¡Saludos fidesemanescos, queridos lectores/víctimas!
Esta es la segunda parte, segunda, de mi doble actualización, a manera de disculpa por haberme alejado algún tiempo de aquí.
Esta ocasión la musa se puso, ejem, un poco intensa, no sé en qué libro asomó la nariz, pero el resultado, ya lo verán, fue que tuve que cambiar a la categoría "M" esta historia desmemoriada…
Fabiola Brambila: Ya verás lo que le espera a Saori, aunque siendo sincera, no creo que haya sufrido mucho, o quién sabe… Ya veremos. Espero te agrade este capítulo que me costó un poquito de trabajo…
Carito357: ¿Caballero? Este Shuncito, no lo creo, espero no traumarte, por lo menos no demasiado… Aquí verás que ni tiempo le dan a Saori de reaccionar, muajajajaja (ejem, lo siento, me están contagiando esa risita tipo Máscara de Muerte).
Tot12: Convertí a Shun en… mejor no lo digo, no todavía. A ver qué te parece el capítulo, creo que con esto me gané una mayor antipatía por parte del Fénix. Tendremos que formar un equipo contra él, a ver si así nos funciona la defensa.
Alyshaluz: Sherlock enloquecería con ese cambio de nombres. Ikki-Shun, Shun-Ikki, algo que cubre la identidad del dulce y bello Andrómeda, cómo lo reconocen… Sí, hasta el personaje de Conan Doyle se volvería demente, o duplicaría su dosis de tabaco. Esas bajas pasiones de Shuncito, en este capítulo va a desahogarlas.
InatZiggy-Stardust: Verás cómo el bello y antes dulce Andrómeda se pone un poco… intenso en este capítulo.
A todos muchas gracias por comentar y por leer el producto de mi ¿locura?, por llamarle de algún modo.
Copyright a Kurumada, por sus personajes, ya pueden pasar a leer. Y ahora sí, literal, ¡buen provecho!
X – X – X – X
6.- Encuentro
No existe este valle. Las rocas son nada, los murmullos de los abismos tan sin fondo que nos rodean a Shun y a mí se parecen al silencio de cuando alguien duerme debajo de una cripta. Este día es una ilusión, y yo soy otra. Porque estoy en la tibieza, en la oscuridad de aquella recámara, de aquella noche.
Shun mueve la boca, pone la mano en mi brazo, voltea, acompaña sus palabras con ademanes amplios, vuelve para sacudirme por el hombro. Yo asiento sin comprender, sin escucharlo siquiera. Sus tres compañeros están dispersos en el valle, y esos caballeros vendrán pronto, con las piezas que se robaron. Todo está en orden, como agazapado, esperando el momento de saltar. No importa; estoy en esa habitación con aquella chica del tonto vestido blanco.
Abro las manos y vuelvo a sentir el viento en las cortinas de su balcón. Sostengo el sobre con el mensaje para Seiya. Lo esperamos con las piezas de la armadura. Lo esperamos a él y a los otros para pelear. Esas palabras están en el papel, pero en mi cerebro no existe ni la pelea ni los caballeros. Sólo ella y su vestido de niña. ¿Cómo dormirá?, pienso, acaricio la ventana que, seguro, deja abierta siempre que hace calor, sin ocurrírsele que alguien podría entrar por ella.
Fue fácil. Evitar la seguridad, brincar la barda, esconderse en la frondosidad del jardín, junto a la fuente, saltar al balcón. Y encontrarse con la ventana abierta, con las cortinas siendo agitadas por el viento leve de la media noche, con un bulto que se acomoda debajo de las sábanas.
Adelanto un pie con cuidado. Demasiado; por el grosor de la alfombra podría correr y la joven no se despertaría. Pero así está bien. Quiero verla dormir el mayor tiempo posible. Quiero notar si su sueño es calmo, si tiene pesadillas, quiero mirar su cabello en la almohada y sus manos de niña que reza para que ningún extraño la amenace mientras descansa.
Me acerco. Sonrío al notar el sube y baja de su cuerpo, de su respiración. Tomo una punta de la sábana y la levanto. Me asomo. Sonrío: su ropa de dormir no es tan tonta como el vestido que usó durante el torneo. Toco su hombro redondo, desnudo, y ella suspira, se sumerge, dobla todavía más las piernas. Mi mano vuelve a la carga. Recorro su brazo, vuelvo para acariciarle el rostro. Se sacude, como si soñara que tropieza o que está bajando una escalera de caracol. Le planto una caricia en los labios.
Cuando se endereza, aún sobre la cama, yo la observo junto al clóset, hundido en una zona que la lámpara, una vez encendida, no alcanza a iluminar. Dudo; no sé si esperar a que concilie de nuevo el sueño o entregarle el desafío de una buena vez.
Una luz más intensa que la de la lámpara me obliga a decidirme. La chica ha prendido la araña de oro y cristales que cuelga en mitad del techo. Corro hacia ella, la tomo por la cintura, le tapo la boca antes de que se le ocurra gritar. Siento los pliegues de su camisón en los dedos, su espalda contra mi pecho. La aferro aún más. Algo me humedece la mano. Aunque llores no voy a soltarte, digo, mis palabras forman un torrente de veneno que va a anidar en el pecho de ella, que humedece la tela traslúcida que la cubre. Sabes, continúo, no te queda nada bien esa ropa de niña estúpida que traías el otro día en el torneo, y tampoco luce ante las cámaras, ¿por qué no te pusiste algo más semejante a esto?, pareces una princesa, una diosa griega, Y rozo la tela. No sé si es gasa o si la manera correcta de nombrarla es seda. Intento descubrirlo. Con los dedos, estrujando un poco la prenda, imaginando que es el cuerpo de la joven el que aprieto entre las manos.
Me gusta sentir sus escalofríos. Si pudiera, me llevaría a la boca las lágrimas que siguen humedeciendo mi piel. Para tener su sabor aun cuando ella no esté cerca. Pero no puedo aplazar más el motivo de mi visita.
Traje algo para tus caballeros, empiezo en un susurro. Ella deja de revolverse, está confundida, supongo, no sé. Sin dejar de cubrirle la boca, tomo el sobre y lo arrojo en mitad de la cama. Sonrío al ver esa estrella negra destacando en el cielo de algodón y encajes blanquísimos. Llévaselo a Seiya mañana mismo; todavía falta una semana, pero el tiempo vuela.
Mientras hablo la recorro con la mano libre. El cuello, el hombro y su tacto de durazno. Estrujo uno de sus senos por encima del camisón y bajo con la lentitud de quien no conoce el tiempo. Su cintura, sus piernas, la tibieza que adivino bajo su camisón. Empiezo a arrollar esa prenda. Y aunque quisiera sentir pronto la orilla, lo hago muy lentamente. Ella niega con la cabeza. No tomo en cuenta sus ruegos, su "no, por favor" silencioso. Pronto mis dedos descansan en su piel desnuda. Sus muslos. Muevo la mano hacia el centro, arriba, toco el canal entre sus senos, su vientre, la tela suave de su ropa interior. Bajo a la entrepierna. Siento el latir de una tibieza húmeda debajo de ese algodón, pero no lo aparto; no todavía. La chica, su "no", es más débil. Su aliento gana peso debajo de la mano que sigue cubriendo sus labios.
Mi respiración es también más densa. El vaho es una segunda máscara sobre mis mejillas. No tengo mucho tiempo, alguien podría venir, pienso al momento de hundir la mano todavía más. Busco la orilla de la prenda, una ruta para llevarme algo del calor que se esconde más allá del algodón.
Al fin la encuentro. El resorte de la cintura. Mis dedos descienden de nuevo, se impregnan con la tibieza de la chica del vestido tonto, con la suavidad de su vientre. Le rozo el lóbulo de una oreja con el borde de la máscara. La mano, completa, debajo de su ropa interior, aferra su entrepierna, masajeándola con el anular y el medio. Ella suspira, yo sonrío, su humedad entre las uñas. De pronto me distrae el viento en las cortinas, la media luna por encima de los árboles, delineando sus frondas a la manera de un horizonte. La chica aprovecha y logra soltarse, me toma por la muñeca, se vuelve, me arranca la máscara.
¿Tú?, dice, casi gritando
Me suelta. Yo le muerdo los labios, la golpeo en el rostro y la empujo a un lado del sobre negro mientras oigo que alguien se acerca en el pasillo. Siento la prisa de ese alguien, pese a la alfombra. Ya sabes, en una semana, ordeno, intentando olvidar el "¿Tú?" que nos interrumpió.
La puerta se abre. Alcanzo a ver una cabeza calva. Oigo el grito de la chica. Por el rabillo del ojo la veo acomodarse la ropa, cubrirse con la sábana, formar un ovillo, sollozar. Salto por el balcón. Desde el jardín noto los manoteos del calvo, me alcanzan sus "¡que no escape!" dichos en voz alta pero no las sombras que esas órdenes lanzan contra mí, el intruso que corre hacia la fuente y se oculta entre la arboleda, que salta el muro y se pierde al final de la amplia calzada.
¿En qué piensas, Ikki? Shun me trae de regreso al Valle de la Muerte. En nada, contesto, sonrío, me llevo el dedo medio a la boca. O sí, en que este valle será la tumba de esos ladrones. Shun responde a mi sonrisa con una chueca, amplia. Lo miro observar las otras piezas de la armadura. ¿Cómo sabes que soy Ikki, no estarás confundiéndome?, le pregunto.
Shun se vuelve ¿Cómo crees que podría confundirte? Nos conocemos desde niños, tu padre fue maestro mío, responde. Pero no se vuelve a mirarme, no sé si creerle. Me pongo de pie. Voy a caminar por ahí, quiero estar a solas un momento, le digo al ver sus ojos un poco más abiertos, su intención de seguirme. No reclama, y aunque se queda en su lugar no me quita la vista de encima.
Veo el trozo de cielo por encima del montón de abismos y acantilados que conforman este valle. Hyoga, la chica de blanco. Tal vez debí preguntarles. De pronto me duele la cabeza. Tendré que olvidarme de ello hasta después, cuando tenga de vuelta mi caja dorada.
Camino, la cabeza de una fiera de rocas me sorprende al desviar la vista. Aquí tendrán que llegar esos caballeros, aquí los sepultaremos, pienso, pero mi mente, de nuevo, se desvía hacia quienes parecieron reconocerme. Asombrados, como Shun. Tiene sentido; si ellos me robaron la armadura es lógico que me conozcan. Pero hay algo en su expresión… No sé cómo explicarlo, tampoco sé qué pensar. Cierro los ojos para concentrarme y sólo me veo a mí mismo luego de entregar el sobre negro, solo, al final de la enorme calzada, colocándome la máscara que la chica me quitó, pensando, como ahora, en que me conocen. Y no sólo por el asunto de la caja dorada.
Me detuve, nadie me perseguía. Se habían quedado lejos los gritos del calvo, el personal de seguridad de la mansión. Sólo conservaba el aroma de flores de la chica, el sabor de sus labios. Si no nos hubieran interrumpido…
Percibo un sonido. El viento un poco más fuerte. Miro de nuevo el cielo. A lo lejos, algo casi igual a una libélula, el tronar de sus alas recorre el valle, busca huellas incluso debajo de la roca más pequeña. Se trata de un helicóptero. El aparato se acerca, tremores más intensos anidan en los numerosos abismos que nos rodean a Shun, a sus hombres y a mí. Es el día, es la hora; son unos enemigos honorables, debo reconocerlo. Regreso con Shun, le pregunto si está listo, si ocultó la armadura, si sus tres hombres se repartieron en el valle para recibir a esos ladrones como se merecen. Todo está en orden, yo me quedaré aquí, esperándolos, a cualquiera de ellos, dice. Lo miro. Vamos a quitárselas, no te preocupes, agrega. Asiento, pero no es por eso que lo observo. Quiero leer en sus ojos que mi nombre es Ikki, que me conoce.
No encuentro nada. Sus pupilas me devuelven mi rostro enmascarado.
Empiezo a alejarme en silencio. Shun se adelanta unos cuantos pasos. ¿No entiendes que quiero estar solo?, grito, mi voz es la voz de las cañadas, de las enormes elevaciones rocosas. Si tropiezo con uno de ellos no saldrá con vida; además, todavía no confío en tus hombres, ¿y si los vencen?, agrego, el volumen es casi el de una confidencia. Deberíamos tener un segundo plan, digo para suavizar su ceño fruncido.
No te pierdas, accede mientras regreso a la elevación con forma de cabeza de fiera. Es uno de los puntos más altos. Desde aquí el helicóptero parece volar en más de una dirección, está encima de mi cabeza y lejos, allá donde termina el bosque. En ese vehículo viene Hyoga, el que me debe una. Ahí están las tres piezas de la armadura.
Vuelvo a pensar en la joven, ¿le habrá dicho algo a Seiya, habrá llorado después de entregarle el sobre, contándole lo que el mensajero le hizo antes de salir de nuevo por la ventana? Sonrío, agacho la cabeza. No lo creo. Consentir una caricia entre las piernas no es nada propio de una dama, supongo. Y por la fuerza, es una ofensa tan grande que no se puede admitir. Quizá la joven lloró hasta conciliar de nuevo el sueño y al amanecer despertó segura de haber tenido una pesadilla. Así está bien; de esa manera el asalto a su cuerpo me pertenecerá sólo a mí. Y lo atesoraré junto al ropaje dorado, herencia para un hijo, como lo es también esta armadura negra, guardándolo en la gran urna que sus guerreros me robaron antes de encontrar a Shun.
X – X – X – X
…Continúa…
¡Intenso, intenso!, ¿quién lo hubiera creído de Shun? Un caballero de bronce se acerca a reclamar:
¡Qué dem…
Un italiano sonriente interrumpe al Fénix.
–No te preocupes, tampoco deberías reclamarle, ni siquiera es tan ruda…
Es el turno de la autora de repetir el "¿Ah, no?" tan gracioso de Bradbury.
–No–, y se dirige a Ikki. –La hubieras visto cómo pensó y pensó y volvió a pensar y corrigió antes de nombrar mi hermoso trasero en su Espejo humeante.
¿Hermoso?, piensa la autora, asombrada por la poca modestia del caballero, y da un vistazo… Debe reconocer que en verdad es muy lindo, sí. –Es que… no sé bien hasta dónde es M y dónde ya infringí las reglas.
–Nah, se me hace que nunca has escrito esa palabra…
–¿Qué apuestas?–, dice ella, y sonríe mientras esconde un pequeño libro de tapas claras en la espalda.
–Estoy seguro, no te atreves.
La autora le alarga el libro. Cáncer pasa las hojas, lee junto con Ikki.
–Bueno, ahí esta, ¿pero, y esto qué es? No le entendí nada–, dice el Fénix, es su turno para molestar.
–¿Tenía que ser tan obvia?–, se defiende, un poco sonrojada.
–Te lo dije… Pretende ser ruda como…– y consulta un papel que trae apretado en la mano derecha –Anais Nin, y no llega ni a…
Los caballeros hablan entre ellos, en susurros.
–¡Hey, no me ignoren!
De pronto Ikki sonríe, ¿estás seguro?, le dice a Cáncer, el italiano asiente, sí, eso le va a molestar mucho.
–Hasta E. L. James es más ruda que tú.
¡Esto es demasiado!
–Mascarita… Mas-ca-ri-ta –recalca la autora para enojo de Cáncer. –Si no me dejas tranquila, te dejaré a ti en calidad de Bello Durmiente el resto de la historia… Y ya viste lo que sigue, ¿no?
El caballero dorado traga saliva y se retira a su templo. Te mantendré vigilada, amenaza el Fénix.
P.D.
E. L. James es autora de Cincuenta sombras de Grey, del cual se dice que no es muy recomendable, y que está inspirado un poco en...Crepúsculo. ¡Condenado cangrejo!
El libro de tapas claras existe, es un volumen de cuentos y poesía colectivo, publicado por una editorial independiente. Le enviaré mensaje a quien desee saber el título.
