Los repudiados
Por Muinesva
III
Odio
Cedrella Black
Los Weasley eran bien conocidos por ser traidores a la sangre. Todos lo sabían y ellos estaban orgullosos de pregonarlo a los cuatro vientos. Por eso Cedrella tenía cuidado cuando se cruzaba con un pelirrojo en Hogwarts. Cualquiera podía ser un Weasley, y había que evitarlos a toda costa. Había tenido éxito durante cuatro años, esquivándolos, y tenía suerte porque en su año no había ninguno. Pero no podía huir para siempre. Conoció a Septimus Weasley el único día que fue castigada.
Septimus era un año mayor, era muy sociable y durante todo el castigo limpiando la plata del Salón de los Trofeos no paró de hablar. Y eso desesperaba a Cedrella.
—¿Y tú qué has hecho para estar castigada? —le preguntó él muy interesado en cuanto ella entró por la puerta con lo necesario para pulir los trofeos.
—Nada que te importe —le contestó cortante, y sin mirarlo se fue al extremo más alejado del salón, dejando en el suelo lo que llevaba y abrió la vitrina.
Pero Septimus se acercó con una copa en las manos y de detuvo a su lado.
—¿Cómo te llamas?
—Cedrella Black.
—Encantado Cedrella. Puedo llamarte Cedrella, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa dejando de lado la copa.
—No —respondió la joven con dureza mientras miraba con detenimiento los trofeos.
—Bien, soy Septimus Weasley.
Cedrella inconscientemente se alejó un par de pasos a la derecha provocando que el joven soltara una pequeña risa incrédula.
—Así que eres uno de los fanáticos Black.
La joven lo miró con mala cara.
—Y vosotros los traidores —repuso con una mueca de desagrado. Pero para su sorpresa Septimus volvió a reír.
—El mal genio es hereditario, ¿cierto?
—Así es. Pero solo lo tengo cuando trato con personas que no me agradan.
—¿Y yo no te agrado? —preguntó el joven acercándose más y sonriendo ampliamente.
—Definitivamente no —negó Cedrella cerrando la vitrina y decidida a hablar con su jefe de casa pidiéndole que le diera otro castigo.
—Es una pena —se encogió de hombros—, tú si me agradas.
Cedrella ignoró el comentario, a punto de perder la paciencia, odiando profundamente a Septimus Weasley, odiándolo más que a Ava Boot, a la que acababa de convertirle la cabeza en un melón por meterse con su familia, y por la que estaba castigada.
Septimus se pasó todo el año siguiente apareciendo hasta en la sopa, tratando de iniciar conversaciones con Cedrella e invitándola a Hogsmeade cada que tenía oportunidad. Sus compañeras de habitación habían comenzado a burlarse de que un traidor a la sangre la pretendiera y eso hacía que lo odiara más. Y se odiaba a sí misma por buscarlo con la mirada en la mesa de Gryffindor. Se odiaba por sonrojarse cuando lo encontraba y él levantaba la mirada y le dedicaba una sonrisa deslumbrante.
Hasta que un día, en sexto curso, él la interceptó en los pasillos y la besó sin previo aviso. Cedrella no reaccionó rápido, pero en cuanto lo hizo empujó al chico con todas sus fuerzas con tan mala suerte de que impactó contra una armadura y esta cayó sobre él.
—¡Ni se te ocurra volver a acercarte a mí, degenerado! —le gritó Cedrella antes de irse del lugar dando furiosas zancadas, con las mejillas ardiendo.
Antes de doblar la esquina Cedrella miró atrás y vio que Septimus seguía bajo la armadura. Con un poco de culpa regresó sobre sus pasos lentamente y al ver que el joven no se movía sacó la varita y con un movimiento hizo a un lado la pesada armadura.
Septimus pasó la noche en la enfermería y Cedrella no se separó de él en ningún momento. Primero pensó que solo quería expiar su culpa, pero luego se dio cuenta que en verdad le agradaba la compañía del joven Weasley.
Su relación era secreta, y si por ella fuera, seguiría así. Pero sus planes se vieron truncados cuando su hermana Charis descubrió lo que pasaba. Cedrella tuvo que prometerle de todo con tal de que no lo contase a nadie. Incluso la chantajeó con ciertos secretos que conocía. Al final, Charis aceptó el trato.
Pero cuando Septimus se fue de Hogwarts Cedrella le pidió que la olvidara. Él no estaba dispuesto a renunciar a ella, pero la joven no podía permitir que su relación siguiera avanzando. Su familia tenía otros planes, y el joven no podía ni debía estar en ellos.
Septimus aceptó, resignado y Cedrella no volvió a saber de él.
Cuando ella cumplió diecisiete años sus padres organizaron una fiesta para celebrar el compromiso con el primogénito de los Bulstrode, unos años mayor que Cedrella. La joven no se sentía segura de lo que iba a hacer y solo sonreía con diplomacia. Durante un precioso minuto, pudo irse a un rincón, rogando para que nadie más viniera a darle la enhorabuena. Pero su hermana mayor, Callidora, se acercó a ella con esa misma sonrisa diplomática, vigilando sigilosamente a su alrededor.
—Cedrella, tengo algo que contarte —le dijo sin dejar de echar miradas ansiosas a los demás, sonriendo, pero con la mirada preocupada—. Charis ha hablado con madre sobre lo tuyo con Weasley.
El corazón de Cedrella dio un salto y sintió que la sangre abandonaba sus mejillas.
—¿Cuándo ha pasado eso? —preguntó en un susurro, asustada.
—Cuando volviste de Hogwarts. Tiene guardadas todas las cartas que Weasley te envió.
Cedrella sentía la boca seca ante lo que Callidora acababa de decirle. Respiró profundamente un par de veces tratando de calmarse, mirando a los demás de reojo.
—¿Dónde están esas cartas? —preguntó en voz baja.
—En su habitación. En un cofre que está en el armario —dijo Callidora en un susurro rápido—. Por favor, no digas que fui yo quien te lo contó.
Cedrella asintió y su hermana volvió al baile, sonriendo como si nada hubiese pasado. Tenía que aprovechar la fiesta para hacerse con las cartas. Solo necesitó un minuto para decidirse y salir rumbo a la habitación de sus padres. Vigiló que nadie le siguiera y se encerró en la recámara. Buscó desesperadamente el cofre en el armario hasta que al final lo halló. De su interior sacó unas cuantas cartas, atadas con una cinta.
Miró la que estaba arriba de todas y pudo leer su nombre escrito. La puerta se abrió y Cedrella no tuvo tiempo de guardar todo. Miró a su madre mientras sostenía las cartas.
—Veo que las has encontrado —se limitó a decir cerrando la puerta tras de sí—. Callidora no sabe guardar secretos.
—Ella no tiene nada que ver —repuso rápidamente.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo te has enterado? —preguntó su madre con ironía.
—¿Qué haces con mis cartas? —prefirió preguntar.
—Agradece que fui yo quien vio las cartas y no tu padre. Él ya las habría quemado. Y a ti te habría dado una buena charla sobre lo que esperamos de ti —replicó con severidad.
—¿Y por qué tenías que ocultarlas? Son mías —de repente, una idea aterradora se le formó en la cabeza. Desató las cartas y vio que todas estaban abiertas—. ¿Las has leído?
—Por supuesto. ¿Después de lo que me contó tu hermana crees que no iba a leer lo que decía ese degenerado?
Cedrella respiraba agitadamente, indignada. Quería gritar que no tenía ningún derecho en inmiscuirse en sus cosas. Que Charis era una maldita traidora y que la odiaba. Pero tragó saliva con dificultad y respiró hondo.
—Si me disculpas, madre, me retiro.
Aferró las cartas contra su pecho y salió de prisa directo a su habitación, encerrándose. Rápidamente abrió las cartas, leyendo las palabras con el corazón en la mano. Derramando lágrimas al ver que Septimus la amaba y que no pensaba renunciar a ella. Pero la última carta le decía que al no recibir su respuesta había decidido dejarla ir.
Cedrella lloró toda la noche empapando con sus lágrimas el pergamino, pensando que había perdido al único hombre que amaba realmente. Odiando con toda su alma a su familia y a su prometido. Destrozó su habitación mientras gritaba que detestaba a los Black. El recato y las apariencias eran una basura en ese momento. Solo quería gritar, llorar y romper cosas.
Al día siguiente escribió con la mano temblorosa una carta bastante corta dirigida a Septimus. Salió de casa sin que nadie se diera cuenta y decidió enviarla por medio del correo del Callejón Diagon, pues ella no tenía lechuza y no quería tomarla prestada de su hermana, y menos aún de sus padres.
Esperaba que la carta llegara pronto. Necesitaba decirle a Septimus que le quería. Y que enfrentaría a su familia por él.
