Los repudiados
Por Muinesva
IV
Misantropía
Alphard Black
Alphard Black se pasó casi toda su vida mirando enfurruñado a los que se le acercaban. Consideraba que le hacían perder el tiempo. Y además, le gustaba bastante la soledad. En Hogwarts no tenía amigos, solo compañeros de casa. No compartía conversaciones profundas con los demás porque no eran dignos de su confianza. Si le decía algo a alguien, un día, éste lo utilizaría en su contra.
Por eso, no entabló relaciones con nadie. Ni siquiera con su propia familia.
No decía nada, y por eso los que le rodeaban creían que tenía los mismos ideales que todos los sangre limpia. Pero el tener la boca cerrada no confirmaba nada, y los demás daban por hecho algo que jamás había dicho. En realidad odiaba los prejuicios. Odiaba a los que pregonaban su sangre, y también a los traidores. No le gustaban los que se pavoneaban hablando en voz muy alta sobre su pureza de sangre. Ni tampoco los sangre sucia. De ellos odiaba su manera de ser las víctimas de la situación, mientras los demás pisoteaban sus cabezas.
Por eso Alphard observó muchas cosas durante su vida. Jamás intervenía en los asuntos de los demás y se iba del lugar cuando sentía que alguien necesitaba ayuda. Ignoraba a alguien llorando, y jamás prestaba sus apuntes. No soportaba hacer las pociones en grupos y nunca iba a los partidos de Quidditch. Consideraba bastante tonto a ese deporte y no comprendía como la gente lo adoraba. Durante los partidos, Alphard se dirigía a la Torre de Astronomía, donde podía relajarse sin ningún problema, además, las vistas desde aquel lugar eran inigualables. El Barón Sanguinario era una buena compañía, no hablaba y hacía de cuenta que estaba solo. Justo como él.
Desde la Torre los gritos del campo de Quidditch sonaban tan lejanos, y el viento los transformaba de manera curiosa, sonando como si fuesen parte de una batalla medieval.
Se paseaba solo, indiferente con el mundo. Preocupado solo por sus propios intereses. No le importaba mentir o pasar por encima de quien sea por conseguirlos. Y siempre salía airoso de cualquier problema. Nunca se involucraba en asuntos que no le concernían, y por eso nunca fue castigado. Claro que un par de veces había visto cosas que no le agradaron y no tuvo reparo en ir a contárselo a director sin que nadie supiera que había sido él el informante.
Se había interesado en una chica en séptimo año, pero tras unas semanas de conocerla mejor se alejó y decidió que era una pérdida de tiempo estar con ella. No volvió a cortejar a ninguna chica y se dijo que era demasiado egoísta como para preocuparse por alguien que no fuera él. Tenía mejores cosas que hacer que pasarlo con alguien. Además perdía el interés muy deprisa. A él le gustaban las horas de silencio. No le gustaba hablar con alguien más tiempo del estrictamente necesario.
Alphard observaba las situaciones que se desarrollaban a su alrededor con mucho interés. No le gustaban las personas, pero le gustaban sus historias, sobre todo si eran tormentosas. Escuchaba en silencio alguna conversación y le agradaba sacar conjeturas. Pero la mayor parte del tiempo se la pasaba en la biblioteca, donde no tenía que poner mala cara a nadie. Todos sabían que no debían molestarlo cuando se hallaba ahí. Su hermana Walburga había lanzado el grito al cielo cuando lo vio leyendo libros de escritores muggles. Como si fuera para tanto. A Alphard no le importaba qué sangre tenía el escritor, le importaban sus palabras.
También le gustaba la música. Por eso tenía en su habitación un gramófono. Su canción favorita era la que más odiaba su hermana Walburga, y por eso, cuando él era más joven, solía escucharla con la puerta abierta cuando ella estaba en casa, solo por hacerla enfadar. Cygnus, su hermano menor, solía decir que su comportamiento era patético. Alphard le respondía cerrándole la puerta de su habitación en la cara. Nada de gritos o insultos. Lo suyo eran los gestos de indiferencia.
A Alphard le gustaban sus sobrinos Sirius y Regulus, y no se sintió decepcionado cuando el mayor terminó en Gryffindor. Era lógico que todo lo hacía para llevar la contraria a su familia, pero si el Sombrero lo había puesto en esa casa era por algo. Él estaba en el salón cuando Walburga y Orion recibieron la lechuza de Sirius desde Hogwarts, y supieron que algo iba muy mal cuando vieron que la carta estaba decorada en vivos tonos rojos y dorados, haciendo que su hermana estrujara el pergamino en sus manos y lo echara al fuego. Casi podía ver a Sirius reírse ante el gesto.
Quizás fue eso, el que Sirius fuera ante el mundo a su manera, desafiando los principios de su familia con tanto descaro, ignorando las reprimendas y siendo continuamente comparado con su perfecto hermano Regulus, lo que hizo que Alphard decidiera ayudar a su sobrino.
Ya sabía que el chico planeaba abandonar la casa, de modo que la noche que decidió fugarse, Alphard lo detuvo al salir de su habitación. Sirius, con una mochila al hombro lo miró desafiante.
—¿Me detendrás, tío? ¿Se lo contarás a mi madre?
Alphard negó con la cabeza sonriendo con ironía.
—Se ve que no me conoces, muchacho —se limitó a decir. Sirius bajó la guardia pero no dejó de mirar a su tío con cierto recelo.
Alphard le entregó un saco lleno de galeones sin decir nada. Su sobrino lo miró con extrañeza y se negó a cogerlo.
—Cógelo, insensato, lo necesitarás —le insistió con aspereza, sacudiendo el saco haciendo que el oro tintineara—. No vivirás del aire.
Sirius sonrió, asintiendo; tomó el dinero y lo guardó en el morral.
—¿Por qué lo haces, tío? Mi madre se enfadará si se entera de lo que has hecho.
—Que se entere. No tengo nada que perder —dijo encogiéndose de hombros.
—Serás un repudiado —replicó Sirius.
—Igual que tú —Sirius sonrió de medio lado, con cierta arrogancia—. Eso no es tan grave. Si sentimos que no pertenecemos a esta familia, ¿para qué quedarnos?
Sirius miró a su tío con aprecio y volvió a asentir.
—Gracias, tío Alphard.
