¡Saludos de media semana, lectores!

–Hey, ¿aún crees que van a leer? Han de estar de vacaciones.

Ignorando las burlas de mis anti-fans, espero que estén descansando mucho estos días, o que empiece bien su descanso, si es que no tienen todavía vacaciones.

Las mías, creo, se notan. Me dieron esta semana completita (la autora sonríe y grita, Ikki dice por lo bajo que disfrute cuanto pueda, pues serán unas vacaciones muy cortas… La autora no sabe a qué podría referirse). Así, en medio de mis labores de cenicienta, me fue posible terminar este capítulo casi en tiempo récord. ¡Ah!, y aprovecho para pedir disculpas por no actualizar tan seguido mi Espejo humeante, pero a la musa se le secó un poco el cerebro para esa historia, además tiene un poquito de trabajo… Y a veces nada más no sale, aunque esté el tiempo y la idea, se niega a desarrollarse en el papel.

SakuraK Li: Gracias por tus comentarios. Eso de sin corazón me recordó un cuento de Oscar Wilde (I love!) que se llama "El pescador y su alma", es lindo, bello, hermoso, ejem, y pues también incluye las maldades de un ser sin corazón. A ver qué te parece la pelea entre hermanitos, me costó un poco de trabajo, es corta, no así sus consecuencias…

Alyshaluz: Muchas gracias por leer y comentar… Ya ves cómo es Ikki-Shun, envolvió a su hermanito con sus engaños y al mismo tiempo a los lectores (de milagro no acabé tan confundida como los demás). Espero disfrutes de este casi final de la historia… Creo que me pasé de malvadez.

InatZiggy-Stardust: Muchísimas gracias por seguir mis locuras/perversiones… Esa pelea entre manitos tendrá consecuencias no muy agradables para los dos. Espero te guste este preámbulo al final. Los acontecimientos van tomando su curso, no sé si bueno para el dulce Shun alias dueño-de-mis-quincenas, pero qué le puedo hacer.

A todos, muchas gracias por entrar a este rincón. Copyright a Kurumada por sus bellos personajes, los cuales nos presta para hacer sufrir y para sobrecargar de trabajo a nuestras musas.

Ahora sí ya pueden pasar a leer, este capítulo es el penúltimo; en el próximo (que espero no tarde mucho) veremos el desenlace de esta desmemoriada historia en primera persona, narrada por el lindo Shun…

X – X – X – X

8.- Para despertar

¿Qué es esto? ¿De dónde tanta oscuridad? No sé si el mundo se acabó, si un hocico de sombras se ha tragado cuanto conocía y ahora sólo estamos lo negro y yo. Lo negro. Lo veo, le busco la frontera, intento rozarlo siquiera. Nada, ninguna ondulación responde a mis dedos abiertos. Toco una vez más. Nada. Esto es la desesperación, un grito mudo, una enorme vaciedad que escurre por los miembros y acuna a su víctima en medio de un sueño de no acabar. ¿Qué es?

¿Fui yo? ¿Es mi culpa? Recuerdo estar frente a Ikki, al mentiroso que antes se hizo llamar Shun, y extender un brazo, casi como ahora. Lo amenacé con una mano abierta y desnuda, con un deseo –¿una premonición?– en el que la Tierra se devastaba a causa de la violencia de mis tormentas.

Y él sonreía –sonrió, sonríe– y me dijo: "No deberías molestarte, nadie es capaz de vencer al Fénix". Y yo seguí en silencio, casi midiendo sus palabras, sin sonreír, la vista entornada. Más allá de mi amenaza estaban los acantilados, ahora vacíos. Pero los acantilados no se interpondrían; mi tormenta iba a azotar a Ikki contra las rocas.

–Siempre hay una primera vez.

El mentiroso se quedó en silencio y me pareció ver cómo su sonrisa se hacía un poco más opaca, preludio de este negror.

No le di oportunidad ni de contestar ni de que separara más los brazos. Lo inmovilicé con la tormenta y esperé. Quería verlo: parecía un cuervo de fuego intentando escapar de una jaula con barrotes color carmín. Me extrañó ver tal tonalidad en mi ataque; ante el Cisne, ante la tripulación aquella, un ligero tono coral lo había cubierto. ¿Qué era ese color? Cuando lo supe, o lo intuí, fue mi turno para mostrarle a Ikki una sonrisa tan chueca y amplia como la suya.

–Si así lo deseara, podría matarte ahora mismo con uno solo de mis pensamientos, Ikki–, exageré; aunque la furia hacía resplandecer con ese rojo mi tormenta, no estaba seguro de tal afirmación.

Ikki intentó liberarse. Lo siguiente fue su cuerpo haciendo un agujero profundo en la roca y después cayendo al abismo.

Igual que su hombre antes, mi silencio fue el sudario de aquel despojo. Mentiroso, sonreí, creíste que me usarías por siempre. Un escupitajo. Después llegó esta oscuridad.

Doy un paso, me acerco al núcleo de la bruma negra. O eso creo. Siento vértigo aun cuando ningún abismo se muestra ante mis ojos. Otro paso, otro más. Son cortos y titubeantes; no me gustaría caer en uno de los acantilados y acabar muerto junto a Ikki sin siquiera saber de qué tamaño era la roca que me partió el cráneo.

Atacaste a tu hermano mayor, escucho. La frase me taladra los oídos. Y no dejo de escucharla. Está tejida con una voz de martillazos, con repeticiones, variantes leves que guardan el mismo significado: levantaste tu puño contra un mayor, golpeaste a quien deberías respetar.

–¡Silencio!–, me parece que grito. Sólo parece, pues aunque la palabra desgarra mi garganta, no va más allá de poca distancia; seguro sería un susurro para alguien a mi lado.

Los reclamos callan. Al fin. Pero han dejado un cierto halo de iridiscencias que me da más escalofríos que la oscuridad total de antes. Camino hacia allá, sigo avanzando hacia esa pluma de luz aunque quisiera detenerme. De ahí surge cada una de las acusaciones: le faltaste al respeto a quien te protegió desde bebé, a tu padre y madre, al niño que para formar una barrera en torno a ti se hizo adulto desde los tres o cinco años, y no sólo eso; no conforme, lo arrojaste al abismo. Lo mataste. Lo mataste.

–¡No es cierto!

Los "Lo mataste" callan en cuanto mi mano toca una puerta que se abre antes de empujarla. Cuando me acostumbro a la oscuridad noto una habitación amplia, casi desierta a no ser por una mesa y una silla colocada contra la pared.

No estoy solo, como pensé al entrar. Una débil luz que al principio no estaba, haz venido de no sé dónde, me muestra a otras dos personas. Aguzo la mirada. Una de las siluetas es pequeña. Lo veo. Es Ikki, estoy seguro. Tiene nueve años, tal vez menos. Lo reconozco por el cabello oscuro, por su sonrisa chueca del inicio. Parece aún más indefenso delante de la segunda silueta, que de pronto es la de un gigante, la de un ogro. Ikki aún no lleva la cicatriz entre las cejas.

El rectángulo grisáceo que se hizo amplio al entrar se borra del suelo. Es la puerta; acaba de cerrarse, adivino, espero poder salir después. ¿Y bien, qué querías decirme?, pregunta una voz grave hasta la ronquera, cuya quietud alerta los nervios. Tomaré también el castigo de Shun, dice Ikki. Alcanzo a ver sus ojos entreabiertos, sus puños apretados. El niño baja la cabeza. ¿Estás seguro?, tu hermano también debe pagar por el daño irreparable al jarrón y por descuidar su entrenamiento, dice la enorme silueta mientras marca el muro de la izquierda con su sombra. Ikki asiente. Niño estúpido, si así lo quieres… escucho en un susurro. Luego, sobre el yeso, distingo un brazo que se adelanta, la barbilla alzándose sólo un poco, lo suficiente para que Ikki volteé y dé varios pasos cortos en dirección a la mesa. Quítatela, ordena la enorme silueta. El niño se frota las manos, no sabe qué hacer con ellas, se retuerce con insistencia los dedos antes de tomar la orilla de su playera y deslizarla por encima de los hombros. Se apoya en el filo de la mesa en tanto la silueta se hace más grande y ancha. No puedo alejar la vista aunque quisiera, no; alguien debe ser testigo para que lo negro de ese cuarto no se trague lo que va a pasar.

Separa las piernas, más, le ordenan, además tienes que contar. Ikki asiente, ¿hasta cuánto?, pregunta con un hilo de voz. Veintic–treinta, decide al fin la silueta, después de un titubeo. El pequeño vuelve a entornar los ojos, la cabeza baja para ofrecer al verdugo la curva de su espalda morena y desnuda. Y si te equivocas empiezo otra vez, ¿entendido?, le advierten. Silencio. ¿Entendido?, insisten casi a gritos. Sí, señor.

La pared registra nuevos movimientos. El brazo derecho en alto, un objeto flexible y delgado, largo, entre los dedos. Una pausa y se escucha el corte en el aire, la fusta sobre la piel, un "uno" hecho de suspiros. No te escuché, dice la silueta, ríe por lo bajo, vuelve a golpear. Uno, repite el pequeño en voz más alta, inclinado sobre la mesa. Dos, tres, cuatro, los azotes y la cuenta van en sincronía.

Deténgase. Aprieto los dientes como si mi propia piel recibiera el castigo, escondo el rostro entre las manos. Algo parecido a un sollozo. Por favor, no es justo, si el hermano de ese niño actuó mal también merece… Su hermano Shun… Yo… No. Ikki es mi hermano. Ikki es mi hermano. El guerrero rubio tenía razón. Pero ahora está muerto. Como Ikki. Y es mi culpa. Las dos muertes. Ikki me protegió en su regazo cuando lloraba de hambre. Ikki se plegó a la autoridad de alguien para poner un techo encima de los dos. Ikki… Ikki. Él se irguió delante de mí para que no me alcanzaran las burlas de los otros niños, para que se detuvieran sus puñetazos luego de un mal partido de fútbol. Ikki se presentó vulnerable y semidesnudo ante la fusta de esa silueta negrísima para evitar que también me golpearan. Y luego… luego lo engañaron, porque recuerdo gritar bajo los golpes. Y llorar, la espalda descubierta, como la suya. Y también recuerdo sus frescas curaciones, su regazo, de nuevo protector en torno a mis hombros. Y sus manos recogiendo mi llanto. Ikki. Pero, si tú eras… ¿Cómo? ¿Cómo fue que tomaste mi nombre y me otorgaste el tuyo para robar la armadura dorada? ¿Para herir a personas inocentes y a… quiénes? Hyoga, Seiya, el caballero vestido de blanco, el de cabello largo, ¿Shiryu? Ellos… Ellos eran huérfanos junto a nosotros, ¿por qué quisiste herirlos, matarlos?

¿Por qué?, vuelvo a preguntar. Nadie responde. En cambio, al fondo de mis pensamientos se va formando una caja pequeña con un agujero. Una mano se introduce, saca un papel, le deja el sitio libre a otra mano, que repite el procedimiento. Ambas son pequeñas. La última vacila unos instantes, vamos, no tenemos todo el tiempo, la apresuran. Y entre los dedos blanquísimos aparece una tira larga. Isla de la Reina Muerte, alcanzo a leer. Y veo el rostro confundido del dueño de la mano, su temor cuando niega conocer un sitio con tal nombre. Es… Soy yo. Es mi cabello, son mis ojos verdes, la sudadera gastada de las cincuenta vueltas al patio por la mañana. Pero no conozco ese lugar. Yo conozco… Otra isla, una cuyo nombre se amolda a los labios en vez de golpearlos. ¿Andrómeda? Sí, isla de Andrómeda. ¿Y entonces?

Entonces aparece el mayor de los niños. Ikki. Necesito unas vacaciones, iré en su lugar, dice. No puedes, aunque seas su hermano, intentan detenerlo. Él no hace caso y arrebata el papel de entre los dedos del menor. Ikki… Ikki fue a ese sitio. Y yo lo conozco por el odio que contienen los ojos de mi hermano… Mi hermano, es raro dirigirme a él así. Mi hermano mayor. Ikki…

La cuenta continúa, borrando la visión de esa noche de tormenta y sorteo de lugares. Diez, dieciocho, veinte, veintitrés, veinticinco. La firmeza de la voz de Ikki empieza a resquebrajarse. Veintinueve… Treinta. Mi hermano cae de rodillas, las manos aún aferradas a la mesa. Se inclina un poco más, recupera el aliento, alcanza su playera, se viste, se pone de pie intentando no trastabillar. ¿Por qué no lo escuché, por qué desde afuera todo permanecía en silencio? Quizá no supe, quizá por egoísmo…

La silueta abre la puerta, la fusta es un péndulo junto a su pierna derecha. Desgraciado, pienso, lo alcanzo, es un niño, ni siquiera se defendió, ¿por qué lo hiciste?, reclamo. Obtengo su indiferencia, una risa leve cuando ve caminar a Ikki hacia el patio.

–Te estoy hablando–, aprieto su hombro. La silueta se vuelve, me clava los ojos sin dejar de sonreír. Grito: a la escasa luz distingo mi rostro sobre lo ancho de su traje oscuro.

–¡Vamos, Shun, no hay tiempo!–, dice alguien cerca. Me jalan.

Cuando la oscuridad se dispersa me veo otra vez en el sendero. Ikki yace muy cerca de un peñasco enorme que amenaza con caer. No se mueve. El viento me golpea el rostro. Junto a mis pies hay una máscara. La observo unos instantes antes de inclinarme y tocarla. Está rota por la mitad, rota y polvosa, pero su mirada escarlata sigue asustándome. Y esos largos colmillos torcidos, sobresaliendo en una boca cuadrada… Rozo el interior de esa máscara con la mano derecha mientras la izquierda palpa mi rostro. Ahí está, reseco en la zona de los pómulos, cubierto de gotas frías de sudor en la nariz y la frente, en el mentón, alrededor de los labios.

–¡Esto se derrumbará, ven, tenemos que irnos!

–Pero, Ikki…

Mi queja, confiada a Seiya como en un sueño, es la señal para estirar los brazos en un intento por alcanzar a mi hermano.

–Tenemos que llevarlo con nosotros, no podemos abandonarlo aquí, Seiya, no, podría morir, ¡suéltame, déjame ir por él! ¡Ikki!

De nada sirven mis forcejeos. Seiya me obliga a ir con él, en tanto Hyoga y Shiryu se aproximan a Ikki, a las otras piezas de la armadura, para recuperarlos.

–¡Seiya suéltame, por favor, tengo que ir a ayudar a mi hermano!

Nada. El abrazo del huérfano que metía todos los goles se hace más rígido, las rocas empiezan a caer sobre el sendero que dejamos atrás. No distingo ni a Shiryu ni a Hyoga. Y mi hermano… Una lágrima se entierra en mi rostro. Quisiera morir junto a él. Pero ahora es tarde. Demasiado tarde.

X – X – X – X

continúa…

La autora entra en la última sala y se esconde; nunca le había parecido tan útil esa casita en el área infantil. Medio transparente, un poco destartalada, pero buen escondite. ¿Y si me ve?, piensa al notar lo traslúcido de la tela, no, quizá me confunda con uno de los cojines; además no tengo cosmos, no puede rastrearme usando el suyo.

La sonrisa se le congela en cuanto escucha voces, pasos.

No, nii-san, ella no está aquí, ya terminó su turno. Seguro ya se fue.

Nadie la vio salir, Shun. Sé que estás protegiéndola, aunque no hay razón para ello. ¿Ya viste lo que nos hizo? ¡Te usó para matarme! Y falta el final; con ella sabemos que no será nada lindo. Está loca.

Silencio. A la autora le gustaría olvidarse de respirar. Shunny es tan lindo, piensa, espero que quiera seguir hablándome después de lo que le tengo preparado para el último capítulo…

Pero…

Nada de peros, Shun. Se cree capaz de escribir como esos autores que tanto le gustan, esa Morrison, ese Carpentier, esa Woolf y el tal Rulfo, pero no por eso va a seguir torturándonos. Ya me estoy cansando.

Una tercera voz se une a las anteriores:

En el módulo no me quisieron decir qué libros ha estado leyendo. ¡Ah!, y tuve que donar ese grueso que compramos la vez pasada, Ikki, el de Isabel Allende.

Las voces se alejan, una afirma que buscará libros de Carpentier para la secuestrar a la musa de la escritora. Una carcajada, alguien pide silencio en la biblioteca. La autora no suelta el aire hasta que escucha a los caballeros bajar la escalera. Relaja el cuerpo y sale. Una sombra aparece en la entrada…