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De juegos infantiles
ddeiSmile


XIII: De juegos y—oscuridad.


Habían pasado exactamente trece horas desde el momento en que Kasumi y Ônoki salieran de la habitación. Había dormido diez de ellas mientras que las tres restantes se concentraron en mirar el techo ignorando la sensación de vacío que embargaba su cuerpo.

«No, vacío no», se dijo por décima vez. La verdad era que Deidara siempre había centrado su mente en el arte, dar a reconocer el significado de lo efímero y la importancia del mismo. Deidara siempre quiso que le mirasen y que no lo catalogaran como el huérfano protegido por el Kage. Sino como un artista, creador de belleza y más. Luego llegó Akatsuki y su mente se concentró en llevar a cavo sus misiones, no pensar en Itachi. No pensar en el pasado. No pensar en la soledad.

Pero ahora eso era todo lo que tenía. Sin capacidad de moverse, sin su arte, y como resultado los pensamientos, recuerdos y miedos salían a flote cada segundo que el silencio se lo permitía. Aquello no le gustaba, sobre todo porque él no quería sentirse vacío. No otra vez.

Tres días más murieron a sus pies con el atardecer. Las enfermeras cambiaban por turno pero todas parecían tener la misma irritante manía de agregar el 'sama'a su nombre. Sólo en esos momentos en los que se tomaba el tiempo necesario para insultar a Ônoki su mente se distraía. Y es que para el segundo día las cosas empeoraron, la noticia de su estadía en la aldea estaba en boca de todos y aquello aumentaba el trabajo del cual se encargaba Kasumi. Mantener al pueblo feliz no era fácil así que las horas de visita se redujeron.

Por supuesto que Ônoki sólo llegaba a partir de las ocho hasta que el sueño o el cansancio de batallar verbalmente con el mayor le hiciera rendirse. Aún siendo el Tsuchikage Ônoki no se había salvado de ser regañado por las enfermeras. Ninguno de los dos nivelaba su tono de voz y las charlas podían prolongarse hasta las tres de la madrugada. El segundo día, al contrario de lo que era para él, fue la bendición para los pacientes continuos.

Finalmente el tercer día había llegado. La libertad la sentía correr por cada músculo que, aún cuando le dolía, lograba mover con mayor facilidad que antes. La mala noticia había sido que tendría que regresar por dos horas, de lunes a viernes, al hospital. Su cuerpo aún actuaba con torpeza y eso era porque había dañado varios tendones que ahora eran suplantados por corrientes de chakra, hasta que su cuerpo se acostumbrara a regular tales cantidades de energía se le aplicaría un tratamiento por medio de terapias.

O eso fue lo que escuchó mientras observaba los alrededores por la ventana de aquella oficina.

Pronto sería libre y eso era todo lo que le interesaba.

—¿Estás prestando atención, Deidara?

El aludido reviró los ojos, fastidiado de toda aquella charla. Se giró, cruzando los brazos.

—¿Qué importa si escucho o no? Ya sé lo que tengo que hacer, volver a éste infierno todos los días.

—De lunes a viernes —le corrigió el doctor. El rubio lo fulminó con la mirada, logrando que se encogiera en la silla de cuero donde se encontraba sentado.

—De lunes a viernes, hn —repitió—, y el resto estoy seguro que Kasumi me lo repetirá hasta que me lo aprenda.

La aludida se sonrojó, sabiendo que aquellas palabras eran correctas. Ônoki también lo sabía por lo que simplemente suspiró, levantándose de su puesto con cierta dificultad, siendo seguido cada centímetro que se movía por un par de ANBU.

—Bien, entonces vayamos a casa.

—Pero —interrumpió Kasumi, observando de reojo al rubio—…, creo que Dei-kun quiere ver a su amigo.

Deidara estuvo a punto de mostrarse sorprendido, sin embargo su rostro mantuvo aquella expresión impasible.

Casi lo había olvidado. Itachi seguía allí, Itachi estaba inconsciente, postrado en una cama y él no lo había visto ni una sola vez. Claro, el mayor jamás había salido de sus pensamientos, pero se había dejado sumergir en la expectativa de finalmente no estar rodeado de blanco y sumergido en asquerosos olores medicinales. La tierra y el poder volar sobre una de sus creaciones le habían hecho olvidar por completo que finalmente iba a poder ver al Uchiha. El rubio notó la mueca de disgusto que Ônoki dibujó en su rostro, sabía que Itachi le desagradaba. No por ser un Uchiha o un asesino, sino porque representaba el pasado de Deidara, un pasado que lo convertía en un criminal. El rubio había deseado explicarle que nada cambiaría, que él no dejaría de ser un renegado por más que estuviera bajo su mano protectora pero las esperanzas que lograba ver en el Kage le hacía enredarse con sus propias palabras e incluso desear contagiarse con tales pensamientos.

De cualquier forma, Ônoki sabía que no iba a poder negarse, así que con una mueca despectiva y un bufido ahogado, salió de la habitación, una clara respuesta de que el menor podía hacer lo que desease.

Kasumi le sonrió pero Deidara sólo podía repetirse mentalmente que no debía estar nervioso.

Caminaron en silencio por largos pasillos, Deidara estaba seguro que aquella ala del hospital estaba inhabitada e imaginó que esa era la razón por la cual tendrían al Uchiha en tal lugar. La habitación del mayor se encontraba al final de un camino de sillas, sillas de espera para los familiares de los enfermos, todas vacías, aquella había sido la antigua sala de emergencias.

Se giró para ver a Kasumi.

—Tranquilo, te esperaré lo necesario.

Deidara asintió y continuó su camino con un paso lento, tan contrario a los latidos de su corazón que parecían acelerarse a cada centímetro que dejaba detrás. Al abrir la puerta notó que toda la habitación estaba a oscuras, cerró la puerta tras de sí y caminó hacia la ventana cubierta por aquellas cortinas que no permitían a la luz solar entrar.

Sus pies caminaron uno delante del otro hasta tropezar con algo.

—Mierda —sus manos chocaron contra el suelo frío y enrojecieron de inmediato, su cadera dolió pero al menos su rostro había quedado a salvo. Gruñó una vez más y con sorpresa tanteó el suelo, buscando lo que había causado su caída. Tocó piel y cabello—, ¡mierda, mil veces mierda!

Sus sentidos se pusieron en alerta pero era demasiado tarde, algo afilado estaba contra su garganta y su cuerpo era dócilmente levantado. Su respiración se aceleró mientras era empujado contra el pecho de aquél desconocido y su cintura fuertemente apretada por aquél brazo. Sabía a la perfección que no tenía forma de defenderse pero para su sorpresa aquello no era lo que le preocupaba.

Los cabellos que había tocado no tenían el largo que debían tener, es decir que aquél debía ser algún doctor y muy tarde había notado que el aparato que marcaba los latidos del paciente no estaba titilando. No estaba seguro de si se encontraba esperanzado porque aquellos fuertes brazos que se ceñían a su cuerpo fueran los de él o rogaba al cielo porque no lo fueran.

—¿Dónde estoy?

Allí estaba, esa deliciosa voz que le hacía estremecerse. Cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás, ladeándola hacia el lado contrario, el aliento cálido de Itachi chocaba a la perfección contra su cuello y aquello hizo que su cuerpo lo deseara más.

Con el calor ahogando su piel, la respiración acelerada y el corazón a punto de explotar le respondió.

—No estás en condiciones de estar de pie, Itachi.

Le sintió titubear por unos segundos y de inmediato el agarre en su cuello cedió.

—¿Deidara? —preguntó en medio de aquella oscuridad y sólo entonces el rubio reaccionó, separándose de él de inmediato—, ¿dónde estamos?

El rubio no le respondió y aunque Itachi se movió de forma sigilosa como si temiera que pudiese atacarlo el rubio sólo estaba interesado en abrir aquellas cortinas, estaba muriendo por verle y aterrorizado por estar a su lado en la oscuridad. La luz alumbró toda la habitación y aquello hizo que entrecerrara los ojos. Decidió entonces permanecer apoyado en la ventana y no acercarse a él.

—Estamos en mi antigua aldea —sus ojos cielo detallaron el perfil del Uchiha, su cabello estaba más largo y sin duda alguna ya no tenía el mismo porte imponente. Después de todo no se había alimentado bien y la muerte le había amenazado con fiereza en una lucha que le dejó totalmente demacrado—, yo... —lamió sus labios lentamente, suspirando— logré sacarte en medio de la batalla con tu hermano.

Itachi abrió los ojos manteniendo la vista fija en el suelo. No se movió un centímetro, intentando recordar las palabras que el rubio decía o al menos eso le pareció.

—¿Dónde está Sasuke? —murmuró de forma ronca y ahogada.

—No lo sé, hn.

Jamás esperó que Itachi tuviera aquella velocidad de movimiento, pronto se encontró a punto de caer por la ventana, la diestra del mayor aferraba con extrema fuerza su cuello, ahogándole pero sólo afirmándolo de aquella forma. Sus uñas se clavaron en el brazo de Itachi mientras que sus piernas se enredaron en la cadera de éste.

—¿Qué hiciste con Sasuke? —preguntó en tono amenazador.

Deidara no podía articular palabra alguna, su rostro comenzaba a tornarse rojo y sus sentidos perdían ante la falta de oxígeno. Su garganta ardía y sus brazos comenzaban a soltarle del mayor, estaba ahogándose y estaba dudando que Itachi realmente le necesitase vivo. Para su suerte en un movimiento veloz lo lanzó contra el suelo, causando que su cuerpo se arrastrara hasta golpear con la cama ante la fuerza. Su garganta dolía por lo que no soltó ningún quejido, cerrando los ojos con fuerza mientras se concentraba en recuperar el aire.

Itachi esperó pacientemente a que el menor recobrase sus sentidos, asegurándose que no realizara ningún movimiento extraño, permaneciendo atento a cada sonido.

—No lo sé —susurró finalmente—, estaba débil, los tres estábamos perdiendo fuerzas… No recuerdo lo que sucedió, tampoco me importaba lo que pasara con él —sus ojos celestes se mantenían oculto detrás de sus párpados mientras su respiración se calmaba cada vez más—, estabas muriendo y todo lo que pensé fue en salvarte.

Aquellas palabras sorprendieron al mayor. Jamás había esperado que Deidara fuera capaz de decir aquello y de inmediato supo que alguna razón había detrás de todo.

—¿Por qué? —preguntó en tono ronco. Si bien podía encargarse de localizar a Sasuke, tenía que saber los planes que tenían para él en aquella aldea.

Deidara titubeó.

—Porque me importas.

Su rostro no mostró algún cambio. Itachi no se mostró sorprendido pero tampoco habló, no estaba seguro de qué responder ante aquello, jamás esperó una respuesta parecida, ni siquiera podía recriminar que no le creía. Demasiado tiempo había pasado desde que escuchó la palabra importar conjunto a su persona, era casi irreal.

—Explícate.

Eso era lo que él necesitaba y Deidara no estaba dispuesto a hacerlo, no iba a mostrarse más vulnerable de lo que se sentía. Preferiría mil veces batallar contra él que expresar sus sentimientos, sin embargo Itachi no facilitaría las cosas a menos que le diera una razón.

—Lo olvidaste —murmuró, bajando el rostro, dejando que mechones rubios se resbalaran por su cuerpo—, pero tú y yo nos conocimos cuando éramos pequeños —con torpeza utilizó sus brazos para reincorporarse, manteniendo la vista baja—, ¿recuerdas a Mushu? —Itachi se limitó a asentir. La recordaba, no muy claramente, pero lo hacía, ¿qué tenía que ver ella en todo esto?—. ¿Recuerdas tu viaje a Suna? —Itachi frunció levemente el ceño—… No lo haces, nos conocimos esa vez y pasamos todas esas vacaciones juntos, después yo regresé a Konoha y… —suspiró cansinamente—, es una historia bastante larga.

El Uchiha se cruzó de brazos, frunciendo el ceño. Sabía que no lo recordaría a menos que desactivase ése sello que se hizo en los recuerdos pero aquello significaba recordar demasiadas cosas que no deseaba. Pedirle a Deidara que le explicase mejor sería igual de doloroso, no había otra salida.

—De acuerdo —murmuró, resignado—, ¿qué se supone que sucedió con la organización? —Deidara alzó el rostro, mostrándose aliviado de no tener que seguir hablando de aquello—, ¿saben que estamos aquí?

—No. Ni siquiera se sabe que tú estás aquí. Eso desencadenaría-

—Desencadenaría una guerra con Konoha —completó.

—Sí —asintió, acomodándose hasta apoyar la espalda contra la cama—, Ônoki habló con el consejo, aún no me ha dado las órdenes pero estoy seguro que me confinarán a una celda o algo parecido hasta que se crea que soy lo suficientemente confiable, hn. El viejo se encargará de que sea vigilado por ANBU de su confianza y entonces tú tendrás que permanecer a mi lado. Se te dará otra identidad en el momento en que salgamos y de allí en adelante…, decidirás lo que quieras hacer.

·

·

Itachi asintió, entendiendo aquello como una petición. Claro que la cumpliría ¿qué otra salida tenía? estar de pie le cansaba, su cuerpo no estaba en condiciones y por lo tanto necesitaba ése tiempo que Deidara le ofrecía para recuperarse y cambiar sus planes.

Claro que no se encontraba feliz.

Al abrir los ojos su mente le había traicionado por completo, había jurado que aquello podía tomarse como el infierno, la total oscuridad. Entonces sintió tubos correr por todo su cuerpo y el incesante sonido de las máquinas que se conectaban a él. En medio de su confusión había aparecido aquél doctor y no tuvo más opción que desmayarle. Hacía mucho tiempo que no se encontraba tan confundido.

¡Por Dios, él debía estar muerto!

Trató de aclarar sus pensamientos pero era inútil, no lograba recordar ni siquiera la pelea que había sufrido con Sasuke. Y justo en ése momento había escuchado la puerta, dando paso a una sombra. Grande había sido su sorpresa al encontrarse con Deidara en aquél lugar, sobre todo porque se suponía que él había muerto.

En cuanto se calmaron las cosas el rubio le ayudó a acomodarse en la cama y poco después entró una mujer siendo guiada por el rubio. Ella se mostró sorprendida al verle.

—¡Vaya que eres fuerte! —había exclamado mientras conectaba e inyectaba miles de aparatos.

El rubio no se movió ni un centímetro de su lado, atento a cada movimiento que era explicado por Kasumi o al menos así se había presentado he insistido en que no la llamase de otra forma. Tampoco planeaba hablar, su garganta ardía de sobremanera pues le habían tenido entubado por varios días —según le explicó—, sólo entonces había reparado que todo seguía en oscuras.

—¿Cómo pueden ver así? —gruñó, fastidiado de encontrarse en aquella situación.

Todo ése tiempo había estado viendo a través de sus sentidos, pero ya estaba cansado, por más que tratase de adaptar sus ojos a la oscuridad de la habitación todo había resultado inútil.

—Itachi...

Frunció leve el ceño, aquél tono lleno de compasión no le agradaba en lo absoluto y todavía más si venía del rubio destartalado. Sólo entonces comprendió algo, él había intentado empujar a Deidara por la ventana. La ventana estaba abierta, había luz en la habitación y él tenía los ojos abiertos.

—¿Qué pasa con mis ojos? —exclamó en tono ronco, arrepintiéndose gracias a la corriente de dolor que sufrió.

—Supongo que sabías a la perfección de tu enfermedad ¿no? —Itachi no respondió, frunciendo aún más el seño—, para salvarte te quitamos la vista.

Oscuridad.

Oscuridad.

Oscuridad...

Ése era realmente el infierno.

·

·

Deidara jamás esperó que le dieran aquél lugar. Grande y elegante, digno de un rey.

—Maldito viejo, hn —gruñó, apoyándose ambas manos en la cintura.

Itachi se mantuvo inmóvil a su lado, esperando a que éste avanzara para hacerlo por igual.

—Bien, bien, suficiente —exclamó Kasumi, dando leves empujones al rubio—, termina de entrar. Itachi-san no debe estar tanto tiempo de pie. Y no seas tan mal agradecido —exclamó, avanzando junto a los dos Akatsukis—, es una casa bastante grande y linda.

—¡Lo sé! —gruñó— ¡maldición, es una mansión! ¿quién cree que va a vivir aquí? ¿medio universo?

Itachi suspiró, logrando que el rubio se callara por aquello, ruborizándose de inmediato.

Dos días habían pasado desde el momento en que había salido del hospital. Su cuerpo no se encontraba del todo recuperado pero él era lo suficientemente terco como para preferir insultarlo —como jamás había hecho— y perder su rigidez a aceptar que se encontraba cansado y débil. De cualquier forma tal vez se encontraba peor por todo el desastre que era permanecer al lado del rubio, claro que éste seguía escudándose en el hecho de que él no tenía la culpa, había sido la enfermera quien dijo cosas sobre él a su espalda. Si deseaba decir algo debía decirlo de frente ¿no es así?

Al final terminó peleando con cada una de las mujeres que le habían atendido pues todas pensaban que era un niño malcriado y él no permitiría aquello. Así que, Itachi terminó con el peor dolor de cabeza, apenas superado por el que sufrió cuando Ônoki y Deidara comenzaron a pelear. En pocas palabras el rubio y su griterío parecía ser mal para la salud de Itachi.

Incluso Kasumi se lo había explicado y jamás se había sentido tan humillado.

En un solo día, lo que le pareció la aldea entera, afirmó e incluso demostró que era un malcriado gritón.


Continuará.


!βeta r: no está beteado.

ddeiSmile: No tengo excusa y encima no me dio la cabeza para seguir, espero actualizar pronto ¿de acuerdo? gracias a todas por sus reviews, siento no responderlos pero tampoco creo que reciba muchos esta vez(?) soy una desgraciada por no haber actualizado. En fin, besos~