Miércoles por la mañana

–¿Alfred?

–¡Oh! ¡Buenos días, mamá!

Su madre se quedó quieta, mirándole fijamente desde la puerta de la cocina.

–¿Estás bien? ¿Te encuentras mal?

Alfred alzó una ceja ante la pregunta de su madre, dejando sin terminar el trozo de bacon que tenía en su tenedor.

–¿A qué viene esa pregunta? ¡Estoy perfectamente! -Respondió con una de sus habituales sonrisas, volviendo a terminar lo que le quedaba de desayuno.

–Creo que deberías volver a la cama...

–¡Ah! -Interrumpió la frase de su madre al levantarse de la mesa con un salto, cuando se fijó en el reloj blanco que había en la pared de la cocina- ¿¡Ya es tan tarde!? ¡Tengo que irme ya! -Rápidamente de bebió lo que le quedaba de zumo de naranja y tomó el bolso que colgaba de su silla. Sonrió al pasar al lado de su madre para salir de la cocina- ¡Adiós, mom! ¡Nos vemos luego!

Y dicho esto se fue de la habitación, dejando a su madre sola para analizar lo que acababa de ocurrir. Escuchó el sonido de la puerta principal cerrándose, junto con los pasos de su hijo, y luego el sonido de la bicicleta acercarse. Se preguntó durante un momento si no se habría quedado ella dormida, pero al mirar la hora comprobó que era la hora a la que solía levantarse todas las mañanas. No recordaba que Alfred se hubiera levantado tan temprano por voluntad propia.

–¿Mamá? -Una voz suave hizo que se diera la vuelta, para ver al menor de los gemelos mirándola con cara preocupada- ¿Estás bien?

–Matthew... -Suspiró- Creo que tu hermano está enfermo.


La calle estaba tan vacía como debería estar a tan temprana hora de la mañana. Apenas vio u par de estudiantes uniformados dirigirse a sus escuelas e el camino mientras pedaleaba con la bicicleta. Llegado a un punto del camino, se detuvo y posó un pie sobre el suelo. Miró a varios lados, intentando decidir si ese era el lugar. Después de unos minutos, se encogió de hombros y se quedó allí, suponiendo que tarde o temprano pasaría.

–No debería tardar mucho en llegar... -Sonrió sacando su teléfono para comprobar la hora. Bien, todo estaba en su sitio. ¡Este día iba a ser perfecto, y se encargaría de que así fuera!

….O esa era la idea.

Porque la verdad, es que estaba realmente impaciente. A los pocos minutos, comenzó a dar golpecitos con el piel sobre el asfalto, mordiéndose el labio. Esperando, pero casado de esperar. Hasta que escuchó una voz detrás de él

–Pareces un acosador.

Contuvo un suspiro y se giró, encotrándose con un par de ojos verdes que le miraban fijamente. Se fijaron en él casi tanto como él se fijó en ellos, antes de que pudiera escanear el resto de las facciones de Arthur. Sus grandes cejas fruncidas y sus labios apretados con una posición similar. Alfred sonrió.

–¡Arthur! ¡No esperaba encontrarte tan temprano! -Así es, ¡debía parecer una coincidencia casual! ¡Fruto del destino!

–Eso sería fácil de creer -El otro rodó los ojos, cruzándose de brazos- Si no llevaras ahí parado como un idiota más de diez minutos.

El fruto del destino se desvaneció completamente, mientras sentía su rostro enrojecer. ¿¡Diez minutos!? Entonces, ¿Arthur había estado todo ese tiempo detrás de él, viendo como le esperaba como un tonto y sin darse cuenta de que estaba ahí mismo?

–¡Tenía que ser un encuentro casual! -El rubio oscuro se quejó, ante lo que recibió un suspiro por parte del inglés.

–Me asombra que estés aquí tan temprano -Respondió este, negando con la cabeza. Luego miró al americano como si de verdad estuviera preocupado- ¿No estarás enfermo?

–¡Estoy bien! -Infló las mejillas en modo de protesta. ¡Eh, no era tan raro que él se despertara temprano! Lo hacía cuando tenía entrenamiento, ¿no? ¡Pues era casi lo mismo!- ¿Y tú? ¿Tienes tarea que hacer en el Consejo Estudiantil?

De repente sucedió una de esas cosas que en los últimos le habían llamado mucho la atención a Alfred. La expresión de Arthur cambió por algo que posiblemente había pasado por su mente, sin que él fuera capaz de entenderlo. Primero mostró sorpresa, abriendo los ojos y sonrojándose hasta las orejas, y luego volvió a estar enfadado, como siempre, aunque sin quitar el color rojo de su rostro. Apartó la mirada de la de ojos azules un momento antes de hablar.

–Tengo... Tengo que terminar un par de cosas que no pude hacer ayer -Respondió finalmente.

Alfred solo pudo ladear un poco la cabeza. Honestamente, las reacciones de Arthur por ciertos gestos y palabras, además de parecerle adorables y encantadoras, escapaban a su entendimiento. Junto a otras muchas cosas.

–Ah... Entonces, ¿quieres que te lleve? -Hacer la pregunta que estaba deseando le costó tanto como el día anterior, y la respuesta de Arthur fue similar, alzando una ceja- ¡Llegarás antes si vamos en bici!

La mirada del inglés cambió un par de veces de dirección. De Alfred a la bicicleta. De la bicicleta a Alfred. Finalmente, se quedó mirando al de lentes.

–Si planeas convertir tu bicicleta en un taxi, al menos deberías ponerle un asiento o algo así -Comentó, rodando los ojos.

Aunque después, se acercó a la bicicleta y se sentó en el mismo sitio que había ocupado el día anterior. Solo que esta vez no hizo falta ningún comentario por parte del menor. Sintió sus delgados brazos agarrarse a la parte baja de su pecho, y no pudo contener esa extraña sensación que nació en su corazón y se intensificó al escuchar la voz del otro en su espalda. Ah, ahí estaba. Tal vez eso era a lo que se refería a la gente cuando sentían mariposas en el estómago.

–No creas que me gusta ir así a la escuela -Escuchó el tono de queja de Arthur sobre su espalda- Es solo que así es más rápido

No pudo evitar que una sonora carcajada escapara de su boca al escuchar lo que, posiblemente, era tan solo una excusa. Ah, incluso para él, Arthur podía ser muy fácil de leer.

–¡Sí, sí! -Asintió entre risas, lo que provocó un gruñido por parte del otro- ¡Lo que tú digas!

–No te hagas ideas equivocadas -Escuchó después de otro gruñido, y entonces Alfred empezó a pedalear.

Ah... Casi lo había olvidado por un momento, pero era verdad que estaba enamorándose de él.

Estuvieron en silencio durante varios minutos, escuchando simplemente el sonido del viento, las ruedas contra el asfalto y el ruido de los pedales Y estaba seguro de que Arthur ya habría podido notar el acelerado ritmo de su corazón. Sin embargo, no sintió ninguna clase de movimiento por su parte, solo un silencio que, aunque trató de romper un par de veces, no cambió hasta que el inglés abrió los labios.

–No llevas el equipo.

–Eh? -El comentario le tomó tan desprevenido que ni siquiera pudo analizar aquellas palabras.

–El equipo de béisbol -Repitió el otro, apretando un poco la fuerza en el agarre de su pecho- ¿No tienes entrenamiento?

–¡Ah! ¿Eso? -Alfred sonrió, girando un poco la cabeza para verle- Vamos a descansar esta semana, así que no tengo entrenamiento, ¡solo da la casualidad de que estoy aquí temprano!

De nuevo, otro breve silencio que le desconcertó un poco. Después escuchó un ligero gruñido y pudo sentir un golpe en su espalda, posiblemente un cabezazo.

–No apartes la vista de la carretera -El mayor gruñó de nuevo- Si tenemos un accidente será solo tu culpa -No pudo evitar que su sonrisa se ensanchara y se convirtiera en una risa mientras volvía a mirar al frente- Yes, sir!


–Supongo que ahora tendré que irme a mi aula.

–Ah... Está bien, yo iré al Consejo.

–¡Si necesitas algo, ya sabes dónde estaré!

–No gracias -Arthur apretó el agarre de su bolso mientras miraba a Alfred, quien estaba guardado la bicicleta en su sitio- Si apareces por ahí otra vez, solo harás que tenga que atrasar el trabajo aún más -Se encogió de hombros y dejó salir un pesado suspiro- En realidad, estoy pensando en prohibirte entrar al Consejo Estudiantil.

–¿Eh? ¡Eso no es justo!

–Solamente no te acerques ahí.

–¡Entonces nos vemos para comer!

La sonrisa de Alfred era tan grande y tan... Bueno, tan suya, que lo que recibió como respuesta, justo cuando la bicicleta estuvo en su stiio, fue que Arthur empezara a caminar, dándole la espalda. Aunque después de un par de pasos se detuvo y giró la cabeza para verle un poco.

–Más te vale pensar un lugar mejor que el de ayer -Y después de ese pequeño gruñido, continuó en su camino hasta perderse en la entrada del edificio en el que se encontraba el Consejo Estudiantil.

Por su parte, la boba sonrisa de Alfred solo pudo ensancharse para hacerle ver aún más... idiota, mientras seguía al a despeinada cabellera rubia y aparecían en un rostro un pequeño sonrojo y una mirada enternecida.


A tan temprana hora de la mañana, no había prácticamente nadie en el aula. Aunque ya habían abierto la puerta, apenas dos personas habían ocupado su asiento, y ambas estaban escribiendo algo en sus libretas. Posiblemente estarían haciendo alguna tarea que habían mandado el día anterior y no se habían acordado de hacerla. Eso significaba, por supuesto, que Alfred tampoco la había hecho, pero no le dio la más mínima importancia. Todo lo que hizo fue dejar su bolso encima de la mesa, a modo de almohada, cruzar los brazos y apoyar su cabeza para dejarse dormir.

Y eso hizo, hasta que algo le despertó de su magnífico sueño lleno de hamburguesas gigantes y flotantes. Un tirón del cuello de su camisa que casi le hizo perder el equilibrio y caerse con la silla contra el suelo.

–¡Jones!

Giró la cabeza, aún más dormido que despierto, buscando la voz que le había despertado de su preciado sueño.

–¡Tienes algo que explicar ahora mismo!

Cuando logró recordar que se encontraba en clase, al fin pudo reconocer la voz. Mejor dicho, las voces de las tres chicas que le habían despertado de su sueño, las mismas cuyos asientos eran tres de los cuatro que le rodeaban, y se pasaban todas las semanas hablando de Arthur.

–¿Q-Qué? -Seguía si despertarse del todo cuando abrió la boca para hablar. En algún momento de su sueño, casi todos los alumnos había llegado al aula, incluso Kiku, que le veía desde su asiento con expresión preocupada, como si le pidiera perdón.

–¡Esto! -Las tres chicas gritaron al mismo tiempo mientras colocaban frente a sus ojos la pantalla de un teléfono móvil. Las preguntas llegaron antes de que la mente del americano pudiese analizar la imagen.

–¿¡Qué significa esto!?

–¿¡Por qué lo estás llevando!?

–¡Él nunca acompañaba a nadie en bicicleta!

–¡Si intentas alejarlo de nosotras, que sepas que no te dejaremos!

–...¿Eh?

La imagen en el teléfono al fin se hacía clara ante los ojos de un Alfred al que le costaría otra taza de café terminar de despertarse. Era una fotografía, un poco movida, pero el mensaje estaba claro. Se mostraba claramente su bicicleta, con la similar escena que había sucedido el día anterior, o incluso esa misma mañana.

Cuando finalmente se dio cuenta de lo que significaba, se sonrojó hasta las orejas e intentó lanzarse a atrapar la pantalla, muerto de vergüenza. ¿¡Cómo podían haberles sacado una foto!? ¡Estaba seguro de que no había nadie cerca de ellos! Aunque tardó demasiado en actuar, porque para cuando quiso darse cuenta, no había nada frente a sus ojos, más que sus compañeros de clase.

–¡No sé qué estarás haciendo con Kirklad-senpai, pero más te vale detenerte en este instante!

–¡Él es nuestro!

–¡Estás avisado, Jones!

Y dicho esto, las cuatro chicas volvieron a sentarse en los asientos que rodeaban a Alfred, donde normalmente estaban. Por su parte, él aún no había tenido tiempo de asimilar lo que acababa de ocurrir. Giró su cabeza para mirar a su mejor amigo buscando algo que le explicase lo que ocurría, pero lo que recibió de él fue un gesto en la cabeza, a modo de disculpa por lo que había pasado.


Lanzó un pesado suspiro al dejar de nuevo la hoja del examen sobre la mesa. El profesor había terminado la clase unos minutos antes para que pudieran ver tranquilamente los resultados de las pruebas. Kiku parecía un poco desilusionado por haber sacado un noventa y cinco en lugar del cien que esperaba, y todo el mundo a su alrededor estaba sacando ya la comida, porque comenzaba el descanso para almorzar.

Por suerte para él, nadie se había tomado demasiado en serio lo que había ocurrido por la mañana con sus compañeras. Tal vez porque ya estaban acostumbrados al comportamiento de fanáticas histéricas de las tres, o tal vez porque preferían no mezclarse en esos asuntos.

Mientras sus compañeros comenzaban distintas conversaciones entre ellos, Alfred pensaba en la manera de ocultar la horrenda cifra de su examen a su familia. Cuando, una vez más, algo le sacó de sus pensamientos.

–¿Quién en la tierra es capaz de sacar veinte en un examen de segundo?

Claro que reconoció la voz al instante, por eso se sobresaltó y apretó el examen contra su pecho, sin poder evitar un sonrojo.

–¡A-Arthur! -Exclamó, girando la cabeza. Ahí estaba él, con una amplia sonrisa en su rostro, como si hubiese disfrutado no solo del suspenso ,sino también de su sorpresa- ¿¡C-Cómo has llegado hasta aquí!?

El inglés rodó los ojos ante la pregunta del americano, colocando las manos en las caderas.

–Magia -Respondió con sarcasmo- Ahora déjame ver eso.

El rostro del menor se tiñó de un rojo aún más intenso. ¡Claro que no podía darle su exámen a Arthur! Seguro que sería capaz de reírse en su cara de su suspenso y sus fallos, y no podía permitirlo si se suponía que su objetivo era ser el mejor novio del mundo. ¡Era en momentos como este en los que necesitaba un amigo!

Pero cuando giró su mirada hacia Kiku, este ya no estaba en su sitio.

–Vamos a ver -El británico aprovechó la distracción de Alfred para quitarle el examen de las manos, lo cual provocó un gritito en el menor. Observó la hoja durante unos segundos. Luego frunció el ceño y bajó el examen para mirar al otro. Entonces fue cuando se temió lo peor- Alfred, tú...

–¡No lo digas! -Se levantó y trató de arrebatarle la hoja al otro, pero él solo se movió para esquivarle con facilidad.¡Iba a decirlo! ¡Iba a decir su secreto en voz alta delante de todo el mundo! ¡No podía permitir que eso ocurrieses!

–Puede ser que...

–¡Para!

–No me digas que...

–¡Arthur, no tiene gracia!

–¿No sabes escribir?

El mundo se congeló y se quedó en blanco y negro. ¡Y ya! ¡Arthur lo había dicho! ¡Su heroica reputación estaba acabada! Se dejó caer sobre su asiento, mientras esperaba una risa burlona y algún que otro comentario hiriente por parte del de ojos verdes.

Sin embargo, eso no pasó. En realidad, no escuchó nada por parte del persiente del Consejo Estudiantil hasta unos momentos después, cuando apartó la mirada de su mesa.

–Perdonen, ¿este asiento es de alguna de ustedes?

Giró la cabeza para buscar de nuevo la figura de su pareja, cuando le encontró hablando con los tres miembros principales del Club de Fans Kirkland; sus vecinas de pupitre. Las tres chicas parecían tan emocionadas de que el mayor les dirigiese la palabra, que no había sido extraño que se hubiesen desmayado en cualquier momento Después de un par de palabras que Alfred no llegó a escuchar, el inglés volvió junto a él. Tomó la mesa que había a su derecha y lo juntó con la del americano.

–Ah... -Dudó un momento- ¿Arthur?

–Ya te dije -Soltó un pequeño suspiro cuando terminó de juntar sus mesas- Que o voy a dejar que me vuelvas a llevar a algún lugar ilegal como ayer. Esta clase me parece un lugar perfecto para comer como las personas normales.

Volvió a buscar ayuda en su amigo, pero ya no había ninguna señal de Kiku. Tal vez tenía razón pensando que era un ninja. Cuando volvió su mirada a la del mayor, se encontró un par de ojos verdes que le miraban de manera insiquisitiva.

–Ah... -Volvió a balbucear, tratando de decir algo. ¡Aquello no estaba bien, no había manera de que estuviera bien! No solo había descubierto su secreto delante de todo el mundo... Sino que él mismo lo sabía. Se sentía abochornado y muerto de la vergüenza.

Fue entonces cuando se dio cuenta de las chicas que seguían observando a Arthur como si fuese alguna especie de cantante famoso. Aunque cuando se dieron cuenta de que el americano las miraba, cambiaron su expresión a una desafiante y salieron de la clase. La verdad es que nunca antes se lo había planteado, aunque si ponía en una balanza a esas chicas y en el otro lado al inglés que tenía a su lado, estaba claro quien ganaba.

–¿No te molesta eso? -Preguntó mientras volvía a mirar al mayor, señalando la puerta por donde las chicas acababan de desaparecer. Pero por su parte, el otro todavía estaba mirando el examen- ¡Arthur!

–Hmm... -Los ojos verdes se levantaron del papel para ver al americano- Son cosas importantes, ¿es que no estudiaste nada antes de mudarte aquí?

–¿P-Puedes dejar eso ya? -Alfred volvió a itentar atrapar su examen, pero gracias a un rápido movimiento por parte del inglés, todo lo que recibió fue perder el equilibrio... Y un sonoro golpe de su cara contra la mesa- ….Tengo hambre.

–Además no has escrito ni un solo kanji, y no utilizas bien el katakana -Por supuesto, Arthur ignoraba completamente sus súplicas. Se detuvo durante un momento, como si estuviese planteándose una opción- …Creo que no tengo más remedio.

–¿Eh?

–Supongo que ya habrás decidido qué haremos hoy... Pero mañana tendré que darte una lección de escritura -Bajó la mirada del papel y volvió a mirar al otro rubio- No entrarás en ninguna universidad si o aprendes a escribir correctamente japonés. Hay cosas básicas que podríamos repasar en una tarde...

De repente, algo golpeó a Alfred como un cubo de agua fría. Durante un mínimo momento, casi había olvidado el detalle de que aquella tarde tenían... Una cita. ¡Incluso esa palabra le sonaba extraña! Claro que se había pasado toda la tarde anterior planeando qué podían hacer, pero de repente, al darse cuenta de que no había tenido tiempo de hacerse a la idea... Los nervios le golpearon.

–Ah... ¡me parece una buena idea! ¡Cuento contigo!

–Sí, sí... -El inglés suspiró, devolviéndole finalmente el examen a su dueño. Después, una sonrisa prepotente apareció en su rostro- Ah... tal vez ahora tendrás que llamarme "profesor" o "senpai"...

La risa burlona y los aires de superioridad de Arthur le dieron tiempo para fijarse en la bolsita que había traído con él y estaba sobre la mesa que pertenecía a una de sus compañeras de clase. Así que aprovechó ese momento para extender la mano y llevarse una de las cositas que habá ahí dentro a la boca.

–Eso sería aburrido, te llamaré solo Arthur -Sentenció entre bocados.

El otro rubio estuvo a punto de sentenciar la insolencia del menor, cuando se dio cuenta de lo que tenía en la boca. Por primera vez desde que había entrado en el aula, se sonrojó hasta las orejas y agarró la bolsita con la mano, apartándola del menor.

–¡Es de mala educación comer sin que te hayan invitado antes!

Aunque la verdad es que no se esforzó mucho en detener a Alfred, hasta que vio que terminó de masticar. Quedaron en silencio un momento, observándose mutuamente, hasta que unas tímidas palabras salieron de los finos labios del inglés.

–E... ¿Está rico?

–Creo que si intentaras pasarlas en un aeropuerto te detendrían por terrorismo.

–¿¡Qué quieres decir con eso!?

–¿Hay más? -Volvió a sonrerír, extendiendo la mano hacia el británico, quien la vio un momento sin mucha confianza.

–Te... Tengo unos pocos más... -Finalmente, suspiró y dejó la bolsa de nuevo en la mesa.

-¡Oh! -En ese momento, una lucecilla se encendió en su cabeza, y no dudó ni un segundo en buscar en su bolso una pequeña bolsita azul, con un aspecto bastante similar a la que ya había sobre la mesa- ¡Esto! ¡Por lo de ayer!

Siguió sonriendo ampliamente mientras veía como Arthur le dedicaba una mirada sospechosa a la bolsita. Finalmente, acercó la mano para tomarla y abrirla, sacando de su interior cuatro magdalenas de colores brillantes.

–... -Alfred simplemente observó sonriente como el inglés tomaba una entre las manos y la giraba, como si fuera algo totalmente irreal... O no quisiera que le tocara- ¿Qué es "esto"?

–¡Es un muffin!

–No parece algo que se deba comer...

–¡Es perfectamente normal!

–¿Qué lleva esta cosa para tener este color?

–¡Así se ve mucho mejor! ¡Lo hice yo mismo!

Y con su sonora risa, dio el tema por zanjado. Aunque fue esta risa la que hizo que Arthur se diera cuenta de que seguían en el aula, que aún había gente que estaba allí, y que varios de los compañeros de clase del otro se habían girado a mirar el escándalo de los dos rubios. Incluso puede que algunos estuvieran mirándolos desde antes de que el menor sacara la comida.

–¡Está bien, está bien! ¡Pero cállate!

Alfred nunca se había dado cuenta hasta ahora de lo corto que era el tiempo de la comida. Tuvo que decirle adiós a Arthur mucho antes de lo que quería, para que pudiera volver a su clase. Aún sabiendo que aquella tarde estaría con él, no podía evitar un deje de tristeza al sentir que no había podido hablar lo suficiente con él. El tiempo pasaba rápido, demasiado rápido para su gusto. No quería pararse a pensarlo, pero la semana era demasiado corta. Al fin y al cabo, solo le había costado dos días enamorarse. Y ahora quedaba cuatro días para disfrutar de la presencia del inglés a su lado antes de que todo volviera a la normalidad. A la dolorosa normalidad.

Fue un pensamiento que se mantuvo en su cabeza todo lo que quedaba de mañana.


¡Hola a todos y a todas!

En primer lugar, lo siento muchísimo por tanta tardanza, ¡de verdad que lo siento! He estado haciendo varias cosas que me mantenían alejada del fic, pero jamás se me ocurriría dejarlo sin terminar. Espero no volver a tardarme tanto con lo que queda, aún así aprecio mucho reviews y favoritos, son lo que me anima a seguir escribiendo a pesar del retraso.

¡Por favor, déjenme saber su opinión sobre el nuevo capítulo! Nos vemos pronto, ¡para disfrutar de la primera cita de este par de tontos!