Los niños comienzan por amar a sus padres. Cuando crecen les juzgan. A veces les perdonan
Oscar Wilde
El viaje a Westerville es silencioso pero muy íntimo; Kurt sostiene mi mano y prácticamente enreda sus brazos en mi brazo derecho. Imagino lo difícil que debe de ser para él pasar por esto; le debe de recordar a su madre. Además de que está preocupado por Blaine; yo mismo lo estoy. No puedo creer que apenas ayer estuvo hablando con su abuelo y que hoy ya no está. Blaine siempre hablaba de él, de lo mucho que le gustaba que fuera tan abierto, honesto y, sobre todo, libre. El abuelo de Blaine había sido un hombre de campo, y la libertad que se siente cuando se convive con la naturaleza estaba presente en él, en su forma de ser y en sus pensamientos. O por lo menos eso me hacía pensar Blaine cada vez que hablaba de su abuelo. Lamento que ya no esté para él porque sé lo mucho que Blaine lo necesita. Noto que se siente solo. Blaine siempre tiene que estar bien para todos, incluso para mí. Es irónico que la situación nos arrastrara para que fuésemos enemigos y en cambio terminamos conociéndonos y volviéndonos amigos.
La reja de metal de la casa de los Anderson está abierta; hay dos empleados colocando un gran moño negro sobre la parte superior de la reja. Nos presentamos y pedimos hablar con Blaine; ellos nos indican que sigamos. Avanzo con el coche sobre un camino de tierra de un raro color rojizo, a ambos lados se encuentra un estanque de agua cristalina y al final del camino hay un arco formado por pinos. Ahora sí que tengo muy claro que los Anderson se pudren en dinero. Su casa es básicamente un castillo; bueno, no tanto, pero sí es una gran casa, antigua pero hermosa. Aparco mi camioneta en el jardín, justo al lado del coche de Blaine. Imagino lo solitario que debió ser vivir aquí sin hermanos. Jamás diré pobre Blaine porque en realidad lo engrandece el ser tan bueno a pesar de todo lo que pudo hacerle falta o de lo que no tuvo, y no pienso en lo material sino en lo emocional. Crecer sólo debió ser duro para Blaine.
De pronto, me doy cuenta de que no estoy para nada presentable, no para estar en esta casa, y mucho menos para lo que me ha traído a ella. Al salir de la ducha sólo tomé unos vaqueros cualesquiera, una camiseta de polo azul y mis zapatos CAT favoritos; no pego para nada aquí. Kurt por lo menos trae sus pantalones de vestir, esas botas negras hasta las pantorrillas y una camisa gris; se ve mucho mejor que yo. Me pregunto si debo esperar a que venga papá con mi ropa. Aunque eso es lo de menos, no creo que a Blaine le importe como vengamos vestidos, lo importante ahora es estar con él.
—¿Estás bien? —me pregunta Kurt justo frente a la puerta de los Anderson.
—Me siento fuera de lugar. —Kurt frota cariñosamente mi brazo.
—Lo sé. Yo también me siento así, pero tenemos que hacer esto por Blaine.
Asiento mientras él presiona el timbre. De inmediato, la puerta se abre. Saludamos a la mujer que está ahí, nos presentamos y ella nos deja pasar rápidamente. La sala está a la derecha y en ella se encuentran dos personas, una mujer de pelo corto y un hombre alto. Presumo que son los padres de Blaine.
—Hola. Buenos días. —El hombre se levanta del sofá y nos sonríe levemente a pesar de que sus ojos se ven tristes y cansados. —Yo soy William Anderson y ella es mi esposa Mónica. —Estrecho la mano del padre de Blaine y luego la de su madre. Kurt intenta ser igual de formal; imagino que aún no había conocido a los padres de su novio.
—Nosotros somos amigos de Blaine. —Me brinca un poco que Kurt se presente como amigo; es algo que no me esperaba.
—Él estaba en mi casa cuando ustedes lo avisaron. Bueno, todos los miembros del club Glee lo estábamos. Habíamos tenido una reunión y mi padre les había invitado a desayunar.
—Lamento escuchar eso. Mi padre murió en la madrugada, según el médico de un paro cardíaco, y nosotros sólo avisamos de inmediato a Blaine. No pesamos que estuviera con amigos. Aunque es bueno ver que ustedes lo quieren tanto.
Kurt asiente antes de preguntar: —¿Podríamos verlo?
—Claro. Desde que llegó está en la habitación de su abuelo. Es la cuarta puerta a la derecha. —La madre de Blaine nos conduce hasta el pie de la escalera.
—Señora Anderson, nuestros compañeros del club Glee y nuestros padres seguro que no tardan en llegar —le informo, porque no sé si ellos querrán nuestra presencia ahí, pero ella parece no tener problema.
—Está bien. Gracias por estar aquí.
Kurt y yo caminamos hasta la puerta que nos ha indicado la señora Anderson. Kurt da unos ligeros golpes que se detienen cuando escuchamos un trémulo pasa. Sentado al borde de una gran cama está Blaine, en su regazo tiene un hermoso pastor alemán. La cara de Blaine es miserable; el dolor se siente sobre su cuerpo pero no llora, simplemente acaricia el perro que está a su lado. Kurt se lanza hacia él y lo envuelve en un fuerte abrazo. Blaine se toma un momento para esconder su rostro en el cuello de Kurt.
Hay algo que me impulsa a caminar hacia ellos y colocar mi mano izquierda sobre uno de los hombros de Blaine intentando reconfortarlo. Una de sus delicadas manos termina sobre la mía. Permanecemos así los tres por un largo rato hasta que noto como Kurt empieza a hablar con Blaine y el pánico se apodera de mí. Yo no sé qué decir, no tengo ni la más mínima idea de cómo consolar a una persona con palabras.
Me separo de ellos caminando unos cuantos pasos hacia atrás. De pronto, siento como si estuviera invadiendo un espacio muy personal, como si el lazo que une a Kurt y Blaine me estuviera diciendo que yo no tengo nada que hacer aquí. No soy como ellos: no sé de moda, no soy guapo ni tengo un gran cuerpo. Ni siquiera sé cómo expresar mis sentimientos. Mi madre no sólo me ha arrancado la posibilidad de confiar en ella, también me ha quitado la poca o mucha fe que pude haber tenido. ¿Qué puedo decirle yo a Blaine cuando no soy más que un ex matón, gordo y odiado por su madre? De nuevo siento que todo esto me rebasa y me asfixia y que debo irme.
Salgo de la habitación cuando Kurt entierra su cara en el cuello de Blaine y éste cierra los ojos mientras asiente por algo que Kurt le está diciendo. Bajo las escaleras lo más rápido que puedo pero que no llame la atención, salgo por la puerta principal y me detengo a unos metros mientras cierro los ojos e intento relajarme. No sé qué hago aquí, yo no sirvo para esto. Estoy demasiado jodido emocionalmente como para poder confortar a alguien de una perdida tan grande. ¿Cómo puedo ni siquiera imaginar estar al nivel de Kurt o de Blaine cuando sigo siendo un monstruo que se rige por la violencia y los actos explosivos?
—¿Estás bien? —Siento una palmada en mi espalda. Abro los ojos y me giro ligeramente para encontrarme con el perfil del señor Anderson. Me recompongo de inmediato.
—Sí, señor. Sólo necesitaba aire. —Trago saliva y miro hacia el frente. Casi puedo sentir la paz.
—Cuando llegaron no nos dijiste tu nombre —comenta el señor Anderson.
—Lo siento. Soy David Karofsky. —El señor Anderson me tiende de nuevo su mano y me da un apretón aún más afectuoso que el primero.
—¿Eres hijo de Paul Karofsky? —Asiento un poco mosqueado por la forma en que el señor Anderson ha pronunciado el nombre de mi padre y por cómo me mira. Es como si de pronto hubiera encontrado un lugar en el corazón del señor Anderson con tan sólo decirle de quién soy hijo.
—Sí, es mi padre. No debe tardar en llegar. Hizo muchos negocios con su padre. —El señor Anderson amplía su sonrisa.
—Por supuesto. Pero Blaine nunca nos había mencionado que ustedes se conocieran. Algo había dicho de deportistas en el club Glee de McKinley pero nunca dijo nombres, y mucho menos el tuyo, muchacho. Porque estas en el equipo de futbol americano, ¿cierto? —El brillo en los ojos marrones del señor Anderson me crispa los nervios.
—Lo estoy, señor.
—Claro, claro. Con esa complexión… ¿Quarterback? No, claro que no. Más bien creo que debes ser ala defensiva. Yo fui ala izquierda en la escuela. Recuerdo cuando mi viejo iba a verme; siempre intentaba conseguir el balón para él. —La nostalgia con la que el señor Anderson habla de su padre hace que me olvide de toda la incomodidad pasada. No conocí al abuelo de Blaine y lo lamento, debió ser un gran hombre.
—Soy ala derecha, señor. —El padre de Blaine asiente sonriendo.
—Todo un rompecorazones, entonces. Recuerdo que las chicas siempre fingían ir tras el quarterback pero terminaban rindiéndose ante los golpeadores, ¿no es cierto? —Boqueo un poco. Estoy pensando en cómo podría ser esto más incómodo pero en realidad creo que no hay manera de que lo sea.
—De hecho —trago saliva y respiro profundamente—, soy gay, señor Anderson. —El padre de Blaine abre la boca y la cierra. En ese momento alguien detrás de nosotros se aclara la garganta. Kurt se coloca a mi lado mirando al señor Anderson.
—Blaine se va a cambiar de ropa. Quiere estar listo en cuanto el servicio traiga el cuerpo de su abuelo. —El padre de Blaine asiente.
—Sí, Mónica está haciendo lo mismo. Creo que la alcanzaré, también tenemos que estar presentables para sus padres y amigos. —El señor Anderson nos hace un rictus de sonrisa y entra en la casa rápidamente.
Kurt me mira por un momento. No sé qué decirle, hablar con el papá de Blaine ha sido totalmente incómodo y para rematar tener que salir con él ha hecho todo mucho peor. Es la primera vez que le digo que soy gay a alguien que no es de mi familia ni mi amigo. De hecho, el señor Anderson es el primer desconocido al que le digo que soy gay. Necesito olvidarme de esto, no es el momento ni el lugar. Allá el señor Anderson y sus cosas, yo sólo estoy aquí para Blaine y para Kurt.
—¿Cómo está Blaine? —Kurt suspira pesadamente.
—Hecho un guiñapo. Ya lo has visto. Pero saldrá de esta, de una u otra forma siempre sale de todo con una gran sonrisa. —En realidad Kurt espera mucho de Blaine. Algo me dice que esto no será tan fácil. Se hace un silencio tranquilo en el que sólo escuchamos el aire que mueve las ramas de los arboles. —Estaba escuchando cuando se lo has dicho al padre de Blaine. Es la primera vez que se lo dices a alguien que no está en tu circulo, ¿cierto? —Asiento. Hasta hace un año no era capaz de decírmelo ni a mí mismo pero ahora las cosas son mejores. —¿Cómo te sientes?
—Raro. No sé. Bien, supongo. Es como decir esto es lo que soy y estoy bien con ello. —Kurt asiente y sonríe ligeramente. En sus ojos puedo ver la tristeza que comparte con Blaine. Me gustaría poder decirles algo a ambos pero no puedo, es como si las palabras se quedaran atoradas en mi garganta.
Un momento después veo el coche de mi padre cruzando por el puente seguido de la camioneta de Finn y de otro coche. Todo el club Glee en pleno está aquí. Mi papá baja del coche acompañado de Cristi y de los padres de Kurt. Nos saludamos con más cariño que de costumbre; siempre he pensado que cuando estas cosas pasan crece en los demás el sentimiento de cariño y amor por los padres. No quiero ni pensar lo que sería de mi vida sin mi viejo; él es el único que está a mi favor sin importar lo que sea, está orgulloso de mí y me ama sobre todas las cosas. Kurt se separa con sus padres para hablar; imagino que les está contando todo lo sucedido.
—Hijo, ¿has visto al padre de Blaine? Me gustaría darle mi pésame. —Cristi me entrega el porta-trajes y de pronto me doy cuenta de que todos están vestidos para la ocasión menos Kurt y yo.
—Vamos, está en la casa. —Abro la puerta y el señor Anderson está al pie de la escalera dándole instrucciones al personal. —Señor Anderson, mi padre acaba de llegar. —Papá le estrecha la mano al señor Anderson.
—Señor, ¿podría cambiarme en algún lado? —El padre de Blaine me sonríe comprensivo y está a punto de hablar cuando la voz de Blaine lo interrumpe.
—Puedes hacerlo en mi habitación. Es la última al final del pasillo de la derecha. —Blaine se ve sereno, tal vez incluso un poco frío vestido de un negro impecable y con el pastor alemán de su abuelo al lado.
—Gracias. —Antes de subir por la escalera pongo de nuevo una de mis manos en su hombro. Lo veo tragar saliva y después nos separamos.
La habitación de Blaine es de un elegante color verde con el piso crema. Su cama está impecablemente hecha. En la pared derecha hay un poster de West Side Story (Amor sin barreras) y en la de la izquierda un banderín de los Delfines de Miami. Podría reírme con ganas de eso, es la dualidad del buen Encantador. Sobre el escritorio hay varios libros y papeles. En una de las esquinas descansa una guitarra y al otro lado Blaine tiene un pequeño estante lleno de gafas. Sobre la mesa de noche derecha Blaine tiene una fotografía en la que aparece con su abuelo acariciando a un cachorro de pastor alemán. Un nudo se forma en mi garganta al ver lo feliz que ambos hombres son en la fotografía. Blaine tiene una de esas sonrisas tontas que indican lo contento que está y su abuelo también sonríe sinceramente. No me sorprende mucho ver que el abuelo de Blaine era un hombre sencillo. En la fotografía sólo trae unos vaqueros y una camisa roja de cuadros. Se veía alto e imponente a pesar de ser mayor.
Suspiro para aligerarme de la carga emocional que siento en este momento, abro el porta-trajes y veo mi traje gris favorito. Mi viejo siempre piensa en todo y Cristi le hace un complemento maravilloso. No sé por qué mi familia se tiene que deshacer. Tal vez si hablo de nuevo con mi madre… No. Sé muy bien que no. Ella jamás entenderá porque es una de esas personas a las que no les gusta entender.
Antes de empezar a cambiarme le lanzo una última mirada a la fotografía de Blaine y su abuelo. Después, me coloco frente al espejo de cuerpo completo de Blaine. Odio los nudos de las corbatas; desde que tenía diez años he intentado aprender a hacerme uno decente y nunca lo he logrado. ¿Tengo que anudarlo hacia adentro? ¿Es para afuera? ¡Joder! ¿Cómo es esto? Debo bajar y decirle a mi padre que me ayude. Esto es para salir en Aunque usted no lo crea; tengo dieciocho años y no sé hacerme el nudo de la corbata.
Salgo de la habitación y de inmediato escucho una discusión, el pequeño quejido de un perro y la voz de Blaine desprovista de toda calidez.
—¿Qué demonios te pasa, madre? —Conforme voy bajando las escaleras escucho mejor las voces provenientes de la estancia donde deben de estar los tres Anderson.
—No ha sido por mi culpa. Este perro se está paseando por toda la casa. Linda tuvo que quitarlo de delante de tu puerta porque estaba ahí, estorbando. —Mala selección de palabras de la señora Anderson.
—¿Cómo puedes decir eso? Otto fue la única compañía de mi abuelo después de que nana murió.
—Basta ya, Blaine. Estás haciendo una escena y hay personas afuera. Así que, ¿por qué no cortas el drama y sales a atender a tus compañeros de McKinley y a la gente que va llegando?
—¿El drama? ¿Acaba de morir tu padre y eso es en lo único que piensas? ¿En mi drama? —Escucho resoplar al señor Anderson.
—Blaine, deja de ser un niño. Tu madre no tuvo intención de lastimar al animal. Ahora mismo le diré a Roy que lo encierre; nada más estará dando vueltas alrededor del salón principal una vez que traigan el ataúd.
—Ni siquiera lo pienses. —La voz de Blaine es amenazante como nunca. De hecho, suena mucho peor que cuando nos peleamos.
—Blaine…
—¡Qué, papá? ¿Me estoy portando como un niño o como una niña? —Joder, esto es fuerte. — Porque es eso, ¿no, papá? Tener un hijo maricón y delicado, un hijo que es una nenaza, que no puede evitar llorar por la muerte del único ser que de verdad lo ha querido. Porque tú me odias, de una pacifica e hipócrita forma pero lo haces. Porque soy un jodido muerde-almohadas, maricón, chupa-pollas… —Y de pronto, el sonido de una mano chocando con una mejilla. Bajo de inmediato los pocos escalones que me quedan. En la sala, Blaine está acariciándose la mejilla derecha y su padre lo mira fijamente aún con la mano elevada. La madre de Blaine me observa mientras su hijo sale corriendo y cruza una puerta que da al jardín trasero.
—¡Blaine, espera! —Corro detrás de él seguido por Otto.
Blaine detiene su carrera lo más lejos que puede de la casa, al borde del estanque que rodea el terreno, y grita con fuerza. Cuando llego a su lado lo giro y lo abrazo. Blaine esconde su rostro en mi pecho y llora con más fuerza. Mis brazos lo envuelven completamente y mi barbilla descansa sobre su cabello, que por primera vez no tiene rastros de gomina. Acaricio su espalda para tranquilizarlo pero él sigue llorando. Sus lágrimas mojan mi camisa y traspasan hasta mi pecho. Lo aferro más a mí, para que sienta que estoy aquí. Vagamente pienso en llamar a Kurt para que le reconforte pero Blaine se aferra a mí de tal forma que pareciera que soy lo único que le hace fuerte. Me rompe el corazón pensar en Kurt sufriendo por su madre a los siete años y ahora en Blaine sufriendo por su abuelo.
—Todo pasara, Blaine. Kurt y yo estaremos para ti. —Él empieza a negar y cuando habla su voz suena amortiguada por mi ropa.
—No estuve aquí, Dave. No me despedí de él, no pude decirle lo mucho que le echaré de menos y lo mucho que ha marcado mi vida. Simplemente fui egoísta, y decidí cambiarlo por una estúpida noche de diversión.
—No digas eso, Blaine. Tú no podías adivinar que esto sucedería. —Él empieza a negar intensamente. —Vi la foto que tienes sobre tu mesa de noche, Blaine. Fuiste un gran nieto, tu abuelo te quiso. —Me trago el nudo que se me forma en la garganta para seguir hablando. —Te quiere. Donde sea que esté ahora mismo te quiere y mucho. Si no pudiste despedirte de él es porque quizás no era necesario, porque entre tu abuelo y tú no existe un adiós, sino un hasta pronto. Algún día, cuando llegue el momento, ustedes se reunirán y las cosas seguirán donde se quedaron, porque el cariño y el amor que sientes por él jamás se olvidará, ni morirá. Por eso entre ustedes no hubo una despedida. —Permanecemos así durante un largo rato hasta que Blaine se tranquiliza entre mis brazos. Con último sollozo se separa de mí; sus ojos están rojos y le doy mi pañuelo para que se recomponga.
—Gracias. Lamento que tuvieras que escuchar la discusión con mis padres. —Sonrío mientras me arrodillo para acariciar al perro.
—Ni lo digas. Ya estamos a mano; Kurt y tú escucharon la linda conversación de mis padres en el hospital. —Otto olfatea mis manos curioso y luego me da la pata.
—Es la primera vez que discutimos así. Por lo regular me trago esas cosas pero hoy no he podido; necesitaba decírselo y que supiera que odio su hipocresía. Él hubiera preferido tener un hijo fuerte, atlético y varonil; algo así como tú. Aunque fuera gay pero como tú. —Asiento. Comprendo qué quiere decir al recordar mi encuentro de hace un rato con su padre.
—Sí, imagino. Cuando los dejé en la habitación tu padre estuvo muy interesando en mí. —Blaine ríe amargamente.
—No fue por eso. Bueno, no del todo. Imagino que en cuanto supo quién eras sus ojos brillaron como las luces de las Vegas. ¿Crees que no le gustaría tener tratos más estrechos con la constructora de tu padre? —Miro a Blaine directamente a los ojos; eso sí que no lo puedo creer —No me mires así. El abuelo siempre lo dijo: lo que más le gusta a William Anderson es hacer dinero. No dudo que después de que le dijiste que eres gay él quisiera darme en dote. —Rio con ganas después de que Blaine diga eso, incluso hasta Otto ladra un poco feliz.
—No digas tonterías, Blaine.
—No, en serio. Mi padre busca hacer dinero, no importa cómo, y mucho menos creas que el hecho de que su padre muriera lo va a detener.
Blaine mira hacia su casa con desprecio. Me pongo de pie y paso mi brazo por sus hombros atrayéndolo un poco hacia mi cuerpo.
—Eres bueno, Blaine, a pesar de todo. Pudiste ser un estúpido pedante con mucho dinero, una casa de ensueño y unos padres elitistas y aun así te volviste en un gran chico. —Blaine contrae su mandíbula y baja un poco la mirada.
—Fue por él. Mi abuelo me enseñó a ser bueno.
—Tú ya eras bueno. Él nada más te hizo darte cuenta de ello. —Blaine suspira.
—Lo voy a extrañar. —Mi brazo resbala de su hombro y tomo su mano para darle un fuerte apretón.
—Lo sé. —Otto se coloca a mi lado y yo tomo la pequeña cadena que sale del collar plateado que rodea su cuello. —Vamos, Kurt debe estar loco porque no sabe dónde estás. —Asiente y camina de nuevo hacia la casa. Ottose viene caminando conmigo.
—Le gustas.
—Tuve un pastor cuando era niño. Siempre quise tener otro perro pero mi mamá no quería; decía que ya no tenía tiempo para hacerme cargo de una mascota. —Blaine me mira y luego mira a Otto.
—Ahora puedes tener una mascota, ¿no? —Ése es mi chico, siempre viendo el vaso medio lleno. Golpeo amistosamente su espalda y seguimos caminando. Antes de entrar lo sujeto.
—¿Estás listo? —Asiente. Al entrar alguien abraza fuertemente a Blaine, es un chico asiático, y detrás de él están muchos otros chicos; en medio de ellos, Kurt. Imagino que deben de ser los Warblers. Ellos arrastran a Blaine hasta el jardín.
Cuando ya se han ido nos quedamos solos Kurt y yo. Me percato de que al otro lado de la casa hay un gran salón que tiene varios arreglos de flores blancas. No deben de tardar en traer el cuerpo del abuelo de Blaine.
—¿Están bien ustedes dos?
—Sí. Blaine ha discutido con sus padres y he ido a ver como estaba. —Kurt me sonríe, coloca sus manos sobre mis hombros y alisa mi chaqueta. Sonríe cuando se da cuenta de que mi corbata negra aún pende de mi cuello sin ningún nudo.
—Gracias por estar para nosotros. —Empieza a anudar mi corbata mirándome fijamente con una sonrisa tenue que me inunda el corazón.
—No estoy con ustedes, ustedes han estado conmigo: en el hospital, antes de salir del armario y durante algunos otros momentos terribles de mi vida. Han sido más valientes y fuertes de lo que yo algún día seré. —Kurt termina de hacerme el nudo pero sus manos no se despegan de mi pecho. Mi corazón se acelera cuando Kurt se inclina un poco para darme un beso en la mejilla.
De todos los momentos que hemos vivido, éste se vuelve uno de los más íntimos. El beso guarda mucho más de lo que muestra. Algo me dice que Kurt siente algo por mí; quizás no me ama pero sé que hay un sentimiento, uno que quisiera descubrir pero sé que no es el momento. Blaine nos necesitará como amigos. No soy tan optimista como Kurt; Blaine no estará bien pronto.
—La carroza está cruzando el puente. —En cuanto Finn nos habla Kurt se separa de mí.
—Vamos.
En el jardín, la carroza negra se detiene al final del puente. En cuanto el féretro baja, Blaine se coloca detrás de él; Kurt se abraza a su brazo derecho y me hace señales para que vaya a su otro lado. Tomo la cadena de Otto y me coloco a su izquierda. Detrás de nosotros empiezo a escuchar tararear el principio de una canción que hasta hoy no recordaba. La melodía sale del interior de la casa y de inmediato los Warblers y los chicos de Glee empiezan a cantar.
There are places I'll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places had their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I've loved them all
Blaine sujeta con fuerza las manos de Kurt y unas lagrimas recorren sus mejillas. Caminamos con el féretro hasta llegar al centro del enorme salón. La luz del sol se filtra por el enorme ventanal abierto y cubre todo el lugar.
But of all these friends and lovers
There is no one compares with you
And these memories lose their meaning
When I think of love as something new
Though I know I'll never lose affection
For people and things that went before
I know I'll often stop and think about them
In my life I love you more
Tanto los chicos de la academia Dalton como los compañeros del coro se colocan en un círculo alrededor del féretro mientras siguen cantando. Quisiera unir mi voz a las suyas pero hay un nudo en mi garganta que me impide incluso hablar. Blaine tiene los ojos cerrados. Es la primera vez que no canta algo y eso me duele. Ahora más que nunca sé que tiene roto un gran pedazo de su corazón y, sobre todo, que no se perdona el no haber estado cuando su abuelo murió.
Though I know I'll never lose affection
For people and things that went before
I know I'll often stop and think about them
In my life I love you more
In my life I love you more
Después de terminada la canción, guardamos silencio. Velaremos toda la noche al señor Anderson y mañana muy temprano iremos al crematorio. No sé si mi viejo quiera estar aquí todo el día pero yo no quiero separarme de Kurt ni de Blaine, así que está por empezar un día de gran desgaste.
Antes del amanecer, Kurt observa el gran salón semidesierto: el féretro aún está en el centro; todos los chicos de Dalton ya se han retirado, sólo quedan Wes y su novia Jenny; el señor Karofsky también está, pero Cristi se ha marchado a su casa durante la noche acompañada de Mercedes, Tina, Mike y Sam; Finn, Carol y su papá también han tenido que marcharse en algún momento de la noche porque para Burt no es recomendable desvelarse y Kurt no quiere que su padre haga esfuerzos, y Rachel y los demás chicos se han ido yendo poco a poco, despidiéndose de Blaine y de los señores Anderson.
Kurt mira hacia una de las esquinas del salón en la que Dave y Blaine están sentados juntos hablando de cualquier cosa para mantenerse despiertos. Los dos tienen sombras de barba sobre sus mejillas pero es más notorio en Dave. Kurt nota lo diferentes que son los dos y a la vez lo mucho que se complementan; en ocasiones se pregunta si Blaine no ve en Dave algunas cosas que él mismo quisiera ser, pero lo que sí sabe muy bien que Dave sí que ve en Blaine mucho de lo que él cree no tener pero que está ahí, a pesar de que él no lo sepa.
Blaine les había dicho a Wes, Dave y él que los quería a su lado en el crematorio. Kurt al principio se tensó y pensó en decir que no porque todo eso le estaba recordando demasiado a su madre, pero Dave de inmediato dijo que sí y Kurt supo apartar los pensamientos que le impedían aceptar. Blaine es su amigo después de todo y sabe muy bien que los necesita. Aún no le ha preguntado a Blaine pero nota que algo fuerte le ha sucedido con su padre porque en toda la noche no se han dirigido la palabra y porque Blaine, en repetidas ocasiones, se ha alejado de su papá para hablar con alguno de los Warblers.
—Es hora.
Los chicos de la agencia funeraria entran por el féretro. Blaine se pone de pie y los acompaña hasta la salida sin siquiera intercambiar ni una mirada con su padre. Una vez que el féretro está dentro de la carroza, el Bentley de los Anderson se coloca detrás de ella. Pero Blaine no sube en él. Les da la espalda a sus padres para mirar a Dave y a Kurt.
—Vámonos. —Blaine camina sin detenerse hasta la camioneta de Dave. Kurt intercambia miradas con David.
—Te veo en casa, hijo. —El señor Karofsky abraza a su hijo y se despide de los Anderson para después subir a su coche. Dave jala la cadena de Otto y lo lleva hasta la camioneta. Es en ese momento cuando Kurt se decide seguirlos.
Estar en la sala de espera de un crematorio es algo que Kurt jamás se imaginó vivir. Sin embargo, ahí estaba, sentando al lado de Dave Karofsky, quien acaricia distraídamente a Otto. Kurt se siente cansado, envuelve el brazo izquierdo de Dave entre los suyos y apoya su cabeza sobre él. Minutos después los Anderson salen del crematorio con la urna dorada en la que están depositadas las cenizas que Blaine tiene ahora abrazadas como si fueran un gran tesoro. Las lágrimas quieren escapar de los ojos de Kurt al verlo tan vulnerable.
—Blaine…
—Cumpliré con su deseo y eso no está en discusión. —Ése es el breve dialogo que hay entre los Anderson y su hijo. Los señores se despiden de ellos cordialmente y Blaine no dice nada pero cierra los ojos cuando escucha la puerta de la sala de esperar abrirse para que sus padres salgan. Una vez que eso pasa, Blaine abre los ojos de nuevo mirando indistintamente a los cuatro chicos en la habitación.
—Anoche el abogado de mi abuelo me dio una carta que él me dejó y me habló de su última voluntad. Quería que sus cenizas fueran esparcidas en el río Ohio. —La voz de Blaine se corta y el llanto brota de nuevo de sus ojos. —Me habló de todas las veces que viajó con mi abuela por el rio Ohio desde aquí hasta Kentucky. Le gustaban esa clase de cosas: las aventuras, los lugares naturales y todo eso. Yo creo que por eso…
—Te acompañaremos —dice Kurt sin más. Dave asiente, al igual que Wes.
Dave los lleva en su camioneta hasta Columbus y después un poco más hasta llegar a la orilla del gran río Ohio. Wes tiene un tío que les presta una pequeña embarcación para poder llegar hasta un punto en específico que Blaine recuerda por haber navegado por ahí con su abuelo cuando tenía siete años. Kurt no sabe qué hacer o qué decir; los ojos de Blaine se esconden tras sus gafas preferidas de montura rosa. Blaine abre la urna con las cenizas y en ese momento Wes empieza a tocar en su armónica la melodía de Wind of Change. Nadie canta pero Kurt recuerda muy bien la letra de lo que Wes está tocando.
Take me to the magic of the moment
On a glory night
Where the children of tomorrow share their dreams
With you and me
Take me to the magic of the moment
On a glory night
Where the children of tomorrow dream away
In the wind of change
Blaine arroja las cenizas al río y mira hacia él cuando termina. Kurt no sabe si llora pero siente el dolor que lo atraviesa. No hay más así que regresan al embarcadero sin decir palabra. Dave los lleva de regreso a Westerville. Ya es casi de noche cuando dejan a Wes en su casa, quien se despide afectuosamente de Blaine y promete llamarlo al día siguiente.
—No quiero ir a mi casa. —Es lo único que Blaine necesita decir para que Dave arranque su coche y salga para la carretera con rumbo a Lima. Una vez que llegan a Fidlay, Blaine le pide a Dave que se detenga en donde pueda, así que lo hace unos metros más adelante. —Mi abuelo me ha dejado una carta. —Blaine habla desde el asiento de atrás de la Tacoma con Otto sobre su regazo. —No puedo leerla yo solo. —Kurt observa a Dave y este pone en marcha el vehículo para seguir un camino adyacente a la carrera principal hasta detenerse frente a una casa de madera.
—Esta granja me la heredó mi abuelo Pete, el padre de mi mamá. —Kurt ve el lugar, parece que está siendo remodelado poco a poco por Dave.
Los tres bajan de la camioneta. Dave abre la parte trasera y saca una manta para extenderla en el suelo. Blaine se sienta y su lado lo hace Kurt. Los tres se quedan en silencio; sólo se puede escuchar la jadeante respiración de Otto. Después, Blaine saca un sobre blanco del bolsillo interior de su chaqueta, lo rompe con cuidado y respira profundamente preparándose para leer.
Querido Blaine:
Hijo mío, si estás leyendo esto es porque por fin he partido de este mundo para encontrarme con tu abuela en un lugar mejor. Estas líneas te las he escrito justo después de salir de un conato de infarto, tal vez por eso encontrarás en ellas mucha sinceridad. He pensado tanto en qué decirte, hijo, pero las palabras siempre se me quedaban atascadas en la cabeza. Sin embargo, ahora siento que puedo hacerlo.
Blaine, muchacho, quiero que tengas siempre presente que nadie es sabio de nacimiento. Recuerda que el tiempo y la experiencia son las únicas cosas que te pueden enseñar de la vida. No pretendas cargar el mundo sobre tus hombros como es tu costumbre porque eso no te dejará nada bueno. Aprende de los demás, hijo. No pienses que por hablar de algo lo dominas. No se tienen las cosas por hablar de ellas. Lo sabes.
Existen muchas cosas en el mundo que no tienen explicación pero no por ello deja de ser bello y verdadero. Hay quienes te querrán señalar el camino pero sé muy bien que seguirás tu propio destino. Conocerte fue maravilloso, verte crece y compartir conmigo un pedazo de tu vida me hizo muy feliz. Quiero que siempre recuerdes lo orgulloso que estoy de ti porque, a pesar de todo, has sabido sobreponerte a los pequeños dolores de cabeza que te ha dado la vida. Y eso es de ser un gran hombre. Porque sé que tú crecerás para convertirte en eso, en un gran hombre.
Tenles paciencia a tus padres porque en el fondo ellos son buenos y algún día lograran entender que, en la vida, el dinero es sólo una mera garantía de supervivencia pero no de amor o cariño. Hijo, busca ser amado pero sobre todo amar. El saber amar nos hace más humanos.
Blaine, te quiero, te admiro, te respeto y siempre serás una parte de mí como yo lo seré de ti. Este no es un adiós, es un nos veremos.
Blaine termina de leer la carta y cierra los ojos llorando. Kurt lo abraza mientras Dave le toma de la mano.
