Lituania tuvo tiempo de echar un vistazo a su alrededor y comprobar que después de la unión con Bielorrusia nada había mejorado bajo su techo. Todo el trabajo hecho al comienzo se fue al traste en unos meses y la economía no conseguía reflotar. El día que se levantó con tos se obligó a reaccionar, buscar una solución para poder sobrevivir. Después de tragarse el orgullo, fue a preguntar a las demás naciones si necesitaban a alguien para ayudarles en tareas domésticas no en vano él había hecho multitud de trabajos para Rusia y sabía que, aparte de aprender rápido, era bueno en lo que hacía. Después de unos cuantos días ofreciendo sus servicios sin demasiado éxito, Inglaterra llamó a su puerta, con aquellas cejas gruesas juntas, como si se lo estuviera pensando muy bien y le pidió un favor. América tenía la casa hecha una pocilga tantos años después de independizarse y necesitaba a alguien que se la limpiara.
–Sé que necesitas el maldito dinero y te pagaré bien. Es muy fácil, la mocosa suele caer bien a los demás, no creo que tengas problemas. Después de lo que has pasado, ella te parecerá hasta encantadora.
Lituania aceptó y se fue a casa de América a trabajar, no sin dejarle antes las llaves de casa a Letonia, por lo que pudiera pasar. Le hubiera encantado haber podido tener la confianza suficiente como para dejárselas a Polonia, pero en lugar de eso le invitó a unas cervezas para intentar conciliar las relaciones entre los dos y él le deseó suerte con una enorme sonrisa en los labios, de esas que a Lituania no le gustaban nada por cómo le cambiaba la expresión a toda su cara. Unido con su pelo, cada vez más corto y pulcro, Lituania podía asegurar que ya nada le unía a Polonia con ese sentimiento que tenía hacia su predecesor tantos años atrás. Irse lejos de Europa era más una bendición que un drama.
De momento confiaba mucho en su jefe como para mantener el orden mientras él estuviera fuera, pero pensar en lo que Polonia pudiera ser capaz de hacer en su ausencia le daba escalofríos.
La casa de América estaba lejana, debía atravesar medio mundo para llegar a ella. Por lo menos Inglaterra le había dado un pasaje en barco para partir desde el puerto de Bristol, como mucho antes había hecho su gente en la época en la que el imperio ruso estaba en el poder. El viaje se hizo demasiado largo desde su casa hasta Inglaterra, desde Inglaterra hasta América, atravesando todo un océano. Pero era un trayecto necesario, aunque fuera cansado. Inglaterra le aseguró que el trabajo era demasiado fácil, no iba a ser como estar con Polonia o Rusia, o los meses compartidos con Bielorrusia. Que se lo tomara como unas vacaciones más que como una responsabilidad y disfrutara.
Al llegar a la casa de América se dio cuenta que sí, iba a ser algo muy fácil en comparación, tal y como le comentó Inglaterra. Aquel país era muy joven y, por tanto, demasiado amable, como lo era Polonia cuando lo conoció. Aparte era como una cría grande y él se encontró haciendo de niñera más que de mayordomo. El primer día, en lugar de enseñarle sus responsabilidades o dejarle echar una buena siesta, se fueron a tomar helado y luego a bailar.
Lituania no había bailado mucho últimamente y menos unos ritmos tan modernos. Por lo menos ella no se quejó cuando le pisaba sin querer. Parecía que se lo estaba pasando bien a pesar de tener un compañero de baile tan torpe, así que debía de estar muy falta de amigos.
Toris no sabía cómo América podía estar tan delgada comiendo hamburguesas y chucherías a todas horas, vigilaba incluso que bebiera más agua que refrescos. Otra obligación era estar pendiente de las historias de terror, que la aterrorizaban; en caso contrario, compartiría cama con ella hasta que por fin se durmiera, temerosa de la oscuridad y los monstruos ficticios cuya imaginación agitaba. Le parecía increíble que alguien con es edad física no hubiera crecido nada mentalmente. Gracias a sus averiguaciones, descubrió que esta era, como él, la nación original. . Poca gente se acordaba de la nativa América, de piel oscura y semblante mucho más serio.
En realizad era una chica muy guapa, con el pelo por debajo de las orejas, esponjoso y suave. Y además, tenía mucha energía. No paraba de hacer actividades, le encantaba el béisbol y salir a todas partes a divertirse, llevándose con ella a todo el que pillara. La Ley Seca estaba vigente y Lituania no sabía cómo ella se las arreglaba para llegar contentilla a casa y oliendo a whisky. Siempre la traía a casa ese novio suyo italiano, parecido a Veneziano solo que con porte más adulto, que trabajaba con él en algunas cosas y en otras algo más oscuras que Lituania no quería saber realmente en qué consistían.
Trabajar para alguien tan dinámico como su jefa era agotador, pero era recompensado por todo lo que estaba aprendiendo en un lugar tan alejado y tan distinto de Europa. Era la primera vez que veía una ballena o un extraterrestre. Tony, pues era así como lo llamaba América, no paraba de abducirle y llamarle Liet en lugar de su propio nombre. No se separaba de él, como un polluelo detrás de su madre. A Lituania no le importaba mucho, se estaba dando cuenta de lo mucho que le gustaba cuidar a los demás.
–Me recuerda a un viejo amigo al que quería mucho. —le comentó un día—. Él me llamaba así para acortar mi nombre, siempre decía que era demasiado complicado.
Tony dirigía su vista a él, con esos ojos grandes e inexpresivos, como si intentara comprender lo que Lituania estaba diciendo. Un momento más tarde siempre contestaba con una frase simple que comenzaba con la primera palabra aprendida nada más llegar a la tierra.
–FUCKING. LO SÉ, PERO TE HACE FELIZ.
Lituania nunca quiso preguntar cómo sabía ese vocabulario en inglés, si América lo máximo que decía era "leches" y siempre con reservas y muy bajito, como si fuera la peor palabra del mundo. Tampoco quería preguntar cómo Tony sabía cosas de él sin haberle preguntado (tecnología extraterrestre, suponía. A lo mejor en el año 2000 los humanos serían capaces de hacer las mismas cosas).
Cuando tenía morriña de su tierra, escuchaba un disco de la Original Dixieland Band que encontró limpiando unas baldas. Por lo que América le pudo contar, el género se llamaba jazz y era una de las pocas cosas que le relajaban. Lo ponía lo más alto que podía para poder hacer las tareas con algo de fondo, no era lo mismo que estar en la casa en silencio, siendo además una tan grande como aquella. Cuando América volvía de trabajar (como quien viene del colegio) le tenía la cena preparada y la cama lista para que pudiera dormir cómodamente. Y, por supuesto, nada de chucherías antes.
Inglaterra llamaba de vez en cuando, muy preocupado. Lituania bromeaba con América sobre lo mucho que intentaba parecer un padre y ésta, triste, le decía que no era así, para nada.
–Yo maté a mi padre el día que me independicé –le comentó nerviosa, jugando con la servilleta, después de cenar–. La nación desapareció por la tristeza. Éste Inglaterra intenta parecerse, pero no lo consigue.
–Me creía que él era la nación original. –Lituania estaba sorprendido más bien por no haberse enterado de esos cambios al otro lado de Europa ya que él tenía que ocuparse de sus propios problemas.
–¡Qué dices! Quiere aparentar que lo es y falla. En realidad el primer Inglaterra navegaba mucho y le encantaba meterse en problemas. Además intentaba cocinar y le salía fatal pero yo le decía que estaba bueno para tenerle contento. Este es mucho más buenazo aunque intenta que no se le note. Además, aunque no sabe hacer unos fish and chips decentes, la comida india le sale estupenda. Es raro, ¿sabes? Son dos personas distintas con el mismo cuerpo y me confunde mucho.
–Creo que conozco esa sensación. Echo de menos muchísimo al Polonia que conocí. Este de ahora es tan distinto que me da escalofríos cada vez que lo veo. El mismo cuerpo, personalidades opuestas.
—¿A ti te gustaba ese Polonia? Es horrible. Quiero decir, creo que sé cómo te sientes. Yo consideraba al anterior Inglaterra como si fuera mi padre, pero este de ahora me gusta mucho y eso choca con la imagen paternal que he tenido de él siempre. Intento olvidarlo y salgo con Italia Romano, pero en el fondo no es lo mismo. Eso me aterra.
Era encantador ver cómo hablaba del tema, con esa cara de que comprender lo que está sucediendo pero sin saber cómo afrontarlo, al igual que le pasaba a él.
—Yo amaba a Polonia —confesó—. Y daría lo que fuera por volver a esa época aunque estábamos siempre amenazados por invasiones. Él era un poco mandón, a veces se distraía fácilmente, pero era feliz con él porque se preocupaba por mí tanto como yo por él, a pesar de algunas decisiones de nuestros jefes. Pero cuando veo al actual, temo que nos vaya a meter en algún problema. A mí y al resto de sus vecinos. No confío nada en él.
—Somos unos desgraciados.
–No diga esas cosas, yo doy gracias por haber encontrado a alguien como Polonia y usted debería hacer lo mismo.
-–Yo lo que quiero es jugar a algo, no me fastidies, que esta conversación me está deprimiendo. Vente conmigo.
En ella era normal que tuviera esos cambios de humor y hacer en el momento lo primero que se le pasaba por la cabeza. Agarró a Lituania de la mano y se lo llevó a rastras hacia la calle. Después de caminar unos cinco minutos, llegaron a un lugar donde había unos chicos jugando con una pelota.
—Esto es un poco nuevo, pero es genial. Quería enseñártelo, pero como siempre estamos ocupados se me había olvidado. —Casi empujó al otro dentro de la cancha y entonces fue cuando Lituania pudo ver mejor.
Parecía que el lugar estaba preparado para practicar deporte, uno del cual Lituania nunca había oído hablar. En cada extremo del campo había un palo y situado a una altura considerable una especie de canasta hecha con una red de cuerdas, agujereada por debajo. Los chicos que jugaban botaban una pelota marrón e intentaban meterla en aquellas cestas.
—Señorita América, explíqueme de qué va esto antes —le pidió, bastante confundido.
—Antes quítate el delantal, déjalo ahí mismo, en el banco. Es simple, sólo tienes que encestarla en la canasta del equipo contrario y moverte botando la pelota todo el rato. Eres alto y tus manos son grandes así que puedes hacerlo, ¿no?
Hasta que Lituania no vio jugar a esos chicos, no le pareció sencillo. Le dejaron participar después de fijarse bien en los movimientos de los jugadores y, para ser un novato, se le dio bastante bien. Encestó varias veces mientras le explicaban más reglas durante el partido y, al final, fue América quien lo arrastró fuera de ahí para que pudiera descansar.
Eso era vida.
Todos los días hacía sus tareas mientras escuchaba jazz, jugaba con Tony, se ponía a ayudar a América a rellenar sus informes y jugaba un partido de baloncesto por la tarde. De vez en cuando tenía que variar la rutina porque Canadá o Francia o cualquier otra nación pasaban las tardes de visita, pero luego regresaba a la cancha a seguir encestando. Tenía que llevar ese deporte a su casa, era lo más divertido que había hecho desde jugar al ajedrez) y, además, ponía en funcionamiento todo su cuerpo, agarrotado de no hacer ejercicio de verdad en tanto tiempo, a parte le ayudaba a liberar estrés; Su jefe había contactado con él, diciéndole que las relaciones con Polonia y Rusia se habían vuelto muy tensas, pero que no se preocupara porque él intentaría arreglarlo hasta ponerle un fin. Lituania confiaba en ello y para no inquietarse intentaba olvidar toda esa situación jugando al baloncesto.
Pero lo bueno llega a su fin tarde o temprano. Una tarde América llegó corriendo con un periódico en la mano y prácticamente lo tiró encima de la mesa de la cocina, donde Lituania estaba cortando patatas. Éste levantó la vista sobresaltado mirando a la chica, que parecía estar muy nerviosa.
—¿Qué te pasa? —Era evidente que había ocurrido algo nada agradable. Toris temió que le involucrara a él más que a ella.
Y no estaba equivocado.
—¿No lo has notado en tu interior? Parece que tenías razón cuando hablabas de tu amigo y me decías que ya no te fiabas de lo que pudiera hacer. Acabo de leer que Polonia se ha quedado con tu capital. Deberías regresar ya.
Lituania no había notado nada en él. Quizás se había relajado demasiado en casa de América, tanto que no se había percatado de ese cambio tan terrible en su territorio.
—No entiendo qué ha pasado.
Pero América no le podía dar una respuesta. Le miraba con las pupilas dilatadas y la boca entreabierta.
Hizo la maleta con lo más importante, ayudado por América que le aseguraba que no se preocupara, que le mandaría las cosas que se pudiera olvidar por correo. El viaje de vuelta fue largo, sentido mil veces peor la apreciación del paso del tiempo gracias a la oscura certeza que lo esperaba al llegar a su destino. Tuvo demasiado tiempo para pensar en toda la situación y en cómo debía afrontarlo. No esperó siquiera a dejar las cosas del viaje en Kaunas, su ahora nueva capital, ni a descansar un poco después de pasar semanas en un barco. Se presentó en Vilnius pegando un portazo y encontrándose a Polonia tan campante, ahí donde estaba su salón que poco tenía que ver con como era antes. El simplismo que tanto le gustaba ahora rezumaba aires barrocos de cortinas rojas con ribetes dorados. De hecho, lo único que conservó fue el sofá donde estaba sentado.
—Tú. ¿Qué haces en mi casa?
Polonia no se inmutó cuando fue señalado con el dedo. Sonrió de oreja a oreja, dando a entender que estaba esperando la visita de Lituania desde hacía mucho tiempo.
—No, esta es nuestra casa. Tenía entendido que te morías por volver a formar la mancomunidad con Polonia.
—Tú lo has dicho, con Polonia. No contigo.
—Yo soy Polonia.
—No lo eres.
El rubio cambió su sonrisa a otra más amplia y maliciosa, cada vez más recostado en el sofá y mirándose con interés las uñas.
—Te guste o no, ese Polonia está muerto y ahora yo soy Polonia. Quiero saber lo que es ser un país grande y poderoso ¿Tú no quieres volver a serlo? Es fácil, sólo tienes que unirte a mí. Seguro que Bielorrusia y Ucrania se unen de nuevo y podremos con la niñata esa que quiere formar eso de "La Unión Soviética" con nosotros. ¿Qué dices?
—Que quiero vivir en paz. Largo de mi casa. Ahora.
Y Polonia volvió a suspirar, como un padre que no puede con su hijo rebelde. Esa actitud enfadaba cada vez más a Lituania, que tenía ganas de darle un puñetazo en toda la cara sin dudarlo pero sólo podía estar de pie frente a él, resoplando por la nariz y apretando los puños.
—¿Si me dejo el pelo largo sería mejor para ti? Me parecería más a él, claro. Eso sí, no pienso acostarme contigo, no soy un desviado como tú —Lituania frunció el ceño—. ¡No me mires así! Es cierto.
—Es ofensivo. Todo lo que me estás diciendo me ofende y me resulta curioso que a pesar de estar haciendo esto quieres que me una a tu causa. Vas listo si crees que conseguirás lo que pretendes.
—Vale, perdona. —Puso aquella cara de inocente que al anterior Polonia le funcionaba tan bien cuando quería algo, pero lejos de parecer adorable, le hacía un rictus desagradable en el rostro—. Pero de todas formas, me va a dar igual. Vete a Kaunas si quieres, Wilno es mío. De hecho fue fácil tomarla, ¿sabes? Hay más polacos que lituanos viviendo en ella. ¿Qué vas a hacer? ¿Unirte a una niña que te quiere anexionar para tener tu capital de vuelta? Además sabiendo que has estado a las órdenes de su predecesor y eso no te hacía gracia. Eso sería como vender tu dignidad a un precio de saldo. Tú verás lo que haces.
Lituania no dijo nada más y se fue dando otro portazo. Con el tiempo intentó volver a hacerse con Vilnius uniendo sus fuerzas con Rusia en la guerra que ésta mantenía con Polonia pero fue imposible, perdieron todo. Lituania cortó todo tipo de comunicación con él, haciendo su vida desde Kaunas como si Polonia no hubiera existido. Tres años más tarde y harto de no poder conseguir una anexión completa, Polonia le puso un ultimátum a Lituania. Si no reestablecía las relaciones entre ellos, atacaría militarmente.
Lituania miró su economía, a su gente y lo pobre que estaba su ejército. No tuvo más remedio que aceptar porque no podía aguantar otra guerra más. E igual pasó cuando unos años más tarde Alemania, junto con su jefe, un tipo bajito y con bigote que no levantaba dos palmos del suelo, le pidió Klaipėda, también bajo las mismas amenazas.
Alemania parecía algo cansado y demandó a Lituania que lo hiciera por su bien, con el tono que alguien usaría para dejarle ver que la situación podía ponerse mucho peor y que él lo sabía mejor que nadie.
Lo que no podían imaginarse ninguno de los dos era cuánto podrían complicarse las cosas. Alemania había vivido poco tiempo, pero lo suficiente como para saber que lo que iba a pasar no era bueno para su gente y mucho menos a largo plazo. Sus ojeras no eran mejores que las de Lituania y se podía ver claramente que sufría más que nadie.
Muchas veces no se sabe cuándo acaba el país y comienza el ser humano, pero en esta ocasión era muy evidente.
Lituania sospechaba que algo se estaba preparando. Polonia estaba nervioso, hablaba mucho con Inglaterra y Francia y, aunque fingía que no le importaba, ponía la oreja a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Si el problema hubiera sido pequeño, Polonia habría corrido a pedirle ayuda, o más bien, a amenazarle si no la recibía. ¿Pero países tan grandes? Polonia no era tonto, sabía lo que estaba ocurriendo en Europa y los alemanes querían Gdansk a toda costa. Pero Hitler se estaba haciendo muy poderoso y los demás le temían. Nada pudieron hacer cuando anexionó Austria a Alemania, o cuando consiguió los Sudetes de los checos, ocupando así la región Posiblemente la ayuda que recibiera Polonia tanto de Inglaterra como de Francia iba a ser más bien poca. Por su parte, Rusia miraba a Polonia como si fuera un caramelo. Ella había crecido mucho (no quedaba nada de la adolescente que se enfrentó a Lituania en su casa) y no paraba de perseguir al otro chico, dedicándole todas las atenciones posibles. Éste se sentía muy halagado, pero no tardó en comprobar que ese interés no era normal. Poco a poco Polonia se fue distanciando más de ella, intentando poner freno a ese amor que no era sano para nadie. Los ojos violáceos de Rusia no paraban de seguir a Polonia, vigilándole cada momento. Nunca le dirigió la palabra más de dos frases seguidas pero estaba claro para Lituania que ella deseaba un pedazo de esas tierras.
No le iba a preocupar eso, o por lo menos eso creía. Dentro de él una voz maliciosa le decía que si ese Polonia moría, a lo mejor otro mucho más sensato ocuparía el cargo. A lo mejor y con suerte, se parecería más aquel a quien aún echaba mucho de menos. Su conciencia, a la que en esos momentos odiaba mucho, le hizo vigilarle para ver si estaba bien y le hizo llamar dos veces para preguntarle si tenía un plan, que por supuesto, no había ni pensado apoyándose en dos aliados que seguro iban a salir corriendo con el rabo entre las patas. Él iba a luchar hasta el final y vencería. Regresó después de ciento veinte años sin aparecer en los mapas, no deseaba que eso volviera a ocurrir.
El resultado de todo aquello estalló en 1939. Esa mañana de septiembre Lituania se despertó encontrándose con que Alemania había invadido Polonia y ninguno de sus aliados había movido un dedo. Se debatía entre la satisfacción por verle caer y la pena por toda la gente que estaba luchando por salvar sus vidas. A pesar de eso decidió no ayudarle. Perder Vilnius aún dolía, y mucho.
La Unión Soviética, con Rusia por delante, invadió Polonia por el otro frente unos días más tarde, ya definitivamente se auguraba un mal final. Pudo ver a Polonia, orgulloso y con el uniforme sucio, darle una bofetada a Rusia, quien solo reía y comentaba entre saltitos que ya era su dueña y no se iba a escapar de ella. Vilnius fue entregado a Bielorrusia pero a Lituania no le importó; algún día su antigua capital volvería a él, solo debía armarse de paciencia.
Si todo el mundo pensó que aquello iba a quedarse ahí, estaba muy equivocado. Lituania acordó con Estonia, Letonia y Finlandia mantenerse neutrales, pero Rusia le mandó a cada uno un ultimátum para asistirle en caso de guerra. Lituania aceptó sin mayor alternativa, consciente de que le faltaba el poder para enfrentarse en un conflicto armado contra Rusia. A cambio, le devolvieron Vilnius, aunque esta pequeña victoria sobre Polonia no sabía dulce.
Tres años pasaron como un flash. Para los humanos fueron largos y terribles, pero las naciones están hechas de otra pasta. La rapidez con la que se desarrollaron los eventos casi no les dejaron asumirlos, todo ello agravado por las crueldades cometidas por los seres humanos.
De pronto, Francia cayó en un mes ante Alemania después de jactarse de su magnífica línea Maginot que no sirvió de nada. Inglaterra estaba siendo el blanco de la aviación alemana, la Luftwaffe, y Londres vivía en un perpetuo caos con bombardeos diarios. Lituania se puso en contacto con América pero esta no tenía la menor intención de entrar en guerra porque el problema no era suyo. Lituania estaba harto de tener que andar prestando a su gente para morir en el frente, esta no era una guerra que deseaba. Se oían historias terribles desde Polonia que él no quería creer. Los humanos eran seres egoístas que podían tener placer matando, de eso no había duda, pero las historias de los campos de prisioneros que se podían escuchar eran demasiado fantasiosas y difíciles de tomar en serio, nada podía ser peor que lo que él estaba viviendo, sus políticos, intelectuales y militares siendo transportados a Siberia para morir y, mientras, él prestando ayuda a su verdugo.
El jefe de Alemania decidió que Lituania era digno de pertenecer a su plan de hacer un mundo mejor, así que cuando invadieron, Lituania no se resistió mucho, para él fue un alivio. A lo mejor podía ayudarle a salir de aquello dándole apoyo, no en vano, Alemania era el fuerte ahora mismo. Decidió ayudarle después de sublevarse contra los rusos.
Y con eso comprobó que la realidad superaba ampliamente la ficción.
Todo estaba pasando muy rápido, demasiadas desgracias en poco tiempo. Había estado sufriendo cómo los rusos hacían su propia limpieza, pero esto iba unos cuantos pasos más allá. Las sinagogas cerraron, y de pronto, la población de judíos bajó drásticamente. Al preguntarle a Alemania, este le dijo que era algo necesario en opinión de su jefe, a quien era impensable oponérsele en los actuales momentos. Además, estaba empeñado en la idea de limpiar a su país de la escoria.
Lituania entró en pánico.
El día a día era mucho mejor con ellos que con los rusos, pero detrás de esas buenas intenciones había una realidad muchísima más oscura. Guetos. Deportaciones. Muertes. Lituania cerró los ojos ante todos esos horrores y, por primera vez en mucho tiempo, deseó desaparecer. Sabía que entre su gente había colaboradores nazis que practicaban matanzas de judíos. Ahora sabía a ciencia cierta qué pasaba con los judíos cuando eran deportados y no solo ellos, pues todo aquel opositor al Tercer Reich sufría la misma suerte.
Las historias que se oían desde Polonia le resultaban cada vez más ciertas y tenía miedo de vivir en un mundo dónde Alemania y su jefe, un hombre que de primeras nadie daba un duro por él, gobernaran Europa.
Y él le estaba ayudando.
Pero no podía dejar de hacerlo, ya era demasiado tarde. Polonia aún quería Vilnius y mandaba a la resistencia para recuperarla. Lituania luchó con todas sus fuerzas para mantenerla. Pretendía que la matanza de Paneriai no era nada y que no le dolía ver como su gente disparaba a inocentes. Era por su propio bien.
Un día se enteró de la muerte de Polonia. No era culpa suya, no lo era. El no había provocado eso. El no había ayudado, pues solo necesitaba sobrevivir y nadie podía culparle.
Mentira, mentira, mentira. No podía vivir con ello.
Polonia se encontraba en un campo de concentración al sur de Cracovia y una noche simplemente se esfumó, dejando un mugriento uniforme a rayas apilado en un rincón del cuchitril donde estaba confinado. Al comienzo todos los guardias comenzaron a buscarle, interrogaron a sus compañeros de barracón para obtener una respuesta sobre su paradero y los asesinaron cuando estos no supieron explicar lo ocurrido. Alemania, muy tarde, llegó para parar la búsqueda, confesando a los humanos el modo de desaparecer de una nación. Polonia había muerto y ahora el territorio era suyo.
Era el año 1945, Rusia estaba a punto de entrar en Varsovia y dejaron que los alemanes la arrasaran para no tener ningún tipo de resistencia. No quedó nadie, aunque muchos le dijeron que ya estaba muy debilitado antes y esa fue la gota que colmó el vaso. Que Polonia no era inmortal, que ese pensamiento fue el que le hizo desmoronarse y desaparecer más que la muerte de su población.
Unos meses más tarde, Lituania estaba viviendo en su casa en Vilnius que tanto le había costado conservar y que seguro le iban a quitar, pues justo antes de la guerra era territorio polaco. Hacía tiempo que no se lavaba ni afeitaba, estaba tirado en el sofá con una botella de vodka a medio beber en la mano. Letonia entró con cuidado usando su propia llave (aquella que le dejó en los años veinte) y le incorporó, haciéndole vomitar.
—Tienes que arreglarte, Estonia viene hacia aquí con un traje suyo para que te lo pongas. Van a hacer un reparto de Europa y necesitan que estemos presentes.
—Me da igual. Ya me han llegado noticias. —Lituania se quedó sentado, con la cabeza entre las manos—. Rusia nos ha reclamado y ahora vamos a formar parte de la Unión Soviética. No hay esperanza de nuevo. Y después de lo que he hecho, menos.
Letonia tragó fuerte y le intentó levantar.
—No pienses así. Hay gente que se niega a aceptarlo.
—¿Quiénes?
—América, por ejemplo —Estonia entró y le puso recto—. Ella dice que no va a reconocer que ya no eres un país. Polonia igual.
Hubo un silencio incómodo durante unos segundos.
—¿Polonia sigue vivo? —preguntó Lituania, incrédulo.
—Otro Polonia, sí —prosiguió Estonia—. Ha nacido en Londres, parece ser que es hijo de un aviador polaco que se unió a la Royal Air Force para defender la ciudad. Sólo se sabe que la madre es inglesa y que en espacio de cinco meses ha crecido hasta tener diez años.
–¿Cómo es posible? —preguntó Lituania, pero Estonia le contestó enseguida:
–Gobierno en el exilio se ha ocupado del niño y este dice que no quiere reconocer tu anexión. Y que no quiere Vilnius tampoco y se lo han ofrecido en bandeja porque era territorio suyo antes de que todo esto empezara. Eres afortunado, pero eso no te va a librar de ser parte de la Unión Soviética.
–No puede ser.
–Lo es, así que Letonia te va a ayudar a asearte, no puedes presentarte así, pareces un vagabundo.
Una hora mas tarde y metido hasta el cuello en la bañera, Lituania no podía creer que tuviera tan mala suerte. Todo volvía a repetirse, como un ciclo.
Era como volver al año 1795. Era como volver a empezar.
Siento muchíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiisimo el retraso, pero aquí está el siguiente capítulo. ¡No me he olvidado de ello! Solo hay que tenr paciencia -w-
Notitas históricas.
Durante los años 20 a Lituania le pasaron muchas cosas. Tuvo una unión corta con Bielorrusia que no acabó nada bien, Polonia se quedó con su capital, hubo una crisis mundial... y muchos lituanos emigraron a EEUU (que es lo que hizo Himaruya en Hetalia, aunque ya hubo mucha inmigración antes, durante el imperio ruso). También lo hicieron polacos y sobre todo italianos, ya sabéis, mafias, ley seca y eso que es típico de las películas sobre la época. Los polacos me los he comido con patatas, pero he querido meter a Romano for the sake of history (y es un pequeño regalito a Papaveri ;D)
El jazz está muy metido en la cultura lituana (y también polaca), se originó en USA en los años 20. El baloncesto igual se originó ahí y fue llevado a Lituania por los inmigrantes. Es el deporte nacional de ese país, de hecho me sorprende que tan poca gente nombre este deporte cuando hacen fics históricos sobre Lituania. Ellos mismos se llaman "país de baloncesto".
Por cierto, el baloncesto fue inventado por un canadiense ;D
Sobre el colaboracionismo de Lituania con el régimen nazi, lo sentimos mucho pero es cierto. Además también es cierto que los alemanes les trataban mejor de lo que lo hacían los rusos. Eso no quita que hubiera grupos de resistencia, pero sólo hay que mirar en internet para comprobar lo serio que era el tema y la de matanzas que hubo entre lituanos y polacos por esto. En Paneriai (o Ponary) hubo una matanza bastante terrible hacia polacos y judíos por parte de alemanes y lituanos.
A pesar de esto, después de la guerra Polonia renunció a Vilnius y el gobierno polaco en el exilio fue el único que se opuso a la pérdida de independencia de Lituania. Mas tarde fue USA quien decidió no reconocer la anexión.
La Royal Air Force es la fuerza aérea más antigua del mundo. Tuvo un papel importantísimo en la Segunda Guerra Mundial, sobre todo defendiendo Londres de los bombardeos. Se unieron muchísimos pilotos polacos exiliados que resultaron ser de gran ayuda, ya que a parte de ser buenos en su trabajo no tenían nada que perder y no les importaba realizar acciones suicidas. El más conocido es el escuadrón RAF303 "Kościuszko"
