Capítulo 72
Esa mañana, después de quedar con Temari para despedirse de ella sin decirle que había visto a Naruto, Shisui se fue al aeropuerto y regresó a Los Ángeles. Su vida continuaba.
Tras la comida, cuando Tema regresaba de Guadalajara de dejar a Matsuri en su casa, al pasar por la plaza del pueblo con su coche, vio a Naruto junto a Sasuke y a Konohamaru en una terraza tomándose algo con gesto hosco. Como era lógico, no paró. Sin duda Naruto no querría verla.
Una vez en su casa, la joven, tras poner varias lavadoras, pensó que tenía que hacer algo por sus amigos. No era justo que estuvieran enfadados por culpa suya y de Naruto, y sobre las siete de la tarde no dudó en enviarle un mensaje a éste:
¿Podemos hablar?
Naruto, que ya estaba en su casa, resopló al leerlo. Deseaba verla, hablar con ella, pero se sentía tan idiota que era incapaz de razonar, por lo que finalmente respondió:
No.
Tema, al ver aquello, maldijo. Sin embargo, no contenta con la contestación y como necesitaba que entendiera que no era para hablar de lo suyo, insistió:
No quiero hablar de nosotros, pero sí de nuestros amigos.
Sentado en el sofá de su salón, Naruto suspiró al leerlo y, tras marcar su número en el teléfono, preguntó, cuando ella descolgó:
—¿Qué ocurre?
A Tema la reconfortó oír su voz.
Sabía que no lo había hecho bien con él.
Sabía que había sido un despropósito no ser sincera cuando él le había abierto su corazón en canal diciéndole cosas preciosas.
Y, como conocía a Naruto, sabía que debía esperar. Lo sabía.
Por ello, olvidándose de las florituras y los saludos, fue al grano:
—No podemos consentir que, por nuestra culpa, nuestros amigos estén así.
Naruto asintió. Él había pensado lo mismo, y cuando iba a hablar, ella propuso:
—He pensado que tú podrías llamar a Konohamaru y a Sasuke y yo a Hanabi y a Sakura. Quedar con ellos esta noche sin que sepan que queremos juntarlos e intentar que hablen. Creo que es lo mínimo que podemos hacer por ellos.
El policía, nervioso por hablar con ella, quiso preguntarle cómo estaba, pero, aún dolido por el doble juego que se había marcado, respondió con sequedad:
—¿Dónde y a qué hora?
La precisión de Naruto en ocasiones era incómoda, pero, sin dudarlo, dijo:
—A las nueve en el Sigma, ¿lo conoces?
—Sí.
Tema suspiró. Estaba claro que Naruto seguía sin querer hablar con ella.
—Muy bien —añadió—, pues allí nos vemos. Y, por favor, ayúdame a que hagan las paces.
Él no dijo nada, sino que simplemente colgó.
Hablar con ella conseguía que el corazón le palpitara a mil por hora, pero, sin querer pensar en ello, llamó a sus amigos y quedó a las nueve menos cuarto en el Sigma. Éstos, ajenos a los planes, aceptaron sin dudarlo.
Cuando esa noche Tema recogió a Sakura, al verla con una peluca pelirroja y unas gafas de pasta también rojas, murmuró divertida:
—Te sienta muy bien ese color.
Aquélla suspiró y, con un gesto algo serio, repuso:
—Eso dice el atontado de mi marido, cuando me habla.
Tema maldijo. Odiaba ver a sus amigos así, y, sin decir más, se fueron a recoger a Hanabi.
Más tarde, aparcaron el coche en una calle cercana al Sigma y caminaron hasta allí charlando, hasta que, al llegar al restaurante, Hanabi vio a los chicos y, parándose, gruñó.
—Me cago en ti, Tema. ¿Qué has hecho?
Sakura, al mirar hacia donde Hanabi señalaba, también se paró, pero Tema dijo sin soltarlas del brazo:
—Vamos, seguid caminando hasta la mesa si no queréis que os monte un numerito que os aseguro que nunca vais a olvidar.
Con gesto hosco, Hanabi y Sakura se miraron y continuaron caminando, justo en el momento en que Konohamaru las vio y, siseó a Naruto:
—Joder, macho..., qué ganitas tienes de tocar las pelotas.
Sasuke, al ver a su mujer con aquella peluca roja, quiso sonreír, pero, manteniendo el tipo, dijo, dirigiéndose a Naruto:
—¿Ahora vas de Celestino?
Él no respondió.
¿Qué hacía metiéndose en esos embrollos?
Una vez que las chicas llegaron hasta ellos, a diferencia de otras veces, ninguno se levantó, y Sakura murmuró con sorna:
—¡Qué galantes!
Su marido la miró y, metiendo el dedito en la llaga, susurró:
—En Los Ángeles, estrellita... Sin duda, allí están los auténticos galanes.
Konohamaru y Naruto sonrieron, y Hanabi espetó:
—¿De qué os reís? ¡Empanados!
Naruto suspiró. Aquello no tenía buena pinta, y Konohamaru, resoplando, cuchicheó dirigiéndose a él:
—Y a las doce de la noche, si le echas agua..., se convierte en un Gremlin.
Todos excepto Hanabi sonrieron, y ésta gruñó:
—Ja..., ja..., ja..., ¡qué gracioso eres!
Sin esperar un segundo más, Sakura cogió una silla y se sentó junto a Konohamaru. Hanabi se sentó junto a su hermano Sasuke, y Tema frente a Naruto. Sin duda, las lanzas seguían en alto.
El camarero se les acercó entonces y, tras preguntarles a las chicas qué querían beber, el silencio se hizo en la mesa hasta que Tema dijo, mirando a Naruto:
—Bueno..., pues aquí estamos todos.
—¡Qué ilusión! —siseó aquél.
Ella lo miró con gesto serio. Estaba claro que iba a tener que ser ella quien solucionara aquella movida, por lo que dijo en voz baja:
—Vamos a ver, chicos. Comprendo que metí la pata con Naruto al inventar una historia que no estuvo muy acertada, pero...
—Si no te importa —la interrumpió el aludido—, preferiría que no me mencionaras y te ciñeras a lo que hemos venido a hacer, ¿te parece?
Al oírlo y sentir su borderío, Tema asintió. Estaba claro que seguía muy enfadado con ella, por lo que dijo, mirando a Sakura y a Sasuke:
—Sois las personas más sensatas y centradas que he conocido en mi vida. Os queréis. Os amáis. Tenéis una preciosa hija y vuestra historia de amor es, como poco, de película. ¿De verdad vais a seguir enfadados por lo que ha ocurrido?
Ninguno de los dos contestó, y ésta insistió:
—Por favor, miraos. Hacedlo por mí. Me siento fatal viendo que la pareja más idílica que he conocido en mi vida no se habla por mi culpa.
—Y por la mía —añadió Naruto.
Sakura suspiró, y Sasuke, quien tenía pensado hablar esa noche con su mujer, declaró mirándola:
—Estrellita, no me ha gustado ni lo que has hecho ni tus comentarios estos días sobre Naruto. Y no me han gustado, primero, porque él no se lo merece y, segundo, porque...
—Aiss, Sasuke, lo sé, perdóname —lo cortó ella—. Me siento fatal por todo, pero si lo hice fue para ayudar a Tema. Sin embargo, tú me conoces y sabes perfectamente que el dinero no es lo que me mueve, sino el corazón.
—Pues lo has disimulado muy bien.
—Lo sé, cariño. Pero no olvides que soy actriz.
Al oír eso, Sasuke sonrió. Le resultaba imposible estar enfadado con ella, y cuando iba a decir algo, Sakura miró a su amigo y prosiguió:
—En cuanto a ti, Naruto, sabes que te adoro y te quiero, aunque también sabes que tu tema con Temari me ha sacado en ocasiones de mis casillas. Ella sentía por ti algo que tú no sentías por ella, y me dolía verla sufrir. Pero yo te quiero, te juro por lo que más quieras que es así.
—Tranquila. Todo está bien —asintió él aliviado, mientras le cogía la mano con cariño sabiendo que era sincera.
Sakura suspiró y, serena al ver que Naruto la perdonaba, sonrió cuando su marido empujó a su hermana y dijo:
—Levántate y deja que mi preciosa mujer se siente a mi lado.
Hanabi resopló al oírlo, pero se levantó. Luego Sakura se sentó junto a él y, tras besarse, Sasuke señaló:
—Canija, sabes que me encanta el rojo. ¿Adónde ibas tú tan guapa?
Naruto y Tema se miraron. Al menos, una pareja había hecho las paces.
En cambio, Hanabi cogió la silla y la alejó de Konohamaru.
—Por mi parte, puedes evitarte las palabritas —soltó, dirigiéndose a Tema—. Ni somos sensatos ni especiales y, por supuesto, no pienso mirar a ese cenutrio.
Konohamaru negó con la cabeza y, con chulería, afirmó:
—Como siempre..., tan sobradita.
Tema iba a hablar cuando Naruto metió baza:
—Vamos a ver, cabezotas. Os queréis. No podéis vivir el uno sin el otro y, si el problema es que yo sea el padrino de vuestra boda porque a Hanabi no le caigo bien, no lo seré. Pero, por favor, haced las paces, porque, si no las hacéis —dijo, mirando a Konohamaru—, creo que esta vez no aguantaré tus lamentos sin partirte la cabeza, nenaza.
—Ni yo tus lloriqueos —añadió Tema, mirando a su amiga.
Hanabi y Konohamaru sonrieron con borderío, y ella aseguró:
—Tranquila, Tema, que no pienso llorar.
—Ni yo lamentarme —apostilló Konohamaru.
Naruto y Tema suspiraron. Con aquellos dos cabezotas lo tenían más difícil. Pero entonces ella, apelando a la sensibilidad de su amiga, murmuró:
—Hanabi, no puedo permitir lo que ha pasado. Te ibas a casar. Estabas feliz. Le regalaste un precioso anillo que...
—Tranquila..., era del mercadillo y costó barato —replicó ella.
Sasuke, al oír a su hermana, sonrió y acto seguido se mofó, viendo el gesto de Konohamaru:
—¿Cómo? ¿No era un diamante?
Sakura le dio un codazo, y Konohamaru, mirándolo, afirmó:
—Soy un facilón. Así me va luego. ¡Está visto que elijo fatal! Y, en cuanto a ti —dijo, dirigiéndose a Naruto—, si alguna vez me caso, serás tú el padrino o no habrá boda.
—No me jodas —protestó él.
—Sí, amigo..., eso será así, como me llamo Konohamaru.
Hanabi puso los ojos en blanco al oír eso, y Sakura intervino:
—Cuñada, ¿no has pensado en lo preciosa que estaría Sarada llevándote las arras?
Hanabi comenzó a discutir entonces con Sakura. Pero ¿cómo se le ocurría decir aquello?
Naruto, al ver que todos estaban pendientes de su discusión, a la que Tema también se había unido, murmuró bajito en dirección a su amigo:
—Anda, saca eso que siempre llevas en la cartera.
Konohamaru lo miró boquiabierto, y Naruto cuchicheó:
—Venga, sé que lo llevas en el bolsillo secreto. Te pasaste seis meses enseñándomelo todos los días. Dáselo de una santa vez y termina con esta gilipollez. Estás loco por ella.
—Cállate, bocazas.
Tema miró a Naruto. Estaba claro que con aquéllos no iban a funcionar las palabras bonitas, y, al entender en su mirada lo que le proponía, asintió y le preguntó a su amiga:
—Entonces ¿no queréis estar juntos?
—No —dijeron ellos al unísono.
—Pero ¿qué dices, Hanabi? —protestó Sakura—. Deja de decir tonterías y recapacita.
—Saku..., me estás cabreando —siseó Hanabi, a cada instante más enfadada.
Al verla, Tema comprendió que había llegado el momento, e insistió:
—¿Seguro que pasas de Konohamaru?
—Totalmente —afirmó ella con chulería.
—Y yo paso de ti —espetó él.
Sasuke y Naruto se miraron, y Tema, sabiendo que lo que iba a decir llevaba toda la mala baba del mundo, indicó:
—Muy bien, pues entonces ¿qué te parece si llamo a Luis y a Sergio y nos vamos esta noche de fiesta a Madrid para celebrar que vuelves a estar libre?
A continuación, se hizo un silencio extraño en la mesa. Sakura miró a Tema sorprendida y susurró:
—¿A eso lo llamas tú arreglarlo?
Ella no respondió, y Naruto, entendiendo su juego, se apresuró a decirle a Konohamaru:
—Yo puedo llamar a la sobrina de las Chuminas y a su amiga y al hotel de Palazuelos para celebrar tu soltería. ¿Qué te parece?
Según dijeron aquello, Hanabi y Konohamaru se miraron, y éste le preguntó, frunciendo el ceño:
—No se te ocurrirá irte con ese pijorro, ¿verdad?
—Ni a ti con la sobrina de las Chuminas... —replicó ella.
Nada más decir eso, ambos se dieron cuenta de la trampa en la que habían caído.
¡Eran unos idiotas! Y, aflojando la tensión, sonrieron, y Hanabi murmuró:
—Te mato si te vas con esa penca pechugona.
—Pero ¿no has dicho que no quieres nada conmigo?
Olvidándose de quienes la rodeaban, Hanabi se centró en Konohamaru y cuchicheó:
—Tú también lo has dicho.
—Pero lo mío era mentira.
Sonriendo, la joven se levantó de la silla, se sentó sobre las piernas de aquel hombre al que por nada del mundo quería perder y afirmó:
—Lo mío era mentira también. Ya me conoces, tonto.
Sin más, se besaron, Tema y Naruto sonrieron, y Sasuke musitó, mirando a su mujer:
—Madre mía, los quebraderos de cabeza que nos van a dar estos dos.
Durante un rato, charlaron riendo de lo ocurrido hasta que Konohamaru, poniéndose en pie, sacó algo de su cartera y, haciendo que Hanabi se levantara de la silla, dijo, sorprendiéndola a ella y a todos excepto a Naruto:
—La primera vez que te entregué este anillo me rechazaste. La segunda vez, el anillo me lo regalaste tú a mí y tampoco salió bien, pero creo que a la tercera puede ir la vencida —y, clavando la rodilla en el suelo, preguntó—: ¿Quieres casarte conmigo?
Al ver aquel anillo que una vez rechazó, Hanabi se quedó sin palabras. ¡Creía que lo había devuelto! Y, mirando a Konohamaru, parpadeó y éste dijo:
—Si me dices que no esta vez, te juro que no vuelvo a pedírtelo en la vida.
Todos soltaron una carcajada, y entonces la joven, sonriendo, afirmó:
—Sólo aceptaré si Naruto es nuestro padrino y me perdona por ser tan cabrona.
Al oír eso, Naruto levantó la vista hacia ella y murmuró:
—Estás como una cabra.
—¿Eso quiere decir que sí a ambas cosas? —preguntó aquélla.
—Por supuesto que sí —afirmó él sonriendo.
Encantada, Hanabi se arrojó a los brazos de Naruto, y Konohamaru, mirando a Tema, comentó divertido:
—Sin lugar a dudas, no somos muy normales. Yo le pido matrimonio y ella lo abraza a él.
Tema rio. Quizá lo suyo no tuviera solución, pero al menos volvía a haber buena sintonía entre los amigos.
