Capítulo 7
Sakura
Creo que voy a tener que quedarme contigo. Sus palabras siguen resonando en mi cabeza.
¿Significa eso que no piensa dejarme ir aunque mi padre le pague? ¿Por qué la idea de que quiera retenerme me llena de placer?
Debería estar muriéndome por salir de aquí. ¿No es así?
Entonces, ¿por qué sigo acurrucada junto a él con la cabeza sobre su pecho mientras respira uniformemente en un profundo sueño? Sigo sintiendo su pegajosa corrida empapándome a través de mis pantaloncitos. Está mezclada con la evidencia de mi propia liberación.
Dios, debería odiarlo. No importa que me haya dado mi primer orgasmo y que haya sido alucinante.
Considero la posibilidad de deslizarme de la cama e ir al baño para limpiarme, pero no tengo otra ropa que ponerme y, de alguna manera, me parece que sería una traición dejarlo en medio del sueño después de lo que acabamos de hacer.
Me burlo de mí misma. Soy ridícula. Siento que lo traicionaría, pero me he despertado con él tocándome, aunque deliciosamente y sin importar que haya sido él con quien soñaba.
Debo tener el síndrome de Estocolmo. Eso es. Tardé menos de veinticuatro horas en sucumbir a desear a mi captor, a soñar con él haciendo el tipo de cosas con las que me desperté, a dejar que me diera mi primer orgasmo.
— ¿Un centavo por tus pensamientos? —De repente siento su pecho retumbar y levanto la vista para verlo estudiándome. Había estado tan metida en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que estaba despierto.
— ¿Qué? —pregunto estúpidamente.
—Tienes el ceño fruncido. ¿En qué estás pensando? — reitera.
—Yo... —empiezo y luego trago saliva. —Estaba pensando en que ibas a matar a mi padre.
Ahora él frunce el ceño.
—Nunca iba a matarlo, Sakura.
Me incorporo y lo miro, con la sorpresa reflejada en mi rostro.
—Pero oí cómo el arma se amartillaba.
—Nunca dije que no fuera a dispararle —me responde con seriedad. —Pero no lo habría matado.
Me burlo sarcásticamente.
—Oh, ¿entonces lo habrías mutilado? Eso es mucho mejor. Perdona.
Syaoran también se sienta y, de repente, vuelvo a mirarlo mientras frunce el ceño, con el pelo oscuro suelto y alborotado sobre los hombros, el pecho desnudo, la cicatriz que le recorre la cara, todo ello trabajando en conjunto para darle un aspecto realmente bestial de una forma que debería haberme hecho temblar de miedo y no de deseo.
—No tienes ni idea de cómo funciona mi mundo. Hay un cierto orden de las cosas. Tu padre conocía las consecuencias cuando acudió a mí.
—Entonces, cuéntame. —Me sorprendo a mí misma queriendo entender de verdad su mundo, qué es lo que lo motiva a hacer las cosas que hace.
Su ceño se frunce.
—Mi mundo no es para oídos inocentes como los tuyos.
Su mano se extiende para acariciar mi cara, y esa muestra de ternura descongela algo dentro de mí.
Parece una bestia. Actúa como una bestia. Pero algo me dice que no es tan malo como aparenta. No puede serlo, ¿verdad? Porque si lo fuera, ya me habría tomado por la fuerza, pero se está conteniendo. No es el tipo de hombre que fuerza a una mujer. Realmente no iba a matar a mi padre.
Pero lo habría mutilado. ¿Por algún tipo de principio? ¿Porque era algo que debía hacerse? No conozco mucho sobre el mundo criminal, pero he visto suficientes programas de televisión para saber que los grandes jugadores, como Syaoran, no pueden dejar pasar las cosas sin más o perderían todo el respeto. ¿De eso se trataba? ¿Es eso lo que quería decir con un cierto orden de las cosas?
Debe de haber visto las piezas del rompecabezas encajando en mi cerebro, porque me mira con algo parecido al orgullo y, por alguna razón, eso me enrojece de placer. —Ah, estás empezando a darte cuenta de lo que quiero decir. Sabía que eras jodidamente inteligente, cara de muñeca.
—Entonces, ¿me mantendrás para siempre por algún tipo de principio? —le pregunto. —Si mi padre no puede pagar — me apresuro a añadir.
Me mira con complicidad antes de responder. Es como si viera las dudas que albergo sobre la capacidad de mi padre para cumplir con su deuda.
—Eso —se levanta y me toma en brazos, —y porque quiero quedarme contigo.
Empieza a caminar conmigo hacia el baño, y miro su pecho mientras hago mi siguiente pregunta.
— ¿Pero no me obligarás a tener sexo?
Se detiene y me levanta la barbilla, haciendo que mis ojos se encuentren con los suyos dorados.
—No dudes de mí. Dije que no lo haría, así que no lo haré. Pero te entregarás a mí por tu propia voluntad.
Es tan arrogante y seguro de sí mismo que me enfurece. De repente no quiero otra cosa que ponerlo en su lugar.
— Nunca me entregaría a alguien que me tiene cautiva.
Me pone de pie en el cuarto de baño y luego se acerca a encender la bañera, vertiendo en ella el líquido de una botella hasta que hace burbujas antes de volver a pisar hacia mí y pasar un pulgar por mi pezón, que se endurece al instante bajo mi camiseta.
—Ya lo veremos —dicen sus ojos triunfantes ante la respuesta de mi cuerpo, y le quito la mano de un manotazo... y él se ríe con esa carcajada estruendosa que sólo me enfurece más.
Espero a que se vaya, suponiendo que al menos me dará intimidad mientras me baño, pero no podría estar más equivocada porque de repente me levanta y me pongo rígida en sus brazos.
— ¿Qué estás haciendo? —le pregunto.
—Lavándote —afirma con naturalidad, —a no ser que quieras seguir llevando mi semen encima. Te aseguro que yo no tengo ningún problema con eso. —Sus ojos brillan con maldad.
—Puedo bañarme sola —le siseo. —Bájame.
—Estoy seguro de que puedes —me replica antes de dejarme caer sin contemplaciones en la bañera, con ropa y todo.
El hombre es incorregible.
