¡Saludos, lectores!

Antes que nada, una disculpa por mi tardanza, la musa de la perversión se mudó a Espejo humeante, y no me permitió actualizar esta historia hasta la semana, finales de la anterior.

Fabiola Brambila: ¿Ves? Dije que nos íbamos a confundir junto con el dulce Shun… ¡Y ha ocurrido! Ya verás lo que viene.

SakuraK Li: Jajajajajajajaja, muy gracioso tu comentario… Algo así pasa, espero que no me quieras linchar en este nuevo capítulo, que se pone un poco más… ¿raro?, jajaja, no sé, espero que disfrutes a Shuncito.

ToT12: No es alterna, tiene que ver con la serie (de hecho tuve que ver de nuevo el inicio, jajajaj, información técnica a fin de poner a Shuncito, para fines de esta historia, en el lugar adecuado). ¿Máscara? Por ahí va la cosa, aunque creo que nos enteraremos junto con Shun, aquí la única que sabe es la autora… ¡perversa! (¿Quién dijo eso? ¿Ikki?)

Alyshaluz: ¿Zombies? Jajajaja… No, pobre Shun está confundido, y nosotras con él, ni modo, no hay de otra. A ver qué te parece este capítulo, se pone algo ¿extraño?

Carito357: ¡Sí, Ikki malo! ¡Y es que no hace otra cosa más que amenazarme! No sé dónde terminaré escondiéndome para que no me alcance su furia…

Kumikoson4: ¡Gracias por leer! Sí, pobre Shuncito, y todos, los maltratos del mayordomo son palabras mayores. Aquí la nueva entrega, espero te siga gustando y no te unas a la Asociación de Caballeros Pro-Desaparición de Tepucihuatl, presidida por Ikki del Fénix y cuyo secretario es Máscara de Muerte de Cáncer.

InatZiggy-Stardust: La política, ya ni sé qué decir, ni sé si lamentarme. Esos tipos harán lo que quieran y creo que ni Ikki podrá impedirlo… Jajajaj, sí son hermanitos en esta historia, ya verás lo que viene, ¿máscara? Por ahí va el asunto, nos enteraremos junto con el dulce dueño de mis quincenas.

Liluel Azul: ¡Gracias por unirte a los lectores de esta perversión, ejem, historia retorcida, ejem… Pobres caballeritos, tanto que sufrieron con el mayordomo. Espero te siga gustando la historia, que este cuarto capítulo, ¡cómo me costó! Creo que Ikki está atentando contra mi inspiración (espero que no lo haga más, tengo algunas cositas que escribir, jajaja).

Gracias a todos por pasar a leer, a dejar su huella en los comentarios. Copyright a Kurumada por sus personajes, que le pertenecen y que nos presta para torturar, ejem, perdón, jugar.


4.- Lobo

Fue como ver un par de pupilas blancas acechándome, a cada instante más cerca, más y más, como escuchar en el silencio el jadeo de unos belfos helados y grises. Como estar ante el líder de la manada sin arma alguna con la cual defenderme. Luego, mirando a través de ellas, esa sensación de peligro desapareció. Había amanecido de pronto y el bosque, ese infierno de siluetas azules, de dagas, sólo era la superficie de la isla, las piedras bajo el sol, tan ocres y desnudas como lo estarán cuando no haya nadie para mirarlas. Poco recuerdo de lo anterior a esas dos pupilas blancas, casi amarillas, sólo lo que ha repetido Shun desde antes de embarcarnos; que es necesario recuperar mi caja dorada. A cualquier precio.

Que es imperativo.

Estoy de acuerdo con él. Dice que será fácil apoderarnos de ella durante el torneo. Me lo explicó; varios hombres pelearán entre ellos por ese premio, y mientras se llevan a cabo los enfrentamientos, la caja estará a la vista de todo el mundo. Sin protección, por lo menos sin demasiada. No sería estético, dijo, sonriéndome. Y yo le contesté con un gesto que sentí torcido. Espero tengas razón, le solté antes de subir al barco. Ahora navegamos entre dos espejos azules donde una tormenta es impensable.

Miro por encima de la borda. Huele a podrido allá abajo, en el cuarto de máquinas. Shun debió deshacerse de los cuerpos, o por lo menos no permitir que matara al capitán. Sonrío, nadie sabe pilotear una embarcación; si supieran yo no tendría estas náuseas.

De pronto veo algo. Un espejismo, un corredor donde los cuerpos semidesnudos se trenzan y debo separarlos con los pies para poder pasar hacia la salida, para avanzar justo detrás de quien está conduciéndome. ¿Por qué? Me llevo las manos a la cabeza, me meso el cabello. Aspiro hasta llenar de brisa el último rincón de mi pecho. No alcanza, todavía tengo ganas de vomitar. Lo intento de nuevo; las náuseas se retiran un poco, lo suficiente para alejarme del barandal y bajar al camarote donde Shun sigue haciendo planes y soñando con el contenido de la caja dorada.

Me recibe con un "nos regalará el mundo, Ikki, ya verás". Y lo le respondo con silencios, la vista en su antifaz, en su vestimenta roja y azul. Una armadura, protegerá su cuerpo de las heridas, igual que a mí la que porto. Negra.

De momento no me importa el mundo; si es mía, en un principio no debieron haberla robado.

Le pregunto cuánto falta y él se encoge de hombros y observa sus puños cerrados. Le digo que voy a deshacerme de la tripulación muerta. Haz lo que quieras, responde, pero ya casi llegamos, no quiero que nos vayan a descubrir los guardacostas. No deberías preocuparte por eso, le digo antes de azotar la puerta y bajar al cuarto de máquinas.

Casi no soporto esas respuestas suyas, tengo ganas de partirle la boca. Tal vez luego; si esos hombres son tan poderosos como asegura, lo necesito. Después ya veremos. El guardia, los tripulantes, no eran necesarios –bueno, quizás el capitán sí–. Ahora todos ellos están muertos.

Mientras bajo recuerdo la cara de esos hombres, una compuesta de hollín y sudor, un trozo de carbón frío. Es algo confuso. En un momento estaban ahí, las armas al frente para impedir que tomáramos su barco, y al siguiente ya no respiraban. Sólo fue un segundo, o menos, lo que me tomó adelantar los brazos y largar contra ellos una especie de tormenta que les vació los pulmones y los hizo dormir para siempre.

Eran pocos, cinco o seis, y esta es una embarcación pequeña. Seguro no tendré problemas para arrojarlos al mar yo solo, si Shun o sus hombres no quieren ayudarme no importa. De cualquier modo no creo tardar, y confío en que nadie va a descubrirme.

Empujo la puerta. Los seis cuerpos –el capitán, los cinco empleados– reposan junto a los motores. Los tomo de los brazos y los arrastro por las escaleras uno a uno. A lo largo del pasillo. Como lo imaginaba, ningún trabajo me cuesta apoyar esos cadáveres en el barandal y sepultarlos en su inmensa tumba de agua. Lo único es que por instantes veo la expresión con la que abandonaron este mundo. Una aterrada, los ojos enormes y la boca, también, de par en par. Me molesta. Eso y el hecho de aún tener en los tímpanos sus gritos, sus ruegos para que me detuviera. Yo, porque ni Shun ni sus compañeros cooperaron para eliminarlos. Y gritaban demasiado, amenazándonos con denunciarnos. Debíamos hacer algo o no saldríamos de la isla.

Sin planearlo, el último es el capitán. Él opuso más resistencia que sus compañeros, nunca soltó su arma, intentó aferrarse a una de las columnas del puerto. En vano; la tormenta que salió de mis puños lo arrojó contra la pared semiderruida de alguna bodega y le arrancó de un solo golpe el aliento. Si no hubiera peleado tanto, pienso, quizá todavía estaría al mando. Pero ya nada se puede remediar, susurro casi como un reflejo, mientras veo cómo se hunde el uniforme antes gris y blanco de ese hombre entrecano, fornido casi hasta la gordura.

Terminaste, me interrumpe Shun. A lo lejos, el horizonte rojo. Detengo el impulso de darle el golpe que tiene su nombre y que guardo dentro del puño derecho. Sí, y sin su ayuda, respondo. No es necesario enojarte, Ikki, vamos a recuperar tu caja dorada, dice. Pero no es por eso mi molestia. Quisiera poder confiar en él por completo, y algo que ignoro me lo impide. No sé, a lo mejor mi malestar se debe al deseo de tener esa caja conmigo.

Lo siento, agrego, me gustaría llegar pronto. Shun me mira sonriendo un poco más ampliamente que cuando mencionó lo del torneo. A lo mejor mis dudas son por nada, a lo mejor sus maneras son esas, toscas.

Aparece una lejanía luminosa a esta hora de la tarde–noche. La ciudad, pienso, ahí están quienes me robaron la caja dorada. Veo a Shun a los ojos y descubro que ya estaba mirándome desde antes. Espéranos cerca del muelle, dice, y le respondo que quiero ir; no, que debo ir. Serás el factor sorpresa por si algo sale mal, responde. Si es eso, entonces es necesario que esté contigo, cerca de donde se esté celebrando ese dichoso torneo. Shun ya no dice nada, su respuesta es darme la espalda y recorrer el barco de proa a popa a zancadas. Como refieras, alcanzo a oír. Sonrío; si pensaba traicionarme trazó mal su plan.

Nos detenemos al fin. No en el muelle principal, sino en uno abandonado, o eso parece, uno sin iluminación ni vigilancia. Ya es noche cerrada. Recorremos callejones estrechos, también desprovistos de alumbrado, luego de reconocer las bodegas. Sólo una está abierta, y aunque llena de cajas, la imaginamos abandonada gracias a la apariencia de lo que ahí se guarda: pantalones casi deshilachados, playeras infinitamente sucias, sogas podridas de humedad. Perfecto; aquí regresaremos con la caja dorada, digo, sin recibir respuesta de ninguno.

Salimos. De nuevo la oscuridad de los callejones. Nuestra ruta desemboca en una construcción enorme, circular y altísima. El coliseo, murmura Shun. Así que aquí están esos ladrones pienso antes de decirle a los demás que los esperaré por aquí cerca. No tarden, agrego, más atento a las pantallas gigantes que a los compañeros de Shun y a él mismo.

Los veo confundirse con los curiosos que se asoman a la imagen enorme de una chica de cabello largo, morado por la iluminación, quizá. Yo hago lo mismo, un poco a la sombra del edificio de junto, una tienda o restaurante. En la pantalla, la joven enumera las constelaciones, que protegen a cada uno de los caballeros. Caballeros, me quedo pensando en la palabra en su habilidad de rasgar el cielo y de partir la tierra, y cuando vuelvo a prestar atención, la chica dice que quien gane el desafío galáctico obtendrá como recompensa la armadura dorada.

No pienso en que esa armadura es la herencia de un padre para su hijo, según Shun, o que su poder nos dará el mundo, sino en la joven. Sólo en ella. Porque de pronto quiero saber cuál es el color de sus piernas debajo de ese vestido amplio y blanco, tonto, o cómo se sentirán sus guantes debajo de la ropa, frotando el calor de la isla sobre mi piel.

Lo que pasa dentro de las pantallas me interrumpe. Entre los gritos de quienes observan casi no escucho, pero puedo ver a Shun colocando el pie derecho sobre la caja de la armadura, levantando sus puños contra quienes se enfrentan en un escenario hexagonal, rodado por cuerdas y por una multitud ahora de pie, tan ruidosa como la de afuera del coliseo. La chica protesta, Shun, desde su sitio, derriba al hombre que está de pie al lado de ella, un calvo vestido de traje y corbata de moño, luego ordena a sus hombres cargar con la armadura. Tres de los contendientes los persiguen.

Es momento. Sigo a Shun y a los otros a lo largo del camino por el que llegamos al coliseo. Me adelanto al muelle debajo de la temperatura nocturna, fría de pronto. Sonrío; quiero creer que estaba equivocado al pensar que iba a traicionarme.

No pasa mucho tiempo antes de ver aparecer a los demás. Traen la armadura separada en sus piezas. Ven, rápido, nos están siguiendo, grita Shun. Salgo de la bodega y cubro su retirada.

Frente a mí, un chico sin armas, con un brazo vendado, exige que se le devuelva la armadura de oro. Ven por ella, si te atreves, le digo mientras observo el asombro en su rostro, combinado con cierto temor, que refleja retrocediendo un poco. No es necesario repetirlo, responde a mi desafío. Pero cuando voy a atacarlo con la tormenta que mató a la tripulación del barco, me interrumpe un resplandor venido de más allá de las cajas.

Volteo, aprieto los dientes con furia: Shun tiene puesta mi armadura. Imagino su sonrisa debajo del casco, lo observo mirarse las manos, estirar los brazos. Y escucho de nuevo sus palabras, la promesa de un mundo en nuestras manos por medio de esa increíble arma, el ropaje dorado. Nuestras manos no, sus manos; entonces, tal vez, sólo estaba fingiendo, murmuro. El chico del brazo vendado desaprovecha mi distracción. Parece mucho más interesado en Shun que en mí. Y si…

De pronto se me ocurre permitirle el paso. El joven, aun con el brazo herido, asesta un golpe a Shun, despojándolo así de la armadura. Sus hombres se hacen con las piezas y corren rumbo a otras bodegas, al embarcadero, seguidos del muchacho de la venda.

Shun se acerca. Eres un maldito estúpido, por qué hiciste eso, ya la teníamos, sólo era cuestión de detener a Seiya, ahora espero que esos inútiles puedan conservarla. Así que ese es el nombre del chico, pienso. Qué bueno que Shun no puede ver mi sonrisa, es demasiado amplia. Confío más en tus hombres que en ti, le suelto a quemarropa, los puños a la altura de mi rostro, pensabas traicionarme quedándote con la armadura, ¿no es cierto?, se te veía bien, lástima que no te pertenezca a ti, sino a mí.

Su expresión no tiene pierde. Titubea, se mira los pies, las manos abiertas, sacude la cabeza, luego voltea hacia el pasillo por donde desaparecieron sus hombres. Hasta ahora lo había visto siempre seguro.

Te equivocas, me dice. Y sus palabras son tan vacilantes como sus movimientos. No lo creo, el que te hayas puesto la armadura lo confirma, eres un asqueroso traidor… Y en cuanto a tus hombres, voy a arrebatarles cada pieza, te lo aseguro, pues aunque confíe más en ellos que en ti, sigo creyéndolos tan traidores como su líder.

Shun cierra los puños, no sabe cómo responder a eso, y yo lo imagino delante de una manada de lobos blancos, sólo que esta vez el bosque de espectros azules es un muelle atravesado también del amarillo de las lámparas, un sitio donde es menos probable esconderse.


Continúa…

P.D. ¡¿Qué le hiciste a Shun?!, escucho, mientras un cosmos poderoso se enciende… ¿Algún voluntario que me apoye?