¡Holi!
Nos adentramos en un relato más tierno, de cuando Zoe y Douxie se conocieron por primera vez.
Espero que os guste.
Xx.
La primera vez que vio a Zoe, Douxie se convenció de que era la chica más bonita que había visto nunca.
Él tenía nueve años, ella doce. Por entonces, Zoe era más alta, mucho más callada y reservada que cualquier persona que hubiera conocido antes. Vivía con la Vieja Tata, la anciana curandera que llevaba una modesta botica en el barrio más pobre de Camelot. Merlín le había tomado como su aprendiz pocos meses antes y le había llevado a casa de la curandera para que aprendiera la ruta desde el castillo, ya que a partir de entonces tendría que ser él quien recogiera los encargos que Merlín solicitaba a la Vieja Tata. La curandera pellizcó sus mejillas con ternura y le regaló una sonrisa amorosa antes de llamar a Zoe para que trajera las pócimas de Merlin. Douxie contuvo su aliento cuando vio a la muchacha, de expresión seria y concentrada, salir de la trastienda cargada con una cesta repleta de frascos. Los saludó con un gesto con la cabeza y se quedó tras la anciana mientras ésta y Merlín enumeraban los frascos de la cesta. Douxie no prestó atención a la conversación de los mayores, más preocupado en apreciar los bellos rasgos de la muchacha. Su pelo era castaño y estaba exquisitamente recogido en una trenza que coronaba su cabeza y sus ojos eran de un impresionante azul turquesa. Tenía la cara redonda, con rasgos propios de una muchacha que estaba a punto de entrar en la adolescencia, aunque tenía una pequeña arruguita en la frente, como si estuviera inquieta por algo. Zoe no intervino en ningún momento en la conversación y apuntó los nuevos encargos que Merlín solicitó a la Vieja Tata sin pronunciar palabra.
—Córtate un poco, la vas a incomodar si sigues mirándola así —le susurró Archie al oído.
—Pero es bonita —dijo Douxie—. Me pregunto por qué estará tan preocupada.
—Preocúpate en impresionar a Merlín —insistió Archie—. No le des razones para que nos eche, que yo no quiero vivir de nuevo en la calle.
Douxie dudaba de que Merlín fuera tan despiadado como para dejarlos en la calle, pero su corta vida le había demostrado que nunca debía tentar a su suerte. Merlín había descubierto su potencial cuando él y Archie mendigaban por los barrios pobres de Camelot y no dudaba de que era afortunado porque el mago hubiera puesto un mínimo de interés en él. Aprender magia era un privilegio, más en un reino como Camelot, donde solo unos pocos contaban con el permiso real para ejercerlo. Merlín era, además, el mago del recién coronado rey Arturo, por lo que Douxie ahora vivía en las habitaciones contiguas de la servidumbre del castillo. Aún así, pese a las advertencias de Archie, Douxie no podía esperar a que llegara cada jueves para ver a la misteriosa ayudante de la Vieja Tata.
Descubrió que Zoe procedía de una aldea a las fronteras de Camelot y la Vieja Tata la había acogido después de que sus padres murieran por la peste. Douxie recién había descubierto sus poderes por entonces, por lo que cuando supo que Zoe también era una bruja se emocionó mucho. No obstante, todo esto lo supo por la Vieja Tata, ya que su aprendiz rara vez intercambiaba palabra con él o con nadie que se encontrara en la botica, y siempre parecía tener la cabeza en otra parte.
—Su corazón sigue en su aldea y con sus padres —le susurró la Vieja Tata—. Zoe no ha tenido una vida nada fácil.
Douxie quería verla sonreír. Estaba seguro de que con una sonrisa en sus labios se vería más bonita todavía. La siguiente vez que se acercó a la botica de la Vieja Tata, lo hizo con un manojo de flores que había arrancado del jardín del castillo. Zoe frunció el ceño como respuesta y murmuró un «gracias» desganado mientras volvía con sus quehaceres. Volvió a llevarle otro ramo la siguiente vez y ésta vez, Zoe lució muy irritada.
—¿Se puede saber de dónde arrancas estas flores?
—Las traigo del castillo —respondió Douxie, sorprendido por su tono molesto.
—No lo hagas más —dijo ella con sequedad.
—¿Por qué no? —preguntó el muchacho dolido.
—Porque no —comentó Zoe volviendo su atención al mortero que tenía en sus manos—. Si vas a maltratar a las flores, prefiero que no traigas nada.
Douxie se sintió un tanto deprimido por la frialdad que demostraba Zoe hacia él. La Vieja Tata persistía de que Zoe era así con los desconocidos, que era mejor darle su espacio, pero Douxie se sentía cada vez más ansioso por ganarse la confianza de la aprendiz de bruja. La siguiente vez que fue al jardín para coger las flores lo hizo con una pequeña daga y las cortó pensando que era un maestro jardinero. Esa vez, Zoe ni siquiera las aceptó.
—¡Deja de maltratar a las flores! —chilló la muchacha furiosa.
—Pero es que…
—¡No quiero que me traigas más flores! ¡Eres un mocoso pesadísimo!
Su respuesta le sentó como una bofetada y a Douxie le dolió que no pudiera ganarse la simpatía de la muchacha. Su rendimiento en las clases de Merlín bajó considerablemente esa semana y el mago no paraba de echarle la bronca por sus torpes ejecuciones y sus deficientes resultados en sus tareas. Para cuando llegó el siguiente jueves, Douxie no pudo siquiera levantarse de la cama y Archie tuvo que correr a buscar a Merlín para que éste confirmara de que estaba enfermo. Tenía fiebre alta y le dolía todo el cuerpo, por lo que el mago, por una vez, le dio un poco de tregua. No se mostró ni paternal ni especialmente cariñoso, pero Douxie sabía que, a su forma, Merlín estaba preocupado por su estado de salud, sobre todo cuando al día siguiente la fiebre le subió aún más.
Douxie tenía recuerdos vagos de esas jornadas. La fiebre le hacía delirar y alucinar, por lo que cuando le pareció ver a Zoe a su lado, limpiando el sudor de su frente con paños fríos, estaba seguro de que no era real. Además, también le pareció escuchar a su madre cantarle esas viejas nanas que acostumbraba a cantar cuando estaba enfermo. Casi podía sentir sus finos y largos dedos acariciando su cuero cabelludo. Todo debía ser obra de su imaginación, pues su madre había muerto cuando él tenía cinco años y Merlín ya le había explicado que los muertos nunca se mostraban ante los vivos.
Cuando por fin recuperó la consciencia, Zoe estaba a su lado. Tan pronto sus ojos se cruzaron, la expresión de la muchacha se mostró aliviada y le sonrió por primera vez. Douxie se quedó sin aire ante tamaña y singular visión. No se había equivocado: Zoe era todavía más guapa cuando sonreía.
—¿Estoy muerto? —preguntó Douxie tontamente.
—¿Qué? —replicó ella sorprendida y se rió, causando que el corazón de Douxie galopara fuerte contra su pecho—. Claro que no, estás vivito y coleando.
—Pero tú me odias y estás aquí, así que igual me he quedado tonto y estoy alucinando.
La sonrisa de Zoe desapareció de sus labios y sus bellos ojos turquesas se ensombrecieron.
—Tu maestro, Merlín, estaba demasiado ocupado para atenderte —a Douxie no le pasó por alto su tono de desprecio—. Las fiebres requieren muchos cuidados, así que como la Vieja Tata no está para grandes trotes, he venido yo.
En ese momento, Douxie reparó en el cúmulo de mantas que había en el suelo de su pequeña habitación. Zoe debía haber estado durmiendo todo el tiempo en el suelo y le dolió que ni siquiera le hubieran puesto una esterilla de paja para que pudiera dormir con mayor comodidad. Zoe pareció leer la preocupación en su rostro y suspiró cansada.
—No te preocupes por eso, he dormido en sitios peores —le aseguró ella para restarle importancia. Douxie quiso replicar, pero Zoe se levantó de la cama para coger algo que había sobre la mesita de noche—. Deberías dormir un poco más. Tómate esto, te ayudará a dormir.
Le entregó un frasquito que tenía un líquido amarillento que no olía precisamente bien. Douxie intentó fingir que se lo bebía, pero Zoe era demasiado lista como para dejarse engañar y no tuvo otra más que ingerir la asquerosa poción. Por suerte, se quedó dormido en cuestión de pocos segundos.
Cuando volvió a despertarse, los rayos de sol que se colaban por su pequeña ventana caían sobre su escritorio, donde Zoe estaba cortando con una pequeña cuchilla los tallos de unas flores silvestres que estaba colocando en un jarrón. Douxie observó sus movimientos fascinado: la precisión del corte, el movimiento decidido de sus finas muñecas, la delicadeza con la que metía las flores cortadas en la vasija… Douxie no creía que pudiera existir algo más bello que ella. El reflejo el sol teñía de dorado algunos de sus mechones de su largo cabello castaño y su piel adquiría un suave tono melocotón. La bruja se volvió a él cuando se dio cuenta de que la estaba observando y sus mejillas se tiñeron de un suave tono rosado, como si le diera vergüenza que la hubiera pillado en plena tarea.
—No te gustaban mis flores porque te las traía arrancadas —afirmó Douxie.
Zoe ladeó la cabeza antes de colocar la flor que tenía en sus manos en la vasija.
—Las flores son entes delicados que requieren mucho mimo y cariño y, aún así, su tiempo en este mundo es breve —comentó Zoe acariciando suavemente los pétalos—. Mi madre era florista y me enseñó que a las flores hay que cuidarlas como si fueran bebés y que nunca aceptara flores robadas de un jardín ajeno —Douxie se ruborizó con violencia y Zoe se rió—. Si el rey descubre que le has estado robando flores de su jardín te vas a meter en un buen lío. Dicen que a la futura reina Ginebra le apasionan las flores de los jardínes del castillo, así que yo no volvería a intentarlo a menos que quieras que te corten las manos por ladrón.
Douxie tragó saliva apurado y volvió la cabeza hacia las flores.
—¿Para quien son? Son muy bonitas.
—Son para ti —dijo Zoe evadiendo su mirada.
Douxie abrió su boca sorprendido.
—¿Para mí? —preguntó con voz demasiado chillona—. ¿Por qué?
—En mi aldea había costumbre de regalar flores cuando una persona se ponía enferma, para darle ánimos —explicó Zoe cogiendo la vasija y la colocó junto a la mesa de noche—. Sé que he sido muy desagradable contigo, esperaba que esto nos ayudara a empezar de nuevo.
Douxie extendió su mano hacia las flores y las palpó con suma delicadeza.
—¿Me enseñarías a cortar las flores como tú lo haces? —preguntó el muchacho.
Zoe alzó las cejas.
—¿Para qué? No creo que necesites aprender a arreglar ramos de flores en tu oficio de aprendiz, yo apenas los sigo haciendo —argumentó la bruja desconcertada.
Douxie sonrió de oreja a oreja.
—Si me enseñas a hacer ramos como éste, estoy seguro de que el próximo que te regale no me lo volverás a rechazar —explicó el aprendiz de mago encantado, causando que la bruja formulara una sonrisa tímida, pero tierna.
Y, por suerte, Douxie no se equivocó. Durante los siguiente novecientos años, Douxie arreglaría y prepararía cientos de miles de ramos para Zoe y ésta nunca rechazaría ni uno solo.
