El bibliotecario llegó al orfanato con treinta minutos de antelación. El agudo oído de Tom Riddle fue el primero en registrar los crujidos y claqueteos del Rolls Royce a medio kilómetro de distancia, y así lo comunicó a una de las chicas del servicio, que de inmediato emprendió un apurado taconeo hacia las dependencias de la matrona, dormida como solía estar tras su copa de jerez vespertina.

Aquello fue una contingencia novedosa para la mujer, acostumbrada a que sus visitas se hicieran de rogar en lugar de presentarse antes de lo previsto. Tom oyó a Penny, una de las limpiadoras más jóvenes, murmurar unas palabras de agradecimiento a la gobernanta, que había tenido la previsión hacer pasar a los huérfanos por las duchas bien temprano aquel día, pues de otro modo la matrona se habría cebado a gusto con el servicio. Una ducha fría, ya que a mediados de abril prescindían de los calentadores, pero ducha al fin y al cabo. De nada había servido que Tom hubiese intentado decirle que se había lavado él mismo a solas para ahorrarse el tener que compartir espacio con otros treinta cuerpos desnudos en un espacio reducido, la orden había sido dada y con ello quedaron supeditadas todas las excepciones a la urgencia del momento. Era una de las muchas desventajas de ser carne de institución, y no parecía que sus problemas fueran a solventarse ese día, pues a juzgar por las cajas de cartón que traía consigo, el individuo en cuestión no era un potencial como les habían ido vendiendo para que se comportaran debidamente, sino un simple benefactor.

Se preguntó a que venía tanto revuelo. Si la finalidad era obtener más recursos, ¿no era mejor apelar a su compasión mostrando la miseria cotidiana del orfanato? Probablemente la matrona había sido puesta en aviso sobre una posible investigación y debía fingir que le importaba su profesión.

Tom imaginó que traerían enseres y ropa de segunda mano. Tal vez juguetes como aquel surtido navideño de peluches lamentables y feas muñecas de trapo que alguna burguesa estúpida había seleccionado el año pasado con la esperanza de salir en la sección de buenas obras del periódico local. Nada digno de tentar su curiosidad.

La matrona los ordenó que se colocaran ordenadamente al pie de las escaleras que daban entrada a la fachada principal para recibir al recién llegado. Como la mujer no especificó, la mayoría hicieron amago de colocarse en la única formación que conocía, la del coro, en un orden de alturas acrecentado por los escalones. Tom lanzó furibundas miradas a derecha e izquierda. Ofrecían una estampa ridícula, más teniendo en cuenta que de haberlos hecho cantar lo único que habría salido de sus bocas habría sido un clamor a la desgracia divina. La señorita Longslade, profesora de canto de la escuela local, había intentado hacerlos funcionar como coro femenino, de voces blancas y mixto, pero había desistido asegurando que sus cuerdas vocales habían pagado el precio de los pecados de sus progenitores .

El benefactor era un hombre de edad avanzada , un tanto viejo para tratarse del padre de la niña que lo acompañaba. Toda su persona emanaba un resplandor tenue y desfasado, desde el traje crema hasta los zapatos color crema pasando por una mirada aquejada de sequedad ocular que lo hacía parecer perpetuamente conmovido. La niña debía rondar su edad, aunque uno nunca podía cerciorarse del todo viviendo entre niños con evidentes retrasos en el desarrollo. Llevaba puesto un vestido blanco de encaje floral, mangas abullonadas y una larga falda plisada que revoloteaba como una mariposa blanca por la hierba seca de la entrada a la finca. Sorteó la distancia de las largas dando brincos como una cabritilla recién nacida detrás de su presunto padre. La matrona recordó a los huérfanos que no debían acercarte y asediar a los visitantes, quizá porque estaba al tanto del miedo de los ciudadanos de a pie a coger el tifus en un orfanato. El bibliotecario y la niña se presentaron como el señor Holloway y Lyra. Tom y el resto eran un grupo demasiado numeroso para molestarse en presentarlos. Además, nadie quería verlos como algo más un puñado de huérfanos.

Tres de las cinco de las cajas que habían traído contenían ropa de señorita. Lyra pidió que no pusieran las cajas a disposición del servicio antes de haberlas enseñado ella misma, y las chicas menos tímidas se acercaron para que les mostrase aquellas prendas tan caras y bonitas que nunca hubieran obtenido por medios ajenos a la caridad. Las otras dos, para regocijo de Tom, estaban cargadas de libros. Con los que había entre ambas ya superaban en número a los que guardaban en ese cuarto polvoriento al que se empeñaban en llamar biblioteca.

La señora Cole encargo a Tom la tarea de acompañar al señor Holloway a la biblioteca, ya que aunque distara de ser el más fuerte, era uno de los pocos que sabía leer, además de su huérfano de confianza siempre que la situación requería causar buena impresión. Tom saboreó el hecho de haber sido elevado por encima del resto con la simple mención de su nombre. Luego apretó la mandíbula imperceptiblemente tras su sonrisa de pantomima, decidido a no regocigarse en la validación de una mujer tan incompetente como la matrona.

Tomó la caja más pesada en brazos y se encaminó adentro, conminando al señor a seguirle usando las muletillas de cortesía. El hombre ya se había adelantado para cargar la caja restante por su cuenta, rechazando el ofrecimiento tardío de un brazo más joven y fuerte en un tono cansino que hizo preguntarse a la matrona si acaso había ofendido a su virilidad. Tom se percató de que simplemente tenía la voz demudada por el esfuerzo. Con todo, entre resuellos, preguntó:

—¿No te pesa, chico?

—Los libros nunca pesan lo suficiente, señor.

El vestíbulo estaba vacío, salvo por una o dos mujeres del servicio que se afanaban con la ropa dejada en las duchas. Tom miro al hombre por el rabillo del ojo. Para tener una idea más certera del carácter de un individuo, había que observarlo a solas, de puertas para adentro. Su pregunta había sido muy esclarecedora. Debía de ser uno de esos sujetos a los que les movía la moralidad y otorgaba una especial importancia a la virtud de la compasión. Eso no lo hacía necesariamente mejor persona. En la categoría a la que pertenecían las personas de su clase abundaban los pusilánimes que buscaban compensar su escasa fuerza de voluntad con ese santificado y obnubilante desajuste químico al que llamaban compasión. La mayoría ni si quiera sentían compasión como tal, sino que la presentía como un miembro fantasma, o se dejaban llevar por el mero deber moral, o por una suerte de misericordia fingida con aspiraciones a la salvación o a la validación social. Los pocos que actuaban movidos por una compasión genuina, si es que existían tales sujetos, en realidad querían sentirse más santurrones que la media o restituir los daños ocasionados por los pecados de pasado. Se trataba, en definitiva, de satisfacer el ego.

Atravesaron el vestíbulo principal, de planta circular, cuya vacuidad ofrecía un curioso contraste con la recargada fachada indiana de principios del siglo pasado. Lo más llamativo era un suelo de damero desconchado que combinaba con el yeso desgastado de las paredes desnudas. Hace unos años, el vestíbulo había servido como salón de bailes y celebraciones y para tales ocasiones había estado decorado con grandes espejos que cubrían las paredes desde el techo al suelo. Ahora no había bailes, ni nada digno de celebrar que compensara el riesgo de tener espejos de tales magnitudes. Tom lo veía bien, habida cuenta de que más de uno había acabado con grietas con el impacto de alguna torpe y hueca cabeza infantil, aunque se decía que el verdadero motivo eea que la matrona se había dado un susto de muerte al ver su reflejo múltiple a la luz del candelabro una noche de borrachera.

Por suerte para el viejo, que ya empezaba a caminar con jadeos preocupantes, la biblioteca estaba en el primer piso.

—Aquí es —dijo Tom, procurando sonar un tanto avergonzado—. Según Constanten, la biblioteca no debería ubicarse en una habitación con una sola ventana tan pequeña ni estar cerca de las cañerías, pero es todo lo que tenemos.

El bibliotecario quedó mudo durante unos segundos, y Tom sopesó que habría de sentirse maravillado de que un simple huérfano fuera conocedor del mayor tratadista alemán de biblioteconomía a la par que entristecido por los límites a los que la sociedad restringe a las mentes brillantes de estratos inferiores. Decidió hurgar más en su compasión recordándole que en el orfanato no existía el concepto de propiedad privada, y con falsa inocencia se preguntó si aquello era lo que el comunismo quería para los niños vulnerables en Gran Bretaña, sabiendo de la profunda aversión que provocaba aquella palabra en el británico de a pie. La tristeza unida a la indignación dan lugar a la acción, pensó Tom, contento de corroborar empíricamente uno de sus observaciones tempranas.

La compasión era como un hilo. Al igual que existen hebras de distinto grosor y resistencia, la compasión se manifestaba de formas diversas en cada individuo. Corría el riesgo al tirar demasiado de tensarla hasta romperla; mostrarse desdichado en exceso creaba desagrado, especialmente entre los hombres de buena familia, los cuales terminaban razonando que el desdichado debía de algún modo ser el culpable de su condición. Desvió la atención de su circunstancias, permitiendo que lo viera en toda su heroica independencia: era un chico sin recursos ni legado que daba la casualidad de estar fascinado con su campo de estudio, una joven promesa que desplegaría un enorme potencial con ayuda de un empujoncito. Las intervenciones halagadoras de Tom estaban destinadas a hacerle participe del cambio.

El hilo resultó ser más flexible y resistente de lo que había pensado inicialmente. Había detalles que Tom consideraba significativos. Si bien el bibliotecario no había podido evitar admirar las vistas de la finca, se había abstenido de comentar sobre lo afortunados que eran de tenerlas. Tampoco había soltado ninguno de aquellos consejos que los adultos completamente realizados pero sin un ápice de sentido común decían con la intención de sanar sus almas, como que aunque no tuviesen una familia, los huérfanos se tenían los unos a los otros y por tanto debían cuidarse y quererse como si fueran una (si dicha sanación comenzaba por un lavado estomacal, Tom debía reconocer su eficacia, porque consejos así le daban ganas de vomitar). Por lo pronto, el bibliotecario parecía poseer más tacto y empatía que la media de visitantes. Y Tom pensaba sacar el máximo provecho de ello.

—Déjeme agradecerle de nuevo su obra de caridad, señor —terció Tom—. Disfruto mucho saciar mi hambre de conocimiento, y usted me ha proporcionado un banquete.

—Tenga presente que volveré con cuantos libros pueda traer. ¿Cómo te llamabas, chico?

El bibliotecario le estrechó la mano y, como había quedado en hablar con la matrona, se despidió con una de esas frases que a menudo se emplea cuando tiene que postergar una interesante charla con un individuo respetable. Tom se sentó en la silla coja con el aire triunfal de un rey que sale vencedor de las negociaciones con un país vecino. La señora Cole debería estarle agradecido por hacer su trabajo mejor que ella.

Un murmullo de voces proveniente del otro lado de la ventana enrejada capturó su atención. Detectó en ellas congoja, sorpresa y admiración, muy similar a la prolongada nota de admiracion colectiva que se reproducía en su mente en esos instantes. Tom saltó de la silla y se encaramó a la ventana. La niña, por supuesto, siendo la nata y crema del lugar. El corrillo que la rodeaba era más grande y se le habían unido algunos niños. Lyra seguía sacando atuendos de las cajas y exhibiéndolos como si fueran unos manuscritos antiquísimos de un valor incalculable. No se decidía quienes se le antojaban más despreciables, si la niña rica aburrida necesitada de atención o los mediocres que se la dispensaban entregándose al servilismo. Tom decidió odiarlos a todos por igual.

Volvió su atención a sus libros, en cuya compañía encontraría más comprensión que en la de cualquier otro de sus semejantes. Los libros nuevos, claro. Los que reposaban en los estantes desvencijados eran como una extensión de la miseria que abundaba en el orfanato. Muy parecidos y a la vez sin nada en común salvo por el polvo y el deterioro en distintos grados, que perfectamente podrían haber servido como categorías de clasificación. Marx estaba equivocado al proclamar una igualdad basada en la abolición de las clases si es que la consecuencia lógica de esto lo metía en el mismo saco que los otros mugrosos. Algunos de los libros tenían hongos y no tardarían en contagiar a los que tenían cerca.

El lote era variado y en buen estado, dejando constancia del buen oficio del bibliotecario. Había mayormente novelas de evasión, entre las que destacaban las aventuras con atractivas ilustraciones de parajes exóticos. No estaba igual de interesado en las historias de amor, pero sin duda aportarían un toque de delicadeza al conjunto con sus encuadernaciones en tela con detalles art nuveau en el portada y el lomo. Se alegró de ver libros de historia, ciencias y biografías de personas ilustres que no eran santos para variar, y de otros pesados libros de piel arrugada con jaspe salpicado que trataban temas de ley y gobierno. El bibliotecario seguramente tenía un excedente en su depósito.

Con lo que tenían, le daría para ampliar el sistema de ordenación con agrupaciones más complejas.

Pero tampoco le gustaba la idea de ponerlos al alcance de los demás. No era bueno para la delicada celulosa de las páginas estar en contacto con dedos sucios y narices moqueantes. Una idea brillante acudió a su mente privilegiada con la presteza habitual. Implantaría un registro en el que incluiría los que consideraba más apropiados para uso común, dejando los más interesantes para su uso personal y privado. Si por algún casual algún adulto reparaba en los libros extraviados, bueno, Tom se encargaría de que los encontraran en una habitación distinta a la suya. No creía en el comunismo ni en la falsa premisa de la igualdad, pero no podía negar que en algunos contextos servía de excelente tapadera. En el fondo les estaba haciendo un favor.

El ruido de fuera volvió a sacarlo de sus pensamientos. Era la niña con su imperante vocecilla, y al parecer obsequiaba a sus oyentes con fascinantes curiosidades acerca de sus trapitos. Tom no pudo resistirse a escuchar un rato. Descubrió así que la niña, además de presuntuosa, era una mentirosa de cuidado. Las enaguas de la hija de Barbanegra. Una chaqueta maldita que prendía fuego a todo aquel que se la ponía sin el permiso de su dueña (tuvo la consideración de levantar la maldición). Los bambas de ballet de la puñetera Anastasia, la princesa perdida. De repente, uno de los niños comenzó a señalarla y cuestionarla. Tom no esperaba que Benjamin Cowell, que tenía un amasijo de serrín por cerebro, fuera la voz de la razón, pero se alegró de que alguien le plantara cara. Incluso le pareció experimentar algo parecido a lo que algunos llamaban conciencia de clase.

Quizá las historias de amor más innobles que les habían donado, los romances góticos, provenían de la colección personal de la niña. Las jóvenes que leían Cumbres Borrascosas o El Castillo de Otranto solían tener muchos pájaros en la cabeza. Cuando alcanzaban la pubertad se daban a la fuga para volver meses después cogidas del brazo de algún caballero que las doblaba en edad, si es que no se perdían por el camino en las entrañas de un bosque tenebroso. Estando en la lista de lecturas prohibidas, auguró que durarían unas cuantas semanas hasta que la gobernanta las descubriera y trasladase junto a las telarañas del sótano —apropiada casa—, donde alguna limpiadora ociosa las leería con verdadera devoción.

Tampoco durarían mucho los libros de astronomía, la guía monumental de Asia ni los cuentos de hadas. Estos últimos eran el placer culpable de Tom. El placer provenía de la idea de la manipulación de las leyes naturales a la que llamaban magia, y la culpabilidad no tenía tanto que ver con el pecado como con la atracción que suscitaba la misma entre los niños menos precoces. Cuando era pequeño, tan pronto aprendió a hablar, llegó a pedir un libro de cuentos de hadas por Navidad. El libro había llegado dos años tarde, en una variante menos pecaminosa del cuento infantil: la fábula. Tom lo había odiado de principio a fin. No necesitaba cultivar la virtud de la paciencia con las enseñanzas de una tortuga ni que una zorra lo sermoneara sobre lo mala que era la astucia.

El ruido de fuera había cambiado, y ahora se oían risas y gritos eufóricos en una sinfonía de dicha que hubiera hecho cambiar de idea a la señorita Longslade sobre la nula coordinación armónica de los huérfanos. El grupo había crecido todavía más, albergando a los indecisos. Al principio, viendo que estaban dispersados en dos grupos claros cuyos integrantes derrapaban, fintaban y retrocedían cada vez que se acercaban demasiado a sus contrincantes, imaginó que estaban jugando al fútbol, pero no había rastro alguno del balón. Entonces vio las dos bufandas clavadas al suelo con un palo, a unos treinta metros la una de la otra, en lo que debían ser los territorios limítrofes. Atrapa la bandera. Por la manera en la que Lyra gritaba, parecía llevar el liderazgo. A Tom le sorprendió ver a Benjamín corriendo junto a ella con una sonrisa de imbécil. ¿Qué había hecho para ganárselo, a parte de ser una estúpida niña rica? Claro que sí, había olvidado por un segundo que Benjamin era estúpido. Tampoco entendía por qué la gobernanta no detenía tamaña ofrenda a la modestia femenina. Solía decir que practicar un deporte en vestido era vergonzoso y que ninguna mujer podía practicarlo llevando algo que no fuera un vestido; por ende, ninguna tenía derecho a hacerlo. Para colmo, había arrastrado con ella al resto de niñas.

¿Lo permitían porque tenía dinero y buen nombre?

La niña rica cogió la bandera del equipo contrario y todos la vitorearon y aplaudieron. Lyra agradeció el trabajo de su equipo, nombrando a todos y cada uno de sus miembros. En un momento dado, ladeó la cabeza hacia la ventana donde estaba Tom, y por un segundo sus miradas se encontraron.

Tom se apartó de la ventana. Con la espalda pegada a la pared, empujó la compuerta hasta cerrarla por completo. Una norma estipulaba que el caserón debía mantenerse adecuadamente ventilado a partir del mes de mayo, pero eran las limpiadoras las que se encargaban de abrir y cerrar las ventanas y solo a ellas rendirían cuentas.

En silencio al fin, retomó su lectura de La Reina de las Nieves. Al cabo de media hora, se dio cuenta de que había estado leyendo palabras sin atender a su significado, porque su mente seguía atrapada en la escena que acababa de presenciar. Se preguntaba cómo habría podido vencer a Lyra de haber estado en el equipo enemigo. El error que habían cometido había sido el de lanzarse a atrapar la bandera sin una estrategia previa. El de Lyra se había centrado en la defensa. Lo prudente sin duda alguna habría sido mezclar una estrategia defensiva paciente con una ofensiva oportunista para mantener al otro equipo fuera de balance. Ya que ahora aceptaban a mujeres en el equipo, habría encomendado la tarea de recuperar la bandera enemiga a Amy Benson, que corría más que nadie para ver a los soldados desfilar. Así estuvo un rato hasta que se percató de que alguien lo observaba desde el umbral de la puerta.

Cerró el libro de un manotazo.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—No podía irme sin despedirme de todos. Tom Riddle , ¿verdad?

Tom apretó los párpados, consciente de su desliz. No podía arriesgarse destruir lo que había logrado con el bibliotecario siendo maleducado con la hija de este.

Asintió y examinó brevemente el barro que la ensuciaba de la cabeza a los pies. Ella tenía la culpa. Si no hubiera aparecido de repente de esa guisa, sin decir nada, no habría acabado pensado que era el fantasma de una niña ahogada en el río y por consiguiente no habría reaccionado como había reaccionado. Los zapatillas crujían sobre los tablones de madera con decisión. Con sus rizos rubios y las manos escondidas tras la espalda, parecía Shirley Temple.

Shirley Temple si fuera una mentirosa de mierda.

—Disculpe por hablarle así, señorita. Ha sido una terrible concidencia. Justo en el momento en que ha aparecido estaba pensando en algo muy desagradable que no tenía nada que ver con usted.

Esbozó una de sus sonrisas. Era una a medio formar, que resaltaba encantadoramente los hoyuelos de sus mejillas. Las niñas solían sonreír como en un efecto espejo. Lyra sonrió ampliamente, aunque detectó algo anómalo en ella, una sombra de descaro que hacía evidente que estaba fuera de la influencia de su encanto.

—Es una pena que no te hayas unido al resto de tus compañeros —apretó los dientes al notar el énfasis en la palabra "compañeros"—. Nos lo hemos pasado de maravilla. Me habría gustado jugar contigo.

—Bueno, lo cierto es que prefiero otros pasatiempos más tranquilos.

Lyra avanzó hacia él sin perder un ápice de su descarada sonrisa. La de Tom se descompuso al percibir en el aire un hedor insoportable.

—Antes de irme quería mandarte saludos de un chico. Se llama Roger Parslow —Los le ojos brillaron con diversión—. Estuvo en este orfanato hasta que mi padre lo acogió en su servicio. ¿Lo recuerdas?

Tom no respondió.

—Él si te recuerda. Me ha contado tantas cosas de ti, Tom Riddle. Por eso no quería dejar pasar la oportunidad de mandarte sus saludos. Él prefería un saludo ordinario, pero al pasar por el corral se me ha ocurrido algo más apropiado. Un saludo especial para un chico muy especial.

Un par de moscas zumbaban cerca. Tom dio un paso atrás, pero ya era tarde. Lyra descubrió las manos, envueltas en delicados guantes de algodón blanco y embadurnadas hasta las muñecas de excrementos de vaca, y las restregó en la cara de Tom.