Pasó el tiempo con rapidez gracias a los preparativos de la boda real, la firma de tratados y el resto de preocupaciones que le acechaban en cada esquina cada vez que se veía con uno de sus tutores. Si no le consultaban para conocer su opinión sobre algún asunto banal, como el color de las cortinas del nuevo salón del trono, era abordado para preguntar sobre el paradero de Polonia, del cual alegaba no saberlo, sin darles nunca información concisa y guardándose para sí la verdad detrás de su respuesta. Su amigo siempre estaba en las cuadras, pero no pensaba quitarle aquella preciada intimidad.
La guinda del pastel fue su bautizo. Lituania nunca se sintió más ridículo en su vida. El día anterior lo había pasado en el bosque para despedirse de sus Dioses, bailó sus ritos ancestrales alrededor de una pequeña hoguera que había hecho en honor a ellos y, por último, plantó un pequeño árbol para recordar de esa manera que la naturaleza siempre estaría con él a pesar de todo. Aún le daba miedo confiar en su nuevo Dios.
Nada de eso minó el sentimiento de culpabilidad al salir del bosque y volver al castillo y, mientras oía los rezos a su alrededor y el sacerdote le mojaba la cabeza con aquel agua, supuestamente traída desde muy lejos, el arrepentimiento siguió ahí, latente, a sabiendas que nunca se vería capaz de dejar su antiguo estilo de vida.
Por el rabillo del ojo observó a Polonia, quien tenía los ojos cerrados, el rostro relajado, como uno de los ángeles representados en los frescos de los muros de la capilla del palacio. Las vidrieras eran hermosas, la luz entraba por ellas iluminando al joven absorto en sus rezos, quien no se daba cuenta que por mucho que ya no creyera en la magia, ésta estaba actuando para que Lituania aceptara el agua bendita no por el Gran Duque, ni por su pueblo.
Sino por el mismo Polonia.
Lituania aceptó el bautizo sin oponerse más, sólo para poder recibir como premio un abrazo de agradecimiento por parte de su compañero. Tiempo después, recibió el mismo abrazo torpe al final de la ceremonia católica que daba comienzo a la unión de los dos países haciéndole sentir que, de verdad, ese enlace iba a merecer la pena.
Pasaron los años que para las naciones fueron tan rápidos como los suspiros en el aire. Lituania viajó unas cuantas veces a Vilna regresando cada mes, pues parecía que Polonia tenía verdaderos problemas intentando adaptarse a él y no quería perder los avances que estaba consiguiendo. Además Jadwiga había quedado encinta y no debía perderse el nacimiento del heredero que Polonia necesitaba tener y la prueba que Lituania requería para demostrarles a los caballeros Teutones que ya no era débil.
Jadwiga tenía veinticinco años y un vientre enorme que no quedaba bien con su rostro joven. Le costaba moverse y Polonia estuvo a su lado ayudando en todo lo que pudiera ser útil. Lituania se sentía inútil, sin servir en nada y quedando resignado a contemplarlos desde lejos, sin conseguir unirse a ellos. Era como si tuvieran su propio espacio y que, sin pronunciar palabra, daban a entender que nadie más podía introducirse en él. Jogaila era adulto y sus ocupaciones consistían en centrarse en la prosperidad de su país, en la unificación y en su hijo, sin tener tiempo para nada más y mucho menos para prestarle atención a una solitaria nación.
Un día se dirigió a las cuadras porque le apetecía montar su caballo y encontró a Polonia arreglando un pony con sumo cuidado. Le resultó extraño no verlo con Jadwiga cerca como siempre era costumbre, pero era de esperar sabiendo que cada día que pasaba era más probable que la muchacha diera a luz pues su embarazo estaba muy avanzado. Decidió quedarse a su lado, esperando compartir unos momentos juntos. Como Polonia no se daba cuenta de su presencia, tan atareado como estaba cepillando al animal, se aproximó por detrásy le tocó un hombro para saludarle.
Le respondieron con un cepillazo entre ceja y ceja.
— ¡No te acerques así! —Polonia se había caído al suelo, con una mano en el pecho y la otra agarrando la brida del pony que parecía el único tranquilo de los tres —. Oh, vaya, ¿estás bien?
—Sí, creo… —Lituania le pareció escuchar cómo el otro se aguantaba una risa y cuando fue a recriminárselo comprobó que se había equivocado y en realidad su expresión no era nada alegre—. Parece que tú estás peor que yo.
—Es que siempre meto la pata. Primero te digo que me enseñes el pene y ahora te tiro el cepillo del caballo a la cara y con todo lo de Jadwiga no te estoy haciendo caso. Ahora mismo podrías estar en tu casa y con tu gente, tan tranquilo. Seguro que me debes odiar bastante.
Lituania sintió un calorcito en el pecho difícil de explicar con palabras. Le ofreció la mano para levantarle, que el otro aceptó bastante sonrojado y se la apretó de la misma manera que Jadwiga hacía con él en las reuniones en las que la muchacha estaba presente. Polonia reconoció el gesto ya que miraba sus manos sorprendido y sonrió en el momento.
—Si quieres puedo ayudarte a cepillar a tu caballo.
—Es un pony.
—Pues te ayudaré a cepillar a tu pony —se corrigió. El chico rubio sonrió de oreja a oreja y le entregó el cepillo.
—Se llama Jadwiga porque es tan sensacional como mi jefa.
—Eso no lo dudo —respondió Lituania, sentándose en la silla que antes había ocupado Polonia—. La quieres mucho, ¿no?
— ¿A mi jefa? ¡No lo sabes tú bien! Es muy simpática y nos contamos cosas y es como tener una hermana. Echo mucho de menos a mis hermanos.
Hablar de esa vida pasada se consideraba un signo de debilidad entre naciones, si Polonia se lo estaba contando sin duda era una demostración de confianza ciega en Lituania. Éste decidió ser honesto y confiar en él de la misma manera, si no, pocos avances podrían hacer. Le diría su nombre humano, eso era igual que poner su corazón en una bandeja de plata.
— ¿Tenías hermanos? —Polonia volvió a bajar la cabeza, suficiente respuesta para él—. ¿Te acuerdas de cuando eras humano? Yo ya no puedo recordarlo bien, nací hace casi cuatrocientos años —confesó Lituania—. Casi no recuerdo a mis padres y mis hermanos, pero mi nombre era Toris.
—Yo me llamo Feliks y tengo ciento cuatro años. Antes que yo hubo otro Polonia, una chica. El país se partió, ella murió y cuando se reunificó, nací yo aquí en Cracovia. ¿Sabes? Es raro ver cómo tus hermanos crecen y se casan y tienen hijos. Mi hermano pequeño murió hace veinte años, tan anciano y arrugado que no le reconocía. En cambio hoy en día parece que yo no tengo más de dieciséis —Hizo una pequeña pausa, para añadir con voz suave:—. ¿Es normal sentirse así de desgraciado?
—Al comienzo sí. Luego te vas acostumbrando a ver morir a la gente que quieres. Por eso es mejor hacerse a la idea y relacionarte con seres como nosotros. El sufrimiento será menor.
—¿Cuántos Lituania hubo antes que tú?
Nunca se lo había planteado, entre otras cosas, porque la respuesta era muy sencilla.
—Soy el primero.
—¿Cómo lo sabes? —Y le miró con sus grandes ojos verdes, intimidándole sin querer. Lituania carraspeó.
—No sé, los druidas dijeron que yo tenía una empatía especial con la naturaleza y las personas, además crecía a un ritmo distinto comparado con los demás niños. Ellos dijeron que todos los cambios políticos tenían que ver con mi nacimiento y no se equivocaron, a lo mejor sabían de alguna otra nación, pero no creo que fuera un antecesor mío. Quiero decir, tengo la certeza que yo soy el primero, simplemente es algo que sé.
—No he visto un retrato de mi antecesora. Tengo curiosidad, pero murió mucho antes de nacer yo. Me pregunto si también lo pasaba mal de vez en cuando, porque vivir así es un poco solitario.
— ¿No la enterraron? —La pregunta fue realizada como al azar, salió de la boca de Lituania sin más. Polonia frunció el ceño, pensativo.
—No. Me dijeron que no dejó un cadáver, simplemente desapareció.
Durante los siguientes días hablaron poco, pero cada vez que lo hacían era como contemplar un mundo nuevo. Polonia guardaba toda una serie de sorpresas para quien se propusiera conocerlo, e irlas descubriendo se convirtió en una diversión para Lituania. Si bien en todos sus siglos de vida también se había relacionado con otras naciones, aunque nunca a un nivel íntimo, ninguna de ellas tenía esa personalidad tan peculiar. Caso aparte era Hungría, cuyo convencimiento de que le iba a crecer un pene cuando se hiciera mayor aún le hacía esbozar una sonrisa. Ahora la mujer prefería pegarles a las personas con utensilios de cocina, sugiriendo con sus acciones que con vestido o sin él poseía mucha más fuerza que la mayoría de los hombres, aunque éstos prefirieran a las mujeres en casa y sin verdadera importancia en la toma de decisiones cruciales. Menos imaginándolas dirigiendo un ejército hacia la victoria.
Esos pasos pequeños para los humanos, pero muy importantes para ellos, se empañaron cuando Jadwiga tuvo las primeras contracciones al siguiente mes. Polonia no se volvió a separar de ella, cuidando también del bebé y esforzándose en hacer todo lo posible para que su Rey y su heredero superaran la crisis rápido, sanas y a salvo.
No sirvió de nada. Las complicaciones durante el parto fueron tan duras que la pequeña princesa no sobrevivió más de quince días. Jadwiga sufrió de fiebres altísimas y falleció también cuatro días después.
Polonia se encerró en la iglesia de San Adalbert y Lituania no tuvo otro remedio que acampar literalmente frente a la puerta, esperando pacientemente a que saliera. Tardó mucho tiempo en hacerlo, después de los cuales parecía un chiquillo abandonado por sus padres. A Lituania no se le ocurrió cómo serle de ayuda, por lo que optó con quedarse ahí por si necesitaba cualquier cosa de la misma manera que Polonia estuvo para Jadwiga. Las naciones no deben encariñarse con los humanos, él lo sabía bastante bien pues son débiles, no viven mucho y son una fuente inagotable de sufrimiento cuando tienes que dejarlos ir. Jadwiga era una mujer fuerte y carismática, eso no entraba en duda, pero Polonia debió de sopesarlo mejor antes de tenerle tanto cariño.
Ciento cuatro años... Lituania llegó a conocer a algún druida de esa edad o mayor. Polonia seguía siendo demasiado joven incluso para ser una nación.
El día del funeral se sintió inútil al no poder consolarle y por la noche se coló en su cuarto, para encontrarle dormido encima de la cama. Aún estaba vestido con los ropajes de luto y ni se había molestado en arroparse, tan agotado de pasar el día entre lágrimas. Lituania le acomodó con cuidado, le quitó el calzado, le arropó y se tumbó a su lado para darle seguridad. Al día siguiente se lo abrazado a él, ocultando su rostro en su pecho y soltando pequeños hipos.
A partir de ese momento empezaron a dormir juntos todas las noches.
Polonia se repuso al tiempo de la pérdida de Jadwiga, aunque aún se sentía triste por ella. Era una nación mucho más fuerte de lo que parecía, cosa que Lituania notó enseguida, pero a la hora de la verdad lo buscaba a él como un cobijo por las noches. Así, si bien al principio no comenzaron su amistad con muy buen pie, terminaron siendo inseparables.
Practicaban, estudiaban y jugaban juntos. La mayoría de las veces Polonia hacía lo que le daba la gana, hasta que Lituania se enfadaba de verdad e, impulsado por un arrebato de su consciencia, se veía obligado a pedir disculpas.
En cambio las tornas cambiaban cuando Lituania olvidaba el Padre Nuestro o los salmos o se santiguaba al revés. Aún era nuevo en la práctica del cristianismo, pero Polonia se ponía tan serio como su maestro de matemáticas cuando no daba con la fórmula correcta y le corregía con paciencia.
—Esto tardará porque sé que no te gusta. Va a ser muy complicada la conversión, por lo que veo.
Estar con él era divertido y Lituania podía entender perfectamente la cara de alegría de Jadwiga cuando paseaba con Polonia. No había un día monótono, porque Polonia siempre inventaba algo en que mantenerse entretenidos hasta que al final, en general y dado a muchas circunstancias (como la capacidad de Polonia de complicar las cosas) debieran arreglarlo entre los dos.
—Alégrate, así tendremos algo de lo que hablar durante la cena.
Lituania no podía aguantar la risa al ver cómo la mandíbula de Jogaila se desencajaba a causa de Polonia narrando su odisea para conseguir tinte azul para pintar el caballo real. Al final el Rey (o Gran Duque) optaba por ignorar a aquella nación a su cargo, tomando la sopa sin usar la cuchara, ganándose una sutil regañina por parte del consejero, que consistía en unas leves palmaditas en elhombro, para que reprimiera ese tipo de modales en la mesa.
Por primera vez tenía un amigo.
Al principio le resultaba raro llamarle Po aunque Polonia mismo se lo pidiese, al igual que seguía sin acostumbrarse a ser Liet para él. Aún no sabía cómo habían llegado a eso (pensó que sería alguna de esas tonterías pasajeras que se le ocurrían a Polonia), pero terminó convirtiéndose en una especie de código entre ellos dos, una pequeña guinda de confianza que hacía de las reuniones algo menos formal y más familiar y a lo que se acostumbró en menos tiempo de lo que pensaba. Además Polonia aprendió rápido que cuando hacía algo mal Lituania dejaba de usar su apodo, así que intentaba enmendarse hasta que esa sílaba tan simple, pero tan significativa para él, volviera a salir de los labios del otro chico.
El tiempo pasaba tranquilamente para ellos dos, hasta que los Teutones, incapaces de comprender esa unión y mucho menos la conversión al cristianismo de Lituania, decidieron atacar por fin.
Y todo dio un giro.
Grunwald.
No era la primera vez que entraban en guerra, ni tampoco que luchaban los dos países juntos, pero esta ocasión era especial. Una cuestión de honor para Lituania y Polonia... bueno, Polonia...
—Mira qué bonito está el cielo. Esa nube parece, no sé, un pony, ¿verdad?
—¿No puedes mirar al frente como todo el mundo? O tomártelo en serio, para variar.
—Me tomo las cosas en serio, Liet. Lo que tienes que hacer tú es recordar lo que debes hacer.
El plan era arriesgado. Demasiado arriesgado para el gusto de Lituania y podía salir mal de mil formas posibles. Intentó oponerse, pero Vytautas no le quiso dejar que opinara y al final terminó aguantando un chaparrón por parte del otro país, sintiéndose como un niño regañado por su madre ante la mirara atónita de Polonia. Se conocían desde hacía muy poco, pero era la primera vez que veía a su amigo enfrentarse a un superior. De hecho, era la primera vez en su existencia que se enfrentaba a un superior y, aunque no ganó la discusión, se quedó bien a gusto diciendo exactamente lo que opinaba.
—No estoy de acuerdo y lo sabe.
—Pero es la mejor medida a tomar si nos va mal durante la batalla. Liet, no te preocupes, yo confío en ti.
Pero ése no era el problema realmente, sino el que Lituania fuera capaz de encargarse de tanta responsabilidad. Una cosa era el plan sobre el papel y otra muy distinta ponerla en práctica durante una batalla real.
—A ver, seguro que te lo sabes de memoria. ¿Qué vamos a hacer primero?
—Atacar los dos a la vez —respondió Lituania—. Luego simularé una huída y regresaré después de un tiempo. Y si las cosas van mal, soplarás el cuerno tres veces largas para que corra a ayudarte.
—¿Ves? No es tan difícil. —Polonia le puso cara de suficiencia, Lituania se llevó una mano al rostro.
—No es difícil, es arriesgado. ¿Qué voy a hacer si mueres?
Polonia le observó por un buen rato, pensando la respuesta.
—¿Luchar hasta vencerlos a todos?
Esa no era la respuesta a aquella pregunta.
—O encerrarme en la iglesia de San Adalbert hasta que no me queden lágrimas.
Polonia abrió la boca para protestar pero la cerró de pronto, con su cara tan roja que parecía tener fiebre.
—Eso que dices...
—Es lo que siento —le dijo Lituania con toda la sinceridad del mundo.
Escucharon la señal y tuvieron que separarse para atacar cada uno un flanco, así que Lituania no podía saber lo que estaba pasando en el otro lado. De momento todo transcurría como esperaban, sin tener claro un vencedor, y después de unas horas, durante las cuales ya empezaban a resentirse las fuerzas de los lituanos, Vytautas ordenó la retirada. Muy a su pesar, Lituania tuvo que hacer caso.
Corrieron hacia los pantanos, aún perseguidos por caballeros teutones y al tiempo acabaron despistándolos o matándolos. Perdieron hombres, pero no era para preocuparse. Vytautas intentó reagrupar más soldados, cosa que llevaría tiempo. De lejos Lituania podía escuchar la batalla. No parecía que Polonia lo estuviera haciendo mal, pensó aliviado, pues había temido que la inexperiencia del muchacho fuera un inconveniente.
—Los polacos deben de estar agotados a estas alturas. En teoría tendrían que llegarles más refuerzos —le comentó Vytautas mientras le daba de beber a su caballo—. ¿Por qué no te sientas? Vamos a tener que ponernos serios con esto en un rato, así que es mejor que recuperes fuerzas.
Lituania le hizo caso y se sentó durante un buen rato, mirando la taza con cerveza que le habían dado y sin beber ni una pizca. Pasó el tiempo y cuanto más esperaba, más nervioso se ponía. Sus hombres, en cambio, llegaron a echarse pequeñas siestas, o bebían y hablaban entre ellos mientras esperaban, bastantes más tranquilos que él.
Entonces escuchó la señal.
Polonia tocó el cuerno de aquella forma que acordaron, así que debían de estar en problemas serios. Lituania voló hasta subirse al caballo. Había estado en guerra varias veces pero esta era la primera vez que se encontraba en una situación tan desesperada, se había alejado mucho durante demasiado tiempo e iba a tardar en prestarle ayuda. Aunque eso lo hubieran planeado por cuestiones tácticas, en ese mismo momento le parecía haber tomado la peor de las decisiones. Cuando regresó con el tiempo justo como para haberle visto morir, sintió una angustia en el pecho que casi no le dejó respirar. Todo pasó demasiado rápido; en cuanto bajó del caballo ya se encontraba empuñando un cuchillo y le estaba amenazando al caballero teutón con rajarle el cuello si no se rendía. Podía sentir el corazón latiéndole en su oído y no escuchó los vítores de todos sus hombres cuando se vieron con la victoria. Todo era un borrón en su mente en el que sólo veía a Polonia en el suelo, herido y con la marca de la espada del teutón en su cuello.
— Has llegado muy tarde —le dijo sin parecer enfadado. Lituania se sentó en el suelo a su lado, incapaz de poder moverse más—. Pero ha estado muy bien. Todo se ha acabado muy rápido gracias al plan, el jefe lo tenía todo pensado ¿verdad?
Esa noche Lituania no pudo dormir y la mañana siguiente estuvo exhausto, ayudando a los heridos y enterrando a los suyos.
La segunda noche también la pasó en vela. Salió de su tienda de campaña para buscar a Polonia quien bebía cerveza mientras se reía de los chistes obscenos que estaban contando los demás soldados. Se acercó lentamente y apoyó con cuidado la cabeza en el hombro del otro chico.
—Polonia, ¿te importaría venir a mi tienda un momento?
—Me has hecho cosquillas en la oreja —le dijo esbozando una sonrisa.
Un par de hombres ligeramente borrachos se quejaron por querer llevárselo. Al final no pudieron impedirlo pero dejaron claro su disconformidad con un par de eructos.
Una vez dentro de la tienda todo se rompió en Lituania. Estaba tan asustado que no podía parar de temblar. La tensión de días se desvaneció por completo dejándole igual que un bebé desvalido. Polonia lo notó enseguida por lo mucho que le abrazaba y lo agitado que respiraba. Le devolvió el abrazo intentando tranquilizarle mientras le susurraba al oído que lo había hecho muy bien y no tenía por qué estar de esa manera.
No parecía que Polonia hubiera tenido miedo. O era un necio o su confianza en él era demasiado fuerte. El corazón de Lituania latía con fuerza, quizás por todo lo que había vivido o quizás por los sentimientos que estaba experimentando.
—Podías haber muerto.
—Tú estás tonto. Yo no iba a dejar que te encerraras en San Adalbert, ya tuvieron bastante conmigo aquella vez.
Pasaron la noche abrazados, consiguiendo relajarse, sin dormir. Lituania pensó que ese día se convertiría en el final de sus noches acompañado pero se equivocó. Le parecía que estar de ese modo con él era lo "correcto", pues conseguía sentirse bien y en paz con el mundo, aunque le doliera el recuerdo de las miradas de Polonia a Rutenia, la chica con trenzas que vivía en su parte de la casa. ¿Si fuera mujer y tuviera los pechos así de grandes le miraría de la misma manera? Él intentaba fijarse en Alba, la hermana de aquella muchacha, que vivía con él desde hacía mucho tiempo. No le inspiraba el más mínimo sentimiento a pesar de ser hermosa. Le chocaba que Polonia le pareciera mucho más "bonita" que ella.
Polonia estaba reencarnado en el cuerpo de un muchacho humano, un hombre. Siempre se bañaban juntos, así que era un hecho de lo que estaba completamente seguro. Además, de delicado tenía más bien poco; no tenía senos ni curvas y lo que le colgaba no era algo que una mujer debiera tener. Lituania no era una virgencita de la caridad, ya se había escapado en ocasiones con alguna muchacha humana sólo por diversión. Pero esto era distinto, no era algo muy normal y lo sabía.
NOTAS:
- Jadwiga murió muy joven sin dejar herederos, pero hoy en día se considera una de las figuras históricas más importantes de Polonia.
- Si alguien se lo pregunta, puesto que no lo aclaré en el anterior capitulo, Cracovia fue la primera capital de Polonia y Varsovia como tal no existía.
- Hay muchas leyendas concernientes a la batalla de Grunwald, una de ellas era que los lituanos huyeron dejando a los polacos solos y solo regresaron cuando vieron que estaba todo ganado. La versión más conocida es la que Himaruya dibujó, así que es la que he usado.
- Ucrania fue territorio de Polonia, y Bielorrusia de Lituania. Los ucranianos no tienen un buen recuerdo de aquella época, aunque los bielorrusos no odian a Lituania tanto como creen la mayoría de los fans.
- La iglesia de San Adalbert terminó de construirse en la época en la que la nombro y aún sigue en pie, si alguien quiere visitarla.
- La historia se volverá más complicada poco a poco, según pasen los capítulos os iréis enterando mejor :D
- Muchas gracias por los reviews, me hace mucha ilusión recibirlos ya que este fanfiction me lo estoy tomando bastante en serio.
También tengo que agradecer mucho a Alega por hacer un beteo fantástico y a Mireyan por leer la historia y ayudarme como nunca.
Este fanfiction ya está escrito, pero estoy revisándolo con mucho cuidado, así que las actualizaciones se realizarán entre quince días y un mes. Tomará muchísimo tiempo terminarlo y será muy largo, así que espero que si os engancháis a la historia, seáis pacientes.
¡Gracias por leer y hasta la siguiente actualización!
