En la vida, al contrario que en el ajedrez, el juego continúa después del jaque mate.
Isaac Asimov
—Santana, no tienes por qué hacer esto. —Ella mira hacia la casa que una vez fue su hogar y, simplemente, eleva una de sus cejas.
—Es mi dinero, Dave. Él ha estado metiendo dinero en ese fondo desde que nací y me lo tiene que dar. —No quiero que haga esto. Algo me dice que va a salir muy lastimada.
—Mi papá te dijo que él se haría cargo de todo. —Hay un momento de silencio en el que Santana me mira con sus profundos ojos negros. —Él te quiere como a una hija y si supiera dónde estamos no le gustaría nada.
Papá había tenido un encuentro bastante desagradable con el doctor López justo después de que Santana llegara a nuestra casa. El papá de Santana le había dicho que no quería saber nada de ella, que si quería ser una marginada por él no había ningún problema pero que no se lo restregara por la cara. Esas palabras, esas precisas palabras, hicieron que mi estomago se revolviera. Para el doctor López su hija estaba muerta, se lo dejó muy claro a mi viejo. Santana no sabe nada de esa conversación porque cuando ella quiso hablar con sus padres se encontró con que se habían cambiado de número de teléfono.
—No es justo que tu padre pague algo que el mío debe cubrir. ¿Sabes? Lesbiana o no, soy su hija y estoy aquí porque mamá y él follaron para traerme al mundo. Está muy trillado, muy de adolescente suicida, pero no hay nada más cierto: yo no les pedí venir al mundo. Puede pensar que estoy muerta, quitarme su apellido y escupir en mi tumba, pero aun así sigo siendo su hija y ese dinero es mío.
—Santana… —Sin más, baja de mi camioneta para tocar a la puerta de su antigua casa.
Lo había planeado todo; el cumpleaños de su padre siempre había sido la fecha más indicada para dar sorpresas y ese día no iba a ser una excepción. Cuando Tere, la mucama, la ve, no sabe qué hacer. La hace pasar al vestíbulo. Santana escucha la estúpida música de jazz que le gusta a su padre y las risas que llegan desde el jardín trasero. Cinco minutos después, el doctor Rafael López hace acto de presencia.
—¿Qué haces aquí?
El cuerpo de su padre está rígido y su rostro, enfurecido. Su padre jamás le ha levantado la mano. No, su padre sabe que las palabras hieren más que cualquier golpe y posee una lengua muy afilada que ella ha heredado. Ésta es la oportunidad de Santana para medir fuerzas con él.
—Mi fondo universitario. —Santana habla firme. Su mirada no se desvía de la de su padre y eso provoca que Rafael López haga una mueca que ella conoce muy bien, una que le dice lo molesto que está, y Santana está segura que nunca ha visto a su padre tan molesto.
—¿Qué te hace pensar que te voy a dar algo a ti? Te dije que ya no eras mi hija. Ahora puedes vivir de la limosna que te dan los Karofsky. Sabes bien que a mí no me importa el qué dirán, digo, por si te ven trabajando como cajera en algún lugar de comida rápida y vendiendo los recuerdos que aún te quedan de haber vivido en esta casa.
Santana suspira profundamente.
—Benzodiazepinas. —Los ojos de su padre se ensancharan y Santana suprime la sonrisa de burla. —Creo que era diazepam. ¿O lorazepam? —Su padre contrae la mandíbula. —Siempre los confundo. Lo único que sé es que son ansiolíticos. Y creo que la comunidad médica de Lima estará muy interesada en saber que uno de sus más brillantes cirujanos usa ese tipo de medicamentos para operar porque resulta que es un adicto.
—No tienes pruebas. —Santana sonríe esta vez.
—¿En serio? ¿Estás al cien por cien seguro de eso? —Se regodea un poco al ver cómo su padre traga saliva. —Dices que no soy tu hija y, ¿sabes?, me encantaría poder decirlo yo también, poder decir que soy una Karofsky. Pero no, soy tú hija, y gran parte de cómo eres está en mi código genético. —Rafael López solamente la mira pero Santana sabe que ha sembrado la duda en él. Se acerca a su padre y le pone una pequeña hoja de papel en el bolsillo derecho de la chaqueta. —Tienes una semana para decidirte. Quiero el dinero depositado en este número de cuenta. Y, por favor, dale mis cariños a mami.
Santana sale de su antigua casa con una sonrisa que se acrecienta cuando ve a Dave en su coche con el ceño fruncido y hablando por el móvil seguramente con su padre para decirle donde están. Acercarse a Dave Karofsky ha sido una de las mejores cosas que Santana ha hecho en toda su vida. Y eso a pesar de que no lo hizo desinteresadamente; cuando habló con él fue esperando que le ayudara a resolver sus dudas. Y así fue. Santana logró salir de su encierro al ver la lucha de Dave por tener lo que ama. Ahora, en el fondo de su mezquino corazón, Santana quiere a Dave como a un hermano y a los Karofsky en general como la familia que siempre quiso pero que nunca se atrevió a imaginar.
Camina hasta la camioneta y sonríe a Dave tranquilizadoramente. Él corta la llamada de inmediato y le lanza una mirada evaluadora.
—¿Estás bien? —Santana asiente.
—Creo que sí. Por lo menos estoy entera. —Dave sonríe sin querer.
—¿Quieres ir a cenar, al cine o a algún otro lugar? —Santana sube al asiento del copiloto, enciende la radio y su sonrisa se vuelve maligna.
—¿No se enojarán tus chicos si sales con otra persona más? —Dave se sonroja pero no deja de sonreír.
—Es evidente que los celos no son parte de lo nuestro. —Santana asiente de nuevo.
—¿Seguro? —Ella espera que Dave se sonroje aún más pero nota algo raro en los ojos verdes de su amigo y la sonrisa vacila. —¿Qué ha pasado? —Dave arranca el coche y avanza sin saber adónde ir.
—Hay algo que necesito contarte. —El tono, la seriedad… Santana sabe que algo anda muy mal o que se pondrá así.
Paul intenta sonreír pero está nervioso. Jake, el hijo de Nora, lo observa desde el sillón de la sala. Nora Doe vive en un departamento modesto pero no por ello menos reluciente que la casa de los Karofsky. De hecho, Paul extrañamente siente el ambiente cálido y afectuoso a pesar de que en ese momento Jake es de todo menos cariñoso con él.
—Así que, ¿cuál es su edad? —Nora casi deja caer la taza de café que trae para Paul al escuchar la pregunta de su hijo.
—¡Jake! —Paul sonríe tranquilizador. Sabe que Jake sólo quiere proteger a su madre. Ellos dos han estado solos desde siempre; el padre de Jake no había hecho nada por ellos desde que supo que Nora estaba embarazada.
—Está bien. —Nora se sienta al lado de Paul mirando a Jake con el ceño fruncido.
—Tengo cuarenta y ocho años.
—Diez años más que mamá. —Los ojos de Nora casi se salen de sus cuencas pero Paul le da un ligero apretón en el antebrazo para tranquilizarla. —Sé que mamá probablemente me mate después de esto pero necesito saberlo. ¿Por qué ella? ¿Por qué no alguien de propio su círculo? —Paul siente una pequeña punzada al escuchar a Jake hablando así. Siempre se le ha hecho particularmente cruel que un niño deje su infancia de lado por los problemas de los adultos.
—Bueno, Jake, yo no soy una persona que salga mucho, sólo me dedico a mi trabajo y a mis hijos. Además, tu madre tiene una chispa de vida que no encontraré en nadie más. Y eso es más importante que cualquier estúpido círculo o rombo. —Jake sonríe y eso tranquiliza por fin a Paul.
Hay un breve silencio que Paul aprovecha para mirar a Nora y luego beber algo de café. Espera que las cosas salgan bien, espera conocerla más, ver si esa chispa puede crecer. Pero lo primero era eso, conocer a Jake y hacerle ver que le está pidiendo permiso para entrar en su familia sin más intención que sumar.
—Tu hijo mayor es gay, ¿cierto? —Paul se tensa de inmediato ante la mención de Dave. Eso no se lo esperaba y, por la reacción de Nora, ella tampoco lo veía venir.
—Sí. ¿Tienes algún problema con eso?
—No. Particularmente creo que las personas que tienen problemas con eso son unos idiotas. Gay, bi, hetero… Da igual, ¿no? Digo, mientras encuentren la felicidad, let it be.
Paul mentiría si dijera que oír eso no ha sido un gran alivio. Jake ha respondido de una forma muy buena y a Paul le recuerda a Cristi y sus teorías sobre ser feliz. Ella le había dicho ve a por todas, papá. Aunque a Paul le preocupa la actitud que Cristi tiene con su madre. No habla de ella, no quiere que se hable de ella en casa y su mirada se llena de odio cada vez que su madre sale a relucir.
—Gracias por tomarme en cuenta, Paul. Espero que lo de ustedes se logre. Me encantaría verte feliz, mamá. —Jake le da un fuerte apretón de manos a Paul y se despide de su mamá con un beso antes de irse a su habitación.
—Discúlpalo, por favor, Paul. Por lo regular Jake es un chico muy dulce. —Paul deja su taza sobre la mesita de centro y toma las manos de Nora entre las suyas.
—Es un chico muy dulce que se preocupa por su madre y eso habla muy bien de él. —Nora se sonroja. —Además, no debe ser sencillo para un chico de su edad comprender que su madre quiere tener una relación amorosa con un tío divorciado, diez años mayor que ella, con bastantes kilos de más y dos hijos. —Nora ríe mientras acaricia con los pulgares las manos de Paul.
—Un tío que es un gran padre, al que los años le han sentado de maravilla, con no tantos kilos de más como cree pero que se podrían solucionar con una buena dieta. Y algo me dice que tiene a la persona indicada para ayudarle.
—¿Dieta? No lo creo. ¿Cómo podría perderme el asado tan delicioso que preparas?
—Nora se sonroja de nuevo y Paul besa sus manos. —¿Quieres ir a cenar, o al cine, o al cine y a cenar? —Una parte de Paul creía que ya no podría volver a cortejar a una dama. Sin embargo, ahí está de nuevo y no se arrepiente de haber decidido a seguir.
El coche de Azimio se detiene frente a la iglesia.
—¿Estás segura de esto? No debería dejarte ir sola. Si algo te pasa tu papá va usar mis pelotas de saco de boxeo.
—No seas exagerado, Az. Además esto es necesario; esa mujer me tiene que escuchar. —Azimio niega firmemente con la cabeza.
—Esa mujer es tu madre, Cristi, y no creo que venir a hostigarla a su lugar de trabajo sea bueno.
—Ella no trabaja aquí, Az. —El desprecio con el que Cristi ha dicho esas palabras hace que Azimio sienta unas ganas enormes de abrazar a Cristi y decirle que un sentimiento tan horrible como ése no puede caber en ella. —Ella sólo viene a purificar su alma, a limpiarse de los pecados de sus hijos y a ser una pequeña mojigata estúpida.
Azimio toma tentativamente la mano izquierda de Cristi entre las suyas. A los dieciséis años, Cristi es un roble, una roca casi impenetrable de sentimientos fuertes tanto positivos como negativos. Y Azimio la ha amado tanto tiempo…
Cristi debía de tener ocho años cuando la vio por primera vez: el pelo castaño cayendo en forma de hermoso rizos sobre sus hombros, una sonrisa esperanzadora y esos grandes ojos verdes. A sus diez años Azimio creyó que era un ángel. Ahora sabe que Cristina Karofsky es de verdad un ángel que puede proteger o exterminar con una de sus miradas. El amor que Azimio le profesa es puramente platónico, sabe que jamás tendrá una oportunidad con ella, y él es feliz viéndola feliz con un tipo que encaja con lo hermosa que es Cristina.
—Bien, voy a entrar. —Azimio suelta la mano de Cristi y asiente.
—¿Sabes que si algo te pasa tu papá y Dave van a querer despellejarme vivo? —Cristi sonríe y baja del coche sin decir nada más.
Cristi camina con paso firme hacia la iglesia. Su madre debe estar ahí confesándose o participando en alguna clase de obra benéfica hipócrita para calmar su conciencia, si es que la tiene. Para Dave siempre ha sido difícil separar a la madre que tuvieron de niños de esta nueva madre que se alejó de ellos cuando empezó a notar que son personas independientes pero Cristi tiene muy clara esa diferencia; está marcada en su cabeza como si hubiese sido hecha con un hierro al rojo vivo. Cuando aún vivían juntos, antes de que Dave saliera del armario y recuperara la felicidad, Cristi notaba como lo miraba su madre. Ella lo supo desde siempre y, antes de que Dave lo dijera, ya lo odiaba.
Cristi entra a la iglesia. El servicio está por terminar. Mira entre los bancos y la encuentra golpeándose el pecho con una biblia en la mano. Espera paciente a que la misa acabe para acercarse a su madre, que habla con el cura.
—¿Cristina? Hija, como has crecido. —El padre Merrin se acerca a ella para saludarla afectuosamente mientras su madre la mira sin decir nada.
—Buenas noches, padre. —El hombre nota la tensión entre las dos mujeres y tose un poco.
—Imagino que ustedes tienen cosas de qué hablar. ¿Por qué no pasan a mi despacho? —El padre abre una pequeña puerta de madera.
Antes de que Cristina entre, el padre Merrin la sujeta del hombro derecho con gentileza. Cristi conoce muy bien al padre Merrin y no tiene nada en su contra; hace bien su trabajo. La única loca es su madre, que lleva al extremo sus enseñanzas.
—Siempre es bueno entender y perdonar, hija. —Cristi asiente.
—Lo sé. Dígaselo a ella cuando terminemos de hablar. —Entra y ve a su madre que la mira expectante.
—¿Cómo has estado, hija?
—Ésta no es una visita social, madre. Quiero que dejes de molestar a mi papá con tus tonterías de mandar a Dave a una universidad en el extranjero.
—Cristina, tú no sabes… No puedes meterte en…
—¡Basta ya, madre! ¿De verdad crees que es piadoso lo que haces? ¿En ninguna parte de ese libro que con tanto cariño cargas dice que es pecado que una madre no quiera a sus hijos? Porque tú no quieres a Dave. Lo has humillado y has despreciado a tu familia por tus estúpidas creencias. ¿Crees que Dios quiere eso? ¿Ese Dios en el que tú crees es así de cruel? —Su madre enrojece de pura furia.
—¡No blasfemes, muchachita!
—¿Y sino qué, mamá? ¿Vas a golpearme? ¿Vas a hacer que me excomulguen? Yo no creo en ese Dios al que tú profesas tanto amor. —Quizá sea el shock que le ha causado semejante declaración porque su mamá no dice nada. —No puedo creer en un Dios castigador, en un Dios que odia a personas que son buenas simplemente porque se enamoran de otras de su mismo sexo. Tu Dios habla del perdón pero jamás podré perdonarte que por tu culpa nuestra familia se destrozara. Creo en algo más allá de nosotros que nos pone en el camino que debemos seguir para lograr la felicidad. Y conseguir eso sólo depende de nosotros mismos. Así que, si todavía tienes algo de amor por tu sangre, aléjate de nosotros para siempre.
—Hija, yo los amo y quiero… —La suavidad en las palabras de su madre descolocan un poco a Cristina pero no se detiene.
—Ver infeliz a tu hijo, casado con una linda mujercita a la que le hará el amor borracho y con los ojos cerrados para imaginar que es un hombre. Que Dave tenga hijos y que durante las noches salga a buscar aventuras con tal de mantener la farsa. —Los ojos de su madre se desenfocan. —¿Sabes? Agradezco que te casases con papá; es un gran hombre. Jamás entenderás nada más allá de lo que te enseñaron. ¡Qué horrible mundo el tuyo, teñido de gris!
Cristi sale del minúsculo despacho sin escuchar ni una palabra de su madre. En el fondo sabe que esa será la última vez que sabrán de ella en mucho tiempo. Eso parte su corazón pero sabe que tiene que ser fuerte y olvidar lo que ha sucedido pronto porque no quiere que ni su padre ni Dave se enteren de ese encuentro.
Sube al auto de Azimio y, de pronto, siente unas enormes ganas de llorar. Recuerda a su madre contándole cuentos y yendo a su habitación en las noches de tormenta. Recuerda el chocolate caliente en el invierno y esa cálida mirada que le daba cuando hacia algo bien. Un grueso brazo la rodea por los hombros y ella termina apoyando el rostro sobre el pecho de Azimio, que arranca el coche y comienza a conducir. Cristi no sabe cómo pero Azimio logra manejar sin que ella se despegue de su pecho.
En pocos minutos están en un vecindario conocido para ella. Azimio se detiene frente a pequeño complejo de departamentos y pocos segundos después Sam aparece para hacerla bajar del coche. Cristina se aferra a Sam como si no hubiera mañana. Azimio observa todo desde su asiento. Aún puede sentir su camiseta empapada por las lágrimas de Cristina. Sabe que ha hecho bien en traerla a casa de Sam; ella lo necesita ahora más que nunca.
—Gracias por traerla, man. —Azimio asiente.
—Cuando quieras. Yo tengo que irme; si necesitan que más tarde venga sólo tienen que llamarme. —Cristina se suelta de Sam y le da un beso en la mejilla a Azimio.
—Gracias por todo, Az.
—Cuando quieras. —Azimio se va y mira satisfecho por el retrovisor como Sam logra hacer sonreír a Cristina.
Intento respirar tranquilo frente a la puerta de los Hummel-Hudson. Papá está a mi lado y me sonríe con serenidad. Kurt me dijo que no tenía por qué hacer esto, que su padre debía entender que él se iría tarde o temprano y que tomaría sus elecciones basándose en lo él mismo le enseño, pero para mí es importante demostrarle al señor Hummel que mis intenciones son las mejores. Además, no quiero que Burt Hummel me siga con su escopeta cuando se entere que Kurt, Blaine y yo viviremos juntos en Nueva York. Kurt y yo pretendíamos decirle todo sobre lo nuestro pero Blaine se negó. Sigue diciéndonos que no está listo para dar explicaciones pero nosotros estamos seguros de querer luchar por lo que tenemos los tres. Blaine en ocasiones puede tener tantos contrastes.
—¿Listo? —Asiento cuando papá palmea mi espalda.
La puerta se abre y Carol nos recibe con una inmensa sonrisa que me tranquiliza. El señor Hummel y mi viejo se saludan con gusto. Papá me dijo que no hablaría por mí, que esto era entre el señor Hummel y yo. Él sólo me acompaña como apoyo moral y para que Burt Hummel no me haga pedazos cuando se entere de que quiero vivir con Kurt en un departamento y no en el campus de la universidad.
—Señor Hummel, ¿puedo hablar con usted en privado? —El señor Hummel me mira y luego asiente. Debo verme muy raro por la seriedad con la que le hablo.
—Claro, vamos al jardín.
Camino firme hasta el jardín. Saber que Kurt no está me ayuda. No me gustaría que nos viera si se produce algún malentendido. Blaine sugirió un día de compras y yo de inmediato dije que sí. En caso de que Burt Hummel me descuartice no quiero que Bonito y Encantador recojan mis pedazos.
—¿Pasa algo, Dave? —Vamos, eres ala derecha, ex matón y tienes dos increíbles chicos sexys contigo. ¡Tienes los cojones para enfrentarte a esto!
—Señor Hummel, antes de conocer a Kurt y Blaine mi vida era muy distinta. Tenía miedo de mí y ellos… Bueno, son espectaculares. He aprendido mucho de ellos, de Kurt en especial, sobre todo a saber que las personas podemos perdonar pero, sobre todo, olvidar. Él me dio otra oportunidad y me ha hecho infinitamente feliz.
—El señor Hummel asiente sin decirme nada. Llegó el momento. —Ahora, los tres nos vamos a Nueva York y yo quisiera… Papá decidió que podía tener mi propio lugar allí y me encantaría que Kurt viniera conmigo. —La cara del señor Hummel se enrojece y no creo que sea de vergüenza.
—¿Quieres vivir con mi hijo en Nueva York? —La voz del señor Hummel es estrangulada y se le marcan las venas del cuello.
—No, bueno, sí. Pero no es lo que parece. Mire, sé que vivir allí no es fácil para muchas personas. Papá y yo pensamos que Kurt no tendría por qué dormir en el campus ni pagar una renta en cualquier otro lugar. Ustedes no contaban con que Finn se iría a Cordell, eso es un gasto más, y…
—No necesito ayuda para pagar la educación de mis hijos. —Ok, ahora sí me que me preocupa que el señor Hummel pueda tener un infarto.
—No quise decir eso, señor Hummel. Sólo que Nueva York es una ciudad enorme y él estará en un lugar que podrá llamar hogar. Tendrá su propia habitación. —Bien, eso ha sido una estupidez. Sólo espero que Carol haya escondido muy bien la escopeta.
—Claro que tendrá su propia habitación. —Burt me mira unos segundos, frunce el ceño y luego suspira furiosamente. —Bien, no soy idiota. Sé lo que ustedes hacen juntos y no me voy a meter en detalles sobre eso. —Burt niega y luego suspira de nuevo. —Mi hijo no tiene trece años, lo sé, y lo comprendo, pero…
—Lo voy a proteger, señor. Sé que no soy la mejor persona para decir eso pero he cambiado y de alguna manera se lo debo a Kurt, por eso quiero protegerlo. Nueva York no es Lima. Allí no encontrará gente que reaccione con odio hacia él sólo por ser él, pero existen otros peligros y yo quiero protegerlo. Blaine y yo estaremos a su lado en ese departamento. Finn incluso puede ir y quedarse, o Carol y usted.
—Cuando Kurt nació siempre supimos que sería diferente, él brillaba desde los brazos de su madre, y cuando ella murió fue lo único que me mantuvo cuerdo. Siempre quise un mundo mejor para él, y tal vez Nueva York lo sea, pero tengo miedo de dejarlo volar. Y para eso he de que confiar en su ex torturador. —Eso ha dolido. No quiero seguir siendo eso para el señor Hummel. —No me malinterpretes, Dave. Comprendo que estabas confundido y te he perdonado. Tal vez jamás justifique lo que hiciste, creo que ni tú lo haces, pero ya es momento de darle vuelta a la hoja, ¿no? ¿Kurt sabe que estas aquí hablando de esto conmigo?
—No, señor.
—Bien, sólo espero que sea un departamento y no una casa tipo fraternidad eso que tu viejo te ha conseguido porque parece tener más habitaciones que un hotel. —El señor Hummel me da una linda palmada en la espalda y sonríe tímidamente. En realidad el lugar es un departamento amplio con tres habitaciones pero sólo usaremos dos. Ventajas de estar acostumbrados a compartir. ¡Joder! No puedo pensar en eso ahora. —Ahora bien —el señor Hummel me mira como un tigre a un lindo aperitivo—, si le haces daño a mi hijo iré a por tu inmundo trasero hasta Nueva York y no dudaré en pegarte dos tiros con mi escopeta, ¿entendido?
—Más que claro, señor. —No quería que me temblara tanto la voz pero, ¿qué puedo decir?, el señor Hummel impone.
—Bien, me da gusto que nos hayamos puesto de acuerdo con eso. Ahora vamos adentro; necesito una de las margaritas que Carol seguramente debe estar preparando e imagino que tú también.
En cuanto entramos, Carol y papá apagan su animada plática. Carol mira al señor Hummel por un segundo, se levanta y le da un suave beso y una copa con su margarita. Mi viejo inclina la cabeza observándome; asiento y él sonríe. Cuando está por prepararme un trago la puerta principal se abre.
Kurt tiene una sonrisa perfecta en su rostro; un día de compras para él es como un día de campo soleado con arcoíris incluido. Blaine me lanza una significativa mirada y yo quiero besarlo. Últimamente me cuesta mucho ocultarle lo que pasó entre Kurt y yo. No quiero que malinterprete lo que sucedió. Bueno, la verdad es que es fácil de malinterpretar. Pero sólo pensar que Blaine pueda no estar con nosotros me hace estremecer y no de una manera bonita.
—¿Estuvieron bien las compras? —Kurt se acerca a mí y besa mi mejilla.
—De maravilla.
Kurt le muestra feliz a Carol algunas de las cosas que ha comprado. Papá busca sacarle conversación al señor Hummel, algo fácil entre ellos. Blaine se acerca a mí y yo discretamente busco su mano para enlazarla con la mía tras mi espalda.
—¿Cómo ha salido todo? —Los dos miramos hacia la mesa en que se desarrolla la plática pero tengo la necesidad de mirarlo a los ojos cuando se lo diga. Sin que nadie lo note nos vamos al jardín.
Una vez ahí y sabiendo que nadie nos ve lo beso con desesperación, con anhelo. Éste es el principio del resto de nuestras vidas y quiero esforzarme para que sea una vida junto a ellos. Blaine se separa del beso pero yo no aflojo mis brazos, que lo envuelven.
—Imagino que todo ha salido mejor de lo que pensábamos. —Le doy un beso más al que él responde.
—Burt sabe que Kurt vivirá con nosotros. —Blaine sonríe, cuela sus manos por mi camisa y acaricia mi espalda.
—En todo caso sabe que vivirá contigo. Para Burt yo no significo ningún peligro. —Hago un mohín irónico al escucharlo.
—Vale, vale. Pero sólo es porque tú no me has dejado decirle lo demás. Si el señor Hummel lo supiera seguramente te habría dado la misma plática acojonante que me ha dado a mí hace un momento. —Blaine rasguña mi espalda ligeramente haciéndome jadear.
—No, no creo. Él sabe que soy un gran tipo y tú, bueno, eres el gran tipo. —La mención no me gusta.
—¿Importa eso? —Blaine ensancha su sonrisa y acerca su pelvis a la mía.
—No, particularmente no. —Las manos de Blaine se mueven de mi espalda a mi pecho y justo en ese momento me doy cuenta de cómo me mira, de lo mucho que brillan sus ojos, de lo bonita que es su sonrisa cuando le sale del alma y no es sólo por cumplir.
Sin gomina su pelo se ve mejor. Blaine muy pocas veces sonríe de corazón, aunque siempre tenga una sonrisa en el rostro; ésa es una parte de ser Blaine Anderson. Pero sonreír desde lo más profundo de su ser es distinto y no lo hace muy a menudo. Es algo más discreto, sencillo, y que te trasmite la serenidad que Blaine habitualmente maneja. Y justo en este momento Blaine me esta sonriendo con el alma.
Tomo su rostro entre las manos y suprimo el suspiro que tengo clavado en el pecho. Esto es distinto a todo lo que ha pasado en estos meses. Esto, este justo momento, es íntimo y extremadamente complicado. Porque la pregunta sigue en el aire: ¿puede alguien amar a dos personas al mismo tiempo?
—Vamos a vivir juntos —le digo. Hay un brillo en sus ojos que me emociona aún más.
—Lo sé. Dave, yo… No sé cómo decir estas cosas pero… Sabes... Te…
En ese momento la puerta del jardín se abre. Antes de separarnos le doy un breve beso y los dos regresamos al interior de la casa. Sé lo que Blaine ha estado a punto de decir y me provoca muchos sentimientos encontrados, porque creo que yo habría respondido lo mismo. Pero, ¿por qué? Amo a Kurt, lo tengo tan claro como el hecho de que soy un hombre, pero Blaine ha logrado despertar en mí un sentimiento confuso que no sé si está maximizado porque no me siento bien por haberle mentido sobre lo que pasó entre Kurt y yo. Bien, aún tengo los años de universidad para resolver el enigma. No necesito pensar en más que en el ahora, en mi futuro con ellos, en la escuela y en fijarme el siguiente reto en mi vida.
Antes de que papá y yo nos marchemos, Kurt se me acerca muy feliz.
—Mañana tendremos casa para nosotros solos de nuevo, ¿cierto? —Papá tiene una cita con Nora y llegará tarde, si es que llega. Cristi está sobre sus finales y tiene que salir muy bien para que papá siga diciéndole que sí al romance que tiene con Evans.
—Sí, ¿por qué? —Los ojos azules de Kurt brillan con maldad y lujuria; mezcla peligrosa cuando se trata de Kurt Hummel.
—Porque he comprado algo que quiero que vean y que creo que les gustará.
Blaine y yo hemos recibido un mensaje bastante confuso por parte de Kurt. Bueno, su forma de actuar ha sido bastante confusa durante todo el día de hoy. Primero nos ha dicho que nos despareciéramos de su vista una hora y después de esa hora nos ha enviado un texto diciendo que nos quería ver de inmediato en mi casa y que sólo teníamos que seguir las indicaciones.
Mi casa está vacía. Papá me ha dicho que no llegará a dormir y eso es bueno por él y por Nora. Además, así podre regresarle la de los condones de hace unas semanas. Entramos y todo está en penumbra. Blaine camina a la sala y en la mesita de centro encuentra dos uniformes de un naranja chillón idéntico al que usan en las prisiones. Hay una nota sobre ellos.
Cámbiense de ropa y, si están preparados para un pequeño juego, suban.
Blaine se encoje de hombros y busca el uniforme de su talla. Hago lo mismo y cuando estamos listos subimos poco a poco las escaleras. Aún no hay ni rastro de Kurt. Imagino que debe estar en mi habitación. Antes de entrar nos damos cuenta de que hay otra nota, esta vez pegada a la pared.
¿Están seguros de pasar? Si lo hacen tendrán que obedecer mis órdenes. Todas mis órdenes.
Blaine y yo nos miramos. Sabemos que Kurt siente fascinación por dar órdenes en todo momento pero esta es la primera vez que jugamos algo así, con ropa y todo. Esto es excitante y a la vez perturbador porque nos Kurt puede salir con cualquier cosa. Blaine gira lentamente el pomo de la puerta.
pie, vestido de policía, con un uniforme azul y mis gafas de sol, encontramos a Kurt. En mi puta vida he visto a un policía tan sexy. Kurt está firme. Su rostro es severo. Camina hacia nosotros marcial y de inmediato mi polla responde
—¿Karofsky y Anderson? —nos dice inexpresivo.
—Sí, señor —le responde Blaine. Kurt nos mira por unos segundos haciéndome sentir ansioso.
—¿Saben porque están aquí? —Ambos negamos. —Por su inaceptable conducta dentro de la prisión. Los guardias dicen que ustedes no saben ejecutar órdenes y que se pasan el tiempo peleando. Es por eso que esta noche intentaré un nuevo tipo correctivo con ustedes.
Kurt se da media vuelta y se sienta en mi puf con las piernas cruzadas.
—Vengan aquí.
Blaine y yo caminamos lentamente hasta estar frente a él. Estoy sudando y conteniéndome para no arrancarle el uniforme.
—Ahora veamos si saben cumplir órdenes o no. Anderson, arrodíllate. —Blaine lo hace. —Karofsky, ya sabes lo que tienes que hacer.
Tiemblo por la excitación. Blaine mira expectante mi entrepierna. Lentamente me desabotono el uniforme hasta que mi polla queda frente su cara. Blaine intenta que no se note pero casi sonríe al ver lo excitado que estoy.
—Anderson, ponla en tu boca.
Sentir la humedad de la boca de Blaine me hace jadear. Lo hace poco a poco, abriendo bien la boca para mostrarle a Kurt como su lengua recorre mi miembro. Kurt se pone de pie y acaricia el cabello de Blaine mientras mira complacido como su boca sube y baja por mi polla. Después se coloca detrás de mí, sin tocarme. Sólo puedo sentir el calor de su cuerpo detrás del mío.
—¿Te gusta? —Gruño, espero que entienda que eso es un sí. —Fóllate esa boca, Karofsky. Quiero ver como tu enorme polla entra y sale de ella sin contemplaciones. —Coloco mis manos sobre ambos lados de la cara de Blaine y empiezo a moverme tentativamente pero Kurt quiere que lo haga más rápido. Sé que Blaine también lo quiere así que les doy gusto con cuidado de que Blaine no salga lastimado. Estoy a punto de terminar. Quiero ver mi semen corriendo por la boca de Blaine… —Suficiente.
—¡¿Qu…? —Blaine, obediente, retira su boca y yo gimo de necesidad. Respiro como un toro a punto de salir al ruedo. Kurt ni siquiera parece notarlo.
Camina hasta la cama. Lentamente se quita las botas negras y los pantalones para mostrarnos su desnudez. Sobre la cama hay una bolsa. Kurt la abre para sacar un lubricante y una caja de condones. Blaine y yo jadeamos al ver como Kurt retira de su culo un pequeño plug rosa. Mierda, estoy empezando a ver rojo de pura excitación. Necesito que Kurt nos dé una orden ya.
—Anderson, ven. —Blaine camina hacia la cama. Kurt hace que se quite el uniforme y lo tumba boca abajo sobre el colchón. De la endemoniada bolsa saca una ristra de bolas.
Joder, quiero cerrar los ojos. Esto es una tortura. Kurt utiliza el lubricante para ir introduciendo la primera bola de la ristra en Blaine. Escucho como gime de placer cuando Kurt va introduciendo el resto. Necesito tocarme, necesito terminar.
—Karofsky.
Cuando me llama me muevo de inmediato; en dos zancadas estoy detrás de él. Sin decir nada, Kurt señala la caja de condones. Con prisa, me coloco uno y me acaricio lentamente. Nunca, en mi puta vida, he estado tan excitado como ahora. Creo que mi polla ha alcanzado su punto máximo de erección. Kurt me jala de la muñeca y me coloca detrás de él. Quiero entrar poco a poco pero él se echa para atrás. Coloco mis manos en su cadera para empezar a penetrarlo mientras él termina de introducir la última bola en Blaine. Poco a poco, las va sacando. Se detiene en la tercera haciendo que entre y salga un par de veces. Para este momento los tres estamos jadeando de pura necesidad. Cuando Kurt termina de sacar las bolas, Blaine se mueve sobre la cama y le coloca un preservativo a Kurt para que este lo embista de inmediato.
Nunca lo hemos hecho así pero estamos tan excitados que no importa. Al principio no encontramos el ritmo adecuado pero pronto me doy cuenta de que soy yo el que tengo que marcarlo, así que me follo a Kurt con rapidez. Necesito terminar ya. Kurt hace lo mismo con Blaine. Mi cama esta crujiendo. Mis manos van desde la espalda de Kurt hasta los brazos de Blaine. Estoy a punto de terminar. Me muevo más y más y más hasta que me corro con un delicioso espasmo. Kurt me sigue. Blaine es el ultimo en derramar su semen en mi cama. Segundos después los tres caemos sobre el colchón.
—No puedo creer que se te haya ocurrido a ti —digo con total sinceridad. Hasta hace unos meses para Kurt hablar de sexo era difícil y ahora… Hemos creado un monstruo.
—Nunca habíamos hecho nada de este estilo —Kurt se saca la camisa del uniforme que aún traía puesta— y pensé que sería una buena idea para festejar que los tres nos vamos a Nueva York.
—Será maravilloso encontrar un lugar al que podremos llamar casa. —Blaine lo dice mirando al techo pero tanto Kurt como yo sabemos que se refiere al hogar que nunca ha tenido pero que ahora conocerá con nosotros.
—Bueno, pero prométanme que vamos a guardar esta bolsita para que se venga de viaje con nosotros. —Blaine ríe y me besa. Sé que será complicado pero podremos salir juntos de todo.
—El consejo cierra la junta. Anote en el acta la hora del acuerdo. —William Anderson guarda sus documentos bastante satisfecho de los resultados de la reunión.
—Vaya, Will. Acercarte a tu hijo ha sido un gran movimiento.
—No sé de qué me hablas, Larry.
—¿No? Por favor, no soy idiota. Tener las acciones de tu hijo contigo te hace más poderoso. A mí no me puedes que engañar. Sé que tu familia jamás te ha importado, que esa nueva unión familiar que has formado no es más que una cortina de humo para ganarte a tu hijo y que él no te quite el poder más adelante.
—Vete a la mierda, Larry.
—O podría ir con tu hijo y hablarle de tu plan. —William Anderson suelta el pomo de la puerta y se gira para mirar al tipo.
—¿Qué quieres? —Larry sonríe ampliamente.
—Lo que creas que vale mi silencio.
—Te daré lo que me pidas, pero no por lo que crees. Amo a mi hijo y quiero que, por lo menos, me tenga algo de cariño.
—¿En serio? Qué conmovedor. Lástima que no te crea ni una palabra.
Pisar el auditorio de McKinley por última vez me hace tener sentimientos encontrados. Mis años aquí han sido una montaña rusa de momentos y situaciones que me acompañarán siempre. Dentro de McKinley descubrí el valor de la amistad; Azimio es y será siempre mi mejor amigo. El vestuario de McKinley fue testigo del inicio de mi sexualidad cuando le robé el beso a Kurt. Y las paredes de este auditorio han sido testigos de muchos momentos importantes en mi vida. Hoy le digo adiós a todo teniendo en mente que nunca olvidaré mi paso por McKinley; que, a pesar de todo, ha sido un buen lugar para encontrar nuevos caminos para seguir.
—Bueno, chicos, este es oficialmente el último día de clase para ustedes. El próximo ciclo escolar estarán en la universidad y estoy muy orgulloso de ustedes. Saber que todos tienen un futuro prometedor me hace sentir feliz por haberles conocido. Aquí, en este auditorio, fue donde empezó todo. Yo estuve a punto de dejarlos pero ustedes me demostraron lo equivocado que estaba. Así que ahora le dirán adiós a esta etapa y a este escenario que los vio crecer.
Artie aparece en medio del escenario cuando escuchamos las primeras notas de una melodía que es casi un himno para los chicos de club Glee del McKinley. Mercedes y Quinn suben al escenario, junto con Tina y Mike, que son seguidos de inmediato por Puck, Lauren, Santana y Brittany. Kurt les sigue y nos hace señales a Blaine y a mí para que subamos. Al principio no quiero, porque esto es algo de ellos, pero Blaine me toma de la mano y me jala al escenario. En ese momento aparece Finn.
Just a small town girl, living in a lonely world
She took the midnight train going anywhere.
Rachel es la que sigue con la canción mientras nosotros nos movemos por el escenario.
Just a city boy, born and raised in south Detroit
He took the midnight train going anywhere.
Puck y Santana toman las voces principales.
A singer in a smokey room
A smell of wine and cheap perfume
For a smile they can share the night
It goes on and on and on and on…
Artie, Tina y Mike hacen un maravilloso ensamble en la siguiente estrofa.
Strangers waiting, up and down the boulevard
Their shadows searching in the night
Streetlight people, living just to find emotion
Hiding, somewhere in the night.
Quinn, Brittany y Sam continúan.
Working hard to get my fill,
Everybody wants a thrill
Paying anything to roll the dice,
Just one more time…
Some will win, some will lose
Some were born to sing the blues
Oh, the movie never ends
It goes on and on and on and on.
Kurt nos toma de la mano a Blaine y a mí y nos hace llegar hasta el centro del auditorio para cantar.
Strangers waiting, up and down the boulevard
Their shadows searching in the night
Streetlight people, living just to find emotion
Hiding, somewhere in the night.
Todos juntos cantamos mirando hacia el señor Schuester, la entrenadora Beiste y algunos amigos más. Siento la vibración del lugar, nuestro propio deseo de seguir y el adiós en esta canción.
Don't stop believing,
Hold on to the feeling
Streetlight people…
Don't stop believing,
Hold on to the feeling
Streetlight people…
Don't stop
