No, no soy rubia, tampoco inglesa y mucho menos millonaria, por lo tanto, no soy J. K. Rowling y ninguno de estos personajes me pertenecen.
Capítulo Uno.
Alea iacta est
(La suerte está echada)
Compañera usted sabe que puede contar conmigo.
No hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo.
-Mario Benedetti.
El silbido del Expreso de Hogwarts resuena en el andén mientras el tren se prepara para comenzar su viaje. Hermione, nerviosa, ve como las manecillas de su reloj de pulsera avanzan implacables. Faltan exactamente diez minutos para que el tren abandone la estación de King's Cross.
—Es increíble —bufa con molestia, hablando para sí misma.
Observa una vez más a toda la gente que está en el andén 9 ¾, sólo para comprobar que él no está ahí. Cuando ella llegó (media hora antes de lo necesario), no le extrañó que él aún no estuviera presente. Hubiera sido pedirle demasiado.
Después de despedirse de sus padres en el lado muggle del andén, Hermione decidió matar el tiempo llevando su baúl al primer vagón del tren, el cual era reservado para los delegados. Ahí espero a que el resto de sus pares llegaran, les dio la bienvenida a los nuevos prefectos y repartió las tareas que debían hacer durante el trayecto en el tren. Inclusive le dio tiempo de convencer a Crookshanks de permanecer quieto y callado en su cesta de viaje antes de su compañero delegado llegara.
"Increíble que después de seis años, Potter siga siendo tan impuntual" piensa ella, recordando como Potter llegó tarde a la primera clase de Transformaciones que tuvieron en su primer año.
A Hermione no le hubiera importado en absoluto la impuntualidad del susodicho si, como ella esperaba, Neville hubiera sido el elegido para ser delegado junto a ella. Pero, al parecer, la profesora McGonagall es tan fanática del quidditch como el resto de la población estudiantil porque le dio el cargo a Potter, cuyo único mérito (según el criterio de la chica) es haber conseguido que el equipo de quidditch de Gryffindor ganara la copa dos años seguidos.
Cuando faltan exactamente tres minutos para que el tren parta, Hermione comienza a albergar esperanzas de que Potter haya decidido terminar su educación mágica en Durmstrang, o mejor aún, en Ilvermorny. Para la mala suerte de la chica, él aparece corriendo en el andén al lado de su inseparable compañero, Ron Weasley.
— Casi no lo logramos —dice el pelirrojo, cuando ambos entran al compartimiento en que Hermione se encuentra.
—Este vagón está reservado para —comienza a decir ella, pero es interrumpida por Potter.
—Los delegados —dice sonriendo, cómo si le alegrara saber lo que Hermione quería decir — Y sus amigos. —completa mientras ayuda a Ron a colocar su baúl en las rejillas.
—Eso es contra las reglas —remarca Hermione.
—¡Por favor, Hermione! —habla Ron con tono suplicante —Todos los demás vagones deben de estar llenos y como Ginny también es prefecta, ni siquiera puedo ir a sentarme con ella.
—Todos sabemos que eres la Prefecta Perfecta, pero ¿podrías hacer una excepción está vez? —pide Harry —A nadie le incomoda la presencia de Ron aquí, ¿cierto? —dice volteando a ver a los demás ocupantes del vagón, Anthony Goldstein y Padma Patil, de Ravenclaw.
Ellos, hasta el momento, habían estado muy entretenidos platicando entre sí. Ambos voltean a ver al trío, encogiéndose de hombros mostrando que no les interesa lo más mínimo con quién comparten el espacio. Rápidamente, vuelven a enfocar su atención el uno en la otra y continúan con su conversación.
—¿Lo ves? —dice Harry, dando por finalizado el alegato.
Ron lo ayuda a colocar su baúl junto al de él y después ambos se sientan, comenzando a comentar algunas técnicas de quidditch que quieren probar este año.
—¿Dónde estás, Neville? —murmura de nuevo para sí Hermione, intentando enfocarse en el libro que está leyendo y extrañando más que nunca los audífonos y el discman que dejó en su casa.
Por supuesto, ella sabe que su mejor amigo probablemente está sentado al lado de Hanna Abbott, en el compartimiento que ella haya elegido. Mordiéndose la lengua, Hermione lamenta que todos los chicos (incluyendo los buenos, como Neville) se vuelvan un poco tontos a los 17 años.
Durante las siguientes horas, permanece callada, intentando leer. Contrario a lo que Potter pensaba, ella es perfectamente capaz de entender que, a pesar de que hay más lugares en el tren dónde sentarse, los amigos preferían viajar juntos. Además reconoce que, aunque preferiría no estar en la compañía de Potter, Ron puede ser gracioso a veces. Al igual que lo eran sus hermanos gemelos Fred y George, quienes se habían graduado un par de años antes.
Ellos eran los bromistas de Hogwarts y confirmaron su estatus de leyendas al abandonar el castillo no en la forma tradicional al terminar la ceremonia de graduación, sino montando un maravilloso espectáculo de fuegos artificiales, al tiempo que anunciaban la inauguración de su tienda de bromas. Después de ellos, muchos habían querido ocupar su lugar de alborotadores, pero nadie había logrado igualarlos. Quienes más se les acercaban, eran precisamente su hermano, Ron, en compañía de Potter. Aunque, en opinión de Hermione, los gemelos seguían siendo infinitamente mejores.
—¿Quieres algo del carrito, Prefecta Perfecta? —ofrece Harry, volviendo a usar el apodo que le dio desde el quinto año, mientras la señora de los dulces llega a su compartimiento. Hermione estaba tan distraída con sus pensamientos que no la había notado.
—Un pastel de calabaza, por favor —pide ella y eso le hace recordar a Harry que seis años atrás, habían tenido casi la misma conversación.
Hermione y él se habían conocido durante su primer día en Hogwarts, mucho antes de llegar al castillo. Su madre, Lily, había insistido en entrar a King's Cross por el lado muggle para que Harry pudiera tener la experiencia de atravesar la barrera hacia el mundo mágico, justo como ella lo había hecho.
Para Hermione, había sido una suerte encontrarse con los Potter en medio de los andenes. Ella había estado muy angustiada, dando vueltas por toda la estación junto a sus padres, quienes recibieron una mala mirada de un oficial al momento de preguntar por el andén 9 ¾. Cuando Lily notó a la pequeña niña castaña, quien intercalaba su mirada entre el boleto dorado que tenía en sus manos y los grandes números que señalaban los andenes, se había acercado a ayudar. Después de advertirle que se tenía que despedir de sus padres ahí, porque ellos no podrían pasar al andén, le dio las instrucciones necesarias para atravesar la barrera y Harry había servido de ejemplo para mostrarle que no debía tener miedo de chocar con el muro.
Cuando se conocieron, Hermione no lo había impresionado demasiado. Harry todavía recordaba a la niña de mirada inquieta y cabello alborotado con quién se había topado camino al andén 9 ¾, y a quién su madre había decidido ayudar al notar que quienes la acompañaban eran muggles.
"Trátala bien" le había pedido James mientras terminaba de acomodar ambos baúles en el compartimiento del tren. Harry hizo su mejor intento.
Después de que James se fuera, Harry le había presentado a Ron, su mejor amigo desde la infancia y a Neville, un chico a quién ambos conocían, pero que no convivían mucho con él, por considerarlo más bien tímido y reservado.
Entre los tres se habían encargado de darle a Hermione una muy vertiginosa y rápida explicación del mundo mágico a Hermione, quién, confundida con tantos datos, sólo atino a pedir un pastel de calabaza (la cosa más "normal" que había dentro de las opciones) cuando la señora con el carrito de dulces llegó a su compartimiento. Ella sabía que alguno de los niños había dicho que era su favorito, aunque no sabía quién.
Después de eso, tanto la niña como Neville habían permanecido callados la mayor parte del trayecto y Harry y Ron se distrajeron hablando de quidditch, sin hacerle mucho caso.
Cuando terminaron sentados lado a lado en la mesa de Gryffindor, Harry volvió a recordar la petición de su madre e intentó platicar con Hermione. Está vez, la chica comenzó a hablar un poco más. Durante ese primer año se trataron y, aunque a veces ella era algo insufrible ("Y tú un tanto infantil" le había dicho Hermione una vez) terminaron siendo muy buenos amigos.
Harry había regresado a casa durante el verano con muchas historias interesantes que contar sobre su nueva amiga.
"Es super inteligente, ¡lo juro!" había declaro frente a sus padres y padrino "Puede recitar libros de memoria, como si fuera una enciclopedia."
"¿Sabes que la primera cosa de Lily que le llamó la atención a James fue su inteligencia?" había dicho Sirius.
"Iugh, ¡no!" había contestado un indignado Harry de casi doce años. "¡Ella es mi amiga!"
—Aquí tienes —dice Harry pasándoselo, pero sin aceptar el sickle que Hermione le da —Considéralo mi agradecimiento por dejar que Ron se quedara.
—De nada, Potter —contesta ella, rodando los ojos irónicamente, pero aceptando de buen grado el pastel.
Mientras Harry la ve comer (y el mismo se lleva unos dulces a la boca), intenta recordar algún momento en que Hermione lo llamara por su nombre en lugar de su apellido. Aparecen varios en su memoria, todos ocurridos durante los primeros dos años que pasaron en Hogwarts. En aquellos esos días, parecía que ellos iban a ser grandes amigos. Hermione, Neville, Ron y él.
La actitud mandona de Hermione, la timidez de Neville, las quejas de Ron y su propia molestia y distracción, hicieron que esa amistad no fuera posible. Aunque permanecieron amistosos entre ellos, nunca llegaron a ser amigos y, cinco años después, es algo que Harry lamenta.
Su padre siempre le había contado las aventuras que tuvo en Hogwarts junto a sus mejores amigos: Sirius, Remus y Peter. Eran maravillosas porque trataban sobre bromas, castigos, capas de invisibilidad, mapas encantados del colegio e incluso hombres lobo, pero lo que Harry más envidiaba al oírlas, era la amistad que había entre los cuatro hombres.
"Todavía te queda una oportunidad este año" le dijo Sirius, su padrino, el primer día de verano después de contarle por enésima cómo fue que James había conseguido que Lily aceptara salir con él durante séptimo. "Aprovéchala."
—Vamos a hacer rondas —anuncian Anthony y Padma, saliendo del compartimiento.
—Si ellos van a hacer rondas, yo soy rubio —dice Ron en voz alta después de que la pareja saliera —Creí que esperarían hasta llegar al colegio.
—Yo les daba máximo hasta los carruajes —contesta Hermione, sin despegar la vista de su libro.
—Espero que sean cuidadosos y no espanten a alguien de nuevo ingreso —opina Harry.
Mientras se lleva su propio pastel a la boca, Harry decide que va a hacerle caso a su padrino.
El resto del viaje pasa de manera tranquila. Harry y Ron juegan una partida de naipes explosivos y, aunque Hermione finge no prestarles demasiada atención, se ríe con ellos cuando el juego termina con los naipes explotando en la cara de Harry. Después de eso, Ron la convence de echarse una partida de ajedrez mágico con él y Harry los observa, feliz de que haya una oponente capaz de poner en aprietos a su amigo pelirrojo. Ron termina ganando la partida (como siempre) y Harry molesta a Hermione diciéndole que perder de vez en cuando, siempre es bueno.
—Mantiene a raya tu ego —completa el moreno.
—Mejor me voy a hacer rondas —contesta Hermione, rodando los ojos y saliendo del compartimiento.
Ron guarda el ajedrez mágico en su caja, porque no les daría tiempo de jugar otra ronda. Mientras lo hace, niega con la cabeza y ve de manera reprobatoria a su amigo.
—¿Qué te pasa? —pregunta Harry cuando nota su mirada.
—Así nunca vas a conseguir acercarte a ella.
Harry no contesta nada. La noche anterior, cuando todavía estaban en La Madriguera, le había contado a su amigo sobre su deseo de hacer más amigos; específicamente Neville y Hermione. Después de explicarle como quería tener un grupo de amigos como el de sus padres (y como Neville y Hermione eran la opción obvia debido a las primeros años que pasaron juntos en el colegio), Ron pareció convencerse y le prometió ayudarlo a cumplir su cometido.
—No sé cómo lograr que se vuelva a ser mi amiga —le dice Harry.
—Ajá, amiga —ironiza Ron con incredulidad —¿Sabes cómo siempre hay un niño de primer año que echa ranas de chocolate al caldero de la niña que le gusta para molestarla, porque no sabe cómo comportarse con ella? —Harry asiente, pero no entiende que tiene que ver eso con él —Eres ese niño.
Él está por protestar, cuando ve pasar a Hermione afuera del compartimiento. Está orientando a unas niñas de primer año sobre dónde encontrar los baños dentro del tren. Después comprueba su reloj y parece decidir que aún tiene tiempo para una última ronda de vigilancia porque vuelve a alejarse por el pasillo. Harry no sabe porque encuentra tan característica la manera en que lo hace. O porque la manera tan relajada en que Hermione ata su cabello le dan ganas de jugar con él.
—No estoy enamorado de ella —le asegura a Ron.
—No, que va —contesta él —Sólo quieres dedicarte todo este año a acercarte ella, para asegurarte de no poner en peligro a tus futuros nietos. Si tú no estás enamorado, yo no tengo pecas.
Harry le lanza las envolturas de todos los dulces que comieron durante el recorrido como respuesta.
Cuando por fin llegan a la estación de Hogsmeade, Hermione se sube al mismo carruaje que Neville y Hannah, sin importarle las miradas que le echan sus amigos. "Si quieren estar solos, tendrán que esperar a que lleguemos al costillo" piensa.
—¡Me dejaron sola todo el trayecto con Ron y Potter! —le reclama a la pareja.
—Perdón —se disculpa Neville —Pero nosotros… uhmm…
—Estaban "ocupados", lo sé —dice Hermione, tragándose su enojo por el bien de su amigo.
A Hermione le encanta que Neville sea feliz con su nueva novia, pero le desespera un poco que últimamente la pareja sólo tiene tiempo el uno para la otra. Además, encuentra extraño que ahora tiende a hablarle en plural a su amigo, pues ahora siempre está al lado de Hannah.
—¿Te trataron mal, acaso? —pregunta Hannah.
—No —contesta Hermione —Pero saben que no soporto a Potter.
—¿Lo sabemos? —dice Neville, mientras Hannah suelta una risita.
Hermione se cruza de brazos y procura ignorarlos hasta que llegan a la estrada del castillo.
Antes de que termine el banquete de bienvenida, Hermione se levanta de la mesa de Gryffindor y va hacia donde Potter y los hermanos Weasley están sentados.
—Nos tenemos que ir —le indica a Harry.
—¿A dónde? —contesta el confundido, pero parándose para seguirla.
—Tenemos que ir con los jefes de casa para que nos den las contraseñas de las salas comunes; después, tenemos que asegurarnos que cada prefecto sepa la contraseña correspondiente.
Ambos se acercan a la mesa principal, donde los profesores Slughorn, Flitwick, Sprout y McGonagall les pasan pergaminos con palabras escritas.
—"Alea iacta est" —dice Harry al leer lo escrito por la profesora McGonagall —¿Qué es eso?
—Es latín —responde Hermione —Significa "la suerte está echada".
Después de 4 años, tenemos una nueva película del mundo mágico y para celebrar he decidido subir esta nueva historia.
Será corta, romántica y con (espero) algunas risas aseguradas.
Kisses de Chocolate, Aliathna.
Los comentarios son el aire de los escritores, ¡no me dejen morir ahogada!
P.D. En México, la traducción que ocuparon para Head Boy fue Premio Anual. Según la wiki, para España y algunos países de Sudamérica la traducción elegida fue Delegado. En esta historia usaré ese término simple y sencillamente porque tiene más sentido para mí.
