Por las mañanas, Toris se levantaba temprano para vestirse y asearse en el cuenco que Rutenia les tenía preparado. Luego se inclinaba en la cama para zarandear a Polonia, quien prefería quedarse enroscado entre las sábanas antes que hacer sus obligaciones matutinas.

Nunca antes sintió tantas ganas de estudiar a Polonia de esa manera; éste no era capaz de quedarse quieto al dormir pero cuando lo hacía, haciéndose dueño de todas las manta de la cama, sus rasgos se suavizaban: Su pelo, muy fino, se enredaba formando suaves ondas en la almohada; su expresión tranquila, con la boca ligeramente abierta, soltando pequeños suspiros gracias a su respiración acompasada; las pestañas rubias, cortas pero tupidas; su cuerpo relajado, las piernas algo separadas, un brazo estirado a un lado, el otro encima de su pecho.

Bostezaba antes de abrir los ojos, y gruñía a la vez que pataleaba las sábanas hasta cansarse y al final, terminaba andando con pereza a lavarse y vestirse, para terminar bajando a desayunar. Era como un niño pequeño y engañosamente ignorante, que daba el golpe de gracia en el momento menos esperado, demostrando una madurez oculta a simple vista.

La primera vez que se fijó en él de aquella forma fue cuando comenzó a preguntarse sobre la muerte, si acaso alguna desgracia los obligaría a dejar de estar juntos. El imaginarse la naturaleza de un revés de ese calibre le era difícil, pues no concebía fuerza que lograra separarlos. Estaba seguro de ser el primer Lituania, pero antes de Polonia ya otra chica había ejercido su puesto. ¿Acaso después de morir nacerían sus reemplazos? Pensó que no, porque cada uno de ellos era único.

Pero por esa misma regla de tres, el anterior Polonia también fue único y le encontraron un sustituto.

—Venga, vago, levántate —le susurró una mañana al oído adrede, sabiendo que le iba a provocar escalofríos con su aliento. Polonia se dio la vuelta para mirarle y le sonrió un poco para volver a cerrar los ojos y seguir durmiendo. Acto seguido y de improviso, le pegó con la almohada en la cara.

Le gustaba vivir tranquilamente, así, sin más preocupaciones que las referidas a Polonia: el intentar que hiciera sus tareas; el que dejara de cometer trampas en el ajedrez moviendo las fichas por todo el tablero a su antojo hasta ganar la partida; el que no pusiera en práctica sus "reglas polacas", que era una manera de decir que haría lo que le viniera en gana. Quizás se estaba acomodando demasiado a esa vida. O puede que se estuviera volviendo un blando. Lo que podía asegurar era que se sentía dependiente de Polonia, a un nivel poco normal.

Quizás esa llamada dependencia fuera otra cosa y sabía que sería complicado enfrentarse a esa realidad. Había muchas reglas en su nueva religión, tantas que a veces consideraba que todo lo existente en el mundo era susceptible a convertirse en un pecado imperdonable, y el infierno, en la última dependencia reservada a la mayoría de los seres humanos. Lituania creía que la perdición le esperaba justo a sus pies, con sus puertas abiertas a la espera del primer paso en falso. El discurso católico del miedo no lo aguantaba, no veía necesario coartar a los fieles por medio de amenazas divinas y catástrofes terrenales. Como un disimulado estallido de rebeldía, de vez en cuando plantaba un árbol o semillas de flores para recordar de dónde provenía.

A parte, odiaba a sus jefes.

La nobleza siempre hacía uso del polaco, así que él debía perfeccionarlo. Polonia intentaba ayudarle en lo que podía e intentar, de paso, aprender lituano, pero le resultaba tan difícil que no era capaz de hablarlo correctamente. Los dos siempre estaban intentando estudiar en la biblioteca, asistidos por Livonia y su hermano pequeño Courland, al que no dejaban llevarles cerveza porque no hacía más que derramarla por culpa de sus temblores. Al final, Lituania consiguió hacer su idioma escrito. Había pasado demasiados siglos teniendo sus documentos en rutenio o latín. Además, así le resultaba más fácil de aprender, como comprobó Polonia.

Una de las señas de identidad para una nación es su idioma, el perderlo podría ser un motivo para su desaparición. Polonia se enorgullecía de todo aquel que estuviera viviendo en su casa, no quería ninguna baja. Lituania era consciente de ello, pero le daba miedo lo que pudiera pasar, sometido a una alerta sigilosa, gracias al conocer bien las intenciones de los humanos, a los que les importaba poco lo que no perteneciera a su círculo. No podía confiar completamente en ellos.

Agradecía el no sentirse influenciado, pero no podía decir lo mismo de su compañero. Si bien Polonia no se dejaba engañar en política y siempre mantenía la cabeza fría y en su sitio, la Iglesia le manejaba a su antojo, sabiendo de todo lo que pensaba o hacía ya que Polonia no daba un paso sin consultar con ellos. Eso no menguaba el sentimiento que Lituania tenía por él, ya que poseía otros atributos que podía admirar desde lejos, porque más no podía hacer.

Alguna vez oyó de su gente que los católicos eran extraños, que prohibían acciones de lo más naturales que terminaban practicando a espaldas de los demás. No quería creer que Polonia era igual a ese tipo de gente, pero en realidad deseaba que sí lo fuera. Que se hiciera el tonto y tanteara el terreno formulando preguntas sin malicia. No sabía cuánto tiempo podría pasar sin que fuera evidente el tipo de cariño que le dedicaba.

La mañana en la que decidió dar aquel paso, Polonia se había levantado más temprano de lo normal, como pudo comprobar Lituania al encontrarse solo en la cama. Posiblemente hubiera ido a los establos a visitar a su pony (Lituania ya había perdido la cuenta de los que había tenido a lo largo de esos tres siglos) así que se vistió y bajó para encontrarse con él.

En efecto, tenía razón y ahí estaba Polonia, inmerso en sus quehaceres del establo. Tal vez no fuera el momento idóneo, ya que el chico se encontraba sudado y sucio, pero ya le resultaba indiferente. En ese momento tenía valor y debía usarlo para lanzarse antes de llegar a arrepentirse.

—Hola, Po.

Polonia giró la cabeza y le sonrió enseñándole un taburete al otro lado del pony para que se sentara. Lituania le hizo caso.

—No sabía que querías venir también, te habría despertado.

—No te preocupes, solo quería preguntarte algo.

—¿Y no puede esperar?

Lituania bajó la cabeza, agradecido por que el animal estuviera entre los dos, impidiéndole al otro verle la cara, que notaba demasiado caliente, como si tuviera fiebre.

—Se me ha ocurrido de pronto y tenía curiosidad.

Polonia soltó una pequeña carcajada.

—Entonces pregunta. Normalmente a ti te consideran "el listo" de los dos, así que me gusta ver que tienes dudas y encima vienes a mí para que te las resuelva. — Lituania rió un poco, pero tomó aire enseguida, dispuesto a ser valiente igual que si estuviera en el campo de batalla.

—¿Has estado enamorado alguna vez? —preguntó de golpe. No podía verle el rostro a Polonia, así que era imposible adivinar sus pensamientos. Sí pudo notar que había dejado de cepillar al caballo y posiblemente estuviera meditando la respuesta.

—No, o sea, Rutenia es muy guapa y tiene unas tetas enormes, pero no estoy enamorado de ella. ¿Qué pasa? ¿Te gusta alguien y no me lo has contado?

—No es eso, es que cuando era… cuando creía en mis anteriores dioses aprendí que el amor se daba entre todos nosotros, sin distinción de sexo.

—Ahora también, Dios nos pide que amemos al prójimo como a nosotros mismos.

—¿Y el amor carnal?

—¡Qué cosas preguntas, Liet! Sólo cuando la gente se casa puede llegar a ese nivel.

—¿Y entre dos hombres?

Pudo ver entre las patas del pony cómo caía el cepillo al suelo.

—¿Los paganos aceptan eso? Por Dios, Liet, olvídalo, es pecado, ¿entiendes? —La voz sonaba insegura, aunque más bien parecía estar asustado. ¿Podría llegar a tenerle miedo?—. No me digas que te has enamorado de un hombre.

—No, no es eso —se apresuró a decir—. Solo pensaba, eso es todo.

—Pero no debes ni pensarlo, así que vete a la iglesia y confiésate, ¡estás tardando!

Esa no era la respuesta que Lituania quería escuchar. No tenía una copia de la Biblia y estaba seguro que no podía pedírsela a un miembro del clero sin que le miraran mal, pues sabía que ellos necesitaban mantener los libros bajo su cargo y leerlos personalmente a los fieles, dando su propia interpretación del texto. Por primera vez en todo ese tiempo, Lituania se arrepintió de haberse convertido al catolicismo pero aún así, podía hacer algunas trampas. "Amadavuestroprójimocomoosamáisavosotrosmismos", decía la palabra de Dios. Pues Lituania se quería a sí mismo una barbaridad, así que podía demostrar ese mismo amor a otros. No podía decírselo a Polonia. Tampoco podía desenamorarse, porque los sentimientos no funcionan así de simples, así que mientras, haría lo que le apeteciera en el momento, sin que el otro sospechara. Si la amistad se puede confundir con el amor, también podía pasar al revés.

Lituania se sentía muy bien cada vez que le preparaba dulces o le comentaba lo bien que le quedaba tal traje o cuando le peinaba con cuidado. Polonia tenía cosquillas así que, en ocasiones y para hacerle rabiar, se las hacía y de paso aprovechaba para sentirse físicamente cercano a él. Por la noche, en invierno, le abrazaba con la excusa de entrar en calor o de vez en cuando le daba pequeños besos en la frente o en la mejilla, y decía que lo hacía porque era "como su hermano pequeño".

Disfrutaba de cada uno de esos momentos como si fuera el último. El ingenuo, hermoso y dulce Polonia, no se daba cuenta y se dejaba hacer.

Éste, por su parte, pensaba que Lituania era muy cariñoso, o por lo menos parecía no sospechar nada. Al principio se ponía tenso cuando el otro muchacho le tocaba, pero luego se hizo a ello de tal manera que muchas veces era él quien buscaba contacto. Lituania pensaba que en algún momento Polonia se enamoraría de otra nación o encontraría más atractiva "a la rubia de las tetas gordas" que seguía viviendo con ellos. Pero nada de sus temores sucedieron, en cambio, le propuso unirse definitivamente a él en el año 1569. Lituania se sentía como una novia emocionada, aunque realmente ese no era su plan, a Polonia le quedaba mucho mejor el rosa y las faldas largas. Al final siguieron comportándose como siempre, pero esa "unión" no era nada matrimonial por mucho que los dos se parecieran a una pareja.

O más bien, a una gran familia.

A parte de vivir con Rutenia y su hermana Alba, había mucha más gente a su cargo. Estonia y Courland estuvieron viviendo con ellos por un largo periodo de tiempo antes de que Suecia se los llevara: el primero, un chico estudioso que se había quedado casi sin vista por leer de noche al lado de una vela, y el segundo, un niño tímido muy ligado a Lituania. Con ellos estaba Livonia, una muchacha tranquila cuyo pelo largo era el orgullo de Polonia, que no paraba de cuidarlo como si fuera el propio. La trataba como una muñeca, vistiéndola y poniéndola lo mas guapa posible y Lituania tenía que recordarle constantemente que no tenía jurisdicción sobre ese territorio, que era suyo, aunque en este caso le divertía ver cómo jugaban.

Hungría iba a visitarlos a menudo, quedándose varias horas, para alegría de Polonia: se conocían desde hacía mucho tiempo. A Lituania no le molestaba en absoluto esa relación, y era evidente la amistad entre Polonia y Hungría como para sentirse amenazado. Él también disfrutaba de su compañía. En esas visitas solía quedarse a comer y a veces a merendar porque Hungría traía dulces de su casa.

Hungría era especial, una de las naciones más valientes que había conocido nunca, una de las pocas capaces de ponerle freno a Prusia. Polonia siempre decía que deberían terminar haciendo una alianza o acostándose de una vez. Razón no le faltaba. Eran una de esas parejas extrañas en la cual el concepto del "ni contigo ni sin ti" funcionaba a la perfección.

—Aunque yo creo que Hungría tiene algo con Austria —observaba Lituania.

—Nah, a ella le gusta Prusia. Fíate de mí, que estas cosas las huelo a lo lejos.

Lituania tenía que aguantar la risa. ¡Tanto tiempo juntos y Polonia no se daba cuenta de sus sentimientos hacia él! ¿Cómo andar alardeando de ser el primero en saber todas esas cosas?

Algún día se lo diría.

Algún día.

Aquella unión que ellos dos tuvieron fue como una revolución en Europa, aún estancada en el feudalismo. Lituania hizo todo lo posible por sentirse aceptado por Polonia y sus jefes en todos los sentidos. No tenía ganas de perder a su mejor amigo y menos por culpa de la política que en teoría, iba a ser mutua y beneficiar a los dos, aunque parecía que todo se lo daban a Polonia mientras que él estaba ahí para comerse las sobras.

Lituania no buscó arreglar esta situación lo suficiente le quería demasiado como para considerarse ofendido.

Y Polonia no correspondía a sus sentimientos.

Quizás por esta razón le dolió más a él que esa época llegara a su fin. La República de las dos Naciones era muy apetitosa, por supuesto: su casa peligraba y sólo les quedaba luchar hasta que sus cuerpos ya no pudieran levantarse por el cansancio y volver a tomar sus armas. El fin se asomaba por el horizonte. El día que Rusia se llevó a Lituania, éste estaba aterrorizado. No quería morir siendo engullido por otro país más grande, no quería morir, no quería dejar solo a Polonia.

¿Es así como muere una nación?

Polonia siguió en el suelo, casi sin moverse después de una batalla desesperada por seguir junto a su amigo. Le habían quitado una parte importante de él y se sentía debilitado. Aún así, Lituania lo encontró riéndose del desastre.

—¡Tu cara es divertidísima!

Lituania chilló, le insultó y le suplicó que actuara, que hiciera cualquier cosa para volver a estar juntos y no morir. Pero era un deseo vano, imposible con Austria y Prusia esperando como buitres carroñeros a que Rusia se llevara su trofeo y poder disfrutar el suyo.

Le mantuvieron aislado, en el desconocimiento del destino de Polonia. Con un poco de suerte tendrían clemencia con él y su vida sería perdonada.

Lituania no desapareció. Lo que él temía no fue cumplido por su ahora "jefe". Tenía su propio cuarto en la casa de Rusia y debía adoptar las costumbres de éste; cuando se negaba a hacerlo, su rebeldía le costaba más de un latigazo que le dolía durante semanas y tardaba demasiado en cicatrizar.

—Deberías ser uno conmigo, pero parece que te resistes. No lo entiendo –le comentaba cuando le dejaba casi inconsciente en el suelo después de intentar revelarse de nuevo.

Eran sus ganas de vivir y su amor a la patria los que no le permitían caer tan bajo. Rusia decidió darle un trabajo de secretario aparte de sus tareas de sirviente a tiempo completo en el año 1795, al poco de anexionarle.

En todo este tiempo seguía desconociendo el destino de Polonia, ya que la información le llegaba de forma confusa por boca de Rusia, quien impedía que Lituania se enterara por otros medios. Intuía que a Rusia le divertía más ser el único informador. Tampoco podía mandarle cartas, pues eran interceptadas. Lituania se maldecía por tener su risa como último recuerdo.

¿Pero qué último recuerdo hubiera sido mejor para él? Por lo menos intentaba mantener el optimismo y no estaba llorando, o directamente no le había visto muerto en la nieve. Podía dar gracias de tener algo así en su memoria para rescatarlo durante los momentos en los que se sentía más deprimido.

Ese día, después de años sin adaptarse a su nueva vida, aún le quedaban por hacer muchas tareas; fregar platos, limpiar suelos y seguir transcribiendo documentos del lituano al ruso. Sus manos le temblaban y casi no podía más, pero debía dejarlo todo preparado antes de irse a dormir, si con un poco de suerte podía llegar a hacerlo. Rusia entró por la puerta pillándole de sorpresa, y le dejó frente a él un papel enrollado, casi tirando el bote de tinta por la mesa. Lituania se mordió la lengua para no quejarse y ganarse así otra paliza, y Rusia, sonriente, se quedó de pie esperando a que le echara un vistazo.

Se incorporó un poco en la silla, notando cómo le dolía cada vértebra de la columna y desenrolló el papel, comprobando que era un mapa. No parecía nada del otro mundo, era Europa. Sus ojos se fijaron inmediatamente ahí donde debería de haber estado él, ahora territorio Ruso.

Pero le faltaba algo.

Bajando la mirada, intentó encontrar a Polonia sin conseguirlo. Ahí dónde debería haber estado él, se encontró con territorios de Austria, Rusia y Prusia.

Y cuando se dio cuenta de lo que había pasado, le entró tal nausea que sólo pudo darse la vuelta para vomitar en el suelo.

—No lloró ni cuando lo partimos. A lo mejor pensaba que ibas a volver a rescatarle, como siempre. —Rusia se tocó varias veces la punta de la nariz mientras hablaba—. Y luego desapareció. Nosotros no dejamos cadáveres, por lo que veo.

Lituania le lanzó el abrecartas, que se clavó en la pared. Rusia abrió los ojos como platos, muy sorprendido de esa reacción, pero volvió a su sonrisa infantil y se fue dando un portazo, haciendo ver que se iba a pensar muy bien el castigo que le iba a tocar.

Aunque el pesar de saber que su compañero estaba muerto era suficiente condena para él.

oOo

History time!

- La unión de la que se habla en esta parte es la de Lublin. Huido dos uniones, la de Krevo cuando se casó el Gran Duque con "el rey" Jadwiga y esta, la de Lublin. La diferencia fundamental entre estas dos uniones es que la segunda fue completa, tanto política como territorialmente.

- Las particiones fueron en el año 1795, tal y como se narra. Los países que participaron fueron Austria, Prusia y Rusia, que siempre había deseado el territorio de los bálticos.

- Livonia es un cuarto hermano báltico, o en este caso, hermana. En algunos fanfics históricos encontrareis que a Letonia lo llaman Livonia o en otros, Courland. En este caso, yo he elegido que fuera Courland y para Livonia he hecho un OC. Si queda históricamente bien o no, podeis hacérmelo notar en los comentarios y lo agradeceré mucho. Buscar una correspondencia entre estas naciones antiguas y las actuales es un dolor de cabeza gracias a los constantes cambios en la zona a lo largo de los siglos, así que varía mucho dependiendo de la información que se consulte.

- Sobre los apuntes que tengo que hacer del idioma lituano, el más importante es que no tenía escritura, así que para los documentos oficiales usaban el latín, el polaco o el rutenio. Fue más adelante cuando desarrollaron un sistema de escritura propio. Cuando hoy en día dicen que los polacos imponían su idioma en la mancomunidad dejando el lituano de lado, hay que aclarar que al comienzo eso era así porque no quedaba otro remedio.


Como siempre, todos mis agradecimientos a Alega y a Mireyan. Mire por dar el visto bueno a la historia y Alega por usar el látigo del beteo en mi. Aunque siga teniendo problemas brutales con los verbos ;A;

Ha pasado mucho tiempo desde que actualicé, pero no me he olvidado de esta historia. Muchas gracias por seguirla y tener paciencia con ella. Esto aún no ha terminado, aún queda mucho por publicar. Y es ahora cuando a Alega le debo la vida por revisarlo todo.