Saludos de casi fin de semana, víctimas, ejem, perdón, lectores...
Antes que nada una disculpa por mi demora en las entregas de mis fics (es raro esto de tener en proceso más de uno, espero que los dioses de la literatura me iluminen y que pueda aguantar el paso). Deberes ajenos me mantuvieron bastante ocupada, pero no tanto como para robar minutos al tiempo y terminar un capítulo más.
Fabiola Brambila: Pobre Shun, y pobres de los demás, sus recuerdos siempre están plagados de golpes y lágrimas. Y pues aquí los autores los hacemos sufrir más, estilo Víctor Hugo, ja, ja... A ver qué te parece este segundo capítulo.
Tot12: Me está costando un poquito de trabajo la primera persona, je, je, espero no despegarme del dueño de mis quincenas, y no confundir a mis lectores... O a mí.
Alyshaluz: Ya verás lo que pasó en este capítulo, creo que no se lo esperan (la autora se frota las manos, va a lanzar su muajajajaj, pero un cosmos poderoso la obliga a detenerse). En Omega amé la aparición de Shun, su presencia pacífica, triste, en ese paisaje desolado donde vive, es un ángel.
Gigichiba: Gracias por comentar, y por leer. Espero no decepcionarte con las torsiones de mi perversa mente...
InatZiggy-Stardust: ¡Sí, pobre Fénix! Mi vida vuelve a peligrar. Lo castigaron de más y aún así el traidor mayordomo azotó al dulce Shun... Ya verás en qué termina la aventura con los piratas que tal vez no lo sean... O tal vez sí...
Carito357: Un gusto tenerte de vuelta por estos recovecos. Espero que te agrade este segundo capítulo, todo narrado por el lindo Shun, alias dueño-de-mis-quincenas. El reto acá, creo, será no confundirnos...
SakuraK Li: ¡Ya extrañaba tus comentarios! Espero que esta segunda entrega no te decepcione; las consecuencias de ocultar su poder, de no querer lastimar a otros, en este caso, no serán muy buenas...
A todos, muchísimas gracias por leer y dejar su huella... (Anon, gracias, sonrojo por el halago y reverencia, espero sigan gustándote los resultados de mis obsesiones, ja, ja).
Ahora, el merecido copyright a Kurumada por su historia y personajes, los cuales nos permiten soñar y crear.
Sin más, pueden pasar a leer...
2.- Después de desembarcar
De pronto estaba frente a un túnel negro. Y sólo fue una frase, una petición tal vez ni siquiera dirigida a mí. Tu nombre, había escuchado, no sé si de quien aferraba mi brazo derecho o de la enorme sombra de enfrente. Pensé, volví a pensar. Abrí la boca y el silencio ocupó el espacio de cualquier palabra. Olvidé el dolor de aquellos dedos clavados. Mi nombre. ¿Mi nombre? Tal vez alguien… No, mi nombre era mío. Otros podrían conocerlo a fin de dirigirse a mí, pero el primero en saberlo tenía que ser yo.
El túnel nacido de la petición se hizo ancho. Y alto. Y largo. Un corredor flanqueado por puertas abiertas. Caminé. Me asomé a cada dintel buscando la respuesta a aquella pregunta, a aquella orden: identifícate, dime tu nombre. Cada vez obtuve nada. Un cuarto vacío, un cuarto penumbroso, un cuarto lleno de aire, un cuarto de muros desnudos.
La última de aquellas puertas me devolvió la imagen de una pequeña silueta. Aún quiero saber quién es, aún me gustaría acercármele y averiguar por qué sacude los hombros así, por qué mira hacia abajo, escondida en el hueco de sus brazos, supongo, por su posición.
Intento traerla de nuevo. Reconstruyo su encierro, doy unos cuantos pasos. La silueta se aleja al tiempo que su voz se hace más cercana. Está llorando. Quizá cumple un castigo, ¿qué haría para merecer un rincón oscuro, la soledad, los insultos que escucho más allá de la puerta cerrada? –Lo llaman cobarde, inútil, hacen el recuento de lo que han gastado en mantener un techo sobre su cabeza, de lo que deberá devolver al paso del tiempo para decir gracias.
De pronto un súbito presentimiento trae consigo una sensación viscosa, igual a la del barco: la pequeña silueta soy yo. No. Sacudo la cabeza, me cubro los oídos, trato de no pensar en ello. No quisiera descubrir que ese niño y yo somos la misma persona. Porque seguro se trata de un niño.
El recuerdo del puntito luminoso dentro de otra de las habitaciones me ayuda a olvidar ese presentimiento. Dejo de oír al niño; a él y a la voz fuera de su encierro.
Donde hay luz hay gente, seguro, se me ocurrió. ¿Y si les preguntaba por mi nombre? Entonces me acerqué. Pensé disfrazar mi pregunta con un saludo. Hola, buenas tardes, buenas noches, una inclinación breve, una sonrisa. De conocerme, el dueño de aquel punto luminoso, seguro proveniente de una lámpara, diría a su vez buenas tardes, y mi nombre. Así podría responder a la duda de los hombres que me bajaron del barco a empujones, a la mía, ambas idénticas.
Me detuve en una playa, al borde de un risco altísimo, de un acantilado de marrones y escarlatas. Me encontré con dos siluetas de metal. Una clara, la otra llena de matices rojizos. La clara estaba de frente. Un hombre rubio, delgado. El que me daba la espalda era un poco más bajo, el que hablaba. Voy a mostrarle mi verdadero poder, maestro, recuerdo que dijo, sólo a usted, en agradecimiento por sus enseñanzas. Y una llama envolvió su cuerpo entero. Y luego extendió el brazo derecho como amenazando al hombre rubio, como si quisiera deshacer su halo de silencio. El rubio siguió callado, observando a su alumno. Yo grité. Dije no, dije podrías matarlo. ¿Qué te hizo? Nadie me escuchó. Una ráfaga blanquecina hirió al mayor antes de que una chica enmascarada llegara a avisarle al agresor que se acercaba el barco por el cual había esperado seis años. Los dos jóvenes se fueron y yo me quedé viendo el cuerpo metálico y roto del rubio, su mirada en algún punto del horizonte.
Tu nombre, vuelvo a escuchar. ¿Cómo te llamas? La pregunta borra el ataque y el acantilado, al niño, las habitaciones, las puertas, el pasillo. Aún no sé cuál es la respuesta correcta. Sólo poseo una. La digo:
–N… n-no sé…
Siento el peso de la mirada de la enorme sombra de enfrente. Me traspasa, como si observara a alguien parado detrás de mí. Es verdad, insisto, no estoy mintiendo… No puedo recordarlo. La sombra alarga un brazo, me cruza el rostro con la mano abierta, estrella su puño contra mi vientre una y otra vez y me deja vacío de aliento. Dos pares de brazos me mantienen sujeto.
–No te creo–, escucho.
¿Por qué no quieren creerme? Tal vez tienen razón. Pruebo de nuevo. Mi nombre. Me llamo. Soy… Nada. Empieza a dolerme la cabeza.
–Es cierto.
Nuevos puñetazos me tiran al suelo. Patadas, un escupitajo. Las tres sombras cierran la puerta en tanto me limpio la boca con la mano. Sangre. Me duele todo el cuerpo.
No sé quién soy, ni por qué iba a bordo de ese barco. Mi memoria está sólo un paso atrás. Tiene unos cuantos segundos de duración. O minutos. Arranca desde el instante en que abandonamos un lugar silencioso como una tumba. Esa casa flotante sí la recuerdo bien. Y quisiera olvidarla.
Las dos sombras que me sujetaban me sacaron de una habitación vacía junto con una caja enorme y pesada, de metal. Intenté explicarme mi presencia ahí. Un viaje, un arresto, por el rincón estrecho donde me encontraba, una ida, un regreso. Entonces vi el pasillo. Estaba cundido de cuerpos grises y blanquecinos. Un amontonamiento de piedras fue el que pisé, por el que las sombras se abrieron camino con los pies, apartando brazos y piernas. Aguanté el vómito.
Afuera, pasos que interrumpen la visión del pasillo. Voces, la mitad de una respuesta, no sé. "No", escucho, "Su cosmos es enorme", dice alguien más, pero no comprendo a qué se refiere. O a quién.
La puerta se abre de nuevo, sólo por un instante. Una espada blanca parte en dos la habitación en la que me tienen encerrado. En silencio, dos sombras, más parecidas a una lengua de serpiente, arrojan a mis pies un plato despostillado, agua en un pozuelo. La comida del día: una pieza de pan, algo con huesos, un poco de agua. Una arcada amarga me retuerce la garganta. Respiro a fin de disolver las náuseas.
Tengo hambre pero no quiero ni acercarme a esas sobras. Podrían morderme, dejar una película de saliva en mis dedos… No debí. El asco regresa. Creo que nunca se fue, que sólo se replegó a una de las esquinas para acecharme.
La puerta vuelve a abrirse. Esta vez respiro aliviado: la luz alcanza para difuminar el plato y el pozuelo. Las dos sombras entran, esta vez por separado. Una me jala del brazo, la otra, con las manos, genera un ruido metálico, un chirrido de llamas, y me toma del otro brazo. Sonrío; estaba encadenado por el tobillo derecho y no me había dado cuenta.
Salimos a una mañana o tarde que parece palpitar de tan caliente. Lejos, el mar. O eso supongo, por los murmullos y el olor de la sal. Debería escuchar a las gaviotas, ver su apariencia de flechas blancas al momento de clavar el pico en las olas. Y no. Hay un paisaje desolado a cambio de eso. De piedras, de fuego lamiendo cada cuerpo, abriéndose ante uno para cerrarse una vez que se ha dado el paso. Así es con todos. No sé si estos hombres lo habrán notado. Quizá nacieron aquí y por eso me llevan casi a rastras, empujándome por trechos. Esta es su atmósfera, su estado natural.
Tranquilos, intento decirles, no trataré de escapar. El olor de sus palmas despierta las náuseas dormidas segundos antes, cuando la luz invadió mi celda. Quieto, me dicen. Me derriban a golpes. Y yo no puedo ponerme en pie de nuevo. El fuego del piso me jala por las piernas, me obliga a permanecer casi de rodillas.
Los dos hombres tienen prisa. Vamos, apresúrate, no disponemos de todo el día, gritan. Cuando al fin logro dar un paso, uno de ellos vuelve a empujarme. Ni siquiera tengo tiempo de meter las manos: la piedra de esta isla abre un surco rojo y profundo en mi frente. Sangro. Me gustaría detener la hemorragia con la mano, pero las dos sombras lo impiden. Las siento aferrándome por las muñecas una, la otra clavando una rodilla en mi espalda a fin de mantenerme humillado.
Una lengua negrísima, larga, interrumpe la claridad que flota sobre nuestras cabezas. La espalda de un hombre muy alto. Es ancha, azul oscuro, casi negro. Idiotas, por qué lo tratan de esa manera, escucho en las alturas.
El dueño de esa voz, de esa sombra como lengua de reptil, da la vuelta poco a poco. No quiero ver su rostro; no sé por qué, pero no quiero.
Una de las sombras, por los cabellos, me obliga a levantar la vista. Cierro los ojos. Por favor, suplico.
Déjenlo, dice la misma voz grave allá, cerca del cielo. Entonces me atrevo a mirarlo, primero con un ojo y luego con el otro.
Se trata de alguien moreno, de cabello al hombro. Alguien joven. O eso creo. Alzo la mirada un poco más. Me encuentro con una boca torcida hacia la derecha, con unos ojos mitad furiosos mitad sorprendidos, con una cicatriz como un relámpago entre las cejas.
¿Lo conozco? ¿Él podría saber cómo me llamo?
Detrás de su mirada regresan los golpes, la cadena en mi tobillo, el encierro en penumbras, el niño, las habitaciones, el pasillo, el ataque en la playa, el vértigo del acantilado, la pregunta, los cuerpos muertos, el pasillo, el barco, las sobras en diferentes tonos de gris, el pan, el agua, el plato, el pozuelo, el apretón de las náuseas…
No puedo evitarlo. A los pies de ese hombre, vomito lo que no he comido.
...Continúa...
