Todos llevamos dentro aquel niño que fuimos, ese niño es la base de aquello en lo que nos hemos convertido, de quienes somos y de lo que seremos.

Dr. R. Joseph


El marcador es 21-14. Necesitan llegar con la siguiente jugada y rogar por que la patada de Milles sea suficiente para ganar. Respira hondo cuando Grint rompe el círculo. Antes de colocarse en su posición voltea a las gradas y sonríe cuando los ve, tan nerviosos como él. Se coloca, cierra los ojos un segundo y luego baja la cabeza; tiene que concentrarse en atrapar el balón.

Escucha el silbato. Sale corriendo y esquiva a un jugador del equipo contrario. Se da tiempo para mirar hacia arriba. El balón cae. Necesita correr un poco más. Extiende los brazos y lo logra. Abraza el balón contra su pecho. Se gira cuando uno de los jugadores del otro equipo quiere detenerlo. Sigue corriendo. Ve la línea blanca y se lanza hacia ella. Las gradas se vuelven locas. Hay gritos y silbidos. Quiere voltear y verlos pero enseguida tiene que ir a la formación. Milles va a patear….

Todos parecen contener el aliento. El balón va hasta las manos de Grint y luego ve a Milles correr. El balón es golpeado con fuerza. Cierra los ojos y de pronto escucha el estruendoso aplauso. Lo han logrado. Sus compañeros se abrazan y lo abrazan a él. Los miembros del otro equipo se limitan a felicitarlos lánguidamente. Se quita el casco y mira hacia las gradas; su papá está de pie aplaudiendo con una enorme sonrisa en el rostro. Tom siente su corazón estallar de felicidad.

Cuando sale de las duchas Tom aún siente la adrenalina de haber ganado el campeonato y la felicidad que eso le provoca.

—Tom, te vemos en el restaurante. —Siente la palmada amistosa de Jason Milles, su amigo desde primer grado. —Mi papá debe haber decorado todo en azul y negro.

—Por eso agradezco que papá no tenga el espíritu tan alto de los Gigantes.

—Pero tu padre es fantástico…

—¿Otra vez adorando al señor Karofsky? —La fuerte voz de Marcus Grint se escucha desde el fondo de las duchas—. Ya sabemos que lo quieres desde que te dejó manejar la demoledora. Lo malo fue que no le atinaste al enorme edificio que estaba enfrente de ti. —Tom y Marcus se ríen a carcajadas.

—Oh, sí. Lo recuerdo. Y también recuerdo los gritos que Kurt le dio a papá después de que tu madre le llamase. —Jason pone los ojos en blanco.

—Yo no le conté nada.

—Bueno, nenas, tenemos que terminar la conversación. Hay que reunirse con las familias, ir al restaurante y ver el patético intento de coqueteo entre Tom y Melissa.

—Eso último valdrá mucho la pena. —Esta vez fue el turno de Tom para hacer una mueca.

—También estarán Jessica y Tania. No me quiero perder sus balbuceos cuando ellas les digan lo bien que jugaron. La última vez que Tania habló contigo —miró a Marcus— casi terminas hiperventilando.

—No fue por Tania. Simplemente… Me estaba ahogando con la saliva. —Jason levanta una ceja inquisitivamente. Tom palmea la espalda de su amigo mientras caminan a la salida.

—Ya. Eso no ayuda mucho, amigo. —Marcus abre la boca pero antes de que pueda contestar escucha las voces de sus padres hablando animadamente con los padres de sus amigos.

Tom sonríe cuando su padre abre los brazos. Corre hacia él y recibe uno de sus poderosos abrazos; su padre es como un enorme oso de peluche. En quince años Tom no tiene ni una sola queja de él, no hay ni un solo momento de su vida en que David Karofsky no haya estado apoyándolo.

—Felicidades, hijo. Eres campeón en tu primer año en el equipo.

—Ha sido genial, papá. Hemos trabajado muy duro para conseguirlo.

Su papá sonríe. Se separan y Tom ve a las otras dos personas que forman su familia: Blaine y Kurt. Ambos tienen una sonrisa en el rostro, Blaine incluso tiene los ojos ligeramente enrojecidos. Y Kurt no cabe en su orgullo, Tom puede sentirlo. Blaine es el primero en abrazarlo y luego Kurt le dice lo orgulloso que esta de él por ser tan bueno.

—Bueno —el papá de Jason corta el momento —, ¡vamos! En el restaurante tengo un festejo preparado para estos campeones. —El señor Milles se ve muy satisfecho.

—¿Qué habría pasado si hubiésemos perdido, papá? —El señor Milles sonríe más ampliamente.

—Habríamos festejado igual, hijo. De verdad no pensaste que era únicamente por ustedes, ¿no? En realidad es un pretexto para reunirnos con los amigos.

—Exactamente, muchachos. Por eso, vámonos. Queremos festejar y ver si puedo convencer a Kurt de me haga un diseño para la nueva casa de campo. —La mamá de Marcus se pone en marcha jalando de su marido y su hijo, guiñándole un ojo a Kurt y ganándose la sonora risa de los demás.

Tom camina con su familia hacia el estacionamiento. Suben a la camioneta. Kurt va manejado con Blaine a su lado. Tom y su padre hablan animadamente en el asiento trasero. Cuando llegan al lugar todo es azul y negro con figuras de los Gigantes por todos lados. Todo el equipo ha llegado ya con sus padres. Hasta los animadores están ya allí.

Sentado en uno de los extremos de la mesa, Tom observa a su padre y Blaine hablando animadamente con el señor Grint y el señor Milles. La mano derecha de su papá está sobre la mesa sosteniendo cariñosamente la mano de Kurt, quien atrae la atención de la mitad de las madres de sus compañeros. El cuerpo de Blaine esta ligeramente apoyado en el de su padre. Cuando su papá va por su tercera rebanada de pastel, Blaine le quita la cuchara seguramente recordándole que no debe consumir tanto azúcar. Kurt le pone una taza de café y le da un ligero beso en la mejilla antes de regresar su atención a las madres de sus compañeros.

Tom tenía ocho años cuando escucho que alguien llamaba maricón a su papá. Estaban en la constructora. Su papá había entrado a su oficina a por unos documentos para luego ir a casa mientras él jugaba con su GI-Joe en la recepción. Un tipo alto, más alto que su papá, entró a la oficina sin importarle que la secretaria lo amenazara con llamar a seguridad. Hubo muchos gritos y su papá sacó a empujones al tipo. Fue entonces cuando el tipo le gritó: Eres un sucio maricón. A mí ningún pervetido me va a despedir sin recibir su merecido. Voy a demandarte, desviado. Esa noche su papá, Blaine y Kurt hablaron con él sobre la homosexualidad de tal forma que a sus ocho años la pudiera entender.

Cuando Tom cumplió diez años, su papá y él hicieron un viaje a Baltimore; era la primera vez que estaban solos. Habían ido a pescar. Se divirtieron mucho, sobre todo cuando se cayeron del barco. Pero Tom recordaba ese viaje por dos cosas. Su papá le dijo que en realidad no era su papá. Le contó la decisión del tío Jake y la tía Megan. Tom no lo entendió muy bien en un principio y sólo le preguntó a su papá que si tendría que irse a vivir con el tío Jake. Esa noche Tom le dijo a su papá que jamás se iría de su lado, que él quería seguir en casa, ver lo que grande se ponía Gizmo, el mastín que Kurt le había regalado ese año, y lloró entre sus brazos porque él quería ser su hijo para toda la vida. David Karofsky, su papá, le abrazó hasta que se calmó una hora después. Entre sollozos, Tom le dijo que quería los panecillos de nuez que Blaine le hacía para el desayuno y las historias que Kurt le contaba cada noche antes de dormir.

Tom se durmió entre los brazos de su padre y cuando se despertó a la mañana siguiente lo hizo con el aroma de los panecillos de nuez. Siempre, sin importar cuántos años pasasen, Tom recordaría esa mañana como una de las más bellas de su vida. No sabía cómo pero Blaine y Kurt habían viajado desde Nueva York a Baltimore. Tom los encontró en la cocina de la casa junto con su papá, con los delantales puestos y llenos de harina, preparándole sus panecillos. Tom corrió hasta ellos con tanta fuerza que terminó tirándoles al suelo mientras se les aferraba con sus dos pequeños brazos. En la navidad de ese año, Tom saludó a sus tíos con la misma educación de siempre y su familia nunca más volvió a tocar el tema.

Los padres de sus amigos prácticamente son arrastrados por sus esposas hacia la pista de baile. Su papá, Blaine y Kurt están solos en el otro extremo de la mesa. Kurt debe estar diciendo algo muy gracioso porque Blaine le da una de sus amplias sonrisas y su papá se está sonrojando. Kurt coloca las manos sobre el amplio hombro de su padre. Tom está casi seguro de que las manos de Blaine y las de su papá están enlazadas por debajo de la mesa. Se ven tan jodidamente felices así…

Cuando Tom tenía cinco años pensaba que Dios no le había dado una mamita y para compensarlo le había enviado un papá extra y por eso tenía tres. Además de que su papá se merecía tener dos personas que lo quisieran porque era el mejor papito del mundo. Tom ve a su papá como una figura de autoridad que bien lo puede abrazar como decirle Thomas y hacer que le tiemblen las piernas y que se dé cuenta de que esa vez la ha cagado en serio. Blaine es como un manto cálido en su vida. Desde que tiene uso de conciencia él está en casa para cuidarlo, hablar con él, enseñarle a tocar el piano y cantarle cuando está triste. Kurt es la fuerza, una montaña de fortaleza que siempre le señala el camino y lo pone con los pies en la tierra pero que, a la vez, le hace creer en algo que está dentro de él y que es fuerte, brillante, único.

A los doce años Tom tuvo su primer encuentro con la pornografía. Se masturbó por primera vez y descubrió dos cosas: que le gustan mucho las chicas castañas, con bonitos pechos y curvas marcadas, y que tenía que hablar con su papá del enorme elefante rosa que había en su casa. Tom sentó a los tres en el diván del estudio y les dijo que sabía lo que eran y que entendía que no lo estuvieran publicando pero que en casa o en los lugares donde se sintieran cómodos podían demostrar lo mucho que se gustaban y se querían. Oficialmente los padres de sus amigos piensan que su padre está con Kurt, aunque cualquier persona con ojos puede ver que ambos babeaban por Blaine y viceversa.

Marcus constantemente dice que el sexo mueve montañas y tal vez tenga razón; fue su despertar sexual el que le hizo reflexionar sobre su familia. No son lo más convencional que existe en el universo pero para él funciona y muy bien. Ama a sus padres sobre todas las cosas y no concibe otra forma de familia.

—Hola. —Tom se gira y se encuentra con la dulce mirada de Melissa. Está enamorado de ella desde tercer grado, cuando lloraba porque su coche favorito se había roto. Tom de inmediato abrió su mochila y le dio su McClaren TG. La cara de Melissa se iluminó como si fuese navidad.

—Hola. —No entiende que le pasa a su voz cuando quiere hablar con ella.

—Tus padres sí que saben acaparar la atención, ¿no?

—Sí, lo hacen constantemente. Debe ser el resultado de ser un artista del teatro, un diseñador famoso y un hombre muy cálido. —Melissa sonríe. —¿Y tus papás? En todos estos años de conocernos nunca he visto a tus padres.

—Madres, de hecho. Son esas guapas de allá. —Tom mira a dos hermosas mujeres tomadas de las manos que hablan con otros de los padres de los miembros del equipo.

—¿Cómo es que no lo sabía?

—Bueno, nunca me habías preguntado por mi familia y por lo regular mi mamá Luisa es quien se encarga de las cosas de la escuela. —Tom sabe que nunca ha puesto atención en eso porque siempre está más pendiente de los movimientos de los labios de Melissa.

—Melissa, yo… —Le sudan las manos, siente que se le cierra la garganta y no sabe cómo continuar. Voltea a ver a su padre y, al encontrarse sus miradas, Tom nota el apoyo en sus ojos. —¿Te gustaría salir conmigo un día de estos? —Melissa sonríe.

—Claro, me encantaría. ¿Qué tal el viernes a las siete y media? —Tom asiente. — ¿Sabes donde vivo? —Tom boquea. Sabe que ya ha estado en casa de Melissa pero es una de las veinte mil cosas que no recuerda porque está más pendiente de ella que de su entorno. —No te preocupes, luego nos ponemos de acuerdo. —Melissa le da un beso en la mejilla y se va corriendo para reunirse con sus amigas.


—¡Me ha dicho que sí! —Tom viene gritando en el coche desde que nos hemos subido. Miro a Blaine, que sonríe. Lo mismo que Kurt, que nos observa por el retrovisor. —No me lo puedo creer. Además tiene mamás. ¿Por qué no lo sabía? ¿Ustedes lo sabían?

—Luisa y Julia —le dice Blaine sonriendo por la emoción de Tom.

Cuando llegamos a casa Tom se cuelga del brazo de Kurt y empieza preguntarle qué puede ponerse para su cita. Blaine y yo nos quedamos atrás escuchándoles cuando Gizmo se cruza en nuestro camino. Tom pasa de él y eso es tan anormal que el pobre perro se queda sentado sobre sus patas traseras sin saber qué ha pasado. Blaine se detiene y acaricia a Gizmo, quien mueve la cola contento.

—Tienes que disculparlo, Gizmo. Melissa le acaba de decir que saldrá con él así que ahora anda volando un poco alto. —Gizmo ladra como si entendiera a Blaine. Me cuelgo de su brazo y me inclino para besarlo lentamente.

—La primera cita. Me siento viejo. —Blaine se ríe y me besa en la mejilla.

—Me sigue dando cosquillas tu barba. —Me toco el rostro y sonrío. Hace tiempo que me dejé la barba, no muy crecida ni nada, pero me gusta el look; me veo más malo. Acaricio el rostro de Blaine con los pulgares y le sonrío burlonamente.

—Tú también te has dejado barba y te queda muy bien. —Blaine se pone de puntas para llegar a darme un beso en los labios. Cuando nos separamos nos damos cuenta de que nos han dejado solos.

Al entrar a casa vemos a Kurt y Tom sentados en el sofá. Kurt sólo asiente mientras Tom sigue hablando y hablando. La única luz de la sala viene de la chimenea. La casa está en silencio y se respira calma. No puedo evitar suspirar. Esta vida es la que siempre quise y la que nunca pensé que tendría.

—Bueno, chicos. Sé que la conversación está muy animada pero es tarde y el deportista del año tiene que descansar.

—Ya has oído. Además tenemos toda la semana para asegurarnos de que tu primera cita con Melissa sea perfecta.

—Vale. Me voy a dormir para que ustedes tengan su tiempo de adultos. —Tom le da un beso a Kurt en la mejilla, otro a Blaine en la frente y un enorme abrazo a mí.

Al quedarnos solos voy a nuestra cantina y tomó tres copas y una botella de vino blanco. Me siento en el suelo junto al sofá donde Blaine y Kurt me observan.

—¿Nos quiere emborrachar, señor Karofsky? —Me río por el tono solemne que ha utilizado Kurt.

—No, nunca me ha hecho falta antes y no pienso hacerlo ahora. Ustedes solitos cayeron, ¿recuerdan? —Blaine toma el primer sorbo de vino y me sonríe.

—Recuerdo a un chico que cantó The reason y que luego coqueteó conmigo descaradamente cuando cantamos Here comes the sun. —Kurt se rie cuando yo me ahogo con mi trago.

—¿Qué? Yo no coquetee contigo, estaba siendo amable. ¿Se vio como si hubiera coqueteado? —Kurt asiente.

—Mucho. De hecho Cedes cree que esa fue la primera vez que me planteé la idea de un trío. Me va a dar mucho gusto verla en Lima para el aniversario. Todos van a ir. Rachel dejó libre esa fecha para ir y quedarse unos días en Lima. —Kurt lo dice apoyándose en Blaine y éste se congela por un momento.

—¡Joder, lo había olvidado! No sé donde tengo la cabeza últimamente. —Kurt besa ligeramente los labios de Blaine y lo abraza para que apoye la cabeza en su pecho.

—Es normal, cariño. Estás escribiendo las canciones para tu nuevo musical y toda la presión tiene loca esa cabecita tuya.

Me subo al sofá y abrazo a Kurt; mis brazos llegan a Blaine. Sé es importante para él estar al pendiente de cada cosa de la asociación pero su música es algo que lo mueve. Por eso contratamos a Albert en un principio; con su ayuda Blaine ya no tiene que estar tan al pendiente de todo y las cosas siguen el mismo camino que Blaine quiere ya que Albert cumple al pie de la letra con lo que le pide. Pero algo me dice que es más que admiración lo que Albert siente por Blaine y eso me pone tan rabioso como el Cujo de Stephen King. Sin embargo tengo que aguantarme principalmente por dos cosas: porque Blaine necesita la ayuda de Albert y porque no tengo pruebas para demostrar lo que ese chico quiere con mi chico.

—Todo va a salir bien. Albert ya debe tener todo listo. —Blaine suspira. Sé que quiere estar seguro pero mañana tiene un ensayo muy importante. — Yo lo llamaré mañana para saber cómo va, ¿ok? Además, faltan tres meses para eso, cariño.

—Todo arreglado por nuestro hombre protector. —Kurt besa a Blaine, a mí y luego se pone de pie llevándose a Blaine con él. —Vamos a dormir que mañana tengo cosas muy importantes que corregir. Estoy seguro de que no pudieron igualar el rojo violeta que les dije que quería para el edificio nuevo. —Blaine asiente como si entendiera. Van subiendo las escaleras y me tomo unos segundos para mirarlos.

Han pasado veinticinco años. Se dice fácil pero han pasado muchas cosas en este tiempo y todas las hemos sorteado juntos. Ahora tenemos cuarenta y tres años que les han sentado de maravilla a mis chicos. Siguen tan hermosos como antes. La adultez sólo les ha traído más y más atractivo. Kurt sigue siendo altivo y hermoso y se ve mucho más joven, no aparenta tener más de treinta. Blaine está más guapo que nunca, sus ojos brillan más cada vez que toca un piano y canta, sus sonrisas son más sinceras ahora y, para mi desgracia, sigue teniendo un éxito avasallador con las mujeres. Perdí la cuenta de las veces que tuvo que decirles a las madres divorciadas o viudas de los compañeros de Tom que es gay.

Al llegar al último peldaño se giran para mirarme. Yo sigo al pie de la escalera. Seguro tengo una cara de idiota enamorado que no puedo disimular.

—¿Qué? —Trago saliva sin querer.

—Nada… Sólo que… Están mejor que nunca. Me gustan a rabiar y los amo tanto que terminaré estallando de felicidad uno de estos días —Kurt me tiende la mano y yo avanzo hasta ellos.

—Te has vuelto estúpidamente cursi con los años. —Kurt me besa dulcemente mientras Blaine frota mi espalda.

—Así que me he vuelto cursi —les digo entre el beso. De pronto me separo de Kurt y los atraigo a ambos a mi cuerpo sujetándolos por la cintura. —Vamos a ver lo cursi puedo ser.

Los arrastro hasta la habitación. Por un segundo agradezco que Blaine sea tan pequeño y que Kurt, a pesar de ser casi de mi estatura, se conserve delgado, flexible y ágil gracias a su yoga matutino. Los lanzo sobre la cama y me quito la chaqueta y la camisa. Me encanta como me miran mientras me paso la mano derecha por el torso. Ha tenido que pasar todo este tiempo para que me convenzan de que no me veo tan mal; sus miradas son el mejor premio. Mis pantalones son los siguientes en caer. Kurt suelta un fuerte gemido cuando empiezo a acariciarme sobre la tela de mi ropa interior.

Blaine se arrodilla sobre la cama y camina hacia mí para besarme. Nuestro beso es duro y descuidado. Me acaricia la polla mientras lo desnudo con impaciencia. Lo tiro a la cama sin dejar de besarlo mientras mi mano izquierda busca a tientas el cuerpo de Kurt. Él ya se ha quitado la chaqueta y tiene la camisa semi abierta. Dejo de besar a Blaine para sucumbir ante la delicia de la piel que cubre el largo cuello de Kurt. Sé que de toda su perfecta anatomía hay un lugar en específico que tengo que atacar para volver loco a este hombre de hielo. Mis labios bajan por su cuello y con la lengua aparto la camisa de seda roja para besar la clavícula derecha y dejarle una mordida. Mis labios siguen marcándole la piel hasta que llego a sus pezones, la perdición de Kurt. Un gemido profundo sale de mi boca cuando siento una cálida humedad sobre mi polla. No necesito mirar para saber que Blaine está ahí. Kurt gruñe, gime y se retuerce de placer cuando le muerdo ligeramente los pezones.

—¿Te gusta? —le digo al oído. Mi mano izquierda va hasta su entrepierna para sentir su dura erección amenazando con salir a través de sus costosísimos pantalones—. Estás tan duro. —Kurt jadea. —No puedo esperar a sentirte dentro de mí, follándome con tanta fuerza como yo voy a follarme a Blaine. —Kurt tira de mi pelo para poder besarme.

Tomo a Blaine de los hombros, lo coloco en medio de la cama y lo beso profundamente. Él enreda sus piernas en mi cintura y luego las coloca sobre mis hombros preparado para lo que sigue. Al ver a Kurt detrás de mi sonríe ampliamente y con los ojos llenos de lujuria.

—Me encanta cuando hacen eso. —Kurt sonríe y le tira un beso. Entro poco a poco en él. Todavía debe estar un poco lastimado por la actividad de esta mañana pero el lubricante siempre ayuda para estas cosas.

Cuando estoy completamente dentro Blaine, él jadea. Espero un momento. Me estremezco al sentir a Kurt rozando mi entrada con su miembro. Kurt lo hace lento y delicado; yo no estoy tan acostumbrado como Blaine a este tipo de actividad. Siento a Kurt en mi interior. Él apoya su frente sobre mi hombro derecho intentando tranquilizarse. Blaine solloza de necesidad debajo de mí. Me muevo, lentamente al principio, pero ver a Blaine mordiéndose el labio inferior y luego pidiéndome más es algo que no puedo aguantar. Kurt simplemente sujeta mi cadera cuando empiezo a aumentar el ritmo de mis embestidas.

Es maravillosa la sensación de estar en medio de estos dos chicos que me dan tanto placer en todos los sentidos. Sé que estoy a punto de correrme, por eso aumento más y más mi ritmo. Las piernas de Blaine tiemblan. Kurt, detrás de mí, echa su cabeza hacia atrás y se corre dentro de mi culo. Blaine le sigue derramando todo su semen caliente sobre mi pecho. Salgo de él y me masturbo lo suficiente como para llegar también sobre su pecho.

Saco fuerzas para rodar y llevarme Kurt conmigo porque si no terminaremos aplastando a Blaine. Nuestros jadeos son lo único que rompe con el silencio de la habitación. Blaine gira su cuerpo y coloca la cabeza sobre mi pecho. Una de sus manos descansa en mi estomago y una de sus piernas se enreda con las mías. Kurt sonríe y hace exactamente lo mismo. Me parece recordar que hay una película con una escena similar pero no recuerdo cuál es.

Voy cerrando los ojos y me quedo dormido abrazándoles.


Con el tiempo unas cosas cambian y se añaden otras. Por ejemplo, desde hace años Kurt nos despierta cantando algo de los Beatles y haciendo yoga.

—¿No te encanta como se le ven las nalgas con esas mallas? —me dice Blaine pegando su pecho a mi espalda. Ambos tenemos los ojos entreabiertos. Es tan jodidamente temprano que no podemos hacer más.

—Me fascina como se ve haciendo esas flexiones. —Kurt ríe desde su posición.

—Un año de estos deberían de unirse a mí. El yoga es muy bueno para mantenerse en forma. —Blaine se revuelve entre las sabanas y se aferra más a mí.

—Un año de estos, cariño. —Kurt vuelve a sonreír.

—Son las siete y diez; tienes que levantarte y darte una ducha. El ensayo es a las ocho, ¿recuerdas? —Blaine se estira perezosamente en la cama, me da un beso en el cuello y se levanta.

—Odio los ensayos —murmura Blaine llegando hasta Kurt.

—No es cierto; los amas. —Blaine sonríe aún dormido y besa a Kurt suavemente en los labios. Entra a la ducha mientras yo me retuerzo en las sabanas que todavía huelen a ellos.

—No te pongas cómodo, Karofsky, que tienes que ir a correr con Gizmo. —Por unos segundos no le respondo pero siento su mirada sobre mí así que empujo las sabanas y busco algo que ponerme para ir a correr.

—Eres peor que un sargento, Kurt Hummel. —Me lanza un beso antes de guiñarme y mostrarme una sonrisa malvada.


Regreso a casa cansado y sudoroso pero con un Gizmo súper contento a mi lado porque por fin ha logrado coquetear con la golden retriever mientras su dueña lo intentaba conmigo, cosa que me dio bastante miedo por lo que, nada disimuladamente, le mostré el anillo que uso desde después de nuestra reconciliación en Lima. No nos fuimos a casar a Ámsterdam ni nada por el estilo; los tres decidimos que el mayor compromiso era ante nosotros mismos. Lo que hice fue comprar tres anillos que usamos con mucho orgullo para mostrar nuestro compromiso.

Al entrar a casa me encuentro con el delicioso aroma del desayuno. Hoy le toca a Kurt; seguro es todo bajo en grasa, con yogurt cero y jugo de toronja. Aún así creo que mi bonito cocina muy bien. O quizá lo que pasa es que me ciega lo bien que se ve en sus mallas de yoga y su delantal. Lo sé, es un cliché absurdo pero me gusta. Todos tenemos algún tipo de deseo pervertido, ¿no?

—¿Cómo les ha ido? —Me siento en el extremo de la mesa bebiendo un poco de jugo de lo que me imagino que es kiwi. Tom me lanza la sección de deportes del periódico. Frunzo el ceño cuando lo veo darle un pedazo de tocino de pavo bajo en grasas a Gizmo pero él me sonríe cómplice.

—Bien. La golden le ha dado una linda mordida pero nuestro muchacho no se desanima.

—Una gran fuerza de voluntad la suya —Blaine mira su reloj mientras se termina el desayuno —. Tengo que volar; se me hace tarde. —Me da un beso rápido en los labios, revuelve el cabello de Tom y corre hasta Kurt para besarlo también.

—Me voy a dar una ducha. Le dije a Marcus que iría a su casa para ayudarlo con la tarea de álgebra. —Tom se levanta con Gizmo detrás de él la mar de contento.

Cuando terminamos de desayunar Kurt también se va a arreglarse para su reunión y yo me me dirijo al despacho para hablar con Albert. Desde que salió del armario Albert ve a Blaine como a un mentor y, en los últimos años, casi como a un súper héroe. Y no es que sea un mal tipo, de hecho es muy bueno en lo que hace (estudió psicología y ha hecho cambios importantes en la sociedad de Ohio desde que se mudó a Lima y trabaja en la asociación), pero detesto la forma en la que mira a Blaine. Y en la que luego me mira a mí. Es como si su mirada me dijera que no merezco estar con esos dos gloriosos hombres, que soy demasiado feo, demasiado gordo, demasiado idiota. Y no es que quiera estar mi lugar, creo que simplemente quiere a Blaine. El teléfono da tres tonos y luego escucho su voz.

—Diga.

—Buenos días, Albert. Soy Dave —escucho un resoplido tenue de su parte—. Te hablo para saber cómo van las cosas con el festejo de la asociación.

—Tenía entendido que Blaine se encargaba de todo lo que tuviera que ver con la asociación. —Cierro los ojos y contesto con serenidad.

—Sí, claro que lo hace pero tiene los ensayos del musical y me ofrecí a ayudarle con esto. —Hay un breve silencio. La voz de Albert es cortante, casi como si quisiera que sus palabras me hicieran pedacitos.

—Haré un informe y se lo enviare a Blaine el próximo fin de semana. No es necesario que usted se haga cargo de nada, señor Karofsky. —Siempre me llamado así. Es una falsa muestra de respeto porque sé que en el fondo me está diciendo algo así como pendejo de mierda.

—Gracias, Albert. Siempre tan eficiente. Blaine dio en el clavo cuando te contrató. Mi chico es brillante, ¿no crees? —Albert se aclara la garganta.

—Siempre, señor Karofsky. Que pase buen día. —Sin más, cuelga.

—Hijo de puta.

Me dejo caer en el sillón de mi oficina con los ojos cerrados e intentado pensar en otra cosa que no sea el idiota de Albert. Fuerte, atlético, muy parecido a como era yo hace trece años. Y se quiere meter en los pantalones de Blaine.