Capítulo V: Tú eliges

Los muchachos observaron aquellos dos ojos acercarse cada vez más lentamente, pero sin descanso. Aquella criatura reptaba por las paredes y el techo, pero siempre en el lado contrario a donde estaba el grupo de amigos, que la observaban temerosos. No entendían qué era eso, pero una cosa tenían muy clara: Sus intenciones no eran precisamente buenas. Por cada centímetro que aquél ser avanzaba, ellos retrasaban instintiva e inconscientemente un paso.

«La luz es una de las fuerzas más poderosas.»

Aquellas palabras llegaron a la mente del peli-plata como un golpe seco.

«Y la oscuridad su contrario…»

También recordó lo que había ocurrido cuando alumbró al niño con la linterna. ¿Surtiría el mismo efecto con eso?

Sus ojos de color zafiro buscaron inmediatamente el aparato. Seguía en el suelo, enfrente de la puerta en donde estaba encerrado Dave con aquellos dos pequeños monstruos; y para su desgracia, aquella sombra de ojos carmesís brillantes estaba más cerca de la linterna que ellos. Pero no le quedaba más remedio, ¿no? Ahora o nunca. Cuanto más se atrasasen, más difícilmente se atrevería a cogerla. Y no perdía nada por probar.

«Quizá la cabeza», pensó negativamente.

De cualquier modo, y ante las exclamaciones —Tipo «¿Pero qué haces?»— de sus compañeros, se lanzó casi de cabeza para agarrar el aparato. Se sentó de rodillas a su lado, intentando fusionarse con la puerta para estar lo más lejos posibles de aquella amenazadora cosa. Agarró la linterna con manos temblorosas y alumbró al ser, dejando ver su aspecto.

Era simple oscuridad, una masa negra como la noche sin forma definida, en la que sólo se dejaban distinguir sus brillantes ojos, que destilaban odio a todo aquél que lo mirase.

La sombra soltó un agudo alarido de dolor, y tal como había llegado, se dirigió al final del pasillo reptando a gran velocidad cual lagartija cobarde, dejando a los cuatro chicos con el corazón en un puño, las respiraciones agitadas y totalmente desconcertados por la reacción. Por varios minutos, en aquel pasillo reinó un incómodo silencio, en el que cada uno intentaba ordenar lo sucedido por su parte.

—Eso… ha sido raro —comentó Jordan.

—¿Sólo raro? —inquirió Claude.

Antes de que pudiesen empezar otro mini-discusión, escucharon a Bryce quejarse, seguido de un golpe seco contra el suelo. La puerta se había abierto inesperadamente, haciendo caer al peli-plata con fuerza contra el suelo, dándose con la cabeza contra los tablones de madera y la misma puerta. La linterna, al intentar agarrarse al marco, se le desprendió de las manos y se alejó rodando.

—¡Agh! ¡Maldita puerta!

—¿Estás bien? —preguntó Xavier, acercándose al caído.

Él se reincorporó demasiado rápido, mientras se frotaba allí donde había recibido el golpe. Por un momento perdió el suelo bajo su cuerpo. Los otros dos muchachos también se acercaron a ver qué había ocurrido y cómo estaba su amigo.

—He estado mejor —respondió.

—Chicos… —llamó Jordan, atrayendo la atención de los tres. El peli-verde miraba con un brillo de terror el interior del que fue en su momento el dormitorio de los dos niños de la casa—. ¿Y-y Dave?

El trío de muchachos se volvió hacia la desolada habitación. Estaba tal y como antes, cuando llegaron: Como si por allí no hubiese pasado nadie en años. Como si jamás hubiesen entrado y lo que fuera que hubiesen visto salir de debajo de las camas nunca hubiese ocurrido. Y, por supuesto, no había rastro del muchacho peli-negro; parecía haberse evaporado en el aire.

El cuarteto estaba desconcertado. Desconcertado, asustado y con los nervios a flor de piel. Era tal la tensión que se había creado en el ambiente que se podría cortar con un cuchillo. Por sus cabezas sólo pasaba un único pensamiento compartido: ¿Dónde estaba su amigo?

Un gran estruendo provocado por algo que se golpeaba con fuerza contra el suelo y se rompía en mil pedazos hizo saltar sus alarmas. Ni Jordan ni Claude pudieron reprimir el grito, y ninguno de los cuatro pudo evitar el saltito que pegaron en el sitio. Sus latidos se aceleraron, una sensación de intranquilidad les recorrió las venas. El ruido provenía de un nivel inferior de donde se encontraban.

Se acercaron con rapidez hacia la barandilla de las escaleras. Mientras sus pies se movían, no podían evitar pensar en cualquier escena horrorosa con la que se pudieran encontrar. La mayoría tenían que ver con aquella sombra, y con la misteriosa desaparición de Dave. ¿Y si…? No, se decían, no podían pensar tan negativamente, o si no acabarían aún más aterrorizados.

Se apoyaron sobre la barandilla para ver la linterna en el descansillo de las escaleras, con varias de sus piezas rotas o desprendidas, el cristal hecho añicos y la bombilla fallando, parpadeando incesantemente. Suspiraron de alivio, y también algo avergonzados; sólo era una estúpida linterna…

—¡Mierda! —exclamó Xavier, acordándose.

Echó a correr escaleras abajo como si de ello dependiese su vida. Instantáneamente los otros tres muchachos cayeron en la cuenta: No podían prescindir de esa estúpida linterna. Por salvar su pellejo, más que nada. Jordan lo siguió, veloz como un rayo, mientras que los otros dos chiquillos se quedaban observando cómo el pelirrojo le asestaba pequeños —Y no tan pequeños— golpes al aparato para que marchase de una vez. Nada más llegar, el peli-verde ayudó a su amigo a intentar hacerla funcionar.

—Claude —llamó con su normal tono monótono el peli-plateado. El oji-ambarino apartó la vista para posarla en su compañero, que seguía mirando cómo sus dos amigos intentaban reconstruir la linterna contrarreloj. Se apartó lentamente de la barandilla, mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios, sólo de recordar lo anterior—, has gritado como una chica.

Dicho esto, con tranquilidad, bajó las escaleras para reunirse con los dos muchachos y ayudar en la reconstrucción del aparato. El pelirrojo tardó unos instantes en darse cuenta de lo que el oji-zafiro le acababa de llamar. Se asomó aún más por la barandilla.

—¡Bryce! ¡Vuelve a repetírmelo si te atreves!

El mencionado seguía bajando las escaleras, ignorando las palabras de su amigo. Claude volvió a llamarle, pero al tercer intento, su voz se apagó por voluntad propia. Una brisa procedente del final del oscuro pasillo jugó con sus cabellos fogosos, calándole los huesos; y con ella, llegó un susurro lejano, apenas audible, de una mujer adulta de voz ligeramente ronca…

Claude…

El muchacho se giró sobre sus talones, contemplando el final del pasillo. Escuchó el chirriar de una puerta abriéndose lentamente, invitándole a entrar; con su apertura, una nueva brisa como un suspiro helador chocó contra su rostro. Antes de que se pudiera dar cuenta, sus pies ya se movían hacia el final del pasillo, directos a aquella habitación. Podía ver perfectamente cómo algo se movía en la oscuridad; ¿o era la misma oscuridad la que se movía?

. . . . . .

Entre los tres muchachos habían recogido todas las piezas desprendidas de la linterna que habían encontrado a oscuras en el descansillo de la escalera. La habían reconstruido por medio de pequeñas discusiones y quejas, pero finalmente estaba casi entera, aunque ya no había cristal, pero eso no les importó mucho. Sólo había un pequeño, pero muy posiblemente importante problema: La bombilla seguía parpadeando de vez en cuando, y la potencia de la luz no era tan alta como antes.

—No fastidies… —masculló Bryce, con la linterna entre sus manos—. ¿Nos vamos a quedar sin pilas? ¿Justo ahora?

—Eso parece —respondió el pelirrojo. Alzó la vista para clavarla en sus dos amigos; una mirada seria, intentando ocultar la intranquilidad que recorría sus venas—. ¿Qué se supone que haremos ahora, entonces? No creo que deba quedar mucho tiempo para que la noche finalice, pero tampoco estoy demasiado seguro, y no tenemos más linternas o pilas y no podemos prescindir de la luz.

Ambos se quedaron en silencio, sin saber qué responder, mirándose entre ellos. No podrían encontrar nada para hacer funcionar decentemente a la linterna —Sobre todo después del gran golpe que se había dado— en una casa con más años que Matusalén. Entonces, (irónicamente) la bombilla de Jordan se encendió; mostró una pequeña sonrisa de esperanza.

—¿Y si usamos fuego?

—¿Cómo? —preguntaron al unisón, sin entenderle.

—Podríamos usar verlas; al fin y al cabo eso es lo que usaban antes para iluminar la mansión, y ya hemos visto un montón repartidas por las habitaciones. Quizá haya algún encendedor o algunas cerillas o algo para poder prender fuego en las velas.

—Entonces ¿a qué esperamos para ponernos a buscar? —preguntó el peli-plateado.

Los tres se levantaron, rompiendo el pequeño círculo que habían formado para reconstruir la linterna.

Tenían muy claro que tenían que encontrar a Dave —Manteniendo así sus esperanzas de que aquellos dos pequeños monstruos no hubiesen acabado con el peli-negro—. Y tenían muy claro que, después de encontrar a su amigo, saldrían de aquella casa por patas, intentando que nada ni nadie volviese a asustarlos al punto de sentir que les iba a dar un infarto. Pero también sabían perfectamente que para poder cumplir todo lo anterior, necesitaban luz. Así que cuanto antes encontrasen más fuentes de luz, antes podrían encontrar a Dave, y antes podrían salir de allí y olvidarlo todo…

Dándole la espalda al retrato, decidieron buscar en el salón y después en la cocina, ignorando lo que en él sucedía —Otra vez. Bajaron las escaleras en pelotón, mirando atentamente lo que ocurría a su alrededor, preparándose para mover la linterna en la dirección que fuese necesaria; no querían tenérselas que ver con aquellos dos pequeños demonios o con aquella sombra de nuevo.

Buscaron por los cajones de los armaritos del salón, con un ojo en el interior del polvoriento mueble y otro en sus espaldas, precavidos. Lo que les habría costado cinco minutos les llevó un largo tiempo por eso, pero tampoco es que estuvieran muy pendientes del tiempo que invertían en lo que hacían. Finalizada la fallida búsqueda, se dirigieron a la cocina.

Les costó abrir la puerta, y cuando lo consiguieron, una ola de polvo los envolvió por completo. Sus toses resonaron en toda la casa. Cuando por fin pudieron abrir los ojos por completo, observaron atentamente el interior, muy desconfiados.

Aquella habitación parecía más abandonada que ninguna otra que hubieran visto hasta entonces. El polvo acumulado era notoriamente mayor, otorgándole casi el mismo tono apagado a todo lo que en ella había. Todo estaba perfectamente recogido en su sitio: cuchillos, tenedores y cucharas colgaban de las paredes, agarrados a un pequeño estante con gachos, ordenados según su tamaño y tipo; la vajilla estaba recogida en la alacena, y era de difícil visión debido al polvo acumulado en el cristal del mueble; las ollas y demás cacharros de cocina estaban bien guardados en los armarios. A través de la ventana del fondo se colaba la tenue luz blanquecina de la Luna, limitada por las grisáceas cortinas que impedían ver el exterior de la mansión.

—Parece como si nunca hubiese sido usada —comentó Jordan.

—Ni si quiera cuando la familia todavía vivía —agregó el pelirrojo.

—Busquemos el dichoso encendedor o lo que sea y salgamos —ordenó Bryce, mirando detenidamente cada rincón de la habitación, cada esquina de los muebles—. No creo que sea muy buena idea quedarse en la cocina con esas cosas acechando.

Los otros dos sabían perfectamente a lo que se refería, así que sin rechistar obedecieron al instante. Abrieron y cerraron cajones y armarios, removieron las vajillas con cuidado de que nada se cayese, inclusive miraron debajo de los muebles, sabiendo que la probabilidad de encontrar algo ahí era casi nula… y no encontraron nada. Y eso no les entraba en las cabezas. ¿Cómo no podía haber nada para encender fuego en una cocina, por muy vieja que fuese? ¿Es que nunca calentaron ninguna comida en aquella casa?

El peli-plata se volvió hacia los dos chiquillos, dándose por vencido: No había ni rastro de lo que buscaban. Se sentó en la encimera, con cuidado y asegurándose de que no se caería bajo su peso. Comenzó a abanicarse con la mano libre, mientras esperaba que el resto terminasen de buscar; tenía la frente perlada a causa del sudor, y sus plateados cabellos se adherían a su piel por el mismo culpable.

El pelirrojo se puso en pie de nuevo, sacudiéndose el pantalón manchado de polvo.

—Aquí tampoco hay n…

Un grito desgarrador interrumpió al muchacho. Las alarmas del grupo de tres saltaron, haciéndoles dar un brinco. Sus miradas iban de un lado a otro, buscando al responsable de aquél chillido con ojos y oídos. Finalmente acordaron que el origen provenía de encima de sus cabezas, en el segundo piso. Les costó reaccionar, les costó adivinar de quién se trataba. Los labios de los tres se movieron de forma cronometrada para gritar su nombre:

—Claude.

. . . . . .

Sus pies se habían movido solos, como atraídos por aquella voz. Apenas recordaba haber estado consciente mientras avanzaba lentamente a través del pasillo, hasta llegar a aquellas cuatro paredes; como fuera, allí se encontraba él. Era un amplio dormitorio, que seguramente daba ésta sensación por el gran vacío a causa de la falta de muebles: Apenas disponía de una cama doble, con las cortinas corridas; una mesilla de noche a cada lado muy pequeña de madera; una cómoda; un tocador con su sillita y otra silla, más grande y alta, cercana a la cama. Extrañamente no había lámpara alguna, ni velas ni nada; la poca luz que iluminaba el dormitorio era el tenue filo que llegaba a través de la ventana, superando el polvo y las finas cortinas, y otra poca luz a través de la puerta.

Vale, ¿y ahora qué rayos hacía allí?, se dijo, parándose a pensar qué lo había atraído hasta allí.

Entonces recordó la voz. Girándose sobre sí mismo, buscó el origen por cada rincón de la habitación, pero sólo encontraba un vacío inquietante. No podía ser. ¿Acaso empezaba a volverse loco, hasta el punto de escuchar voces que sólo existían en su cabeza? Quiso pensar que no. Lo último que necesitaba en aquellas condiciones era saber que había perdido la cordura.

Claude…

Se giró bruscamente sobre sí mismo, pero no encontraba nada. Se llevó la mano a la oreja izquierda por instinto; ¿se lo habría imaginado? Quizá estaba demasiado paranoico, después de todo hacía pocos minutos el retrato había cambiado radicalmente y su amigo había desaparecido. Seguramente se habría imaginado aquellos susurros, y la respiración que había creído sentir chocar contra su oreja habría sido una pequeña corriente de aire, de esas que parecían estar a la orden del día en aquella casa.

—Claude.

Volvió a girarse bruscamente, con el corazón palpitándole con fuerza contra las costillas. Aquello no podía habérselo imaginado. Ya no se trataba de un ligero susurro, ahora había escuchado a esa extraña e ¿invisible?, mujer decir su nombre, claro y alto. Pero seguía sin encontrarla. Aquella situación no tenía sentido, se cogiese por donde se cogiese. Recorrió la habitación una vez más con la mirada, y otra, y otra vez más, llegando incluso a marearse. Y otra vez, y otra, y otra…

Hasta que por fin vio que algo cambiaba en la habitación.

Las cortinas. Las cortinas de la cama se habían descorrido ligeramente, pero lo suficiente para ver un bulto bajo las sábanas, como si se tratasen de las piernas de una persona.

El pelirrojo se lo pensó un par de veces antes de hacer nada, mirando fija y desconfiadamente las miembros inferiores de quienquiera que estuviese allí tumbado. ¿Podría fiarse de que no fueran otra vez aquellos dos mocosos paranormales o aquella sombra amorfa de ojos color sangre? Rápidamente sus conclusiones le hicieron cambiar de idea. No podían ser los niñitos aquellos, pues las piernas parecían lo suficientemente largas como para ser de una persona adulta. La sombra tampoco podía ser, porque era eso… una sombra. Una sombra no abulta, no tiene espacio que ocupar, al fin y al cabo era simple e inmaterial oscuridad que no se podía tocar… ¿verdad?

No estaba muy seguro de haber dado en el clavo.

De cualquier modo se acercó lentamente, con pasos dubitativos. ¿Y si se trataba de alguna mujer que había corrido la misma —mala— suerte de haberse perdido en el bosque y haber entrado en la casa a buscando refugiarse, ignorando todo lo que allí pasaba? Si seguía allí significaba que había encontrado algún modo de defenderse; quizá traía otra linterna o algo. Estando en las condiciones que estaban, cualquier ayuda era bien recibida, y lo mejor era mantenerse todos juntos…

Agarró el extremo de la cortina, dispuesto a apartarla.

Espera, se dijo, abriendo los ojos como platos. ¿Cómo sabía su nombre?

Inmediatamente apartó la mano, retrocediendo torpemente, casi tropezándose consigo mismo.

—Tu estupidez algún día será tu perdición.

Las cortinas se descorrieron de un brusco tirón al final de aquella frase.

Instintivamente Claude cerró los ojos con fuerza, girando la cabeza hacia un lado, como si así evitase que lo que fuera que hubiese estado descansando allí lo atacase, o Dios sabe qué le pudiese hacer. El corazón se le aceleró hasta casi lo imposible; apretó los puños, clavándose las uñas en sus palmas. Su cuerpo temblaba ligeramente, a la espera de que algo sucediese.

Pero ese algo nunca llegaba.

En parte impaciente y en parte aterrado, decidió abrir de nuevo los ojos, calmándose.

Nada. No había absolutamente nada. Simplemente una cama visible con la desaparición de las cortinas; estaba perfectamente hecha, con las sábanas bien estiradas, y cada esquina de la ropa de cama coincidiendo meticulosamente con su lugar. Pero nada más. Simplemente eso.

El pelirrojo parpadeó repetidas veces, como esperando que al abrir los ojos de nuevo encontrase allí a la mujer.

—Me estoy volviendo loco —susurró para sí mismo.

Sin creerse lo que había ocurrido, avanzó hacia la cama nuevamente, apoyando las palmas en la superficie de ésta. No, no había nadie escondido debajo de las sábanas. Todavía anonadado y desconfiado, se agachó, alejándose algunos centímetros, y levantó la ropa de la cama. No, tampoco saldría ningún monstruito con apariencia de niño de debajo del mueble.

Soltando un suspiro, se dejó caer sentado en el borde de la cama, llevándose las manos a la frente y apartando sus mechones de cabello.

Mientras pensaba en que cuando saliesen de aquella extraña tendría que darse alguna vuelta por el manicomio, algo se movió bajo las sábanas a su alrededor, abultándolas hasta adquirir nuevamente la silueta de una persona adulta tumbada, resguardada bajo la fina ropa de cama; la lentitud y la suavidad con la que las sábanas tomaban forma pasó lo suficientemente desapercibido como para que el pelirrojo no se diese ni cuenta.

Todo aquello debía de ser alguna broma, algún mal sueño que parecía de verdad, intentaba convencerse, sin éxito alguno. Todo aquello era tan surrealista que no se lo podía ni quería creer.

—Claude… —susurraron en su oreja derecha.

El pelirrojo dio tal respingo que casi se cayó de la cama. Giró la cabeza hacia la derecha, donde sus ojos se encontraron con el espejo del tocador. Entre el polvo acumulado sobre su superficie consiguió verse a sí mismo, encima de la cama… con una mujer de avanzada edad a su espalda, apoyando la cabeza en su hombro derecho, con una afilada sonrisa.

La anciana del cuadro.

Apenas le dio tiempo de asumir la imagen del espejo cuando éste se resquebrajó en mil pedazos, al mismo tiempo que la mujer cambiaba de imagen, hasta convertirse en la sombra de ojos color sangre. Sus miembros se movían libremente al no tener huesos que limitasen su movilidad, como si se tratasen de culebras; su cuello se estiró varios centímetros, su sonrisa lobuna adquirió una tonalidad carmesí brillante, siendo así, junto con los ojos, lo único que podía distinguirse en aquél ser cambiante.

El muchacho sólo tuvo tiempo de gritar, antes de ser envuelto por la criatura.

. . . . . .

El joven pelirrojo abrió los ojos, viéndose envuelto en una fría oscuridad. No encontraba e suelo bajo sus pies, pero se mantenía en el mismo sitio, sin moverse, como si la gravedad no le afectase. Estaba casi helado, su chaquetilla de manga corta ahora no le parecía tan calentita como de costumbre, y se arrepentía de no llevar nada que abrigase más. Sentía un extraño vacío en su interior que no entendía; tampoco sabía dónde estaba, o cómo había llegado hasta allí. Tenía unas pequeñas lagunas en su cabeza.

—¿D-dónde estoy? —preguntó—. ¿Bryce? ¿Xavier? ¿Jordan? ¿Dave? ¿Hay alguien a…?

—Decide, muchacho —habló aquella anciana de nuevo; aquellas palabras parecían provenir de todos lados. Con su voz lo recordó todo. Recordó la mansión, la desaparición de Dave, la sombra… todo—; pero recuerda que todo tiene su precio… ¿Seguir caminando por La Tierra o morir?


¡Hola! ¡Buenos días/tardes/noches/loquesea a todos! :D
Punto primero: Muchísimas gracias por leer, por los reviews y por los favoritos *_* Me siento tan feliz *o* Y mil perdones por haber tardado tanto en subir la continuación, aunque ya os avisase. Es que... It's summer time!, y no tengo mucho tiempo libre para ponerme a escribir/leer u_u" I'm so sooooorrry D:
Punto segundo: Ya sé, ya sé. Este capítulo no da miedo, pero tampoco pretendía que lo diese. Me explico: Toda historia de terror que se precie (o que intente serlo) necesita su historia, ¿no es cierto? ¡Pues esta también! No es cuestión de poner cosas de miedo sin tón ni són. Os prometo que todo lo que he escrito tiene su motivo 8D De cualquier modo ya dije que esto no es lo mío 8-)
Punto tercero: De nuevo, perdón por la tardanza, e intentaré subir el próximo antes. Yo también odio que tarden en subir las continuaciones, no quiero ser mala persona u_u"
Punto cuarto: Aún con todo, ¡espero que os haya gustado! ¡Saludos y gracias por leer!


Mis cuatro cobayas humanas (?) no me pertenecen, pertenecen a Level-5;
el día que me pertenezcan es porque me habrán salido alas de ángel y estaré volando por los cielos
(y como estoy más cerca de las alas de demonio, pues... 8D)


Un minuto de silencio por las víctimas de Noruega.