Capítulo 0: Preludio del Caos
Verano del año 2100 (250TM)
Una alegre melodía, sonidos de guitarra y la voz de una mujer. La canción habla de la belleza del océano y sus misterios. Un chico de ojos verdes y cabello castaño mira por la ventanilla del autobús en el que viaja. Mira con detenimiento las siluetas que los árboles a su alrededor dibujan, detrás de esos bastos bosques la sombra colosal de un muro de cincuenta metros de altura y de nombre Rose.
Una pequeña mano cae sobre su hombro sacándolo de sus pensamientos. Un par de grandes ojos azules brillantes lo miran ofreciéndole también una sonrisa de blancos dientes y rosados labios. Los audífonos y la música le niegan al castaño la voz de su compañera.
—Oye Eren, Naxos y yo discutíamos acerca del motivo de esta gran reunión en la ciudad Trost —dijo la chica de ojos azules—. Él dice que nos van a enviar a otra guarnición. No creo que sea eso. Mas bien creo que el alto mando desea alentar a las tropas haciendo alguna clase de entrenamiento masivo. ¿Tú qué opinas?
—¿Qué opino? —repite el castaño mirando de nuevo al horizonte fuera del autobús—. Yo creo que es hora de contraatacar.
Sus palabras sonaron sorpresivas. La rubia y otro joven miraron con curiosidad a Eren dándole uno momento para explicarse.
—Pienso que el alto mando está preparando algún plan para recuperar el muro María y la región exterior, eso es lo que creo. ¿Por qué otro motivo solicitaría tropas de todas las guarniciones del reino?
Explicó su punto de vista con una sorprendente tranquilidad que dejó a sus compañeros extrañados y mirándose entre sí. La joven rubia se apresuró a preguntar.
—Si crees eso, ¿por qué no estás nervioso, Eren?
—¿No es obvio? Si esto es así significa que pronto podremos regresar a nuestro hogar en Shinganshina. Estoy más que ansioso por enfrentarme a esos monstruos.
Todos los soldados que viajaban en ese vehículo eran militares; recibieron un entrenamiento como tal, sin embargo, ninguno de ellos deseaba realmente poner en práctica su instrucción, ninguno excepto Eren.
El silencio se propagó al ser invadidos por el temor de que lo que él decía fuera verdad. Ninguno quería abandonar el resguardo del Muro Rose y la tranquilidad de la región intermedia en una odisea por arrebatar la región exterior a los titanes.
—Dime, Eren, ¿aprovecharás este momento para unirte a la Legión de Exploración? —preguntó Naxos, un chico delgado y con la cabeza rapada.
—Así es, Naxos. Esta es mi oportunidad; ya cumplí los dos años de servicio obligatorio en la guarnición, ahora puedo unirme a la legión.
Hablaba no de una mera oportunidad de trabajo bien remunerado o para mejorar su estatus, sino de un sueño, una meta por concretar. Sus verdes ojos refulgieron con el destello del valor y la esperanza. Su mano derecha se movió de inmediato al collar que colgaba de su cuello aferrándose a la gema de forma alargada y de color verde que pendía en su pecho.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó la rubia a su lado, denotando no estar de acuerdo con la decisión que él quería tomar.
—Mi querida Amy —rio Eren abrazando a su amiga por encima del hombro, provocando un repentino rubor en las mejillas de la chica—, tu mejor que nadie sabes que mi destino está en la Legión de Exploración. Si alguien va a luchar por recuperar nuestro hogar debo ser yo. Serviré en la misma división que sirvió mi padre. Esas bestias infernales tendrán que enfrentarse a otro Jeager.
Palabras osadas, rebosantes de seguridad. Palabras que solo un tonto novato diría, eso pensaban todos los miembros del batallón y ese tonto tiene nombre y apellido: Eren Jeager Amy y Naxos se miraron entre si cuando escucharon las palabras de su amigo. Coincidieron en que era imposible cambiar su forma de pensar.
El viaje prosiguió por largas horas atravesando la hermosa campiña del sur de la región intermedia. Grandes y pequeñas aldeas se desperdigaban en esas tierras; bosques y lagos, una exuberante naturaleza y cuando tomaron la carretera principal pronto se vieron rodeados de una gran afluencia de vehículos de todo tipo, pero por sobre todo camiones militares,
Al atardecer llegaron a la ciudad de Trost, capital de la región intermedia. Una metrópolis rodeada por una poderosa muralla de treinta metros construida con acero y hormigón. Defendida con alrededor de cien torres armadas con morteros y cañones de gran calibre. Aquí la vida es de mayor calidad que en los poblados aledaños. Mientras los jóvenes sureños avanzaban por la avenida principal, entre el tráfico y las aglomeraciones, se asombraron de los altos edificios ciudad y la cantidad de gente que caminaba por las calles. Al venir del sur todos únicamente conocían aldeas y pequeños poblados con poca tecnología y escasa población.
El recorrido los llevó a través de la avenida principal y culminó al llegar a la fortaleza militar ubicada casi en el centro de la ciudad, un poderoso recinto rodeado por su propia muralla y torres defensivas. Decenas y decenas de camiones arribaron junto con ellos. Al pasar las puertas principales estuvieron ante unas enormes instalaciones. Barracas para cientos de soldados; fábricas y talleres de armas y vehículos; hangares y almacenes, hospital y comedores; una pista aérea en el centro de la base.
No se parecía en anda al pequeño castillo antiguo donde Eren y sus amigos recibieron su instrucción.
Los camiones de transporte aparcaron en una zona alejada. Los soldados comenzaron a descender formándose ante sus oficiales al mando, todos portando su uniforme y su equipaje en la espalda. Venían de todos los rincones del reino; del sur, del centro y del norte de la región intermedia, también fueron traídos de la región interior. La cifra exacta era difícil de calcular solo con la vista.
—¡Vamos, bajen y fórmense! —llamaba el teniente Hannes a sus soldados. Un hombre maduro y menudo, de cabello rubio e incipiente bigote—. Alicia, Olaf, Johan, no se queden atrás, demuestren disciplina, carajo. Eren, Naxos, Armina.
—T-teniente Hannes, no me llame por mi nombre por favor —replicó la rubia.
—Lo siento, jovencita, pero aquí no estamos en casa y no puedo tener consideraciones —le respondió el capitán en voz baja.
—No sé porque te disgusta tu nombre, es muy… único —agrego Naxos detrás de ella.
—¡No me gusta! Suena muy raro. Prefiero que me digan Amy
—Que tal "Pequeña" —comentó Eren.
—¡Eren, no te atrevas! —se quejó sonrojándose.
—¡Bueno, bueno, luego flirtean ustedes dos! —regañó el capitán.
Siempre había tiempo para las bromas entre ellos, más no era ese el lugar correcto. En pocos minutos se formaron contingentes a lo largo de la plaza principal cerca de la pista de aterrizaje. La movilización de tropas era impresionante.
Quinientos soldados fueron traídos de las guarniciones del reino; sus chaquetas marrones con el emblema de la rosa roja los identificaban. También estaban los afamados miembros de la Legión de Exploración, con la chaqueta marrón y el emblema de las alas de la libertad, ellos eran más numerosos. Eren pudo apreciar también a los miembros de la Legión del Aire, un contingente reducido que porta la chaqueta marrón con el emblema del águila.
—Hay cerca de dos mil soldados aquí —aseguró Amy de pie entre Naxos y Eren—. Miren a esos de la izquierda.
Un par de contingentes a lado del de ellos se extendían dos grupos de soldados de guarnición con un distintivo extra, una banda negra y roja en su brazo derecho.
—Esos son soldados refugiados de Esparta —reveló la ojiazul reconociendo el distintivo.
—Te equivocas —alegó Naxos—. Ellos son hijos de espartanos que se unieron a la legión.
—Tu también eres hijo de espartano, Naxos deberías conseguirte uno de esos, ¿no crees? —sugirió Eren.
—No, Eren, y-yo no soy un espartano como ellos. Yo soy un mestizo, hijo de madre espartana y padre paradino. No soy como ellos —explicó con una sonrisa fingida.
—¿De qué se trata esta reunión? —dijo Amy para cambiar el tema.
Eren se mantuvo firme en su hipótesis. Una movilización de esta magnitud debe tener una finalidad trascendente para el reino.
En ese momento se pudo apreciar un avión acercándose por la pista, era pequeño y de color blanco con las aletas doradas, lo que delataba que algún miembro el alto mando del gobierno viajaba allí. Aterrizó en la pista frente a la plaza. Comandantes y capitanes de la base acudieron de inmediato a recibir a los que llegaron como es debido. Eran un puñado de soldados vestidos con gabardinas marrones, uniforme solo dado a oficiales de alto rango.
Frente a las tropas se armó una tarima en donde los recién llegados se posicionaron para dirigirse a los soldados.
—¡Firmes! —clamó un comandante. Las tropas adoptaron una postura recta haciendo sonar sus botas—. ¡Saluden al General Supremo de las Fuerzas Armadas del Reino de Paradis, su eminencia lord Darius Zackly!
No había hombre en las fuerzas armadas con mayor rango que ese veterano; solo el rey mismo estaba por encima de él. Era un hombre mayor, rondando los sesenta años, de complexión ancha y con el cabello y la barba teñidos de blanco por la edad. Pero su rostro adusto aún conserva la severidad y la autoridad suficiente para que todos se llevaran el puño derecho al corazón saludándolo.
Pero no era el único hombre de alto estatus y rango allí.
—¡Saluden al líder del Batallón de Operaciones Especiales de la Legión de Exploración, capitán August Domic! —prosiguió el comandante con otra presentación.
Allí uno de los soldados más famosos, un auténtico guerrero con dos décadas y media de experiencia combatiendo a los titanes allá en las tierras de las bestias. En esa rama del ejercito son pocos los que llegan a viejos y muchos menos los que deciden permanecer aun después de concretar el servicio obligatorio de quince años. A simple vista es un hombre sencillo de aspecto serio, con el cabello castaño y corto, así como una barba tupida y de piel pálida.
—¡Saluden al general Erwin Smith, comandante en jefe de la Legión de Exploración!
A la diestra del general supremo uno de sus subordinados más allegados. El prodigio estratega Erwin Smith, de la noble familia Smith que por mucho tiempo ha estado cerca de la corona; una casa de mucho renombre que ha dado grandes figuras. De entre todos era él quien mayor respeto generaba debido a su apolíneo rostro sin vello fácil, de ojos azules y cabello rubio perfectamente peinado.
Todos eran hombres respetables y de gran estatus. Cada uno era acompañado por un sequito personal, de entre los cuales hubo quien cautivó la mirada de Eren.
Detrás y a la derecha del capitán August se encontraba una chica que destacaba debido a su juventud; era fácil deducir que su edad debía rondar los veinte años. Su cabello es negro azabache sutilmente largo y muy cuidado; su tez es blanca y sus ojos que rebosan de color oscuro. A pesar de tener un rostro agraciado se muestra inexpresiva y contemplativa.
—¿Quién es ella? —preguntó Eren. Reconociendo que era una soldado de la Legión de Exploración debido al uniforme pero que no poseía ningún rango destacable.
—No tengo la menor idea, ¿será asistente del capitán August? —respondió Amy.
—Es muy linda, ¿no creen? —agregó Naxos.
—Por los rasgos en su rostro sospecho que no es de Paradis; puede que sea descendiente de los refugiados del reino Yamato. Fue una isla que sufrió un terrible terremoto en el siglo pasado, muchas de sus gentes huyeron y pidieron refugio en diversos estados.
Eren no atendía las palabras que Amy ofrecía. Su mirada no podía despegarse de aquel rostro de porcelana.
No hubo más tiempo para dudas y pensamientos. El general supremo avanzó y tomó el micrófono para hablar.
—Saludos, soldados del reino de Paradis. "El rey bendice su noble labor y nuestro pueblo alba su valentía". Hablo ante ustedes con el poder que me confiere la corona y el pueblo; hablo ante ustedes como su general supremo, como un viejo soldado y como un paradino más. Quince años han transcurrido desde El Día del Estruendo, el día en que un titán colosal destruyó una sección del Muro María condenando al exilio a millones de personas y a muerte a decenas de miles. La herida aún no se cierra. Tres lustros después aun resentimos el dolor y el miedo que esas bestias sembraron sobre nosotros. ¡Ese dolor tiene que terminar!
Sus palabras resonaron en toda la base y parte de la ciudad debido a los grandes altavoces.
—Vamos a recuperar lo que perdimos. Es la hora de mostrar a esas bestias quien es más fuerte. Ellos son gigantes y casi indestructibles, pero nosotros somos infinitamente más inteligentes y tenemos la tecnología de nuestro lado —Se tomó un momento para recuperar el aliento y generar expectación—. ¡Soldados! ¡Hijos de Paradino!¡Es la hora de llevarle la guerra a los titanes! ¡Es la hora de golpearlos con toda nuestra fuerza y ponerlos de rodillas! ¡Es la hora de la guerra!
Miedo y exaltación; eso fue lo que las palabras del general supremo causaron en todos los soldados que ya entendían el motivo por el que estaban allí. Algunos estaban más que dispuestos y ansiosos por luchar y otros simplemente aterrados por la idea se salir de los muros intermedios.
—La División de Ingeniería desarrolló una nueva clase de vehículo blindado pesado y armado capaz de destruir titanes por decenas. El alto mando en coordinación con las tres ramas principales, Tropas de Guarnición, Legión de Exploración y Legión del Aire hemos diseñado un plan de ataque para lograr llegar al Muro María y sellar la abertura. La Operación Espada de Rose comenzará en tres días, se trata de la operación militar más grande en la historia de nuestras gloriosas fuerzas armadas. ¡Haremos historia, soldados!
Después de esas últimas palabras por parte del general supremo este se retiró junto con la mayoría de las personas que llegaron con él. Los soldados permanecieron formados hasta que un comandante les ordenó romper filas y sus oficiales al mando los guiaron a los lugares donde permanecerían hasta el día de la operación.
La tensión podía sentirse en todas partes, en cada soldado y en cada oficial. Miedo, emoción, desesperación y demás emociones. Pronto se escucharon murmullos y susurros hablando de desertar, también hubo maldiciones dirigidas al alto mando y mucho pesimismo que condenaba la operación desde antes que esta comenzara. Los ánimos no estaban en las mejores condiciones tratándose de las tropas de guarnición.
Por la noche Eren y su batallón fueron asignados a un hangar para descansar allí. Se tendieron un gran numero de catres en aquel lugar.
Eren se encontraba sentado mirando su equipo de maniobras tácticas tridimensionales aun guardado en su estuche. Rememoraba todas las veces que lo ha usado y en ninguna se enfrentó a titanes de verdad. La idea de la operación embriagaba su mente con imágenes de gloria y venganza, pero a la vez erizaba su piel y aceleraba su corazón. escuchaba a sus compañeros de batallón murmurar sus miedos en conversaciones aisladas. Para relajarse y poder alejar de su cuerpo esas sensaciones el joven soldado se levantó y acudió a una improvisada cocina que instalaron dentro de ese hangar y que estaba rebosante de café, té, agua y bocadillos.
—¿En verdad estoy listo para esto? —preguntó para sí mismo mientras ponía el agua a calentar—. No lo sé. Nunca he peleado contra un titan, ni tengo la menor idea que tan difícil es.
—Solo tienes que evitar que te atrapen —Dijo una voz masculina.
Eren volvió su mirada tras de si para toparse con un soldado similar a él en edad, aunque un poco más alto. Su cabello negro es largo y en su rostro se aprecia una incipiente barba. La cinta rojinegra en su brazo delata que es un espartano.
—Eso decía mi instructor —agregó el joven espartano sonriendo—. Pero yo se que no debe ser tan fácil como suena, ¿verdad?
—Supongo, ¿eres de la guarnición del norte? ¿ya has enfrentado titanes? —preguntó Eren devolviéndole la sonrisa.
—Si vengo con los míos desde el norte —respondió acercándose a la mesa para servirse un vaso con agua fresca—. No, nunca he visto siquiera a un titan, nunca. Odio a los titanes como todo espartano, pero me aterra la idea de enfrentarme a ellos. Disculpa, soy un desconsiderado. Me llamo Diomedes.
Las palabras, la expresión y la forma de actuar de aquel chico revelaban, para el ojo más avispado, que estaba nervioso. Tendió su mano a Eren en un cordial saludo.
—Eren Jeager, un gusto —Con cortesía respondió al saludo estrechando su mano.
—El gusto es mío, Eren Jeager —Tomó el vaso y dio un buen trago para humedecer la garganta—. Es sorprendente, ¿no? Somos nosotros los que vamos a invadir la tierra de los titanes. Si me lo hubieran dicho hace un año crearía que es una idiotez.
—Esa no es tierra de los titanes, Diomedes —negó Eren de inmediato—. Esa es nuestra tierra, no estamos invadiendo nada, vamos a recuperar lo que nos robaron. Todos tenemos miedo, es normal, pero no podemos dejar que ese sentimiento nos encadene detrás de estos muros. Si no luchamos nunca podremos ser libres.
—Tienes razón —murmuró el espartano llevándose la mano izquierda al emblema en su brazo derecho—. Hace veinticinco años esos monstruos nos robaron nuestra patria y nos obligaron a huir. Yo no vivía en esa época y no tuve la oportunidad de conocer la hermosa Esparta con mis propios ojos.
Eren se percató de como el dudoso semblante del soldado se trasmutaba en un rostro férreo.
—"El reto no está en vencer a los titanes, sino en superar el miedo a enfrentarlos" eso me dijo mi padre, y ahora lo entiendo. Muchas gracias por tus palabras, Eren Jeager. La verdad, no tenia el valor de conversar mis temores a mis compatriotas…
—¡Capitán! —llamaron varias voces.
Un escuadrón de espartanos, dos hombres y dos mujeres, se acercaron a Diomedes. Eren entonces se sorprendió al descubrir que ese chico, de su misma edad, tiene el mismo rango que Hannes. Sus cuatro subordinados se acercaron mostrando sonrisas y respeto. Todos con el cabello oscuro, los hombres con barba y las mujeres con una estatura superior al promedio pues todos los nacidos de sangre espartana suelen ser más grandes y fuertes.
—¿Qué pasa, sargento? —preguntó Diomedes a uno de los suyos.
—¿Sargento? —cuestionó una de las mujeres riendo. Se acercó a Diomedes tomándolo por encima del hombro—. Déjate de tonterías, hermanito, no hay ningún superior aquí, no hace falta ser tan formal.
—¡Megara! —murmuró el chico tratando de zafarse de su fuerte agarre.
De entre todos esos espartanos si alguien destacaba era esa chica de nombre Megara pues era la más alta, y al parecer, también la mas fuerte. El parecido con Diomedes era evidente y confirmaba que eran hermanos siendo ella la mayor. Y lo cierto es que es una chica con gran encanto.
—Están sirviendo la cena en los comedores. Dicen que las tropas de esta base comen muy bien. Pasamos por allí y huele a salchichas y tocino.
—Eso me vendría muy bien —sonrió Diomedes yéndose con sus hombres. No sin antes mirar a Eren—. ¿Vienes con nosotros, Eren Jeager?
—Los alcanzo en unos minutos, estoy esperando a mis amigos que están en las duchas.
La administración de la base otorgó raciones dobles para todos los soldados que estuvieran apostados allí, además de ofrecer manjares poco comunes. La idea era hacer todo lo posible para elevar el animo de las tropas que en tres días estarían invadiendo la tierra de los titanes.
Esa misma noche, mientras Eren descansaba, extrañas y horridas visiones se apoderaron de sus sueños ofreciendo imágenes caóticas y sangrientas.
Veía ciudades en llamas, vehículos militares destruidor por centenas y bosques arrasados. Se veía así mismo rodeado de muerte y devastación contemplando en el cielo a un ser espeluznante de gran tamaño y con la capacidad de volar por los aires con unas enormes alas. Y en todo momento ese ser parecía buscar a Eren.
El soldado salió abruptamente de su sueño encontrándose en aquel hangar donde todos sus compañeros dormían apacibles en sus catres. Respiró con tranquilidad entendiendo que todo fue una simple pesadilla. Entonces un brillo verdoso se pudo apreciar debajo de su manta. Era el collar que su padre le regaló, este estaba emitiendo un extraño fulgor que pronto se desvaneció. Él sabía, por palabras de su padre, que era un collar muy especial y valioso, pero nunca le dijo que tuviera esas capacidades. Cuando regresara a casa tendría que hablar con su madre para que le explicara más sobre esa gema.
—¿Volveré a casa? —se preguntó de inmediato. No había considerado esa posibilidad.
