Lyra había omitido a Roger los pormenores de su primer encuentro con Tom. No le había contado que, en el instante posterior a la consumación de su venganza, le había parecido que la temperatura de la biblioteca del orfanato bajaba drásticamente. Tampoco le había hablado del gran esfuerzo que tuvo que hacer por no girarse ni echar a correr; darle la espalda a ese niño tan raro no era muy diferente de hacerlo con un león.

La temible bestia hacía acto de aparición en el borrador de un capítulo de la novela que estaba escribiendo, Las peligrosas y sobrenaturales aventuras de la extraordinaria Adela. En el momento climático, esta se abalanzaba sobre su protagonista, la bella e intrépida Adela, que acababa dejándolo fuera de juego con un impresionante golpe de bastón. Era una aventura corta, que por su naturaleza episódica tenía que ver más bien poco con la línea argumental de la novela, que Lyra no había decidido todavía. De la misma manera, nunca esperó verse las caras con Tom.

Agarró su paraguas y lo enarboló en posición defensiva. Al momento, en lo que pareció una momentánea respuesta a su invitación a las armas, la puerta de su habitación se abrió de par en par y Lyra amagó una estocada. El intruso no era tal, ya que Roger, en calidad de amigo, gozaba del privilegio de la libre entrada a sus aposentos, lo que en más de una ocasión le había valido de un susto. Lyra detuvo el florete a medio palmo de su cabeza. Para su sorpresa, el joven pinche logró mantener el equilibrio de la bandeja. El recién llegado lo había curado de todo espanto.

—Deduzco que te lo has encontrado por el camino.

Lyra le quitó la bandeja de las manos del joven pinche que, por lo que pudo observar, temblaban. Roger asintió con aire ausente.

—Tranquilo, hablaré con mi padre.

—Eso quería comentarte —dijo Roger, tomando asiento a los pies de la cama—. No quiero que digas nada.

—¿Y eso?

Lyra se recostó en su cama con la bandeja en el regazo, cogió un muslo de pollo por el hueso y le hincó el diente, arrancando parte de la piel tostada, con la que se entretuvo succionando la grasa. Examinó brevemente el perfil de su amigó, más larga y examunativs de la que. Pensó usarla en las acotaciones

—Simplemente prefiero que no le digas nada.

—Roger, uno no puede huir de lo que teme eternamente.

Lyra se reclinó en el cabecero para comer mejor. Al hacerlo, las suelas de sus zapatos ensuciaron las sábanas y pensó que los restos de fango reseco le daban un toque artístico, como aquellas pinturas vanguardistas.

—¿Y tú le tienes miedo? —se atrevió a preguntar Roger, con una tímida sonrisa de disculpa—. Lo has estado evitando todo el día, ¿no?

—¡Porque no soy falsa! —replicó Lyra, inclinándose tan bruscamente que acabó derramando parte de la guarnición de patatas a lo pobre—. Es una simple cuestión de principios; no va conmigo eso de confraternizar con el enemigo. ¿Qué clase de amiga sería si compartiera mesa con el que tanto tormento ha causado a mi mejor amigo?

—Serías siendo mi mejor amiga de todas formas. No me lo tomaría a mal, en serio.

—Además, no será por mucho tiempo. Supongo que por ser su primer día le estará dando un trato especial.

Lyra se desperezó ruidosamente y descansó la nuca en el cabecero acolchado. Estaba a punto de comentar las ideas recientes que se le habían ocurrido para sus escritos cuando Roger se levantó de improviso.

—Será mejor que me vaya —anunció, espolsando restos de patata de sus pantalones con rostro ceñudo—. Me requieren en la cocina. Luego pasaré a recoger el plato.

Podría haberse escaqueado si hubiera querido, aduciendo que la futura heredera de la mansión del señor Longslade lo había entretenido con sus increíbles ocurrencias, como tantas otras veces había hecho alegremente. Estaba claro que usaba cualquier pretexto para ocultarse de Tom; la premura con la que salía, obviando cerrar la puerta a su paso, y el hecho de que podría haberse llevado el plato consigo si hubiera esperado un minuto más, lo dejaban en evidencia. Lyra lo vio alejarse por el pasillo con apuro, mirando en derredor cada vez que cruzaba una intersección, y se preguntó qué sería estar en su pellejo. Ciertamente molesto, pero no veía por qué había que andarse con tanta cautela.

Su caso era distinto. No estaba reclusa en su habitación, ni se había batido en retirada ante la proximidad de una amenaza porque, para empezar, no consideraba a Tom como tal. Su llegada había venido acompañada de unos nervios similares a los que experimentaba el día anterior a la vuelta al clases. En su caso, una incertidumbre infundada y destinada a perdurar, en vista de lo rápido que se había ganado el respeto de sus compañeros.

Pensando en frío, la situación actual jugaba a su favor. En un ardid inesperado del destino, el león, al que había creído relegado al papel de villano ocasional, había tenido la osadía de volver, pero ahora se encontraba en un hábitat desconocido a merced de peligros insospechados.

Asestó varios mandobles al aire, envalentonándose ante un enemigo invisible. Llegado el momento, si se viera obligada a utilizar el florete o algo más afilado, no dudaría en ensartarlo entre las cejas del nuevo huésped, poniendo fin a sus crueles maquinaciones. Lo peor que podía pasar es que acabara en la cárcel, donde sin duda haría migas con los más peligrosos y brillantes delincuentes, con los que planearía el más ingenioso plan de fuga.

—Lyra, querida, ¿estás presentable?

Lyra bajó el florete.

—Sí, papá.

El viejo señor Longslade entró a la habitación. Cualquier persona acostumbrada a verlo en su día a día con trajes grises y marrones en tonalidades varias, sin más ornamento ni concesión a la moda que los patrones geométricos regulares que se estilaban, habría tenido dificultades para a reconocer la pintoresco caballero en el que se transformaba de noche. Llevaba puesto un batín de seda escarlata con ribetes de plata y bordados de garzas y pájaros del paraíso, a juego con unos escarpines verdes.

—Tom está durmiendo.

Lo anuncio como quien avisa a otro de que ha dejado pasar una gran oportunidad. Lyra frunció el ceño. Si esperaba que le diera las buenas noches, lo tenía claro.

Estará cansado de tanto parlotear —dijo con rencor indisimulado.

Por lo que había averiguado de Teresa, quien solía ocuparse de servir los platos de la cena, en el comedor se respiraba un clima de concordia y espontaneidad, con halagos de por medio. El tipo de clima que precede a un intento de asesinato por envenenamiento.

—Es un chico bien versado en los temas más inesperados. Un triunfo de las misiones pedagógicas, si me preguntas. Estoy seguro de que te caerá bien. Si le das la oportunidad, puede que incluso se convierta en un gran amigo.

—Roger es mi amigo.

—Desde luego —convino su padre—. Roger es tu mejor amigo y siempre estará ahí. Pero como toda adolescente en ciernes, estoy seguro de que te beneficiarían amistades más variadas y sospecho que Tom podría saciar esa parte que

—Lo dudo.

Lyra se cruzó de brazos. Su padre arrugó el ceño y se ajustó las gafas de lectura igual que hacía cuando cada vez que detectaba un desperfecto en la encuadernacióm de un libro.

—¿Te ocurre algo, hija?

Lyra sacudió la cabeza, haciendo revolotear sus tirabuzones deshechos. Hubiera querido retroceder al instante previo en el que parecía sacudirse los pensamientos desagradables a golpe de estilete. Adela, su alter ego literario, habría salido de cualquier entuerto a base de coraje y sentido del humor, y ella no iba a ser menos. Antes pasaba del llanto a la alegría con la misma rapidez con la que pasaba de un pensamiento a otro, pero ahora su mente era como una ruleta que siempre se atascaba en la casilla de la ira.

El señor Longslade se acercó a Lyra, guardando una distancia prudencial con el florete.

—Se que piensas que debería haberte consultado. No ha sido bueno por mi parte.

Lyra lo miró de reojo, esbozando una sonrisa complacida. A diferencia de los padres de las demás chicas que conocía, que no admitirían una falta en su afán de mantener su autoridad, el suyo no había perdido la costumbre de entonar el mea culpa.

La ruleta pareció girar con más facilidad.

—No pasa nada, papá —enganchó la punta del estilete en la alfombra y apoyó ambas manos en el mango. Descansando la barbilla en el dorso de la mano, ideo una rápida justificación a su extraño comportamiento—. No se qué me pasa últimamente. Intento escribir, pero no me sale nada.

No era del todo una mentira, pues llevaba días progresando en su novela a un ritmo menor de lo esperado. Lo achacaba al calor.

Los ojos acuosos del bibliotecario, cuya profesión frustrada había sido escritor, se iluminaron con comprensión. Cuando respondió, sonó como un médico que diagnóstica una enfermedad molesta pero curable:

—Un bloqueo de escritor. No pasa nada, raro es el escritor que no sufre de ese mal. Y aún más raro es el que no se automedica para ponerle remedio.

—Quizá debería probar a tomar vino —dejó caer Lyra con aire agorero.

Lyra suspiró con aire derrotado y se encogió de hombros. A veces le gustaba fingir que era una niña más vulnerable de lo que era. No tenía en mente consumir nada que no fuera la obligada dosis de reafirmación paterna por embarcarse en la dura tarea de escribir una novela.

Su padre se echó a reír.

—No quiero inducirte a la mala vida, a la que indefectiblemente aparece estar condenado cualquier artista de nuestro tiempo. El que tiene talento innato, no precisa de tales artimañas para alcanzar un estado excepcional del espíritu.

Lyra asintió cabizbaja.

Tras un instante de vacilación, el señor Longslade se deslizó en el borde de su cama y posó una ensortijada mano en su hombro.

—En mi humilde experiencia, lo mejor que puede hacer un escritor que se encuentra atascado con su obra es dejarla reposar. Toma un poco el aire, come algo delicioso, bebe…

—No necesito tomar nada para escribir —replicó Lyra en un delator arranque de orgullo.

—Interesante punto de vista. Algunos han creado hermosas obras tras un periodo de de privación sensorial en del desierto. Otros, tras días de ayuno alcanzan una inspiración sin igual. En mi opinión, si se combina el ayuno con bebidas espirituosas…

—¡No voy a beber nada! Eso es hacer trampa.

—Claro, cariño, estaba divagando. Veamos que podrías hacer para invocar a las musas.

Lyra se arrepintió de darle coba, porque en su afán de buscar la mejor manera de atraer a las musas acabo hablando de su pasión por el interiorismo. El problema no haber tabús en sus charlas paterno filiales era que a menudo surgían temas que le traían sin cuidado. Para cuando se puso a hablar largo y tendido de su recién descubierta fascinación por cierto estilo de decoración popularizado por las clases altas de la China anterior a la república, Lyra ya había dejado de prestar atención . De pequeña solía hacerse la dormida para que su padre simplemente cerrara la boca y la arropara como a una niña cualquiera. Ahora que caía en la cuenta, hacía mucho que no entraba a su habitación para desearle las buenas noches. Lo achacó a la misma razón por la que a menudo se tomaba la libertad de comprarle vestidos que no había pedido o mencionaba lo respetable que era la profesión de bibliotecaria a ojos del mundo moderno. Puede que tal vez hablara de interiorismo por considerarlo un tema de atención apropiado para la señorita en la que estaba abocada a convertirse.

Obedeciendo a un impulso infantil, Lyra deslizó la embarrada suela de su zapato en las sábanas deshechas.

—Puedo llamar a las lavanderas para que retiren las sábanas sucias —sugirió su padre—. Va a quedar como el vestido, hecho una lástima.

—¡Ni hablar! —exclamó Lyra con la indignación de quién ha realizado un descubrimiento único e incomorendido—. De hecho, les he pedido que no froten muy fuerte con los cepillos cuando laven el vestido. El efecto es interesante, ¿no crees?

—Interesante desde luego, aunque no es de mi agrado.

—El barro está muy poco valorado.

—No tengo nada en particular contra el barro. Como soporte documental es fascinante. Si nos remontamos a la antigua Mesoponamia, las tablas cuneiformes conformaron las bibliotecas más antiguas…

Lyra dio por terminada la conversación con un bostezo prolongado que no fue preciso fingir. Despidió a su padre, garantizando que la encontraría en el comedor a la hora del desayuno, bien vestida y con la mejor de las disposiciones.

A la mañana siguiente se presentó en el comedor tarde y en camisón, pero su humor era tan buena como lo prometido, si acaso mejor. Puede que la noche anterior hubiera sido presa de los nervios típicos del día anterior a las clases, pero hoy estaba de un humor más afín al comienzo de las mismas, caracterizado por una apertura curiosa a la novedad y a los retos que esta acompaña.

—Lyra, querida, ya casi habíamos terminado —se lamentó su padre al verla entrar.

—Ya sabes que como rápido —dijo, sentándose casualmente la lado de Tom.

Tom la saludó con una cortesía. Una cortesía perfectamente medida para que su padre pasara por alto la nota de frialdad que acompañaba la mención de su nombre.

Estaba peinado con la raya al lado, sin un solo de sus pelos negros y finos fuera de lugar. Llevaba puesta una camisa gris, tirantes y pantalones largos inadecuados para un día tan caluroso como aquel. Lyra contuvo una risita. Le recordaba a uno de esos muñecos repipis del siglo pasado.

Cogió la bandeja de dulces y se sirvió una napolitana de chocolate, un par de bollitos rellenos de crema y un buen manojo de galletas de vainilla. Su padre le recordó los beneficios nutricionales de la fruta frente a los azúcares añadidos, que decidió ignorar como de costumbre. Tom, por su parte, llenó su cuenco con granada.

—Los dulces son mi perdición —admitió con un deje culposo—. Sin embargo, cuando se tiene una fruta tan excepcional, resulta fácil prescindir de otros placeres más insolubres.

Lyra soltó una risita por lo bajo. Era la manera más pomposa que había oído de decir: soy un niño y me gustan lo dulce. Se preguntó si lo pensado, y concluyó que sí. Era un verdadero muñeco, al que solo había que darle un poco cuerda para que te entretuviera con sandeces programadas.

La miro de refilón mientras se limpiaba una mancha invisible de la boca. La servilleta que colgaba del cuello de su camisa estaba inmaculada.

El señor Longslade apremió a Tom que probara más dulces, y lo entretuvo con anécdotas acerca del origen e historia de cada comida como si estuviera en un museo gastronómico.

—Eso es una Berlina de crema croata, a la que he dado mi toque personal con mermelada de naranja valenciana. Mi favorito son esos pastelitos de crema portugueses, cuya receta solo conocían unos afortunados, entre los que me encuentro.

Lyra ya conocía todas esas aburridas anécdotas, así que se entretuvo mirando a Tom sin el menor disimulo. Nunca comía ni bebía cuando su padre tomaba la palabra, y solo formulaba sus aduladoras preguntas tras asegurarse de que esté tuviese la boca desalojada. El contenida de su plato permanecía siempre dentro de la concavidad. Nunca hacia ruido al masticar, sorbía en silencio, sus bocados eran exiguos pero constantes, y cualquiera que lo hubiese mirado sin fijarse mucho habría concluido erróneamente que comía muy poco. No se limpiaba el sudor, como hacia ella o su padre al final de cada comida, pues su piel no parecía transpirar.

En cierto modo, Tom era como Sally o Myrtle, dos chicas tontas de su clase que fingían tener unos años más de los que tenían. La diferencia era que ellas parecían encantadas de formar parte de un mundo de falsedad y apariencias. El disfraz de Tom era más convincente, pero lo que dejaban entrever sus costuras era monstruosa.

—Es de mala educacion manifestarlo, pero no puedo esperar a la hora de la comida.

—Te gustará saber que habrá ostras, muchacho. ¿Las has probado?

—No, señor.

—Bueno, la curioso de las ostras es que hay que comerlas vivas. También he de advertirte de una sustancia verdosa que algunos como mi hija confundirían con heces.

—¡Es caca! —exclamó Lyra.

—Pseudoheces—corrigió su padre, espolsándose azúcar de su chaleco —. Pero no te preocupes. Nuestro estómago elimina casi todos los patógenos extraños.

Tom abrió la boca para responder, pero Lyra lo cortó:

—No creo que Tom esté preocupado por eso, papa. Quizá hasta haya probado la caca.

La mano de Tom que sujetaba el cuchillo se tensó. Lyra aferró con fuerza su tenedor, pero lo que deseó tener en su mano era su pluma de escribir.

El miedo que sentía era algo novedoso y excitante.