Capítulo VI: Puerta al Infierno
—¡El cuadro! —exclamó Bryce, a la cabeza del grupo de muchachos, deteniéndose de nuevo en el descansillo de las escaleras unos instantes—. ¡Ha vuelto a cambiar!
Los otros dos chiquillos no tardaron en llegar a su altura; ellos se habían perdido el primer cambio, así que la impresión para ellos era más fuerte. Ahora sí que había cambiado radicalmente: El lugar donde había sido retratada la familia estaba a oscuras, tan sólo iluminado por las velas con las que se había rodeado la madre, acurrucada contra la pared y sosteniendo entre sus manos un Rosario, pegándolo contra su pecho, con los ojos cerrados, como si estuviese en medio de un rezo.
Los tres muchachos parpadearon, sin saber qué decir ante la imagen.
—¿Qué clase de broma es esta? —inquirió el albino.
—¿A ti te parece una broma? —replicó el peli-verde.
—¡Parad ya! —interrumpió Xavier—. ¡Tenemos que ir a por Claude!
El trío subió corriendo las escaleras, sin preocuparse por si la estructura pudiera ceder bajo sus pies; simplemente avanzaban tan rápido como sus piernas les permitían. Una vez en el pasillo del piso superior, ninguno supo hacia dónde ir. Desde la cocina era muy fácil orientarse porque lo habían oído gritar, pero desde allí, sin ningún ruido que delatase la posición del pelirrojo, era imposible saber a dónde ir. Se adelantaron hasta la primera habitación —Ignorando la habitación de los niños, pues imaginaban que su amigo tendría la suficiente mentalidad como para no volver a entrar allí— y abrieron la puerta, pero no había nadie. Era otra habitación aparentemente vacía.
De cualquier modo decidieron entrar y comprobarlo más de cerca. Sus pasos no eran ni de lejos firmes, pues a esas alturas temían que les saliese cualquier ser del Infierno de entre los tablones del suelo; tampoco era una idea tan extraña, después de todo. Bryce una vez más iba a la cabeza, recorriendo el amplio dormitorio con la linterna. Le siguió Jordan, y por último fue a entrar Xavier.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el peli-verde, girándose hacia sus espaldas de golpe, quedando frente a frente con el pelirrojo. Él y el albino le prestaron atención casi de inmediato—. Creo… creo que venía del pasillo. Ha sido una especie de pasos, pasos apresurados, y unos arañazos contra la madera… o eso creo. No estoy muy seguro.
Esta vez no iban a ignorar al peli-verde. Ya habían aprendido la lección.
Ese extraño ruido volvió a sonar, más cerca y más sonoro; los tres pudieron escucharlo.
Aún a sabiendas de que no era la mejor opción, seguían con la pequeña esperanza de que se tratase de Dave o de Claude, así que decidieron echar un vistazo, aunque no muy seguros. Xavier salió al pasillo un par de pasos, Jordan se quedó en el marco de la puerta y Bryce sólo pudo asomar la cabeza, acompañada de la linterna.
Una ancha sonrisa se formó en los rostros de los tres, a la par que soltaban un largo suspiro de alivio; relajaron los músculos, bajaron la guardia. Aquellos ruidos los había provocado su amigo desaparecido pelirrojo, que se encontraba al final del pasillo, de pie, quietecito, algo cabizbajo. Era una gran noticia: ¡Claude estaba vivo! Y si él estaba vivo, era posible que Dave también o estuviera. ¡Al Diablo con las velas! Sólo tenían que enganchar al oji-ambarino por los brazos, buscar rápidamente al peli-negro y salir de allí por patas. Por primera vez en toda la noche, la esperanza invadía sus cuerpos, y parecía iluminar toda aquella oscura y maldita mansión.
—¡Claude, qué alegría ver…!
La frase quedó en el aire, inconclusa, al igual que sus ganas de correr hacia él y darle una buena colleja por haberlos asustado de ese modo, casi al borde del ataque. El cuerpo del pelirrojo daba ligeros temblores, y de su boca salían pequeños y casi inaudibles sollozos, que no fueron capaces de escuchar hasta que no estuvieron en total silencio. Su rostro seguía oculto, pero ligeras gotas cristalizadas brillaban con la luz de la linterna, que apuntaba hacia el suelo.
Las caras del trío eran un cuadro de preocupación y extrañeza. ¿Desde cuándo Claude sabía lo que eran las lágrimas? La última vez que recordaban haberlo visto llorar estaban todavía en los primeros curso de primaria, y eso con suerte.
—Lo siento… —sollozó, con voz quebrada—. Y-yo no quería… Ni si quiera sabía que esto iba a pasar… Soy un auténtico idiota… Perdonadme, por favor…
—¿D-de qué estás hablando, Claude? —preguntó Xavier.
—¿Qué te ocurre? —quiso saber el peli-verde.
Alzó la cabeza con lentitud, manteniendo los ojos cerrados, impidiendo que el resto de las lágrimas bajasen rodando por sus mejillas, siguiendo el camino ya surcado. A la tenue luz que lo iluminaba, los muchachos no apreciaron ningún cambio; sus incoherentes ideas de que se había herido y que por eso lloraba se fueron al garete. Abrió los ojos, mientras volvía a murmurar otra disculpa con voz quebrada.
A los tres muchachos se les cortó la respiración. Sus ojos habían perdido su tonalidad, estaban totalmente negros, como la más fría y oscura noche, totalmente vacíos. Su color ambarino había desaparecido, y el blanco era inexistente. Sus ojos se habían vuelto como los de los dos niños. Quisieron pensar que eran alucinaciones; le hicieron una señal al peli-plateado para que lo alumbrase con la linterna y comprobar si estaban equivocados o no. Bryce alzó el aparato, y en cuanto la luz tocó mínimamente su cuerpo, el pelirrojo se echó bruscamente hacia atrás.
Entonces lo comprendieron. No estaban en absoluto equivocados.
—Pero ¿qué has hecho, Claude? —preguntó el peli-plateado, anonadado, bajando la linterna de nuevo.
—Lo sé, fue una estupidez. Pero, os prometo que yo no sabía que se referían a… ¡esto!
«— […] ¿Seguir caminando por La Tierra o morir? —preguntó la anciana.
El joven se quedó sin saber qué hacer o decir. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Le estaban ofreciendo elegir entre vivir o morir? ¿Iba en serio? Era una de las preguntas más estúpidas e incoherentes que había escuchado hasta la fecha. ¿Quién elegiría morir, sobre todo teniendo una larga vida por delante como era su caso? La elección era clara, por supuesto.
Sin embargo se negó a responder.
Algo le decía que esa pregunta era una pregunta trampa; quizá su sexto sentido, si es que tenía de eso. ¿Le iban a dejar elegir en eso, cuando llevaban toda la noche tras ellos queriendo acabar con sus vidas? ¿Le iban a dar la oportunidad de vivir sólo que responder a esa simple pregunta? Algo no cuadraba, y hasta él lo sabía. No, no podía ser todo tan fácil. No después de toda la aventura de aquella noche.
Carecía de sentido.
—Qué estúpido eres, Beacons… —comentó la anciana, resonando en todo el lugar—. Pero ya has tomado tu elección. No hay marcha atrás. Disfruta de tu decisión… que te perseguirá eternamente.
—¡¿Qué? ¡Y-yo no…!
Pudo distinguir cómo la oscuridad de su alrededor se removía. Algo salió de ella, como tentáculos helados, que rodearon su cuerpo cual serpientes enroscadas a una rama, y lo presionaron con fuerza, hasta hacerle dificultosa la tarea de hablar, e incluso respirar…»
Los tres muchachos se quedaron en silencio, sin saber qué hacer o decir, ignorando que el tiempo seguía pasando. Ahora tenían la certeza de que su amigo estaba muerto y no había marcha atrás, y posiblemente Dave habría corrido la misma suerte, de una forma o de otra. Y no sólo era que el corazón de Claude hubiese dejado de latir, sino que también estaba el hecho de que, aunque hubiese sido sin quererlo, se había unido a sus asesinos. ¿Significaba eso que ahora él también querría matarlos? ¿Podrían seguir fiándose de él en aquellas condiciones? Ese pensamiento no les gustaba nada; no querían pensar que su amigo pudiese acabar con ellos, pero… era difícil no pensar lo contrario.
—Os prometo que no os haré n…
Se interrumpió a sí mismo; los tres jóvenes lo miraron alterados.
El pelirrojo se inclinaba sobre sí mismo, encogiéndose y abrazando su cuerpo, el cual se retorcía de dolor; apretaba la mandíbula para que ningún chillido saliese de entre sus labios. Sabía por qué ocurría eso: Ne debía desobedecer las órdenes de quien le había permitido seguir andando por La Tierra, aunque fuese encerrado en una casona antiquísima y maldita. Pero él no tenía intenciones de matar a sus amigos, y no lo haría, aunque eso supusiese que lo que quedaba de él en el planeta se rompiese por el dolor.
—¡Claude!
El ex-capitán del Prominence pudo sentirlos, ya se acercaban. Por el pasillo contrario, emergiendo de las sombras. Luchó contra el dolor lo justo para poder alzar la cabeza. Ante él sus amigos todavía dudaban en si acercarse a él y ayudarlo o no, pero la preocupación se reflejaba en sus rostros; a sus espaldas la oscuridad comenzaba a tomar nuevamente forma, acercándose hacia ellos. Los ojos carmesís volvieron a abrirse, flotando en el aire, brillando entre tanta oscuridad.
Tenía que hacer algo.
Ante los ojos de los tres muchachos, el cuerpo de Claude se evaporó en el aire, convirtiéndose en una masa oscura, que se movió con rapidez y agilidad hacia ellos; sus primeros actos reflejos fueron girarse hacia otro lado, cerrando los ojos con fuerza. Sintieron el frío "cuerpo" de su amigo pasar por su lado. Lo siguiente que escucharon fueron unos gruñidos, gruñidos guturales de dolor… pero no de su amigo.
Se giraron con brusquedad, encontrándose con la criatura de ojos rojos batallando contra "algo", que dieron por entendido que se trataba de Claude; sin embargo la lucha no duró mucho, y aquél Monstruo salió vencedor. No entendían cómo lo sabían, si no habían comprendido nada de lo sucedido, pero era así. Su amigo había perdido, posiblemente para siempre.
La criatura se giró hacia ellos con renovadas energías. Xavier fue el primero en reaccionar mientras veía cómo aquella cosa se acercaba rápidamente hacia ellos, reptando por las paredes y por el techo, arañando la madera a su paso: Empujó a sus dos amigos al interior de la habitación de nuevo, y cuando fue a entrar él, la puerta se cerró con brusquedad, dejándolo en el pasillo. Encaró al Monstruo, que en apenas un par de segundos estaba frente a frente con él.
Vio sus ojos carmesís muy de cerca, que por unos instantes lo cegaron. Sintió su frío aliento chocar contra su rostro, que no sólo provenía de su rostro, sino también del resto de su "cuerpo", haciéndolo estremecer con el cambio de temperatura tan brusco. Tuvo la sensación de que estaba frente a frente con La Muerte, y no creía poder salvarse de aquello. Los fríos tentáculos de aquella cosa comenzaron a rodearlo; apenas con su roce, Xavier sintió que le arrebataban dolorosamente algo, pero no sabía el qué.
Mientras luchaba por no gritar, sintió que aquella criatura se alejaba de él entre gruñidos de dolor; antes de poder actuar, su cuerpo fue arrastrado a gran velocidad hacia atrás. Cuando dejó de moverse, vio cómo la puerta de la habitación en la que le habían metido se cerraba de un portazo. Las piernas le flaquearon; cayó al suelo, rendido. Se sentía vacío y sin fuerzas. Intentó recapacitar… ¿qué acababa de ocurrir?
—Bienvenido al único lugar seguro de la casa, joven Xavier —habló una mujer de voz reconciliadora y tranquila a sus espaldas.
. . . . . .
—¡Xavier! ¡XAVIER! —chillaron.
Repitieron el nombre de su amigo durante varios minutos, mientras aporreaban la puerta, desesperados por tener noticias de su amigo; sin embargo el pelirrojo no daba señales de vida. No se escuchaba absolutamente nada en el pasillo, como si estuviera vacío por completo. Y aquello los asustaba. ¿Y si Xavier hubiese corrido la misma mala suerte que Dave y Claude? ¿Significaba eso que sólo quedaban ellos dos vivos en toda la maldita —literalmente— casa?
Acabaron por darse por vencidos, agotados, con el corazón latiéndoles a mil por hora contra el pecho. Apoyaron la espalda contra la puerta mientras intentaban asimilar todo lo ocurrido aquella noche, ahora que por fin parecían tener un tiempo para descansar y relajarse. Habían perdido a tres de sus mejores amigos, a tres chiquillos con los que habían crecido. Todos ellos estaban muertos. ¿Por qué les tenía que ocurrir eso a ellos? ¿Qué habían hecho para merecer aquello?
El peli-verde se dejó resbalar contra la puerta hasta quedar sentado de cuclillas, con la espalda apoyada en el tablón de madera, mirando el suelo. El peli-plateado simplemente echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
Todavía a esas alturas deseaban despertarse y ver que todo había sido una horrible pesadilla.
—¿De verdad están… están todos… muertos? —preguntó Jordan, en un hilo de voz.
Bryce no se atrevió ni a responder. No quería admitirlo.
«El que calla, otorga», pensó el moreno.
—Tenemos que salir de aquí —habló varios minutos después el peli-plateado—. Sea como sea.
Ambos observaron detenidamente por primera vez a su alrededor.
Era un amplio dormitorio, que seguramente daba ésta sensación por el gran vacío a causa de la falta de muebles: Apenas disponía de una cama doble, con las sábanas algo deshechas, con las cortinas descorridas; una mesilla de noche a cada lado muy pequeña de madera; una cómoda; un tocador con un espejo roto cuyos pedazos de cristal reposaban encima del mueble y con su sillita, y otra silla, más grande y alta, cercana a la cama. Extrañamente no había lámpara alguna, ni velas ni nada; la poca luz que iluminaba el dormitorio era el tenue filo que llegaba a través de la ventana, superando el polvo y las finas cortinas.
Bryce avanzó con paso rápido y decidido en dirección a la ventana; el peli-verde entendió al instante que su plan era saltar a través de ella. Sin embargo, cuando apenas le quedaban unos pasos para llegar, el suelo cedió bajo su peso. Los tablones de madera se partieron en dos y la oscuridad que había debajo de la habitación casi lo engulle, pero él logró agarrarse a tiempo para no caer; sin embargo eso le costó caro: La linterna, su único medio para protegerse de aquellas criaturas, cayó por el agujero… mas nunca la escucharon estamparse contra el suelo. Aunque en ese momento, ninguno de los dos estaba precisamente pendiente del aparato.
—¡Bryce! —gritó Jordan, preocupado.
Se levantó corriendo y se acercó con rapidez hacia donde estaba su amigo. Lo ayudó a salir de allí con cuidado de que no se clavase ninguna esquina partida de los tablones de madera, y lo dejó tumbado en el suelo, lejos del agujero. El rostro del peli-plateado estaba contraído en una expresión de dolor.
—¿Estás bien? —preguntó alterado Jordan—. ¿Te has hecho daño?
—La pierna… —El moreno miró hacia sus extremidades inferiores y lo vio—. Creo que me he clavado un maldito tablón de esos… ¡Hmpf!
—Perdón —se disculpó al instante, apartando rápidamente la mano.
El peli-plateado tenía un feo y profundo corte en gemelo derecho, que le había desgarrado toda la tela del pantalón, a través de la cual fluía libremente la sangre, lenta pero incesantemente, empezando a formar un pequeño charquito a su alrededor. Lo único que se le ocurrió a Jordan fue terminar de rasgarle el pantalón marrón para usar el trozo de tela como un pañuelo, que ató alrededor de la pierna para detener la hemorragia lo mejor que supo. Bryce intentó apoyar la pierna, pero enseguida le falló.
—Ni lo intentes —advirtió el moreno—. Pero ¿qué rayos ha pasado? —inquirió, mirando por un momento el agujero a sus espaldas—. Ya sabíamos que la estructura no era de fiar, pero no entiendo por qué se ha caído ahora y así, tan de repente.
—No ha sido la estructura —respondió el oji-zafiro, incorporándose lo mejor que pudo—. Han sido esas cosas del Infierno. No van a permitir que nos marchemos de aquí… Pretenden dejarnos encerrados en esta maldita casa para acabar con nosotros, como han hecho con el resto.
El peli-verde abrió los ojos desmesuradamente, mientras se le cortaba la respiración unos segundos.
—E-entonces… ¿no saldremos de aquí?
Bryce miró con el ceño fruncido la oscuridad que se veía a través del agujero abierto en el suelo y la ventana, turnando la mirada entre ambos elementos. No iban a poder salir por ella, como tenían planeado. No podrían salir por la puerta principal, como ya habían comprobado. No sabía por dónde rayos tendrían la más mínima oportunidad de salir de allí… pero lo harían. Lo harían, y saldrían vivos. Fuese como fuese, costase lo que costase.
—Sí que lo haremos —aseguró, con decisión, volviendo a mirar al peli-verde, que se sorprendió por sus palabras—. Y cuanto antes mejor, ahora que nos hemos quedado sin linterna. Ayúdame a ponerme en pie, por favor, y vayamos a buscar la salida.
Jordan obedeció. Pasó el brazo del peli-plata por sus hombros y lo ayudó a levantarse, con cuidado y fijándose en que el muchacho no apoyase la pierna ni mínimamente. Una vez estuvieron en pie, el peli-verde recordó las últimas palabras de Bryce, percatándose de algo que le heló la sangre.
—E-espera… ¿tú has escuchado la linterna romperse contra el suelo? —preguntó.
El oji-zafiro abrió los ojos como platos, cayendo en ese pequeño detalle.
—Ahora que lo dices… —Miró al agujero; Jordan lo imitó— Tampoco veo el piso de abajo.
El suelo comenzó a vibrar bajo sus pies. Los pedacitos del espejo que hasta entonces descansaban encima del tocador cayeron al suelo, las dos sillas volcaron, las cortinas temblaron; incluso ellos mismos tuvieron que hacer grandes esfuerzos para no caerse de bruces contra los tablones de madera. El agujero comenzó a hacerse más y más grande, a la par que un brillo carmesí salía de él, acompañado de un calor sofocante. Sólo varios segundos después supieron reconocer que aquello se trataba de fuego, auténticas llamas gigantes que parecían salir de un incandescente Infierno.
Ambos amigos se alejaron, volviendo a la puerta.
Del agujero salió un gran tentáculo de oscuridad, que cayó a medio camino entre la puerta abierta en el suelo y los dos muchachos; empezó a adquirir formas definidas, con detalles, y a poseer color, hasta que finalmente la anciana del cuadro y los dos niños aparecieron, agarrados de las manos, con la mayor en el medio; la pequeña seguía agarrando al peluche. Los tres mostraban una sonrisa lobuna, reflejando sus malas y "divertidas" intenciones. Ambos jóvenes no podían evitar estremecerse cada vez que veían esos ojos vacíos, tan negros, tan opacos.
Con su aparición, las esperanzas de salir de allí con vida escaseaban.
. . . . . .
Xavier se giró bruscamente, asustado, esperando encontrarse a la anciana o a la niña y preparándose para alejarse de allí en segundos si se trataba de una de ellas. Sin embargo cuál fue su sorpresa al ver a la mujer del cuadro. Lo observaba desde arriba, a unos pasos de él, con una pequeña pero reconciliadora sonrisa curvando sus labios y con expresión tranquila y algo que se acercaba a lo maternal; sin embargo en sus ojos brillantes también se captaba la culpabilidad y la pena. Su cuerpo emitía un leve brillo, dándole una sensación de magia, de encanto; una sensación Celestial.
La mujer amplió su sonrisa.
—Tranquilo, no tema, no le haré ningún daño.
—¿Q-qué ha pasado? —preguntó, levantándose.
—¿Se refiere a lo que acaba de ocurrir ahora o a lo que ha sucedido en todo lo que llevan de noche?
El pelirrojo guardó silencio, sin saber qué responder. Tenía tantas dudas y tantas preguntas que estaba seguro que aquella mujer podría solucionar que las palabras se le atascaban en la garganta, y no sabía qué preguntar primero. ¿Por qué lo había salvado de aquella monstruosidad, quizás? O ¿por qué decía que aquél sitio era un lugar seguro? O también ¿qué corchos eran aquellas cosas? O, no, mejor aún: ¿Por qué les pasaba esto a ellos? ¿Podrían salir de la casa con vida en algún momento?
La mujer rió entre dientes, sacándolo de sus pensamientos.
—Por favor, vaya en orden y una por una. No puedo contestarle todas a la vez.
El pelirrojo abrió los ojos como platos, sorprendido.
—¿C-cómo ha…?
—Puedo leer los pensamientos de la gente como yo, de mi misma especie, de mi misma condición. A ambos nos ha ocurrido lo mismo, aunque haya sido en distintas épocas.
«Nos ha ocurrido lo mismo.»
El de ojos jade repitió en sus pensamientos una y otra vez las palabras de la mujer. Después de varios minutos perdido en su mar de pensamientos y divagaciones, el muchacho se percató de algo. Alzó la cabeza de golpe, con los ojos desmesuradamente abiertos, observando con una mezcla de súplica y sorpresa a la mujer. Esta ya no tenía ninguna sonrisa en su rostro, y su mirada estaba llena de disculpas. Bajó levemente la cabeza, apenada.
Había dado en el blanco.
*Descenso brutal de gente a la que le gusta la historia en tres, dos...*
Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento,
L O S i E N T O
No sólo me he tardado eternidades en subir la continuación, si no que además es más mala que mala. Y el siguiente capítulo (Que va a ser el último, si meto el corto Epílogo o como quiera que se llame en el mismo) tampoco va a ser mejor... aunque al menos no me tardaré tanto, supongo.
Me odio, me odio, me odio. Y sé que vosotros también me odiáis, lo presiento ಠ_ಠ
También pido perdón por lo que le he hecho a mi pelirrojo favorito...
¡NO, CLAUDE! ¡¿Pero qué he hecho? ¡¿Por qué habéis dejado que lo mate de esa forma?
Y pido perdón también por lo que le he hecho a Xavier... también te quiero, pero no tanto como a Claude...
¡CLAUDE! ¡¿Por qué? ¡¿Por qué tuve que hacerte eso? *Llora desconsolada en un rincón*
En fin a_a Olvidemos mis ataques histéricos, por favor, y haremos un bien al mundo a_a
No va a salir nada terrorífico, ya lo habéis comprobado... Pero es que no sabía cómo montar esto...
Y esta historia no se podía alargar mucho. Le he dado un final mierdoso, pero siempre recordaremos el capítulo de El Patio de mi Casa... como el mejor de todos. Recordad sólo ese, y la historia no parecerá tan mala. Creo.
Si queréis mi dirección para enviarme cartas bombas os la daré con gusto :)
Adiós, me voy a cortar las venas con un rotulador. (?)
¡¿Pero qué rayos le he hecho a la historia? ¡¿Por qué he tenido que joderla de este modo? Soy lo peor...
En fin, que el siguiente capítulo es el último :)
Los pobres chiquillos torturados no me pertenecen, son de Level-5;
si fuesen míos tengo la sensación de que habrían muerto de mil maneras peores, en el sádico y en el mal sentido...
