¡Saludos de antes de regresar a la vida normal, lectores!
Casi se terminan mis vacaciones, y para honrar tan escasas épocas, les tengo aquí el gran final de su telenovela… (¿María la del barrio? ¿Los ricos también lloran? La autora se ve interrumpida por el par de caballeros de costumbre, ya ni voltea y sigue escribiendo) Ejem, perdón, este es el final de Cosmos oculto. Shuncito ha recuperado la memoria, pero sus acciones ahí quedan…
Tot12: muchas gracias por comentar. La máscara la traía Shuncito, se la puso el malvado de Ikki, ya ves cómo es mi cuñadito. Soy malvada, ja, ja, y en este capítulo final creo que mi malvadez subió de nivel, ¿o sería la desvelada?
SakuraK Li: Nahh, no es necesario, Ikki ya sabe dónde encontrarme, sólo espero que alguien quiera defenderme después de este final de fic. Sonrojo, muchas gracias por tus comentarios… Aquí, he descubierto que no seré novelista nunca, o por lo menos no pronto, mi mente es de cuentera, qué le voy a hacer…Espero no merecer antorchas con este final.
InatZiggy-Stardust: ¡Muchas gracias por leer! Ese menordomo no va a cambiar nunca, pobres de nuestros caballeritos, cuánto sufrieron con él. Y pobre de ikki, sobre todo. Y Shuncito, ¡ay, pobre, cómo fue a caer entre mis creativas manos! Ya verás lo que pasa con ese cargo de conciencia que trae. Espero no te decepcione el final-final-final de esta desmemoriada historia en primera persona.
Alyshaluz: Gracias por dejar tu huella en este siempre melancólico rincón… (¡yaaaah!, dice cierto cangrejo) y espero te guste este final, acorde a la personalidad del lindo Shuncito. Sí, se siente culpable, pobre, y esa escena donde él toma el lugar del menordomo para maltratar al pobre Fénix es "culpa de la culpa", y sí, esa tonalidad en su ataque fue por el enojo, y más potente por eso… Lo sé, me pasé de mala.
Antes que nada, copyright a Kurumada por prestarnos a los personajes, que son de su propiedad.
Ahora sí, ya pueden pasar a leer el final de esta historia. Muchísimas gracias por sus comentarios y por seguir leyendo mis (¡atrocidades!, dales su nombre real, dice el Fénix, que ya quiere que me quite de sentimentalismos) ejem, historias. Espero les guste el capítulo, fruto de una desvelada hasta las 3 de la mañana, tiempo que tuvo que compartir con un artículo acerca de un libro…
Dedicado en especial a InatZiggy-Stardust, amiga, muy feliz cumpleaños, espero la hayas pasado muy bien ayer, y ojalá que ya estés acostumbrándote al peso de la armadura de Aries.
X – X – X – X
9. Y después…
Abro los ojos. Lo de ayer es como un sueño brumoso. No quisiera ni desperezarme, así que regreso a la seguridad de las mantas que me cubren, incluso, la cabeza. Estoy en la mansión que antes ataqué, en la que…
No quisiera pensar en ello. Y sin embargo son escenas que no dejan de atormentarme. Yo, trayendo un desafío en un sobre. Yo… Mi mano… Si antes perdí la memoria, como le dijo ese hombre a los demás, el médico de blanco, el que revisó mis signos vitales cuando regresamos del Valle de la Muerte, ¿por qué al recuperarla no se borraron los recuerdos de cuanto hice mientras acompañé a mi hermano?
Pasos afuera. Silencios. Me gustaría que desaparecieran, estar a solas, muy lejos de esta habitación. Ha de ser Hyoga, o Seiya. Piensan que, de haber sobrevivientes entre los caballeros negros, podrían atacarme. Y en mi estado podría resultar un blanco fácil. Ilusos. No imaginan que si en este momento hubiera un asalto y el enemigo me asesinara, sería por mi propia voluntad, porque decidí no presentar resistencia.
–¿Shun?
Es la voz de Hyoga. Apenas si sonrío; no quiero verlo. En realidad no quiero ver a nadie.
–Shun, ven por favor… Anda, ya vamos a desayunar–, dice. Seguro lo envió Saori para asegurarse de que estoy bien.
–Sí… En seguida, gracias–, respondo más por cortesía. Escucho cómo mi voz tiembla en la penumbra de las cortinas cerradas.
Salgo al pasillo. La luz de los ventanales de la planta baja casi me ciega. Volteo, cierro los ojos, me aferro al barandal para no caer. ¿Te sientes bien?, pregunta alguien más allá de mis párpados ahora entornados. S-sí, apenas contesto. Me paso una mano por el rostro, alzo la mirada, el rubio de nuevo.
–Hyoga, yo…
–Shun, ya te lo dije: no tienes por qué disculparte a cada momento; Ikki se aprovechó de tu estado y te engañó.
–P-pero…
No respondo más. Su sonrisa, leve y sincera, pone una sonrisa en mi rostro, a modo de respuesta. –Te lo agradezco, Hyoga.
Mientras bajamos recuerdo mi llegada. Tatsumi gritó hasta cansarse. Cómo se atrevían esos vagos no sólo a traer únicamente el casco de la armadura, cuando se habían llevado tres piezas, sino a hacerse acompañar por un traidor.
–Tatsumi, basta–, lo interrumpió la joven del vestido blanco en tanto Hyoga y Shiryu le explicaban lo que había pasado.
Esas frases siguen zumbándome en la cabeza: No encontraron al Fénix, poco antes del derrumbe enfrentaron a un gigante, a guerreros desconocidos, sólo pudieron recuperar el casco, el gigante se apoderó del resto de la armadura y luego desapareció.
El Fénix. El Fénix. No lo llaman por su nombre, parece que Ikki dejó de existir. Y de ello soy culpable. No sé siquiera si lo maté, si nada más lo herí y alcanzó a escapar en medio de los tremores que recorrían el Valle. Ikki, lo siento tanto, pienso, pensé antes de que Hyoga dijera que yo había sufrido un shock, o algo así, que poco antes de que Seiya me llevara con él, luego de vencer a Ikki con un ataque de gran violencia, me quedé estático, de pie, como si despertara de otra realidad, de un sueño, observando esa horrenda máscara que traía y que se desprendió al vencer a mi hermano. Entonces la chica del vestido ordenó la presencia del médico. Y Tatsumi se alejó quejándose, no quería dejarla sola con nosotros, esos inútiles y el traidor.
Después de que el hombre de bata blanca midiera mi temperatura y mi presión, después que comprobara mis pulsaciones y preguntara qué pasó –y yo respondiera sin mentir, omitiendo lo de la entrega del sobre negro–, después de que me ordenara unos cuantos días de reposo y nada más, al dejarme solo dentro de la habitación en la que hoy desperté, Hyoga empujó la puerta y entró sin más, sin pedir permiso.
–Dijeron que estás bien, que descansar un poco bastará para recuperarte.
No supe qué responderle. Ahora vuelto de espaldas, los ojos en la ventana, en la fuente, en el bosquecillo por el que huí la noche que traje la nota de desafío, sentí cómo ponía la mano en la perilla. Corrí a detenerlo antes de que saliera.
–Hyoga, perdóname por favor. Yo…
Intenté una reverencia profunda, tocar el suelo con las rodillas, con las manos. El rubio puso una mano en mi hombro.
–No, Shun, no es necesario que hagas eso. Sabemos que Ikki te usó, que no eres un traidor. Nunca lo serías.
–Hyoga–, lo interrumpí, –¿cómo supiste que era yo, si al usar esa máscara mi rostro…?
–Por el color de tu cabello, Shun, porque estabas con Ikki; cuando éramos niños no te despegabas de él, y ahora se me ocurrió que tal vez fuiste a buscarlo y que se habían aliado. Y además… No, olvídalo. Me da mucho gusto tenerte de regreso.
Lo adiviné aun cuando no lo dijo: tu cosmos es tan poderoso como el de él, quizá más. Me desagradó eso, pues volvió a mi mente la despedida en la isla de Andrómeda, la armadura del maestro Albiore haciéndose añicos sobre su cuerpo luego de aquella innecesaria exhibición por mi parte.
–Por cierto, Saori desea verte; vamos abajo–, agregó.
Ya lo esperaba. Ella… ¿Cómo iba a ser capaz de mirarla, de estar en su presencia, después de haberla insultado como lo hice al entregarle ese sobre negro?
Caminé detrás de Hyoga como si clavara los pies bajo la alfombra. Vi el pasillo igual que si se tratara de un dibujo sin colorear, lleno de borrones. Aminoré el paso y aunque lo deseé, ni el corredor ni la escalera se alargaron. No, nada retrasaría mi encuentro con aquella joven del vestido blanco.
Pronto estuve ante una puerta labrada. Tan sólo rosetones, altorrelieves, y una perilla de tonos plateados, me separaban de hablar con ella. Hyoga empujó el pesado rectángulo de madera y se hizo a un lado.
–Anda, ve. Los dejaré a solas.
Temblé. De pies a cabeza.
Al ver la araña del techo, idéntica a la que decora y alumbra la habitación de la planta alta, la de esa joven, pensé que una simple disculpa, un "lo siento tanto, perdóname, por favor, juro que no volverá a ocurrir" era insuficiente si se le comparaba con la humillación de una mano que se adentra sin permiso en los más íntimos rincones de un cuerpo ajeno.
Así, me incliné antes de que Saori se levantara de su escritorio, y ya estaba de rodillas cuando caminó hacia mí con prisa, los ojos muy abiertos.
–¡Shun, no!
–Perdón…
Y no pude hablar más. Iba a llamarla por su nombre, pero resultó imposible. Un hato de lágrimas, de vergüenza, había inundado mi garganta para ese momento y sólo fui capaz de rendir la mirada, de inclinarme hasta posar las palmas en el suelo.
–Perdón–, intente por segunda vez. Ella se sentó en el suelo, delante de mí, me alzó el rostro, me miró unos segundos y sonrió con dulzura. Sentí el rojo inundando mis mejillas, un leve hormigueo bajándome entre las piernas al recordar los pliegues de su ropa de dormir, la tibieza de su piel, la humedad que me llevé esa noche entre las uñas. Su voz se encargó de borrar esos pensamientos.
La tomé de la mano, me incorporé y la ayudé a levantarse.
–Shun, el médico dijo que perdiste la memoria, que la causa probable, tanto de que la perdieras como de que la recuperaras, fue un choque emocional demasiado fuerte. Puedes confiar en mí… De acuerdo, si no quieres contarme ahora, si te lastima, está bien, esperaré hasta que te sientas mejor. ¿Sabes?, creo que tienes razón, es muy pronto.
Al escucharla supe que debía disculparme de inmediato por lo sucedido esa noche. Se lo debía. Por su comprensión se lo debía. Cerré los ojos.
–Saori, yo… De verdad siento mucho lo que pasó la noche de… cuando yo… Perdón, este…
Esos titubeos me hicieron sentir peor. No alcancé a hilar otra frase, una coherente, porque ella me cubrió los labios. Sentí el roce de su guante de encaje, la observé. Estaba sonrojada.
–Shun, puedo asegurarte que no hay ninguna razón para que hagas esto. ¿Te refieres a cuando trajiste el sobre con el desafío de Ikki?
–Sí.
–No pasó nada; no me lastimaste, sólo dejaste el mensaje sobre las sábanas, o eso supongo, pues al despertar lo encontré en la alfombra, cerca de la cama.
Pero Saori, pensé que dije. Ella seguía hablando.
–Seguro es tu memoria, que aún no se recupera del todo. Quizá lo soñaste, o estás creando un recuerdo falso, no sé. No me mires así, no son mentiras, te lo aseguro, no me hiciste daño… Y no hablemos más del asunto, ¿de acuerdo?
Sonrió. Yo desvié la mirada confundido.
Prometí que no insistiría más, pero no puedo dejar de pensar en ello. Tengo el tacto de su piel entre los dedos, conservo el aroma de su cuello, la sensación húmeda de su rostro lloroso, ¿cómo puede ser eso el recuerdo de un falso acontecimiento? De verdad no sé qué pesar, no sé si creerle.
–¿Shun?
Hyoga me franquea la entrada al comedor. De pronto las náuseas, el vértigo de cuando la oscuridad se tragó al mundo. Verlos ahí, alrededor de la mesa, sin Ikki. De repente me siento ajeno, un traidor o peor todavía, un extraño.
–Voy afuera–, Shiryu voltea. –Perdón, necesito aire.
Hyoga va a seguirme pero Seiya lo detiene. Déjalo solo, alcanzo a oír que le dicen él y Shiryu. Sí, tal vez sea mejor así.
El aire, pese a la exuberancia del pequeño bosque, me golpea el rostro. Sólo sé que necesito respirar, alejarme de Seiya, de Shiryu y de Hyoga unos momentos más.
Camino. Shiryu, ¿qué significó su mirada? Creo que para él sí podría ser una amenaza. No lo culpo. Ikki es mi hermano, por eso sería capaz de traicionarlos. Porque ya lo hice antes, ¿quién no les asegura que no volverán a encontrar un desafío por escrito en la habitación de la dueña de la casa? ¿Y para esto recuperé la memoria? Sonrío niego con la cabeza, apuro el paso. Sin darme cuenta estoy ante el roble de cuando éramos niños Ikki y yo. Rozo el tronco. Ahí están las huellas de sus puños. Entonces no era tan difícil. Tener confianza en él. Creerle cuando decía que al ser huérfanos nuestra única opción era hacernos fuertes para sobrevivir. Lanzar puñetazos a la madera.
El vértigo del comedor hace que me recargue en el roble. ¿Por qué la vida tuvo qué cambiar tanto? ¿Por qué ahora todo parece tan difícil? Si sólo se trataba de entrenar, de ganar una armadura y volver. Y tenía que arruinarlo antes de zarpar de la isla, al despedirme de mi maestro. Si yo no…
–Así que aquí estás, maldito traidor.
No necesito voltear. Es el mayordomo de los Kido. La sombra de los castigos y de las pesadillas.
–No te conformas con haber lastimado a la señorita, ¿verdad?, también vas a aprovecharte de su hospitalidad. Pero yo me encargaré de que no te acerques a ella otra vez.
Calla. Ignoro qué quiere como respuesta. Si desea oír alguna.
–Tatsumi…
No responde. Volteo, una ráfaga blanquísima se estrella en mi rostro, luego un segundo resplandor y un tercero me avientan al suelo. Miro al mayordomo, limpio la sangre que escurre de mis labios.
– No deberías olvidar que alcancé a verte, traidor, y que a mí nadie puede convencerme de que eso es un recuerdo falso o un sueño. La señorita es demasiado comprensiva con gentuza como tú. La atacaste y ahora vas a pagar.
Tatsumi respira con pesadez. Los puños en alto, detiene el siguiente golpe. Me devuelve la mirada de hace rato; la suya tiembla, es una a punto de la huída.
–No pienso defenderme–, susurro un poco divertido; nunca pensé que ese a quien tanto temíamos pudiera tenerme miedo.
–No te creo. Voltéate. Pon las manos en el tronco.
Alcanzo a notar su sonrisa antes de obedecerlo, igual que mi hermano entonces, cuando al jugar a los piratas rompimos aquel jarrón. Y espero. Eso es todo, es la señal para que el mayordomo descargue el golpe que detuvo, ahora usando un cinturón. Yo entierro los dedos en las marcas de los puños de Ikki, aprieto la mandíbula e inicio una cuenta silenciosa mientras el ardor de los azotes con la hebilla me apuñala los muslos, la espalda: por haber atacado a Saori y a mi maestro, por levantar el puño contra mi hermano, repito, por haber atacado…, por levantar… Tatsumi no escucha, en cambio me castiga con furia, no se detiene ni al verme caído, los brazos llenos de marcas que empiezan a tornarse púrpuras. Creo que para él nunca será suficiente.
X – X – X – X
…La autora va a regresar a su escondite cuando la delgada figura de Shun la detiene.
–¿Estás enojado?–, pregunta ella, diciéndose "oh, no, al fin ha ocurrido, el hermoso dueño de mis quincenas se enojó cuando leyó este final, a lo mejor antes, desde que vio lo que estaba escribiendo". Sus pensamientos se interrumpen al sentir cerca de su rostro la respiración del caballero de bronce.
Un beso.
–Gracias–, la autora lo mira extrañada. Shun le regala una de sus sonrisas. –Gracias por dedicarme todo ese tiempo.
Y la autora no sabe qué decir. Lo ve alejándose hacia la escalera. Y sonríe, el Fénix tal vez no va a amenazarla en los próximos minutos.
