Capítulo III: Primeros sucesos.

El pelirrojo de ojos ambarinos decidió ser el primero en aquella mini-exploración por la mansión, sin necesidad de pelea, pues a ninguno le hacía precisamente ilusión estar entre aquellas polvorientas cuatro paredes. Avanzó cauteloso por la alfombra, inspeccionando con la mirada detalladamente cada resquicio de su entorno, esperando a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. De un momento a otro una luz procedente de su espalda se encendió, proyectando su kilométrica sombra. Fue tal la sorpresa que dio un pequeño respingo. Miró por encima de su hombro, para encontrarse con Shavier y Jordan intentando aguantar la risa —Cosa que se le daba mejor al primero—, mientras que Dave y el peli-plata seguían con su misma expresión impasible.

—Maldito Bryce —masculló entre dientes, apretando los puños y frunciendo el ceño.

—Te he oído —comentó el nombrado sorprendiéndolo. La luz se fue por unos instantes: Shavier, Jordan y Dave habían empezado a seguir los pasos del oji-ámbar finalmente—. Tienes suerte de que no me fíe un pelo de este suelo. Cuando salgamos de aquí mañana te faltará mundo para correr.

—«Cuando salgamos de aquí mañana te faltará mundo para correr», Ñañaña —se burló del peli-plata, poniendo voz cómicamente aguda, mientras movía la cabeza de un lado a otro en pequeños golpecitos. Total, si ya estaba amenazado, y sabiendo que Bryce siempre cumplía respecto a sus amenazas, ¿por qué no seguir molestándolo? ¿Qué podía perder –O ganar (Más collejas o lo que fuese)?

El peli-plata puso los ojos en blanco. Bendita su —poca— paciencia.

Siguió los pasos de Dave, que hasta entonces había sido el último en la pequeña caminata que llevaban, directos al piso superior en busca de alguna habitación en la que poder dormir. Apenas había avanzado dos pasos cuando las puertas se cerraron con un sonoro golpe a sus espaldas; esta vez los cinco se alarmaron, haciendo así que la respiración y los latidos se les acelerasen más notablemente de lo que hubiesen deseado. Los muchachos se giraron violentamente hacia las mismas.

—¡¿Pero se puede saber qué rayos te pasa? —inquirió Claude, enfadado—. ¡¿Cómo se te ocurre cerrar así de fuerte las puertas? Luego que se nos cae el techo encima, tsé…

—Yo no he sido —se defendió Bryce, frunciendo levemente el ceño.

—Sí, ya, y yo nací ayer, no te digo…

—Pues no me sería de extrañar.

El pelirrojo entrecerró los ojos, mientras apretaba la mandíbula; se dio la vuelta y siguió andando.

—¿Y cuántos días llevan así ya, discutiendo por todo? —preguntó Jordan.

—Umm… —Shavier hizo una pequeña paradilla en el camino, colocándose justo debajo de la lámpara de araña, intentando no pisar los cristalillos que habían caído al suelo. Se llevó el dedo índice a la barbilla, en una pose de pensador y concentración—. Si mal no recuerdo, llevan unos veintitrés días… Sí… Sí, justo desde aquella noche que nos sirvieron esos deliciosos helados de postre.

—Y pensar que esta tontería comenzó porque Claude se lo tiró encima a Bryce —comentó Dave.

—¡Vuelvo a repetir que yo no fui! —se defendió el pelirrojo, encarando de nuevo a los cuatro muchachos, apenas cambiando su expresión anterior—. ¡Me iba a sentar, Nepten me empujó y…!

—Que te calles —le cortó Bryce.

El oji-ambarino le dedicó una última mirada fulminante antes de, esperemos y sea la última vez, girarse sobre sus talones y enfrentarse cara a cara a las largas escaleras. Subió —Con el mismo cuidado con el que había avanzado hasta entonces— las mismas, hasta llegar al descansillo en donde la escalera se bifurcaba, y esperó a que el resto de sus amigos se uniesen a él, mientras observaba el gran retrato familiar que estaba colgado en la pared.

—Supongo que es la familia Tanaka —dijo Jordan—, ¿no?

—Sí, pero… —Shavier dudó, mientras fruncía ligeramente el ceño—. ¿No veis algo… raro?

Los cuatro chiquillos observaron más detenidamente el cuadro al escuchar las palabras del pelirrojo. En él estaban retratadas cuatro personas: Una anciana con una amable sonrisa dibujada en el rostro, el cual mostraba lo que realizaba el paso de la cantidad de años en su piel, sentada en una mecedora; a sus pies se hallaban un par de niños pequeños de rodillas mirando al pintor, con ojos llenos de un brillo de inocencia e ilusión, y unas anchas sonrisas surcando sus labios; y para finalizar un mujer considerablemente joven, tras el respaldo de la mecedora, con una ligera curva hacia arriba en las comisuras de sus labios.

Aparentemente se trataba de un retrato bien conservado… Demasiado bien conservado.

—No tiene marcas de quemaduras —apuntó Bryce—, como si no hubiese estado durante el incendio.

Dave se acercó un poco más al cuadro, pasando los dedos por una de las esquinas; apenas un roce.

—Y no tiene polvo —añadió, observando las yemas de sus dedos.

—Pero eso no tiene ningún sentido —dijo Claude—. Es la familia Tanaka, está claro, supuestamente nadie más ha vivido aquí en años, y los componentes coinciden: La abuela, la hija y los dos nietos. ¿Estáis queriendo decirme que los fantasmitas no tienen otra cosa mejor que hacer que limpiar su retrato, para no dar malas apariencias aunque sea en eso?

—No bromees con esas cosas —replicó Jordan, molesto.

Claude evitó la mini-discusión limitándose a poner los ojos en blanco, mientras soltaba un bufido. Empezaba a cuestionarse seriamente si aquél era el día Nacional de «Todos En Contra De Claude», porque con la tarde que le estaban dando, lo parecía. Y comenzaba a hartarse de la actitud alterable de sus amigos, saltando a la mínima de cambio, como depredadores a la yugular. ¿Acaso había hecho algo malo?

Algo que quedaba a medio camino entre un grito y una queja lo sacó de sus pensamientos. Los cuatros se giraron hacia Shavier, que era el causante de aquello. Cuando Bryce lo alumbró con la linterna, pudieron ver que el pelirrojo se agarraba fuertemente el hombro con la mano contraria; bajo ésta pudieron observar, aunque dificultosamente, que sus ropas estaban desgarradas, las dos capas. Su expresión era de dolor, frunciendo el ceño, arrugando la nariz y apretando la mandíbula.

—¿Qué sucede? —inquirió el más alto.

El pelirrojo, en respuesta, apartó la mano; lo primero que vieron, fue su palma manchada de un líquido carmesí brillante. Entre los rotos de su ropa, pudieron ver perfectamente cómo el muchacho tenía un profundo arañazo, como si le hubiesen clavado cuatro cuchillas de forma más o menos paralela. La sangre brotaba sin descanso, pero cada vez en menor cantidad.

—A-algo me ha… ¡a-agarrado! —intentó explicarse el pelirrojo, pero ni si quiera él sabía con exactitud lo que acababa de ocurrir—. He-e sentido como si una mano muy —recalcó la palabra— fría me agarrase con fuerza del hombro, haciéndome daño, y cuando me he querido apartar de un tirón, me... ¡me ha arañado! ¡Lo que sea que haya sido me ha arañado!

—Pero eso es imposible, sólo estamos nosotros cinco… —dijo Claude—, ¿verdad?

Al instante, los tres amigos se acercaron a Shavier para intentar aplicarle algún tipo de cura temporal, mientras que Bryce movía de un lado a otro la linterna por la sala principal —Era de lógica que si el atacante seguía por allí, estaría en el piso de abajo, pues el pelirrojo había sentido que lo agarraban desde su espalda, y los cinco estaban de cara al cuadro—, buscando al agresor, pero no encontraba nada ni oía nada. No había ninguna huella aparte de las pisadas que los cinco habían dejado marcadas en la capa de polvo, sin salirse en ningún momento de la alfombra. ¿Qué tan rápido y sigiloso podría ser nadie como para huir tan rápidamente y sin ser descubierto? Aquello no había por dónde cogerlo.

—¡Me arde! —exclamó el oji-verde.

—A saber qué te ha entrado en este sitio polvoriento y húmedo —dijo Dave.

—Hay que buscar algo con lo que desinfectarte la herida.

Nada más decir esto, el peli-verde echó instintivamente la mirada hacia la escalera que seguía a mano derecha, y la respiración se le cortó. En lo alto de las mismas, había dos sombras: Dos pequeñas figuras agarradas mutuamente a través de sus manos entrelazadas en medio de sus dos pequeños cuerpos, que los observaban con brillantes ojos y unas maléficas sonrisas dibujadas en sus rostros. Automáticamente Jordan se echó bruscamente hacia atrás, sin apartar la vista de los dos niños. De normales un par que pequeños no lo habrían asustado, pero había algo en ellos, en sus ojos, en sus sonrisas, que hacían que se le pusiera la carne de gallina y el corazón se le acelerase.

Dave fue el primero en percatarse de la reacción del oji-negro.

—¿Te ocurre algo, Jordan? —inquirió, algo inquieto internamente.

El nombrado, sin despegar las vistas de los dos niños, los cuales ensancharon su sonrisa, los señaló con el índice y los ojos como platos; su brazo sufría ligeros temblores a causa del miedo que corría por sus venas. Apenas abrió la boca para hablar, los dos pequeños se dieron media vuelta, sin soltarse, y echaron a correr, riéndose divertidos; sus pasos llegaron con eco a los oídos de Jordan, el cual se sorprendió al verlos marchar alegremente.

Sus tres amigos —Bryce seguía intentando encontrar a alguien en el piso inferior— miraron hacia la escaleras, esperando ver aquello por lo que el peli-verde se había asustado tanto, pero no encontraron absolutamente nada ni nadie. Miraron al chiquillo, esperando alguna explicación por su parte; éste sólo dejó caer lentamente el brazo, desconcertado.

—A-ahí… Ahí había… —tartamudeó—. ¡A-allí estaban los dos n-niños del cuadro!

Instintivamente, y ahora sí que sus cuatro amigos, miraron a lo alto de las escaleras: Nada.

—No digas tonterías —replicó Claude—. Esos dos niños están muertos. Si intentas asustarnos, invéntate algo más creíble, anda.

—¡No me lo estoy inventando! —gritó Jordan, apretando sus puños a ambos lados de su cuerpo, fulminando con la mirada al pelirrojo de ojos ámbar—. ¡Sé lo que he visto! ¡No intentaba asustaros! ¡Estaban allí arriba! ¡De verdad! —intentó convencer a sus amigos.

—¿Y entonces por qué no hay nadie ahora?

—¡Porque se han ido corriendo! ¡No hace falta ser un genio para saberlo!

Claude, llevándose las manos a la cadera, se volvió hacia los otros tres muchachos.

—¿Vosotros habéis visto o habéis escuchado a esos dos niños fantasma?

—¡No son fantasmas! —interrumpió el peli-verde—. ¡Son de verdad!

El oji-ambarino puso los ojos en blanco, exasperado por la actitud del peli-verde. Volvió a mirar a los tres muchachos exigiendo una respuesta por su parte; ellos compartieron una mirada, intentando adivinar lo que diría el contrario. Finalmente dirigieron sus vistas hacia el oji-negro, que se temía lo peor.

—Jordan… Yo no he escuchado nada —murmuró Shavier. Dave negó con la cabeza, de acuerdo con él.

—Estaba muy ocupado buscando a quienquiera que haya arañado a Shavier, así que no he visto ni oído nada tampoco —se excusó el peli-plata.

—¿Ves? —le echó en cara el pelirrojo de ojos ámbar.

Jordan parpadeó repetidas veces, conteniendo la respiración. Estaba sin habla. ¿De verdad nadie los había visto a parte de él? Y ¿ni si quiera sus amigos tenían la decencia de, al menos, creerle? Se sentía desconcertado. Desconcertado y decepcionado. ¿De verdad que nadie iba a apoyarle, aunque fuese, un poquito? Apretó los puños y frunciendo el ceño, respirando de nuevo.

—Eso es porque sólo veis lo que queréis ver. ¡Os demostraré que estaban ahí!

Dicho esto, echó a correr escaleras arriba, sin preocuparse demasiado por la delicadeza de la estructura. Estaba demasiado ofendido como para reparar en esos pequeños detalles que, esperásemos, carecían de verdadera importancia. Necesitaba que alguien le creyese de una vez por todas, sin importar cómo; no quería pensar que de verdad esos dos niños eran verdaderos fantasmas y que sólo él podía verlos. Por el bien de su salud mental, más que nada.

—¡Jordan! —llamó Shavier, viéndolo correr escaleras arriba.

—Vamos con él —ordenó Dave.

El peli-negro echó a correr tras el moreno, seguido de cerca por Shavier, que corría algo dificultosamente: ¿Quién podría correr bien teniendo que apretarse con fuerza un trozo de pañuelo de papel contra el hombro para que la sangre no saliese más? Por el contrario, Bryce decidió quedarse con Claude; no le apetecía estar con él mientras sus tres amigos corrían como locos por encima de sus cabezas, corriendo el peligro de que se les cayesen como lluvia del cielo, pero tampoco veía bien dejarlo solo. Siendo honesto, no veía bien dejar a nadie solo en esa casa: Incluso él empezaba a sentir miedo por los sucesos tan extraños que estaban teniendo lugar. Pero tampoco lo demostraría abiertamente.

—Pues tú tampoco es que tengas mucho más tacto que yo, Don Listo —acusó, apuntándole con la linterna.

No escuchó la réplica del pelirrojo, su mente todavía estaba procesando la información que sus ojos captaban: La luz, al alumbrar a Claude, también iluminaba lo que había en el retrato, ahora, incompleto. La linterna se le resbaló de entre sus dedos mientras la respiración se le cortaba, con los ojos como platos. ¿Era posible que un cuadro en el que hacía un momento había cuatro personas, ahora se hallasen solamente dos? ¿Era posible que las expresiones de las dos restantes hubiesen cambiado? ¿Acaso deliraba?

El oji-ámbar, descolocado por la reacción de su amigo, se giró sobre sus talones. En cuanto pudo acostumbrarse a la escasez de luz, observó lo mismo que había visto Bryce. Sus pies se movieron solos, atrasándolo un par de pasos, alejándose del retrato.

En la pintura ahora sólo se hallaban la abuela y su hija, más o menos en las mismas posiciones; de los niños no quedaban ni rastro, sólo un gran vacío en la parte inferior del cuadro. La sonrisa de la más anciana había pasado de ser tierna y de confianza a ser malvada, con un brillo aterrador en sus negros ojos. Mientras tanto, el rostro de la mujer estaba ligeramente apresado por el terror y la pena; extrañamente, esos sentimientos parecían dirigidos hacia los observadores de su inmortalizado rostro, o esa impresión les dio a ambos, sin necesidad de ponerlo en común.

—T-tenemos que salir de aquí —dijo Claude.

—Por una vez no te voy a discutir —respondió Bryce.

El peli-plateado se agachó rápidamente para coger la linterna y siguió a su amigo, que se encontraba subiendo las escaleras a toda prisa para ir a avisar a los tres muchachos restantes. A estos dos tampoco pareció importarles la delicadeza de la estructura, sólo pensaban en encontrar a Jordan, Shavier y Dave y salir de la mansión cuanto antes. Definitivamente la idea de dormir con una piedra como almohada y coger un fuerte resfriado se les hacía más apetecible que seguir entre aquellas cuatro paredes.


¡Feliz domingo! *Grillos* ¿Qué? No cuela, ¿verdad? ¡LO SiENTOOOO! Sé que prometí subir el tercer capítulo el Domingo, pero por una serie de inconvenientes relacionados con que Internet me odia, FF me odia, el mundo me odia y que yo tengo menos cerebro que un mosquito... simplemente no pude -.- Sé que merezco la horca. Entenderé que me odiéis para el resto de mis días *dramatiza*

Bueno, en lo que al capítulo se refiere... ¿Qué tal? ¿Qué os parece? ¡Aquí es cuando empieza lo bueno! *Sonrisa sádica* Jujujui, se me ha ocurrido una continuación que espero plasmar bien en la historia y que quede tan bien como en mi mente. Espero que no os haya decepcionado demasiado.

Gracias por leer y por lo reviews *-* Ahora os responderé a cada uno.

PD: Nepten también es conocido como Nepper... ¿Netsuha Natsuhiko?


Mis coballas... perdón, quiero decir, los capitanes Alienígenas que estoy usando para la historia no me pertenecen, así como el nombrado jugador de Prominence y Chaos, son de Level-5; el día en que sean de mi propiedad es porque ningún maldito mosquito me habrá picado en todo el verano... (cuatro días y ya llevo entre nueve y once... malditos proyectos de vampiros).