Saludos de fin de semana, lectores/víctimas...
Antes de entrar en materia saintseiyesca, quiero comentarles mi percepción del proceso electoral de México, mejor conocido como cochinero o marranada... No estoy de acuerdo con el títere que pusieron en la silla grande -peña nieto, sin mayúsculas, pues no las merece-, ya que además de que representa intereses ajenos al cargo de presidente -ya nos los empezará a cobrar para pagarle a quienes permanecen detrás de él, estoy segura-, llegó al cargo a través de un proceso lleno de irregularidades, como compra de votos a través de tarjetas prepagadas de las tiendas SORIANA, boletas duplicadas "por error" y marcadas de antemano por su partido, el pri... Espero, aunque no creo, que se arregle este asunto de las elecciones (que se anulen, hay argumento bastante para hacerlo, pero no lo harán). Por último quiero decir que aquí perdimos todos y que ganó el votar por ignorancia, por la imagen solamente, sin reflexionar qué está detrás de ella (en este caso la nada y la corrupción), el comerciar con la pobreza de la gente (a quien espero le duren los quinientos pesos el resto del sexenio)...
Dice el Fénix que corte el discurso y entre en materia; ya, me callo.
Ahora sí, muchas gracias por entrar a leer en este rincón.
Tot12: Creo que nos perderemos aún más a través de la sola mirada de Shun... Aquí se verá quién es el hombre de la cicatriz... Y creo que esta vez sí me pasé de perversa... Espero te siga gustando la narración en primera persona, aunque creo que en este caso tendrá la desventaja de no saber bien qué ocurre si Shun no es testigo.
SakuraK Li: ¡Sí! Pobre Shun, su memoria es un caso perdido, peor que la mía -y eso ya es decir-. Espero estar a la altura en este tercer capítulo.
Alyshaluz: Pobrecito Shun, las arcadas del asco hicieron presa de él, ni modo. En esos casos es mejor así, ya un poco aliviado viene algo mucho peor para él. Ya verás quién es la persona con quien se encontró en la isla.
Carito357: Jajajajajjaja... Tiempo de calidad con los ancianitos... Desafortunadamente para Shunny soy una escritora bastante cruel, ya verás con quién se encuentra en ese sitio. ¿Su memoria?, es difícil, por ahora está un poco desconfiado al no recordar qué pasó. En este capítulo las cosas se pondrán... interesantes (insertar aquí una risa tipo Máscara Mortal). Espero que no se te congelen mucho los dedos, es muy feo...
Fabiola Brambila: Así es el trabajo, no te preocupes, también por aquí a veces se pone movido y no puedo leer o comentar... Por ahí va la causa de su desmemoria, que ahora dará paso a un giro más inesperado, cortesía de mi complejo de Víctor Hugo.
Mary Martin: ¡Bienvenida! Es difícil no perderse con la primera persona, porque sólo nos enteramos de lo que Shun, en este caso, ve. Pero espero no confundirlos mucho, o a mí, y salir viva de esta... Ikki empieza a amenazarme muy seriamente. Espero te siga gustando la historia para este tercer capítulo.
InatZiggy-Stardust: Espero el capítulo que viene sea de tu agrado. ¡El maestro Poe!, gracias, qué honor (sonrojo). La primera persona es un poco problemática, creo, ya que no nos enteramos de todo, pero espero estar a la altura del dulce Shun, ahora desconfiado por no saber qué pasa, gusto que no le durará mucho, y ya lo verás.
De nuevo mi agradecimiento a quienes dejan su comentario y a quienes leen sin dejarlo, muchas gracias por pasar a este humilde rincón y leer el resultado de mis obsesiones.
Copyright a Kurumada por sus personajes y su historia, gracias por prestárnoslos para jugar un rato.
Ahora sí, ya pueden pasar a leer, a mirar junto a Shun lo que va pasando...
3.- Una armadura
Frente a mí, sentado también a la mesa, el hombre de la cicatriz se disculpa y yo no sé si creerle. Dice que siente mucho el comportamiento de sus compañeros, que probablemente me confundieron, pues él los envió a buscarme en cuanto supo que iba a bordo de aquel barco. Te estábamos esperando desde la semana pasada, Ikki, agrega. Me acerca un vaso.
Cuando voy a preguntarle si de verdad me llamo Ikki él me ofrece un pañuelo, trozo de tela percudido, húmedo, y me ayuda a limpiarme la boca, la sangre casi seca de la frente. Bebo agua, respiro profundo. Ikki, repito. Me gustaría tener un espejo enfrente. Ikki, diría conmigo esa imagen. Para mí. Sacudo la cabeza, no estoy seguro de nada.
Ahora regreso, dice el hombre de la cicatriz, ya cerca de la puerta. Lo veo cerrarla con fuerza, escucho sus pasos apresurados. Observo esta nueva habitación; la misma pero sin cadenas, sin platos despostillados, sin la penumbra de la otra.
Tamborileo los dedos, miro los goterones que corren de techo a suelo en las cuatro paredes, algún bloque roto. Una de las patas de la silla cojea. Pasos que se acercan y siguen sin detenerse ni siquiera un instante, ¿dónde habrá ido…? Todavía no sé cómo se llama, salió tan rápido que no me dio tiempo de preguntárselo.
Después de un tiempo que se hizo largo mientras veía una y otra vez los goterones y las grietas del muro, mientras tocaba las astillas de la esquina de la mesa, el hombre de la cicatriz vuelve con un platón de fruta. Mi estómago se queja.
Anda, come Ikki, dice, extiende una mano, sonríe. Dudoso, tomo un fruto amarillento, de terciopelo, los dedos apenas firmes, como si fuera a quebrarlo. Estos duraznos recién los trajeron a las granjas de la isla, agrega, asintiendo, tomando a su vez uno. No se va a romper, me digo al ver la gran mordida que le da, su manera de apretarlo. Por mi parte hago el bocado menos notorio. No importa, por mi brazo escurre una gota que retiro con la lengua. Sigo pensando, no me atrevo a preguntarle por qué estaban esperándome o cómo se llama este lugar. Me creerá tonto.
Trago la pulpa un poco ácida, miro al otro lado de la mesa. Mi acompañante va por el segundo durazno. Duda entre uno pequeño y otro con una especie de musgo que cubre de verde la mitad de su piel. Al final decide no comer ninguno. Lleva las manos hasta su nuca, avienta la cabeza hacia atrás, adivino sus ojos cerrados.
¿Cómo te llamas?, pregunto, aprovechando que no me ve. Él apoya los brazos en la mesa y me mira con el ceño fruncido. Lo ofendí, seguro. Tal vez no era esa la forma de preguntar, quizá debí decir "disculpe, ¿cuál es su nombre?" en vez de tutearlo. Cuando voy a ofrecer disculpas por mi falta de educación, el hombre de la cicatriz arrastra la silla en la que está sentado, se levanta y responde: soy Shun, ¿no te lo había dicho ya? Le digo que no con la cabeza.
Shun, repito, y él agrega un lo siento, pensé que ya sabías cómo me llamo, mientras me toma por el hombro y me pide que lo siga.
Regreso, con Shun, al calor sin tregua de este sitio, a un cielo que pesa. Lo miro. No sé si me acostumbraría a las rocas y a este sol que parece no declinar nunca. Shun camina presuroso, como si huyera. De seguro ha vivido aquí siempre, igual que los hombres que me sacaron del barco y de la celda.
¿Cómo se llama este lugar?, pregunto un poco retrasado, no sé si Shun me escuche. Y es que va casi corriendo. ¿Dónde estamos?, insisto, gritando, o eso creo; a lo mejor el aire, tan caliente y grueso, vuelve un murmullo mis palabras.
Pero no es eso lo que quiero saber, sino si en verdad yo vendría a un lugar como este, si alguien, por voluntad propia, puede permanecer en esta desolación de piedras y casuchas oscuras, de fuego transparente arriba y sólido bajo los pies. Podría preguntar eso, pero temo ofender al hombre de la cicatriz, a quien dice llamarse Shun y asegura que mi nombre es Ikki.
De pronto mi guía desaparece. Quizás es el calor. O era un espejismo y todavía no hay nadie que me entregue mi nombre. Anda, date prisa, me dice de pronto, como asomado desde otra época. Apenas alcanzo a ver su rostro, su cabello oscuro y ondulado, la cicatriz entre las cejas, su brazo en alto, llamándome. No sé si sea real, pienso mientras arrastro dos piernas que tienen el peso de un par de rocas. Intento avanzar más rápido. Imposible, mi propia sombra parece jalarme, como si quisiera hacerme parte de ella.
Lo siento, me disculpo al llegar. Shun voltea, me ve desde el interior de una habitación idéntica a las otras. Una sombra sale por la puerta del fondo. El sol se cuela a través de algún agujero cercano al techo e ilumina la mitad del rostro de Shun. Su pupila izquierda brilla, le da la apariencia de un vidrio roto, de una daga. No sé, hay algo que no termina de gustarme de este sitio y de sus habitantes. Siento como si tuviera que estar alerta incluso de mi respiración a fin de despertar a otro día completo y sano.
Ven, me interrumpe. Sonrío, o lo intento, tal vez, por la repentina seriedad con la que él me mira. Esta es la caja que traías en el barco, si no te hubiéramos encontrado, también te la habrían robado. ¿También?, pienso, pero mi guía no me da tiempo de más y pone delante de mí un cubo enorme y negro. Me observa. Yo voy de su expresión seria a uno de los vértices superiores de ese objeto, más semejante al filo de un arma así, bajo el hilo amarillo que ha dejado de iluminar el rostro de Shun.
Me acerco, no muy seguro. Primero estiro el brazo, toco la caja, su brillo negro se clava en mi mano. ¿En serio no recuerdas cómo abrirla?, escucho, luego niego con la cabeza. Mira, me dicen, sólo tienes que jalar la cadena que está del otro lado y ya. El dolor en la frente vuelve, quiero agua, no estar aquí.
Como si el extremo de la cadena gobernara mi voluntad, la aferro a dos manos y tiro de ella. La tapa se abre, las placas laterales, también abiertas, le dan a la caja, ahí, a media habitación, sobre la única mesa, la apariencia de una flor a punto de marchitarse. Una flor de pétalos negros que envuelve el aire no sólo con su perfume rancio, sino con el sonido metálico de lo que guarda.
Me asomo al interior de esa explosión de luz negra. Aunque no quiera, aunque deseara alejarme de esta isla y regresar al barco –sin importarme si está hundido–. Veo una figura femenina encadenada, hecha de piezas negras, como la caja, como el aire de cada una de las habitaciones.
De pronto la figura se rompe y me rodea. Se me entierra en el pecho, me clava en mi sitio, vuelve insoportable el dolor de cabeza. No puedo mover ni un dedo. Shun se acerca y menciona algo sobre mi padre, muerto poco antes de mi llegada, algo sobre una herencia que sólo a mí corresponde como hijo único. Esa armadura te pertenece, dice, y yo lo escucho como si estuviera gritando, su voz ronca me taladra los oídos.
Se hace el silencio. La armadura duele. Tengo ganas de largarme, no importando si debo abrir la puerta a patadas, como lo hicieron en el barco aquellos hombres con los cadáveres. Pero no puedo. Eso es tuyo, Ikki, sigue hablando alguien, más allá del tornado que me tiene lejos del mundo. Esas palabras, unidas a las piezas negras de la armadura, me obligan a quedarme quieto, delante, también, de un espejo que se forma poco a poco en el interior del torbellino, con pétalos de aire endurecidos.
Ese espejo me muestra una silueta delgada, no muy alta, de cabellos verdes. ¿En verdad seré yo? No lo creo, ¿quién en su sano juicio se teñiría de ese color? A ver, probemos, susurro para mí, sonriendo. Muevo un brazo y la silueta mueve el suyo, abro más la sonrisa, saco la lengua, y la silueta sonríe más ampliamente y parece pensar que un médico le ordenó mostrar la lengua.
Soy yo.
Recuerdo mi deseo de repetir el nombre que me dijo Shun delante de un espejo. Este es el momento. Ikki, repito dos, tres veces. Me aprendo ese sonido. Ikki. La palabra parece no querer salir del fondo de mi garganta, la pronuncio en tanto mi sonrisa se vuelve una mueca alargada. Ikki. Un hombre joven de cabellos verdes llamado Ikki. Un huérfano con una armadura negra con cadenas y una caja negra como toda herencia llamado Ikki. Un pasajero en el barco, un prisionero por error en la isla, de nombre Ikki. Ikki. Tienes una biografía muy corta, Ikki, digo, me burlo, no sé si de mí. Estas palabras no embonan en mi cuerpo, a diferencia del ropaje de metal negro que es la herencia de mi padre para su hijo único, según Shun.
Falta algo más, escucho. El torbellino se diluye en medio de esa frase. Vuelve la soledad de la mesa a mitad del cuarto, el techo picado de polilla, las paredes, el agujero por donde se cuela el sol y el aire ahora no tan penumbroso. Shun queda delante de mí, sostiene algo con ambas manos, un hato de serpientes, pareciera.
Mientras observa ese objeto redondo y casi plano, dice que cuando sus mensajeros encontraron mi camarote en aquel barco ya me habían robado la otra caja, idéntica en dimensiones y contenido y sólo diferente en el color: era dorada. Y también que es nuestro deber recuperarla.
Le pregunto por qué pero no contesta. En cambio me acerca el objeto que sostiene, poniéndolo a la altura de mis ojos. El comportamiento de Shun, sus brazos estirados, y esa especie de disco que no sé si intenta mostrarme o embarrarme en el rostro, me impide repetir la pregunta. ¿De qué se trata esto?, es mi último pensamiento antes de sentir sobre la piel los arañazos de la cara interior de ese disco, antes de ver como a través de un túnel oscuro con dos salidas amarillas y blancas a lo lejos.
...Continúa...
P.D. Hay un cosmos muy agresivo por aquí, temo que cierta ave inmortal intente quemar los libros y la biblioteca donde trabajo conmigo adentro, por supuesto, ¡faltaba más!...
