Holi,
Hoy voy tarde, aunque tampoco creo que sea relevante ya que soy consciente de que estos shots están saliendo sin pena ni gloria. Aún así, aquí quedarán para la posteridad.
Espero que lo disfrutéis.
Xx.
Zoe había seguido muchas modas a lo largo de su vida.
Nunca había tenido mucho dinero a su alcance, pero siempre se había preocupado de seguir las mejores modas y tendencias comprando ropa de segunda mano y arreglando su pelo dentro de sus capacidades. Contar con magia también suponía un plus, puesto que le permitía transformar y modificar sus viejas prendas en otras distintas hasta que ya no daban para más.
La primera vez que Zoe se tiñó el pelo, Douxie la ayudó. Fue un auténtico desastre, por supuesto. Los tintes de los ochenta eran mucho más abrasadores y sucios que los actuales, por lo que, además de su cabello, también tiñieron de negro parte de su cara, sus orejas, las manos de Douxie y la bañera del apartamento que tenían alquilado en Liverpool. La segunda vez, cuando quiso teñirse el pelo de rojo y tuvo que raparse al cero tras destrozar su cabello por la decoloración, Zoe aprendió la lección de que tendría que crear sus propios tintes con magia.
Desde los ochenta, Zoe nunca había tenido su pelo en su color natural. Había pasado del rojo al rubio de bote, pasando por todos los colores del arco iris hasta que se tiñó recientemente de fucsia. Douxie, en cambio, solo le dejó decolorar y teñir sus puntas de azul y sabía que lo hacía exclusivamente por ella y por nadie más. Para ella, el arte venía en los tintes de cabello, para él en las tintas de los tatuajes, por lo que nunca surgían discusiones al respecto.
Ahora, por primera vez en su vida, Zoe se estaba tiñendo el pelo ella sola. Se había descuidado tanto en su habitual estilo, que ni siquiera había reparado en sus raíces castañas hasta que alguien del trabajo le dijo que quizás debería cortarse el pelo si lo que pretendía era quitarse el fucsia del pelo. Apenas había pasado un mes desde la última vez que vio a Douxie y, como bruja que era, su pelo crecía más rápido que a cualquier humano. No había reparado que ahora su cabello llegaba hasta sus hombros y que se veía ridícula con la mitad de la melena fucsia y la otra de su castaño natural. Douxie siempre le había cortado el pelo con suma delicadeza y, a medida que iba dando tijeretazos a su cabello, Zoe sabía que nunca tendría esa habilidad y ese cariño que Douxie demostraba hacia ella para consigo misma.
Se contempló en el espejo horrorizada cuando terminó de cortarse. Los cortes eran desiguales y tenía unos mechones más largos que otros. Zoe tiró la tijera al lavabo con desgana y decidió que, para tener el pelo así, lo mejor sería esperar a que volviera a crecer un poco e ir a una peluquería a cortarse como era debido antes siquiera de plantearse el teñirse el pelo.
Resultaba curioso cómo la gente no la reconocía con el pelo castaño.
Es más, su apariencia gótica y oscura pasaba completamente desapercibida sin su pelo fucsia. Al parecer, llevar faldas de cuadros, pantalones negros y camisetas de grupos de música, además de un montón de pulseras, pendientes y las uñas pintadas de negro era una estética que se había tornado bastante mainstream entre la gente de "su edad". Cuando el pelo le creció lo suficiente para ir a cortarlo, Zoe, por alguna razón, no cogió cita para la peluquería. Es más, su cabello siguió creciendo y sin teñir, viéndose en el reflejo del espejo a esa Zoe de los años de Camelot y menos a la Zoe que había sido hasta ahora.
Se sentía un tanto perdida. Desubicada.
Echaba de menos a Douxie, ¿por qué había que negarlo?
No la había llamado. Ella tampoco, quizás por orgullo más que por otra cosa, pero todos los días se despertaba esperanzada de que algún día se encontraría con un mensaje de él en la pantalla de su teléfono. Claire solía llamarla, poco deseosa de abandonar la amistad que habían construído en los últimos años, y resultaba agradable mantener una conversación con otra bruja tan lista y avispada como ella. Aún así, Claire nunca mencionaba a Douxie y Zoe nunca preguntaba por él, aún muriéndose de ganas de hacerlo.
—Te ves rara con el pelo largo y castaño —comentó un día Claire.
—¿Perdón? ¿Cómo lo sabes? ¿Ahora me espías? —preguntó Zoe extrañada.
—Te vi en los stories de Mary —explicó Claire—. Coincidisteis en la misma cafetería. No sabía que eras tú hasta que me lo dijo Douxie.
La mención de su nombre hizo que el estómago le diera un vuelco y dio gracias a que Claire no pudiera ver su cara, aunque la bruja pareció darse cuenta del tenso silencio surgido por parte de ella y decidió cambiar radicalmente de tema.
Llegó Halloween y sus empleados le habían propuesto disfrazarse ese día para atender a los clientes. Zoe accedió a regañadientes y simplemente se vistió como siempre, solo que se decidió ponerse un sombrero de bruja que había encontrado en el fondo de armario de algún Halloween que había celebrado con Douxie. Su pelo caía hasta su cintura, por lo que se lo recogió en dos trenzas, se maquilló como siempre —ojos con sombra y delineado negro y labial morado— y, en lugar de llevar el uniforme habitual, se puso uno de sus vestidos negros con estampados de estrellas. Por último, se puso el ridículo sombrero, cogió su bolso del trabajo y se calzó sus Doc Marteens. Aún era temprano para que los niños salieran a pedir Truco o Trato, pero el ayuntamiento de Arcadia se había esmerado en decorar las calles y éstas olían a pastel de calabaza y a manzanas de caramelo.
Zoe siempre era la primera en llegar a su tienda, aunque para su enorme desconcierto se encontró la persiana subida y la puerta abierta. La bruja apreciaba mucho a sus empleados, pero dudaba que a ninguno de ellos les diera por madrugar, mucho menos en Halloween. Zoe se puso en guardia. Solo le faltaba tener que lidiar con una banda de ladrones desde tan pronto por la mañana. Acumuló su magia en sus manos y empujó suavemente la puerta del local hacia dentro.
La tienda estaba vacía y oscura, pero Zoe podía sentir que había alguien más allí. Caminó con cuidado, con la respiración contenida, a la espera de atacar o ser atacada. Su magia le hacía cosquillas bajo la piel de sus manos y tuvo que mover sus dedos para que no se le entumecieran. La puerta se cerró de repente tras ella y Zoe dio un pequeño bote del susto antes de volverse alarmada. No vio a nadie junto al escaparte, pero cuando una mano se posó en su hombro, Zoe actuó casi sin pensar. Cogió de la muñeca del desconocido y, con todas sus fuerzas, aplicó una llave de esas que había aprendido en sus clases de defensa personal. El extraño gritó de sorpresa y, ciega por la adrenalina, Zoe se colocó sobre él e iba a lanzarle una maldición cuando se encontró con unos ojos aterrorizados y muy maquillados que conocía muy bien.
—¿Douxie? —preguntó Zoe sin dar crédito.
—Ho… Hola Zo —saludó Douxie con una sonrisa nerviosa—. ¿Podrías no matarme, por favor?
Zoe bajó la mano y la sacudió para descargar el exceso de magia de la misma. Douxie tenía un aspecto lamentable y el exceso de maquillaje le sentaba fatal. El hechicero formuló una sonrisa que parecía más una mueca que otra cosa y Zoe estrechó los ojos con cierta reticencia.
—¿Qué haces aquí, Douxie?
—Quería darte una sorpresa.
Zoe se levantó de su regazo y le miró de arriba abajo. Tenía un aspecto terrible, su ropa estaba arrugada, tenía la cara blanca de todo el maquillaje que se había echado, remarcando aún más la sombra y el delineado negro de sus ojos. Parecía de esos góticos de Instagram de los que ellos dos tanto se habían reído en el pasado. Por parecer, no parecía ni él, aunque Douxie no dudó en comentar también su aspecto.
—¿Desde cuándo llevas el pelo largo y al natural?
Zoe frunció sus labios.
—No he tenido tiempo para cortarlo y teñirlo.
—Quizás te refieras a que no has tenido a nadie que te lo haya cortado y teñido —cogió una de esas trenzas con delicadeza—. No te veo con el pelo largo, ¿desde cuando? ¿Finales del siglo diecinueve?
Zoe le dio un manotazo para que soltara su cabello.
—¿Y se puede saber por qué vas con esas pintas?
Douxie miró a su ropa y luego la contempló confundido.
—¿Qué pasa con mis pintas?
—¿Quién te ha maquillado? ¿Los payasos de la tele? —cuestionó la bruja.
Douxie abrió la boca indignado y Zoe apreció un fuerte rubor en su rostro bajo la base de color blanca.
—Pensaba que era tendencia, ¿vale?
—Por favor, Douxie, ahora mismo parece que estás disfrazado de uno de los Kiss. Porque es Halloween, porque si te ve cualquiera en otro día…
—¿Disfrazado? —le cortó Douxie ofendido.
Zoe puso sus brazos en jarras y no pudo evitar formular una sonrisa burlona.
—Solo expongo los hechos.
Douxie arrugó la nariz.
—Anda, pues con ese pelo ni pasas por gótica ni por nada.
La bruja bufó.
—Te metiste a gótico por mí, ¿recuerdas?
El hechicero cruzó los brazos contra su pecho.
—Al menos yo lo sigo pareciendo. A ti ya solo te falta llevar un vestidito de flores y pasarías por una de las protas de La Casa de la Pradera.
Zoe se contuvo de darle una patada en la espinilla. ¡El muy capullo sabía muy bien cómo fastidiarla! Douxie dibujó una sonrisa que la desquició más si cabía.
—Sigue siendo un auténtico fastidio —se quejó Zoe.
—Tu fastidio, Zoe, no lo olvides —matizó Douxie.
La bruja se ruborizó y tragó saliva, esforzándose en no lucir demasiado nerviosa.
—¿Qué haces aquí, Douxie?
—Quería verte —dijo sin más—. Te echo de menos, Zoe.
Yo también, quiso responder ella, pero se obligó a mantener la boca cerrada, expectante por saber qué más tenía que decir.
—Sé… Sé que no me he portado bien contigo, que he abusado de la confianza que hemos construído juntos a lo largo de los siglos y que no soporto la sola idea de haberte hecho tan infeliz —argumentó Douxie bajando la mirada—. Yo te quiero, Zoe, ya lo sabes y sé que no he hecho las cosas bien contigo, más desde que Merlín regresó y…
—¿Vas a volver a Arcadia? —preguntó Zoe sin muchos rodeos.
Douxie sostuvo su mirada.
—No.
Zoe puso los ojos en blanco y encendió el ordenador del mostrador.
—Zoe…
—¿Qué, Douxie? De verdad, ¡¿qué quieres de mí?! —chilló Zoe desesperada—. ¡Ya te dije que no quiero ser el segundo plato de nadie!
—No lo eres, nunca lo has sido ni lo serás —dijo Douxie con intención de coger su mano, pero Zoe la apartó antes de que la cogiera—. Zo, déjame terminar, por favor.
Zoe suspiró impaciente mientras contenía las ganas de tirarle la pantalla del portátil en la cabeza. Tecleó la contraseña de usuario con su magia.
—Zo, mírame.
La bruja lo hizo a regañadientes y clavó sus ojos en las orbes ambarinas de Douxie. El hechicero era terriblemente expresivo, aún llevando un kilo de maquillaje barato en la cara, y comprendía que todo aquello no estaba siendo nada fácil para él.
—He estado hablando con Claire y, a la vista de sus progresos, hemos acordado reducir sus clases a un par al mes, porque anda ocupada con el doctorado y puede avanzar bastante por su cuenta —argumentó Douxie.
—Si solo tienes que darle un par de clases, ¿por qué no vuelves a Arcadia?
—Porque no creo que avancemos ni tú ni yo si nos quedamos aquí —respondió Douxie sin muchos rodeos—. Me gustaría volver a Inglaterra.
Zoe frunció el ceño, más confundida que nunca.
—Inglaterra —repitió ella.
—Sí —afirmó Douxie.
—¿Qué demonios se te ha perdido en Inglaterra?
Douxie sacudió los hombros con desgana.
—Me apetece cambiar de aires, empezar de cero en otra parte.
Zoe estrechó los ojos.
—Me ocultas algo.
Douxie evadió sus ojos inquisitivos y carraspeó incómodo.
—¡No digas tonterías! —exclamó Douxie con voz temblorosa—. Solo estoy cansado de Estados Unidos, nada más, y además la calidad de vida…
—Douxie —le interrumpió Zoe impaciente—. ¿Qué ha pasado?
El hechicero hundió los hombros apesadumbrado y se llevó la mano a la nuca, gesto que solía hacer cuando estaba muy alterado. Zoe suavizó su expresión. Era muy raro ver a Douxie en esa actitud tan evasiva y nerviosa, por lo que se acercó para coger de sus manos y Douxie, en un reflejo casi inconsciente, apoyó su frente contra la suya para abrirle su mente y sus recuerdos.
Solo las almas en perfecta sincronía podían llevar a cabo ese tipo de conjuros y Zoe se alivió al ver que la mente de Douxie todavía era un libro abierto para ella. Adivinó enseguida de que se sentía solo y deprimido, que las últimas semanas habían sido duras para él y estaba dividido entre complacer a Merlín y en querer volver a su lado. Al mago, por supuesto, no le había hecho la menor gracia su actitud deprimida ante su separación, alegando de que habían brujas más especiales e interesantes que Zoe por el mundo. A Douxie aquel comentario le había sentado fatal y, para la enorme sorpresa de Zoe y del propio Merlín, respondió furioso a su maestro. Douxie no eran de los que perdían los papeles con facilidad y escucharle levantar la voz al mago más poderoso —y más idiota— de todos los tiempos que era lo más asemejante que había tenido a un padre, dejó a Zoe muy impresionada. Merlín le invitó a marcharse rabioso por sus formas y Douxie accedió a irse de muy mala gana una vez que terminara con la instrucción de Claire.
Douxie quería marcharse lo más lejos posible.
Lejos de Merlín. Lejos de sus ojos decepcionados. Lejos de haberse dado cuenta de que él nunca sería suficiente.
Zoe rompió la conexión para abrazarlo con todas sus fuerzas.
—Siempre has sido más que suficiente, Dou —dijo Zoe conteniendo su emoción—. Jamás será una decepción para nadie y si lo dicen es porque no te valoran como te mereces.
Douxie rodeó su cintura con sus brazos y escondió su rostro en el hueco de su cuello. Se puso a temblar al ritmo de sus sollozos y Zoe acarició su espalda mientras susurraba palabras de consuelo.
—Lo siento, lo siento, lo siento —jadeaba Douxie—. Esto es muy duro, pero es que te quiero, Zoe. No puede haber otra que no seas tú, pese a quien le pese.
Zoe rompió el abrazo y acunó su rostro entre sus manos.
—Nunca habrá otro, Dou. Siempre has sido y serás tú. No tengo interés de estar con nadie más.
Douxie jadeó. Aquello era lo más cercano a un «te quiero» que Zoe había dicho nunca.
—¿En… en serio?
Zoe se puso de puntillas para besarlo en los labios y saboreó sus lágrimas saladas.
—En serio —murmuró contra su boca.
Zoe ni abrió la tienda ni salió de su apartamento en todo aquel Halloween. Douxie se preocupó de cortarle su larga cabellera castaña y teñirla de nuevo de fucsia. Zoe, por su parte, se gastó medio paquete de toallitas desmaquillantes en quitarle el horrible maquillaje y se sentó sobre su regazo para hacérselo ella misma. Además, aprovechó para arreglarle las uñas y pintárselas como era debido del mismo negro que las suyas. Puede que, entre sesiones de belleza, Douxie la tomara sobre el mueble del baño o en el propio sofá.
Tampoco es que hubiera algún problema al respecto.
Zoe no se quejó cuando la laca negra del pintauñas cayó sobre su alfombra y Douxie no dijo nada cuando el maquillaje se le descorrió a causa de sus besos.
¿Qué iban a decir?
La vida era demasiado corta como para enfadarse por pequeñas tonterías como esas, aún cuando les esperaba una vida eterna juntos.
¿Qué más podían pedir?
Xx.
