Tres veces
La segunda vez
Desde 1795 hasta 1945
Lituania se decía a sí mismo que no era tan terrible como parecía, como si pensando de esa manera doliera menos. Aún escupía sangre después de la última paliza y Estonia intentaba vendarle el cuerpo para intentar cubrir los latigazos de la espalda y que así no se infectaran. Siempre hacía frío en casa de Rusia pero ninguno de los dos lo notaba, al ser el trabajo demasiado duro para todos los que vivían ahí, no había tiempo de detenerse para notar grandes detalles como ése.
–No lo entiendo. Eres el que más se opone, al que más castiga y en cambio te lleva como secretario a las reuniones. Realmente no quiero saber el secreto de tu éxito.
–Ni yo mismo lo sé y créeme, quiero tener una ligera idea sobre lo que es para poder evitarlo
Estonia acabó con los vendajes y se separó para observarlos, como si estuviera mirando una obra de arte a la que quisiera encontrar fallos antes de darla por terminada. Lituania se incorporó un poco, bastante dolorido.
–Y después de esto no puedo creerme que tengas que estar dispuesto para la reunión con Austria. No te envidio para nada y mira que Livonia y yo llevamos aquí mucho mas tiempo que tú.
–Quizás deberías conformarte menos con tu situación. Deberías hacer algo si quieres independizarte.
Era una contestación demasiado directa, pero Estonia no se la tomó a mal. Solo suspiró, revolviendo un poco el pelo de Lituania, como si fuera un hermano pequeño cuando en realidad era mucho mayor que él.
–Estoy esperando el momento –le confesó–.Yo nunca he sido "El Señor de Europa" como tú y siempre he estado dependiendo de invasores, que también eran como tú, así que aún tengo paciencia para enfrentarme a estas cosas.
Dio en el clavo. Lituania tenía el orgullo herido y rebelarse era lo único que podía hacer para curarlo. Estonia, en cambio, prefirió resignarse.
Desde que Polonia desapareció del mapa esos años no habían sido más que una sucesión de abusos y maltratos y cuanto más se oponía a Rusia, peor estaba su situación. Sus intentos de independencia junto con gente que fue polaca fueron infructuosos. Además, Lituania no entendía porqué Polonia seguía muerto cuando tanta gente aún creía en él. Creía, no, sabía que estaba escondido en alguna parte. ¿No se suponía que precisamente era eso lo que mantenía viva a una nación? ¿Entonces por qué nadie era capaz de encontrarle?
Se vistió con la ayuda de Estonia y el pequeño Courland entró con los documentos del día, enviado por Rusia. Livonia esperaba afuera para escoltar a Lituania hasta la sala de reuniones. Rutenia le había prestado un traje color vino muy recatado, consciente de que iba a ser vista por los huéspedes. La muchacha era muy bonita y curiosamente parecía la hermana de Estonia y Courland: Era tímida y nerviosa y su color de ojos tenía el mismo tono azul inusual de Estonia (además de muy mala vista, tenía que llevar unos incómodos y enormes anteojos de metal). Su cabello parecía revuelto, recogido en una trenza baja, como solía peinárselo Polonia unos años antes.
–Tengo que dejarle en la puerta, he de ayudar a uno de los sirvientes de Austria –le dijo con voz muy baja–. Parece ser que han traído a más gente con ellos y el señor Rusia no quiere que se encuentren desatendidos.
Lituania le sonrió y la muchacha se despidió susurrándole "buena suerte" en livonio.
–Tienu –Lituania le dio las gracias también en su idioma, haciéndola sonreír. Aún recordaba cuando Polonia la vestía y la cuidaba, como si fuera una especie de hermana pequeña porque según él, si hubiera sido mujer le habría encantado vestir así y odiaba que tuviera que usar aquellas lentes tan horribles y pesadas. Lituania suspiró fuerte, intentando que no se le notara los dolores de la última paliza en la cara y entró en la sala saludando cortésmente. Como siempre, se sentó a la izquierda de Rusia y empezó a apuntar todo lo que ahí acontecía, como si fuera una máquina.
No era una visita de placer. Austria estaba metido en un gran lío con Francia y necesitaba aliados. A Lituania no le importaba ya que cuanto más le veía, más se le asemejaba a un cerdo gordo después de haberse comido parte de Polonia, y no por culpa de sus famosas tartas de chocolate que hasta en Francia se imitaban, como todo el mundo creía. Hubiera dado lo que fuera por ver cómo Napoleón entraba en Viena y le hacía lo mismo que él había hecho a los demás.
Como le hizo a Polonia.
Apretaba demasiado la pluma contra el papel, así que tuvo que cerrar los ojos para intentar relajarse. La reunión se iba alargando demasiado y después de cinco horas le costaba seguir escribiendo en ruso. La espalda le estaba matando del dolor y sabía que no podía seguir manteniendo ni la postura ni la seriedad que debía demostrar en esas situaciones. Gracias al cielo y justo a tiempo, Courland entró con un carrito lleno de comida y Lituania vio la oportunidad de salir de ahí, así que se disculpó para ir a cenar con el resto en la cocina.
Una vez allí se encontró con más gente de lo normal en estas reuniones. Austria parecía el tipo de persona que le resultaba encantador viajar con todos sus vasallos. Reconoció a muchos de ellos que en el pasado fueron vecinos suyos y de Polonia, o ex territorios que a lo mejor se alegraban de la situación actual que vivía Lituania en casa de Rusia. Se presentaron formalmente y cuando se sentó en la mesa, se fijó en un chico de acento italiano muy ruidoso que estaba jugando con un niño de no más de diez años vestido con un traje de cintas y volantes. Serbia, una chica de cabello oscuro que aparentaba quince años, mantenía el ceño fruncido a la vez que masticaba con rabia, harta del alboroto armado a su lado.
–Siempre estáis igual —estalló—, os podéis guardar los chistes en la mesa, es de mala educación comportarse así.
–¡Ve! Tienes razón, perdona, perdona. –Quien le contestó tenía los ojos continuamente cerrados y sonreía todo el rato, como si se estuviera acordando de un chiste del que sólo él pillaba la gracia. De su cabeza salía un rizo de esos que parecían imposibles de peinar y a Lituania le resultaba demasiado familiar–. Lo siento, soy Italia Veneciano –dijo, dirigiéndose a los bálticos y parecía que tenía especial interés en Livonia, a la que sonrió de oreja a oreja. Era bastante incómodo para la chica, que se echó hacia atrás esperando que la figura de Estonia la tapara.
El niño en cambio no abrió la boca, pasando desapercibido para todo el mundo menos para Courland, que no le quitaba su atención, sorprendido por algún motivo que Lituania no podía adivinar. Éste no pensaba que fuera una nación nueva, pero en realidad no estaba al corriente de todos los cambios en Europa. Estaba seguro que Rusia le negaba información de este tipo. Aunque no podía observarle bien el rostro porque siempre lo tenía girado hacia Veneciano, vio que su cabello era rubio.
–¡Veneciano! ¡Dile al niño que se esté quieto! –Chilló de nuevo Serbia–. Varsovia no necesita otro amigo de su edad y menos mientras todos comemos en la mesa.
El pequeño se dio la vuelta y entonces pudo descubrir las semejanzas con Polonia y porqué Courland le miraba de aquella manera. El cabello lo lucía muchísimo más corto, pero era exactamente el mismo tono de rubio. Los ojos eran verdes claro, con esa expresión tan particular de aquel que se cree que lo tiene todo ganado. De haber visto a Polonia de niño, estaba seguro que hubiera sido exactamente así.
–¿Varsovia? –preguntó Estonia, incrédulo –. Eres un calco exacto de Polonia.
–Me llamo Pietrek y no Varsovia ni Gran Ducado de Varsovia. Y quiero ir con mi madre.
Tiró la cuchara encima del plato, salpicando el mantel de sopa de remolacha. El silencio se hizo en la cocina, y Liechtenstein, una niña tan joven en apariencia como Livonia, se levantó para limpiarle la cara a Varsovia, que sin decir otra palabra no dejaba de llorar, aguantándose los hipos.
–Lo trajo Francia después de la guerra contra España y lo dejó en la puerta de casa. –Croacia se incorporó un poco, tocándose un poco nerviosa un mechó de su pelo oscuro–. No lo encontraron hasta hace poco, porque su madre pensó que simplemente no iba a crecer más y no se preocupó por llevarlo a médicos. Austria está harto de él, es un niño que no para de armarle broncas porque no está hecho a la idea de su estatus como nación. Aún piensa que es humano.
–Algún día seré independiente y volveré con mamá –le contestó el niño–. Así que cállate. Odio esto, odio las guerras, lo odio todo.
Había algo en él que no era normal, Lituania no recordaba que Polonia fuera tan insolente, pero nunca lo conoció de pequeño, así que tenía esperanzas de que realmente hubiera sido así. El niño le miró a los ojos cuando notó su presencia y sonrió por primera vez.
Al final podría recuperarle.
–¿Que te pasa? –preguntó devolviéndole la sonrisa.
–Que aquí todos queremos ser independientes. Si nos unimos, podemos conseguir lo que queramos ¿no? ¡Y no me volverán a mandar a la guerra!
–No hables de esas cosas aquí, Pietrek. –Liechtenstein le acarició el cabello intentando a la vez que no se le pusiera de punta.
–Pero yo quiero estar con mi mamá y ellos no quieren vivir con Rusia. Nos podemos ayudar. – Agarró con cuidado las trenzas de la niña y empezó a jugar con ellas, igual que Polonia cuando éste cogía aburrido las bridas de los caballos.
–Yo lo haré –le aseguró Lituania, ganándose así otra gran sonrisa por parte del niño–. Te ayudaré a ser independiente. No puedo mentirte, ya que no volverás a ser humano, pero sí intentaré que puedas estar con tu madre todo el tiempo posible.
–Lituania, no prometas nada que no puedas cumplir –le dijo Serbia, pero Livonia le interrumpió.
–Yo le ayudaré también. Quiero ser independiente. –Y Courland asintió entusiasmado. Estonia les miró por encima de las gafas y no dijo nada, pero gracias a la sonrisa que dibujaban sus labios se podía adivinar perfectamente lo que estaba pensando.
Al final todo pareció considerarse como una anécdota sin importancia y siguieron comiendo una vez el niño se tranquilizó. Veneciano podía manejar a Varsovia y Lituania por primera vez en todo ese tiempo bajo el techo de Rusia, se sintió tranquilo. Era como haber recuperado a su amigo, una oportunidad de volver a su antigua vida.
–¿Así que es eso lo que pasa cuando una nación muere? ¿Vuelve a nacer? –La pregunta la formuló Estonia una vez los invitados se marcharon. Estaba tomando café con Lituania, Livonia y Courland, haciendo así un poco de tiempo antes de volver a sus trabajos. Todo este asunto les había sorprendido ya que no esperaban volver a ver a Polonia tan vivo como estaba antes.
Era una esperanza muy grande para ellos.
–No sé. El niño desde luego es un calco físico de Polonia. Pero cuando habla me da escalofríos, no me da la impresión de que realmente sea él. –Livonia miró a Estonia. Éste dio otro sorbo a su té.
–A lo mejor es porque es joven. Cuando crezca, si llega a hacerlo, ¿qué harás entonces, Lituania?
Éste se sonrojó un poco, rezando mentalmente por esa posible segunda oportunidad.
–No lo sé. Polonia recordaba hechos históricos, pero nada personal de su antecesora. No creo que me recuerde, siendo sinceros.
–Yo tampoco creo que te recuerde. Espero que tengas eso en cuenta para no salir lastimado, ya que puede afectarte demasiado. Pero puede que tenga la misma personalidad, así que será un gran aliado –contestó Estonia. Courland miró a la pasta que había mordido, indeciso sobre si debía decir su opinión o no. Como si temiera quitarle la ilusión a Lituania.
–¿Courland? ¿Quieres decir algo? –preguntó Livonia y el chico le miró temblando un poco.
–Si vive experiencias diferentes, eso seguro provocará que sea distinto a como era antes, porque lo que nos hace ser como somos es lo que vivimos. O eso creo.
–¡Courland! –gritó Estonia para llamarle la atención, pero Lituania levantó la mano pidiendo así que se callara.
–Tienes razón. No debo ilusionarme. Seguro que no me recuerda, posiblemente ni acabe teniendo la misma personalidad. –Y añadió después de una pausa–: Lo siento, tengo que irme.
Se levantó y salió de la sala, andando pesadamente por los pasillos de la mansión. Estaba cansado ya que la imagen de aquel niño maleducado no dejaba de atormentarle y Rusia, cuyos informadores ya se lo habían comentado, no paraba de darle noticias sobre el Ducado los días siguientes a la visita de Austria. Lituania en lugar de amargarse, decidió recopilar todo para poder hacerse una mejor idea de la situación.
Por lo que pudo averiguar, el Gran Ducado de Varsovia nació entre los humanos en el año de la última partición, por tanto era muy joven. Napoleón prometió restaurar un nuevo estado polaco y Francia, después de hacerle luchar contra España en los levantamientos de aquel país, llevó al niño a la casa de Austria para que se ocupara de él, o más bien, para torturarle con la personalidad del chiquillo, aunque sabía que se lo llevaba de vez en cuando para luchar. El ducado era pequeño pero muy valiente a pesar de su corta edad y siempre estaba haciendo su santa voluntad. Sólo hacía caso a Veneciano, el único al que trataba como un igual. Cosas de niños, le decían. Lituania estaba deseando que creciera para averiguar si dentro de él seguía viviendo ese muchacho tímido que conoció unos siglos atrás.
Poco a poco y viendo cómo se estaba desarrollando la historia, fue abandonando esa idea.
oOo
Un día de 1813 y después de dejar a Francia tiritando de frío gracias a la ayuda del General Invierno, Rusia apareció con el pequeño Ducado de la mano como si fuera su hijo adoptivo y sin ganas de volvérselo a pasar a Austria. Con ese error comenzó su infierno ya que éste no se dejaba controlar: Le tiraba del pelo a Livonia, escupía la comida, insultaba a todo el mundo. Lituania intentó hacerse cargo pero le resultaba mas difícil que al resto.
–¡Aquí todos somos iguales, así que deja de comportarte como si te debiéramos algo! – Le chilló un día, cansado de todas aquellas pataletas.
–A mí no. A Polonia sí se lo debes. ¡Seguro que si no hubiera sido por él aún estarías corriendo por ahí en taparrabos!
Cada vez se veía menos como el Polonia que había conocido.
Más parecía un demonio.
Lituania bien le habría dado un puñetazo, pero con ese aspecto de niño no podía hacer más que castigarle de cara a la pared. Era demasiado débil aún y él no era del tipo de gente que le gustaba abusar de los más pequeños. Además, como Estonia hizo notar en más de una ocasión, las revueltas que estaba provocando eran mucho más eficaces de lo que parecía a simple vista. En noviembre de 1830, cuando el ducado físicamente no parecía tener más de catorce años, pusieron todas las cartas encima de la mesa, sin que importaran las consecuencias.
Nunca se había escuchado esos gritos en la mansión de Rusia. Los platos volaban literalmente por el comedor para estamparse contra las paredes, haciéndolos estallar en mil pedazos, las estatuas de mármol que adornaban los pasillos estaban tiradas en el suelo, alguna rota por el golpe. Rusia aplacaba la ira del chico con algún tortazo en la cara, otras veces lo llevaba a rastras a su cuarto. Llegó un momento en el que Varsovia atrancaba la puerta cuando intentaba entrar.
Lituania decidió actuar. No podía dejar que una nación tan joven luchara mientras él se quedaba de brazos cruzados, quejándose de su propia miseria. Podría no parecerse a Polonia, pero esa situación debía mejorar, no era justo atribuirle toda la responsabilidad.
Se negó a trabajar, lo mismo hicieron las mujeres que vivían con él, que le apoyaban haciendo huelgas. Ayudaba a curar las heridas del niño mientras Rutenia distraía a Rusia. La hermana de éste, Alba Rutenia, aquella muchacha que vivió con Lituania hacía tanto tiempo, también intentó sublevarse y nadie volvió a verla desde entonces. Las noticias de unos disturbios en su zona duramente aplastados les hizo temer su muerte, y su desaparición no hacía más que alimentar sus miedos, aunque algunas informaciones que les llegaban aseguraban que simplemente estaba cautiva en algún lugar. No debían rendirse.
Después de la desaparición de Alba, poco a poco todos en la casa ayudaron a la sublevación en lo que podían, pero el más desesperado seguía siendo el niño. Una noche Lituania le encontró herido en el suelo, sangrando mucho por el pecho después de otra lucha contra Rusia, en la que esta vez no se había contenido en absoluto a la hora de castigarle.
No esperaba que llegara a ser tan duro con alguien tan pequeño y lo más tangible era que el Ducado no lo esperara tampoco y por eso actuara como lo estaba haciendo, aunque seguro que esto lo había desencadenado cualquier cosa que, aunque fuera nimia, hubiera rebosado la paciencia de Rusia, que para empezar tampoco era mucha. Cargó al muchacho en brazos y salió de la casa sin comprobar antes si Rusia estaba cerca o no. Poco le importaba ya, tenía que sacar a Pietrek de ahí lo antes posible. Su respiración era débil, gemía de vez en cuando, así que no debía demorarse mucho. Corrió con él como pudo, avanzando entre la nieve y, cuando estuvo a punto de desfallecer, vio a Italia Veneciano que estaba paseando con una mujer que pudo reconocer como Hungría. Ambos se levantaron y corrieron hacia él, recogiendo al chico herido para así dejar descansar a Lituania que estaba exhausto.
–Lleváoslo por favor –les suplicó Lituania. Italia sostuvo al niño con cuidado, tambaleándose un poco por el peso. La respiración era irregular y no parecía que pudiera aguantar mucho–.Intenta que sobreviva, ¡por favor!
Hungría se mordió los labios, pensativa. Italia le echó una mirada confusa y llena de miedo.
–Italia, llévalo a mi cuarto, le diremos a Austria que regresaremos esta noche a Viena, no creo que pase nada porque no participemos en la reunión con Rusia de pasado mañana. Lituania, quédate aquí, espera.
Perder otra vez a Polonia no era algo que quisiera experimentar de nuevo. Italia Veneciano salió corriendo con el niño en brazos y Hungría se quitó el abrigo y se lo puso a Lituania por los hombros para que así dejara de temblar. Sacó una manzana de su bolso y se la ofreció con cuidado.
–Sé por lo que estáis pasando ahí, y no debes dejar que Rusia te vea de esta manera ni que sospeche que fuiste tú quien trajo al Ducado de vuelta. Cuando regreses lávate enseguida con agua caliente, tienes que hacer como si no te hubieras levantado de la cama, ¿vale? – Lituania quiso hablar pero ella no le dejó, tapándole la boca con la mano–. Te prometo que yo me ocuparé de él.
A lo mejor volver a llevarlo de vuelta a Austria no era una buena idea, pero algo tenía que hacer. Se despidió de Hungría, tendiéndole su abrigo una vez que entró en calor. Regresó a paso rápido. Dio gracias a que Rusia no se enteró de su salida, así que subió a las habitaciones, se lavó con la poca agua que pudo calentar y cuando terminó de ponerse el pijama escuchó gritos en el piso de abajo. Rusia no encontraba al Ducado por ninguna parte. Intentó sonsacarles información pero no pudo porque el único que sabía lo que había pasado era Lituania, los demás estaban muy confundidos sobre esta situación.
Rusia no hizo nada, pero como represalia empezó a dejar de darle comida a Rutenia, prohibiéndole a los demás ayudarla bajo pena de un castigo aún peor.
Ella les dijo que había pasado por épocas peores y que esto lo aguantaría. Estonia, que siempre había sospechado algo, se llevó aparte a Lituania para decirle que ni se le ocurriera soltar lo que sabía, ya que él correría el riesgo de ayudar a Rutenia. Además, con el tiempo Rusia se daría cuenta de que eso no llevaría a ninguna parte y levantaría ese castigo antes de provocar algo peor. No le interesaba destruir Rutenia por completo si quería una completa anexión.
Y eso fue exactamente lo que pasó. Pero un mes más tarde, el ducado desapareció del mapa, otra vez.
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Notita's Time
Esa época fue bastante convulsa en esa parte de Europa, así que las revoluciones eran constantes. Normalmente las revueltas eran aplacadas con violencia y en el caso de los territorios ocupados por Rusia los castigos eran muchísimo más duros que en las zonas austriacas o prusianas. Provocaron hambrunas en Ucrania, machacaron a la población de Bielorrusia (que al contrario de lo que cualquiera pueda pensar gracias a Hetalia, estaban muy orgullosos de haber sido parte de Lituania) y en los países bálticos la cosa no era tampoco alegre. Evidentemente esto provocaba muchos más levantamientos en las ciudades. En Lituania hubo uno protagonizado por mujeres, y entre todos salvaban libros que los rusos quemaban por estar en cualquier otro idioma que no fuera el oficial en esos momentos.
Los polacos patalearon mucho, tanto que Napoleón les ofreció el reconocimiento de su estado a cambio de ayuda en sus campañas. Se creó el "Gran Ducado de Varsovia" y Napoleón tuvo su propio ejército polaco que luchó hasta en la guerra que Francia tuvo contra España. Las palabras se quedaron en nada y los polacos tuvieron que esperar bastante para poder tener su propio país.
Me he tomado muchísimas libertades con este periodo histórico, pero si tuviera que explicarlo todo sería interminable y esto más que un fic parecería un libro de texto.
Liechtenstein fue territorio de Austria, y este la dejó en la ruina. En Hetalia, la podéis ver muerta de hambre, siendo recogida por Suiza. Es justo después de que finalizara su unión con Austria, Suiza se hizo cargo del principado y lo sacó adelante.
Como siempre mis agradecimientos a Alega por su látigo beteil y a Mireyan por no haberse dormido al leer la historia completa. Las dos han hecho un esfuerzo brutal y un sacrificio muy grande, así que ya podeis mandarles flores.
También muchas gracias por leer y por los reviews, me hace mucha ilusión cuando veo los mails :3 ¡vuestras opiniones son siempre bien recibidas!
