Capítulo 1

Risas...

Buen humor...

Diversión...

Estela Sakura Haruno Ponce, la archifamosa actriz de Hollywood afincada en Sigüenza por amor, disfrutaba junto a su marido y sus amigos de la fiesta de cumpleaños de su única hija.

—Mírala, ¡está feliz! —le murmuró a su amiga.

Temari, a la que todos llamaban Tema, miró a la pequeña Sarada, de seis años, y afirmó:

—Normal..., ¡es su cumpleaños!

Sakura asintió y contempló a su marido, que estaba junto a la pequeña.

Sarada era físicamente como su padre: pelinegra, con los ojos oscuros, pero tenía el mismo carácter impetuoso y loco de su madre. Le encantaba bailar, cantar, interpretar, y en ese instante bailaba junto a sus amiguitas en la improvisada pista.

Sasuke se acercó a Tema y Sakura, y la primera cuchicheó:

—Sarada se lo está pasando fenomenal.

—¡Mi niña algún día ganará un Oscar! ¡Os lo digo yo! —afirmó Sakura.

Tema y Sasuke se miraron, y este último suspiró:

—Por si no he tenido bastante con una estrellita, pánico me da pensar en luchar con dos.

Sakura le sonrió divertida a su marido. Desde que se habían casado, Sasuke había asumido a la perfección su nueva vida pública, y se lo agradecía. Que él en ocasiones la acompañara a festivales o muestras de cine, aunque no le gustara posar para las fotos, le hacía saber cuánto la quería, pensó con un suspiro.

Segundos después, su teléfono móvil sonó y, al ver de quién se trataba, saludó con una sonrisa:

Hellooooooooo, my loveeeeeeeeee... Cuánto te echamos de menos.

Deidara, primo de la actriz y afincado en Los Ángeles, murmuró con voz lastimosa:

—Aisss, no me lo digas..., por el amor de my life, ¡que lloro! ¿Cómo está mi pequeñita?

Sakura sonrió. Era la primera vez que su primo Deidara no asistía al cumpleaños de Sarada. Días antes se había caído y se había hecho un esguince de tal magnitud que apenas si podía moverse. Para intentar alegrarlo cuchicheó:

—Tranquilo, tu pequeñita está bien, feliz y encantada. Ah..., y prometo escaparme en cuanto pueda con ella para que la veas y la mimes.

Deidara sonrió. Adoraba a Sarada y, resoplando, preguntó:

—¿Cómo estáis todos? Incluidos mis divines X-Men.

Sakura soltó una risotada.

Los X-Men de Deidara eran Sasuke y sus compañeros de unidad; los miró y, mientras observaba cómo se divertían en la fiesta infantil, indicó:

—Están bien. Disfrutando como niños. Aunque te aseguro que, cuando vayamos a tu fiesta de cumpleaños, ¡se divertirán más!

Deidara, que estaba tumbado en la cama de su casa, resopló al pensar que faltaban seis meses para eso, pero sonrió.

—Lo sé. ¡Mis fiestas son wonderful! Pero, dime —insistió—, háblame de mi pretty baby: ¿le han gustado mis regalos?

Sakura asintió.

La enorme caja de regalos que su primo le había mandado a Sarada le había encantado, en especial, la muñeca Taylor Swift.

—Lo de Taylor es lo que más le ha gustado —aseguró—. Ya sabes que la adora.

Deidara soltó una carcajada. Bien sabía él lo que a la bonita niña le gustaba.

—Lo sé... —afirmó—. Lo sé...

Al saber que era aquél quien estaba al otro lado del teléfono, Sasuke se apresuró a quitarle el móvil a su mujer y lo saludó con una sonrisa:

—¿Cómo está mi chico preferido?

Deidara suspiró al oír a su Sasuke —¡qué hombre!—, y con su humor de siempre respondió:

—Esperándote, ¡ya lo sabes!

Sasuke soltó una carcajada y, gustoso, comenzó a charlar con él.

Así estuvieron un rato, hasta que Deidara, al ver entrar a su amorcito en la habitación sólo con una toalla de ducha alrededor de la cintura, exclamó escandalosamente:

Oh, my God!

—¿Qué ocurre? —preguntó Sasuke.

Deidara sonrió y, mirando con lujuria a su novio, que se acercaba, cuchicheó:

—Mi Sasoriman ha salido de la ducha y, por cómo me mira, estoy seguro de que...

—Vale..., vale..., no quiero saber más —lo interrumpió Sasuke.

Divertido, Deidara soltó una carcajada y antes de colgar susurró:

—Tengo que dejarte. Kissessssssssss!

Cuando el teléfono quedó mudo, Sasuke se lo pasó a su mujer e indicó, alejándose de ella:

—Tenía cosas que hacer con su Sasoriman.

Sakura y Tema se miraron divertidas.

—¿Qué tal tu viaje a Berlín? —preguntó la primera a continuación.

Su amiga sonrió.

Cuando había dejado de trabajar en el parador de Sigüenza años antes, gracias a que hablaba y escribía a la perfección varios idiomas, estudió algo que la apasionaba animada por sus amigas y, al final, creó su propia empresa de diseño de páginas web. Tema era una loca de la informática.

Ese empleo se amoldaba a ella a la perfección, pues le permitía gestionar su tiempo libre a su antojo, sobre todo porque podía trabajar desde cualquier lugar que tuviera conexión a internet, y lo mejor de todo ¡era que podía hacerlo en pijama!

En esos años, Tema se espabiló. De ser una chica apocada, pasó a ser una muchacha curiosa y, aunque no se permitía todo lo que deseaba, especialmente a ojos de los demás, sí que había aprendido a darse algún que otro capricho.

Como mujer, era autónoma e independiente, y eso le gustaba. Estaba orgullosa de haber logrado hacer algo así por sí misma y, aunque muchos siguieran considerándola frágil, la verdad era que era más fuerte de lo que pensaban.

La primera página web que creó fue para su amiga y actriz de renombre, Estela Sakura Haruno Ponce, quien, gracias a sus contactos, la ayudó a conseguir clientes, lo que le ofreció una seguridad económica y además pudo realizar unos viajes por el mundo que nunca habría llegado a imaginar.

Estaba pensando en ello cuando respondió:

—Todo estupendo. Tuve una reunión, me dijeron lo que querían y ¡espero que les guste mi propuesta!

Tema y su amiga sonrieron. Que Sakura hubiera aparecido años antes en su vida había sido su tabla de salvación.

La gran actriz cogió las manos de su buena amiga y afirmó feliz:

—No dudes de que les gustará, ¡eres muy buena!

En ese instante, a Tema le sonó el teléfono y, torciendo el gesto, murmuró:

—Mi tía Gazeru.

Sakura asintió y se alejó unos pasos para darle intimidad.

Sabía, como todos, que Tema y aquélla no tenían una buena relación. Gazeru era una mujer complicada, con una vida nada recomendable. Había estado en prisión varias veces y ocasionado innumerables problemas a la familia. Siempre había ido a lo suyo, y ni siquiera cuando los padres de Tema murieron siendo ésta una niña se ocupó de ella. Tuvieron que hacerlo primero sus abuelos y, después, su tía Chiyo.

—Dime, tía.

Al oír la voz de la joven, por la que no albergaba sentimientos pero a la que utilizaba cuando le convenía, Gazeru la saludó con amabilidad:

—Hola, chiquilla, ¿cómo estás?

La aludida, que ya la conocía, se separó un poco más de sus amigos y respondió:

—Bien, estoy bien. ¿Qué ocurre?

Gazeru, que vivía en Madrid y se estaba tomando una cervecita en un bar, indicó:

—¿Por qué tiene que ocurrir algo?

Tema resopló e, incapaz de contenerse, susurró:

—Tía...

—Vale, chiquilla..., vale... —murmuró molesta Gazeru y, dando una calada a su cigarrito, soltó—: Necesito cinco mil euros para pagar los últimos meses de alquiler de la casa o me echarán.

Al oírla, su sobrina se quedó en silencio, y aquélla insistió:

—No puedes decirme que no, ¡soy de la familia!

Tema maldijo. Llevaba sacándole dinero toda su vida

—Eso es mucho dinero —empezó a decir—, y...

—¡No digas tonterías! Tienes un buen trabajo, una casa y un coche, cosas que yo no tengo. ¿Cómo que es mucho dinero?

A Tema la agobiaba el egoísmo de su tía.

—¿Qué es eso de que no tienes trabajo ni coche? —preguntó.

Gazeru se miró sus descascarilladas uñas carmesí y, dando un trago a la cervecita que se estaba tomando, respondió:

—El coche lo vendí y el trabajo lo dejé. Me pagaban una miseria en ese restaurante fregando platos.

Tema cerró los ojos sin dar crédito. Su tía no duraba más de tres meses en un mismo trabajo. Pero, cuando iba a decir algo, Gazeru insistió:

—Eres mi sobrina..., ¡no lo olvides!

—Imposible olvidarlo —susurró la joven, mirando a su alrededor.

Estaba pensando en qué decirle cuando aquélla soltó:

—¿Chiyo aún no se ha muerto?

A la joven se le encendió la sangre al oír eso. Si había alguien que la había cuidado, mimado y querido en su vida era su tía Chiyo, a la que ella cariñosamente llamaba mamá Chiyo desde pequeña. Si alguien había sido su madre era aquella dulce y buena mujer, por lo que, molesta, al entender lo que aquélla quería decir, siseó:

—Por ahí no vayas..., ni se te ocurra.

Gazeru miró su cerveza. Chiyo, su hermana mayor, era todo lo opuesto a ella, ¡un coñazo de tía! Y, sin importarle los sentimientos de Tema, y menos aún los de su hermana, masculló:

—Cuando se muera...

—Maldita sea... No hables así de ella.

Gazeru, a quien desde hacía mucho los sentimientos la habían abandonado, prosiguió:

—Cuando heredes la casa familiar, debes venderla y...

—Olvídate de esa casa.

Pero, deseosa de conseguir su objetivo, su tía insistió:

—Al menos, dame los muebles. ¿Para qué los quieres? Podría venderlos y...

Tema maldijo. Muchos anticuarios matarían por los muebles que había en casa de sus abuelos. Y, cortándola, gruñó:

—Hace años que, ante tu insistencia, mamá Chiyo arregló el papeleo, te compró tu parte de la casa y te dio el dinero que exigías. Pero ¿qué te has creído?

Sakura observaba a su amiga desde la distancia. Como sabía con quién hablaba, rápidamente intuyó lo que ocurría y, acercándose, se puso frente a ella y le tocó el brazo con cariño para demostrarle su apoyo, mientras la joven escuchaba a su tía al teléfono.

—Chiquilla, heredarás esa casa y eres solvente —se mofó Gazeru—. ¿Acaso no vas a ayudar a tu pobre tía si lo necesita?

Asfixiada por lo que aquélla la hacía sentir con su frialdad y su egoísmo, Tema miró a su amiga y siseó:

—Te haré una transferencia de dos mil euros, pero se acabó el pedirme dinero. Y, en cuanto a la casa de los abuelos, olvídate de ella porque no pienso venderla.

Acto seguido, colgó el teléfono y, cerrando los ojos, murmuró:

—No puedo más con ella. Te juro que...

No dijo más. Sakura, que estaba al corriente de todo, la abrazó y musitó con cariño:

—Tranquila. Tranquila...

Ella cerró los ojos y se dejó abrazar.

¿Por qué su tía no paraba de asfixiarla de una vez?

Minutos después, cuando se tranquilizó un poco, Sakura se interesó por lo ocurrido y Tema se lo contó. Sin duda aquella pobre chica, por su carácter gentil, era incapaz de decirle que no a aquella caradura.

—Creo que deberías cortar de una vez por todas con todo esto —le aconsejó su amiga—. Entiendo que es de tu familia, pero está visto que pretende pasarse el resto de su vida viviendo a tu costa, y debes tomar una decisión al respecto.

—¿Y qué hago? —preguntó dolida—. ¿Permito que viva debajo de un puente?

Sakura no respondió. Sin duda, la situación de Tema no era fácil.

—Es mi tía —añadió esta última—, aunque por ella no sienta más que lástima. Sé que no me quiere y...

—Tema...

—No, no te preocupes, sé lo que digo. Primero vivió a costa de mis abuelos, cuando ellos murieron lo hizo de mamá Chiyo, y ahora quiere vivir a mi costa.

—Pues no debes permitírselo.

—Lo sé..., lo sé... —afirmó Tema, convencida de que algún día tendría que terminar con aquello.

Sakura asintió. La situación de su amiga era complicada, y opinar al respecto, difícil.

Estaban hablando cuando Sasuke se unió a ellas. Se interesó por el problema y, como su mujer, le ofreció todo su apoyo.

Al rato, el teléfono de Tema volvió a sonar. Había recibido un mensaje. Lo miró y, ya más calmada y sonriendo, anunció:

—Os dejo.

—¿Te vas? —preguntó Sakura.

Tema miró a su buena amiga, a la que tanto debía desde que había aparecido en su vida, y dijo:

—Voy a ver a mamá Chiyo. Luego tengo clase de teatro y después he quedado.

—¿Como que te vas?

Al oír aquella voz, a Tema se le puso la carne de gallina.

A escasos centímetros de ella estaba Naruto, el compañero de base de Sasuke y el hombre que podía con su voluntad siempre que se lo proponía, con esos ojos azules tan intensos y esa barbita de varios días que lo hacía sexy y peligroso. Una mirada o una palabra suya conseguían que Tema dejara todos sus planes y sus deseos de lado para centrarse solamente en él.

Sakura, que sabía más de lo que contaba, observó a su amiga y la animó:

—Vete, Tema, o llegarás tarde.

La aludida la miró. Sabía por qué le decía aquello. Así pues, intentando ser fuerte y no dejarse influenciar por aquel ligón de pacotilla que tan buenos y malos momentos le hacía pasar, declaró:

—Sí. Me voy. He quedado...

—¿Con quién? —se interesó Naruto.

A Sakura le molestó oír eso y, mirando a su descolocada amiga, replicó:

—Con quien le dé la gana. Adiós, Tema.

Ella asintió. No tenía por qué darle explicaciones ni a Naruto ni a nadie. Pero él, cogiéndola con suavidad del brazo, le susurró:

—Si te animas, más tarde iré a tomar una copa al Croll.

La joven afirmó con gesto confundido. Con los años todo había cambiado en ella, excepto el aleteo de su corazón cuando aquél la miraba.

Una vez que se hubo ido, Sakura, obviando la mirada de precaución de su marido, soltó dirigiéndose a Naruto:

—Y digo yo, ¿qué tal si la dejas en paz?

Él sonrió al oírla y contestó burlón:

—No empecemos, ¡por favor!

Pero Sakura, que ya había tenido aquella misma conversación más veces con él, insistió:

—Pero ¿no ves que ella y tú no queréis lo mismo?

Naruto, un rompecorazones que sólo con mirar a una mujer ya conseguía lo que deseaba, le sonrió a su buena amiga Sakura, y ésta siseó:

—A mí no me sonrías así o te parto la cara.

—¡Joder, con la estrellita! —se mofó Naruto.

—¡Cielo, basta! —la regañó divertido Sasuke.

—¿Siempre está de tan buen humor? —se burló su amigo, dirigiéndose a él.

Sasuke no contestó. Entendía a su mujer y también a Naruto, y cuando éste se alejó cuchicheó, cogiendo a Sakura de la cintura:

—Tranquila, canija..., tranquila... Pero ¿por qué te pones así?

Ella resopló. Naruto era un tipo estupendo. Con su marido, era el mejor amigo y camarada; con su hija, era el perfecto compañero de juegos; con sus amigos era el increíble colega, y con ella era el mejor guardaespaldas cuando lo necesitaba. No obstante, odiaba la manera en que utilizaba a Tema. Sólo estaba con ella cuando le apetecía, y su amiga, obnubilada por él, siempre caía rendida a sus pies como una tonta.

—A ver, canija —insistió Sasuke—. ¿No crees que ambos ya son lo suficientemente mayores para saber lo que hacen?

Sakura asintió, Sasuke tenía razón. Sin embargo, no podía callarse lo que pensaba, e insistió:

—Lo sé, pero Tema es tan buena... Está colgada de ese chulito y...

Estrellita —murmuró él, tapándole la boca con cariño—. Creo haber hablado contigo ya sobre lo que ocurre entre ellos, y a ella nadie la obliga a...

—Pero, cariño..., Te...

—Tema —la cortó él— es una mujer hecha y derecha que toma sus propias decisiones como las toma Naruto. Y, que sepamos, él nunca le ha prometido nada ni la ha obligado a nada. ¿O acaso me equivoco?

Sakura resopló. Sabía por la propia Tema que su marido decía la verdad. Naruto siempre había sido claro con ella.

—De acuerdo —susurró al final—. No diré más.

Divertido, Sasuke le dio un beso en los labios y, cuando se separó de ella, cuchicheó mirándola a los ojos:

—¿Qué te parece si esta noche tú y yo dejamos a Sarada en casa de mi padre y salimos a tomar unas copas con los amigos?

Sakura sonrió. Estar con Sasuke era uno de los mayores placeres de su vida, y afirmó:

—Me parece bien, siempre y cuando, al llegar a casa..., tú y yo...

No pudo decir más. Su marido la besó con ímpetu en la boca y, una vez que acabó, susurró:

—Estrellita..., haré todo lo que desees.

De nuevo se besaron con amor, con pasión, con delicia, hasta que Goyo, el abuelo de Sasuke, se acercó a ellos y soltó:

—A ver, gorrioncillos, que digo que yo que pa' comeros el hocico tenéis vuestra casa.

Sakura y Sasuke soltaron una carcajada al oírlo, y el abuelo sonrió. Que su nieto y aquella maravillosa joven llegada de Jóligus, como él decía, estuvieran juntos, era uno de sus mayores orgullos. Cuando estaba a punto de decir algo, la pequeña Sarada se aproximó a ellos acompañada de su amiga Chōchō y preguntó, dirigiéndose a su madre:

—Mamá, ¿a que Taylor Swift es mi amiga?

Sakura miró a su hija. Su pequeña adoraba a la cantante, a la que había conocido durante una estancia en Los Ángeles. Sonrió y afirmó, mientras Naruto se acercaba de nuevo a ellos acompañado de Konohamaru:

—Sí, Chōchō. Taylor Swift y Sarada son amigas.

Las niñas sonrieron y, cuando se marcharon de nuevo a bailar, Naruto cuchicheó, dirigiéndose a Konohamaru:

—Taylor Swift... ¡Qué bombón!

—Demasiado para ti —se mofó Sakura.

—¿Está casada la tal Taylor? —preguntó Naruto a continuación.

—No —respondió Konohamaru.

Naruto sonrió. La única norma que tenía en lo referente a las mujeres y que cumplía a rajatabla era no liarse nunca con casadas o comprometidas, por lo que afirmó, mirando a Sakura:

—Tú preséntamela, que del resto me ocupo yo.

Ella negó con la cabeza y, dándole un fingido puñetazo en el estómago, murmuró divertida:

—¡Fanfarrón!

Naruto era tan alto como Sasuke, su pelo corto era rubio, ojos azules, cuerpo de escándalo, sonrisa peligrosa, una labia increíble y una barbita que volvía locas a las mujeres. Toda aquella mezcla hacía que ninguna se le resistiera y que fuera uno de los hombres más solicitados de la base de los GEOS de Guadalajara, después de que Sasuke se casara con Sakura y se retirara del mercado.

Naruto y Konohamaru, otro GEO como ellos, se habían convertido en los caramelitos de las nenas allá adonde fueran, aunque cuando estaban de servicio eran tíos serios y muy profesionales. Los años de experiencia habían hecho que supieran separar el trabajo de la diversión. De sus acciones dependían las vidas de muchas personas.

Durante horas, todos continuaron disfrutando de la fiesta infantil, y cuando por la noche Sasuke y Sakura, tras dejar a su hija con su padre y Shizune, su mujer, llegaron al Croll para tomarse algo con los amigos donde fueron recibidos con cariño.

Sasuke le dio un beso a su mujer en el cuello y se dirigió hacia el lugar donde estaban Suigetsu, Naruto, Konohamaru y algún que otro amigo, mientras que ella caminó hacia Karin, la mujer de Suigetsu, y Teresa. Cerca de ellas estaba también Tema hablando con un chico.

Sakura las saludó a todas y, al verla, Tema se alejó del hombre para aproximársele.

—¿Quién es ese pelirrojo tan mono? —preguntó Sakura.

Su amiga sonrió. El hombre al que se refería era un amigo con el que había salido un par de veces.

—Se llama Yahico y es del grupo de teatro —se apresuró a responder.

Sakura asintió. Le gustaba que Tema conociera a gente de fuera de su grupo de amigos.

—¿Qué tal la clase de teatro? —se interesó.

Tema sonrió. Aquellas clases la divertían de lo lindo y la habían ayudado bastante a desinhibirse.

—Genial. Hoy me ha tocado hacer de criada asesina y desequilibrada.

—¿Y qué tal?

Ella asintió encantada y cuchicheó:

—Hice lo que me dijiste. Cerré los ojos, pensé en el personaje, me metí en la piel de la loca de Dorinda Jones olvidándome de que soy Tema y, cuando terminé, todos me dijeron que les había dado hasta miedo.

Sakura soltó una carcajada. Le gustaba que su amiga hiciera teatro. Pero entonces vio cómo ésta miraba con disimulo hacia el lugar donde estaba Naruto y murmuró:

—No..., no... Eso no.

Tema resopló al oírla. Sabía muy bien por qué le decía eso.

—Tema... —insistió Sakura—, por Diosssss.

—Vale..., vale...

Su amiga maldijo. Tema no conseguía desengancharse de Naruto.

—¿Qué tal mamá Chiyo? —preguntó a continuación.

Ella suspiró. La salud de su tía empeoraba día tras día. Sakura la entendió y decidió cambiar de tema:

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—Tomando una copa —respondió Tema.

Su amiga le dio un pellizco en el brazo y murmuró:

—Cambia el chip en lo que a cierto hombre se refiere. Sabes que lo digo por tu bien.

Ella asintió. Sabía que tenía razón. Sus escarceos con Naruto eran simples encuentros en los que disfrutaban del sexo y poco más, y estaba pensando en ello cuando lo miró y él le guiñó un ojo. Sentir que la observaba la hizo sonreír, y Sakura, al verlo, susurró:

—Si es que es para mataros a los dos. A él, por listillo, y a ti por tontilla. Por Dios, Tema, ¡espabila!

La aludida asintió.

—No soy idiota, Sakura. Soy la primera que sabe que Naruto sólo está conmigo cuando no tiene un plan mejor. No lo culpes a él sólo, porque soy yo la que acepta. A mí no me obliga nadie.

Su amiga la miró boquiabierta y protestó, encogiéndose de hombros:

—¿Y me lo dices así? ¿Tan tranquila? —luego entornó los ojos y cuchicheó—: Si a mí un tío me hace eso, te juro que...

—¿A ti? —se mofó Tema, quitándose las gafas—. Por favor, Sakura, tú no eres yo. Tú eres una actriz guapa, divina y glamurosa, y no puedes compararte conmigo, que soy... lo que soy.

Aquellas palabras a Sakura le llegaron al corazón. Tema era un encanto de mujer y era bonita, pero su problema era que se negaba a sacarse todo el partido que podía, y en ocasiones parecía ocultarse tras el pelo y la ropa en vez de lucirse.

—Tú eres preciosa, guapa y divina —indicó con cariño—. Sólo te falta confianza en ti misma y atreverte a cambiar ciertas cosas de ti. ¿De qué tienes miedo?

Tema sonrió. No era la primera vez que oía eso.

—La verdad, Sakura —contestó—, soy de las que piensan que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

—¡No digas tonterías!

—Y en cuanto a otras cosas, tienes razón. He de tomar las riendas de mi vida. Pero dame tiempo.

Su amiga bufó. Lo que aguantaba por aquel hombre la sacaba de sus casillas e, incapaz de callarse, protestó:

—Pues..., ¡estás tardando!

Tema resopló. Ella mejor que nadie conocía sus errores y sus debilidades, y Naruto era una de las mayores. Una gran debilidad que no sabía gestionar cuando él simplemente la miraba o sonreía y, aun sabiendo que la utilizaba cuando no había otra mujer que le interesase cerca, ella se lo permitía.

En la cama, Naruto y ella lo pasaban bien, muy bien. Sobre todo porque ambos eran apasionados y desinhibidos en lo que al sexo se refería, aunque luego Tema en su día a día y ante todos demostrara ser una mujer cohibida y algo apocada.

En la intimidad, ambos habían revelado cosas al otro que nadie imaginaba. Ella había descubierto que Naruto no era el chulito distante que se empeñaba en demostrar delante de todos. En las distancias cortas era cariñoso, atento, incluso galante, aunque luego, ante los demás, fuera un machito egoísta y frío como el hielo. Él, por su parte, había descubierto que Tema no era la sosita apocada que fingía ser. En la intimidad, era divertida e ingeniosa, aunque luego frente a los demás aparentara ser una chica retraída y hasta aburrida en el vestir.

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Durante un par de horas, el grupo se estuvo divirtiendo mientras bailaban, bebían y brindaban.

Al ver a Tema acompañada de aquel tipo, Naruto se acercó a ellos y, cortándoles el momento, le pidió para bailar. Como siempre, ella, sin pensar en el chico con el que bailaba, aceptó. ¿Cómo lo iba a rechazar?

Una vez a solas, Naruto la agarró de la cintura, la miró a los ojos y le preguntó:

—¿Quién es tu acompañante, Gafitas?

Feliz porque hubiera reparado en él, Tema se tocó las gafas de pasta negra, por las que él la llamaba de ese modo cariñoso sólo en la intimidad, y respondió:

—Yahico, un amigo de teatro.

Naruto asintió. A continuación, miró a una exuberante camarera que los observaba desde la barra y, tras guiñarle un ojo y hacerla sonreír, preguntó a la mujer que tenía entre sus brazos:

—¿Amigo?... ¿Qué clase de amigo?

Tema, consciente de cómo él tonteaba con la camarera, respondió, conteniendo las ganas que sentía de arrancarle la cabeza:

—Amigo..., del estilo de tus amigas.

Naruto sonrió con chulería y, mirando al tipo, que los observaba mientras bailaban, murmuró:

—No me gusta cómo nos mira.

Boquiabierta, ella parpadeó y respondió:

—Es que justamente acabábamos de comentar que nos encantaba esta canción.

El policía asintió y, como no sabía cuál era, cuchicheó:

—Una polladita de esas romanticonas, ¿verdad?

Al oírlo decir eso, Tema frunció el ceño y replicó:

—Que a ti no te gusten esta clase de canciones no significa que...

—Vale..., vale... —convino él riendo, al verla fruncir el ceño—. ¿Quién canta?

Enfadada por su falta de tacto en ciertos momentos, ella contestó:

—Luis Miguel. Y la canción se llama O tú o ninguna.

Naruto sonrió. El romanticismo y él estaban reñidos desde hacía muchos años, así que miró al tipo que segundos antes estaba con Tema y al que él mismo se había ocupado de apartar, y cuchicheó:

—En cuanto a ese tipo..., parece un pelín... tontito.

A cada instante más molesta con él, Tema respondió:

—Te equivocas. Es un cielo.

Naruto asintió. ¿Quién era él para estar diciendo aquellas cosas? Y, guiñándole el ojo, declaró sin soltarla:

—Pásalo bien con él, Gafitas.

Oír eso a Tema le taladró el corazón. Le dolía su indiferencia hacia ella en determinados momentos.

—Tú... también —consiguió decir.

Mientras bailaban en la pista, agarrados, Karin, la mujer de Suigetsu, tan consciente como los demás de lo que ocurría, susurró, dirigiéndose a Sakura:

—Está visto que a Tema le gusta sufrir.

Ella asintió. Su amiga era buena, demasiado. Y, al ver a unas chicas entrar con Idate, otro compañero de la base, afirmó:

—Y lo va a hacer de nuevo en menos de cinco minutos.

Karin miró hacia el lugar donde ella le indicaba y, al divisar a las chicas, resopló.

Y así fue. Cuando la canción acabó y la pareja dejó de bailar, Naruto se acercó a Idate y a sus amigas, y antes de veinte minutos ya estaba del todo centrado en una pelirroja de grandes pechos.

Tema regresó junto a Yahico mientras observaba con disimulo el proceder de Naruto, y aunque por dentro la rabia la destrozaba, exteriormente aguantaba el tipo. Ver cómo ligaba con aquélla no le resultaba en absoluto agradable.

Cuando, una hora después, él y la muchacha se despedían para marcharse juntos del local, Sakura se le acercó.

—¿Y ahora qué? —le preguntó—. ¿Te vas a ir con ellos a hacer un trío?

A Tema la fastidió oír eso, pero cuando iba a contestar, Naruto se aproximó a ellas y, dándoles dos besos a ambas, dijo mirando a Sasuke y a Yahico:

—Hasta mañana. No os acostéis tarde, ¡pillinas! Y tú —añadió, dirigiéndose a Tema—, cuidadito con ése. No me gusta su cara.

Acto seguido, desapareció.

—No te entiendo —cuchicheó Sakura—. Te juro, Tema, que no te entiendo.

Ella no dijo nada. Se limitó a sonreír para disimular la impotencia que sentía y, diez minutos después, salió del local acompañada por Yahico. Ella también tenía una buena noche por delante, aunque a Naruto no le gustara la cara de aquél.