Capítulo II: Extraña bienvenida.
Los cuatro muchachos miraron en la misma dirección, encontrándose con la figura de una joven que más o menos rondaría su edad, quizá un poco menor. Ella se encontraba dándoles la espalda, con la vista fija en la fachada de la mansión. La suave brisa jugueteaba graciosamente con sus cabellos azulados, los cuales le llegaban hasta el pecho, y con los volantes de su vestido blanco puro. Cabía decir que su vestimenta no parecía precisamente "moderna": Era un vestido simple, que le llegaba hasta las rodillas y de manga larga, ceñido a la cintura. Había algo en ella que impedía apartar fácilmente los ojos de su cuerpo, algo a su alrededor, como un aura mágica, divina… inhumana.
Los cinco muchachos se miraron entre ellos, extrañados. Finalmente, Bryce fue el primero en acercarse hacia la extraña, para disipar el "misterio" de la repentina aparición de la muchacha en mitad del bosque.
—Eh, hola…
—Así que al final os ha elegido —interrumpió la muchacha.
Al igual que su aura, su voz sonaba suave y angelical, parecida a la de una dulce niña pequeña. Sus palabras desconcertaron a los cinco chiquillos: ¿Qué quería decir con eso? ¿Quién o qué los había elegido? ¿Acaso la conocían de algo? Para ellos, la muchacha era una total desconocida.
La muchacha se giró sobre sus talones con una grácil y elegante movimiento, haciendo ondear su falda y sus cabellos. Su rostro seguramente en otro tiempo habría sido la personificación de la delicadeza y la dulzura, de finas y bellas facciones, con sus expresivos ojos ambarinos que transmitían tranquilidad y la tierna sonrisa que curvaba sus labios; pero toda la estética se rompía al reparar en la cicatriz de un antiguo arañazo, que abarcaba desde su ojo derecho hasta el final de la mejilla, con una ligera inclinación hacia la izquierda. Entre sus manos, las cuales caían en su regazo, guardaba un objeto negro alargado en el que ninguno de los muchachos había reparado.
—Es una pena. —Soltó un suspiro en señal de derrota, agachando la cabeza—. Sólo espero que la suerte esté de vuestra parte, de verdad que la necesitaréis… —Alzó de nuevo la cabeza, y les echó un rápido vistazo de arriba a abajo a cada uno—, al igual que esto. —Le tendió el objeto que sostenía a Bryce: Se trataba de una linterna—. Tomad. La necesitaréis. Sólo es una, pero deberéis conformaros con ella.
En vista de que el peli-plata ni aceptaba ni rechazaba el objeto —Simplemente se había quedado quieto como una estatua—, agarró con delicadeza su mano derecha por la muñeca y posó el aparato en ella, cerrándole la palma alrededor del cuerpo de la linterna. Apenas un par de segundos más tarde, tiró de su brazo, atrayéndolo más hacia ella, y sujetándose sobre su hombro izquierdo, la peli-azul consiguió ponerse de puntillas para alcanzar la oreja de un anonadado Bryce.
—La luz es una de las más poderosas fuerzas —susurró—, y la oscuridad es su contrario… A lo que os deberéis enfrentar.
Dicho esto, se apartó del muchacho, les dedicó una última y dulce sonrisa, y se dio media vuelta, internándose de nuevo en el mar de árboles, haciendo así que el quinteto de amigos, todavía sorprendidos, la perdiese de vista. Los cuatro jóvenes se reunieron con Bryce, el cual les explicó lo que le había dicho la muchacha y les mostró la linterna. Ninguno de los cinco llegaba a entender las palabras de la chiquilla.
Tampoco le dieron mayor importancia al asunto. Pocos minutos más tarde se encontraban subiendo vacilantes y con mucho cuidado las escaleras hacia el porche, las cuales crujían sonoramente bajo sus pies. Sentían las vibraciones de la frágil estructura a través del suelo con cada pequeño golpe de aire que chocaba contra la mansión. Una vez ante las grandes puertas principales, miraron temerosos cada resquicio de la casa, en especial el techo que los cubría.
—Me da miedo que se nos caiga encima —comentó Jordan.
—Reza porque no ocurra eso —pidió Dave.
Se escucharon unos fuertes golpes inútiles.
—Que alguien me ayude a abrir las malditas puertas —pidió, o quizá ordenó Claude, separándose de la superficie de las mismas. Él había provocado el ruido, intentando que cediesen, pero notablemente no surtía efecto alguno—. ¡Están atrancadas!
Shavier se acercó al pelirrojo para ayudarlo. Después de varios intentos en vano de intentar que los manillares girasen, decidieron intentar derribar la puerta a la cuenta regresiva de tres. «Uno, dos y ¡tres!», contaron en alto, para después darle a la superficie de la madera con sus hombros. Lo volvieron a intentar un par de veces, pero sólo consiguieron hacerse un dolor persistente en sus miembros superiores; las puertas, a pesar de lo frágiles que parecían, no cedían de ninguna manera.
—No puede ser —dijo Shavier, masajeándose el hombro—. ¿Qué clase de cerraduras hacían antes? Ni si quiera las de ahora resisten tanto.
—Quizá es una señal de que no quieren que entremos —comentó por lo bajo Jordan.
—No digas tonterías —replicó Bryce—. Es una casa abandonada, ¿quién no quiere que entremos? ¿El polvo? ¿Las arañas? Un poco de sentido común, por favor…
El peli-verde, por supuesto, iba a replicarle, pero se quedó callado al ver que Dave hacía una de las cosas más estúpidas y a la vez posiblemente la más normal en años: Se acercó a la puerta y estiró su brazo en dirección a la aldaba en forma de puño que sostenía una bola de hierro, totalmente oxidada. Llamó tres veces seguidas y con la suficiente fuerza como para que se oyese en toda la casa. Ante la sorpresa externa de sus cuatro amigos y la interna del mismo peli-negro, la puerta se abrió lentamente, chirriando a su paso.
—Vale… Eso ha sido raro —comentó Shavier.
—Y no te olvides que también terrorífico —apuntó Jordan.
Nada más decir éste último adjetivo, un viento frío salió del interior de la casa, como una respiración heladora que chocó contra los rostros del quinteto de muchachos, consiguiendo que la baja temperatura entrase por todos y cada uno de los poros de su piel. Esta brisa fresca arrastraba a su paso una oleada de polvo, que hizo que les entrase un ataque de tos, mientras intentaban disiparlo agitando las manos. Pero la brisilla no solo llevaba consigo polvo y olores asquerosos —Al menos hasta que te acostumbrabas—, también llevaba consigo el recuerdo de algo lejano, un murmullo del pasado ya olvidado entre las paredes de la casa…
Varios minutos después, todavía se encontraban en la entrada, sin decidirse a entrar. Aquello último había resultado ser lo suficientemente espeluznante como para acabar con la poca decisión que tenían de pasar allí la noche. A algunos empezaba a serles atractiva la idea de dormir en el bosque, aunque tuviese una piedra por almohada, tuviesen visitantes nocturnos con forma animal y las consecuencias fuesen un mes en cama por resfriado o pulmonía; comenzaban a pensar que eso no era nada comparado con lo que les podría pasar si entraban por esas puertas, auténticas fauces que invitaban a la oscuridad más aterradora.
—Pues… seamos bienvenidos —comentó Claude, sin demasiados ánimos.
El interior daba directamente al salón. A sus pies se desplegaba una larga alfombra que, en otros tiempos mejores, hubiera tenido un tono carmín, y que llegaba hasta las anchas escaleras que había al fondo de la sala, las cuales se bifurcaban para subir hasta el segundo piso.
A mano derecha se encontraba lo que sería correctamente dicho como el salón, con unos pocos sofás y sillones entorno a una larga y baja mesita, con la chimenea que una vez dio luz y calor al hogar. A mano izquierda se encontraba lo que sería el comedor, con otra larga mesa, bordeada por sillas de alto respaldo; al fondo de esta misma parte había una puerta, que muy probablemente conduciría a la cocina.
Había algunos candelabros dispersos por las superficies de las mesas, sin embargo también se hallaba algo que parecía desentonar ligeramente con el resto del mobiliario, aunque no repararon precisamente en eso: Una lámpara de araña, localizaba más o menos a medio camino entre las escaleras y la entrada, sobre la alfombra, en la cual reposaban numerosos cristalitos que se habían desprendido.
Absolutamente todo estaba sumido en la oscuridad, pues la escasa luz que entraba por las ventanas era la de la luna, y no conseguía bañar con su brillo toda la estancia. Muebles y suelo estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo, señal de que allí no parecía haber entrado nadie en siglos, mas no lograban ver telaraña alguna, como se hubiesen esperado. El mismo polvo dificultaba diferenciar las manchas negras que cubrían todo, como recuerdo del incendio que sufrió la casa en su tiempo.
Claude posó el primer pie en el interior, dubitativo. Los tablones de madera crujieron, una vez más, bajo su peso, consiguiendo que el veneno que era el terror de que el suelo se hundiese bajo él recorriese todo su cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de los pies.
Bendita su inocencia, que todavía no sabía que en las próximas horas tendrían un duro enfrentamiento con el Más Allá.
¡Guarden sus armas! ¡Ya les dije que la acción no llegaba hasta el tercer capítulo!
Bueno, pero ya hemos avanzado: ¡Ya están dentro de la casa! Wuuuh. (Imaginen que eso suena macabro).
De cualquier modo espero que no se haya hecho demasiado pesado. Procuraré que la espera merezca la pena; ¡pondré toda mi alma para no decepcionar a nadieeeeee!
La chiquilla extraña (que ahora sé que es un personaje "X"; ¡gracias ! *.*) NO volverá a salir, o al menos no tengo planeado nada de eso. Si acaso se la mencionará alguuuna vez~ Pero necesitaba que alguien dijese eso D: En fin, eso era.
¡Muchas gracias a todos por leer y comentar! *O* Me siento tan feliiiiiiz~
Bueno, os pido que seáis estrictos conmigo. Quiero saber si voy bien, me expreso bien y toooodo eso. Please !
Los sexys Aliens a los que torturaré (MUAHAHAHA) son de Level-5...
pero me encargaré personalmente de que no siga siendo así por mucho tiempo. *Risa macabra*
