Al unirme a la misión me mandaron junto con otros tres compañeros a un helicóptero de la clase AA (la más alta) en dirección a las montañas, donde se encontraban los rebeldes. Mientras recorríamos el trayecto tuve tiempo de observar a los otros.
El que estaba sentado a mi derecha tenía un cuerpo atlético cubierto con numerosos tatuajes, le faltaban varios dientes, su cara cuarteada reflejaba odio. Sin ningún preámbulo le pregunté su nombre, me contestó que se llamaba Markel, debía de ser un cabo. La mujer de mi izquierda llevaba su pelo recogido en una rubia coleta elevada, tenía los rasgos afilados, aunque estaba sentada aprecie que era alta. No necesité preguntarla su nombre, sabía de sobra quien era, su fama la precedía; era la subteniente Megan, una chusquera que nunca conseguiría un grado de oficial debido a su fuerte incultura. Enfrente de mí se había un hombre; estaba dormido con la cabeza echada hacia atrás, le vi muy escuálido, no creía que pudiera sostenerse con sus dos delgadas piernas. Ver una persona tan débil me producía rabia en cuanto tuviera una razón le abofetearía su pálida cara. No imaginaba porque se había unido a la misión y sobre todo como podría haber conseguido el rango de soldado. Ni siquiera me preocupé por su nombre. La verdad era que ninguno poseía el menor atractivo, pero yo tampoco, mi cuerpo quemado no es muy agradable.
Llegamos a nuestro destino al amanecer, se suponía que a nuestra llegada encontraríamos a un capitán para que nos diera instrucciones pero en la entrada de la fortaleza rebelde no había nadie. No dudamos ni un instante quienes habían sido los culpables de que allí no estuviera el capitán, los rebeldes lo habrían capturado. Con rabia forzamos la puerta de la fortaleza por medio de puñetazos y patadas; en cuanto la puerta cedió entramos rápidamente en el interior del edificio con nuestras armas dispuestas para matar. Dentro nos miramos, todas nuestras caras reflejaban ira excepto una, la del soldado enclenque en la que me pareció ver miedo – ¿tienes miedo gallina?- le pregunté. - ¿o es que simplemente tienes esa cara de idiota?- el me miró a los ojos y me contestó – No, es que solo me ha sorprendido como habéis destruido la entrada. Todos comenzamos a reírnos de él. No era más que un cobarde. Entonces Markel le pegó una bofetada y Megan al ver que nadie la prestaba atención le pegó una patada y le dijo que si volvía a decir alguna otra estupidez le mataría ella misma con sus propias manos. Seguidamente cogimos nuestras armas y comenzamos a caminar por largos pasillos cubiertos de metal en busca de algo o alguien a quien matar.
