta. ¿Qué debía hacer?
Por su parte, Shuichi observó petrificado, el suelo del invernadero. No se movía, no hablaba, no reaccionaba. Como una película, los recuerdos de aquel fatídico día, llegaron a su mente, haciéndole revivir lenta y dolorosamente todo lo que había pasado. Ahora lo recordaba bien… El invernadero, la maceta central, la manilla de rosa, unas escaleras, un lugar oscuro, los grilletes y el suelo gélido. Todo, absolutamente todo volvía a su cabeza.
Es aquí— dijo de pronto, sobresaltando a su rubio esposo y a los demás—. Ya lo recuerdo. Bajo esas escaleras… estoy yo. —Su voz se quebró y sus ojos llorosos dejaron escapar unas cuantas lágrimas.
Sentía como si estuviese viviendo, nuevamente, el momento en el que Yuki Kitazawa lo arrastraba escaleras abajo. Eiri y los demás contemplaron al fantasma con lástima, con un profundo dolor que les comprimía el pecho, desgarraba sus almas y apaga la luz de sus vidas. Un dolor tan intenso, que lograba someter hasta el más fuerte de ellos.
"Ese día… yo estaba en mi habitación, esperando que él fuera a por mí… Me sentía mareado, todo daba vueltas a mi alrededor. Veía luces extrañas, las cosas se distorsionaban… Eran unos raros síntomas que desde hace tempo estaba teniendo", relató con las pocas fuerzas que le quedaban.
"Intuí que otra vez pasaría, otra vez vendría mi agresor a abusar de mí, pero… algo me dijo que esta vez sería diferente… algo mi interior me dijo que no habría un después…", su voz se quebró y más lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras que sus palabras conmovían a sus oyentes, quienes, con un nudo en la garganta, sólo podían ser testigos mudos de aquello.
"Me desesperé. Tenía miedo, mucho miedo… Y lloré, lloré porque sabía que nadie me salvaría, no había nadie que pudiera ayudarme… Estaba solo, a merced de ese sicópata. Cogí mi diario y me escondí en un costado de la cama… Allí escribí lo que pude. Tenía la esperanza de que alguien lo encontrara. No recuerdo bien lo que escribí, pero recuerdo que la tinta se corría porque mis lágrimas caían en el papel…", se detuvo por unos momentos para recobrar el aliento, mientras una extraña mueca de tristeza se dibujaba en sus labios.
"Podía escuchar sus pasos acercándose a mí mientras escribía. Tenía tanto miedo, estaba tan desesperado, que cerré el diario y lo metí debajo de la cama antes de que él llegara. Intenté pararme, intenté correr…pero me sentía débil, mis piernas tambaleaban y mis reflejos eran traicioneros… Estaba tan aterrado cuando me cogió del brazo para atraerme hacia él, que hubiese gritado por ayuda, pero sabía que no serviría de nada…
Intenté resistirme, intenté alejarme de él, pero mi cuerpo no me respondía. Las fuerzas me habían abandonado y apenas podía distinguir lo que pasaba… Me dejé llevar por sus brazos a pesar del miedo… Me tomó en brazos y me trajo hasta aquí…", su voz se apagó y unos cuantos sollozos inundaron el lugar. Era tan doloroso recordar aquello, pero necesitaba desahogarse; necesitaba que alguien supiera su experiencia; necesitaba quitarse esa sensación de angustia que le llenaba; necesitaba, de alguna manera, olvidarse de ello, antes de partir.
"Bajamos esas escaleras… Yo no entendía sus intenciones, no sabía qué era lo que iba hacer. ¡¿Cuál era su propósito?, me pregunté sin tener respuesta, mientras sentía que caminaba a mi calvario… Por un momento, pensé que aquel lugar oscuro en el que nos adentrábamos, sería mi tumba… Y no me equivoqué…", un suave sonrisa llena de tristeza y con cierto dejo de burla se dibujó en su rostro.
"Tenía tanto miedo… Lo peor es que no podía hacer nada, no tenía fuerza ni para moverme…Yo quería dormir… Quería dormir y no saber que me pasaría… No quería ver, no quería oír, no quería sentir… Quería dormir…pero no pude… él no me dejó. Me arrojó al suelo, apresó mis muñecas en la pared…", su relató se detuvo sólo para dejar escapar más sollozos, sólo para deshacerse de su tristeza. Lloró amargamente por varios segundos, bajo el agonizante mutismo de cada uno de los oyentes.
Eiri se acercó para abrazarle y compartir su dolor, sintiendo suya cada gota de sufrimiento. El pequeño se dejó cobijar por los cálidos brazos de su esposo y así, se deshizo de toda la amargura que le causaba el recuerdo de su doloroso final.
"El resto es difuso… Mis ojos y mi mente estaban nublados… Recuerdo que él me golpeó unas cuantas veces… Recuerdo sus manos recorriendo mi cuerpo… Después, con mis últimas fuerzas, le mordí el labio… Sangraba mucho y eso le hizo enojar… Sus manos cogieron mi cuello y se cerraron en él… Y de ahí… ya no recuerdo más…"
Aún sollozando, se abrazó al cuerpo de su esposo para llorar un poco más. Su pequeña alma se sentía más aliviada por poder deshacerse, en parte, de todo ese dolor y de todo ese cruel recuerdo. A pesar de todo, no guardaba ningún remordimiento. Por más que quisiera, no podía odiar a su victimario, al contrario, sentía lástima por él y, rogaba por su pobre alma, para que ésta encontrara la paz.
Tranquilo, mi amor— le dijo al oído con cariño, acariciando los mechones rosas.
Eiri… ¿Quieres que bajemos?— preguntó deshaciendo el abrazo para restregar sus amatistas.
El rubio se quedó mudo. No esperaba esa pregunta, le había caído como un balde de agua fría. ¿Qué le diría? Tragó duro y miró a su pequeño con un dejo de duda. Quería bajar y ver qué había, pero a la vez, tenía miedo.
Si tu quieres, lo haremos— dijo como excusa para no responder. Shuichi asintió levemente.
Si quiero… Quiero saber que queda…—dijo con determinación, sin acabar la frase—. Quiero ver que queda de mí…— susurró de forma apenas audible, aguantándose las ganas de volver a llorar.
Así, inseguros, tomaron la linterna y bajaron por las escaleras, con el corazón en la garganta y tomados de la mano. Sus pasos tambaleantes resonaban con suavidad haciendo eco en sus desgarrados corazones.
Aún había tiempo para arrepentirse, aún podían volver a la superficie y no ver lo que había, pero Shuichi estaba tan decidido a ir al calabozo, que incluso, apretaba la mano de Yuki con fuerza, para que no escapara. Podía sentir el temor de su rubio esposo, podía sentir como suyos los nervios que invadían su cálido cuerpo, pero a pesar de ello, él tenía que seguir adelante. Shuichi quería, necesitaba saber qué había sido de su cuerpo.
Se detuvieron frente a la puerta de la mazmorra, fortaleciendo el agarre de sus manos como si temieran que el otro se escurriera entre ellas como la arena. Eiri sudaba frío, algo en su pecho le decía a gritos que no entrara, que no viera, que no permitiera que Shuichi entrara, pero ¿qué sacaba con seguir retrasando ese momento? Suspiró profundo, resignado. Dio un paso y, así, Shuichi le siguió, adentrándose lentamente a la celda.
Dudoso, alumbró la habitación y, así, la luz blanca fue a parar al lugar exacto en donde se encontraban los restos de Shuichi: una diminuta rumba de huesos desgastados, con un cráneo a la cabecera y un hueso del antebrazo colgando de un grillete.
Inmediatamente y de improviso, el pequeño fantasma se soltó del agarre de su esposo y voló hasta quedar frente a sus huesos, dejando a un Eiri pasmado con aquella cruel visión. Eso que estaba antes sus ojos ambarinos, había sido-hace muchos años- el cálido cuerpo de su amado Shuichi.
No sabía qué pensar, no sabía qué decir ni qué sentir, como si la panorámica que se extendía frente a sus ojos le hubiese quitado hasta el más pequeño hálito de vida. Se sentía destruido y conmocionado, tenía ganas de llorar sin saber porqué, pero las lágrimas no caían. Sus ojos estaban secos…
Por su parte, Shuichi sentía que su pecho semitransparente era oprimido por una fuerza extraña y que era invadido por un raro sentimiento de alegría. No sabía como interpretar las emociones que inundaban aquel corazón que hace siglos había dejado de latir, era como una extraña mezcla de felicidad, añoranza y un dejo de angustia. Increíblemente, las ganas de llorar habían desaparecido y ahora, su alrededor era cubierto por una atmósfera llena de paz… Shuichi respiraba tranquilidad… Era como si estuviera en un lugar en donde sólo existía silencio, calma, amor y luz…Mucha luz…
Su cuerpo traslúcido se iluminó y antes de que pudiera darse cuenta, éste se desintegraba lentamente como si se tratara de arena. Eiri contempló estupefacto cómo SU Shuichi desaparecía, sin tener oportunidad de hacer nada.
¡Shuichi!— gritó desesperado, con el alma en un hilo, viendo como su amado desaparecía para no volver.
Gracias, Eiri— le dijo con una sonrisa en los labios. Lamentaba no poder quedarse aunque sea un día más con su amado, pero estaba tan agradecido de todo lo que había hecho por él y por su pobre alma, que aquella tranquilidad que le ofrecía esa luz enceguecedora, le hacía aceptar con más facilidad el momento de su partida. Al final y al cabo, él no pertenecía a ese mundo.
¡Shuichi!—gritó.
Te amo— susurró con el semblante tranquilo.
Sin que Eiri pudiese alcanzar a decir algo más, el platinado espectro se esfumó y la calma volvió a inundar la celda, dejando al rubio completamente solo y sumido en la oscuridad y la tristeza.
Con el corazón destrozado, se dejó caer de rodillas al suelo debido a que sus piernas le tambaleaban. Las lágrimas comenzaron a caer incesantemente de sus ojos dorados, sintiendo un enorme desconsuelo por perder a su amado, un dolor que invadía cada milímetro de su ser. Estaba abatido…
Shuichi…— sollozó con evidente sufrimiento, apretando sus párpados para deshacerse de las gotas saladas que se agolpaban en sus ojos. Apretó los puños con impotencia, maldiciendo con toda su alma el momento en el que bajó a ese lugar.
Ya era demasiado tarde para lamentarse. Su lindo fantasma de pelo rosado se había ido, había subido al cielo por fin, ahora descansaba en paz, pero a cambio, había dejado un camino de tristeza y dolor en su corazón. ¿Qué haría sin Shuichi? ¿Cómo podría vivir sin él? ¿Por qué no podían estar juntos? Siguió lamentándose por su triste realidad, llorando a su lindo niño, creyendo ingenuamente que su desaparición sólo era un mal sueño.
En la superficie, el silencio aún inundaba el invernadero y el paisaje seguía siendo tan desolador como antes. Los semblantes lánguidos e infelices de los muchachos habían creado una sensación de derrota en sus corazones. Eran ajenos al dolor que en aquel momento invadía a Eiri, ignoraban la partida inesperada de Shuichi y, también, ignoraban que cierto fantasma de pelo rubio había desaparecido silenciosamente.
El desánimo se esfumó de forma sorpresiva, cuando una tenue luz alumbró el pilar de oro en el maceta central. Las miradas curiosas se posaron en él y, uno a uno, se acercaron para leer unas raras letras que yacían grabadas a lo largo del pilar.
Cuando la paz vuelva al castillo,
La rosa blanca del laberinto
Teñida de rojo a la luz de la luna
Rogará, el amante, a Azrael,
Retroceder el reloj de la vida
A cambio del olvido eterno
Para que su amado regrese de los cielos.
Continuará…
