Los repudiados

Por Muinesva


II

Humillación

Marius Black

Su hermana menor, Dorea, fue la primera en burlarse en voz alta sobre su carencia de magia. Estaba pletórica cuando fue capaz de hacer que el platillo de la tarta se moviera unos centímetros en su dirección. Ella tenía siete años en ese momento y Marius nueve. Sus padres habían tenido paciencia, esperando que desarrollara sus poderes un día no muy lejano. Sabían que algunos niños tardaban más que otros en presentar los primeros signos de magia, pero Marius era un Black, y por lo tanto desarrollaría la magia de un momento a otro. Quizás no fuese un mago brillante, pero sería un mago.

Pero las palabras de Dorea hicieron que todos abrieran los ojos a la realidad. Marius era squib. Se hizo el silencio alrededor de la mesa y Pollux miró con desagrado a su hermano y movió la cabeza reprobatoriamente. Cassiopeia prefirió mirar a otro lado.

Marius parpadeó, confuso y sintiendo cómo su corazón se hacía trizas. Había oído a su familia hablar con desprecio de los squibs y temía ser uno de ellos. ¿Qué sería de él si lo fuera? Lo borrarían del tapiz familiar y lo echarían a la calle. ¿Haría su propia madre algo así? Giró la cabeza hacia su madre y buscó s mirada, pero ella tenía la vista clavada en la mesa. Marius la conocía lo suficiente para saber que estaba decepcionada. Su padre era el único que lo miraba fijamente, con visible enfado.

Marius era un niño, pero sabía controlar muy bien sus emociones tal y como le habían enseñado. Por eso, se disculpó y se levantó. En otras circunstancias su madre la habría dicho que esperara a su hermana pequeña, pero en esta ocasión todos estaban callados, y fue un alivio que Marius se fuera. Nadie quería verlo en ese momento.

El niño se retiró el comedor y subió las escaleras lo más rápido y sigilosamente que pudo. Se encerró en su habitación y rompió a llorar en silencio. ¿Qué harían con él?

Una hora después salió de su recámara, con los ojos enrojecidos de tanto llorar y se dirigió a ver a sus padres. Iba a rogarles para que no lo echaran a la calle, se humillaría si fuese necesario, incluso se convertiría en un sirviente para ellos y dormiría con los elfos.

Se dirigió al estudio de su padre y antes de tocar la puerta oyó voces, de modo que se sentó en el suelo y escuchó con atención, tratando de entender lo que se decía.

—Cygnus, no podemos desentendernos de él como si nada —habló su madre.

—Ganas me da de matarlo ahora mismo —Marius reprimió un quejido de angustia al oír la furiosa voz de su padre.

—¡Cygnus! —su esposa lo reprendió con dureza— ¡No puedes matar a nuestro hijo!

—Por supuesto que no, Violetta, ¿por quién me has tomado?

—Tu padre nos diría que lo echásemos a la calle —susurró ella—, pero bien sabes que no podemos hacer eso.

—No lo echaremos aún, pero ya no será un Black —repuso Cygnus—. Ve haciéndote a la idea de que sólo tenemos tres hijos. Marius está muerto y eso es lo que les diremos a los demás.

—Dale una oportunidad, Cygnus, hasta que lleguen las cartas de Hogwarts. Puede que tarde un poco en desarrollar la magia…

—Ya lo hemos justificado demasiado todos estos años.

—Por favor, Cygnus, sé razonable. Apenas tiene nueve años.

—Bien, Violetta, como quieras.

Marius escuchó los pasos de su padre dirigiéndose a la puerta, se apresuró en levantarse y se escondió tras un tapiz hasta que su padre se perdió de vista.

En años posteriores, Marius recordaría aquella noche como una de las peores que había vivido. Esa noche fue el inicio del insomnio que lo acompañaría los siguientes diez años, junto al continuo cuestionamiento sobre su futuro.

El uno de septiembre de 1929, después de acompañar a Pollux y Cassiopeia a la estación, Violetta y Cygnus se reunieron en la habitación donde se encontraba el viejo tapiz familiar. Marius, que se había quedado en casa, los oyó llegar y se dirigió escaleras abajo. Se asomó por la puerta y los observó mientras ellos miraban fijamente el árbol de los Black.

— Es una vergüenza para la familia, Violetta. Hoy debería estar en el tren junto a sus hermanos.

Su madre no dijo nada, pero asintió con la cabeza. Cygnus sacó la varita y apoyó la punta en el tapiz, en el lugar que le correspondía a Marius. Cuando la alejó, solo quedó una mancha quemada, borrando para siempre el nombre de quien un día fue un Black.

Marius permaneció en la casa de los Black unos años más, siendo alguien invisible para el resto de su familia, recluido la mayor parte del tiempo en su habitación. Para el resto del mundo Cygnus y Violetta solo tenían tres hijos.

El día que cumplió quince años bajó al comedor a la hora de la cena, decidido a hacer algo que llevaba planeando tiempo, pero para lo que le faltaba valor.

Entró con paso decidido y observó a su familia reunida en torno a la mesa, que lo observó con estupor. Y Marius se desahogó como nunca. Porque necesitaba decirles a ellos, a los que se suponía eran su familia, lo que llevaba pensando, lo que rondaba por su mente todos esos años.

Y Marius habló con tanta frialdad, despreciando sus prejuicios y la manera de deshacerse de quien consideraban una vergüenza para la familia. No midió sus palabras en ningún momento, pero a cada frase que decía, sentía que una piedra se levantaba, una piedra que dejaba de aplastarlo. Vio a sus hermanos voltear la cabeza, rehuyendo su mirada, aparentemente avergonzados. Captó en su madre una mirada suplicante, como si le pidiera que parara. Pero él no se detuvo. Siguió, esperando ver a su padre darle la razón, pero eso ya era mucho pedir. Era algo imposible.

—¿Has terminado con tu lamentable espectáculo? —le preguntó fríamente su padre en cuanto Marius hizo una pausa para coger aire— ¿Has parado de humillarte?

—No padre —negó Marius mirándolo con decepción—. Quien se humilla sois vosotros, con toda esta basura. ¿Acaso creéis que nadie sabe que soy squib? Fingen que no lo saben, pero todas vuestras amistades se burlan en secreto por tenerme y esconderme. Por negar mi existencia con tanto descaro, decir que he muerto cuando mi tumba está vacía… Una tumba que ni siquiera existe en el mausoleo de los Black. Deberíais aceptar lo que soy y apoyarme.

—Eso nos convertiría en traidores a la sangre —dijo su madre rápidamente.

—No madre, eso os haría nobles.

Marius sonrió ante la estupefacción de su familia y se despidió con un movimiento de cabeza, para luego irse para siempre de esa casa que no había sido más que una cárcel para él.