(Antes de nada, quiero pedir perdón por el papel que están tomando los personajes femeninos en esta historia. Siento que están tomando un rol que puede molestar a algunas personas y quiero dejar claro que no es mi intención... Simplemente, la historia necesita a unos personajes como ellas que den un empujón al romance, aunque no sea de la manera más agradable...
También quiero disculparme por la tardanza en actualizar. No puedo prometer hacerlo más seguido con los capítulos que quedan, pero lo intentaré. De cualquier manera, ¡espero que disfruten de este capítulo! Me gustó muchísimo escribirlo, ¡así que ojalá les guste!)
Jueves por la mañana
Aquél día, Arthur no fue a clase. A pesar de esperarle durante más de una hora en el lugar donde los días anteriores le había encontrado por la mañana, no hubo rastro del inglés mientras la marea de estudiantes se dirigía a sus respectivas escuelas. Había revisado el reloj varias veces, y estaba seguro de que había ido a la misma hora, casi exacta, a la mañana anterior. Sin embargo, no encontró la cabellera rubia despeinada y los ojos verde esmeralda que estaba buscando durante toda la mañana, hasta que pasada una hora del inicio de las clases, decidió que Arthur no iba a aparecer tan tarde.
–A lo mejor ha tenido que ir antes al Consejo Estudiantil... -Considerando esa posibilidad, decidió ponerse en marcha hacia el instituto, esperando encontrar al inglés en el aula de su clase.
Llegó al edificio un poco antes de que la tercera clase de la mañana, por lo que le dio tiempo de inspeccionar en los lugares donde podría haber estado el mayor. La puerta del Consejo Estudiantil estaba cerrada con llave, y en el lugar de la clase de tercero, la que estaba justo encima de la suya, en el asiento donde debería haber estado sentado el chico con el que estaba saliendo, solo había una silla vacía. Entonces, ¿realmente no había ido a clase aquella mañana? Algo desanimado, el estadounidense se dirigió a su aula.
Ignoró las miradas de sus compañeros cuando entró a la clase antes del comienzo de la segunda hora, saludó a Kiku con un gesto que el japonés no respondió con palabras, y se sentó a dejar que pasaran las horas sin escuchar una palabra de lo que decían los profesores. No hubo tiempo para que ningún compañero pudiera hablarle, o para que él pudiera hablar con su mejor amigo, las clases pasaron como lo harían en un día cualquiera, ignorando el hecho de que Arthur no estaba en el instituto.
Por su parte, Alfred pasó las siguientes horas dándole vueltas en la cabeza a la ausencia del inglés. Era cierto que después del beso del día anterior hubo un silencio incómodo entre ambos durante un momento, pero estaba seguro de que después había logrado aliviarlo con uno de sus ingeniosos comentarios. Incluso recordaba haber visto una sonrisa en el rostro del de ojos verdes antes de darle la espalda y ver cómo su figura desaparecía entre las calles y la luz del atardecer. No era posible que eso le hubiera afectado tanto como para saltarse las clases, ¿verdad? ¡Definitivamente él no era el tipo de persona que haría eso!
–¡Bien! ¡Entonces iré a su casa, no me queda otra opción! -Exclamó, casi poniéndose en pie cuando sonó la campana que indicaba el final de la mañana y el comienzo del descanso de la comida. Algunos de sus compañeros se giraron para verle, posiblemente los que esperaban una pelea como la del día anterior con sus vecinas de pupitre. Sin embargo, y contra todo pronóstico, estas tres chicas habían estado extrañamente tranquilas desde que Alfred entró a la clase. Ni siquiera habían cuchicheado sobre la ausencia de Arthur, y tan solo giraron la cabeza cuando vieron al americano recoger sus cosas, despedirse de Kiku, y salir corriendo por la puerta del aula.
El plan del americano era bastante sencillo: ir a casa de Arthur para comprobar si estaba bien. Sí, un plan sin ninguna complicación, o al menos no en teoría. Pero rápidamente, se encontró con un obstáculo principal:
–...¿Dónde estaba su casa?
El beso del día anterior había callado los intentos de Alfred de convencer al inglés para llevarle a casa, pero también las insistencias del otro chico para que no lo hiciera. Al final se habían separado allí, por lo que la única referencia que había en su cabeza era aquél cruce donde se había producido el beso.
Así que ahora se encontraba con la necesidad de encontrar a alguien que pudiera darle la dirección del inglés y salir hacia allí antes de que terminara el descanso de la comida, ya que no creía que fuera muy fácil salir en bicicleta del instituto mientras se suponía que tenía clases.
Pero por desgracia, Arthur no parecía ser tan popular con sus compañeros de clase como lo era con las mujeres.
–¿Kirkland? Hm... Es verdad que está en esta clase, pero...
–No se lleva demasiado bien con nadie, ¿verdad?
–¡Sí, sí! Salí con él una semana, pero nunca visité su casa.
–Se pasa el día en el Consejo Estudiantil, pero nunca habla con nadie en clase. ¿Por qué no intentas preguntar allí?
Después de salir del aula sin una respuesta, o siquiera una pista sobre la dirección del inglés, consideró la posibilidad de preguntar a alguna de las chicas con las que recordaba haber visto a Arthur las semanas anteriores. Bien pensado, casi cualquier chica que escogiera al azar respondía a esta descripción, pero...
Pero por algún motivo, era incapaz de siquiera intentarlo. Nada más seleccionar a una chica que, pensaba, podría darle alguna pista, su mente le ofrecía de manera inmediata una imagen de la chica en cuestión caminando del brazo con Arthur... Una imagen que le provocaba una incómoda sensación en el pecho, por lo que descartó preguntarle a este colectivo, por lo menos de momento.
Así que finalmente, su única opción fue terminar frente a la puerta del Consejo Estudiantil. Ya había pasado la mitad del tiempo de su descanso del mediodía, así que aquí no podían ayudarle, tendría que empezar a buscar rápidamente otras personas que pudieran ayudarle.
–Suponía que no estaría abierto... -El americano suspiró al comprobar que la puerta estaba cerrada con llave, ya que no cedía un solo milímetro cuando empujó la oscura madera de la puerta. Tampoco se escuchaba a nadie del otro lado, y bien pensado, no conocía a más gente que dijera ser miembro del Consejo Estudiantil... ¿Seguro que habían más personas aparte de Arthur en aquél grupo de estudiantes?
Soltó el pomo de la puerta y retrocedió un par de pasos. No había tenido suerte con los compañeros de clase, pero tal vez otros miembros del Consejo Estudiantil sí hubieran tenido que ir hasta la casa del Presidente para alguna de las cosas importantes que se suponía que hacían. Sin embargo su lista estaba vacía, y la única posibilidad que tenía en mente era preguntar a algún profesor. Tal vez su tutor supiera dónde vivía...
–¡Oh, ahí está!
Cuando estaba a punto de caminar en dirección a la sala de profesores, escuchó una voz familiar llamándole. Una voz extremada, y al mismo tiempo horriblemente familiar. Cuando giró la cabeza para responder a la llamada, comprobó sus sospechas Delante de él se encontraban sus tres compañeras de pupitre, miembros número uno del Club de Fans Kirkland y Club de Odiamos a Jones, con el mismo aire orgulloso de siempre.
–¡Jones! ¡Te hemos estado buscando durante todo el descanso!
–¡Tenemos una sorpresa para ti!
Alfred parpadeó un par de veces, debatiéndose internamente sobre la mejor manera de darle a entender a las chicas que no podía perder un minuto de su tiempo de búsqueda para escuchar lo que fuera que quisieran decir. Estuvo a un momento de girarse con un rápido "¡lo siento, tengo cosas que hacer!" cuando se dio cuenta de algo.
La más alta de las tres chicas se echó hacia atrás para empujar a otra persona cuya existencia había pasado completamente desapercibida para el americano. Era una chica con el aspecto de una muñequita de porcelana a punto de romperse que Alfred no conocía. El largo y recto flequillo, sumado a unas enormes gafas de botella, hacía difícil verle del todo bien la cara, pero sus mejillas estaban totalmente sonrojadas y su mirada fijada en el suelo. Además, temblaba de una manera tan incontrolable, que parecía que fuera a darle un ataque cardíaco en cualquier momento.
-¡Mira qué chica más mona hemos encontrado suspirando por ti en una clase de primero! -Exclamó una de las compañeras, dando unas palmaditas supuestamente amigables en el hombro de la más pequeña, que solo lograron aumentar su temblor y su color rojo.
–Se llama Tomoe-chan, y ayuda en el Consejo Estudiantil.
–¡No puedes negar que es una monada! -La tercera de sus compañeras de clase dio un empujón, que posiblemente quería pretender ser suave, en la espalda de la más pequeña, quien estuvo a punto de tropezar.
–En cuanto la vimos pensamos que haríais una pareja adorable. ¿Verdad, chicas?
–¡Verdad!
El grupo de chicas quedó con trío de amplias sonrisas malévolas, mientras los nervios de la pequeña Tomoe no parecían hacer otra cosa más que aumentar. Alfred incluso pensó que podría desmayarse en cualquier momento. Aunque su cabeza no había descifrado del todo qué tenían en mente aquellas tres chicas, algo le decía que no era algo ni remotamente agradable.
–¡Bueno, Tomoe-chan! Creo que a partir de aquí puedes avanzar tú solita, ¿verdad?
Con una pequeña risa malévola, las tres chicas se dieron la vuelta. Mientras se alejaban poco a poco, comenzaron a hablar en unos susurros demasiado altos como para no querer ser escuchados.
–Hmm... Aunque bien pensado, es una lástima que Jones esté saliendo con Kirkland esta semana, ¿verdad?
–¡Oh no, Otome! ¡Seguro que eso solo es porque nunca ha tenido a una chica tan linda como Tomoe-chan detrás de él!
–Cuando se de cuenta de lo adorable que es, dejará su obsesión por Kirkland. ¡Está claro que solo busca llamar la atención!
El grupo desapareció como un coro de risas chillonas, dejando tras de si solamente al americano, y a la pequeña y temblorosa Tomoe, que parecía estar luchando por no salir corriendo. Mientras esta luchaba por clavar su mirada en los pies del mayor, como si bajo estos se encontrase algo sumamente interesante, se produjo un largo silencio que duró algo más de un minuto.
–Esto... -Un suave murmullo de la menor rompió el silencio, pero sus palabras fueron rápidamente interrumpidas por las de Alfred.
–¿Has dicho que eres del Consejo Estudiantil?
Sus palabras fueron tan inesperadas para la pequeña, que hizo que alzara el rostro y parpadeara un momento, fijando sus pequeños ojos negros, apenas visibles por el cristal empañado, en la determinada mirada del americano.
–Ah... Sí... -Asintió moviendo ligeramente su diminuta cabecita.
–Si es así, ¿sabes dónde está la casa de Arthur Kirkland?
Los ojos detrás de aquellas grandes gafas se abrieron con sorpresa por aquella pregunta. Sin embargo, antes de que Alfred pudiera descifrar si era una afirmación o no, los labios de la menor esbozaron una suave sonrisa, y unas palabras muy pequeñas de las que Alfred creyó escuchar un "ya veo".
–Kirkland-senpai no ha compartido nunca su dirección con nadie en el Consejo... -Esta respuesta hizo que Alfred se desilusionara, pero la tímida sonrisita de la chica se convirtió rápidamente en una sonrisa cálida y amistosa- Sin embargo vive en la misma calle que yo, así que le he visto varias veces salir de casa.
La expresión del americano cambió tan rápidamente que hizo soltar una suave risa a la chica. Con una enorme sonrisa, el más alto se acercó a la pequeña.
–Entonces, ¿podrías llevarme hasta ahí?
Tomoe parpadeó un momento, claramente confundida.
–Pero... Las clases empezarán en unos minutos.
Con una sonrisa aún mayor, Alfred tomó la mano de la menor y guiñó un ojo con cierta complicidad.
–¡Entonces no tenemos tiempo que perder!
La casa de Arthur estaba bastante más lejos de lo que el americano se había imaginado. Estuvo más de diez minutos pedaleando cuesta arriba y cuesta abajo antes de llegar al cruce del día anterior, con la pequeña chica agarrándose bien fuerte en el lugar que anteriormente había ocupado Arthur, y dándole instrucciones sobre dónde girar mientras señalaba con su diminuta manita, a la que el uniforme femenino de la escuela le quedaba un poco grande.
Después de veinte minutos de órdenes, pedaleo, y varias frenadas forzosas y cambios de dirección muy bruscos, la voz de Tomoe le dijo que se detuviera.
–Es aquí -Indició la chica con su suave voz en cuanto el americano se detuvo.
Nada más alzar la cabeza, Alfred se encontró frente a una casa grande, de tres plantas, con un color gris y frío. No tenía el aspecto de una casa abandonada, y realmente parecía construida recientemente ya que era un cuadrado perfecto con ventanas corredizas, pero daba toda la impresión de ser un lugar triste. Ninguna de las ventanas estaba abierta, aunque todas tenían las cortinas corridas, de manera que se podía ver ligeramente el interior de la cocina y un cuarto de baño desde la posición de Alfred. Aún así, no vio rastro del inglés. No había ninguna luz encendida, pero la verja metálica de la entrada, que daba a un minúsculo jardín donde no había espacio suficiente para colocar ni un gnmono de jardín, estaba abierta.
Sin duda alguna, aquella casa no transmitía la sensación de ser un lugar feliz para vivir.
–Mi casa está ahí enfrente... -Escuchar la voz de Tomoe le hizo girar la cabeza para verla- Así que...
–Ah... -Alfred parpadeó un momento al ver a la pequeña pelinegra levantarse de su asiento. Era la primera vez que le veía la cara desde que habían salido de la escuela, y pudo notar que su rostro tenía un tinte rojizo. ¿Tal vez tenía calor?- ¡Ah! ¡Muchas gracias! -Sonrió, moviendo la cabeza para seguir con la mirada a la chica.
–¡N-No, por favor, no te preocupes! -La menor negó con la cabeza y las manos, con una tímida sonrisa- Estoy feliz por haber podido ayudarte.
–Hm... Aunque, bien pensado... ¿Qué vas a decirle a tus padres cuando te pregunten por qué estás en casa tan temprano? -Era la primera vez que se paraba a pensar en lo que suponía para la pequeña haber aceptado el favor de llevarle hasta ahí. Sin embargo, la otra respondió con un gesto despreocupado.
–No creo que haya nadie en casa, y aún así le diré a mi padre que no me encuentro bien -Se encogió de hombros y dio un par de pasos en dirección a la casa que había señalado antes.
–Ah... ¡Muchas gracias por traerme aquí! -Por su parte, Alfred también había bajado de la bicicleta, con la intención de meterla en el minúsculo espacio de jardín de aquella casa ajena.
–No ha sido nada -La chica sonrió y se despidió con la mano- Hasta la próxima vez.
Dicho esto, giró sobre sus pequeños talones y dio la vuelta al americano, quien ya estaba cerrando la puerta después de colocar la bicicleta de alguna manera. Sin embargo, cuando alzó la mirada después de aquella complicada operación, se encontró de nuevo con la mirada la pequeña.
–Realmente amas a Kirkland-senpai, ¿verdad?
La pregunta tomó a Alfred completamente desprevenido, y pudo sentir un sonrojo notable en sus mejillas. Tuvo el impulso de ponerse nervioso y negar con la cabeza, pero sin embargo la gratitud que sentía porque aquella chica indefensa hizo que su respuesta fuera sincera.
–¡Más que a nada en el mundo!
Los labios de Tomoe se tornaron en una sonrisa amigable y encogió los ojos.
–¡Buena suerte!
Y una vez más, se giró sobre sus talones y fue corriendo a una casa roja, en la que se metió después de despedirse con un gesto de la mano una vez más. Dejó a Alfred solo, frente a una casa que parecía tan hostil como su habitante.
No se paró a pensar que tal vez hubiera alguien más en la casa. ¿No había mencionado Arthur que vivía solo? Pero si era así, no tenía sentido que viviese en una casa tan grande. De cualquier manera, antes de poder pensar en las consecuencias, las dos notas del timbre de la casa resonaron con un enorme eco.
Tuvo que esperar un minuto antes de que la puerta se abriera.
Y en cuanto sus ojos hicieron contacto, la puerta volvió a cerrarse con un estruendo ruido.
–¿¡Arthur!? -El americano gritó, pero no tuvo respuesta. Volvió a llamar al timbre, a pesar de que era obvio que el inglés le había visto. Sus ojos apenas habían hecho contacto durante un momento, pero no podría confundir esos ojos ni siquiera entre un millón de personas con el mismo color- ¡Arthur, sé que estás ahí! ¡Abre la puerta!
–¿¡Cómo has llegado hasta aquí!? -La voz del mayor hizo que dejara de golpear el timbre con insistencia- ¿¡Quién te ha dado mi dirección!? ¡Acosador! ¡Vete de aquí!
–¡Espera, puedo explicarlo!
–¡He dicho que te vayas!
El americano retrocedió cuando sintió la puerta abrirse completamente. Quedó enfrentado frente a un Arthur Kirkland bastante distinto al que recordaba haber estado observando durante todo el curso desde que escuchó hablar por primera vez de el excéntrico presidente del Consejo Estudiantil.
Su cabello estaba desordenado, aún más que de costumbre, y tenía grandes marcas negras bajo aquellos mágicos ojos. Llevaba un suéter holgado de lana gris, demasiado formal para ser un pijama, pero demasiado usado para llevarlo a la calle, y debajo de él pudo distinguir los puntos de la camisa y el pantalón del uniforme escolar, desabrochado y arrugado. Daba la impresión de que hubiera intentado ir a clase, pero se hubiera quedado dormido dentro del armario en el proceso, y debido al frío hubiera acabado poniéndose lo primero que hubiera encontrado. Su rostro enfadado era el mismo de siempre, pero aquellas marcas bajo los ojos resultaban bastante peculiares. Era, sin duda, una imagen alejada del idílico caballero que sus compañeras tanto adoraban.
Las palabras salieron de la boca del americano antes de que pudiera siquiera pensarlas.
–¡Estaba preocupado por ti!
Y pareció que, por una vez, había elegido las palabras correctas. La expresión del inglés se relajó, aunque aún tenía una mano en la puerta, dispuesto a cerrar en cualquier momento.
–Que hayas venido hasta aquí me da suficiente motivo como para llamar a la policía -La voz de Arthur sonó dura, pero su actitud defensiva pareció suavizarse ligeramente.
–¡Tengo mis recursos! -Con una simple sonrisa, el americano dio el asunto por zanjado. El inglés suspiró.
–¿Puede saberse qué quieres? -Preguntó con tono cansado.
–¿Por qué no has venido a clase? -Alfred dio un paso hacia delante, que hizo que Arthur retrocediera- ¡No es normal en ti! ¡Además, ayer estabas bien! ¿Te ha pasado algo? -El torrente de preguntas del menor provocó que Arthur soltase un largo suspiro.
–Solamente estoy... Resfriado -Respondió, encogiéndose de hombros- Ocurre mucho en esta época del año, las temperaturas cambian.
–...¿Resfriado?
–Sí, resfriado. Simplemente eso.
–¿Estás seguro? -Con cada pregunta, Alfred se acercaba un paso.
–¡Estoy bien, imbécil! O al menos lo estaba antes de que llegases tú.
Para este momento, el americano ya estaba prácticamente en el umbral de la puerta, a escasos pasos del británico.
–Bien pensado, ¿tú no deberías estar en clase?
Alfred colocó un mano en su cintura y señaló al inglés, sonriente.
–¡Estoy aquí para cuidar de ti!
El rostro del mayor mostró una sorpresa que trató de ocultar con molestia, pero incluso Alfred se dio cuenta del sonrojo en sus mejillas.
–No necesito que me cuides -Musitó, desviando la mirada de los ojos azules que le miraban con intensidad.
–¡No me iré hasta que no me dejes entrar!
Sus miradas volvieron a encontrarse, y ahora al rostro de Arthur se había añadido la dura expresión de su ceño fruncido.
–Tú...
–¡Vamos, vamos! No es como si estuvieras escondiendo un cadáver, ¿verdad?
Alfred tenía esa facilidad de la que parecía no darse cuenta. Es decir, ese don innato para dejar de escuchar las quejas de una persona cuando ya ha decidido que su opinión es la válida. Mucha gente no pensaba demasiado bien de aquella habilidad, pero hay que admitir que era de lo más útil. Por ejemplo, en este caso logró hacer que el inglés se retirara de la puerta para dejarle entrar a su casa.
El edificio era por dentro tan poco acogedor como lo era por fuera.
Tenía un aspecto moderno, era cierto, aunque algunos de los muebles tuvieran aspecto de haber pasado de generación en generación. Las dos grandes ventanas de la sala de estar, que vio nada más entrar, estaban cerradas y apenas dejaban pasar la luz del pequeño patio trasero, que no parecía mucho más grande que aquella triste excusa de jardín en el que había dejado la bicicleta. Las paredes eran de un color azul oscuro, que gracias a la poca luz y a la poca claridad del día, se veían grisáceas. La televisión estaba encendida, aunque no mostraba ningún canal, y sobre la pequeña mesilla de cristal había un paquete de pañuelos y varios pañuelos tirados desperdigados por el suelo. Pequeños cuadros imitando a grandes pintores cubrían gran parte de las paredes, y ayudaban a que el lugar pareciera un poco menos sombrío. A su derecha estaba su cocina, y unos metros más, antes de llegar a la sala de estar, había un pasillo que no podía ver desde ahí, pero supuso que eran las escaleras que llevaban al primer piso.
Cuando escuchó la puerta cerrarse, se giró para mirar a Arthur.
Olía a él. Toda la casa le impregnaba la nariz del olor de Arthur. Tuvo el impulso de cerrar los ojos y dejarse llenar por esa esencia durante un segundo, pero la dura mirada del inglés le recordó que no era una buena idea, al menos no por ahora.
–¿Y? ¿Estás satisfecho ahora? -El inglés se cruzó de brazos, viendo como el americano recorría con su mirada todo lo que podía de la casa. Sintió enfado en su voz, pero la verdad es que apenas tenía importancia para él ahora mismo. Al fin y al cabo, Arthur siempre estaba enfadado así que no debía ser más que su típico mal humor.
–¿Qué estabas haciendo antes de que llegara? -Fue lo primero que se le pasó por la cabeza. Completamente a oscuras, siendo un televisor la fuente de luz, lo único que se le ocurría era que el inglés hubiera estado viendo una película y la hubiera interrumpido cuando escuchó su llamada de la puerta. Aunque el hecho de que el inglés se sonrojase y aumentara su enfado solo le confundió.
–¡Dormir! ¡Estaba durmiendo hasta que metiste tu gordo trasero en mi casa!
–¡Eh, es una casa muy grande! ¡Creía que vivías solo! -Ignorando completamente sus palabras, Alfred avanzó unos pasos. Asomó su cabeza a la cocina, pero casi instantáneamente retrocedió- ¿Aquí es donde cocinas esas armas de destrucción masiva?
–¡Nadie te ha dicho que puedas husmear en mi casa, imbécil!
Aunque era obvio que Alfred ni siquiera se molestaba en escuchar a Arthur. Avanzó varios pasos hacia los sillones oscuros colocados delante del televisor, con el inglés pisándole los talones. Descubrió que el pasillo de la izquierda, efectivamente, daba a unas escaleras del piso superior. A los lados había un par de puertas cerradas, pero justo cuando avanzó para intentó inspeccionarlas, sintió un agarre en su brazo. Cuando se giró sintió la mirada de Arthur clavarse en él como un cuchillo.
–Ni siquiera te he dado permiso para entrar en mi casa, así que si no te quedas tranquilo en el sofá llamaré a la policía.
El inglés sonó tan serio, que solamente tuvo fuerzas para dar un par de pasos hacia atrás. Esto relajó ligeramente al otro, pero no fue suficiente para que le soltara.
–Ah... -Miró a ambos lados y luego agachó la mirada, sin saber demasiado bien qué decir- I'm sorry.
El agarre en su brazo se relajó y el mayor volvió a cruzar los brazos sobre el pecho. Después de soltar un pesado suspiro, volvió a hablar.
–Está bien. Supongo que no vas a irte aún si te echara a patadas, así que iré a prepararte algo.
–¡Estoy perfectamente sin una indigestión, gracias!
–¿¡Qué insinúas!?
–Además... -Se llevó una mano a la barbilla y giró sobre sus talones para mirar a Arthur- ¡Estoy aquí para cuidarte! ¡Así que ve a tumbarte y yo cuidaré de ti!
–¿Te parece muy normal dar órdenes a la gente en su propia casa? -Pero antes de que pudiera terminar su queja, Alfred ya había colocado las manos en su espalda, y le había empujado para que se sentara en el sofá colocado delante del televisor- Tsk... -Fue todo lo que pudo añadir frente a la fuerza del americano. Este se giró para contemplar nuevamente el lugar en el que se encontraba y se quedó mirando hacia la cocina. Suponía que podía darle un café... ¡y una hamburguesa! ¡Su madre siempre le daba hamburguesas para ponerse mejor! Aunque fue entonces cuando se dio cuenta de algo.
–¿Cómo se trata un resfriado?
A Arthur le costó bastante creer que el americano nunca antes hubiera tenido siquiera un simple resfriado, y estuvo un buen rato diciéndole que si simplemente no quería hacer nada, le haría un favor yéndose por dónde había venido. Sin embargo, Alfred decía toda la verdad. Solamente recordaba haberse puesto enfermo una vez, cuando estaba en primaria, por haber estado jugando toda la tarde a baloncesto en el patio trasero de su casa mientras llovía como nadie recordaba que hubiera llovido en años. Aunque lo que tuvo fue un dolor de cabeza provocado por los gritos de sus padres pidiéndole que entrara en casa, y estuvo curado en menos de dos horas.
–Supongo que es verdad eso de que los idiotas son inmunes a las enfermedades... -Suspiró el inglés.
Así que ante la falta de práctica de Alfred, Arthur se vio obligado a indicarle desde el sofá dónde estaban los medicamentos, mientras insistía en que no los necesitaba. Pero por supuesto, las negaciones del británico no iban a detener al americano. Después de varios intentos, y de que Alfred echara por el suelo casi todas las pastillas colocadas en el cajón especialmente dedicado a las medicinas de la casa, el inglés se tomó un poco de la medicación y se tumbó de nuevo en el sofá. Después de la insistencia del estadounidense en preguntar si una persona resfriada necesitaba algo más de tratamiento, Arthur acabó sofocándose bajo una capa de unos cinco edredones recogidos en la primera puerta del pasillo en el que antes había intentado adentrarse Alfred.
–¡Estoy bien! ¡No necesito nada más! ¡Déjame en paz!
Con un fuerte chillido, el inglés dejó en el suelo su asfixiante abrigo y se sentó en el sofá con los brazos cruzados y una clara muestra de molestia en su rostro. El americano se sentó a su lado para pedirle disculpas, al fin y al cabo... ¿Cómo iba a saber él que cinco edredones eran demasiado para cualquier persona, enferma de la enfermedad que fuera? Arthur negó con la cabeza varias veces, sin siquiera escucharle, y terminó mirando hacia otro lado.
Se mantuvieron en silencio durante varios minutos.
Más de lo que era sano.
Y ambos habían tenido ya tiempo para comprobar que los silencios entre ambos solo podía llevar a una cosa. Y eso era que Alfred dijera lo primero que se le pasaba por la cabeza.
Aunque en realidad, en esta ocasión, no fue exactamente "lo primero". Más bien fue algo que llevaba pensando todo el tiempo. Algo que cruzó su mente cuando vio los ojos de Arthur al otro lado de la puerta. Había estado en su mente cada vez que hablaba, y cuando se giraba para hablar con él, o simplemente para mirarle, la mirada se le desviaba. Una persona más inteligente, o simplemente con más experiencia que él lo hubiera dicho antes, o sencillamente no lo hubiera dicho. Pero él tuvo que decirlo para romper aquél silencio.
–Arthur.
La respuesta que salió de los labios del inglés fue un simple gruñido.
–¿Puedo besarte?
El tiempo se congeló un momento. Tenía las manos sobre las piernas, apretadas, y la mirada fija en ellas como si así pudiera escuchar la respuesta que deseaba oír. Casi pudo sentir como Arthur se sonrojaba y abría los ojos.
–¿¡E-Eh!?
Alzó la cabeza para encontrarse la mirada sorprendida del británico mirando en su dirección. Tragó en seco antes de hablar, mirándole a los ojos.
–¡El de ayer fue mi primer beso! Por eso... ¡Quiero volver a besarte!
Esas palabras no ayudaron a calmar la expresión del inglés, cuyo rostro se ruborizó hasta las orejas. Tartamudeó un momento antes de responder.
–¿P-Primer beso?
Alfred parpadeó.
–Ah... Nunca había tenido pareja antes, así que...
Los ojos de Arthur se abrieron todavía más, aunque ahora movió la cabeza bruscamente para mirar al suelo.
El silencio llegó de nuevo. Aunque fue más corto que el anterior, Alfred pudo sentirlo el doble de pesado, como si cada segundo se deslizara muy lentamente por el agua.
Y la verdad era que era él quien se sentía más raro.
Al fin y al cabo, Arthur y él habían sido simples compañeros de instituto hasta el inicio de aquella semana. Era cierto que se había interesado en los rumores que circulaban sobre él y sus "novias de una semana". Las únicas veces que habían hablado, era para pedir perdón por romper la ventana y para recibir una severa charla del inglés sobre cómo respetar el trabajo de los demás. Arthur ni siquiera sabía su nombre cuando le pidió que salieran juntos aquella semana.
Pero sin embargo, ahora estaba enamorado de él. De una persona con la que apenas había hablado, pero aún así era su pareja. De una persona que apenas conocía, pero que de alguna manera, sentía conocer desde hacía mucho, muchísimo tiempo.
Una persona que sabía que no podía corresponder sus sentimientos, porque él era solo una semana más. Besarle había sido un acto imprudente, pero Alfred no era la clase de persona que se preocupaba por esas cosas. No podía preguntarle al inglés sobre sus sentimientos, o saber si quería besarle, porque a pesar de que estuvieran en una relación romántica, uno de los dos no la veía de la misma manera que el otro.
Entonces fue como, de algún modo, se sintió como un miembro de aquél grupo de chicas que adoraban a Arthur Kirkland, el perfecto caballero, el apuesto presidente del Consejo Estudiantil que a pesar de no hablar con nadie de su clase, accedía a pasar una semana romántica con cada una de las chicas que le adoraban, aún si apenas las conocía.
–Nunca antes... Había besado a nadie.
La voz del inglés sonó como un susurro que no deseaba ser escuchado, y bajó bruscamente al americano de sus pensamientos.
–Pero aún así... -El inglés encogió los hombros, y Alfred habría jurado que le vio temblar. Estuvo a punto de decir algo, cuando la mirada del mayor se posó rápida y fijamente en la suya- No me malinterpretes. No lo estoy diciendo por ti, solamente quiero comprobar una cosa.
Alfred parpadeó un momento y Arthur frunció el ceño. Al americano le pareció que estaba a punto de echar a correr, y vio el brillo inconfundible del inicio de las lágrimas reflejados en los ojos esmeralda que había aprendido a amar en apenas unos días.
–¿Quieres decir que puedo... besarte?
Asintió muy suavemente.
–Hazlo antes de que cambie de opinión -Añadió. De alguna manera, esa actitud furiosa le recordó a un gato orgulloso.
Al contrario del anterior, rápido y espontáneo, esta vez fue más lento, pero de alguna manera más dulce. Su corazón se aceleró cuando alzó una mano y la colocó sobre el hombro del inglés, a quien sintió temblar. Acercó su rostro al contrario, poco a poco, como había visto alguna que otra vez en las películas. No dejó de verle a los ojos, aunque entrecerró levemente los párpados conforme se acercaba a sus labios. Su cuerpo quería temblar, pero su corazón no se lo permitió.
Sus labios se unieron durante unos segundos demasiado breves que duraron para siempre.
Ya lo sabía de la vez anterior, pero sus labios eran mucho más dulces de lo que alguien podría esperar de unos tan finos como los del inglés. Podía sentir el olor que impregnaba toda la casa, el olor de Arthur, a través de aquél beso. Era una extraña sensación que erizó sus cabellos y provocó que su corazón diera un vuelco, pero la única manera de describirlo que se le ocurría, era que estaba probando el olor del inglés. Un olor convertido en un dulce sabor al que, no lo dudaba, podía volverse adicto con solo unas pequeñas dosis más.
Pero la eternidad del beso terminó demasiado pronto. Sus rostros se separaron mínimamente, prácticamente al mismo tiempo, y ninguno de los dos abrió demasiado los ojos. Sintió la mirada perdida del inglés, y supo que posiblemente la suya expresaba lo mismo. Como si acabase de despertar de un sueño al que deseaba volver.
–¿Así... está bien? -Susurró.
Arthur dudó un momento antes de responder.
–No -Dijo en un suspiro. El aire que salió de sus labios llegó a los del americano- Una vez más.
No hacía falta que lo repitiera. Sus labios volvieron a juntarse casi por magnetismo. Como si algo más, algo superior al simple deseo de un beso, los quisiera reunir de nuevo.
–Otra vez.
El frío que acechaba con llenar el cielo desde la mañana había logrado su cometido, y había llenado el cielo de nubes grises que apenas impedían la entrada de luz a la casa. Poco a poco, todo comenzaba a hacerse más oscuro, a pesar de que solamente fueran las dos de la tarde.
–Otra vez.
Cada pequeño beso aumentaba ligeramente su duración. Con el corazón temblando, siguiendo un impulso que no podía controlar, Alfred colocó una mano sobre la cálida mejilla del inglés.
–Otra vez.
Justo cuando comenzaron a escucharse los ruidos de la lluvia replicando contra la ventana, deseando pasar a través de los cristales, estuvo casi seguro de sentir el húmedo recorrido de una lágrima sobre su piel.
–Otra vez.
Pero para este momento, apenas podía concentrarse en nada.
–Otra vez.
Todo lo que existía en el mundo aparte de aquellos dos había desaparecido con el primer beso. Todo lo que les rodeaba no era más que una excusa. Encontró la mano de Arthur y la tomó con timidez. Y en contra de todo lo que esperaba, él también la agarró.
–Otra vez.
Tal como había predicho, para entonces ya se había vuelto adicto a sus labios. Para ese momento, ya no había vuelta atrás para él. Aún si después de aquello actuaba como si nada hubiera sucedido, acababa de ser atado permanentemente a un hechizo. Un hechizo que había lanzado sobre él, y había caído sin pensar un solo segundo.
–Otra vez.
Esta vez, hubo una pequeña interrupción antes de que sus labios volvieran a unirse.
–Te quiero.
