¡Saludos, lectores!

Después de mucho tiempo sin actualizar (por el cual ofrezco disculpas), pongo a su consideración un nuevo capítulo de su telenovela favorita…

–Sí, así deberías llamarla, es tan mala como esos programas que desprecias–, interrumpe cierto caballero cuñado mío. Lo ignoro.

Ya en serio, se pone interesante el asunto, Shun empieza, quizás, a recordar, creo que falta poco para que se termine este enredo, un par de capítulos más, a lo sumo.

–Qué bien, Torquemada, los pobres hombres que la hacen de lectores ya deben estar hartos.

Prometo no desparecer tanto, y actualizar próximamente Espejo humeante (Mascarita palidece).

SakuraK Li: Muchas gracias por tus comentarios, ejem, ¿un poco loco? Nah, sólo fumado, ja, ja. Espero te guste este capítulo, donde la maraña va desenredándose de a poco.

InatZiggy-Stardust: Si no hubiera llegado el menordomo, seguro Shunny aventura la mano más lejos, aunque no creo que Saori haya sufrido mucho, muajajaja (Ikki se queda viendo feo a la autora)… A ver qué te parece este capítulo, ya se va arreglando todo, ¿o tal vez no? No sé, ji, ji.

Tot12: No lo leas, je, je, yo le eché un ojo al inicio del primer libro y con eso tuve, pero ya ves cómo le gusta insultarme al cangrejo ése con libros de poca monta… Sí, creo que me pasé de mala, y en este capítulo mi malvadez sube otro escalón, o tal vez no, ja, sólo es diferente a la del encuentro entre Shun y Saori. Espero te siga gustando.

Alyshaluz: Muchas gracias por seguir esta loca historia. Nah, Shunny ya no tendrá aventuras subidas de tono, sólo el episodio con Saori (no creo que le haya ido tan mal, ja, ja, ja). ¿Shun el Andrómeda Negro?, no… Aquí empezará a desenmarañarse todo. El libro se llama Antología mínima del orgasmo, y creo que ahí sí fui menos ruda, como dice el buen Mascarita, que ya sabe que me molesta que me compare con esos libros comerciales de los que tanto pretendo alejarme. Espero te guste esta entrega, subida de tono pero de forma diferente.

Fabiola Brambila: El libro es Antología mínima del orgasmo (sonrojo) y creo que el Masky tuvo razón al decir que no fui tan ruda. Ese Shuncito, creo que no le amarraron las manos de chiquito (¡¿qué dices de mi hermano?!), ejem, gracias por lo de bien escrito, me da un poco de pena escribir de esos temas (¡Les dije, les dije, ni siquiera es tan ruda! La autora le tira un puñetazo a Máscara de Muerte). ¡¿Sade?! Eso sí es rudeza, yo he hojeado un poco algún libro y O.O ejem, ¡qué cosas escribe la gente! Anais Nin era amiga de Henry Miller, leí un libro de ella Pajaritos, cuentos de los cuales sólo me gustó el primero, los demás como que no mucho, pero bueno, seguro ella es infinitamente mejor que esa de las Sombras de Gray, que tan malos comentarios he oído, libros hechos sólo para vender…

Ahora, el merecido copyright a Kurumada por sus lindos personajes, con los que nos divertimos y nos complicamos todavía más la existencia. Ya pueden pasar a leer…

X – X – X – X

7.- Lucha

Observo cómo el puño de Shun perfora el pecho del rubio, como si su cuerpo estuviera hecho de una capa muy frágil de hielo. Veo la sangre de quien se hace llamar Cisne, el brazo de Shun, que comienza a ser azul, iridiscente como lo fueron mis piernas allá, en el muelle. Sonrío, aunque me hubiera gustado que el Cisne fuera el vencedor. Pero quizás en parte fue culpa mía el que Shun lo derrotara. Seguro terminó debilitado luego de la pelea con el Cisne Negro, luego de enfrentarse también a mí.

Entonces oí ruidos detrás de una roca, sentí cómo el ambiente se volvía blanquizco y frío. El rubio, pensé antes de acercarme, antes de ver cómo su oponente se arrancaba el emblema del Cisne, cómo se desvanecía en una pared de hielo ante el desconcierto del caballero.

Conmigo no será tan fácil, susurré al resguardo del peñasco. El eco trajo hasta mí su respiración, entrecortada por momentos, contenida, intentando recuperarse. Permanecí de espaldas. Aun así imaginé sus puños llenando de pliegues el viento de la tarde, su mirada baja, sus pensamientos. ¿De quién se trata?, seguro se dijo, intentando encontrar una sombra que pareciera humana sobre las rocas. Pero yo continué confundido con el enorme peñasco, mi silueta como un fragmento de suya. Reí hacia adentro; de alguna manera el juego de las escondidas no nos hacía ver ridículos.

Quién eres, déjate ver, dijeron. El "cobarde" que a continuación escuché, vestido de murmullo igual que mi advertencia, hizo mi sonrisa más amplia. Asomé el perfil, la espalda todavía contra la roca, la pierna derecha también apoyada en ella, los brazos cruzados. No te será tan fácil, repetí, ¿me recuerdas del muelle?

Silencio. Salí de mi escondite. Me debes una, Cisne, dije alzando la barbilla. Mis palabras lo pusieron en guardia, los brazos hacia adelante, las manos abiertas, concentrando entre los dedos la respiración de los polos. Solté un poco de aire, que se convirtió en vaho. Recordé el dolor en las piernas, los largos minutos en que las froté sin aminorar nunca el malestar. Y entonces apreté los puños, como quizá lo hizo él antes frente a su enemigo oculto en el acantilado. Y algo dentro de mí empezó a hervir.

Extendí los dedos, igual que el guerrero rubio, y fue como si se reuniera alrededor de ellos todo el viento de las cañadas. Te juro que lo del muelle no va a quedarse así, le dije, lo encerré dentro de un vórtice apenas contenido. Él casi no podía moverse, respiraba a medias: mi connato de tormenta estaba arrancándole el aliento.

Un segundo de descuido hizo que una corriente de viento helado creciera entre las manos de mi oponente. Alcanzó a lanzármela, pero mi tormenta la diluyó en un hato de estambres blancos que el sol de la tarde acabó de borrar.

–Oí lo que dijiste: una misma técnica no funciona dos veces con un caballero. Deberías estar consciente que no podrás congelarme de nuevo, Cisne.

El viento alrededor de sus manos bajó aún más de temperatura. Respondí con una descarga idéntica a la que mató a la tripulación del barco que me llevó a la ciudad junto con Shun y sus hombres. Pero el rubio era un guerrero, no alguien ordinario como el capitán.

Se liberó. Un nuevo ataque flotó entre los dos: su frío y mi corriente quedaron estáticos, a medio camino, balanceados. Si cualquiera perdía la concentración, si él… Decidí no esperar, imprimirle más velocidad a la tormenta.

La potencia de mi ataque arrojó al rubio contra el muro de rocas. Sonreí al ver sangre en la comisura de sus labios, en lo inmaculado de su ropaje. Intuyendo una descarga más de aire congelado, lo mantuve quieto. ¿Por qué?, escuché, una pregunta de cristal, rota al segundo de nacer.

Puse más atención en sus dientes apretados, en sus párpados. Hyoga intentó separar los brazos de la roca, pero mi tormenta hizo que permaneciera inmóvil. A merced mía. Entonces se me ocurrió arrojarlo al abismo; eso lo remataría.

Lo aparté del peñasco y sus pies se despegaron aún más del suelo.

–Podría dejarte caer en este instante si quisiera–, dije, sonreí. El rubio casi flotaba sobre el acantilado.

–Shun, ¿por qué nos traicionaste y decidiste ayudar a tu hermano mayor?

La pregunta me detuvo, otra vez el tono frágil del "¿por qué?" anterior. Fue un susurro, una lágrima a punto de resbalar. Me conoce porque ellos robaron mi caja dorada, ¿pero llamarme Shun?

–Estás confundido. Voy a repetir mi nombre para que esta tormenta lo grabe sobre tu tumba. Una sola palabra será tu epitafio: Ikki.

Me hubiera gustado dejar caer a Hyoga, asomarme para imaginar cómo sus huesos se quebraban, cómo el filo de las rocas abría su piel, cómo su sangre dibujaba siluetas sin forma al fondo del barranco. Pero el tono de su pregunta seguía zumbándome en los oídos. Traición, Shun, hermano, mi hermano… El dejo de dolor, con los instantes, no se evaporó; por el contrario, ganó peso, el eco que lo contenía generó otro eco dentro de sí, y ese otro y otro y otro más… Esos sonidos estaban dándole cuerpo a aquella decepción que debió irse desde el principio, a aquella tristeza.

Me detuve, aunque de momento no lo liberé. Decidí arrojarlo de nuevo contra la pared y dejarlo nada más inconsciente sobre el estrecho pasillo. Hyoga, ¿me conocerás? ¿No estarás confundiéndome?, pienso ahora, pensé entonces, cuando me retiré para buscar a Shun, para pedirle explicaciones y tratar de leer en su rostro si él era el mentiroso o si el Cisne me confundió para salvar su vida.

Caminé. Pensé en Shun al final de las cañadas. Está esperando a quien llegue, susurré. Las cañadas repitieron para mí sonidos metálicos. Son los enfrentamientos, seguro, dije, esperando, no sé por qué, que los ladrones de mi caja dorada vencieran a los hombres de Shun.

–¡Devuélveme mi armadura!–, escuché de pronto. Levanté la guardia y miré hacia atrás, hacia arriba.

Ahí, por encima de uno de los innumerables peñascos, me esperaba una sombra de cabello al hombro y ropas negras.

–¡Ladrón!

El insulto del desconocido provocó al interior de mi pecho la misma reacción de cuando recordé el ataque de Hyoga en los muelles: algo hirviendo, un cráter hecho con el enojo de una acusación injusta, falsa, con las dudas acerca de la sinceridad de Shun.

–Ven a repetir eso en mi cara.

La sombra no esperó una segunda invitación. Bajó de un salto, me encaró, siguió hablando, el ceño fruncido. Liberé la tormenta que había guardado al enfrentarme al rubio. Ese hombre no tuvo la misma suerte que Hyoga. El agujero que se formó justo a la mitad de la corriente lo levantó del suelo como si su peso se hubiera igualado a cero de pronto. Su cuerpo cavó un agujero en la piedra antes de caer al abismo. Yo guardé silencio al instante de asomarme, no por respeto a un enemigo vencido sino porque no quise que hubiera huella de palabras póstumas en su lápida.

Lo vencí en un parpadeo, pienso. Él no tenía armadura y yo no me serví de las cadenas de la mía. Creo que debí permitirle hablar más. Y me parece que todavía lo escucho. Esa armadura negra no te pertenece. El Fénix me la pidió para dártela. Está usando tu cosmos para obtener la armadura de oro. Él es Ikki y no tú. Él es… ¿Mi hermano?, completo ahora, repito sus frases; quiero grabármelas antes de que el aire frío de estas cañadas las desgasten. Fue un error, si le hubiera concedido otros segundos…

Pero quien va a responderme aún está vivo. Respira, acaba de dejar atrás a un oponente vencido. Hyoga. El rubio yace junto a un amontonamiento de rocas, se desangra a solas. Shun, si es que tal nombre lleva sobre los hombros, se aleja sin voltear. Sigo esa espalda amplia y recta, piso encima de sus huellas.

Paso junto al cuerpo desparramado del Cisne sin verlo.

–¡Ikki!

Funciona. Shun voltea. En su rostro hay un poco de desconcierto. ¿Qué sentido tiene gritar tu propio nombre?, dice. Pero sus burlas no me distraen.

–¿Es que quieres jugar con el eco?

Leo cada uno de sus gestos. Miro con atención su sonrisa chueca, con la que parece haber nacido, sus ojos como insectos azules que quisieran huir muy lejos de las cuencas, sus brazos tensos aunque no terminen en puños, en temblores de impotencia al saberse descubierto. Tú eres Ikki, susurro, todavía sin estar seguro por completo. Shun ríe, se acerca a mí. Alrededor de él se forma un aura roja, anaranjada. El viento se llena de oleadas tibias al principio, quemantes al transcurrir unos pocos segundos.

–Y qué si así fuera…

Lo observo, el rubio y aquel hombre de ropas negras tenían razón… Quizás… Encaro a Ikki mientras se me ocurre que es extraño nombrarlo como él me llamó desde que lo conocí.

–Mi nombre es el que diste como tuyo en aquella isla, ¿no es así? ¡Contéstame!

Silencio. Un trozo de noche cubre sus sienes. De pronto empieza a reír.

–Tardaste demasiado, ¿cómo es que te diste cuenta?

Sus palabras hacen que me sienta un imbécil. No pienso decirle que Hyoga y un subordinado suyo, ahora muerto, fueron quienes me alertaron.

Eso no importa, grito, seré yo quien obtenga la armadura de oro. La sonrisa de Ikki amenaza con borrarse. Al final, y casi vestida de mueca, se hace más amplia.

–Eso si yo lo permito.

Aprieto los puños. Me pongo en guardia, percibo en él esa especie de erupción que llenó mi pecho ante Hyoga, ante el desconocido de negro. Igual enojo, furia idéntica. El Cisne podría estar en lo cierto: tan parecidos sentimientos bien pueden provenir de dos hermanos. Pero eso no va a detenerme. Ikki me engañó para quedarse con la armadura que Seiya, Hyoga y el guerrero de cabellos largos me robaron, en caso de que tales palabras sean ciertas, y ahora va a pagarlo.

–No creas que voy a preguntarte–, digo, una carcajada. Sus risas son contagiosas. –Vamos, pelea Ikki…

X – X – X – X

Continúa…

¡Una pelea entre hermanos!, sí que soy perversa… La autora de repente olvida su emoción y se acerca a Shun, que está callado y cabizbajo. Acaba de leer el final.

¿Qué tienes, Shunny?

Es que…

Ella lo sabe, el tierno caballero nunca atacaría a su nii-san. Pone una mano en el hombro de Andrómeda e intenta consolarlo:

No te preocupes, nada malo le va a pasar a Ikki.

Eso espero, más te vale, voy a vigilarte, escucha a sus espaldas mientras Shun intenta sonreír.

¿Lo prometes?

La autora dice sí con la cabeza, pero empieza a repasar las oraciones que se sabe, que no son muchas, y piensa en los dioses que podrían defenderla: Ogun, Obbatalá, Huitzilopochtli, Tezcatlipoca, el de arena… Sólo espero que a Ikki se le olvide leer el próximo capítulo, piensa.