Holi,
Este es indudablemente uno de mis capítulos favoritos por su escenario y su contexto. Me inspiró mucho Hamnet, que fue la lectura que estaba realizando cuando escribí esto.
Espero que os guste.
Xx.
Douxie aceptó que estaba enamorado de Zoe a mediados del siglo XVI.
Por entonces vivían en Londres, donde abundaban las epidemias de peste, el alcoholismo y los magos descarrilados como ellos. Eran tiempos oscuros para la brujería, donde la caza de brujas estaba en auge, por lo que Zoe y él procuraban ser discretos. Habían aprendido por las malas que la mejor manera de vivir con discreción no era yéndose al campo como habían hecho otros tantos compañeros y compañeras, sino más bien ocultarse en grandes ciudades, donde uno se tornaba invisible si no llamaba mucho la atención.
Zoe y Douxie llevaban tiempo viviendo juntos con Archie en una pequeña habitación de una casa de huéspedes en Shoreditch. Ambos se hacían pasar por un matrimonio joven y dedicaban sus tiempo a ejercer diferentes oficios. Zoe tenía un par de empleos que sorteaba entre la botica del farmacéutico del barrio y en la lavandería. Odiaba ese último trabajo, pero estaba mejor pagado que el de la botica y en tiempos de cazas de brujas no podía darse el lujo de ejercer como médico. Había intentado ser partera, pero había mucha competitividad en ese oficio y Zoe aparentaba ser demasiado joven para considerarse lo bastante fiable para las madres de Shoreditch. Douxie, por su parte, tenía tres empleos diferentes. Por el día, limpiaba los establos y cuidaba de los caballos de la casa de huéspedes donde residían y por la noche trabajaba en una taberna. Los fines de semana trabajaba limpiando el corral de comedias del Globe, además de realizar diversas tareas de costura y de chico de los recados, hasta incluso le pidieron una vez que hiciera de figurante en una obra y le pagaron bien por ello, aunque no le habían vuelto a coger.
Sus vidas eran sin más. Sobrevivían como podían, ocultos a ojo del mundo hasta que llegaran tiempos mejores para los suyos. Aún así, ambos ahorraban para irse a otro lugar más cálido y agradable que Inglaterra, quizás el sur de Europa como Italia o la costa mediterránea de Francia, pero eso equivalía a meter más horas de trabajo y ambos no podían extralimitarse más de lo que ya hacían.
Por aquella época, Douxie y Zoe compartían cama y habían pasado largo tiempo acostándose. Tenían una relación íntima de amistad, con derecho a saciar sus necesidades carnales cuando lo vieran conveniente, pero no existía un compromiso propiamente dicho. Douxie no quería saber si Zoe se acostaba con otros y ésta tampoco le preguntaba al respecto, aunque ambos contaban con demasiado poco tiempo como para pensar en buscar amoríos y diversiones en las sucias calles de Shoreditch.
Una noche de un viernes otoñal, Douxie estaba trabajando en la taberna cuando se acercó a la barra un dramaturgo con el que se había cruzado varias veces en el Globe. De apellido impronunciable, el hombre estaba claramente borracho y Douxie tuvo que contenerse en no echarle de la taberna. El tipo le caía bien y sus obras eran bastante buenas, además que con él siempre tenía trabajo porque era tremendamente popular por lo que intentó mostrarse educado mientras el hombre echaba pestes del estrés surgido por su última obra y cuán agradecido estaba de empleados honrados y amables como él. El dramaturgo sacó de repente un papel de su bolsillo y un carboncillo y se puso a escribir algo en una letra ilegible.
—He oído que tienes esposa —dijo el dramaturgo apenas sin vocalizar—. Entrega esto mañana por la tarde en el Globe y te dejarán pasar con ella.
—¿Me está invitando a su obra? —preguntó Douxie sin dar crédito.
Zoe llevaba mucho tiempo deseando ir al corral de comedias a ver a ese dramaturgo en cuestión, pero no había querido gastar dinero en ese capricho y Douxie arriesgaba a perder su trabajo si la colaba en el teatro. Por esa razón, que el dramaturgo le hubiera invitado en persona —quien sabe si por lástima o porque ni siquiera parecía tener uso de razón con tanto alcohol fluyendo por sus venas—, suponía una oportunidad única para sorprender a Zoe. Aceptó la invitación y, aunque sabía que no era bueno para el dramaturgo, no titubeó en invitarle a una bebida antes de que su jefe se decidiera a echarlo por borracho.
Zoe recibió la invitación con gran entusiasmo. Chilló emocionada y se abrazó a él mientras Archie se quejaba de qué iba hacer él de mientras. A la vez que Zoe buscaba en el baúl un vestido de segunda mano que podía remendar para la ocasión, Douxie explicó a su familiar cómo podía meterse en el Globe para ver la obra desde las galerías superiores, donde nadie podría verle.
El dramaturgo de apellido imposible era increíblemente popular en Shoreditch. Todo el mundo se pegaba por conseguir una entrada para sus obras y se amontonaban en las puertas del corral de comedias para hacer cola. A Zoe y a Douxie les costó horrores alcanzar la entrada del recinto; pero, por suerte, les dejaron entrar sin problemas. Zoe llevaba un vestido rojo que había perdido su color por el uso de su dueña anterior, pero Douxie se lo había arreglado para que le quedara ajustado al cuerpo y parecía una auténtica dama. Llevaba el pelo castaño suelto hasta la altura de su cadera, bien peinado y perfumado, y se había puesto un poco de carmín en sus labios. Ambos iban agarrados del brazo, como el marido y la mujer que fingían ser, y se acercaron hasta uno de los palcos, donde el dramaturgo dejaba reservados varios asientos para la gente que regalaba entradas cuando estaba borracho.
A Douxie le hubiera gustado decir que le encantó la obra, pero, por alguna razón, sus ojos no podían apartarse del rostro risueño Zoe y no le prestó especial atención a la trama. Trataba de algo que tenía que ver con una villa en Messina, una serie de malos entendidos y cotilleos crueles que hacían surgir el amor y otra serie de rencillas de las que Douxie no se enteró. No recordaba la última vez que había visto a Zoe pasándoselo tan bien y, si lo pensaba fríamente, rara vez la escuchaba reír y estaba seguro que nunca la había escuchado carcajearse como esa noche.
Era hermosa.
Es decir, Douxie siempre había dicho que Zoe era muy guapa, pero aquella noche en concreto… era como si la estuviera viendo por primera vez otra vez.
—Os amo tanto de corazón, que no me queda parte alguna para protestar —recitó uno de los actores que estaba disfrazado de mujer.
El corazón de Douxie latió con fuerza contra su pecho cuando Zoe se volvió a él y, con ojos brillantes y una sonrisa reluciente, preguntó en voz muy bajita:
—¿Te está gustando?
—Es lo mejor que he visto en mi vida —respondió Douxie, claramente refiriéndose a otra cosa diferente a la obra, aunque Zoe no tenía porqué saberlo.
Zoe sonrió y cogió de su mano, causando que las mariposas de su estómago volaran como águilas reales dentro de él. Douxie no la soltaría hasta finalizar la obra, cuando Zoe se levantaría de su asiento para aplaudir a los actores con un entusiasmo inusual en ella.
Y Douxie lo supo en ese momento.
Había caído preso del hechizo del amor.
Mientras su mano se enfriaba por la ausencia de la piel callosa de Zoe contra la suya, la observó reír y silbar a los actores con una alegría contagiosa. Decidió que, a partir de ese mismo día, su vida se enfocaría a escucharla reír y divertirse como lo estaba haciendo en ese momento.
Porque la amaba, ya no tenía dudas al respecto.
Y Douxie ya no deseaba nada más que Zoe, su Zoe, fuera feliz y esperó de corazón que fuera él siempre la fuente de su risa, aún cuando era probable que ella no le correspondiera nunca.
Nada importaba siempre y cuando Zoe era feliz.
Y triunfó en su misión durante los siglos hasta que una noche, después de que Zoe le salvara la vida en un patio de instituto de Nueva Jersey, ésta le abandonó precisamente por hacerla infeliz y desgraciada, por haberla abandonado por una causa que no quería compartir con él.
En esos días tumultuosos, Douxie soñaría con esa tarde de otoño en el Globe, recordando la razón por la que le dolía tantísimo que Zoe se hubiera marchado. Seguía hechizado por el amor que sentía hacia ella y no cabía duda de que, si quería recuperarla, debía buscar la forma de hacer que Zoe le perdonara, pues no concebía una existencia sin ella.
Y no descansaría hasta convencerla, aunque se arriesgara a que Zoe le cerrara la puerta para siempre.
Xx.
