Ranma ½ no nos pertenece.


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El dojo se erguía con una majestuosidad patética. Las tejas estaban desportilladas y las paredes cubiertas de hierbas silvestres. Akane apoyó la mano en el portón de madera y suspiró.

—¿Qué regalo me brindan los dioses? Es la hermosísima Akane Tendo.

Los vellos de la nuca de Akane se erizaron y no intentó ocultar el desprecio en su voz cuando replicó:

—Tatewaki Kuno…

Él sonrió complacido, como si lo hubiera halagado.

—¿La noticia llegó a tus dulces oídos? ¿Viniste a despedirte del vejestorio que se interpone en nuestro amor? —preguntó con arrogancia.

—¿De qué hablas?

—Entonces… aún no lo sabes.

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