Capítulo 73

Esa noche, tras la euforia inicial por la petición de mano de Konohamaru a Hanabi, el grupo intentó que entre Naruto y Tema hubiera un entendimiento, pero fue imposible. Él no estaba por la labor, por lo que no había nada que hacer.

Cuando llegó la hora de marcharse, las dos parejitas, encantadas y felices, regresaron a sus hogares, mientras Naruto y Tema se despedían con cierta frialdad y se marchaban cada uno por su lado.

Poco después, cuando ella entró en su casa y cerró la puerta, miró a su alrededor. Llevaba meses sin vivir allí, pero nada había cambiado. El mismo sofá, el mismo televisor, los mismos cuadros, el mismo color de pared... Sin lugar a dudas, la vida pasaba, pero en aquella casa todo seguía igual.

Aburrida, se sentó en el sofá y sonrió al ver un pañuelo que Matsuri había dejado olvidado.

¿Quién le iba a decir a ella que a esas alturas la vida le iba a regalar algo tan bonito?

Estaba pensando en ello, cuando la sonrisa se le borró del rostro al acordarse de Naruto.

Aquel cabezota, a pesar de que le había abierto su corazón en Los Ángeles, había sido regresar a Sigüenza y volver a estar esquivo.

Le había pedido tiempo para pensar, para razonar, pero ¿y si no razonaba?

Tema blasfemó para sí y, consciente de que ante aquello poco o nada podía hacer, sacó su portátil del maletín, lo encendió y comprobó su correo. Llevaba días sin mirarlo.

Como era de esperar, el trabajo se le acumulaba, y los de Cadillac solicitaban hablar con ella. Lo último que les había enviado días atrás les gustaba, pero querían hacer algunos cambios. Tras mirar su reloj y calcular el cambio horario mentalmente, supo que era el momento de llamarlos.

Habló con el responsable del departamento para el que había sido contratada y, tras aclarar ciertos matices, quedaron en verse en Los Ángeles al cabo de dos semanas.

Cuando colgó, asintió. En quince días debía regresar a los Ángeles. Quince días.

Y, levantando el mentón, le dio también ese tiempo de plazo a Naruto. Si en quince días él no reaccionaba, definitivamente se trasladaría a Los Ángeles a vivir y comenzaría allí una nueva vida sin él.

Decidida, iba a apuntarlo en el calendario que tenía en la pared cuando se dio cuenta de que estaba atrasado. Tenía que pasar varios meses para actualizarlo y, cuando se disponía a hacerlo, oyó que llamaban al portero automático.

Sorprendida, miró el reloj.

Eran las doce y media de la noche y, acercándose al telefonillo, descolgó y, antes de que pudiera decir nada, oyó:

—Soy Naruto.

Sin dudarlo, pulsó con el dedo el botón de abrir y, como en cientos de ocasiones había hecho, se apresuró a atusarse el pelo y a mirarse en el espejo.

¡Naruto estaba allí!

Cuando oyó que el ascensor se detenía en su rellano, abrió la puerta de entrada. Él salió del ascensor y se miraron, y Naruto empezó a decir, mientras caminaba hacia ella con las manos metidas en los bolsillos:

—No sé si algún día podré regalarte un anillo de diamantes ni si podré comprar una casa de más de cien metros o conducir un Ferrari, pero si algo he aprendido es que no hay nada que enseñe tanto en la vida como equivocarse. Y yo me he equivocado. Me he equivocado tanto contigo que he estado a punto de perderte.

Tema tragó el nudo de emociones que tenía en la garganta cuando él continuó:

—Te dije que tenía que tranquilizarme para poder razonar, pero aquí estoy, sin preparar nada que decirte, pero necesitando estar aquí.

Ella jadeó.

—Siempre has estado a mi lado —prosiguió aquél—. Has sido mi mejor amiga, mi mejor confidente, mi enfermera, mi gran quebradero de cabeza, y tengo que decirte que, desde que te colaste en mi corazón y me hiciste creer en esa putadita llamada magia, me paso doce de las veinticuatro horas del día soñando contigo, y las otras doce pensando en ti.

Tema sonrió. Lo que estaba oyendo era, como poco, increíble; entonces Naruto se detuvo frente a ella y finalizó:

—Tú, y sólo tú, eres la historia más bonita que el destino ha escrito en mi vida. Y ahora, tras haberte dicho lo más romántico que creo que soy capaz de decir, y sabiendo que te quiero y sintiendo que tú me quieres a mí..., ¿qué te parece si intentamos ser felices juntos?

Oír aquello era mágico.

Una vez más, y sin tener que presionarlo, él había ido de nuevo a ella; asintió y murmuró:

—Para no ser romántico ni tener nada preparado, lo que acabas de decirme es precioso.

Naruto sonrió, pero no se movió. Necesitaba que ella diera el siguiente paso, y entonces Tema, sorprendiéndolo, susurró:

—¿Qué tal si me besas y nos dejamos de tonterías?

Divertido, él la miró.

—Eso no es muy romántico.

Con una sonrisa que a Naruto le llenó el alma, la joven dio un paso en su dirección y afirmó:

—Pero es efectivo y letal.

No hizo falta añadir nada más. Todo estaba dicho entre ellos, y el policía, cogiéndola entre sus brazos, la besó.

La besó con mimo, con deleite y con goce.

Llegar a aquello había costado, pero habían llegado, y ella pensó que allí estaba la magia de la que mamá Chiyo siempre le había hablado, y que Shisui, al hablarle de amor, le había recordado.

Y, sonriendo y sin necesidad de decir nada más, cerraron la puerta de la casa de la joven para entregarse el uno al otro en cuerpo y alma mientras la magia del amor inundaba sus vidas de felicidad.