Hola!

se supone que este sería el último capítulo, pero me quedó tanto por aclarar, que decidí hacer un epílogo. El capi me quedó bastante largo =P y pues espero que les guste este final ^^

Agradezco a todas las que me leyeron y, en especial, agradezco a los que me dejaron comentarios!

saludos!


Ghost Love: La reencarnación de un amor.

La suave brisa de aquella noche pareció colarse por las ventanas del invernadero, congelando el silencioso ambiente que en ese momento cubría la habitación.

Hasta el momento nadie había pronunciado ni una sola palabra. Estaban absortos contemplando las brillantes letras que adornaban el enorme pilar de oro, tratando de entender no sólo el significado de esos extraños versos, si no que también intentaban buscar una explicación para la inesperada aparición de éstos. ¿Siempre estuvieron escritos ahí o sólo habían aparecido debido a algún suceso que desconocían? ¿Qué significaban esas frases? ¿Por qué habían aparecido? ¿Tendrían alguna relación con el cadáver de Shuichi?

Cientos de preguntas irrumpían en los pensamientos de cada uno de los que observaban el pilar, lo que les impedía ocupar sus neuronas en otra cosa. Ninguno de ellos se había percatado de ciertos desgarradores sollozos que provenían de lo más profundo de la mazmorra, los cuales rebotaban en las frías paredes causando un doloroso eco que sólo lograba asolar aún más el destruido corazón de cierto rubio.

Éste había perdido totalmente la noción del tiempo, ignorante de cuánto rato había pasado desde que su amado Shuichi se había desvanecido convirtiéndose en luz, desconociendo la cantidad de minutos en los cuales había llorado amargamente, allí, arrodillado en el helado suelo del calabozo. Sentía que su alma se desgarraba con cada lágrima y con cada gemido de dolor, pensando que ese era el peor día de su vida.

¿Por qué tenía pasar esto cuando al fin había encontrado a alguien a quien amar y, ese alguien, a pesar de ser un fantasma, también le amaba enormemente? Ahora, la pequeña luz que alumbraba su oscuro espíritu y que alegraba sus días con hermosas sonrisas y bobas ocurrencias, había sido alejada de él para toda la eternidad. Eso era lo que más dolía, lo que más le despedazaba el alma y el corazón… La horrible eternidad…

Su llanto y su sufrimiento se intensificaron con la sola idea, con esa terrorífica idea de la eternidad. ¿Podía existir dolor más grande que aquel que inundaba su ser en ese espantoso momento? ¿Por qué no simplemente moría y se iba junto a su amado a disfrutar de esa eternidad? ¿Por qué el inmenso amor que se profesaban se tornaba imposible por el sólo hecho de pertenecer a uno u otro mundo?

En cosa de minutos su más enorme felicidad se había convertido en una especie de tragedia griega, siéndole inevitable recordar el famoso mito de Orfeo y Eurídice. ¿Podría él ir al mundo de los muertos para traer de regreso a su amado? A pesar de que la idea sonaba descabellada, deseó por un momento que su sueño se hiciese realidad… Estaba dispuesto a hacer lo que sea por volver a ver a su niño, aunque ello pareciese imposible.

Se puso de pie tambaleante, haciendo un leve esfuerzo por mejorar su abatido estado de ánimo, reuniendo fortaleza de todos lados para poder ser capaz de enfrentar ese duro momento. Sus bellos ojos dorados no pudieron evitar observar el montón de huesitos que quedaban de su amado, terminando de destruir lo que quedaba de su espíritu y su corazón. Eso que estaba frente a sus ojos, era lo único que le quedaba de Shuichi…

Suspirando profundamente mientras volvía sobre sus pasos y limpiaba los rastros de lágrimas que surcaban por sus mejillas; salió a la superficie, para encontrarse con miradas ansiosas y a la vez atónitas. Se preguntó mentalmente qué era la que pasaba, sin entender la razón por la cual, cada uno de los que allí estaban, observaban absortos el pilar. Esto, hasta que Tatsuha se acercó a su hermano al verlo tan compungido.

―Eiri, ¿y Shuichi?― preguntó mirando a su alrededor por si encontraba al pequeño.

―Se fue… ―susurró con tristeza.

― ¿Qué? ―preguntó sin comprender. ¿A dónde se había ido?

―Se fue, Tatsuha. Shuichi se fue para siempre… ―dijo con la voz triste y quebrada, dejando que sus ojos se llenaran de lágrimas que se negaban a caer. El angustioso nudo que se formó en su garganta le impidió seguir hablando y, sintió ganas de volver a llorar. Pero no, no lo haría. Al menos, no enfrente de todos.

―No puede ser… ―murmuró incrédulo―. ¡Pero cómo es posible! Ni siquiera nos dio tiempo de despedirnos ―exclamó con cierto tono de rabia y dolor.

―¿Shuichi se fue? ―preguntó Ryuichi, quien se había acercado a los herederos junto a los demás. Tatsuha sólo se limitó a asentir con la cabeza.

―Sir Klaude también desapareció ―anunció el pelirrojo con desánimo al notar que el rubio fantasma no se encontraba con ellos.

―Ambos ya están descansando en paz… Puedo sentirlo ―dijo Noriko―, la atmósfera del castillo ha acambiado. Todo se siente muy tranquilo.

―Lord Shuichi y Sir Klaude se fueron por fin ―habló Suguru―, eso era lo que queríamos, ¿no? Y sin embargo, se siente tan triste.

Quedándose tristes y cabizbajos, cada uno de ellos pensó detenidamente en lo que Suguru había dicho. Tenía mucha razón… El objetivo era lograr el descanso eterno de ambos fantasmas, deberían estar felices de haber logrado la meta, pero sólo habían obtenido a cambio una profunda desolación, un vacío imposible de llenar, pues Shuichi y Klaude se habían llevado con ellos un pedazo de sus corazones.

Roseville se sumía en una tranquilidad indescriptible. Ahora, la paz envolvía al castillo, pero no así la felicidad que antes se respiraba en aquel lugar. ¿Qué harían? ¿Qué pasaría ahora que los fantasmas se habían ido? Era doloroso el solo hecho de pensar en que no volverían a ver a esas dulces almas en pena, pero más doloroso aún era darse cuenta de que ya no había motivos para seguir en el separación era inevitable, pero tarde o temprano tenía que llegar. Los cazafantasmas y Noriko debían regresar a sus propias vidas, mientras Yuki y Tatsuha deberían quedarse rodeados de esa fría soledad que les envolvía en aquella inmensa mansión.

―¿Qué haremos ahora, hermano?― preguntó el menor, sin recibir respuesta. Eiri sólo quería subir a su habitación, desahogarse y lamentarse por su desgracia.

―Lo mejor es ir a descansar. Tal vez, Eiri quiere estar solo― sugirió Noriko, notando el deplorable estado del rubio. Sin decir nada más, Eiri salió del invernadero a paso lento, como si fuese un muerto en vida, sintiendo que sus piernas le temblaban y que su corazón dolía.

―Yo también me retiraré― anunció Tatsuha siguiendo los pasos de su hermano, sólo que, a pesar de que pensó en la posibilidad de hacerle compañía, prefirió desviarse hacia su habitación, recordando las palabras de la mujer. Lo mejor era dejar al rubio solo, por ahora.

―El castillo se siente solo― se quejó Ryuichi haciendo pucheritos.

―Es cierto, Shuichi y Klaude le daban un toque especial. Es una lástima que las cosas tengan que ser así― dijo Suguru.

―No sean tan pesimistas, muchachos―intervinó Noriko―; estoy segura de que este epitafio tiene algo que ver con la desaparición de ambos fantasmas. Tal vez sea la clave para que ellos vuelvan.

―¿Tu crees?―preguntó el pelirrojo esperanzado―. Me gustaría que Klaude volviera, quiero que vuelva.

―Entonces, ya que todos queremos que vuelvan, tratemos de resolver este acertijo― sugirió la mujer.

―¡Sí, a Kumagoro le gustan las adivinanzas, no da!―exclamó entusiasmado.

Ya que los cuatro se había autoimpuesto la tarea de resolver el "acertijo", Suguru decidió escribir en su computadora cada uno de los versos para así analizarlos detenidamente, pero debido a que ya era tarde, decidieron irse a descansar y continuar al día siguiente.

Eiri, enclaustrado en las paredes de su amplia y vacía habitación, se hallaba aferrado a las sábanas de la cama con los ojos hinchados de tanto llorar, sintiendo que su mundo sin Shuichi se desmoronaba lenta y dolorosamente. Lo peor es que hace tan sólo unos cuantos minutos estuvo por última vez junto a su amado y, en aquel momento lo extrañaba demasiado, al punto de no poder imaginarse su vida sin él. Quería estar con Shuichi una vez más… Añoraba escuchar su voz y contemplar su hermosa sonrisa… Eiri tenía ganas de morir y, reencontrarse con él en el más allá…

Poco a poco, el sueño, el cansancio y el inmenso dolor que le embargaba, le fueron sumiendo en un sueño profundo con la esperanza de despertar al día siguiente para comprobar que todo lo que había pasado había sido una muy mala pesadilla…

Con los primeros rayos del sol, los intrépidos cazafantasmas salieron temprano de sus cuartos para ponerse a trabajar con el fin de descubrir el significado de los extraños versos que habían aparecido el día anterior. Con el computador portátil en mano, el trío junto a la médium, subieron a la biblioteca para tener un poco más de privacidad y gozar así, de un ambiente lo suficientemente tranquilo como para dejar que sus neuronas trabajaran al máximo y no se desconcentraran por nada del mundo. Como ninguno de los cuatro era bueno resolviendo acertijos, debían dar lo mejor de sí mismos para lograrlo, pero por suerte, los dichosos versos no parecían tener una complejidad extraordinariamente superior.

Por otro lado, Eiri permaneció encerrado la mayor parte del día, recostado sobre la cama y tapado hasta la cabeza. No tenía ánimos para nada y hasta el hambre había desaparecido, verdaderamente parecía un zombie, un muerto en vida. Sus ojos rojos e hinchados habían perdido aquel brillo hipnotizante y, a cambio, se habían apagado igual que las estrellas cuando mueren. Se sentía muy deshecho, tanto que sus ganas por vivir se desvanecían lentamente. Necesitaba la sonrisa y la voz de Shuichi para iluminar su razón de ser.

―¡Hermano, no puedes estar toda una vida así!―le regañó―. A Shuichi no le gustaría verte triste, por eso tienes que salir adelante de alguna manera. Además, si esos versos significan algo importante, quiere decir que no todo está perdido.― Tatsuha llevaba varios minutos intentando animar al rubio, pero hasta ahora, apenas había logrado que comiera un poco. Era la primera vez en su vida que el moreno veía a su hermano tan desmoralizado y desdichado, lo que sólo hacía aumentar su preocupación por él y por su salud.

―Haga lo que haga, Shuichi no volverá…―susurró con voz rasposa, cargada de una desesperanza avasalladora.

―No seas tan pesimista, si realmente quisieras que Shuichi volviera o que al menos pudieras verlo una vez más, estarías buscando una manera para poder lograrlo y no estarías aquí lamentándote por lo desgraciada que es tu vida―continuó buscando animarle, aunque sus palabras parecían más un reproche―. Además, no estás solo. Nosotros te ayudaremos.

―Gracias, pero… ¿A qué versos te refieres?―preguntó con efecto retardado, recordando que su hermano había mencionado algo sobre eso.

―¿No te lo dije?― preguntó incrédulo, a lo que el rubio negó―. Mientras estabas junto a Shuichi en las mazmorras, aparecieron unos versos en el pilar de la maceta central. No sabemos qué significan, pero Noriko cree que tal vez tengan relación con la partida de los fantasmas y que posiblemente sean la clave para traerlos de regreso.

―¿Lo dices en serio?― Eiri miró a su hermano con un dejo de emoción y alegría, estando expectante a lo que el moreno iba a responderle. Pareciera que la vida había vuelto a su cuerpo y, ahora se sentía revitalizado y con nuevas fuerzas para hacer lo posible por recuperar a su Shuichi. Si hubiese, aunque sea, la más mínima posibilidad de traer de regreso a su amado desde las profundidades del Hades, él estaría dispuesto a todo.

Tatsuha asintió con plena seguridad, mostrándose satisfecho con la reacción obtenida. Sus intentos por animar al rubio estaban dando frutos y eso le hacía sentirse más tranquilo, pues, por lo menos, su hermano no parecería muerto en vida lamentándose por la partida del pelirrosa.

Inmediatamente, Eiri le exigió al moreno que lo llevara al lugar exacto en el que estaban los versos, pues una imperiosa necesidad por saber qué decían, le había invadido su ser, carcomiéndole las entrañas. Así, bajaron las escaleras mientras Tatsuha le informaba a su hermano sobre los intentos de la "tropa" por descifrar los versos, contándole sobre alguno de los avances que habían obtenido y, hasta le detalló las indicaciones de Noriko para realizar una sesión espiritista esa misma noche, con el propósito de comunicarse con Shuichi o Klaude.

―Aquí es―anunció el moreno indicándole a su hermano el dichoso pilar recubierto de oro, en el cual aún brillaban las letras que componían los versos.

―Increíble…―susurró―. Esto no estaba antes…―dijo haciendo memoria de cómo lucía el lugar antes de la partida de Shuichi.

―Nosotros estamos seguros de lo mismo, sobre todo yo que estuve muchas veces aquí. Por eso creemos que se relacionan con Shuichi y Klaude. Pareciera que nos quisieron dar una clave para traerlos de vuelta. ¿No crees?― Eiri asintió sin decir nada, quedándose absorto contemplando cada verso.

Cuando la paz vuelva al castillo,

La rosa blanca del laberinto

Teñida de rojo a la luz de la luna

Rogará, el amante, a Azrael,

Retroceder el reloj de la vida

A cambio del olvido eterno

Para que su amado regrese de los cielos

―Bien, chicos―anunció la mujer―, el primer verso dice "cuando la paz vuelva al castillo". Según yo, tal vez se refiera a cuando los fantasmas hayan abandonado la mansión, lo que confirmaría nuestras especulaciones respecto a que esta profecía apareció sólo cuando Shuichi y Klaude efectivamente pudieron abandonar nuestro mundo―explicaba tomándose muy en serio el asunto, mientras los tres muchachos le escuchaban atentamente.

―Creo todos estamos de acuerdo en la primera parte―habló Hiro analizando los versos―, sin embargo, la segunda frase se me hace extraña. ¿A qué se refiere con "la rosa blanca del laberinto"?

―Mmm…Si no mal recuerdo―interrumpió Suguru en tono pensativo―, hay un laberinto en el jardín, pero no estoy muy seguro. Habría que preguntarle a Tatsuha o a Eiri.

―No lo sé―intervino Noriko―, jamás he escuchado de un laberinto, pero, en todo caso, no creo que haya que tomar el verso de forma tan literal.

―Kuma-chan dice que el verso se refiere a que florecerá una rosa blanca en alguna parte del castillo―dijo el peliverde observando a su peluche.

―Mmm… No creo, sería demasiado obvio―reflexionaba Hiro analizando la conclusión del conejo―. No creo que alguien que invente una especie de profecía, lo haga con la intención de que lo resuelvan tan fácilmente, porque de ser así, no tendría sentido codificar en versos su verdadera intención.

―Hiro tiene razón―intervino Suguru―, si tomamos la profecía de forma literal, ahora que los fantasmas se fueron, ¿debemos esperar a que florezca una rosa blanca en el supuesto laberinto del castillo y luego, teñirla de rojo? ¡Eso no tiene sentido!

―No creas, Suguru. Si pensamos en la segunda parte cuando se refiere a "rogarle a Azrael", significa que lo de buscar la rosa y teñirla formaría parte de un ritual para invocar al ángel de la muerte. ―Noriko se detuvo a pensar en esa posibilidad, recordando los rituales angélicos que se realizaban antiguamente para pedir la protección de esos seres espirituales.

―Si lo pones desde esa perspectiva, tendría sentido. ―Hiro pareció entender las conclusiones de la médium, llegando a estar de acuerdo con sus suposiciones―. Tal vez deberíamos averiguar sobre los rituales angélicos, quizás hallemos algo que nos sirva.

Un prolongado silencio terminó por acabar con los ánimos del grupo, resignándose completamente. No sacaban nada con quebrarse la cabeza tratando de descifrar la profecía, pues aparentemente, todas las conclusiones apuntaban a un ritual que había que cumplir al pie de la letra. La piedra de tope era descubrir cómo llevarlo a cabo.

Con el paso de las horas no lograron avanzar significativamente en la investigación, incluso, Noriko hizo uso de sus dotes de médium con la intención de contactar a Shuichi en el más allá, pero no lo consiguió. Así, la sesión espiritista fue un rotundo fracaso y para la hora de la cena, el grupo sólo se limitó a confiarle al dueño de casa, las conclusiones a las que habían llegado.

―¿Hay un laberinto en el castillo?―preguntó Suguru.

―Hay uno en el costado del jardín―señaló el rubio mientras bebía vino de su copa―. ¿Por qué lo preguntas?

―Porque estuvimos tratando de descubrir el significado de la profecía―explicó el muchacho, brevemente―. Pensamos que tal vez se trate de un ritual para invocar al ángel de la muerte.― Eiri le vio escéptico, alzando una ceja de forma desconcertada, aunque después de todo por lo que habían pasado, ya nada le sorprendía.

―Ya que Eiri dice que hay un laberinto, entonces, sí tendría sentido interpretar la profecía de forma literal―reflexionó Noriko

―¿Se refieren a los versos del invernadero?―preguntó el rubio, quien parecía estar en otra dimensión, siendo totalmente ajeno a lo que sucedía en su entorno. Era como si escuchara pero a la vez no; su cuerpo estaba materialmente ahí, pero su mente se hundía en la profundidad de un mar, en el cual esperaba encontrar a su Shuichi.

―¡Hermano, pero en qué mundo vives! ¡Estás muy despistado!―le recriminó el moreno―. Ya te dije que dejaras de lamentarte por perder a Shuichi. Entre todos te ayudaremos a recuperarlo―le alentó, esperando que con eso, su hermano reaccionara y dejará de soñar despierto.

―Tatsuha tiene razón―habló Hiro―, entre todos le ayudaremos y verá que traeremos de vuelta a Shuichi, pero primero, tiene que darse ánimos.― Eiri observó al pelirrojo como si agradeciera sus palabras y luego, su mirada recorrió la mesa, posándose sobre cada comensal. Sonrió sutilmente, sintiéndose con mejor ánimo.

―Yo…les agradezco las molestias que se han tomado―habló seriamente, con cierto dejo de vergüenza, pues jamás se creyó capaz de darle las gracias a alguien de una forma tan directa―, por ello, me gustaría pedirles que, aunque no logremos traer a Shuichi, se queden a vivir en el Roseville.

―¡¿Qué?―exclamaron al unísono, incluyendo Tatsuha. Estaban sorprendidos de que el dueño de casa les hiciera esa propuesta tan inesperada.

―La casa es muy grande para nosotros dos, así que sería buena idea que se quedaran aquí; claro que, primero debemos traer a Shuichi de regreso.― Tras finalizar su breve explicación, Eiri les dedicó una sonrisa fingida, con la cual buscaba amenazar a sus huéspedes. Claramente, lograr que el pequeño fantasma volviera, era la condición determinante para dejar que Yuki los dejara quedarse a vivir allí.

―Ya imaginaba que no era tan maravilloso como pensé― le susurró Tatsuha a Ryuichi, pues por un momento creyó que el corazón de su hermano se había "ablandado", pero se había equivocado enormemente. Debió imaginar que detrás de las palabras de su hermano, se ocultaba aquella condición.

―Entonces, debemos comenzar con el ritual― dijo Noriko, poniéndose de pie con entusiasmo, ya que la sola idea de llevar a cabo un rito angélico le causaba mucha curiosidad.

Ante el rápido asentimiento de los demás, terminaron de comer y luego, subieron a la biblioteca a la espera de poder averiguar algo más sobre el dichoso ritual. Eiri releyó los versos que anteriormente había visto en el invernadero y, al igual que los demás, concluyó que debía desarrollar al pie de la letra, lo que allí se indicaba. El único problema radicaba en que era fecha de luna nueva y, el satélite, de acuerdo al calendario, recién haría su aparición en unos cuatro días más. El hecho de tener que esperar tanto, deprimió al rubio, quien prefirió volver a su habitación y dejar que sus "empleados" hicieran el trabajo pesado.

Pasaron los cuatro días y apenas en el cielo, se veía brillar una delgada línea de luna. Eiri y los demás caminaron hacia el laberinto y se adentraron en él con las piernas temblorosas y los corazones acelerados, dirigiéndose lentamente al lugar en donde estaban los rosales. Pero, esa primera noche, por más que esperaron y esperaron, nada ocurrió. Ni al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente. Entonces, ¿será que debían esperar hasta la luna llena para que floreciera la rosa? Resignados e incluso deprimidos, no tuvieron más opciones que esperar a que la semana pasara, aunque de forma interna cada uno se preguntaba si acaso habían interpretado bien la dichosa profecía.

El temor por haberse equivocado hacía mella en el corazón de un abatido Eiri, quien poco a poco empezaba a perder las esperanzas y, ya hacía planes para vender el castillo y regresar a su país. Su vida sin Shuichi se había tornado lóbrega y sin sentido, pero recordando que al pequeño no le hubiese gustado verlo así, reunía fuerzas para ponerse de pie y seguir adelante, aunque ya se había hecho la idea de no verlo nunca más.

Rápidamente, los días transcurrieron sin mayores novedades, hasta que por fin, apareció la luna llena en todo su esplendor. Eiri y los demás se escabulleron por el jardín y se adentraron en el oscuro laberinto, procurando llevar consigo linternas y una pelota de lana, al más puro estilo de Teseo, según el mito griego. Era la primera que vez que iban a ese lugar, por lo que las probabilidades de perderse eran muchísimas, considerando, además, que la noche se cernía sobre ellos.

Las dudas respecto a la certeza con la que habían interpretado la profecía, aún rondaba por sus cabezas cual mosquito, haciéndoles sentir inseguros y reticentes aunque intentaran autoconvencerse de lo contrario.

Después de una larga caminata por decenas de pasillos sin salida, lograron llegar al centro del laberinto, aquél en donde se encontraba el lugar favorito de Shuichi. La pérgola de mármol yacía exactamente igual a como el rubio la recordaba, con la única diferencia de que el rosal que envolvía los pilares, no tenía rosas como aquélla vez.

Sin tener la posibilidad de admirar el lugar en su plenitud, la pequeña manada se sentía decepcionada. En aquel lugar no había rastros de que alguna rosa hubiese florecido o que al menos, estuviese apunto de hacerlo. La idea de haberse equivocado resonó en sus corazones y sus almas se estremecieron hundidas en la tristeza y la resignación. ¿Qué harían si la rosa jamás floreciese?

―¿Y ahora qué?―preguntó el moreno caminando hacia la pérgola con intenciones de inspeccionarla. Los demás se miraron sin saber qué hacer, pues ellos se preguntaban lo mismo.

―No creo que pase algo―habló el rubio en tono de resignación―, he venido todos los días y nada ha pasado, ¿por qué debería ser diferente esta vez?

―No seas tan pesimista―le regañó Noriko―. El ritual requiere que haya luna llena y recién hoy apareció. ¡No podemos rendirnos aún!― Eiri suspiró desviando la mirada hacia Tatsuha, quien yacía sentado dentro de la pérgola mirando la nada.

―¿Cuánto tiempo más estaremos aquí?― preguntó Ryuichi, luego de varios minutos―. Kumagoro ya tiene frío.

―Esperemos hasta medianoche, si no pasa nada, nos vamos y volvemos mañana―explicó Noriko viendo la hora en su reloj.

―Pero queda más de una hora y ya está haciendo mucho frío―se quejó Tatsuha.

―Si queremos a Shuichi de regreso tenemos que hacer un pequeño sacrificio aunque sea. No te morirás por estar expuesto al frío, una hora más. ―Noriko le reprendió enojada, pero el muchacho no le hizo caso y se dispuso a volver.

―Si das un paso más te golpearé― le amenazó el rubio con tono poco amigable, mientras continuaba observando la pérgola como si esperara que de la nada apareciese Shuichi o, en su defecto, floreciese la rosa.

Bufando fastidiado, el moreno volvió sobre sus pasos y se sentó en el suelo de brazos cruzados.

Pasaron los interminables minutos y nada de lo que esperaban ocurría. La media noche se acercaba silenciosa y los entusiastas cazafantasmas ya se estaban aburriendo de esperar. En general, todos se estaban resignando ante el inminente fracaso.

Sin embargo, llegada la media noche, cuando todos se disponían a irse, algo los detuvo…Una luz…Una luz blanca, radiante y enceguecedora que cubría la pérgola de mármol. Las miradas se posaron sobre el brillante lugar, contemplando absortos como una rosa tan blanca como la nieve, florecía en la punta de la cúpula de oro como por arte de magia.

―No puede ser―susurró Eiri incrédulo, admirando estupefacto la rosa, sintiéndose renacer al darse cuenta de que la ínfima posibilidad de recuperar a Shuichi comenzaba a concretarse ante sus ojos. Los demás no fueron capaces de pronunciar palabra alguna. Estaban tan boquiabiertos, tan incrédulos que sus mentes estaban en blanco al igual que la flor.

Eiri se quedó inmóvil. Había anhelado tanto aquel momento que ahora que era su oportunidad no sabía como actuar. Tenía miedo de arriesgarse, ir por esa flor, alcanzarla y saberse decepcionado otra vez; pero al mismo tiempo, anhelaba tanto tener a Shuichi entre sus brazos, que estaba dispuesto a todo por lograrlo. Se había quedado tan pensativo, que ni siquiera se había percatado de un pequeño detalle…La rosa comenzaba a marchitarse pétalo por pétalo.

―¡Se le caen los pétalos!―observó Ryuichi, quien ya había salido de la impresión causada por el inesperado florecimiento.

Aquella simple exclamación, hizo que el rubio volviera a la realidad, yendo inmediatamente hacia la pérgola con la clara intención de obtener la rosa. Sin embargo, Eiri no contaba con lo difícil que sería alcanzarla. ¿Por qué de pronto, parecía que la rosa se alejaba? ¿Era una ilusión?

Cuando al fin pudo llegar, buscó la manera de subir hasta la cúpula, pero se hallaba tan alta que parecía imposible. Trató de escalar, pero extrañamente sentía que le jalaban los pies tratando de detenerlo. Por un instante, miró hacia abajo y lo que observó le dejó inmóvil: unas sombras con formas humanoides intentaban alcanzarle e impedirle llegar hasta arriba.

―¡Pero qué diablos!―exclamó molesto e impresionado, repitiéndose a sí mismo que sólo se trataba de su imaginación.

―¿Qué pasa con Eiri? ¿Por qué aún no alcanza la rosa?―se preguntó Tatsuha, quien también había logrado sobreponerse a la impresión.

―Iré a ayudarle―dijo Hiro, recordando que él deseaba tener de regreso a Sir Klaude, por lo que al menos, debía aportar su granito de arena. No tuvo problemas para llegar junto al rubio, pero cuando se hubo posicionado a su lado, sintió que su cuerpo pesaba más de la cuenta―. Algo anda mal―exclamó dirigiéndose al rubio.

―Ya lo sé, ¿puedes verlos?―preguntó refiriéndose a las sombras humanoides.

―Sí, al parecer son almas―dijo, cogiendo un pie del rubio para impulsarlo hacia arriba, mientras las ánimas se abalanzaban sobre él para que soltara la extremidad.

―Levanta un poco más―le pidió mientras estiraba su mano, dejando que sus dedos rosaran un aterciopelado pétalo que estaba a punto de caer. El tiempo se agotaba.

―No puedo más. ―Hiro trataba de deshacer del ataque, procurando no soltar al rubio, a la vez que intentaba subir más sus brazos para que Eiri alcanzara el objetivo.

―¿Por qué tardan tanto?―se quejó Tatsuha observando los malabares que los dos hacían, sin poder entender qué tan difícil era coger la estúpida flor si, desde su perspectiva, sólo había que subir un poco y estirar el brazo. Mientras, Hiro logró hacer su último esfuerzo y así, Yuki pudo coger la rosa y arrancarla, aunque la fuerza ejercida les desequilibró y los llevó a ambos al suelo.

La luz que les iluminaba y las extrañas sombras habían desaparecido y, asimismo, la rosa había dejado de marchitarse. Todo había vuelto a la calma y, con ello, también las esperanzas. El grupo se acercó a Yuki y a Hiro para ver si se encontraban bien después de la sonora caída y, de paso, observar la famosa rosa.

―¿Cuál es el siguiente paso?―preguntó Eiri, incorporándose para luego, ayudar al pelirrojo a ponerse de pie.

―Hay que teñirla de rojo―intervino Suguru, leyendo los versos escritos en su computadora portátil.

―¿Y cómo haremos eso?―inquirió el pelirrojo sobándose el trasero, pues éste le dolía.

―No tenemos tinte, pero lo común o normal o como quieras llamarlo, sería derramar unas gotas de sangre sobre la rosa―explicó Noriko, careciendo de fundamentos para ello, pues se estaba basando en lo que había visto en algunas películas.

―Eso me recuerda a un cuento de Oscar Wilde―dijo Eiri mientras observaba la dichosa flor y pensaba cómo le haría para sacarse sangre, aunque fuera una gota de aquel líquido carmesí.

―Probemos pinchándonos un dedo con las espinas―sugirió el pelirrojo cazafantasmas, acercándose al rubio, quien asintió suavemente pensando en que era buena idea.

Expectantes, con el frío viento meciendo sus cabellos y con la luna llena alumbrando sus cabezas, Eiri y Hiro procedieron a pincharse el dedo índice, presionándolo contra las finas espinas. Dolió, pero con tal de tener a Shuichi otra vez, se podía soportar hasta el peor de los sufrimientos.

Una pequeña gota de sangre brotó de la herida y, sin que se lo propusieran, ésta cayó sobre un pétalo de rosa dejando un pequeña mancha que pronto se propagó inexplicablemente por cada pétalo, hasta que la flor adquirió un rojo oscuro y brillante.

Los curiosos se acercaron a mirar, hallándose sorprendidos con el inesperado resultado mientras se preguntaban si acaso había presenciado algo así como un milagro. Eiri y Hiro también estaban pasmados, pero no tuvieron tiempo para dimensionar lo que había sucedido. Lo único que vieron fue una luz resplandeciente que envolvió la rosa y se expandió por todo el laberinto, mientras los tumbaba al suelo una fuerte ráfaga. Sin embargo, estos extraños sucesos no duraron mucho tiempo, pronto todo volvió a la cama, pero algo había cambiado…

―¿Qué-es-eso?―pronunció con dificultad Tatsuha, apuntando frente a él con el rostro desfigurado. Los demás estaban tanto o más atónitos que él, pues lo que vieron fue algo sencillamente extraordinario.

Frente a ellos había aparecido un extraño ser de alas blancas, figura estilizada y asexuada, ojos azules―casi blancos― y cabellos de un rubio pálido; alzándose con aire prepotente y rodeado de una luz nívea y brillante. Su mirada daba miedo y a la vez, generaba respeto, pero su semblante serio e inmutable escrudiñaba a los débiles humanos que le habían invocado.

―Soy Azrael, el ángel de la muerte. ¿Qué deseáis de mí, humanos?― Su voz grave resonó como un estruendo, erizando los cabellos de aquellos que le contemplaban estupefactos. Eiri tragó duró y miró al imponente ser con miedo, pareciendo algo así como un gatito asustado. No sabía bien qué contestar, pero la verdad es que tampoco tenía el valor para dirigirle la palabra a ese ente angélico, que por cierto no tenía nada de angelical según la apreciación del rubio.

―Devuélvenos a Shuichi y a Klaude―susurró el rubio con la voz rasposa, rogando que el ángel le escuchara.

―Queremos que Shuichi y Klaude vuelvan―gritó el pelirrojo, armándose de valor para encarar al ser celestial. Sus ojos marrones brillaron intensamente.

―¡Ah, te refieres a los fantasmitas que vine a buscar hace poco! Es una lástima pero no puedo dejar que vuelvan―explicó determinante, causando un vuelco en los corazones de Eiri y Hiro y, también, en el de los demás―. Ellos ya cumplieron su misión y ahora descansan en paz. Sería cruel someterlos a un sufrimiento aún más prolongado, por el mero capricho de ustedes. Además, tarde o temprano ustedes se reencontrarán con ellos en el más allá, no tiene sentido que vuelvan.

―¡Pero nos amamos!―exclamó Eiri casi enfurecido y al borde del llanto, pensando que el corazón se le saldría por la boca si no actuaba rápido―. No me importa si Shuichi descansa en paz o no, no me puedes separar de él. Yo lo amo y él a mí. ¡Sólo queremos ser felices!

―¡Humano egoísta! ¿Le has preguntado a Shuichi si quiere volver?―espetó. Eso fue un golpe bajo que al rubio le dolió bastante, pues el ángel tenía mucha razón. Él, sólo había estado pensando en sí mismo y jamás se le cruzó por la cabeza que tal vez Shuichi no querría volver, que quizás aquel lugar en el que ahora descansaba era mucho mejor que ese horrendo mundo en el que vivían.

―Por favor―pidió Hiro, mirando de reojo a los otros para que se animaran a rogarle al ángel.

―Haré lo que me pidas, pero por favor…regrésame a Shuichi―rogó el rubio al borde de la humillación, mandando al carajo todo su orgullo. En aquel instante sólo pensaba en su Shuichi…él tenía que volver a como diera lugar.

Un prolongado silencio se ciñó sobre ellos tras las palabras del rubio, mientras el ángel los observaba de una manera a través de la cual, podía conocer hasta los más profundos y escondidos pensamientos y sentimientos que una persona pudiese guardar. Todo quedaba al descubierto ante aquellos ojos azules escudriñadores.

Afortunadamente, y gracias a que todos deseaban en sus corazones, que los adorables fantasmas volvieran al castillo, el ser celestial se apiadó de aquellos lastimeros humanos y decidió darles una oportunidad.

―Está bien―anunció por fin, luego de varios segundos de angustioso silencio―, pero no será tan fácil. Si quieren que Shuichi y Klaude regresen, tendrán que traerlos de regreso ustedes mismos, yo les indicaré cómo. Sin embargo, hay un pequeño problema que deben estar dispuestos a enfrentar. ―Su voz seria parecía estar dándoles una especie de advertencia letal, que de sólo imaginarlo, estrujó el corazón de Yuki.

―No importa lo que sea, quiero que Shuichi vuelva―dijo con determinación, aunque por dentro su hundía en la vacilación. Eiri tenía el presentimiento de que algo malo sucedería o, más bien, algo le decía que una vez que los fantasmas volvieran, las cosas no serían como antes.

―En ese caso, deben ir al castillo y buscar el reloj de la vida―informó, mostrándoles una réplica del dichoso reloj, el cual fue identificado por Noriko como el extraño artefacto que había encontrado en el cuarto de experimentos―, pero para llegar hasta él, se adentraran en el mundo de los muertos, de dónde regresar, dependerá de ustedes―. Su tono sombrío erizó los vellos de cada uno e, incluso, un escalofrío les recorrió la espalda. La sola idea de ir a un mundo desconocido de donde no tenías asegurado un sano regreso, los perturbó y atemorizó―. Además―agregó―, si logran traerlos de regreso, lamento informarles que tanto Shuichi como Klaude, perderán sus recuerdos.

―¿Qué?―preguntaron al unísono, con cierto dejo de asombro, esperando que aquello no fuese verdad. ¿Por qué Shuichi y Klaude tendrían que olvidar todo lo que habían vivido durante todo ese tiempo? ¡Qué injusto! ¿Qué sacaban con traerlos de regreso, si Shuichi ni siquiera recordaría lo mucho que amaba a Yuki?

Eiri se sintió mareado con tantas preguntas que surgían en su cabeza, mientras su ya destrozado corazón intentaba seguir latiendo. En ese momento tuvo ganas de gritar, de golpear al ángel hasta que le devolviera a su amado fantasma con recuerdos incluidos, pero nada podía hacer. Su cuerpo no se movía de tanta angustia. Saber que Shuichi jamás le recordaría, le había desmoralizado hasta dejarlo como un muerto en vida.

―Ya les dije. Ahora, los que quieran realizar la "prueba", sigan el sendero que les indicaré―dijo el ángel sin más rodeos, abriendo una especie de camino hacia otra dimensión, para luego desaparecer y dejar que todo volviera a la calma.

―Se fue―susurró Ryuichi, observando el lugar en el que antes estaba el ángel y que ahora, yacía vacío.

―¿Shuichi y Klaude se olvidarán de nosotros?―preguntó Tatsuha, aún incrédulo.

―Eso dijo el ángel…―respondió Noriko consternada.

―No importa―exclamó Yuki casi sin ganas, poniéndose de pie vacilante mientras recobraba las esperanzas. Aún tenía pequeñas posibilidades de tener a Shuichi en sus brazos otra vez, por lo que aquel detalle de los "recuerdos", era sólo eso: un "pequeño" detalle. Al menos se estaba tratando de convencer que ello no importaba―. Traeré de regreso a Shu como sea…

En silencio, el grupo observó al rubio caminar tambaleante hacia la turbia entrada al sendero, siendo seguido rápidamente por el cazafantasmas pelirrojo. Así, se perdieron entre la oscuridad de la noche y la densa neblina que cubría todo el camino, mientras los demás se incorporaban aún conmocionados, decidiendo regresar a la mansión para esperarlos allí.

―Hace frío en este lugar― dijo Hiro abrazándose para darse calor, mientras apuraba el paso para alcanzar al rubio.

―Sí, el aire se volvió muy helado―respondió sin darle mucha importancia, mientras observaba su alrededor. Aquel pasillo era un tanto extraño y aunque no podía ver mucho, a penas distinguía unas paredes medias rojizas y al final del camino una luz tenue.

No supo por cuanto tiempo caminaron, pero una vez que alcanzaron la luz enceguecedora, se encontraron frente a un paisaje aterrador, algo así como el infierno mismo. Era una especie de desierto en donde la temperatura del ambiente era altísima, tanto que ya estaba sudando siendo que llevaban un par de segundos allí. Pero eso no era todo. Caminos de lava, pájaros esqueléticos e hileras, de lo que se suponía eran personas, caminaban en filitas hacia un rumbo desconocido. El cielo teñido de negro sin estrellas ni luna, les hacía olvidar la existencia del día y la noche y, los sumía en la angustiosa eternidad.

Conmocionados y con la garganta apretada, fijaron sus miradas en el largo camino que se extendía frente a ellos, el cual los llevaba hacia un inmenso árbol rodeado por un río. Eiri respiró profundo llenando sus pulmones de aire esperando con ello aumentar su valentía, decidiéndose a dar el primer paso, mientras se autoconvencía de que no tenía miedo y de que aquello sólo era una visión. Tenía que fijar su mente en un objetivo y ése era Shuichi.

―Piensa en Shuichi―se dijo a sí mismo, posando su mirada en el árbol. Hiro le siguió dudoso, aunque también se había creado la convicción de traer de regreso a Klaude a como diera lugar. Tal vez aún no aceptaba que amaba al rubio fantasma, pero algo en su interior comenzaba a agitarse cada vez que pensaba en él y en sus locuras.

―Ya casi llegamos―anunció, observando con alegría que el árbol se veía más y más cerca. Sin embargo, de la nada, un fuerte viento comenzó a soplar en sentido contrario al de ellos, con una fuerza tal, que les impedía seguir caminando e incluso, les hacía retroceder.

―¡Maldito viento!― exclamó aferrando sus pies al suelo para que el viento no lo arrastrase.

―Hay que seguir adelante―le gritó el pelirrojo, cogiéndole del brazo para ayudarle y, así ambos, hacerle frente a la ventolera.

Con los ánimos renovados, siguieron avanzando con dificultad hasta llegar, al fin, a los pies del inmenso árbol, viéndose rodeados por un río turbio cuyo líquido no era precisamente agua. Observaron su alrededor para identificar qué debían hacer allí, hasta que dieron con cientos de relojes colgados en las ramas del árbol. ¿Cuál de todos ellos serían los de Klaude y Shuichi?

Mientras tanto, Tatsuha y los demás habían llegado al castillo, siendo recibidos por el mayordomo, quien un tanto asustado, les informó que desde hace rato una extraña luz blanca salía del sótano, pero que ninguno de los sirvientes se había atrevido a ingresar para ver qué sucedía. Inmediatamente dirigieron sus pasos hacia el lugar indicado y abriendo la puerta se encontraron frente a un camino de luz que les llevaba hacia el interior de la sala de experimentos. Así, sin pensarlo dos veces, se adentraron en el sendero y llegaron hasta la habitación, para encontrarse exactamente con el mismo lugar de antes, sólo que ahora, en centro yacía la tabla que Noriko había visto aquel día que descubrieron el cuarto.

El dichoso disco se alzaba en el aire y sus manecillas se movían lentamente. Bajo él, había una entrada muy similar a la que vieron en el laberinto, pero ésta parecía ser la salida del mundo de los muertos e, incluso, les brindaba una vista privilegiada del lugar exacto en el que Yuki y Hiro se encontraban.

―¿Cómo rayos sabremos cuál es el reloj de Shuichi y el de Klaude?―preguntó el rubio observando detenidamente las ramas del árbol, mientras Hiro estaba petrificado mirando los brazos cadavéricos que salían del río de sangre.

―No sé pero debemos apurarnos. ¡Esas cosas vienen por nosotros!―exclamó dando pasitos hacia atrás hasta chocar con la espalda del rubio, quien recién se había percatado de los pseudo-zombies que comenzaban a salir del río.

―Ya me di cuenta, pero hay muchos relojes―replicó.

En el castillo, los muchachos presenciaban la escena angustiados e impotentes, pues no tenían posibilidades de ayudarles a buscar. Estaban con las manos atadas y, literalmente, se les acaba el tiempo.

―¿Para qué será ese reloj que está sobre la salida?―preguntó Noriko acercándose a para inspeccionar el disco.

―No sé pero cada vez que da una vuelta completa, la salida se achica―observó Suguru―. Lo que significa que si en los próximos diez minutos no encuentran el reloj o no regresan, quedarán atrapados allí―concluyó con voz sombría y fatalista. Tatsuha miró a Noriko y a Ryuichi con nerviosismo, pensando a toda máquina en qué podrían hacer para ayudar a su hermano.

En el inframundo, los entes del río gateaban hacia ellos, mientras Eiri intentaba escalar al árbol para sacar un reloj de color rosado que había llamado su atención, sobre todo porque era el único artefacto que brillaba, considerando además, que a su lado, había un reloj dorado que también se iluminaba. Sin embargo, su horrible estado físico, sumado a los nervios, a la ansiedad y, a los zombies que se les acercaban, le había impedido llegar hasta la dichosa rama en la que colgaban los artilugios.

―Deja de gritar como niñita y ayúdame a subir―le gritó al pelirrojo que se aferraba a su espalda emitiendo suaves gemidos de horror.

―¡Pero esas cosas nos van a comer!

―Si alcanzamos los relojes tal vez no nos coman. ―Hiro se volteó enseguida, para ayudar a Yuki a subirse. Le indicó que pusiera un pie sobre sus manos entrelazadas y así, levantarlo con más facilidad, por lo que tras unos segundos, Eiri estiraba el brazo para alcanzar el reloj, mientras los zombies se aferraban a los pies del pelirrojo buscando desestabilizarlo y hacerlo caer―. ¡Lo tengo!―gritó cuando al fin tuvo en sus manos ambos relojes―. ¿Y ahora qué debemos hacer?―preguntó.

―La profecía dice que hay que retrocederlos―dijo Hiro, tratando de deshacerse de los seres. Bajó a Yuki y mientras éste intentaba averiguar cómo retroceder el reloj, el pelirrojo repartía manotazos a los zombies.

―Se les acaba el tiempo―dijo Noriko con la garganta apretada, mientras en silencio, los cuatro observaban horrorizados cómo el reloj llegaba lentamente hasta su límite y la salida se cerraba cada vez más.

Eiri inspeccionó el reloj y se percató que las manillas que había en el centro se movían para ambos lados, pero además, notó que en el disco aparecían los días, meses y años. Una manilla se hallaba detenida en el año 1710 y, la otra indicaba el año actual e, incluso seguía avanzando lentamente. De forma instintiva, cogió la manecilla actual y comenzó a moverla en sentido contrario, dando muchísimas vueltas antes de hacerla coincidir con la otra. Después miró el reloj de Klaude y se dispuso a hacer lo mismo, pero no pudo, la aguja no se movía.

―No puedo mover la manilla del reloj de Klaude―anunció―, inténtalo tú.

Cambiando los roles con Hiro, Eiri procedió a deshacerse de los persistentes seres que intentaban arrastrarlos hacia el río, mientras el primero, sin mayores problemas, movía la manecilla hacia atrás, hasta llegar a la fecha que indicaba la otra aguja.

De pronto, todo se detuvo y una luz blanca y brillante apareció de la nada, envolviéndolos como en una nube. Aquella luminosidad se extendió por todo el árbol e, incluso, llegó hasta la sala de experimentos, obligando a Tatsuha y a los demás a cerrar los ojos. Sin embargo, después de la luz, vino la oscuridad absoluta y uno a uno, perdieron el conocimiento…

Amanecía en Londres como todos los días, pero Roseville se sumía en el completo silencio, ajeno a todo el ajetreo de la gran ciudad. Las calles se llenaban poco a poco de autos, turistas y gente que buscaba llegar a sus trabajos. Los primeros vuelos provenientes de distintas partes del mundo comenzaban a llegar al aeropuerto de Heathrow, y entre ellos, un avión procedente de Francia acaba de aterrizar. Los pasajeros descendían uno a uno con completa calma y, luego de hacer los trámites de aduana y retirar sus maletas, salían del aeropuerto rumbo a sus hoteles.

Una pareja bastante peculiar había bajado de aquel avión. Uno de ellos era rubio de cabellos largos tomados en una coleta y dueño, además, de unos hipnotizadores ojos azules. Su buen porte y presencia había encantado a las azafatas que les acompañaron en el vuelo y, en general, toda persona que mirara a sus ojos, caía rendido a sus pies. Eso, hasta que le conocían: un odioso acosador amante de las armas de fuego.

Su acompañante era su primo, un chico de baja estatura, complexión delgada y figura estilizada. A simple vista era confundible con una mujer, pero en sí su aspecto mostraba a un niño mimado y berrinchudo. Sus cabellos rosados y sus rarísimos ojos violetas, llamaba la atención de la gente que se detenía sólo para mirarle, murmurando a su paso sobre su extravagancia.

Estos primos, recorrían Europa visitando los antiguos castillos de la nobleza europea, con el fin de recopilar datos interesantes sobre ellos, y así, publicar sus estudios sobre los mismos, pues el rubio era un experto historiador y, el de pelo rosa, un amante de la arquitectura. Esta pasión por la historia y las construcciones antiguas, los había llevado a Inglaterra, la cuna de la alta nobleza y sus suntuosos castillos.

Llegando al hotel y terminando de instalarse, salieron inmediatamente, en la búsqueda e inspección de lugares arquitectónicos fascinantes. Visitaron Buckingham y Westminster, admiraron el Tower Bridge y dieron un paseo por Hyde Park; todo en una misma mañana. Así, entre tantos paseos, llegaron a sus oídos las historias sobre el famoso castillo embrujado de los Roseville y, ninguno pudo resistirse a la tentación de visitar aquel lugar.

Mientras tanto, en aquel misterioso castillo, los huéspedes recién comenzaban a abrir los ojos. Entre ellos, el rubio heredero acababa de mostrar sus ojos dorados, tardando varios segundos en identificar el lugar en el que se encontraba. Se sentía mareado y confundido y, con una extraña sensación de cansancio y nostalgia. Lo peor de todo es que en su cabecita había un gran vacío que no entendía cómo llenar. Algo le faltaba, pero no sabía qué.

Desperezándose, para luego sentarse en la cama, observó su alrededor tratando de recordar qué había pasado anoche y, lo más importante: ¿cómo llegó ahí? Inexplicablemente no recordaba nada, ni siquiera el resultado de lo que iban a hacer; es más, su más próximo recuerdo era que habían ido al laberinto a hacer un ritual, pero de ahí en adelante, su mente estaba en blanco. ¿Había resultado? ¿Shuichi habría vuelto? Con aquella pequeña idea, su corazón comenzó a latir rápido pudiendo incluso, escuchar los latidos.

Las ansias por saber el resultado del ritual, le llevaron a vestirse a la velocidad de la luz y, así, descender al primer piso con la esperanza de encontrarse con Shuichi o, al menos, con alguien que recordara lo sucedido.

Así, tras bajar las escaleras, recorrió el piso en busca de gente hasta que llegó al comedor, en donde varios de los huéspedes yacían desayunando.

―Hermano, pensamos que no despertarías―saludó el moreno, cuando le vio entrar―; ya nos estabas preocupando.

―No sé ustedes, pero no recuerdo nada de lo que pasó anoche― dijo mientras tomaba asiento en la cabecera de la mesa.

―¡No lo recuerdas!―exclamó Noriko, quien también se encontraba en el comedor―. Fue lo más extraordinario y sobrenatural que me ha tocado ver―le dijo emocionada, dejando al rubio descolocado.

―Sí, fue genial, no da―intervino Ryuichi―. Hubo ángles, zombies, fuego y muchos relojes. Kumagoro también recuerda un árbol gigante y una luz muy intensa.

Si antes no había entendido lo que Noriko decía, ahora había quedado peor. ¡¿Qué era eso de ángeles y zombies? Definitivamente no estaba entendiendo nada y, lo peor es que comenzaba a pensar que todos se habían vuelto locos. Fue así que decidió preguntar qué rayos había sucedido, por lo que los presentes se dedicaron a contarle con lujo y detalles todo lo que habían presenciado la noche anterior.

―¿Y qué pasó después?―preguntó una vez que el relató acabó.

―No lo sabemos muy bien―habló Tatsuha―. Cuando la luz desapareció, al parecer perdimos el conocimiento por unos minutos y, una vez que despertamos, nos encontramos con Williams. Él nos ayudó a llevarte a la habitación, pues tanto tú como Hiro estaban inconscientes. ―Yuki miró a los comensales no muy convencido del relato, pero dejando eso de lado, había un interrogante que resolver.

―¿Y qué pasó con Shuichi y Klaude?―preguntó con cierto dejo de esperanza, pero sólo recibió como respuesta un silencio incómodo y rostros entristecidos.

―Sus restos desaparecieron―comunicó Tatsuha―. Antes de desayunar, fuimos al invernadero porque Noriko sugirió enterrar los restos de Shuichi, pero cuando bajamos no encontramos nada.

―Y lo más raro es que la tumba de Sir Klaude está abierta―agregó la mujer.

―Entonces, ¿funcionó?

―Eso creemos―suspiró la médium, dejando al rubio con un sabor amargo en la boca. La curiosidad y la ansiedad de saber si su amor había vuelto, le estaban comiendo por dentro, pero, al parecer, ya no podía hacer algo para traer a su niño. Eso ya estaba fuera de su alcance. Le correspondía al ángel cumplir con su palabra, ¿o no?

Luego de horas de aburrimiento, tratando de encontrarle explicación a la extraña desaparición de los restos de los fantasmas y, buscando la posibilidad de contactarse con Shuichi o con Klaude para saber qué había sucedido; el estruendoso y tétrico sonido del timbre, alertó a toda la población del castillo. No esperaban visitas y, con los rumores de que el lugar estaba embrujado, ni los turistas aparecían. Entonces, ¿quién podría llegar por esos lares tan olvidados?

Como era de esperarse, Williams, con su aire sofisticado y atento, salió a recibir a los inesperados invitados, bajo la curiosa mirada de los huéspedes que habían asomado sus cabezas por la puerta de la sala de estar.

―Es un lugar enorme, ¿no crees?―dijo una voz juvenil.

―Sí… pero tengo la sensación de haber estado antes aquí―le respondió su acompañante.

―Es cierto…, yo igual tengo esa sensación―respondió admirando fascinado, con sus ojos violetas, la hermosa estructura del castillo.

―Buenas tardes, señores. ¿En qué puedo servirles?―dijo Williams tras abrir la puerta, observando con sorpresa a los visitantes. El mayordomo se había quedado con la boca abierta.

―Buenas tardes―saludó el menor―. Me llamo Shuichi y, él es mi primo Klaude. Estamos realizando una investigación sobre los castillos de Inglaterra y, nos gustaría conocer Roseville y si es posible, que nos pudiera brindar alguna información del lugar―explicó rápidamente en perfecto inglés, como si ése fuese su idioma nativo.

―No hay problema―dijo el anciano tras salir de su estupor―, pero déjeme consultarlo con los amos―se excusó de forma nerviosa pero sonriente, entrando al castillo tras la aceptación de los visitantes.

―¿Quién es, Williams?―preguntó Eiri alejándose de la "manada"―. Me pareció escuchar una voz familiar…

―Señor Yuki, no sé qué pasó, pero allá fuera están los señores―explicó con cierto entusiasmo y emoción; susurrando, luego, los nombres de los "señores".

―¿Qué?―Su voz sorprendida denotaba más una exclamación que un pregunta, aunque en cierta medida, tenía la intención de confirmar lo que había escuchado a la espera de no haberse vuelto loco. ¿Podía ser cierto? ¿Era verdad lo que había escuchado?

Sin pensarlo mucho, el rubio salió disparado hacia la entrada del castillo, seguido ágilmente por el mayordomo y los huéspedes. Estos últimos eran los que más curiosidad tenían respecto de lo recién llegados.

La enorme puerta del castillo se abrió ampliamente para dar paso al sol de la tarde y a la figura de dos personas muy conocidas por los habitantes de Roseville, quienes se quedaron mudos de la emoción al identificar a los visitantes.

―Shuichi…―susurró Yuki con un extraño brillo en los ojos, conteniéndose las ganas de estrechar a su amado entre sus brazos.

El pequeño le contempló como si le recordara, teniendo la sensación de haber visto al rubio en algún lado, sin llegar a recordarlo. Escuchar su nombre de los labios de ese adonis de ojos dorados, había provocado que su corazón se agitara de forma inesperada. Incluso, saberse observado por él, le había obligado a apurar el ritmo de su respiración. No entendía porqué, pero la presencia de aquel hombre generaba que su cuerpo se alborotara y, que sus hormonas de adolescente, causaran estragos en su ser.

¿Amor a primera vista?, se preguntó el muchacho de pelo rosado, buscando explicar lo que le sucedía, pero ¿por qué sentía que ya le conocía? ¿Por qué su rostro se le hacía tan familiar? ¿Por qué sentía que le amaba con locura? ¿Por qué deseaba tanto correr a sus brazos y saberse protegido por ellos? Definitivamente no lograba entender el torbellino de sentimientos que ese sexy rubio había despertado en él, pero ya tendría tiempo de sobra para analizarlo con detalle.

Por otro lado, Klaude había observado a los huéspedes del castillo, con cierto interés en un guapo pelirrojo que miraba su persona con descaro y sorpresa. El rubio de pelo largo intuyó que algo no andaba bien en esas personas y, sintió curiosidad por saber qué les hacía tan familiar. Algo en su interior le gritaba que su estadía en Roseville sería algo agradable y, que quizás descubriría cosas importantes para su investigación.

―Disculpe, pero ¿cómo sabe mi nombre?―preguntó el muchacho de ojos violetas, sintiéndose confundido y nervioso ante la mirada ambarina.

―Ah…Williams me lo dijo―contestó tras unos segundos, en los cuales había buscado una explicación razonable para su pequeño error, aunque con aquella inocente pregunta, sintió que su corazón era apuñalado cruelmente. En ese instante, Yuki se dio cuenta de la horrible realidad; las palabras de la profecía y la advertencia del ángel llegaron a su mente de forma inmediata: tanto Shuichi como Klaude habían perdidos sus recuerdos. ¿Qué haría ahora?

―Señor Yuki, los jóvenes quieren recorrer el castillo y hacer una investigación―explicó el mayordomo, someramente.

―Claro, no hay problema. Muéstrales el castillo, Williams…―ordenó dudoso, sabiendo que esa orden, sólo tenía por objetivo deshacerse de los invitados mientras pensaba mejor en qué hacer. ¿Cómo lograr que Shuichi y Klaude se quedaran en ese castillo, con ellos? ¿Cómo decirle a su ex fantasma que él era el amor de su vida?

Los turistas sonrieron agradecidos sin hacer más preguntas, quedándose con la noción de que las personas que vivían allí eran raras. Así, se dispusieron a seguir al anciano a través de los misteriosos pasillos del lugar, mientras la tropa de huéspedes discutía "acaloradamente" en las afueras de Roseville.

―¿Qué hiciste?―exclamó Tatsuha reprimiendo a su hermano, quien alzó una ceja para mostrar su desconcierto.

―¿Qué hice?―contrapreguntó sin entender el objetivo del moreno.

―¿Por qué los enviaste con Williams así sin más? ¡Nosotros mismos pudimos enseñarles el castillo!

―No seas idiota, Tatsuha―le regañó―. ¿No te diste cuenta que ellos ni siquiera saben quiénes somos?―le escupió en la cara, tratando de contener su propio dolor.

―Yuki tiene razón―dijo Noriko―, el mismo ángel nos advirtió de esto.

―Entonces, Shu no se acordará de nosotros… ¿nunca?―preguntó Ryuichi con los ojos llorosos, apretando al conejo que yacía entre sus manos. Nadie se atrevió a contestarle, pero en sus rostros se leía, con tristeza, una negación rotunda.

Tras intercambiar unas cuantas conclusiones y algunas ideas para retener a los visitantes de alguna forma, aunque sea por un par de días, los huéspedes se repartieron por diferentes partes del castillo, para continuar con sus actividades diarias, aunque Tatsuha y Yuki se quedaron en la sala de estar para hablar de lo sucedido, a la espera de que los turistas terminaran con el recorrido.

―Este castillo fue mandado a construir por la familia Roseville hacia el año 1667 y su construcción demoró 3 años―explicaba Williams, mientras paseaba a los visitantes por la primera planta―. Los Roseville eran una familia adinerada y estaban emparentados con la Reina María, por lo que gozaban de muchos privilegios en la nobleza inglesa.

―¿Qué hay de los dueños actuales del castillo?―preguntó Shuichi con cierta curiosidad.

―Ellos heredaron el castillo hace poco. El antiguo amo lo adquirió por una compraventa a muy bajo precio―narró brevemente.

―¿Y qué pasó con los Roseville?―inquirió Klaude.

―Ellos murieron en un accidente. Dejaron un heredero, pero el joven murió al poco tiempo―dijo sin querer entrar en detalles, pues estaba al tanto de todos y cada uno de los sucesos que Yuki y los demás habían descubierto, pero le pareció inoportuno hablar de ello.

―Escuchamos algunos rumores que dicen que el castillo está embrujado―afirmó el de pelo rosado.

―Así es, pero desde hace tiempo que no sucede nada paranormal. Los actuales amos se han dedicado a combatir a los espíritus―detalló en un extraño tono que denotaba ironía pero que a la vez parecía ser verídico.

El recorrido por todo el castillo, con explicaciones de todo tipo (desde el nombre del arquitecto que lo diseñó, hasta el del sujeto que esculpió el pasamanos de la escalera), demoró varias horas en llegar a su fin.

Empezaba a anochecer y, los huéspedes se disponían a cenar, mientras los visitantes se disponían a volver a su hotel. Debido a que ya era tarde, Williams, a pedido de Yuki, se encargó de que no existieran posibilidades de que los visitantes pudiesen abandonar el castillo y volver a su hotel, por lo que, obligatoriamente, las sirvientas tuvieron que habilitar habitaciones para los invitados.

Shuichi y Klaude se acomodaron en las habitaciones libres del segundo piso, bajo las quejas de Noriko y los cazafantasmas, pues los visitantes tenían habitaciones grandes y lujosas, en cambio ellos, dormían apiñados en las pequeñas habitaciones del tercer piso.

A medianoche, cuando todos dormían y el silencio reinaba en la mansión, Shuichi decidió salir de su cama ante la imposibilidad de conciliar el sueño. Se sentía ansioso e inquieto por una razón que desconocía y, aún se descolocaba ante las reacciones que el dueño del castillo había provocado en él. Tenía curiosidad por saber qué clase de persona sería Yuki y, de paso descubrir, por qué aquel castillo se le hacía tan conocido.

Bajó las escaleras para ir a la cocina en busca de un vaso de agua y, al llegar al primer piso, se encontró con la puerta principal abierta. Al parecer, había alguien que tampoco podía dormir.

Curioso, se acercó a la entrada y, mirando desde allí, divisó los cabellos rubios de Yuki, quien se encontraba sentado en la orilla de la fuente de agua del jardín, fumando despreocupadamente.

―¿No puedes dormir?―preguntó acercándose lentamente.

―Algo así―contestó parcamente, dándole una calada al cigarrillo―. Tenía ganas de fumar―explicó―. ¿Qué hay de ti?

―Nada. Tengo sueño pero estoy algo inquieto, no sé… es extraño―Su mirada violácea se perdió en un punto indefinido del castillo, como si tratara de evocar aquellas memorias que yacían enterradas en lo más profundo de su subconsciente―. Este lugar es hermoso, debe ser agradable vivir aquí.

―Si quieres, tú y tu primo pueden quedarse todo el tiempo que deseen―le dijo el rubio a Shuichi, esperando convencerlo―. Este castillo guarda muchos secretos. Si necesitas recabar información de él, tendrás que investigar mucho, y aquí puedes encontrar todo lo que necesitas saber.

―¿Por qué?― preguntó de forma inconsciente, pues aquella pregunta iba dirigida más a sí mismo que a Eiri. ¿Por qué el rubio se mostraba tan atento con él? Eiri le miró con desconcierto, pero antes de que pudiese decir algo, el muchacho agregó―. No sé porqué, pero siento que he estado aquí antes. Este lugar se me hace muy familiar…―susurró con cierto dejo de nostalgia, como si tratara de recordar algo.

Aquello pilló al rubio desprevenido, pero gracias a ello, Eiri había obtenido una valiosa información, con la cual había recobrado la ilusión de recuperar a su amado. Tal vez Shuichi no recordase ni a él ni a su pasado, pero al menos su mente albergaba sutiles reminiscencias de su vida en el castillo.

―Es una historia muy larga…―susurró el rubio para sí mismo, como si buscara responder las dudas del muchacho, aunque en realidad, no tenía intenciones de entrar en explicaciones.

―¿Qué historia?―preguntó confuso al escuchar los murmullos de Yuki.

―La historia de Roseville―respondió sin pensarlo.

―El mayordomo nos comentó algunas cosas…

―Si te quedas, quizás, algún día te cuente la verdadera historia del castillo y del fantasma de Lord Shuichi

―¿Lord Shuichi?―preguntó un tanto sorprendido por la similitud de sus nombres. ¿Tendrá relación con su sensación de conocer el castillo y a la gente que allí habitaba?

―Sí, Lord Shuichi, el heredero de los Roseville. Su alma vagó por este lugar hasta hace poco―El joven le observó sin comprender del todo―. No lo creerás pero el fantasma se enamoró de uno de los huéspedes de la mansión.

―Eso es imposible―exclamó, pensando para sí que la historia del rubio parecía ser una vil broma, muy fantástica para su gusto, aunque el rubio no parecía ser el tipo de persona a la que le gusta bromear.

―Yo también lo creía, pero se enamoraron mutuamente, hasta que el alma del duque pudo descansar en paz. Afortunadamente, el destino le volvió a reunir con su amor, claro que ahora, ya no es un fantasma, él volvió a la vida.

―¿De verdad?― Yuki asintió con suavidad― ¿Y cómo sabes eso?

―Lo sé porque lo estoy viendo…―susurró. Shuichi le observó extrañado y, bajo la luz de la luna, buscó perderse entre el cálido océano que se escondía detrás de esos ojos dorados―. Eres tan lindo como lo imaginé―murmuró, llevando su mano al rostro de Shuichi, acariciando su mejilla con ternura.

Aquellas palabras las había dicho rememorando aquel día en que sus ojos ambarinos se toparon con la extravagante belleza del fantasma, retratada en la pintura abandonada de la biblioteca. En aquel momento, pensó que era un desperdicio que alguien tan hermoso como Lord Shuichi estuviese muerto y, ahora que estaba cara a cara frente a él, sólo podía agradecer que semejante belleza fuese sólo suya.

Shuichi estaba absorto. No entendía nada de lo que el rubio había comentado, pero lo cierto es que, a pesar de ello, sentía que su vida adquiría sentido al contemplar esos hipnotizantes ojos dorados y, que por alguna extraña razón, le demostraban un amor infinito. Ese amor a prueba de todo que siempre soñó tener.

Su cuerpo se estremeció cuando la cálida mano de Yuki se posó sobre su mejilla, haciéndosele conocido ese característico calor.

Instintivamente, acortó el espacio que le separaba del rubio y, así, pudo aspirar el sutil aroma a tabaco que desprendía su bien formado cuerpo. Aquel aroma le llevó a evocar imágenes cuyo origen desconocía, pero que al parecer pertenecían a un pasado que alguna vez vivió. Una extraña felicidad se apoderó de él… ¿Por qué tenía tantas ganas de arrojarse a sus brazos y ponerse a llorar?

―¿Qué me hiciste?―preguntó el muchacho al darse cuenta, que se había enamorado perdidamente de aquel extraño, aunque tal vez, no fuese del todo extraño―. ¿Por qué siento que te amo, que te pertenezco?―sollozó―. No lo entiendo…

―Algún día lo entenderás, mi lindo ex fantasma…―susurró, acercando su rostro al de Shuichi, quien temblando de nervios y, sin posibilidades de resistirse, dejó que el rubio atrapara sus labios en un beso cálido y lleno de ternura.

Aquella luna menguante que brillaba en el cielo nocturno, fue la única testigo del renacimiento de ese amor aparentemente imposible, entre un ser vivo y un ente del más allá. Tal vez, el destino les había impedido conservar aquel amor tal cual había nacido, pero al menos tenían la posibilidad de volver a amarse con locura. ¿Qué importaba el pasado cuando podían tenerse el uno al otro en el presente?

Quizás algún día, en un momento muy lejano, Eiri, aquel hermoso rubio de ojos claros que en un principio no creía en fantasmas y que estaba dispuesto a apostar todo para demostrar lo contrario, pero qué por cosas del destino había acabado enamorado de uno; podría revelarle a su joven amado, aquella hermosa historia de amor de la cual fueron partícipes.

Roseville, el famoso castillo embrujado, cuyo misterio había sido resuelto, podía jactarse de ser testigo de aquella historia, que aparentemente culminaría en un final feliz…

"Lord Shuichi descansa en paz, pero su alma sigue viva en los corazones de aquellos que le conocieron, incluyéndome…

Tal vez, jamás volveré a ver a aquel fantasma que revoloteaba por los rincones de Roseville y, que me obligaba a esbozar una sonrisa con sus extrañas ocurrencias y estupideces… Pero al menos, puedo observar sus bellos ojos violetas y perderme en el calor que emana su frágil cuerpo… Quizás, este Shuichi es un tanto distinto a ese bello fantasmita que alegró mis días, pero en cierta medida, sigue siendo el mismo…

Espero que con el paso del tiempo, mis conclusiones actuales sean erradas y, que este Shuichi sea igual al que recuerdo…

Te amo, Shuichi..."