Capítulo 70

La llegada a España estuvo llena de desconcierto.

Caminar por el aeropuerto con Sakura siempre era un caos por los periodistas que había allí atrincherados y los curiosos que hacían fotos con sus móviles, pero esta vez por doble partida, pues las acompañaba el famoso Shisui Uchiha.

Una vez que lograron escabullirse del jaleo y meterse en el vehículo que el mexicano había alquilado, Sakura murmuró:

—Si Sasuke hubiera estado aquí, la salida habría sido más fácil.

—Ya te digo —afirmó Karin, mientras Hanabi y Tema guardaban silencio.

Una vez que llegaron a Sigüenza, el padre de Sasuke los estaba esperando en la puerta de la casa de los abuelos de Tema, junto al ayuntamiento. Al verlo, a Tema se le aceleró el corazón.

¿Qué habría hecho su maldita tía?

Tan pronto como bajaron del vehículo, Fugaku preguntó extrañado, al no ver a su hijo:

—¿Y Sasuke? ¿Y los chicos?

Tras besar a su suegro, Sakura iba a contestar cuando Hanabi explicó, mirando a su padre:

—Vienen en otro avión.

El hombre asintió y, al ver que su nuera miraba hacia todos lados, indicó:

—Sarada se ha quedado con el abuelo, y Shizune está en casa.

Ella sonrió, y Hanabi dijo:

—Papá, te presento a Shisui Uchiha, un amigo de Los Ángeles.

Shisui le tendió la mano y, con una sonrisa, declaró:

—Encantado, señor.

—Lo mismo digo, muchacho.

Tras los saludos y los besos, Fugaku miró a Tema.

—Hija, siento lo ocurrido —señaló—. Pero, tranquila, que todo está bien.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó ella asustada.

En ese instante, Matsuri, la joven que había conocido meses antes, salió de la casa, y Fugaku indicó mirándola:

—Esta muchachita fue quien avisó a la policía y se enfrentó a tu tía y a sus amigos. Si no llega a ser por ella, no sé qué habría ocurrido.

Sorprendida, Tema miró a Matsuri. Pero ¿qué hacía ella allí?

La chica se le acercó y, después de besarla, comenzó a explicarle:

—Estuve en el cementerio y, cuando regresé aquí para coger el autobús, vi a Gazeru bajarse de un coche. Por suerte, ella no me vio y, bueno..., imaginé que nada bueno podía estar tramando. La seguí, ella habló con una mujer y ésta le abrió la puerta de la casa. Después entraron tres hombres y...

Desconcertada, Tema preguntó:

—¿Y cómo sabías tú quién era Gazeru?

Fugaku y la joven se miraron, y a continuación ésta soltó:

—Porque..., por desgracia, Gazeru es mi madre.

—¡¿Qué?! —dijo Tema con un hilo de voz.

Al ver el desconcierto de su amiga, Hanabi le cogió la mano para darle fuerzas, y en ese momento Matsuri prosiguió:

—Como te conté, desde pequeña estuve en distintas casas de acogida hasta que fui mayor de edad, pero, lamentablemente, siempre supe quién era mi madre. En mi último encuentro con ella hace año y medio, a Gazeru se le escapó tu nombre y el de mamá Chiyo, incluso nombró el pueblo de Sigüenza. A partir de ahí, yo investigué y os encontré a las dos. Tenía familia... —murmuró emocionada—. Luego me inventé que mi abuela estaba en la residencia y así pude visitar a mamá Chiyo con ese pretexto.

—Matsuri... —musitó Tema, atando cabos rápidamente.

—Antes de conocernos —continuó la jovencita—, te vi en innumerables ocasiones, y siempre pensaba: «Hoy me presento, hoy le digo quién soy». Pero... pero tenía miedo de tu reacción, porque no deseaba que pensaras que buscaba algo de ti, de vosotras, y menos teniendo la madre que tengo y...

Tema no la dejó continuar. Soltándose de Hanabi, la abrazó con todo el amor del mundo y, cerrando los ojos, susurró emocionada:

—Te tengo a ti. Tengo familia... Gracias, Matsuri..., gracias...

Sobrecogidos, todos los que las rodeaban se emocionaron, y la chica dijo entre lágrimas:

—Ni te imaginas lo mucho que he deseado poder decírtelo, pero..., me aterraba que me rechazaras y pensaras que podía ser como mi madre.

Fugaku, emocionado al igual que el resto de los que observaban aquel encuentro, dijo, tras limpiarse las lágrimas que corrían por sus mejillas:

—Esta muchachita se enfrentó a la sinvergüenza de tu tía. Salvó a Rosa, la pollera, que fue quien le abrió la puerta de la casa a Gazeru, y se encaró con los chorizos hasta que llegó la policía.

—¿Rosa está bien? —preguntó Tema horrorizada.

Matsuri sonrió, y Fugaku explicó:

—Tiene un gran chichón en la cabeza por el golpe que le dieron después de abrirles, pero poco más. Eso sí, espero que esta vez aprenda a diferenciar a las buenas de las malas personas.

Cuando Tema se separó de la muchacha, asintió sonriendo. Ya sabía quién informaba a su maldita tía de todos sus movimientos.

Cinco minutos después, todos entraron en casa de sus abuelos.

Como bien había dicho Fugaku, los desperfectos eran pocos para lo que podría haber sido, y, sin soltar la mano de Matsuri, Tema la recorrió.

Una hora después, cuando salieron del lugar, ya más aliviada, la joven tuvo claro que debía dar un uso a la enorme casa. Dejarla como estaba, sin vida, muerta, sucia, no era adecuado, y supo que lo mejor que podía hacer era aceptar la propuesta del ayuntamiento y venderla. Sin duda, así tenía que ser.

Esa tarde, tras despedirse de sus amigos y dejar a Shisui en el parador para que pudiera descansar, Tema regresó a su casa en compañía de Matsuri. Tenían mucho que hablar, y eso hicieron. Hablaron y hablaron y, por primera vez desde que mamá Chiyo se había marchado, sintió que tenía una familia.

Sabía que sus amigos lo eran, lo sabía perfectamente, pero encontrar a Matsuri le había llenado esa parte del corazón que había quedado vacía desde que su tía la había dejado.

Al día siguiente, muy temprano, Matsuri y Tema se levantaron y fueron a la comisaría, donde rellenaron la denuncia pertinente contra Gazeru y sus secuaces. Cuando salieron, ambas sonreían. Por suerte, Gazeru pasaría una larga temporada en la cárcel.