Los repudiados
Por Muinesva
VI
Desprecio
Andromeda Black
Si había algo que Andromeda despreciara a parte de los sangre sucia, eran los Gryffindor y los Hufflepuff. Los consideraba insensatos, tontos y sentimentales.
Entre las tres, era la más parecida a Bellatrix, no solo físicamente, sino también de carácter. Al menos cuando eran muy jóvenes. Ambas reían cuando se burlaban de los hijos de muggles y no se sentían mal cuando alguien las reprendía por ello. Narcissa, más tímida, o quizás más prudente, se limitaba a sonreír y a guardarse sus opiniones. Eso la hacía más perfecta a los ojos de los demás, en comparación con Bellatrix que era demasiado impulsiva y era capaz de arrojar a alguien por las escaleras por simplemente chocar con ella en el pasillo. Sobre todo si era un sangresucia. Pero por supuesto jamás lo hizo, de otro modo ya hubiese sido expulsada.
Andromeda por otro lado era exactamente la mitad de Narcissa y Bellatrix. Una combinación de ambas. Cuando era necesario callar lo hacía, pero pobre del que estuviera presente cuando se enfadaba.
Andromeda solía ignorar a los que no eran de su casa y solo hablaba con quienes sus padres recomendaron que lo hiciera. Pero claro, tenía permitido decir algún insulto de vez en cuando a algún sangre sucia, sobre todo si se lo merecía.
Durante la primera salida a Hogsmeade de Narcissa, las tres hermanas decidieron ir juntas, pero bastó llegar al pueblo para darse cuenta que cada una tenía planes diferentes. Bellatrix decidió ir con Rodolphus y sus amigos a Las Tres Escobas y Narcissa prefirió conocer el pueblo junto a sus amigas. De modo que Andromeda quedó sola, sin saber a dónde ir. Decidió recorrer la calle paralela a la principal, aquella que por donde casi nadie paseaba. Había algunos negocios y casas particulares. La joven miraba con atención cada una de ellas, leyendo sus letreros.
Un fuerte viento llegó de repente, casi llevándose su bufanda. Andromeda dio la vuelta en la esquina, protegiéndose del viento y sacó las manos de los bolsillos de la túnica y se ajustó la bufanda, para proseguir su marcha.
—¡Espera! —gritó una voz masculina a sus espaldas.
Andromeda no hizo caso y siguió caminando, segura que se referían a otra persona. Pero escuchó los apresurados pasos detrás de ella y se detuvo, girando. Frente a ella se detuvo un muchacho de su edad más o menos. Estaba agitado por haber corrido tras ella pero le sonreía. Andromeda le miró, confundida. Iba a preguntarle lo que quería, pero él se adelantó.
—Has perdido esto —dijo extendiéndole un pañuelo blanco bordado—. Acaba de caerse de tu bolsillo.
Andromeda miró el pañuelo y metió la mano en el bolsillo para buscarlo creyendo que el chico se equivocaba. Pero la prenda no estaba. Seguramente se había caído cuando sacó las manos para ajustarse la bufanda. Cogió el pañuelo y se lo guardó.
—Muchas gracias —sonrió.
El chico le devolvió la sonrisa. Andromeda lo miró, preguntándose por qué no recordaba haberlo visto. Seguramente estaba en otro año. Pero luego se dijo que ella no se fijaba en los que no estaba en su casa. Iba a darse la vuelta para irse pero el chico volvió a hablar.
—Eres Andromeda Black, ¿cierto? —le preguntó con cierto nerviosismo.
—Así es, y tú eres… —dejó la frase en el aire, esperando su respuesta.
—Soy Ted Tonks.
Andromeda recordó inmediatamente que el chico era hijo de muggles, estaba en su año y había oído hablar de él, pero jamás se había fijado con detenimiento y menos aún lo había tenido frente a ella. Sonrió rápidamente y decidió irse sin decir nada más. El chico se había portado bien con ella y no quería insultarlo.
—Un placer —dijo por cortesía—. Pero ya debo irme, mis hermanas me esperan.
Sin darle oportunidad de decir algo, Andromeda se fue del lugar con rapidez, esperando no volver a ver a ese chico, que le parecía demasiado simpático y eso era peligroso.
Andromeda se pasó los siguientes años tratando de evitar a Tonks pero eso era casi imposible. Él siempre trataba de hablarle, pero ella era fría y bastante lejana. No quería involucrarse con él, y solo le hablaba cuando era necesario por las clases.
En esa época, Andromeda comenzó a recibir cartas anónimas diariamente. Una lechuza diferente venía a ella a una hora diferente cada día, dejándole un pergamino cuidadosamente sellado. Eran poemas. La primera vez no tuvo el cuidado suficiente y dejó que Narcissa lo leyera y se lo enseñara a Bellatrix, quien lo lanzó al fuego. Andromeda se enfadó por ello y trató de recuperar el pergamino, pero fue imposible.
—Si quieres poesía, lee los libros de Narcissa —le dijo Bellatrix con acritud—. Lo que había en ese pergamino es ridículo. Ni siquiera puede llamarse poesía.
Por eso, cada vez que llegaban las cartas, Andromeda las ocultaba bastante bien y las leía en soledad. No sabía quién era el autor anónimo, pero le gustaban bastante sus palabras. Para Bellatrix era poesía barata, pero para ella era simplemente encantador. No eran palabras rebuscadas, eran frases que brotaban de lo más profundo del alma.
Andromeda se pasó los días tratando de averiguar quién era el admirador secreto y se sorprendía mirando a todos los chicos que pasaban a su lado, escrutándolos, preguntándose si alguno podía ser el que buscaba. Mientras tanto, Tonks la miraba de manera extraña. Lo había sorprendido mirándola fijamente en muchas ocasiones. Y él le sonreía. Escandalizada, Andromeda se iba, y si tenía la oportunidad, dejaba entrever su desprecio por él. Porque él era un sangre sucia, y no podía estar mirándola de esa manera.
Hasta que un día él la enfrentó. Se encontraron por casualidad en la lechucería y ella quiso evitarlo como siempre. Pero él, enfadado por su desprecio, le confesó que era él el autor de las poesías. Andromeda, consternada, quiso mentirle y decirle que las había quemado todas, que eran patéticas y que ella y sus hermanas se burlaban al leerlas. Abrió la boca para decirle todo lo que acababa de pensar para alejar de una vez por todas al chico, pero no pudo. Pero tampoco podía decirle que las conservaba todas en un cofre en su mesita de noche, protegidas por un hechizo para que nadie más las leyera.
Por primera vez en su vida, Andromeda dejó que las emociones la guiaran y se lanzó a los brazos de Ted, abrazándolo por el cuello y hundiendo la cabeza en su pecho, empezando a llorar. No hacían falta las palabras, y él la comprendió a la perfección, porque la abrazó con fuerza y acarició su cabello, dándole un beso en la cabeza.
—Te quiero, Dromeda.
