Disclaimer: Junjou Romantica y sus personajes son total propiedad de Shungiku Nakamura.

Notas: Y aquí está, el cuarto y último capítulo de este fic. Me da pena terminarlo, me encariñé con él xD Pero todo debe llegar a su final en algún momento, así que... eso (?). Espero puedan disfrutarlo.


IV.- Arts

La mañana llegó certera, sin un aviso previo. Debieron alistarse muy rápidamente luego de un desayuno sencillo y tan fugaz que se les deshizo en la boca antes de tragarlo. Mientras comían, Nowaki escuchaba los refunfuños de Hiroki acerca de los días jueves. Se le hacían horriblemente largos y ese día en particular sería mucho peor. Nowaki le preguntó por qué, Hiroki respondió un "porque sí" que no le dijo nada en lo absoluto. El pintor prefirió no insistir en ello, pero sí en otro asunto que definitivamente era mucho más importante que la razón de desprecio hacia los jueves.

—Hiro-san, ¿puedo verlo hoy en la noche?—Le preguntó de repente, tan directo como solía serlo—Es que…

—Esta noche no puedo—Lo interrumpió. Bebió un poco más de su té para proseguir rápidamente—, tengo muchísimo trabajo para mañana en la mañana y si desperdicio tiempo, acabaré hecho un lío.

Hiroki no se mostró mayormente afectado por no verlo un día, aunque los deseos intranquilos estaban. Lo importante era que Nowaki no se diera cuenta de ellos, pero gran error fue pensarlo así.

—Oh, lo siento.—Dijo, y otra vez se negó a insistirle.

El docente se puso de pie en un movimiento drástico luego de terminar su té, tomó su chaqueta del sillón y se despidió de Nowaki, dándole cordialmente las gracias por haberlo dejado pasar la noche en su casa. No porque no hubiera pasado nada, iba a hacer a un lado las buenas costumbres.


Su cátedra terminó cerca de las nueve. El invierno no le permitió divisar el atardecer fuera de su lugar de trabajo, así que sin más volvió a su casa con la dolorosa idea de no ver a Nowaki pintando en la plaza esa noche, ni esperándolo fuera de la universidad o del edificio donde vivía. No podía reconocer que lo necesitaba, eso era permitirse demasiadas libertades en un área donde ya no era el experto que creía ser.

Al llegar, la oscuridad se tragó su silueta y el frío lo envolvió cual manta de hielo. Qué triste resultaba pensar que su propia casa le causaba tal daño.


La mañana del viernes le resultó demasiado cruel. A pesar de sus ojeras enormes por no haber dormido, consideró que hizo bastante bien su trabajo, salvo por algunas faltas ortográficas de palabras en inglés que sus alumnos no tardaban en mencionar.

Llegaron las seis de la tarde rápidamente. Quizás la vaga ilusión de ver a Nowaki le hizo pensar que el tiempo no era un instrumento de tortura. Cuando salió, caminó a un paso que más parecía un trote y miró hacia ambos lados de la carretera; Nowaki no estaba.

Aun así no permitió que aquello le echara los ánimos por los suelos. Caminó a su casa lo más tranquilo que pudo. Comenzaba a hacer frío y la gente en la calle apareció de repente con grandes abrigos, las mujeres mayores envueltas en pieles de fantasía, como enormes osos negros, imitando hasta su torpeza al caminar por los tacones de las botas. Cruzó hacia la avenida del frente, donde estaba el edificio donde vivía, y esperó encontrar a Nowaki en la entrada, pero tampoco estaba.

Entonces sus esperanzas se desvanecieron ya sin posibilidad de renacer. Acabó por resignarse a la idea luego de varios minutos de terquedad, pero Nowaki apareció detrás de él, acabando de cruzar la calle. Sabía que se trataba de él, de su sonrisa distraída y su mirada gentilmente azul.

—Hiro-san, qué bueno que lo encuentro—Le dijo con voz cansada, como si hubiera venido de una maratón. Hiroki sonrió para sus adentros al escuchar esa melodía calmar su descontrolado corazón—. Tenía muchísimas ganas de estar con usted.

Hiroki giró hacia él y le clavó sus ojos marrones. No supo cómo se lo agradeció Nowaki, internamente.

—¿Cómo estás?—Preguntó con cortesía, pero con un brillo que delataba algo más.

—Bien, bien, gracias. Vine a buscarlo.

—¿A mí?—Le preguntó arqueando una ceja, como si fuera algo impensable.

—Sí.

—¿Y para ir a dónde?

—A mi casa.

Hiroki estuvo a punto de dejar caer su mandíbula, no por decepción sino por extrañeza. Lo quedó mirando sin saber qué decir, sin querer decir nada en realidad pues supo que Nowaki no había terminado su invitación aún.

—Se lo iba a decir ayer en la mañana cuando se fue, pero estaba tan fastidiado que no quise insistir. Además, mañana es sábado y no tiene que trabajar, ¿o sí?

Suspiró un poco inquieto y desvió la mirada hacia un costado. Luego a la punta de sus zapatos mirando por accidente la punta de los bototos de Nowaki, y finalmente hacia el cielo. Los colores cálidos le dieron al pintor un aspecto adorable.

—No. Yo no, al menos.

Nowaki sonrió satisfecho, como si hubiera aguantado la respiración por un buen rato. Le tomó las manos ignorando el hecho de que Hiroki se sonrojara, las besó con delicadeza a ambas, y lo miró a los ojos. Adoraba ahogarlo con su mirada.

—Entonces, ¿podemos irnos ahora?

Hiroki pasó de mirarlo con gesto embobado a uno con reprobación.

—¿No vas a trabajar hoy?

Nowaki volvió a sonreírle, acariciándole la mejilla. Sus dedos se percataron del calor que su piel despedía.

—No lo sé. Bueno, depende.

—¿De qué?—Frunció el entrecejo.

—De usted, Hiro-san.

—¿Qué?—Torció la boca en un gesto que gritaba no entender en lo más mínimo sus propósitos.

—Se lo explicaré después, ¿sí?

Hiroki asintió sin estar muy seguro.

Caminaron durante unos minutos, uno al lado del otro. Hacía mucho más frío ahora y se arrepentía de no haber ido a buscar un par de guantes y una bufanda antes de haberse ido. Aunque lo disimuló lo mejor que pudo, Nowaki se lo preguntó un par de veces, ofreciéndole su abrigo o su bufanda negra. Hiroki prefirió el abrigo cuando ya no quedaban más de dos cuadras, sintiendo el peso del cuero sobre sus hombros y el olor de Nowaki invadir su nariz. Necesitó girar su cabeza hacia uno de sus costados para apreciarlo mejor, en una respiración que pareció un suspiro nostálgico.

Cuando llegaron, Nowaki lo invitó a pasar. El departamento estaba curiosamente cálido a pesar de las paredes grises de concreto. Se sentó en el sofá que ya bien conocía y se envolvió con más ahínco en el abrigo sin tener frío, y es que ese aroma le quitaba todos los males de encima.

Nowaki fue hasta la cocina para traerle un té sin haberle ofrecido uno antes. Hiroki lo aceptó sin mayor problema, sacando sus brazos por el abrigo sin dejar que éste resbalara por su espalda. Nowaki seguía mirándolo, encantado con la escena. Se sentó a su lado para mirarlo mejor, lo cual hizo que Hiroki se sintiera extremadamente observado, aunque no le molestaba en lo absoluto que él lo mirara, al contrario.

Pero ni loco lo iba a admitir.

—Hiro-san—Le dijo él, llamándolo por su nombre a medias, ese especial. Hiroki lo miró atento—, gracias por venir—Y se dejó caer en su hombro, como si estuviera horriblemente cansado—… No sabe lo feliz que me hace estar con usted.

Hiroki suspiró, con un "a mí también" desgarrándole la garganta, mas jamás salió. Sólo apoyó su cabeza sobre la de Nowaki, en un gesto quizás insuficiente y poco concordante, pero que al pintor lo hacía sentirse inmensamente pleno.

Se movió un tanto, rozándose, como si quisiera decirle en gesto que quería mirarlo a los ojos. Nowaki levantó la cabeza, lo examinó en detalle, apreciando cada uno de éstos y amándolos a su manera. Le quitó la tacita de té de los dedos ahora tibios por el líquido, y lentamente fue acercándose a su boca.

La percibió cálida, con un suave sabor a hierbas y a recuerdos. Hiroki no tardó en atraerlo más hacia sí, abrazándose a él desde sus hombros subiendo por su cuello hasta la nuca y rozando las argollas de sus orejas. No podía olvidar esa textura de su cabello, el frío de los metales, el negro rodeando sus ojos azules, y esos deseos de querer apoderarse de cada pedacito de él.

De seguro jamás volvería a sentirse tan amado por alguien, y cuán feliz era.

Cuando sus bocas se separaron, Hiroki ya estaba totalmente extendido sobre el sofá, con un Nowaki que no podía mirarlo con más hambre. Se hizo el valiente y lo enfrentó también, acariciándole la mejilla, distrayéndose como un niño con el aro de su ceja.

—Hiro-san—Le habló otra vez, sacándolo de sus atolondrados pensamientos. Iba a abrir la boca para responderle con algo estúpido, y por lo mismo prefirió guardar silencio y cerrar los ojos—, Míreme. Míreme, por favor…

Hiroki abrió los ojos otra vez, quebrado por ese tono tan débil, sin lograr explicarse por qué Nowaki le hacía esa petición como si fuera algo tan difícil (y no grato) de hacer. Lo miró a los ojos de nuevo, encantado de hacerlo realmente.

Nowaki sonrió satisfecho, acariciándole el pelo, enredando las hebras marrones entre sus dedos y disfrutando del gesto curioso del mayor.

—Me gusta cuando me mira—Dijo, contestando la pregunta implícita que había en los ojos de Hiroki.

Volvió a besarlo, a adueñarse de sus labios con la rudeza aparente que siempre lo había caracterizado, callando sus palabras tristes y robándole el aliento y dejando que Nowaki se lo robara también. Pero la cordura jamás se le fue por completo y lo detuvo a medio camino, cuando sus manos recorrieron su pecho bajo la camisa color vino.

Nowaki no protestó y se volvió a acomodar sobre el sofá. Hiroki se ubicó de la misma forma, tragó saliva haciendo sonar demás su garganta, y volvió a mirarlo.

Se mantuvieron en silencio durante un rato, otra vez, sin saber qué decir para romper el silencio, o más bien la armonía que los envolvió, una incómoda porque ambos sabían que querían desatar un caos. Por supuesto era algo deliberado, alocado y fuera de lugar, sobre todo para Hiroki, quien siempre mantenía (o al menos lo intentaba) la compostura.

Pero qué clase de amor alocado podría encerrarse entre paredes. Nowaki no era para eso. Le acarició el cabello mientras éste miraba el suelo, con sus codos sobre las rodillas. De inmediato volvió su rostro de ojos azules hacia él, inclinando la cabeza contra los dedos largos de Hiroki, como un gato pidiendo ser acariciado.

—Ahora sólo falta que te pongas a ronronear—Le dijo, mitad broma mitad regaño. Lo cierto era que Nowaki se lo tomó con humor, pero en serio.

—Si quiere lo hago—Le propuso sin más, como si fuera lo más natural del mundo. Hiroki abrió la boca para responderle con algo que le siguiera el juego, pero al final optó por otra cosa.

—No seas ridículo.

—Para mí no es ridículo—Y sus ojos se clavaron con tal fuerza sobre los suyos, que esas palabras a Hiroki le sonaron casi una amenaza—. Hiro-san, usted puede pedirme que me pare de cabeza y tenga por seguro que lo haré.

El mayor alzó la ceja. De verdad ese chiquillo necesitaba aprender a quedarse callado de vez en cuando.

—¿Tan así?—Preguntó incrédulo, sin dejar de acariciarle el cabello.

—Claro que sí—Apoyó su cabeza en las rodillas del mayor—. Estoy dispuesto a todo por usted, Hiro-san.

Hiroki sintió unos enormes deseos de abrazarlo a su gusto, hasta exprimirlo si es que era posible, para que no se alejara de él nunca más.

Tanta era la felicidad que experimentaba cuando estaba con él, tanta era la dicha que lo hacía sentir, que no le caía en el pecho. Era como si un calor abrazador se expandiera por todo su cuerpo, saliendo en forma de gotas por sus ojos marrones.

Tenía demasiado miedo de perderlo. Muchísimo. Porque ya le había dado todo lo que tenía.

Suspiró levemente, pero Nowaki no tardó en darse cuenta. Lo miró a los ojos, volviéndose, y se extrañó de verlo con esa expresión tan triste.

—¿Qué pasa, Hiro-san?—le preguntó con dulzura, pero Hiroki no dijo nada. En ese momento, lo único que le importaba realmente era seguir contando, sin cansarse, cada uno de los cabellos negros.

Nowaki se volvió otra vez, cerrando los ojos. Los dedos cálidos de Hiroki le estaban dando enormes ganas de dormir, lo relajaban gloriosamente. El mayor se percató de ello cuando, luego de un rato, las preguntas que le hacía sólo eran respondidas por suspiros cansados. Lo zamarreó un poco, Nowaki no tardó en despertar.

—Lo siento—soltó con torpeza—. Estoy algo cansado…

—Ya, no importa—Respondió.

Nowaki se puso de pie un momento. Ya estaba bastante oscuro, pero no lo mencionó para que Hiroki no dijera que quería irse, a sabiendas de que iba a darse cuenta igual. Bostezó con pereza y fue a la cocina.

—Tengo hambre. ¿Usted no?

Hiroki se percató de ello y al instante un sonido vergonzoso vino de su estómago. Nowaki sonrió enternecido por el sonrojo que al mayor le pintó la cara.

—Haré comida para ambos entonces. No quiero comer solo así que…—miró el reloj de la sala, como para distraerse— ¿me concedería el honor, Hiro-san?

El susodicho no pudo fruncir más el ceño porque era físicamente imposible. Pensó vagamente que a Nowaki sólo le faltó inclinarse y extenderle la mano para tomar delicadamente la suya, y luego de cenar invitarlo a un baile.

Pero qué demonios le pasaba. Un hombre de su edad no podía pensar ese tipo de idioteces.

—S-sí, claro—Tosió—. Te ayudo en la cocina, no tienes por qué llevarte todo el trabajo.

—No es una molestia, pero si quiere ayudarme, mucho mejor.

Hiroki lo siguió, entrando a un espacio bastante reducido pero lo suficientemente grande como para que una persona se moviera con total libertad. La cocina era mucho más pequeña que la suya, pero se notaba a leguas que estaba mejor atendida y más usada. Desde hace muchísimo tiempo que Hiroki prefería comprar comida en el supermercado, ya cocinar no se le daba tan bien.

Miró los muebles y las puertecillas sencillas, hasta rústicas le resultaban. Pero pensó que le daban un toque especial a la casa, como una decoración.

Sin más se dispuso a ayudar a Nowaki con la comida. Y poco y nada fue lo que hizo porque la mayor parte del trabajo se la llevó el pintor, aunque no faltó el momento en donde, por querer molestarlo un poco, lo llamó como solía hacerlo, esperó a que Hiroki se volviera y le manchó la mejilla con salsa de soya.

Por supuesto, su invitado de honor no se quedó de brazos cruzados. Y sin darse cuenta comenzaron una batalla casi campal, entre risas y abrazos, que los dejaron a ambos hechos un desastre. Hasta el pelo tenían manchado con quién sabe qué sustancias entremezcladas.

Hiroki se percató de que Nowaki era un poco lento al principio, pero luego se fue adaptando al ritmo del juego, aunque le costó bastante. Años de experiencia lanzando libros y lo que fuera que tuviera a mano traía sus frutos. A pesar de ello, Hiroki fue el que peor quedó y prefirió pensar que era porque Nowaki tenía mucha más fuerza que él, además de ser más alto.

Cuando se cansaron de jugar, y de abandonar la sonrisa juguetona que tenían ambos en la cara, pensaron en tener que limpiar todo eso y casi se les quita el hambre. Decidieron encargarse del desastre de la cocina luego de comer, además Hiroki prometió comprarle otra salsa de soya la próxima vez que se vieran. En el frasquito había quedado mucho menos de la mitad, y eso que Nowaki le había dicho que estaba casi nueva.

Agitados, fueron a la mesa de la sala. Comieron mientras se miraban disimuladamente y se reían de la apariencia del otro. Formaron un ambiente cálido y a gusto sin darse cuenta, y Hiroki pensó que hasta una cosa tan simple como "ayudarlo" a cocinar, lo llenaba de dicha.

—Eres un inmaduro—le dijo, a pesar de haber usado un tono completamente cómplice, y tomando otro poco de arroz.

Nowaki soltó una risita, pero no dijo nada. Siguieron comiendo hasta haber terminado y llevaron los trastes a la cocina, donde Nowaki se encargó de enjabonarlos bajo el chorro de agua y Hiroki los secaba y los iba guardando en la alacena.

—Hiro-san—Lo llamó. Hiroki, inocentemente, se giró hacia él e inmediatamente recibió chispitas de agua en el rostro. Nowaki volvió a reír—¡Es lento!

—¡No me subestimes, mocoso!—Dijo, divertido, yendo hacia la llave y mojándose ambas manos para hacer lo mismo, pero Nowaki fue más rápido y giró la cabeza. De inmediato le tomó ambas muñecas y le plantó un beso efusivo en los labios.

Hiroki se relajó, recibiendo la lengua de Nowaki en su boca, sintiendo cómo sus manos rodeaban su cintura mientras las propias sujetaban sus hombros. Con un paso hacia adelante del pintor, Hiroki sintió tras su espalda una especie de mesa pegada a la pared.

Al separarse, se miraron con atención. Seguían hechos un desastre.

—Te amo, Hiro-san—le dijo, acariciándole el pelo.

—Lo sé—Le contestó, sin saber qué decir, a pesar de haber oído tantas veces esa frase salida de sus labios.

Le daba miedo responderle como bien sabía que debía hacerlo.

Limpiaron la cocina y volvieron a la sala. Hiroki miró el reloj, marcando éste las doce de la noche. Pensó que era muy tarde y que debió haber vuelto a su casa muchas horas antes. Miró a Nowaki, éste le negó con la cabeza.

—Es peligroso que se vaya a esta hora—Le dijo, más por querer que se quedara que porque fuera peligroso andar en la calle.

—No va a pasarme nada, sé defenderme—contestó un poco brusco. Pero tenía razón, tantas clases de Kendo no pudieron haber sido en vano.

—Eso no lo dudo, pero aun así es mejor que se quede.

—Ya te he causado demasiadas molestias. No es necesario…—No alcanzó a terminar cuando Nowaki lo abrazó con fuerza, robándole hasta la última palabra. Correspondió al abrazo, casi por una necesidad que por querer y se quedó quieto, con ese calor alrededor suyo y el latido incesante de ese corazón.

—Hiro-san, no se vaya—Le dijo, o más bien le imploró, estrechándolo aún más y con el corazón pendiéndole de un hilo—. Por favor, quédese esta noche…

Hiroki no supo qué hacer, a pesar de anhelar hasta con dolor quedarse con Nowaki. Suspiró pesadamente y apoyó su mejilla en el hombro del menor, asintiendo un par de veces.

—Gracias…—Le dijo, y le besó los labios.

Fue el beso más dulce que Hiroki había recibido en su vida, pero no por ello Nowaki permitió que todo quedara allí. Se fueron a la única habitación del departamento e hicieron el amor, sin control ni secretos. Se amaron porque sí luego de esperarse en la oscuridad, observándose en silencio, imaginando todas y cada una de las formas para amarse.

Allí estaban, teniéndose, adueñándose.

Y para Hiroki no hubo tiempo de lamentarse al amanecer, cuando la luz entró por la ventana y Nowaki se mostró aún dormido. Estaba cerca de él, podía acariciar su pelo y tocar su piel, ningún libro iba a ofrecerle eso.


Durante la tarde del sábado se dedicó a vagar por el centro de la ciudad e ir a visitar tiendas de libros usados. No tenía mucho que hacer en el trabajo y Nowaki dijo que debía arreglar unas cosas en otro lado, y no iba a estar durante la tarde.

Volvió a extrañarlo. Cerró el libro recién abierto de un fuerte manotazo, dejándolo en el estante otra vez y yéndose a casa.


Las semanas pasaron de nuevo, igual de rígidas que siempre hasta que el atardecer del viernes llegaba y Nowaki estaba afuera de la universidad esperándolo para ir a algún lugar. Por Hiroki que fueran al otro extremo del mundo, no le importaba mientras estuvieran juntos. Sabía que el pintor no podía proveerle de grandes invitaciones así que la mayoría del tiempo la pasaban en su departamento, siempre y cuando Nowaki lo dispusiera. Y la verdad era que no había lugar más bonito que ese, el sofá grande y las películas occidentales.

En otras ocasiones pasaban los atardeceres en la plaza, aunque ligeramente más alejados por los ya conocidos prejuicios. Nowaki no se manifestaba particularmente interesado en ello, pero por Hiroki prefería hacerles caso. No faltaba el momento en el que cualquiera de los dos comenzaba a arrancar la hierba del suelo y se la lanzaba al otro, aunque en estricto rigor no funcionara porque el viento desviaba las hojitas del pasto hacia cualquier lugar menos el que el otro ocupaba. Nowaki se reía y Hiroki se molestaba, hasta que, con sumo disimulo y cuidado, Nowaki lo besaba fugazmente en los labios.

Muchas veces debió llevarse un regaño por esas actitudes que para Hiroki no eran más que intenciones de provocarlo. Le molestaba ser partícipe de ellas en los lugares públicos, así que al final Nowaki acababa invitándolo a su casa donde pasaban en resto de la tarde.

Una noche de viernes primaveral, lo había vuelto a invitar a su casa y Hiroki no se negó. Sin darse cuenta, se alistó con lo mejor que tenía aunque sin ser exagerado y esperó a que Nowaki apareciera. Al cabo de unos minutos, su celular sonó y contestó de inmediato, recibiendo la noticia de que Nowaki lo esperaba afuera del edificio. Salió rápidamente, lo saludó con cortesía y emprendieron camino, el mismo de hace varios meses, ese que ya se sabía de memoria.

Entraron y Nowaki cerró la puerta. Como muchas otras veces, Hiroki miró los cuadros de las paredes, esas que ahora lucían más llamativas y no tan tristes, como si reflejaran un cambio importante. Se percató de que faltaban varios pero no iba a mencionar algo tan trivial, así que guardó silencio.

Hace unos días, Nowaki se había conseguido una película y le ofreció verla, a lo que Hiroki no se negó. Era de esas de superhéroes, los cuales jamás le llamaron la atención, pero terminó entusiasmado al final. Se preguntaba si de verdad sería posible confeccionar un traje de metal con tales características, Nowaki le respondió que si las personas necesitaran realmente de algo así, ya hace mucho que, por lo menos, tendrían un prototipo o un plano.

Hiroki se quedó con esa respuesta y esperó a que la película terminara. Sonrió de medio lado cuando escuchó la última frase dicha por el protagonista y los créditos comenzaron junto con una melodía pesada. Nowaki comenzó a tararearla, particularmente emocionado; siempre le gustaron los superhéroes de Marvel. Hiroki lo quedó mirando sin saber qué cara poner.

—¿Por qué me mira así?—Preguntó con parsimonia, sonriendo levemente—Esa canción es un clásico.

—Lo sé, hasta yo la conozco—Reconoció—, ¿pero no te parece que estás un poco viejo como para emocionarte con tales cosas?

—¿Con Black Sabbath?

—¿Qué?—Arqueó una ceja.

Nowaki volvió a reír levemente y besó los labios de Hiroki. Apagó la televisión junto con el reproductor DVD y tomó ambas manos del profesor. De pronto se puso un tanto nervioso y aunque intentó disimularlo, Hiroki se percató igual: sus manos estaban frías.

—¿Pasa algo?—Le preguntó frunciendo el ceño y buscando sus ojos bajo esos mechones de pelo cubriéndole la frente. Nowaki permaneció callado durante un rato.

—Hiro-san…—Dijo, con voz dudosa, desviando aún más la cabeza para evitar el contacto con los ojos marrones—Q-quiero pedirle un favor.

Hiroki hizo un gesto de extrañeza, torciendo la boca.

—¿Qué favor?

Nowaki volvió a quedarse callado y soltó las manos de Hiroki, poniéndose inevitablemente más nervioso. Así que, para desenredarse él mismo y entender lo que sucedía, le explicó a Hiroki desde el principio.

Respiró hondo, y lo miró a los ojos.

—Verá… No sé si se ha dado cuenta, pero ya no estoy pintando en la plaza tan seguido—comenzó.

Hiroki ladeó un poco la cabeza sin entender a qué se debía esa información.

—Claro que me di cuenta—contestó, sin comprender aún qué tenía que ver eso con el nerviosismo que había en la voz de Nowaki.

—Y recordará también que hace unos meses estuve más o menos lejos por unos días—continuó, ahora un poco más relajado al notar el tono tranquilo de Hiroki, inspirándole confianza.

—Sí, lo recuerdo también—dijo Hiroki haciendo memoria.

—Bien…, eso fue porque me aceptaron en la escuela de medicina. Entre rendir los exámenes necesarios y todos los trámites, intenté volver lo antes posible.

Hiroki alzó las cejas mostrándose sorprendido, e inmensamente feliz por Nowaki.

—Vaya… pues, te felicito—dijo sin más.

—Gracias…—Y volvió a quedarse callado. Luego de un suspiro, continuó—Y por eso quiero dedicarme a mi carrera.

—Me parece bien.

—Al ciento por ciento.

Cuando guardó silencio de nuevo, Hiroki se contagió de ese nerviosismo y frunció el ceño, ansioso por saber a qué se debía toda esa bonita pero inesperada conversación. Sin embargo, lo esperó pacientemente a que continuara, hasta terminar.

—Hiro-san—volvió a llamarlo, entusiasmado y un poco nervioso. Hiroki suavizó su expresión—¿Usted me… me permitiría pintarlo?

Soltó un sonido de sorpresa y abrió sus ojos en demasía. No se esperaba una propuesta así. No le desagradaba, pero era totalmente extraña y nunca nadie le había pedido algo de ese tipo.

—¿P-pintarme?—preguntó, incrédulo, pensando que quizás todo eso era una broma.

—Sí…—Se rascó la cabeza en un gesto nervioso.

—B-bueno…—agachó la mirada y se dedicó a pensar.

Sabía la importancia que tenía ese tipo de expresión de arte para Nowaki, era una parte importante de su vida y si le pedía algo así era porque lo consideraba también parte de él, tanto o más crucial que la pintura. ¿Qué perdía con decirle que sí? Lo miró a los ojos, azules y más brillantes que nunca, leyendo en sus pupilas el anhelo rogando por ser cumplido. Qué peligro podría significar un acto tan bello como ese, una demostración de afecto tan pura.

Por otro lado, se sentía bastante avergonzado.

—Y si dijera que sí, ¿cómo lo harás? Es decir…

—No voy a obligarlo a hacer nada que usted no quiera, lo prometo—Lo interrumpió. Seguía sin acostumbrarse a ser interrumpido.

Nowaki le tomó ambas manos de nuevo, mirándolas como si las admirara. Hiroki suspiró con un gesto nervioso, sin querer negarse realmente pero sin querer decirle que sí de forma directa, su orgullo estaba en juego. Cuando lo miró a los ojos, Nowaki le acarició la mejilla con total delicadeza.

—Lo prometo—insistió otra vez, y lo abrazó con fuerza. Hiroki pudo sentir el corazón agitado de Nowaki golpeando con fuerza contra su pecho, como si buscara al suyo—. Por favor, Hiro-san…

—Está bien—dijo, aun sin saber exactamente si estaba seguro. Al instante, los brazos de Nowaki lo apretaron mucho más—. Si de verdad es tan importante para ti, hazlo.

—Muchas gracias, Hiro-san—contestó, y Hiroki pudo percibir a flor de piel la emoción en su voz. Lo alejó un poco y le tomó el rostro con ambas manos, besándole los labios con dulzura—. No sabe lo feliz que me hace…

Lo besó otra vez ahora más rápidamente, pero Hiroki fue más rápido y no le permitió alejarse tan pronto. Nowaki sonrió entre el beso y luego se alejó, volviendo a los pocos minutos a la sala con un atril y un lienzo en blanco, además de unos tarritos de pintura y una paleta de colores.

No lo iba a negar: la idea lo emocionaba, pero no dejaba de sentirse un tanto extraño. Nowaki volvió a acercársele diciéndole que se pusiera de pie. Lo miró de pies a cabeza y posó sus manos en la cintura delgada de Hiroki, acariciándole el pecho. El profesor cerró los ojos y deseó alejarlo, pero el beso en el cuello que Nowaki le abandonó lo hizo desistir de la idea. Internamente quiso que continuara, pero el pintor volvió a mirarlo con atención.

—Permítame—le dijo, comenzando a desabrocharle la camisa.

—¡¿Qué haces?!—gritó escandalizado, sonrojado pero incapaz de hacer algo concreto para alejar esas manos hábiles que ahora desabrochaban su pantalón. Rápidamente, volvió a abrocharle la camisa pero con total desorden mientras la arrugaba y la hacía colgar desde un hombro, le revolvió el pelo y desacomodó un poco sus pantalones.

—Quiero verlo así, sin tantas reglas. Me gusta cómo luce—Le contestó con calma, sonriente, mirándolo con un brillo encantador.

Hiroki no supo qué contestar. Se miró, y le gustó lo que vio, aunque era por demás inusual verse así. Jamás en su vida había lucido con tal desorden.

—Ahora, Hiro-san—continuó Nowaki, alejándose de él y admirándolo de lejos, esa belleza desordenada que expulsaba lo estaba volviendo loco. Tosió al encontrar perfección en cada rincón—Póngase de espaldas a la pared.

Hiroki frunció el ceño, un tanto disgustado con la propuesta.

—¿Qué estás tramando, mocoso?—Preguntó con aire desconfiado.

Nowaki soltó una risita y le insistió en la petición mientras se ubicaba detrás del lienzo. Hiroki no hizo más que obedecer, quedándose estático.

—No esté tan nervioso, nadie más lo está mirando aparte de mí.

—No estoy nervioso, imbécil—Contestó, pero su tono delató todo lo contrario.

Nowaki volvió a reír.

—Hiro-san, mire hacia la ventana girando un poco la cabeza y ubique sus manos en los bolsillos de su pantalón, por favor.

Hiroki respiró sonoramente y cerró los ojos, obedeciendo sin más y sonrojándose en el acto. La pared fría contra su hombro descubierto le producía una sensación de extrema vulnerabilidad.

—¿Alguna vez le habían dicho que tiene una bellísima silueta? —Soltó Nowaki con una sonrisa, mientras se dedicaba a mirar a Hiroki más que al lienzo.

—C-cállate—Soltó, y sin darse cuenta comenzó a temblar. Nowaki se le acercó con gesto amable, acariciándole la mejilla, sintiendo el calor que despedía su rostro.

—Te amo, Hiro-san.

Hiroki se calmó un tanto y se sonrojó peor. Nowaki lo abrazó por la cintura y depositó un beso sutil en su cuello. Luego hizo que una parte de la camisa colgara fuera del pantalón y, como embobado, volvió a mirarlo.

—Y-ya es suficiente. ¿Vas a comenzar o no? —Espetó dándole una orden y con un tono tembloroso en la voz—No tengo todo el día—Desvió la mirada hacia el suelo. Nowaki sonrió de medio lado al mirar por la ventana, señalando la ya imponente noche.

—Sí, claro. No se mueva.

Hiroki volvió a acomodarse como Nowaki se lo había indicado.

El primer paso del pincel por el lienzo fue sutil y sencillo. Agitaba la cabeza con la intención de acomodarse el pelo y ver mejor a Hiroki, preguntándose a qué debía prestarle más atención. Le estaba costando demasiado trabajo concentrarse, detalle que para Hiroki no pasó desapercibido.

—Nowaki—lo llamó. El pintor movió sus pupilas hacia él—, si pasa algo, podemos…

—No, no pasa nada, Hiro-san—Contestó, interrumpiéndolo otra vez. Le sonrió calmadamente y le pidió que volviera a mirar hacia la ventana. Le gustaba muchísimo esa luz nocturna iluminando su rostro.

Respiró profundamente y siguió haciendo líneas sobre el lienzo, de aquí para allá, difuminando algunas con otras y jugando con los grosores, como si de verdad pudiera tocar con sus dedos cada forma de ese cuerpo ofrecido a su arte. Se rindió ante la idea, se hizo uno con sus ojos y los pinceles para alcanzarlo, qué maravillosa sensación.

Miró por la ventana un momento. La noche se veía cálida y luminosa, cuya tenue iluminación golpeaba el rostro de Hiroki, contrastando con los colores cálidos de sus ojos y su cabello. Su piel era tan blanca que el negro azulado del cielo era absorbido por ésta, haciéndolo ver ya como una obra de arte, como una estrella cercana. Sonrió orgulloso y feliz al pensar que ya había tenido la dicha de poseer tal perfección.

Entre unos minutos y otros, Hiroki desviaba sus pupilas hacia Nowaki, encontrándose con las azules en varias ocasiones, las cuales pronto volvían al lienzo. En un momento quiso cerrar los ojos para no mirar más y dejar a Nowaki que hiciera lo que quisiera con tal de no enterarse de nada. Y es que ya casi podía percibir el pincel sobre su cuerpo, acariciando su hombro descubierto, su cabello desordenado y la ropa que si bien le daba un toque contrastante al profesor de literatura, estorbaba hasta hacerse odiosa.

Jamás en su vida había estado en una situación tan erótica, y le gustaba.

La respiración se le agitó un poco, el cuerpo le pesaba. Mirar hacia afuera no lo tranquilizaba en lo absoluto. Era como tener la mirada de Nowaki a kilómetros de él, tan poderosa y omnisciente como si de una deidad se tratara. Miró a quien lo retrataba, con gesto indefenso, como si estuviera encadenado. Su labio inferior rozó sus dientes superiores queriendo tener la boca de Nowaki sobre la suya. Quería que sus manos lo tocaran y que lo mirara de cerca y al mismo tiempo el placer distorsionado de la situación lo obligaba a permanecer quieto, totalmente expuesto.

Nowaki lo hacía sentir cosas maravillosas y extrañas, con sólo mirarlo. Cuánto lo deseaba.

Pasaron varios minutos (tortuosos minutos) donde logró mantenerse lo más quieto posible. Le resultaba hasta doloroso. Nowaki movía su mano derecha continuamente y sus ojos se mantenían vivos y asombrados, en un éxtasis purísimo, contrario a la desesperación que estaba adueñándose de Hiroki. Esa sensación abrumadora lo estaba consumiendo junto con esa mirada tan poderosa que lo devoraba todo a su paso.

—Hiro-san, no se mueva, por favor—insistió ahora sin mirarlo y, al parecer, afianzando los últimos detalles de la pintura. Hiroki soltó el aire que traía en los pulmones en un sonido fuerte.

—Oye, Nowaki—Volvió a llamarlo, con el tono más tranquilo que pudo.

—¿Sí? —respondió sin mirarlo aún.

—¿Por qué me comentaste todo eso antes? —dijo, haciendo referencia a la conversación que derivó en aquel acto.

Nowaki detuvo en seco sus movimientos y miró el lienzo como si recordara una y mil cosas a partir de allí. Sonrió con lo que pareció una sonrisa amarga, pero Hiroki, quien lo conocía lo suficiente, adivinó el sentimiento de plenitud tras ese gesto tan único. El pintor lo miró, parpadeó una vez con mucha calma, y contestó a su pregunta.

—Porque esto es lo último que pintaré.


Romanticismo. Lo que en otros tiempos le parecía lo más cursi del universo, ahora lo tomaba como un espejo, una representación misma de lo que era, de lo que acabó convirtiéndose.

No le molestaba, pero era un tanto incómodo saberse tan identificado con tal forma de expresión. Mientras hablaba y hacía de la cátedra algo más que una clase, inevitablemente recordó a Nowaki. Y es que quién podría sino ser tan audaz como el Romanticismo. Sin reglas, sólo ser, sólo sentir. Qué bonita sensación era decirle adiós a la razón, la expresión máxima del ser.

De lo que Nowaki era, de lo que él mismo era cuando estaban juntos.

Dejó escrito un mapa conceptual (bastante desordenado, cosa que no le gustó; pero no había tiempo para hacer otro) en el pizarrón además de la fecha del próximo examen. Unos pocos minutos después la clase terminó. Hiroki fue el último en salir, y luego de terminar con todo lo que tenía que hacer ese día, se despidió de Miyagi y se fue.

Habían pasado varios meses luego de que Nowaki decidiera dedicarse de lleno a su carrera. Tenía un capital considerable para eso así que por temas de dinero no había problemas. Habían quedado de verse ese día, así que Hiroki prefirió pasar a casa un momento a dejar algunas cosas y partir a la Universidad donde Nowaki estudiaba.

Llegó diez minutos antes del horario acordado, así que se dispuso a esperarlo en la avenida de enfrente. Recordó de pronto los momentos en donde era todo lo contrario, y su corazón volvió a agitarse tal y como en aquellos días, casi viviéndolos de nuevo.

Siempre le había gustado esa sensación en el aire que el atardecer brindaba, el cielo anaranjado y la brisa fresca sin llegar a provocar frio. Se mantuvo mirando al frente por un rato, hacia la entrada de la Universidad, escondiendo la mitad de su rostro tras la bufanda, y Nowaki apareció caminando calmadamente a través del sendero de adoquines, con enormes libros bajo el brazo. Le recordó a sus años de estudiante y le vino una sensación de nostalgia que desapareció luego.

—¡Hiro-san! —Le gritó, Hiroki lo quedó mirando sin moverse hasta que estuvieron lo suficientemente cerca, donde agachó la mirada. Nowaki lo abrazó durante unos segundos, disculpándose por haberse atrasado.

—No importa, no estoy aquí desde hace mucho rato—Respondió. Tomó su bufanda y la hizo bajar hasta el mentón.

Y en eso de que no importaba mintió. Nowaki ni siquiera pensó en creerle.

Caminaron a casa luego de haber cenado en un restaurant, ninguno de los dos tenía ánimos para cocinar. Sus hombros se rozan y de un roce pasa a ser un enlace entre sus dedos. No importa mucho cuando casi no hay gente en la calle, a esas horas donde la noche está a punto de llegar.

Sentados en el sofá del departamento de Hiroki que ahora es de ambos, Nowaki lo abraza, lo mira a los ojos y le besa los labios.

—Hiro-san, te amo—le dice de pronto, directo, sin pensar en lo que siente porque ya está clarísimo.

Hiroki lo mira, sonríe (sólo un poco), se apoya en su hombro y cierra los ojos.

—Yo también a ti—contesta, y siente esa ligereza en su corazón, como si del pecho le hubiera salido una presión que no lo dejaba respirar.

Terminó de convencerse completamente de que ya tenía a qué (y a quién) llamar Hogar.

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I·I·FIN·I·I


Creí que me demoraría más con ésto, pero resultó que no. La inspiración me llegó como un asalto, qué gratificante :3 Al final me demoré los justos y supuestamente inamovibles diez días xD

Como sé que hay muchas formas de mandar al diablo una historia con el final, me perseguí durante meses con el de ésta. Creo que me quedó... decente, al menos me dejó conforme, y me gusta... es decir, para qué alargarlo más.

La escena de Nowaki pintando a Hiroki me hizo fantasear demasiado tiempo xD la hubiera hecho mucho más larga, pero intenté mantenerme dentro de mis cabales así que quedó como está. Es que me parece una situación tan íntima, tan erótica x3!

Y por supuesto, la mención a Ironman está por demás randommente seleccionada xD Me gusta muchísimo Ironman, es mi super héroe favorito :3

En fin. Qué más me queda que agradecer a todos quienes siguieron este fic hasta su final. Cuánto significa para mí su consideración. Se les agradece muchísimo, y si pudiera, les daría una galleta a cada uno junto con un Vale por un abrazo de oso.

¿Algún review dando vueltas~?