Capítulo IV: El patio de mi casa…
—Jordan, Jordan, ¡Jordan! —llamó Dave, dando el último sprint en su persecución del peli-verde para poder agarrarle del brazo con más brusquedad de la que hubiese deseado y detenerlo, dándole la vuelta—. ¿Quieres esperarnos…, por favor? —preguntó, sin aliento.
Pocos segundos más tarde, Xavier ya se había reunido con ambos muchachos. Los tres tenían las respiraciones agitadas debido a la carrera que se habían pegado, pero consiguieron calmarse con rapidez y recuperar el aliento, para su fortuna. El oji-negro desvió la vista de sus dos amigos, mirando a la pared.
—¿Qué queréis ahora? —inquirió lo más cortante que supo sonar.
—No creo que sea buena idea que vayas tú solo por aquí —dijo el pelirrojo a modo de respuesta—. Sinceramente este lugar me da muy mala espina. —Esperó paciente a que el muchacho le respondiese algo, pero éste se quedó en silencio. Entonces, sonriendo imperceptiblemente, repitió las palabras que un día él mismo le dijo tiempo atrás—: «El que calla, otorga», ¿recuerdas?
El peli-verde se sorprendió. Se reprendió por enseñarle tantos refranes a Xavier, pero ya nada podía hacer: Le había calado, a él también le daba muy mala espina aquella mansión, al igual que a Dave y a los otros dos muchachos, que todavía permanecían en el descansillo de las escaleras.
—Vamos a buscar a esos dos niños —habló el peli-negro, sorprendiendo a Jordan, captando su mirada. El oji-naranja le dedicó una pequeña sonrisa—. Si dices que los has visto, entonces vamos con ellos. Dos niños pequeños en mitad del bosque y solos deben haberse perdido, así que no creo que les haga mucha gracia estar en este polvoriento lugar sin sus padres.
Xavier asintió en señal de acuerdo.
Segundos más tarde, con un más contento peli-verde, abrían una de las del pasillo superior, pensando que los niños se habrían escondido por allí. Al oji-negro se le había olvidado completamente la sensación de terror que corrió por sus venas al verlos; sólo pensaba en demostrar que estaban allí. No sólo para hacer que sus amigos lo creyesen, también por su salud: Había sopesado seriamente la posibilidad de estar viendo alucinaciones, y a su parecer todavía era demasiado joven para empezar a ir al psicólogo.
Tras la puerta —Que costó abrir, como si hubiesen estado empujando desde el interior en dirección contraria— había una habitación bastante amplia, con las paredes que, en tiempos mejores, habrían tenido los tonos más claros de la casa —Al menos de la parte que llevaban vista. Había una especie de separación invisible en mitad de la habitación, separándola de forma casi simétricas, pero con una ligera variante: La parte de la derecha parecía más bien hecha para una niña pequeña, y la izquierda, para un niño. Por el resto eran prácticamente iguales: Las camas en la misma esquina, las pequeñas cómodas de forma totalmente paralela…
Una pequeña luz blanquecina brillante procedente de la luna se filtraba con dificultad a través del polvoriento cristal de la ventana, dejando ver con mayor facilidad las motas de polvo que danzaban libremente por el aire.
Los tres muchachos entraron a la habitación para inspeccionar detenidamente cada rincón de la misma, imaginando que si los niños habían descubierto esa habitación, se habrían quedado allí en base a los, aunque escasos, juguetes que había. Era lo más lógico, ¿no?
—Esta debía ser la habitación de los mellizos —comentó Xavier.
Agarró con delicadeza una muñeca de trapo, con botones como ojos y una permanente sonrisa cosida, al igual que sus cabellos de lana chamuscados. Era difícil adivinar sus antiguos colores, pues ahora estaba totalmente negra debido al incendio que sufrió. No pudo evitar la pena que se apoderó de su corazón, encogiéndoselo: Sólo eran unos inocentes niños que murieron muy temprano, allí estaba la prueba, en su habitación. La lástima que sentía por aquellas dos almas se transmitía a través de sus ojos.
Por un momento el pelirrojo quedó cegado. A su mente llegó una imagen fugaz: La madre de los pequeños, que le chilló: «¡NO TE DEJES ENGAÑAR!», para terminar desvaneciéndose de nuevo.
Se llevó la mano derecha a la sien, con una mueca de dolor. Parecía como si la mujer le hubiese gritado en pleno oído, retumbándole en el interior de la cabeza. Le echó un último vistazo al rostro de la muñeca, con aquella sonrisa tan irreal, para después devolverla a la superficie de la cómoda de la niña. Se giró hacia sus dos amigos, que habían estado mirando por todos los huecos de la habitación, haciendo como si lo último jamás hubiese pasado. Por su equilibrio mental.
—Aquí no están —anunció Jordan, devolviendo la puerta a su sitio.
—Por aquí tampoco —avisó Dave, dejando caer la sábana de nuevo al suelo, con el bajo rozando los tablones de madera. Se sacudió las manos con sonoras palmadas—. Vayamos a mirar en otra habitación, no pueden haber ido muy lejos, ¿no?
Antes de que nadie pudiera responder, escucharon un fuerte ruido proveniente de las escaleras. Compartieron una mirada de preocupación y desconfianza; ¿qué había sido eso? Mientras los tres asomaban la cabeza por el hueco de la puerta desde sus sitios escucharon pasos apresurados subiendo las escaleras, mientras veían la luz de la linterna moverse de un lado a otro, iluminando fugazmente el oscuro pasillo. A los pocos segundos Bryce y Claude llegaron a la puerta, apoyándose en el marco de la misma, exhaustos y respirando entrecortadamente, y no especialmente por la carrera…
—¡Tenemos que salir de aquí! —exclamaron al unísono.
Los tres muchachos volvieron a compartir una mirada, esta vez de desconcierto.
—¿Pero qué ocurre ahora? —inquirió Xavier—. ¿A qué vienen esas prisas, chicos?
—Parece que hayáis visto un fantasma —se burló Jordan, encontrando el momento apropiado para devolvérsela a Claude. Éste lo fulminó con la mirada, sabiendo por qué lo hacía.
—Puede que no vayas demasiado desencaminado —admitió a su pesar el peli-plata.
Repentinamente el peli-verde palideció; por una vez que no prefería no haber tenido o, al menos, que se la hubiesen dado y justo pareció acertar de pleno. Más mala suerte no podía tener, ¿se había levantado aquella mañana con el pie izquierdo?
—¿A qué te refieres, Bryce? —preguntó con seriedad el peli-negro.
—Los niños… ¡Ya no están en el cuadro!
—Parece una locura, pero es verdad —secundó el pelirrojo—. Tenemos que salir de aquí cuanto antes.
Lo estuvieron discutiendo algún rato más, pues ninguno de los tres parecía querer creerles. Al principio pensaron que se trataba de algún tipo de broma pesada, pero luego cayeron en que, aunque eso se lo podrían esperar de Claude —Cosa que molestó al pelirrojo cuando lo dijeron—, Bryce no era precisamente un bromista. Además, a ambos se les veía muy firmes con sus palabras.
—Vayamos a ver —dijo el peli-verde.
Dave y Xavier asintieron con la cabeza. Éste último, junto con Jordan, salieron con tranquilidad de la habitación, mientras el peli-negro apoyaba una mano sobre el colchón para poder ponerse en pie de nuevo. Cuando apenas estaba de cuclillas, sintió que algo lo agarraba por el tobillo. Con un escalofrío recorriéndole el cuerpo, echó un vistazo hacia abajo, para encontrarse con una fina y delicada mano, como la de un niño pequeño cualquiera, sujetándole, con la piel como la porcelana. El brazo salía directamente desde debajo de la cama, donde hacía un momento no había visto a nadie.
Claude fue el primero en percatarse de que algo no iba bien con el peli-negro, se notaba en su expresión. También pudo ver con claridad la mano que se aferraba a su tobillo, y cómo por la otra parte de la cama asomaban dos pequeñas piernas, con los pies cubiertos con unos zapatos negros, de esos que llevaban broche que usaban las niñas pequeñas.
—Jordan, aunque me cueste admitirlo, tenías razón —masculló entre dientes, no queriendo admitir que se había equivocado. El peli-verde enarcó las cejas, confundido. Éste señaló con un movimiento de cabeza en dirección a la cama de la derecha—. Ya veo que ahí está la niña…
Ni Jordan y Xavier se detuvieron a escuchar la continuación de la frase. Se giraron bruscamente sobre sus talones, sorprendidos y asustados por las palabras del pelirrojo, para ver lo mismo que él. Además, ahora la niña balanceaba los pies arriba y abajo graciosamente, como si aquello la divirtiese y dándole un toque aún más infantil, y lo sujetaba del tobillo con ambas manos.
—¿P-pero no habías dicho que-e no estaban... a-ahí? —preguntó Jordan, tras tragar saliva.
Los rostros de Claude y Bryce eran un verdadero cuadro de desconcierto.
—Y no había nadie —repuso ahogadamente el peli-negro.
Algo se removió en los bajos de las sábanas de la cama contraria, y por ambos lados salieron los pies y los miembros superiores del otro joven, pero ninguno llegó a percatarse de su presencia. Y casi totalmente cronometrados, ambos mellizos asomaron la cabeza. Sus sonrisas no eran precisamente amigables, mostrando unos blancos y afilados dientes, y sus ojos, apenas tapados por sus mechones de cabello, eran de un vacío aterrador, como una noche sin estrellas. De nuevo, la mayoría sólo reparó en la niña y en un paralizado Dave, que apenas lograba moverse lo suficiente para respirar.
—Y allí está el niño —avisó Bryce, el único que reparó en él.
El niño, que casi se iba arrastrando desde debajo de la que fue su cama, se volvió a esconder muy cobardemente en cuanto el peli-plata lo alumbró con la luz de la linterna, con un gruñido ahogado en su pecho, ante la sorpresa de los tres muchachos —Dave seguía casi paralizado— y del mismo Bryce. La niña, al verlo, fulminó con su vacía y opaca mirada al responsable de aquello y, soltando el agarre del peli-negro, extendió su mano derecha hacia ellos; pero al contrario de cómo pensaban, lo que hizo fue cerrarles la puerta literalmente en las narices, encerrando a Dave, a su hermano y a ella misma en el interior.
Apenas tuvieron tiempo para reaccionar, los cuatro muchachos comenzaron a golpear la puerta como locos, en un intento en vano de derribarla, mientras gritaban desesperadamente para que Dave les respondiese, para asegurarse de que seguía bien con aquellas dos cosas como compañía.
. . . . . .
El sonido de la puerta al cerrarse de golpe lo sacó de su shock de una forma muy brusca. Miró a la única salida de aquella habitación durante unos instantes, percatándose por primera vez de que se había quedado encerrado con aquellos dos pequeños demonios como única compañía. Echó un rápido vistazo a sus pies, encontrándose con la sonrisa lobuna de la niña. Apenas la vio moverse un milímetro, se echó hacia atrás instintivamente de golpe, chocándose con la otra cama, quedando sentado en el borde, sin apartar la vista de aquella niña. Por un momento se le olvidó que su hermano estaba debajo de él mismo, pero lo recordó cuando notó que la cama se movía; por instinto, subió los pies al colchón, como cuando era pequeño y temía que algo saliese de debajo. La única gran diferencia, aparte de la edad, es que ahora sabía a ciencia cierta que allí había alguien.
«Esto debe de ser una pesadilla —pensó, intentando convencerse a sí mismo—. Tengo que salir de aquí como sea.»
Tragó saliva, llevándose con ella gran parte de miedo que tenía de volver a bajar los pies, con aquellos dos niños dispuestos a agarrarlo de nuevo. Se armó de valor y de sentido común —«Si me muevo rápido, llegaré a la puerta y podré salir de aquí»—, y prácticamente saltó de la cama, directo a la salida como una bala. Sus manos rodearon el manillar de la puerta con más nerviosismo del que hubiese querido, forzándolo para que se abriese. Nada. Eran intentos en vano.
Mientras tanto, los dos niños ya habían salido de su escondite. Moviéndose con inhumana rapidez, se encontraban detrás de Dave, cogidos nuevamente de las manos, dedicándole una sonrisa maléfica. La niña agarraba con la mano libre la muñeca de trapo que, minutos antes, había observado Xavier.
—¿No quieres quedarte a jugar con nosotros? —preguntó la niña, con fingida inocencia.
El peli-negro se sobresaltó al escucharla tan de cerca. Se giró sobre sus talones, apoyando la espalda contra la puerta lo más cerca que le fue posible; parecía intentar fundirse con la tabla de madera.
—Quédate con nosotros —siguió el niño—. Nos divertiremos. Para siempre…
—Alejaos de mí, demonios —espetó el muchacho, procurando que la voz no le temblase.
Las sonrisas de los dos niños se apagaron. Se miraron mutuamente.
—Creo que no quiere jugar… —dijo la pequeña, con tono triste.
—Sí que lo hará, hermanita —la animó el muchacho. Miró de nuevo al peli-negro, recuperando esa sonrisa lobuna, mostrando sus afilados dientes—. Y lo hará durante la eternidad.
El peli-negro abrió los ojos desmesuradamente, sin entender a lo que se refería.
. . . . . .
—¡Dave, responde! —gritó Jordán, aporreando la puerta.
—¡Sacadlo de ahí, malditos mocosos! —espetó Bryce.
Así llevaban un buen rato entre los cuatro, desgarrándose la voz y sin parar de darle fuertes golpes a la puerta que no se abría, intentando que algo o alguien diera señales de vida en el interior de la habitación. La desesperación podía con ellos, no sabían lo que estaba ocurriendo allí dentro, pero estaba claro que nada bueno podía ser. La linterna había quedado a los pies de los muchachos.
Xavier dejó de darle golpes a la puerta; había visto algo por el rabillo del ojo. Algo moviéndose, en la oscuridad. Se giró hacia el extremo izquierdo del pasillo, que parecían las fauces de un lobo invitándolo a la perpetua oscuridad. No sabía qué era, pero allí había algo. Y lo sentía. Cada vez más cerca, reptando por las paredes y por el techo, observándolos amenazadoramente. Sentía la fuerza que desprendía, sentía el terror que emanaba, fundiéndose en el cuerpo del mismo pelirrojo.
Y entonces lo vio. Un destello carmesí, desde la unión entre la pared el techo, como un par de ojos diabólicos.
—Chicos —llamó—. Creo que nosotros tenemos nuestros propios problemas.
Los tres dejaron de aporrar la puerta y de gritar, y se volvieron hacia Xavier. Siguieron su mirada, y se encontraron con aquellos dos ojos rojos.
—¡¿Qué mierdas es eso? —inquirió Claude.
. . . . . .
—El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás —canturreaban los dos niños.
Los pequeños estaban agarrados de las manos entre ellos dos y la muñeca de trapo, formando un círculo alrededor de Dave y girando lentamente, al compás de la lenta letra de la canción. El peli-negro no era capaz de ver nada que no fuera oscuridad, como si estuviera ciego, y no conseguía moverse de su sitio, como si estuviese apresado entre cuatro pared invisibles, y cada vez que quería apoyar el pie izquierdo en el suelo, sentía cómo se le quemaba. Empezaba a agobiarse y a estar agotado.
—¡Agáchate! —exclamaron los niños, mientras encogían las piernas y volvían a alzarse, sin soltar las vamos—. ¡Y vuélvete a agachar! —Repitieron el proceso—. Que los agachaditos no saben bailar. ¡Hache, I, Jota, Ka, Ele, Eme, Ene, A! Que si tú no me quieres…
Y así siguieron con la canción infantil, siguiendo al dedillo las reglas del juego, sin soltarse las manos ni una sola vez. Dave, por su parte, no único que podía hacer era gritarles que lo dejasen salir de allí, pero nadie le prestaba atención. Entre la canción que cantaban tan lenta y monótonamente los niños, y el agobio que sufría, creía que empezaba a volverse loco.
—¡Estirad! ¡Estirad!
Los miembros superiores de los niños y de la muñeca se alargaron, desproporcionándolos, haciendo así el círculo más grande. Por primera vez en mucho tiempo, Dave consiguió apoyar el pie izquierdo sin quemarse y ver lo que sucedía a su alrededor. La visión de los dos niños con los brazos tan largos y desproporcionados le provocó un asco y un horror infinito. El niño, que era quien se encontraba delante de él en aquellos instantes, volvió a dedicarle aquella sonrisa escalofriante.
—¡Que el demonio va a pasar! —terminaron de cantar.
Dave sintió temblar el suelo bajo sus pies. Agachó la vista, asustado. Las tabletas de madera que lo formaban se iban desprendiendo con rapidez a su alrededor, dejando ver unas incandescentes y grandes llamas abrasadoras en mitad de una inmensa oscuridad. De entre ellas surgió una gran sombra amorfa, ascendiendo a velocidad vertiginosa hacia el muchacho. Reptó cual serpiente por las piernas del chico, cuya piel se había vuelto del color del papel, enroscándose alrededor de éstas e impidiendo que se moviese. Como si fuese una cuerda, hizo lo mismo con la mitad superior de su cuerpo hasta llegar a la clavícula, donde frenó y lo observó, cara a cara.
La sombra había adquirido un rostro, un rostro muy conocido para el muchacho, únicamente cambiando algunos detalles. Sus ojos se habían vuelto del color de la sangre, destilando un gran odio y unas ganas de venganza infinitas, y esa sonrisa afilada, como un cazador que mira hambriento a su presa, queriéndole hacer sufrir, alargando unos eternos segundos más el final.
Ese rostro era el suyo propio, su copia, su reflejo.
En cuanto aquella sombra se movió unos milímetros, y ante las "angelicales" risas de los dos niños observadores de la escena, Dave cerró los ojos con fuerza a causa de un acto reflejo… para no volverlos a abrir nunca más.
Adiós, Dave. Te echaremos de menos. (?)
Como sea 8D ¡Buenos días/tardes/noches/loquesea! :D
¡Muchísimas gracias a todos los que leéis y comentáis! Es en serio, me alegra saber que os va gustando :D
¿Y bien? ¿Qué os pareció este capítulo?
No sé cómo os lo habréis imaginado vosotros, pero la parte en la que salen los niños... en mi mente se veía taaaaan genial~ Espero haberla sabido plasmar con éxito *dedos cruzados*
Perdón si tardo en subir el siguiente. Tengo decidido cómo quiero que acabe y lo que pase, pero no sé enlazar bien las ideas, y al releerlo me quedo como "¿Qué mierda es esta? ¡MUERE! *Borrar*"
Así que, I'm so sorry, dear people!
Bueno, ¡nos leemos~!
Este grupillo maltratado de cinco adolescentes no me pertenece, son de Level-5; estoy segura de que si
se enteran de lo que he hecho con ellos (Y lo que voy a hacer...) me denuncian por maltrato ¿¡personajil!...
